Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Se ha abierto la caza. El escándalo de Barclays Bank y la
manipulación del LIBOR, la multa de 450 millones de dólares a la entidad, y las
posibles consecuencias que se abren van más allá de una temporada en las primeras
páginas alternando con Rupert Murdoch y los Juegos Olímpicos londinenses. Canadá y Japón se han visto envueltos en el mismo caso y el Deutsche Bank espera a que le llegue
su hora, según apuntan algunos. En
España, las imputaciones florecen en bancos y cajas. La temporada ha comenzado con abundancia de piezas.
The Economist ha
concretado el asunto del LIBOR en un titular sintético y expresivo: “Banksters”.
No ha necesitado decir mucho más, solo acompañarlo por la ilustración de un
grupo de individuos siniestros luciendo las señas de identidad de los Reservoir Dogs, a lo Tarantino: trajes
oscuros, gafas negras, corbatas llamativas. El paralelismo gráfico y simbólico
no admite equívocos. Es en las corbatas donde se muestran las diferencias entre
ellos, aunque probablemente estén compradas en el mismo sitio y quizá con el
mismo botín.
The Economist señala dos prácticas negativas de este escándalo mayúsculo. La primera de ellas la manipulación para lucrarse. El diario señala que esto va más allá de Barclays, que es solo la punta: “They were also colluding with counterparts at other banks, making and receiving requests to pass on to their respective submitters. A similar picture of widespread collusion emerges from documents related to the Canadian investigation. This bit of the LIBOR scandal looks less like rogue trading, more like a cartel.”* De ser así y no una práctica de unos cuantos, sino una auténtica estafa coordinada, el escándalo va tener más que consecuencias de imagen o multas. De nada servirán las culpas de Diamond a unos pocos "traders". Se enfrentan, como bien señala The Economist, a demandas multimillonarias, además de las multas y demás penalizaciones.
El segundo aspecto plantea puntos mucho más complicados: las decisiones que las autoridades han tomado respecto a los bancos, las ayudas concedidas, etc., partían de un análisis manipulado de la situación financiera:
During the crisis, a high LIBOR submission was
widely seen as a sign of financial weakness. Barclays lowered its submissions
so that it could drop back into the pack of panel banks; it has released
evidence that can be interpreted as an implicit nod from the Bank of England
(and Whitehall mandarins) to do so. The central bank denies this, but at the
time governments were rightly desperate to bolster confidence in banks and keep
credit flowing. The suspicion is that at least some banks were submitting low
LIBOR estimates with tacit permission from their regulators.*
La estafa tiene consecuencias hacia abajo, a todos los
afectados por la aplicación de los bancos a sus clientes, pero también
consecuencias hacia arriba, de política económica en todos los niveles. Si se
demuestra, como señala The Economist,
que hubo connivencias con el Banco de Inglaterra, el banco central, las cabezas
que caerán dejarían insatisfechas hasta a la Reina de Corazones.
“La calle sin nombre” (The
Street with No Name 1948) es una
magnífica película de William Keighley. Nos muestra el enfrentamiento entre el
FBI y el repunte de las bandas mafiosas que han vuelto a la carga pasados los
tiempos clásicos de Chicago, con Capone, Nitty y compañía. El film comienza con
una cita de John Edgar Hoover, el siniestro director del FBI, diciendo que
existe una "calle sin nombre", que va de la Costa Este hasta la del Pacífico, que
el crimen recorre con impunidad. El jefe de la banda, Stiles, maravillosamente
interpretado por Richard Widmark, es un gánster “científico”, elegante y refinado, capaz
de seleccionar el personal de su banda consiguiendo las fichas de los criminales candidatos
de las mismas oficinas del FBI, que están actuando sin saberlo como formadores
de la banda de delincuentes. Stiles ha conseguido poner a su disposición a los servicios
de la policía científica, que incluso le extraen las huellas de las armas que les lleva
para saber quién se ha infiltrado entre sus filas. Se crea así una irónica
situación en la que gánsteres y federales utilizan las mismas técnicas de
investigación para conseguir sus objetivos. Ladrones haciendo de policías científicos y policías
haciendo de ladrones.
Parece que algunos bancos o banqueros (como quieran, para
que no haya sutilezas) han actuado de forma similar y se han aprovechado de las
técnicas que deberían poner al servicio de sus clientes para sus propios
negocios fraudulentos.
De nuevo, tenemos la calle sin nombre, una calle que esta vez,
parafraseando a Hoover, va de la City a Wall Street, un calle sin ley. Los “banksters” vuelven a
recorrerla como en los mejores tiempo de Capone.
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