lunes, 19 de noviembre de 2012

El estigma

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es cada vez más frecuente leer sobre casos de acoso escolar y a través de las redes sociales con consecuencias trágicas para aquellos jóvenes que las han padecido. El problema, evidentemente, no está en las redes sociales sino en los individuos que las usan para amplificar los efectos de la maldad y el daño que desean provocar. Para defenderse, las instituciones distinguen los lugares en los que se produce, pero ignoramos que donde realmente se produce el ataque es en la mente de las víctimas y que estas no están circunscritas al espacio. Lo llevan dentro como dolor, como angustia. La "territorialidad" del acoso es un subterfugio muchas veces para sacudirse responsabilidades.
El acoso en los centros educativos o en otras comunidades no es más que una manifestación del deseo de encontrar víctimas contra las que desatar el sadismo individual y volverlo una forma de poder y control social. La persecución a las personas es siempre una forma de mostrar el poder y su reinado sobre los grupos humanos. Cualquier excusa es buena para conseguir que los demás te tengan miedo si les muestras lo que puede ocurrir cuando desafías las normas, escritas o no, de las comunidades. El miedo es la mayor fuerza de control social y necesita de la ejemplaridad, es decir, de la demostración sobre unos pocos de lo que le puede ocurrir a todo aquel que contraviene las reglas impuestas al conjunto. El acoso es una reafirmación del poder de aquellos que son capaces de excluir a otros y los estigmatizan.


El diario ABC nos sorprende con una historia acontecida en Canadá, comenzada hace más de cuarenta años. Es el caso de Robin Tomlin al que en el anuario de su escuela habían añadido bajo su nombre la palabra "fag" (maricón). El insulto impreso perdura como un eco a lo largo de los años, como una agresión interminable que se renueva cada vez que alguien abre sus páginas. Nos cuenta ABC:

El canadiense, que hoy sufre un cáncer de hígado irreversible, estudió durante buena parte de la década de los años setenta en un instituto de Vancouver, según cuenta vancouversun.com. Allí sufrió un brutal acoso homófobo por parte de sus compañeros. Un acoso permitido también por la dirección del centro que no dudó en aprobar y defender que los alumnos estamparan la palabra «maricón» junto a su fotografía en el anuario del colegio.
Tomlin no es gay, pero tras sufrir tal hostigamiento en las aulas decidió no acudir a la fiesta de graduación por temor a recibir una «paliza de despedida» y finalmente se mudó a otra zona de la ciudad para comenzar una nueva vida.*


Lo de menos es que Tomlin fuera gay o no. En este caso es irrelevante porque de lo que se trataba era de incitar al odio y al desprecio sobre él. Tomlin fue estigmatizado, marcado, estableciendo sobre él una diferencia que lo excluía de derechos y que lo dejaba a los pies de cualquiera. El estigma es una licencia para que afloren todos los malos sentimientos, para que se liberen todas las malas ideas contra aquel al que se le han "retirado" los derechos y se le impone esa marca "infamante", en este caso, considerarle "gay", lo fuera o no. Puede ser cualquier otra: religiosa, étnica... Cualquier diferencia se convierte en excusa para la tortura del acoso. Una simples gafas, el sobrepeso o la delgadez, ser alto o ser bajo..., basta con encontrar o inventar la diferencia que humille, que haga sentirse fuerte al grupo frente al atacado.


Los suicidios a los que asistimos hoy son un grave caso de inoperancia institucional, de dejadez, de abandono sin tener en cuenta el carácter subjetivo del sufrimiento y la angustia que el acoso provoca en quienes lo padecen. El acoso no se entiende desde fuera. Hay que vivirlo para comprender la angustia en que se vive, el miedo permanente y el desgaste que provoca esa tensión. Los acosadores saben que su víctima no solo sufre cuando lo atacan sino que los acosados viven en el tormento constante, a la espera de la siguiente vez, del siguiente golpe, burla o insulto. Con las redes sociales ya no existe refugio porque la única opción es es aislamiento absoluto, físico y virtual.
Han pasado cuarenta y dos años desde que el infame anuario salió a la luz y obligó a Tomlin a vivir en la oscuridad. El pánico de Tomlin a asistir a la ceremonia de graduación, por si le daban una paliza de despedida, le habrá durado durante toda su vida. Los que sufren acoso, difícilmente se liberan del miedo, de la angustia que han padecido; quedan marcados.
Fue la hija de Tomlin quien descubrió el anuario con la foto de su padre, un anuario que guardarían todos los miembros graduados del instituto, como es costumbre, recuerdo de un periodo de su vida. Un buen recuerdo para muchos; no para Robin Tolmin. Quizá el cáncer que padece le ha dado el valor para terminar finalmente con ese miedo con el que ha vivido durante cuarenta años. Ha tenido el apoyo público de los amigos que le acompañaron y con los que pudo abrir el anuario rectificado y celebrar el término de algo que no se cerraba, el dolor. No es posible ponernos en su mente para comprender la intensidad de la emoción de un momento así.


Hoy le han ofrecido excusas oficialmente las autoridades escolares del distrito de Vancouver y han rectificado el infamante anuario. El reciente caso en Canadá del suicido de una adolescente, Amanda Todd, por acoso a través de las redes ha sensibilizado a la opinión pública y el caso de Tomlin nos recuerda que no es algo de ahora, que el sistema falla. La joven había sufrido el acoso durante años y había pedido inútilmente ayuda.
Tomlin mantuvo su dignidad intacta todos estos años y los que aguantó en su instituto sufriendo el acoso. En realidad quien ha recuperado algo de la suya ha sido la institución, que fue la que vivió en la indignidad durante estos años por haber consentido el insulto.


Hace apenas unos días moría una joven en Ciudad Real, Mónica, tras un intento de suicidio. Era acosada y el orientador del centro, tras sus pesquisas con ella y los acosadores, no estimó necesario un cambio de centro:

Estos alumnos fueron preguntados por la situación de la adolescente, pero el orientador determinó en su informe que no existía "caso de reiterado y continuo acoso entre iguales" que, según ha explicado el consejero, es el requisito "imprescindible" para motivar un cambio de centro.
Era "la primera vez" que sabían de esta situación Para activar el protocolo de maltrato entre iguales, que es el que justifica un cambio de centro, hay que tener "certeza" de que la situación es reiterada y continua en el tiempo, según el consejero, quien ha subrayado que en este caso era "la primera vez" que sabían de esta situación.**

Ahora, me imagino, ya tienen la "certeza" que necesitaban. El orientador y demás personal implicado tendrán que vivir con ello, como Tomlin tuvo que vivir con la infamia escrita bajo su nombre durante décadas. Robin Tomlin no se la merecía. La incapacidad de juzgar lo que es la angustia por parte de la burocracia de las instituciones, la insensibilidad que han mostrado o, al menos, su ceguera para evaluar una situación que tenían delante han quedado en evidencia. 
Ahora, como siempre, comenzará el baile de los protocolos y las excusas.

* "Retiran de su reseña en el anuario escolar la palabra 'maricón'... cuarenta años después ABC 18/11/2012 http://www.abc.es/sociedad/20121118/abci-hombre-anuario-maricon-colegio-201211161914.html
** "Muere la adolescente de Ciudad Real presunta víctima de acoso escolar que intentó suicidarse" 20 minutos 13/11/2012 http://www.20minutos.es/noticia/1646364/0/ciudad-real/menor-suicidio/acoso/




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