martes, 5 de octubre de 2021

No nos falta de nada

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Todo iba a ser gloria bendita. Reino Unido caminaba, por fin, libre de las garras europeas. Les vendieron que iban a tener las mejores pensiones y la mejor sanidad con lo que se iban a ahorrar lejos del perverso continente al otro lado del Canal.

Los doscientos militares que van a tener que ponerse a repartir gasolina para que los británicos dejen de discutir y pelearse en las colas son pocos. Creo que es más bien una forma indirecta de tratar de minimizar el impacto de este desastre llamado Brexit, Parece que se echa de menos a los camioneros contratados en países "baratos" de Europa. Pero la codicia rompe el saco.

Quizá se debería utilizar para el reparto aquel maravilloso autobús con el que recorrieron las carreteras y pueblos en el que se prometían pensiones increíbles. Sería una bonita imagen; mejor que la de los soldados británicos repartiendo gasolina.



¿Es ya el momento de decir "te lo advertí"? ¿O hay que esperar todavía un poco más? ¡Y pueden dar gracias a que hubo gente decidió quedarse!

Ningún engaño ha sido tan descarado como el del Brexit. Aquí hablamos cuando tocaba de sus muchas aristas y de la enorme equivocación que era, del monumental error histórico cometido.

Todavía vemos imágenes en las que se jalea al líder británico, Boris Johnson, agitando banderas azules con estrellas, las que conservan muchos británicos, especialmente los jóvenes, que fueron los más perjudicados. Pero el Reino Unido "anciano" fue seducido por las promesas de algo que nunca habían tenido y que querían tener. Los jóvenes, por el contrario, querían "futuro", oportunidades repartidas por Europa. Querían salir de Erasmus y llegar a otros países, poder trabajar en ellos. Pero los viejos eran más y les caía bien Nigel Farage, uno de los caraduras más chistosos de Reino Unido, el hombre de la sonrisa demoledora, literalmente. 

Farage era el amigo de Trump —¡llamadme Mr. Brexit!— y le dedicaba una de esas sonrisas. Se le fotografiaba en el ascensor de la Torre Trump. No había mucha gente en el mundo interesada en Trump y el pintoresco Farage le animaba porque Trump tenía claro que el crecimiento de USA pasaba por el hundimiento de la Unión Europea, por su fraccionamiento para hacerla más dependiente de Estados Unidos, para poder vender "defensa", "protección" y para que se sintieran intimidados por la presencia de Putin, otro amigo que gusta de echar favores.


En Antena 3 se da cuenta de la puesta en marcha de esos voluntariosos 200 militares que deben sacarle las castañas del fuego al bueno de Boris.

 

Para afrontar el déficit de unos 100.000 camioneros, el Ejecutivo concederá 5.000 visados temporales a extranjeros.

El primer ministro, Boris Johnson subrayó el domingo que no recurrirá a "la inmigración descontrolada" para subsanar la falta de mano de obra, que se extiende a otros sectores, como el agrícola y la hostelería.

 


Por mucha confianza que tengan en ellos mismos, no se acaba de ver cómo esos 200 superhombres británicos van a poder compensar la falta de 100.000 camioneros, pero así son ellos o, al menos, así se ven ellos mismos. Nos recuerdan a los 300 espartanos, que tanto juego dieron en las Termópilas. 

Antena 3 ha sustituido las fotos por la caricatura. No está bien burlarse del mal ajeno, pero sí de la obcecación en negar la realidad. Esto pondrá a prueba el famoso humor británico, que habrá que ver en qué queda. Creo que el mejor chiste británico en estos momentos nos lo da la BBC, en cuya página web no hay una sola referencia a la escasez ni a los medios para paliarla. ¿Flema británica?

¡Pero si solo fuera la gasolina! Las colas de las gasolineras, las peleas que se dan entre usuarios de las filas, no son nada en comparación con la soledad de los estantes de mercados y supermercados. Poco y caro es lo que queda en este Reino Unido que quiere volver a recuperar el orgullo del imperio.


Boris Johnson trata de hacer creer que aquí no ha pasado nada, ni pasará, por supuesto, y ha dicho que esta situación puede durar hasta navidades, pero les ha convencido que las navidades serán de órdago, que no les faltará de nada a los británicos en su mesa. Por su parte, el ministro de Finanzas, según nos cuentan en RTVE hoy mismo, ha dicho en su convención conservadora que "esto es pasajero" y que Reino Unido se convertirá en "el lugar más excitante del planeta", una predicción en la que va su futuro.

Las promesas navideñas de Johnson podrán rivalizar pronto con las promesas de Pedro Sánchez sobre la factura de la luz al llegar nuestras Navidades cargaditas de problemas. Y es que el que no tiene problemas se los acaba creando, que por prometer soluciones que no quede. ¿Quién se va a enfadar en navidad? ¡Por favor!


* Alfredo Boto-Hervás "El desabastecimiento que sufre Reino Unido, en la viñeta gráfica de Alfredo Boto-Hervás" Antena3 4/10/2021 https://www.antena3.com/noticias/mundo/escasez-suministros-vineta-grafica-alfredo-botohervas_20211004615ae9c2f64dc50001d8640c.html

lunes, 4 de octubre de 2021

El sobreempleo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


El mundo laboral ya no es lo que era. Quizá habría que hablar de los mundos laborales,  en plural, pues se están diversificando desde diferentes perspectivas. El principal cambio es precisamente que para muchos la expresión "ir al trabajo" ha dejado de tener sentido y ahora es el trabajo el que fluye hacia ti. Eso es una parte del problema. En estos tiempos hemos visto cómo, con la pandemia, el trabajo se revolucionaba y comenzaban a surgir nuevos conflictos adaptativos e interpretativos, desde quién debía cargar con la factura de la energía gastada en casa por el teletrabajo a conceptos como la dedicación, los horarios, etc. Se nos han mostrado conflictos, engaños, detectives verificando que la gente estaba donde decía estar; hemos visto a trabajadores que decidieron, puestos a teletrabajar, irse a lugares más cómodos, residencias de las costas; hoteles adaptados al trabajo que compensaban así su ausencia de turistas ofreciendo oficinas provisionales o salas para reuniones, etc. Han sido un sinfín de modificaciones.

En la Enseñanza, por ejemplo —por contar mi caso— he tenido clases completas online mediante zoom; clases bimodales —con una parte de alumnos en el aula y otra en sus domicilios o en cualquier otro lugar; y clases presenciales cuando el número de alumnos en el aula lo permitía. Pero la parte del trabajo que era antes presencial ha estallado en una incontrolable franja horaria en donde la desconexión era imposible. Lo que antes tenía lugar y hora, un principio y un fin, ha dejado de tenerlo, cualquier hora o día era buena puesto que el profesor está "conectado". Eso, de no corregirse, supone que la jornada se extiende muchas más horas y que dejas de controlar el tiempo y su estructuración para otras múltiples tareas.

Las actividades online, igualmente, se han multiplicado, con lo que se ocupan los días y las franjas horarias en busca de puntos comunes posibles para programar todo tipo de reuniones que se multiplican desde las distintas instancias en un frenesí agobiante. Al hacerse todo online, además, se ha producido un aumento considerable de lo burocrático generando documentos y más documentos que hay que rellenar ante la desconfianza administrativa.

Me imagino que cada sector en donde se abrían posibilidades se habrá producido este tipo de estallido de actividades sin demasiado control, empujados por la necesidad de reajustes para lleva a cabo las tareas obligadas y que han traído sus propios extras. Nadie parece coordinar todo esto, darse cuenta que todo se superpone. No ha sido una única vez que he tenido que atender dos tareas superpuestas desde dos ordenadores por esta superposición o pasar de un tribunal a otro en una misma mañana, por ejemplo.



La BBC nos da cuenta de una nueva  situación laboral, la del doble trabajo. El artículo concentra muy bien en una sola frase el problema: "Two corporate email addresses, two computers, two bosses?" El artículo —titulado "The 'overemployed' workers juggling remote jobs", firmado por Bryan Lufkin— nos da cuenta de un fenómeno creciente. La deslocalización del trabajo está sirviendo para que las personas mantengan dos (o más) empleos superpuestos, es decir, lo que la frase indicaba: dos correos empresariales, dos ordenadores y dos jefes.

El pluriempleo ha existido siempre, pero al estar en los centros de trabajo, solo podían ser uno a continuación del otro. Ahora, por el contrario, los trabajos se simultanean, y mientras ninguno de sus jefes se dé cuanta pueden seguir con esta doble actividad superpuesta. Las explicaciones que se dan desde la BBC son de diverso tipo, desde el deseo de obtener mayores ingresos hasta la inseguridad laboral, pasando por la venganza contra un sistema abusivo y explotador. La solución es explotarse uno mismo, que siempre deja mejor sabor de boca, aunque sea con un agotamiento mayor. 

El artículo trata de indagar en este fenómeno del "sobreempleo" para comprender sus causas y también sus límites y consecuencias:

 

The fact that people are turning to overemployment also signals important systemic workplace issues.

For a long time, many workers have felt like their jobs are unfulfilling or meaningless – leading to problems like burnout and boreout – and that they’re constantly chasing success within a system that gives managers a disproportionate amount of power within the working relationship. That may be one of the reasons overemployment has become more popular, experts say.*


Es probable que no todo el mundo llegue a esta situación por las mismas causas. Creo que, a menos de una desmedida ambición, el principal causante es la insatisfacción laboral, ya sea por la situación económica, por el contenido o por el trato recibido. Cada vez escucho a más personas quejarse del mal ambiente de sus trabajos, de cómo son tratados sin respeto, abusando de su tiempo. La causa evidentemente es la necesidad de mantener el puesto de trabajo dentro de un mercado cada vez más precario y donde la mala educación, el autoritarismo, se consideran "liderazgo".

La mala situación del empleo es una consecuencia de las grandes bolsas de desempleo que hace que la gente se lo piense un poco. Desde hace décadas, el trabajo se percibe como abuso en diferentes sentidos. Es lo que se experimenta en muchos empleos, en los que se sufre más que otra cosa. Tener un trabajo satisfactorio, con un buen ambiente y un sueldo justo es casi un milagro.

Algunos justifican, en el artículo de la BBC, la necesidad de contrarrestar todo esto teniendo un plan B laboral. Otros piensan que es una forma de trabajo éticamente discutible. Otros, finalmente, consideran que si el trabajador puede con dos trabajos, ¿por qué no?, mientras cumpla en ambos.

Pero no deja de ser una situación que nos muestra que el trabajo no es lo que debería ser, un lugar donde poder realizarse como persona y poder ganarse el respeto. Esto es demasiado idealista en un mundo en donde una gran parte de las personas ven su trabajo con recelo porque lo han elegido a falta de otras cosas, donde reciben un trato abusivo y están mal pagados. Una parte de la explicación dada es el sentimiento de "venganza" contra el sistema, un sentido de tener el control y poder conseguir cierta autonomía o, al menos, una esperanza de futuro menos dependiente.

Sea por lo que sea, lo cierto es que la situación laboral se ha convertido en el centro sobre el que gira gran parte de nuestra vida. Deberíamos plantearnos unas mejoras para todos, un trabajo más humanizado. Pero no es eso lo que vemos cada día desde las empresas e instituciones.

 


* Bryan Lufkin "The 'overemployed' workers juggling remote jobs" BBC 29/09/2021   https://www.bbc.com/worklife/article/20210927-the-overemployed-workers-juggling-remote-jobs

domingo, 3 de octubre de 2021

La didáctica del desastre

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Hay desgracias, incidentes, catástrofes, etc. que nos suceden un día y tienen unos cuantos de protagonismo mediático. Sin embargo estamos asistiendo a los efectos de fenómenos de larga duración, con efectos terribles prolongados en el tiempo. Son fenómenos, además, que escapan a nuestra comprensión, que no acabamos de entender bien, ya sea por su origen o por su alcance,

Cuando estos fenómenos ocurren, se moviliza todo un ejército de especialistas en ese campo, gente capaz de explicarnos lo que ha sucedido y, si es posible, lo que puede ocurrir.

Los dos casos más recientes son la pandemia del COVID-19 y, en estas dos últimas semanas, la explosión del volcán de la isla de La Palma. En ambos caso, son dos fenómenos de la naturaleza, que nos muestra un lado desconocido o semi desconocido del que necesitamos saber más para poder entenderlo.

¡Cuánto hemos aprendido sobre los virus con la epidemia! Lo que no sabíamos sobre el mundo de los virus nos ha llegado a través de fuentes diversas, especialistas sobre todo, que han tratado de ayudarnos a comprender el funcionamiento de la vida en sus registros más básicos. Hemos aprendido mucho, aunque no siempre bien o lo suficiente. Como elemento que está en parte en nuestras manos, en la información se ha mezclado la realidad y el deseo, por citar al poeta. Lo que ocurre y lo que deseamos que no ocurriera. Hemos visto que esta extensa situación tiene, como era de esperar, múltiples focos de intereses y conflictos. Hemos visto su incidencia no solo en la salud, sino en la economía, en los sectores sensibles de cada país. Hemos comprendido el carácter sistémico, que todo está relacionado, que todo afecta a todo. Otra cosa es que sigamos con nuestro punto de vista particular analizando las situaciones. Pero el esfuerzo de comprensión y explicación, la misma autocrítica de algunos medios, ha hecho que podamos comprender parte de lo que se nos dice por parte de los expertos.


El caso del volcán en La Palma es muy distinto. Lo es desde su propia escenografía. Donde tenemos lo intuitivo del coronavirus, su representación a través de los efectos en terceros, de camas de UCI, de hombros pinchados, de cementerios, de abrazos interrumpidos, etc., en el caso del volcán la situación varía mucho.

El volcán es visible, se escucha y se sienten sus vibraciones en cada explosión, en cada terremoto y sus réplicas. Cuando comenzó, primaron sus aspectos de espectáculo natural, incluso alguna ministra se permitió el lujo de decir que sería beneficioso para el turismo, una frivolidad que le fue reprochada desde todas partes. El dolor y la destrucción no debe ser espectáculo.

Sin embargo, el volcán se ha convertido en centro informativo destacado, día a día, minuto a minuto. Donde el coronavirus ya solo nos ofrece cifras y estadísticas de los casos, el volcán nos permite sentir la naturaleza, su poder destructivo, su indiferencia, en primer término.


La tecnología hace mucho, en especial, las posibilidades que nos ofrecen los drones para la filmación desde el centro mismo. Un volcán ya no es una columna de humos, sino una apertura al interior de la tierra. Estamos pudiendo comprender su fuerza desatada, comprobando cómo se lleva por delante las realidades y los sueños de miles de personas.

La corrección del dramatismo melodramático a la información cercana a los focos, a los efectos, a los que llevan el día a día de la situación tiene una enorme capacidad de transmisión y movilización, que es parte del resultado.

Si hemos aprendido economía con las crisis económicas, biología con las pandemias, ahora estamos aprendiendo en directo, gracias al papel de muchos científicos que se han desplazado allí, sobre cómo funciona este mundo de la tierra y sobre qué estamos asentados, sobre lo pequeños que somos en comparación con el poder destructor y, a la vez, creador de la Tierra.


Hemos asistido, junto al dolor de muchos, a la explicación detallada de qué está ocurriendo. Algunas cadenas conectan en sus telediarios, pero otras —como Antena3— están haciendo un auténtico despliegue informativo, situándose en sitios estratégicos y haciendo del volcán su centro.

De esta manera comprendemos los dos lados, el humano y el natural, que se da sobre ese estrecho espacio isleño, lugar dramático por el choque no lo que no podemos controlar, como es la fuerza de la tierra.



Aprendemos, además, sobre algo que no aprendemos bien: a la modestia de la Ciencia, a su carácter limitado frente a los cambios, a lo dinámico de la evolución de estos fenómenos. Comprendemos el papel de la reunión de datos para frenar la incertidumbre que supone un fenómeno del que apenas sabemos nada, pero del que aprendemos cada día un poco más.

Las cadenas televisivas empezaron a poner películas sobre epidemias y contagios, en un intento de rentabilizar el interés. Lo mismo está ocurriendo con el volcán, que nos trae a la parrilla de las programaciones películas con volcanes que arrasan poblaciones enteras.


Pero la contemplación de la naturaleza en directo, hora a hora, la explicación de los que va ocurriendo hora a hora, la interpretación de los signos que nos ofrecen forma parte de una nueva forma de conocimiento en directo que es enormemente positiva cuando se hace bien.

Drones, realidad aumentada, etc. han logrado elevar a una nueva dimensión lo que es la presentación de este tipo de informaciones. Una mezcla de información directa y explicación didáctica que trata de llevar a los espectadores más allá de las meras emociones. Si esto se ha conseguido, será un gran logro mediático, una huida de la banalización, un riesgo constante.

Nada sabíamos antes de "fajanas", de volcanes estrombolianos o hawaianos, de los tipos de magmas, del nombre conforme a su tamaño de las rocas expulsadas... Muchas veces, los informativos, cuando cuentan con buenos profesionales, no solo nos dan cuenta de lo que ocurre sino que ofrecen algo que había desaparecido de la mayoría de las cadenas, la información científica.

sábado, 2 de octubre de 2021

No vale todo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


El problema se plantea con claridad por parte del analista Aaron Blake es su The Fix, en The Washington Post de ayer:

 

Misinformation has always been a problem in politics. What has changed over the last six years or so is how much one movement in particular — the one led by former president Donald Trump — has embraced it as an organizing principle. Trump and his allies have also aligned with the kind of extremist purveyors of conspiracy theories who were once given the cold shoulder in polite society.

Increasingly, though, a bit of a reckoning is taking place. Trump allies spouting wild, baseless theories and otherwise taking our political discourse down misinformation rabbit holes are confronting consequences in court or otherwise facing bona fide legal penalties for their actions.

The question, as ever, is whether it will change anything — whether those penalties will serve as the deterrent they are supposed to be.*

 

El cambio es notable porque significa que el poder ha legitimado las formas de conseguirlo, es decir, una vez que se ha llegado a la cima a través de la "desinformación", se mantiene en él por medio del mismo recurso. Biden se erigió en el paladín de la "verdad" para luchar contra Trump y ese fue el eje de su discurso de toma de posesión; una vez llegado al poder, ya se enfrenta a sus primeros casos de desinformación, como pudimos ver con las declaraciones de los militares sobre lo que ocurriría en Afganistán conforme a los planeas aprobados. Ya le dejaron en evidencia; ellos ya habían advertido lo que ocurriría.

Como señalamos en muchas ocasiones durante el mandato de Trump, su caso ya no era solo su caso, sino una forma de hacer política aceptada, una puerta abierta al futuro; el resto es cuestión de "estilos", de cómo cada uno lo lleva a la práctica. Trump consiguió que la mayoría republicana refrendara sus tropelías, con lo que el sistema quedó contaminado, asumiendo así los tejemanejes del que fuera presidente. Se muestra así el funcionamiento del sistema que se blinda con las mayorías.

Los políticos seducen a los ciudadanos vendiéndoles lo que desean escuchar y estos les siguen irracionalmente, acríticamente, cada vez en mayor cantidad. ¡Asusta pensar en los votos conseguidos por Trump cuando ya se conocían sus manejos! Pasados ya meses de las elecciones, la prensa norteamericana todavía sigue dando cuenta de las maniobras de parte de los republicanos para seguir sosteniendo que "le robaron las elecciones" a Trump. Da igual que no haya una sola prueba, una sola evidencia o sospecha fundada. Lo importante es mantener la llama de la mentira y permitir que los votantes afectados vivan su paranoia.


Ha habido un cambio en la política, un cambio tanto conceptual como estratégico. La mentalidad política está ahora mucho más centrada en la consecución del poder a cualquier precio y en la forma de mantenerse. El poder mismo justifica los medios empleados. No es nuevo, pero sí afecta cada vez a más lugares que ven hundida su moral democrática, su espíritu de un democracia mejor que cree una convivencia más armoniosa. Se apodera cada vez más de nosotros la idea de la democracia como espacio de lucha y de ahí se da el salto al "vale todo".

Ya no se trata tanto de hacer, sino de decir. Las pruebas no son los hechos, sino los discursos, que son cambiantes y circunstanciales, las promesas de que algo se hará, aunque no se haga. Los problemas sepultan las promesas viejas con nuevas promesas. Cualquier mentira es buena si es creída y si sirven de ello para llevar al poder. Es la mezcla de Maquiavelo con la sociedad del espectáculo.

¿En dónde han quedado los viejos congresos de los partidos, espacio de debate de los problemas, de los inicios de la democracia española? ¿Cuándo comenzaron a ser sustituidos por estos shows itinerantes, como los que nos ofrece estos días el PP, aunque todos los partidos lo hacen? ¿Cuándo vieron que no se necesitaba gente que propusiera, que debatiera posibles soluciones y que solo se necesitaba gente que aplaudiera? ¿Cuándo?

El poder de debatir se le cortó a la bases, cuya única alternativa es votar a candidatos que eligen a sus camarillas, donde se decide todo. Son esos acólitos los que reparten y se reparten los distintos espacios de poder, primero internos y después externos.

Los conflictos se reservan para las llamadas "primarias" o para congresos en los que se debate (o no) el liderazgo de segmento, autonomía o nacional, a los que se llega tras complicadas luchas internas por parcelas de poder. Pero el verdadero debate, los problemas reales de la gente, ha desaparecido.


Este proceso selectivo ha ido creando —en una forma darwinista— un perfil de políticos y de partidos que tienen poco que ver con un sentido idealista, de servicio o comprometido de la política, como demuestra el fenómeno del tránsfuga, que se produce en aquellos que se ven disminuidos en su cuota de poder o se le da la oportunidad de ampliarla pasándose a otro bando. 

En el otro extremo del transfuguismo está el cisma, la separación que da lugar a un nuevo partido encabezado por el líder rechazado, que pasa ahora a ser cabeza de ratón del nuevo movimiento. Aquí, el nuevo líder, encabeza un programa alternativo que se reivindica como puro, que recoge los ideales fundacionales traicionados por los otros. Arrastran así a los que ven más posibilidades en el nuevo espacio creado.

Lo ocurrido en los Estados Unidos suele transferirse inmediatamente a otras geografías políticas. La desinformación es un fenómeno serio que, como se ha visto, ya no es cosa de pequeños grupos, sino que  puede llegar a la presidencia de la democracia más poderosa del mundo y llevarla al extremo, manipular desde allí el mundo entero y ponerlo patas arriba. Puede que Trump haya perdido, pero su fórmula es exitosa en resultados y clara en sus principios: todo lo que hagas para conseguir y mantenerte en el poder está justificado; y un segundo principio: si no lo haces tú, lo harán los demás. Creyendo en ellos —y esto no es un acto de fe, sino que se comprueba cada día por medio mundo— el camino está claro.



De Trump a Sarkozy, condenado por segunda vez por financiación ilegal, pisoteando desde el poder democracias consolidadas que acaban deteriorando con sus acciones y sembrando el desánimo. El avance del autoritarismo hacia las lindes democráticas, como ocurre en Polonia o Hungría, otro gran tema de preocupación en países que desperdician sus libertades y las recortan. No hablemos de la felicidad de los regímenes autoritarios, que ven don satisfacción cómo los países democráticos se ven sometidos desde dentro por ese autoritarismo vocacional que estos líderes o partidos manifiestan.

Al cortar las vías naturales de crítica y renovación, esos congresos de las bases, que comienzan en asambleas de barrio y siguen ascendiendo hasta llegar a los congresos nacionales, al convertirlos en escenarios teatrales para la gloria del dirigente y afianzamiento de su poder absoluto asistido por la camarilla de turno.

No es fácil mantener una democracia si los que deben gobernarla no lo tienen asumido y buscan más el derribo del otro, un derribo mutuo, antes que esa palabra marginal del bien común. Unas sociedades que se fragmentan políticamente no son síntoma de diversidad si no de falta de metas comunes, de radicalidad y falta de capacidad de diálogo.



La política moderna no puede vivir ni de utopías ni de mentiras, sino del constante avance superando problemas reales, cotidianos, en los frentes que repercuten en los ciudadanos —sanidad, educación, cultura...—; la tendencia debe ser al acuerdo y no lo contrario. Pero es el enfrentamiento radical lo que atrae, lo que llama la atención, lo que nos hace vivir la vida manipulados entre emociones fuertes y cegueras, elevando el enfrentamiento para felicidad de los dirigentes, cuyos fáciles discursos nos prometen revanchas, exterminios, retrocesos. Lo que nos ocurre con las facturas energéticas, algo que nos afecta a todos, es un buen ejemplo de la impotencia política, de la incapacidad de encontrar soluciones, de los políticos y de cómo se pasan la pelota unos a otros.

La política, en esta sociedad de la imagen, adquiere tintes esencialmente mediáticos. Las convenciones no se hacen para los asistentes, que son parte de la escenografía, sino para los que están al otro lado de las pantallas que los meten en nuestros hogares. Prestamos demasiada atención a los políticos, a lo que ellos quieren que veamos y mucha menos a lo que necesitamos ver. ¿Sabemos cuántas horas se les dedica diariamente a ser mostrados en los medios, la mitad de las veces con el simple y único fin de atacar a los otros?

Dice Aaron Blake en su artículo citado al inicio que los que mintieron, hicieron circular teorías conspiratorias, prevaricaron o acabaron tomando el Capitolio al asalto, pueden enfrentarse ahora a las preguntas de los tribunales, que se les pidan cuentas por sus acciones. El destino de Sarkozy, inoportuno invitado, puede repetirse en otros lugares. 

No vale todo. Hay que recuperar una forma distinta de la política, plural, basada en el bien de la comunidad, una política que nos escuche y no que seamos nosotros los que escuchamos sus versiones del mundo, del bien y del mal.

 


* Aaron Blake "Pro-Trump conspiracy theorists increasingly face legal consequences" The Washington Post 1/10/2021 https://www.washingtonpost.com/politics/2021/10/01/pro-trump-conspiracy-theorists-increasingly-face-legal-consequences/

viernes, 1 de octubre de 2021

La bronca del negacionista conspiranoico

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


—El otro día me pasó lo que nunca me había pasado —me dijo mi buena amiga quiosquera, la que me guarda los libros coleccionables y las revistas mensuales, además de surtirme de conversación en mi aislamiento—. Se me acercó un señor que vio la mampara cuando vino a pagar y me dijo "¡Muy protegida está usted!", Yo no le dije nada, pero cuando vio cómo me echaba el gel después de guardar el dinero, como hago siempre, empezó a pegar gritos, a decir "¡todo esto es un engaño! ¡Nos estáis engañando para controlarnos!..." y de todo. Y me asusté.

—Pues cuidado —le dije— porque estos paranoicos son cada vez más agresivos. Cada vez están más aislados y se sienten presionados. Viven dentro de su burbuja y todo lo que les deje en evidencia lo ven como una ataque. ¡Cuidado porque ese vuelve! Son cada vez más violentos y si les dices algo, se revuelven. ¡Cuidado!

—Ya, sí, miedo medió con la que formó.

—Pues díselo al de seguridad, que se quede con su cara, porque este te monta otra cuando vuelva.

—¡Ya le digo!



Me quedé preocupado porque esta gente es rara y solo busca la forma y ocasión de demostrarlo. Se pasan el día rumiando y, como la realidad les acorrala, no esperaras que puedan reventar ante tus mismas narices por cualquier tontería, pero que para ellos es el centro de su vida, donde no dejan de dar vueltas cada hora que pasa. Por decirlo así, viven en su propio universo conspirativo, un mundo oscuro lleno de obsesiones.

No son una creación del coronavirus. En realidad, nunca han sido normales, sino que han vivido de una forma u otra esta forma obsesiva y negativa de vivir. Por eso son terreno abonado. Hace unos días, cuando el volcán de La Palma estalló, hubo algunos que exclamaron "¡nada es casual!" tratando de conectar "lo nuevo" con lo "viejo". No es sencilla esta reconfiguración de sus mapas mentales para meter los volcanes, pero seguro que lo consiguen forzando cada vez más la lógica y encadenando supuestos, mitos y obsesiones.

En estos días ha circulado por la prensa, llegada de Estados Unidos, sobre el jugador de la NBA que ve en el pinchazo de las vacunas una conspiración para meter un chip con las agujas y conectar a los afroamericanos a un ordenador central. ¡De ahí salía un argumentazo que ni a Ian Fleming se le hubiera pasado por la cabeza! ¡Ni Spectra da para tanto! Pero en las mentes de estas personas siempre hay una organización malévola Spectra, un sentido escondido en todo lo que pasa, ya sea divino o humano. Hemos sustituido el "plan divino" por el "plan oculto". Las redes sociales mantienen el contacto entre ellos y podemos elegir por la web nuestra conspiración favorita a la que sumarnos como adeptos. Cada una de ellas incluye una visión del mundo, del universo podríamos decir, con sus propias reglas y explicaciones.



Las maravillas del mundo antiguo hicieron florecer teorías conspirativas. Ante la imposibilidad de entender cómo las hicieron se creó la idea de una comunidad escondida se sabios, básicamente en Egipto, que se seguían transmitiendo saberes de forma oculta, de tal manera que solo ellos sabrían, en sus pequeñas comunidades mundiales, la verdad de todo. Pero una cosa es una pirámide y otra los virus y, especialmente, los volcanes, que son difíciles de asesorar.

Responsables de todas estas teorías están las propias especulaciones sembradas desde el principio por la administración Trump con lo del "virus chino" y tratar de hacer pagar la factura del gasto a China. Ninguna investigación ha logrado demostrar que hubiera salido de un laboratorio. China, incluso, decidió devolverle las acusaciones a los Estados Unidos difundiendo, en clara competencia, la idea de que habían salido de un laboratorio norteamericano o que había sido llevada a China por atletas militares participando en una competición por la zona.

Infolibre

El agresivo comprador de prensa que estalló al ver mamparas y gel no tiene un interés estratégico como los equipos de propaganda internacionales o los medios que juegan a difundir estas cosas. En su mente hay otras cosas.

Conforme desciende la presión del virus gracias a la vacunación, los no vacunados (por diversas causas, temores y obsesiones), se sienten más presionados, atacados en sus fundamentos. Al ser ya muy pocos, no se pueden ocultar bajo la capa de las grandes cantidades de población. Hemos visto historias en las que los anti vacunación influían en sus familias y amistades, pero ahora la tendencia se ha invertido: son ellos los que reciben la presión mayoritariamente. El mundo que les rodea es ahora quien les dice que se vacunen y a ellos les quedan menos espacios en los que esconderse.




No sé si se acabará vacunando; es probable que quede algún núcleo resistente, alguna "pequeña aldea gala" con ganas de echar broncas y dar mamporros a los "romanos" de turno que les parezcan peligrosos para los límites de su mente. Aquí parece que somos muy celosos de que se nos obligue a algo, pero si aparecen casos de brotes ligados claramente a personas no vacunadas, habrá que hacer algo. Por supuesto, todo será una "conspiración" contra ellos e impedir que se sepa la "verdad".

Lo preocupante del caso, este aumento de la agresividad, es que se manifiesta con lo que entienden como una "provocación" (llevar una mascarilla, estar tras una mampara o limpiarse las manos). Habrá que tener cuidado porque estallarán muchas veces con el más débil o aquel que tenga que aguantar sus broncas porque no tenga más remedio. En otros casos, esperemos que pocos, la reacción puede ser peor y es mejor alejarse. ¡Cuidado!