lunes, 5 de julio de 2021

El finde eterno

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



¿En qué han quedado las palabras de la ministra Carolina Darias sobre "no estigmatizar a los jóvenes" ante la evidencia de lo que se ve y escucha? Me imagino que en prácticamente nada. Más allá de las proporciones de la generalización, las cifras lo señalan y los propios jóvenes lo dicen cuando les ponen un micrófono delante: "Si tuviera 60 años tendría miedo, como tengo 20 años no lo tengo", dice uno; "si me toca, me ha tocado", dice otro; "yo ya lo he pasado" un apunta tercero. "No hay que ser cínicos", señala otro, "nos pasamos en las celebraciones" sin mascarilla ni distancia".

Las palabras son casi literales, escuchadas en cada noticiario. Son solo algunas cuyo sentido no permite demasiadas dudas, nos gusten poco o nada. Al final, la lucha es generacional. Eso sí es una evidencia. El "tenemos muchas ganas de fiesta" o el "hemos pasado un año muy duro" en referencia a la abstención cañera muestran lo que hemos construido como sociedad.

Los eslóganes del gobierno al comienzo de la pandemia —aquello nos suena ahora a ingenuidad propagandística— contrastan con estas muestras de insumisión pandémica, de indiferencia absoluta ante todo lo que vaya más allá de la epidermis propia. Es así y poco hay que decir para explicarlo desde dentro de la propia pandemia. Es algo que va más allá, que viene de lejos y que tiene que ver con esta construcción asimétrica de la sociedad, una asimetría generacional que ha llevado a convertir a la juventud en mano de obra barata, a la que se le anuncia que vivirá peor que sus padres y que, por ello, ve a los mayores como sus explotadores privilegiados.



El "botellón" mismo es una marca generacional que inicialmente tuvo un sentido de marginación, la celebración de la calle ante la exclusión de los locales que no querían dentro a los jóvenes por su baja capacidad de consumo, que es la vara de medir. Pronto se convirtió en marca de identidad. El efecto grupal hizo el resto, quedando los lugares de ocio al margen, como un elemento diferencial en una población en donde las distinciones se hacen sobre el trabajo (becario, precario, estable) y la fiesta (dentro, fuera).

El botellón es visto como una frontera iniciática, un rito de paso. Los que hayan visto las miradas brillantes, los andares rápidos de los quinceañeros, saliendo del metro en la Ciudad Universitaria, cargados con las bolsas con las botellas compradas en los supermercados; los que hayan visto un centro comercial o supermercado un viernes o sábado por la tarde, lugar de compras de las botellas de alcohol de los grupos, etc. no debería chocarles mucho. Los que hayan visto los capós abiertos de los coches, repletos de bebidas para vender, de neveras de camping cargadas de hielo y bebidas puestas a enfriar por parte de los jóvenes "emprendedores", aquellos que pasan del consumo a la venta, tampoco tendrá muchas dudas sobre lo que pasa.



Las palabras de Darias no son más que el encubrimiento de un problema más amplio que ha estallado con la pandemia. Tiene que ver con esa masa de jóvenes que sigue siendo la más perjudicada por este modelo de desarrollo que llevamos.

El problema lo hemos tratado aquí en diversas ocasiones a lo largo de los años. Ahora estalla con su crudeza, sin máscaras ni mascarillas, sin necesidad de mentiras, sin necesidad de palabras buenistas de ministros, ministros o presidentes del gobierno. Las escuchamos delante de cada micrófono, de cada cámara, ya sea por parte de los propios jóvenes o de los adultos que lo señalan como queja. Es evidente que las distancias son algo más que una forma de  ver la vida, que son diferencias profundas, una amplia brecha generacional.

El primer problema viene del empleo de la palabra "joven", que ya no se sabe dónde comienza o donde termina. Ya no hace referencia a una edad concreta sino a una forma de vida. Las imágenes de los botellones nos muestran una amplia gama, hay una pseudo juventud, personas que entre los treinta y los cuarenta que se han ido arrastrando desde que todo esto comenzó a ser una forma de vida, al menos en lo que respecta al ocio. "Estar allí" es "ser joven" y no al contrario. Es el espacio, la actividad, la compañía la que te da el estatus. Ellos se agrupan y se mezclan. Sería interesante hacer una radiografía de estas celebraciones y ver cómo se estructuran.




Es una consecuencia de la prolongación de la infancia, después de la adolescencia y a la resistencia al abandono de la "juventud", que pasa a ser un conjunto de acciones, una actitud —aunque solo sea de fin de semana— que se mantiene.

Los propios medios ayudan con sus titulares cuando hablan de "jóvenes" cuando se refieren a personas que rondan los cuarenta años. Hay un problema terminológico y social en ello. Lo hemos visto cuando la gente ha puesto el grito en el cielo porque se hablaba en algún medio de "ancianos" de 60 años. Ya nadie quiere salir del nicho "joven".



No se me van de la cabeza las palabras de una joven de las confinadas por el macrobrote de Baleares: "No solo es responsabilidad nuestra; ellos lo han creado". ¿Quién ha creado qué? ¿Es una variante española y juvenil del "laboratorio de Wuhan", algo del "joven Bosé" o similares que actúan como justificantes de lo que se hace? Quizá una mezcla interesada de todo ello, fomentado por aquellos que viven de la trivialidad y que se han visto privados de sus ingresos habituales.

Lo más lamentable de todo es esa imagen de desprecio al mundo, entendiendo por tal todo lo que no es uno mismo y los colegas. Esa barrera no es nueva; se ha creado en estas formas de explotación juvenil que practicamos desde hace mucho tiempo, en esa "vieja normalidad" del que trabaja y no cobra, del que cobra y entra y sale del paro de forma continuada, del que no puede pagarse una casa, del que se ve estimulado al gasto y tira de padres como una forma normalizada de vida, del que vive con ellos y su sueldo, mínimo, lo emplea en socializar el fin de semana.



Vivimos en una sociedad de la trivialidad extrema, por lo que no podemos pedir mucho más. Lo que hay se ha creado entre todos. Es un futuro sin demasiadas ilusiones, donde imaginar es generar futuras frustraciones. Estas celebraciones sin medida tienen algo de "nihilismo", como señalábamos el otro día, un mal que nos aqueja como sociedad sin metas, que pierde su rumbo y vive el día a día sin recuerdos y sin expectativas. Cada uno que aguante su vela.

"Findes", "viajes de fin de curso", "botellones"... todo ello forma parte de esta "celebración" entre muertos e ingresados en las UCI. Se enseñó que "solo se mueren los viejos", que "los jóvenes los pasan con síntomas leves". Ahora que lo están expandiendo de regreso de los viajes y juergas, de insensatos finales de curso (turismo interior) que ellos se han organizado y otros han aceptado, nos encontramos con que otros países van poniendo la "segura España", región a región, en la lista roja de las zonas que hay que evitar. Todo esto en apenas una semana en la que las cifras se disparan. ¡Adiós a la cara de satisfacción del presidente anunciando el fin de la mascarilla en exteriores! De poco sirve la letra pequeña si se incumple la grande.

Hacemos mal en enfocar esto como un problema juvenil; es un problema del conjunto, del sistema en su totalidad, que se irá haciendo más grave si no hay más ilusiones que la que llegue el fin de semana. Lo escucho en el metro a primera hora los lunes, "¿qué vas a hacer el próximo finde?" Lo que hay en medio cuenta poco. Es iluso pedir más.

 

24/10/2020

domingo, 4 de julio de 2021

Todo es medio

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



La enorme paradoja a la que asistimos es que el aumento exponencial de la información diaria no trae más luz sino más dudas y oscuridades. En gran parte es debido a la propia acción humana, algo que hemos llamado "desinformación" y que se relaciona con toda una serie de términos que van de la mentira al bulo, pasando por toda una serie de variantes cuyo efecto es el mismo, sumirte en un estado de duda y confusión o directamente el engaño, con estafas de diverso tipo. Con mentiras de venden hoy productos y se eligen presidentes; con mentiras se ganan elecciones y se arrastra a la guerra contra un país. La mentira y sus variantes son unas armas enormemente poderosas y los son cada día más precisamente porque aumenta su poder y eficacia precisamente conforme los medios son más poderosos. Del rumor entre vecinos de un pueblo al global que afecte a medio planeta solo media el alcance de las tecnologías comunicativa, del boca a boca al tuit a tuit.

Antes había mentirosos compulsivos, ahora los sigue habiendo, pero existen ya las mentiras organizadas, ya sea en grupos o incluso en empresas en las que el beneficio empresarial es el objetivo. Hay quien se hace rico especulando en bolsa con información falsa que despista a los inversores; hay quien se hace rico diseñando campañas de difamación para terceros, como el caso del Barça, en donde el presidente anterior utilizó a profesionales para destruir la imagen pública de sus propios jugadores. Invertir en desprestigiar es hoy un "honrado" negocio con lujosas oficinas, empleados y becarios.



Sí, la mentira es el arma de tiempos de paz; en la guerra hablamos de propaganda, que tampoco elude las mentiras sobre lo propio y lo ajeno. Con la llegada de la globalización, la mentira se hace también global. Ya no hay límites para poder extender su poder y localizar sus objetivos.

Este hecho implica que la mentira llega allí hasta donde pueda llegar en función de la tecnología empleada para difundirla, un principio general y no por ello menos cierto. Antes se utilizaba mucho el término "cortar" para referirse a las mentiras. Ahora es bastante complicado "cortar" cualquier mentira, bulo, difamación, etc. porque la metáfora del "hilo" ha dejado de funcionar para representar la expansión. Las tecnologías actuales son explosivas, se expanden, como un estallido en todas direcciones. Se cuenta con ello, desde luego. Quien lanza hoy una mentira lo hace a sabiendas que será imposible cortarla, como se comprueba cada día. La mentira hoy requiere de una intensa —y generalmente poco eficaz— contra campaña. Los mecanismos de repetición son imparables y sus vías infinitas. La cantidad de personas a las que podemos explicar que algo es mentira en ínfima en comparación con las que han creído la primera versión, la falsa. Es muy difícil desalojar una mentira de la mente de una persona, sobre todo porque se agarra a ella por algo, por una voluntad de creer que será casi imposible erradicar. Es tan difícil anular una mentira como introducir una verdad. Esto es cada vez más claro desde las propias ciencias que se ocupan de nuestro comportamiento, dejando la racionalidad como un mito ocurrente, un exceso de autoestima.



La verdad es que somos manipulables en exceso y los somos por dos cosas: somos muy ignorantes y además invierten mucho en conocernos, que quiere decir comprender mejor nuestros puntos débiles, las puertas más accesibles para la mentira. Hemos sustituido la "crítica", un intento racional de comprender las cosas que nos rodean, incluso a nosotros mismos, por la "queja", un elemento sentimental producido por la frustración de nuestros deseos. Eso nos hace muy vulnerables y, sobre todo, dependientes. La crítica se hace contra lo establecido; la queja, en cambio, se hace para que el poder solucione aquello que no hacemos nosotros.

El aumento de la capacidad de obtener datos, juntarlos, procesarlos y obtener información, nos ha vuelto más vulnerables. Las nuevas herramientas hacen prácticamente imposible mantenerse al margen y no suministrar datos que permitan "conocernos" y manejarnos con diversos fines, de los comerciales a los políticos. La pronta llegada de la "internet de las cosas", de la que ya tenemos muchos anticipos, nos hará más vulnerables a las mentiras y desinformaciones, más manipulables, aunque se nos repita insistentemente que se nos quiere conocer mejor para hacerlo todo más fácil, en nuestro propio beneficio.



Un fiel retrato digital surge de nuestras acciones, de todas y cada una, que quedan registradas. Ellas dicen más que nuestras palabras, revelan incluso aquello que no conocemos o no queremos reconocer.

La posibilidad de manejar los datos que producimos hace más fácil diseñar mentiras a medida, tal como se nos puede confeccionar un traje. Son tan buenas, tan bien construidas, que nos parecerán una segunda piel, una idea que ha salido de nosotros.



Tenemos una paradoja final. Son los medios, los que tradicionalmente eran acusados de manipularnos, los que están intentando establecer mecanismos aclaratorios sobre las mentiras que nos llegan por otras vías, ya que en la vida digital que hemos fabricado todo es medio, incluidos nosotros mismos, y en el que todo puede ser falso, bulo o medias verdades. Esto ya no es una simple anécdota. En Esto Donald Trump ha tenido un enorme peso. Mentir ya no era cosa oscuras agencias; ahora lo podía hacer, a cara descubierta, el presidente de los Estados Unidos. El creciente interés por parte de instituciones de todo tipo, incluidas las científicas y académicas, por la cuestión de las mentiras y sus efectos es un claro indicador de cuál será el futuro que nos espera.

En un mundo en el que todo es medio, una forma de llegar a nosotros, los medios tradicionales tienen que subsistir mostrando que las demás fuentes son poco fiables y pasan a cumplir una nueva función, la de filtro de lo que nos llega. Son ellos los encargados de certificar la veracidad de lo que nos hacen llegar. El valor mayor es siempre el de lo escaso, en este caso, la verdad.






sábado, 3 de julio de 2021

Sobre perros y humanos, en The Dog House

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Uno de los extraños intereses desarrollados por el estado de encierro durante esta pertinaz pandemia es mi interés por los programas televisivos sobre perros. Debo decir inmediatamente que no tengo perro ni he tenido, ni probablemente tendré a estas alturas, aunque no se puede decir de este agua no beberé. Ya comenté en otro momento mi interés alternativo por el programa culinario de Julie, en La2 (compartido por muchos), pero hay una importante variante: siempre me ha gustado la cocina y la hora de emisión me permite huir de las deprimentes e irritantes noticias al mediodía.

Debo decir que los programas de perros resultan muy interesantes si dejas de fijarte en los perros y te fijas en sus dueños. El perro permite reflejar a la perfección a sus amos y es ahí donde resulta este interés fascinante. No se trata de despreciar al perro —lo que noto en mi instinto solidario cuando veo cómo los pasean sus poco interesados dueños, que, con toda probabilidad, no ven estos programas—; por el contrario, me ha permitido verlo como algo más que una mascota.

Hay varios tipos de programas sobre animales. En algunos no se sobrepasa de la mera gracia, de la anécdota, tipo cómo se le cortan las uñas a un rinoceronte, pongamos por caso. Los hay que saltan de especie en especie porque da la impresión que el interés no sobrepasa la mera curiosidad y el tener que rellenar el tiempo del programa. Están los  programas de veterinarios, en los que vemos como los exploran, les meten termómetros por donde pueden y se dejan, le salvan o los desahucian (aquí el veterinario es el héroe), con cierta falta de empatía producida por ver tanta vaca, tanta iguana, etc. al día. En estos, los perros no suelen ser frecuentes y sí las vacas a punto de parir, el potrillo que no come y demás problemas.




Están los de perros, como "Malas pulgas", un programa en el que acabas poniéndote del lado del animal ante tantos amos inútiles, gente que cría a los perros como si fueran bebés, que se vuelven malcriados, despóticos, etc. Vemos cómo se debería tener que hacer un cursillo y que los inútiles fueran privados de la capacidad de tener perros. Pero aquí hay un esquema de "humanos tontos", "perros víctimas de sus amos" y "asesor salvador", al menos, del perro. La teoría general es que tratamos a los perros como humanos y a los humanos como perros, sembrando así un desconcierto en la especie, que empieza a comportarse como un egoísta, posesivo, mal encarado, agresivo, etc. todo ello fruto de las malas acciones de sus amos, que los convierten en seres peligrosos. La teoría le da la razón a Rousseau cuando decía que en el estado de naturaleza la vida es diferente, mientras que la civilización nos vuelve realmente malos. El perro es bueno por naturaleza hasta que llega a la casa de alguien que le malcría y le trasfieres esa negatividad humana cuando nos juntamos. Finalmente, el perro es socializado correctamente y sus amos quedan en evidencia por lo mal que lo han hecho.

Pero quiero referirme aquí a un programa, The Dog House*, en donde los enfoques son diferentes. Aquí no tenemos superhéroes adiestradores que se enfrentan a perros agresivos y amos un poco lelos; tampoco curiosidades sobre animales más o menos exóticos. El planteamiento es muy diferente.

En The Dog House tenemos con gran claridad otro tipo de visión de la naturaleza humana y la canina. Es un extraordinario muestrario de aquello en lo que hemos convertido nuestras vidas modernas y urbanas, de los efectos que provocan en las personas y cómo es el encuentro con el perro adecuado lo que puede cambiar nuestras vidas. Debe decirse que aquí los perros tienen "historia", han vivido experiencias mejores o peores, han perdido a sus dueños o se han deshecho de ellos. También los humanos llegan a The Dog House exhibiendo un muestrario de dolores y carencias, de frustraciones y llenos de expectativas.

El esquema, para quienes no lo han visto, se repite: unas personas llegan a la recepción. Allí les mandan a un espacio próximo en el que esperan la llegada de quienes han de atenderlos. Lo más frecuente es que sean parejas de todo tipo, pero en ocasiones llegan hasta cinco o seis personas. El perro es algo que afectará a todos los miembros del hogar en el que se le acogerá, por lo que todos los interesados participan en la elección.



Es en la elección donde vemos el primer gran cambio. No llevan a los que llegan a un lugar donde deben elegir un perro. Son interrogados por un par de miembros de la organización sobre sus motivos, sobre su situación, sobre su pasado y sobre qué esperan de un perro, y como una pregunta más cuáles son sus preferencias de razas, tamaños, etc. pero esto no es lo más determinante. Que te guste algún tipo de perro no significa que sea el más adecuado para ti, pues no es más que un deseo idealizado.

Con la información recogida tras la entrevista, los miembros de la organización se retiran a una sala en donde tres personas hablan sobre las características de las personas y las características de los perros tratando de encontrar un punto en común.

Los perros no son simplemente un "raza"; tiene sus propias experiencias vitales anteriores, tienen su propia personalidad que es diferente de unos a otros. Algunos llevan tiempo allí, a la espera de las personas adecuadas.

Mientras se producen los debates sobre qué animal es el más adecuado, tenemos acceso a las personas. En esta parte es donde el programa resulta más instructivo y, a veces, desolador. Los motivos, muchas veces, son tener a alguien que nos haga salir a pasearlo, pero el programa indaga en las personalidades de los futuros amos, indagando hasta niveles profundos en sus historias y sentimientos.




Tenemos desde el caso del joven gay indonesio que está destrozado porque cuando reveló a su madre su homosexualidad está le rechazó y le dijo que lo ocultara a todos por el bien de la familia, a personas que han perdido a sus parejas y necesitan cubrir su inmensa soledad. Por The Dog House pasan personas que están en procesos de quimioterapia y necesitan ver luz en sus vidas, hasta veteranos de guerra con estrés postraumático, hijos únicos o parejas que no los tendrán nunca. Es sorprendente el grado de sinceridad desarrollado, acostumbrados como estamos a tanta impostura en los realities. Juntos y por separado, surgen las emociones y las ilusiones, las esperanzas en un cambio en la vida y sobre todo vencer el gran mal contemporáneo, la frialdad, la falta de amor, el distanciamiento y la soledad profunda. Por eso, el proceso de selección no es sencillo. En The Dog House no solo piensan en los amos, sino en los propios perros. Es el perro que necesita de un tipo de amo y los amos que necesitan un cierto tipo de perro o, más concretamente, uno especial, único para ellos.

Hay un momento especial en el programa, el encuentro. Los solicitantes van a un espacio en el que esperan que les lleven el perro que les proponen tras haber estudiado sus circunstancias. Allí vemos el nerviosismo —de niños a ancianos— ante el encuentro con un animal que les puede cambiar su vida en el sentido que ellos esperan. Los observamos en su impaciencia. Como dicen algunos, parece una "primera cita".




El momento en que se abre la puerta es el de la primera impresión. Vemos sus caras, que nos dicen más que sus palabras. Quedan un tiempo junto al perro. Este muchas veces tarda en acercarse, en mostrarse dispuesto. Poco a poco se va fabricando ese vínculo necesario. Vemos cómo tratan de ganar su afecto, su atención; vemos la emoción de los niños, los celos de los que se siente poco atractivos para el perro frente a otro acompañante. En ocasiones, el perro que necesita una persona se decanta inicialmente por el otro y vemos la sombra del dolor del rechazo, provocado por los golpes de la vida.

Esta escena que contemplamos tiene su paralelo en el personal que está observando desde sus instalaciones a través de los monitores. Desean que el encuentro sea bueno para ambos. Ellos conocen la vida del perro (que han explicado), también han interactuado con ellos y saben que pueden tardar más o menos en mostrarse tal como son, que pueden producirse esos primeros malentendidos porque el perro no los conoce. Pero en muchas otras ocasiones vemos el milagro del encuentro, el flechazo, como dicen algunos, el amor a primera vista por parte de ambos. No está calificado de forma excesiva, pues se trata realmente de "amor" en un sentido que nos olvidamos o que nos da miedo ofrecer por temor al daño, a la incomprensión.

Los expectantes adoptadores y el perro que les han propuesto quedan un tiempo para intimar, para crear esos vínculos necesarios de confianza. Si todo ha ido bien, salen juntos a dar un paseo.



El programa es muy claro. Visitamos los nuevos hogares pasado cierto tiempo. En ocasiones encontramos que el perro ha cambiado las vidas, que se han cumplido las expectativas, tal como escuchamos a los felices nuevos amos y comprobamos en los propios animales. En otras, se nos dice que no era el perro adecuado, que no era lo que esperaban o sencillamente no han sido capaces de superar la etapa del capricho. A veces, otro perro ha conseguido ser aceptado y encaja mejor. El perro vuelve a The Dog House a la espera de encontrar ese hogar que se merece. Algún día lo conseguirán.

En todo este proceso —desde que llegan mostrador de la entrada hasta que les visitamos en su casa pasados semanas o meses— salen a la luz múltiples historias. Creo que pocas veces he visto programas en los que se pueda aprender tanto de la naturaleza humana como en The Dog House. Lejos de cualquier elemento morboso, la elección de un perro se convierte en una confesión de la necesidad de afecto, algo que muchas veces se confunde con esa artificial afabilidad que practicamos en muchas ocasiones unos con otros. Con el perro no hay barreras, no hay límites, no hay protocolo. No hay tampoco rechazos ni traiciones, mentiras o cálculos extraños. Eso permite a estas personas cubrir sus necesidades afectivas a falta de un contacto más abierto, a una exposición excesiva al dolor en la sociedad, de la familia al trabajo.

La soledad es un factor, desde luego; pero también esa necesidad de un mundo sencillo de relaciones afectivas. Hay perros que cubren el hueco de las pérdidas; otros representan lo que no hemos tenido. Con ellos no es necesario estar midiendo todo y se puede ser uno mismo en cualquier nivel que sea necesario.



The Dog House es algo más que un programa sobre perros. Es sobre todo un programa sobre humanos que necesitan perros, que buscan compensar lo que la vida moderna nos impide tener, encerrados como estamos en casas, empleos y todo tipo de límites muchas veces negativos, frustrantes. Que no nos engañe la falsa sociabilidad basada en el ruido y la bebida, entre otras cosas.

No hace mucho tiempo, recuerdo una noticia de Estados Unidos en el que se nos mostraba un programa experimental en una cárcel con una peligrosa población recluso. Se hizo que estas personas, criminales y asesinos muchos de ellos, se encargaran cada uno de un perro. El experimento rebajó el nivel de agresividad; por decirlo así, les humanizó, les permitió desarrollar su propia afectividad.

Muchas veces, cuando termina el programa, me quedo pensando en este mundo extraño que hemos creado, uno con demasiada agresividad, demasiada presión, demasiados miedos en las relaciones, un mundo de barreras que nos constriñen. No digo que un perro resuelva el mundo, claro, pero sí que muchos han encontrado en su vida un contrapeso afectivo que les permite su burbuja, un espacio en el que poder desconectar del mundo y al que regresan porque en él encuentran afecto. Hemos creado demasiadas burbujas artificiales.



 * The Dog House https://www.cosmopolitantv.es/programas/the-dog-house/capitulos/564875/

viernes, 2 de julio de 2021

Las protestas de las mujeres turcas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Las televisiones nos muestran imágenes de la violencia desatada contra las manifestantes contra la retirada de Turquía del tratado internacional contra la violencia machista, llamado precisamente Tratado de Ankara porque fue allí donde se produjo. La noticia de la retirada la comentamos aquí cuando fue anunciada hace unos meses. Hoy vemos los resultados de la retirada tanto en las calles como en los números, los de los asesinatos de mujeres producidos en este tiempo, 28 asesinatos solo en el mes de marzo, que fue el que se produjo la salida. La cifra habla por sí sola. El número anual de muertes de mujeres a manos de parejas, ex parejas y familiares, según se señala en el propio texto, oscila entre 300 y 400 mujeres asesinadas, una cifra lo suficientemente alta como para considerar inexplicable la retirada del tratado, algo que, sin embargo, tiene una serie de causas internas y externas en la estrategia de Erdogan y su partido.

Cuando hemos tratado aquí en múltiples ocasiones la figura de Erdogan hemos señalado su cambio de estrategia desde el momento en que se produce el rechazo de Europa a sus pretensiones de insertarse en la Unión. Desde Francia, especialmente, se le dijo con claridad que "Turquía no era Europa", que no lo había sido nunca y que no lo iba a ser por muchos motivos, especialmente por la propia actitud de Erdogan.




El presidente turco ha ido creando un personaje doble, el del islamista que recupera las raíces de un país, por un lado, y el de cabeza del islam, por otro, una competencia dura con algunos países que intentan hacer lo mismo, especialmente aquellos que se consideran "referencia" para los otros. Erdogan ha jugado a la recuperación de un nuevo "imperio otomano", que conquistó el Mediterráneo oriental y sobre el que quedan restos de las disputas en lugares como Chipre, por ejemplo.

En un país que se debate entre islamistas y laicos, las acciones estratégicas para consolidar la propia opción es obvio que pasa por la reislamización y por el cierre hacia cualquier elemento que debilite la imagen de autosuficiencia que el propio Erdogan quiere transmitir: "Turquía no necesita a nadie" y "Turquía es el faro". Estas dos referencias son claves para entender la figura de Erdogan y sus pasos.



La retirada del Tratado contra la violencia contra la mujeres forma parte de estas acciones, de este "no necesitamos lo que viene de fuera", entendiendo por "fuera" el mundo Occidental, con el que cada vez es más desafiante y al que otros imitan (tenemos el reciente caso de Marruecos y España).

Cualquier gesto de Recep Tayyip Erdogan es dirigido a sus seguidores como una forma de desafío a Occidente, como una demostración de su superioridad, algo que es valorado por sus seguidores de forma muy positiva, ya que entienden que el mundo musulmán ha sido arrastrado fuera de su propia esfera por el intento de emular las formas occidentales, tomadas como logros y síntomas de modernidad.

El islamismo político, al que Erdogan pertenece, intenta crear una "modernidad" bajo las normas morales y religiosas del islam, algo que se ve complicado porque las tendencias más conservadoras se acaban imponiendo exigiendo más retroceso hacia las formas tradicionales. El mismo proceso lo estamos viendo en Egipto, donde se intenta avanzar en un sentido y retroceder en otro, con una intensificación de los ataques igualmente contra los derechos de las mujeres y todo aquello que se considera parte de la corrupción de Occidente: el ateísmo, el feminismo y la homosexualidad, además del liberalismo democrático, ya que la vida social no se plantea nunca como una igualdad real de derechos porque esta es irreal, una ficción que va contra la propia ley de Dios, que es el referente final. Es en esa interpretación final de la "virtud" por la que compiten en el liderazgo el Egipto de Abdel Fattah al-Sisi o la Turquía de Erdogan, pasando por la Arabia Saudí del wahabismo. El liderazgo es poder, pero sobre todo modelo de virtudes. Los "malos gobernantes" son los que se alejan de Dios y pervierten a su pueblo, por lo que son castigados, como en el caso de Nasser, con derrotas en los campos de batalla frente a Israel, como le señalaron sus enemigos en su época. Hoy se mantiene el principio, por lo que es importante para el liderazgo someter, humillar a los enemigos de dentro y fuera. La victoria es señal divina, señal de que se hace lo correcto. Y lo correcto ya se sabe dónde está escrito.

El texto de RTVE.es nos señala:

 

El verano pasado, algunas voces cercanas al partido de Erdogan, el islamista AKP, que gobierna Turquía desde 2002, propusieron que el país se diera de baja en el Convenio.

En ese momento, las intensas protestas feministas, a las que se sumaron voces de organizaciones de mujeres del propio AKP, hicieron que el plan, aparentemente, se devolviera al cajón. 

Presión islamista previa para salirse del convenio

Sin embargo, un sector islamista y nacionalista ha continuado haciendo campaña para acusar al Convenio de destruir los valores de la familia y de promover la homosexualidad, pese a que el tratado no menciona la homosexualidad en ninguna parte.

No obstante, las propias organizaciones LGTB empezaron a reivindicar el Convenio como algo propio, asegurando incluso que había sido concebido para proteger "a mujeres y homosexuales".

Finalmente, en marzo, el Gobierno justificó su decisión de salir del Convenio alegando que éste "había sido secuestrado por un grupo que intenta normalizar la homosexualidad".*


 

A la vista de lo señalado anteriormente, creo que se puede entender perfectamente lo señalado en el artículo. La expresión "valores familiares", por ejemplo, es la que ha sido utilizada, como hemos visto hace unos días, para encarcelar, entre tres y diez años, a un número de mujeres que subieron vídeos a TikTok. Es el mismo proceso regresivo en la competencia por la virtud. No es casual que los islamistas que fueron puestos en fuga en 2013 con el "no-coup" de al-Sisi fuera Turquía, ni es casual que el presidente egipcio retomara la "ruta de la virtud", la misma que había enarbolado el expresidente Morsi. La virtud es la gran baza que el pueblo entiende, es la confianza en las leyes que tienen su origen en la Sharia, en las tradiciones de base religiosa.

La gran barrera islámica es precisamente no poder avanzar más allá de lo expresado en la línea que va del Corán a los hadices, porque quien lo hace acaba encarcelado o, peor, muerto. Los gobernantes saben que cualquier paso en este sentido supone la puesta en marcha desde la base de fuerzas que buscan frenar esto.

Es lo que vemos en las noticias. Una ley internacional que pretende proteger a las mujeres es convertida a una escala diferente, a la promoción de la homosexualidad; una ley que protege a las mujeres es interpretada como una ley contra los "sagrados valores de la familia". Mujeres, homosexuales y ateos son la triada maldita en el mundo islámico, algo que tienen en común con los más retrógrados movimientos de Estados Unidos, donde han encontrado simpatía algunos grupos de corte islamista y salafista.



Esto es dramático porque implica que cualquier tipo de reformismo está destinado al retroceso llegado a un punto, por un lado; pero también algo de enorme gravedad: la condena a las dictaduras y a otras formas autoritarias, como se ve en Egipto y en la propia Turquía, según sean las condiciones.

La solución serían movimientos democráticos, pero eso, como se vio en la Primavera, resulta imposible porque ni está articulado (no se deja que se consoliden) ni tiene base popular porque este identifica "democracia" con perversión occidental. Primero habría que cambiar las mentalidades a través de la educación, algo que tendría enorme resistencia y se vería como una manifestación negativa, hasta diabólica, que acabaría con el gobernante, tal como hemos visto en el propio Irán, por ejemplo. Que el proceso de laicidad se identifique con dictadores y que su eliminación, como en Irán mismo, traiga una dictadura religiosa, la de los ayatolas, no deja de ser un destino dramático, que desde dentro, en cambio, se vive como "virtud".

La retirada del Tratado de Ankara tiene un sentido claramente ideológico: Turquía puede tener sus propios valore islámicos sin la contaminación de Occidente. La calificación de feminismo y homosexualidad como valores negativos y destructivos del "orden familiar", el querido por Dios, son muy claros.

El párrafo final del artículo explica:

La vida sexual de una mujer soltera o divorciada se puede llegar a interpretar en Turquía como una afrenta al honor de sus parientes. En lo que va de año, 189 mujeres han sido asesinadas, según datos de la plataforma "Pararemos los asesinatos de mujeres", lo que arroja una incidencia, en proporción a la población, entre dos y tres veces superior que la habitual en España.*


Hemos visto hace unos días aquí lo que ocurre con la falta de legislación sobre la violación en el ámbito doméstico en Egipto y las denuncias contra este presunto vacío. Si la violación no se concibe como una violencia dentro del matrimonio, porque se considera un derecho del marido al que la mujer no se puede resistir, da lugar a una nueva violencia que es la del abuso y la impunidad. El crimen de honor es precisamente una forma de restitución de ese "orden" que posibilita la muerte de una mujer porque su familia —fundamentados en esos "valores familiares"— lo ven como necesario y acorde con esas leyes que pueden estar no escritas pero que los jueces conocen cuando absuelven o someten a condenas leves.

Estos procesos los estamos viendo de continuo allí donde la "virtud" anima a los familiares a velar por el honor de la familia y si se mancha ese honor está "justificado" la muerte de la mujer. Todo eso está implícito en esas presiones sobre el gobierno por parte de los más conservadores que identifican como "valor" la violencia y la sumisión, la dependencia y la falta de entidad de la mujer por ella misma. Esos "valores familiares" invocados de un extremo a otro del mundo islámico no son más que el derecho patriarcal a decidir qué está bien o mal, la negación de que la mujer pueda tener un papel en la vida más allá de la obediencia.

Son, además, una forma de deshacerse de los movimientos incómodos de crítica a los gobiernos o al sistema en su conjunto. Les sirven, igualmente, para mostrarse "virtuosos" con la represión, como ocurre con el tratamiento de la homosexualidad o cualquier otro modelo identitario que no se considere adecuado al modelo "familiar" señalado.


  

* "Miles de mujeres se manifiestan en Turquía contra la retirada del Convenio de Estambul para combatir la violencia machista" RTVE.es / Agencias 01/07/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210701/protestas-turquia-retirada-erdogan-pacto-violencia-machista/2118320.shtml

jueves, 1 de julio de 2021

Viajes sin sentido

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Empecemos por lo obvio. Un contagio no es como romperse una pierna, un hecho aislado, que puede ser fortuito o debido a factores específicos ligados a un punto, como una escalera resbaladiza o una acera mal nivelada. Un contagio, en cambio, es un elemento fuertemente social, ya que se parte de la proximidad de las personas. Las personas se contagian porque están próximas; lo están en unos determinados espacios, compartiendo una actividades comunes, agrupadas por actividades que les agrupan (afinidades, intereses, familias, etc.) o por compartir espacios (escuelas, dependencias, transportes, lugares de trabajo, etc.). En ocasiones, se entremezclan actividades y espacios, ya que las unas y las otras pueden tener fuerte vinculaciones.

Si la gente resbala en una escalera y si hay varios casos, se puede arreglar la escalera. En la pandemia, en cambio, los factores son de más complejidad, pues no están ligados a un solo lugar o actividad, sino a muchos. La complejidad aumenta, pero siempre es posible usar eso que nos han dado llamado cerebro.

Las epidemias se extienden por medio de contagios. Necesitan de nuestra proximidad, por ello los factores de costumbre, los repetitivos, son fundamentales. No solo se debe a los factores físicos del entorno (por ejemplo, la ventilación, la distancia o la higiene), sino nuestras formas de interactuar socialmente, es decir, a cómo nos relacionamos.



Esto es fácil de entender, pero por lo que parece no es sencillo, trasladarlo a la realidad en forma de medidas coherentes. Creo que el hecho de que hubiera tantas muertes entre las personas mayores en las residencias distorsionó percepción y medidas tomadas. La escala de edad obvia un elemento: que los fallecidos de las residencias tienen más puntos en común con los jóvenes que los grupos intermedios.

El primer punto en común es la alta concentración dentro del mismo grupo. En una empresa puede haber enormes variaciones de edad, desde el inicio de la edad laboral hasta la jubilación. Si la edad está relacionada con la resistencia al coronavirus, en las empresas hay gente de todas las edades. Los jóvenes y los ancianos son, en lo que respecta a lo señalado, grupos con un contacto estrecho y similar, la variante es, por supuesto, la mortandad. Los ancianos están concentrados de forma constante mientras que con los grupos jóvenes ocurre lo contrario, concentración intensa (reunión en un momento y contagio) y expansión más a rápida porque, tras el contagio, conectan con otros grupos. Eso lo entendieron los jóvenes que quisieron entenderlo: se hacían test antes de regresar a casa. Si daban positivo, no iban; si daban negativo, podían dar el salto al nuevo escenario grupal.



Si los más mayores tenían un organismo marcado por su historial de enfermedades y las defensas debilitadas por la propia vida, los jóvenes tienen un cuerpo más resistente y mayores casos de asintomáticos.

Es lógico que el sector con más muertes tuviera una atención prioritaria. Pero una vez superado ese hecho, la estrategia de ir descendiendo debería haberse variado porque ahora nos encontramos con un resultado inesperado: el proceso de vacunación está solo a medias (lejos de ese 70% que el gobierno anunció) y el que está sin vacunar al 100% es precisamente el que tiene una mayor intensidad en las interacciones y en el peor momento, el periodo vacacional.

Cuando se planteó en nuestra Junta de Facultad la cuestión de la "seguridad", se nos hicieron llegar las directrices sobre cómo debía atenderse la presencia en las aulas: número, distancias, etc. Mi intervención, con poco resultado, fue para decir que las aulas no eran lo importante porque podíamos establecer las reglas de juego, que lo que me preocupaba eran los espacios de socialización, es decir, aquellos en los que los estudiantes se reúnen fuera de normas. Solo me dio la razón expresamente una compañera socióloga. Pronto se vio que era así, que el orden que se mantenía en el aula, contrastaba con lo que ocurría en los periodos de descanso o al término del día. Las reuniones sin medidas de seguridad en los aledaños, sobre el césped, entre los dos edificios, etc. eran el reverso de las aulas; era un espacio donde nadie seguía las normas y donde, peor todavía, nadie tenía la autoridad para regularlo. Técnicamente, fuera del edificio, no hay más autoridad que la pública, por lo que bastaba con poner un pie fuera del edificio para romper las pautas de seguridad.


Incomprensiblemente, se seguía (y sigue) hablando de "aulas" o "espacios seguros" por mantener las distancias y normas cuando la gente se ha podido contagiar antes de entrar o lo hará después. Mientras la gente está sentada, controlas las distancia y el número; pero fuera...

Ahora nos encontramos con un escenario poco deseable, el del rebote de los contagios gracias a este doble factor: la inexistencia de la vacunación entre los jóvenes, por un lado, y la llegada de lo podemos calificar de "verano", un intenso y extenso periodo de interacciones sociales dentro del grupo con el agravante de que muchos lo harán compartiendo el espacio familiar, donde los más pequeños y las otras personas del grupo siguen sin estar vacunados. Unos están sin ningún tipo de vacuna (los más pequeños), de los que se que se dice serán vacunados en septiembre antes de empezar las clases, y los demás, con la excepción de los abuelos, siguen sin estar todos vacunados.

Sé que es fácil criticar cuando ya es complicado ponerle un remedio, más que por la logística en sí, por los cambios constantes de estrategia seguidos por las autoridades en uno y otro nivel. Las complicaciones de los tipos de vacunas, sobre qué dosis y cuándo, etc. han sido constantes en este periodo, lo que ha socavado la propia credibilidad de la autoridad, que se ha manifestado demasiado dubitativa y muchas veces "política", como ha ocurrido con la absurda norma de quitarse la mascarilla en público cuando precisamente más falta hacía con la llegada del verano, que es -como se ha visto- un semillero de contagios.



Creo que ha fallado la estrategia, que ha fallado el cálculo de obsesionarse con la edad y nada con la intensidad de las interacciones. Los números disparados de contagios y las proporciones de edad, con una enorme diferencia en la incidencia, solo se explican por el factor "joven" (para algunos llega a los 40) o, si se prefiere, por la forma de relacionarse. ¿No hubiera sido más lógico una doble línea, ascendente y descendente; una estrategia centrada en la vacunación en los puntos de concentración difíciles o imposibles de controlar? Espero que hayamos aprendido algo.

De no ser algo serio, da cierta sensación chapucera que los contagios se hayan producido en algo como los "viajes de fin de curso", supongo que porque existe algún sector que vive de ello. ¿Qué sentido tiene —como se ha señalado anteriormente— mantener el control durante el curso para luego contagiarse en el final en un viaje? ¿Es absurdo? Sí, pero es una demostración de esa forma tan peculiar de ver el mundo que implica que mientras no se contagie en "mi" espacio ni bajo "mi" tutela, me importa poco lo que ocurra diez metros más allá. Es una forma de ver el mundo muy burocrática y percibida no desde la realidad de evitar contagios sino bajo el prisma de "desde aquí no es mi problema".



Ahora ya será complicado variar el rumbo. Los que lo han pasado no quieren perderse nada de la diversión tan esperada; los que están asintomáticos dicen que se preocupen los demás de ir protegidos; los que están sin contagiar, ponen en la balanza lo que se van a perder y confían en su suerte y en la resistencia  del organismo. 

De todo lo que ha ocurrido en Mallorca, en el macrobrote, hay menos de una docena ingresados y uno en la UCI, al que le deseamos pronta recuperación. ¡Qué exagerados somos! Como diría Bolsonaro a pesar de los 600.000 muertos en Brasil, "¡una gripecita!"

El Diario de Mallorca nos trae la dimisión de la profesora, jefa de estudios y encargada de Covid-19 de su centro, expresada en forma de carta donde les dice. Creo que sus palabras son claras:

 

Sí, mi instituto es uno de los cuatro que también se han visto salpicados por este brote y la responsabilidad es única y exclusivamente de las personas que se han contagiado (alumnos del centro, muchos de ellos menores aún -pero con sobrada información de la capacidad de contagio y funcionamiento de este SARS-, y de los familiares que se lo han permitido) porque como esta coordinadora covid les dijo a cuatro de estos alumnos (dos de ellas finalmente fueron al viaje y otros dos, afortunadamente y gracias a haber suspendido la asignatura de Lengua, no): "Os vais a Mallorca en busca del coronavirus después de que durante meses, en el instituto, nos hayamos dejado la vida para que no os contagiéis y no contagiéis a vuestras familias".

Hasta donde pueda llegar mi testimonio en este rinconcillo, os contaré que este viaje lamentable no tiene nada que ver con el instituto (y puedo afirmar que con ninguno). La jefa del departamento de Actividades Extraescolares, Jefatura de Estudios y Coordinación Covid19 no han organizado ni mucho menos autorizado (puesto que ha sido ajeno al centro) semejante estupidez con forma de contagio masivo. No solo eso sino que además, la agencia de viajes que ha promovido este atropello sanitario les dio las fechas del viaje cerradas coincidiendo con los exámenes de la evaluación extraordinaria y se nos instó a que desde Jefatura de Estudios enviásemos a dicha agencia un documento donde especificáramos que algunos alumnos habían suspendido para que se les pudiera devolver el dinero puesto que ya lo habían pagado (sin sospechar que podrían suspender y tener que examinarse en las fechas marcadas para ello desde la dirección del centro).*


 Como se suele decir, se puede decir más alto, pero no más claro. Por eso es un escarnio que aquellos que fueron y quienes les financiaron y autorizaron, se presenten como víctimas, defensores de no se sabe muy bien qué libertad. El hastío de las personas que se han pasado el curso intentando mantener a los estudiantes a salvo del coronavirus es comprensible. Provoca depresiones ver este esfuerzo tirado a la basura por un poco de desmadre, de saltarse todo... porque tienen la sensación de que no va con ellos, de que no les pasa nada. Es lo mismo que manifiesta el personal sanitario cuando nos cuentan que salen agotados y se encuentran con botellones en la calle, la misma frustración y desesperanza. No es fácil de digerir.
La estrategia seguida debería haber seguido no solo a los años, sino la capacidad de entender las cosas, la responsabilidad y la solidaridad con los demás. No son fáciles de establecer, pero...
Las consecuencias de estos viajes estos viajes las tenemos delante; las causas nos cuesta reconocerlas por más que nos las pongan delante.


 * "Lee la carta viral de una jefa de estudios con alumnos afectados por el macrobrote de Mallorca" Diario de Mallorca 30/06/2021  https://www.diariodemallorca.es/buzzeando/2021/06/30/carta-jefa-estudios-alumnos-afectados-macrobrote-mallorca-54524946.html