sábado, 3 de septiembre de 2011

Manchas de carmín

" "EStados Unidos
Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No hace muchos días, en uno de estos post, centrábamos el problema de la crisis financiera en la cuestión fiduciaria, es decir, en la perversa actuación de aquellos en los que depositas tu confianza personal o institucional para que te asesoren o gestionen tus intereses. En vez de velar por los tuyos, te inducen a aceptar acciones que les favorecen y a ti te perjudican. Asesoran y gestionan mal a sabiendas del resultado.
La prensa destaca hoy que la Agenda Federal de la Vivienda (FHFA) han presentado una demanda por valor de 70.000 millones de euros* contra los bancos que engañaron en su asesoramiento a los clientes con sus hipotecas. El complejo entramado de productos financieros y la elevación artificial de los precios para poder aumentar el volumen de las hipotecas y así obtener más beneficios, ha demostrado ser un límite del sistema, una frontera que una vez traspasada hace caer un sistema que se basa en la confianza.

No deja de ser irritante que la permanente demanda de “confianza”, en cuyo altar pagano se están sacrificando demasiadas cosas a la vista de lo voluble de su voluntad divina, se base en la traición de la confianza del sistema bancario a sus clientes. Si el sistema económico hace entrar en crisis al político e institucional —puesto que el uno está sustentando y condicionando al otro— y pierde la confianza, la crisis va más allá de la Economía y tiene consecuencias en todos los niveles. La demanda es una forma directa de hacer ver que las perturbaciones políticas y sociales que la crisis financiera ha creado, tienen que volver a sus responsables como reacción. De no hacerse, de no reaccionar el sistema político y social al desbarajuste financiero, sería el final de la credibilidad conjunta del sistema, esta vez en su totalidad. De forma clara: si los políticos no reaccionan a los fraudes que se cometen en los mercados, los políticos sobran. Deberían aprender algunos que se puede plantar cara o se puede ceder y buscar a probación con alto coste político. Lo que cada uno haga, allá con su conciencia política. Lo malo es que nos afecta a todos.
La base del sistema de mercado es la confianza y la transparencia. Esto es lo que nos dice la Teoría oficial. El hecho de que aquellos que deben suministrar una información veraz para poder tomar una decisión incumplan su compromiso es de naturaleza muy grave ya que afecta a la esencia del funcionamiento del sistema. Sin transparencia no se pueden tomar decisiones y sin poder confiar en los que te representan tampoco. La naturaleza competitiva del mercado —todos compiten por tener acceso a los recursos disponibles que son limitados y maximizar sus ganancias— se compensa por la necesidad del reforzamiento de la confianza en la medida en que el sistema posee unos agentes mediadores. Confía en tus asesores desconfía de todos los demás.


La alternativa a guardar mi dinero bajo una baldosa en casa es un banco en el que tengo que confiar que se encuentra disponible. Para elegir el banco que me merece más confianza debo disponer de información veraz sobre su funcionamiento. Si además confío en ellos para que lo inviertan, por ejemplo, ellos deben hacer un uso de mi dinero absolutamente honesto, valorándolo tanto como si fuera el suyo.
La creación de una burbuja inmobiliaria para poder elevar el valor de las hipotecas ha sido uno de los detonantes de la crisis financiera. Puede decirse que ha sido el propio sistema el que ha minado su credibilidad. Y aquí, como en tantas otras cosas, la confianza lo es todo. Imaginemos lo que sería para el sistema judicial el descubrimiento de que la mayoría de los jueces aceptan sobornos o para un casino descubrir que todas sus barajas están marcadas y que hay imanes bajo sus ruletas. Significaría el descrédito automático. Nadie recurriría a los jueces y nadie pisaría los casinos. Con el sistema financiero resulta un poco más complicado, pero espero que se comprenda qué alcance que tiene la pérdida de confianza. Es volver a la selva y a la baldosa.

Por eso resulta irónico que se esté permanentemente invocando la falta de “confianza” de los mercados, cuando ha sido una parte esencial de esos mercados quien ha traicionado la confianza. Una crisis de otro tipo habría desencadenado otro tipo de reacciones, pero está tiene su principal fundamento en el fraude especulativo. El sistema puede teorizar sobre la especulación como un sistema “aceptable”, pero no puede hacerlo sobre el fraude fiduciario porque, como señalamos, transparencia y veracidad son los pilares teóricos sobre los que se basa.
La reclamación a los bancos tiene varios aspectos importantes. En primer lugar es un dedo acusador; apunta a los responsables, algo que se estaba criticando a la administración Obama. En segundo lugar, exige responsabilidades económicas, por lo que a los bancos se les hablará en el único lenguaje que entienden. En tercer lugar, es una contestación política en el centro del sistema político y económico mundial, los Estados Unidos. En cuarto lugar, es un contraataque político de Obama, que ha debido captar (finalmente) que la debilidad ante los depredadores se paga, entendiéndose la amenaza conjunta de los agentes económicos y rivales políticos, los que temen que Obama sea reelegido y los que temen que pueda poner límites al sistema mediante regulaciones. La tibieza de Obama hasta el momento, denunciada por las personas que más le apoyaron pensando que iba a meter en cintura a los responsables de la crisis financiera, parece acabarse con esta medida, que es algo más que un disparo con balas de fogueo. Si se demuestra que solo es una cortina de humo electoralista, la medida tendrá poca eficacia porque el objetivo seguirá siendo minar la credibilidad de Obama.
Pero la clave de la política americana no es más que una parte del tsunami mundial, del que muchos son conscientes, sin saber cómo se puede estabilizar un sistema que se desestabiliza porque ha perdido la confianza en sí mismo, en los indicadores y en cualquier agente interviniente. Cada vez son más las voces que coinciden en que esto es una crisis de irracionalidad en un mundo aparentemente racional. Si el mundo financiero se revela como esencialmente mentiroso, es como ir a un congreso mundial de carteristas y no estar ligeramente preocupado.
Las crisis de confianza tienen mala solución y cuesta recuperarla, sobre todo si las manchas de carmín son demasiado frecuentes en el cuello de la camisa.

* " EE UU presenta una demanda  masiva contra la banca por negligencia" El País 3/09/2011 http://www.elpais.com/articulo/economia/EE/UU/presenta/demanda/masiva/banca/negligencia/elpepieco/20110903elpepieco_6/Tes


viernes, 2 de septiembre de 2011

Los tres ejes de la economía y el problema equivocado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El Premio Nobel de Economía Paul Krugman escribió en los años noventa un libro en el que señalaba que puede haber muchas cosas que nos parezcan importantes en la Economía, pero no hay más que tres que lo sean realmente: “la productividad, la distribución de la renta y el desempleo”*. Nada puede ir bien, nos dice, si estas tres cosas van mal.
España tiene verdaderos problemas en la primera y la tercera. Nuestra productividad, según nos señalan permanentemente, es baja y el empleo en nuestro gran mal porque no va bien ni aunque las cifras digan que van bien todo el conjunto. Porque el hecho es que no puede decirse de una Economía que vaya bien cuando una parte importante de su población, el 21%, no encuentra trabajo. Creo que Krugman tiene toda la razón. Sin embargo, nuestros discursos económicos y políticos han ido por otro lado.
Acostumbrados a trabajar con cantidades y modelos, muchos economistas —y con ellos los políticos— se olvidan de que lo importante es la gente o, como señalaba Krugman, “las cosas que afectan al nivel de vida de un gran número de personas” (21)*.
La Economía es una ciencia que dedica una gran parte de su esfuerzo a analizar y debatir, como los expertos en seguridad aérea, las catástrofes, en su caso las crisis económicas. Una parte importante de su trabajo es hacer ver a los que tienen que volar que ellos están trabajando en seguridad, de lo contrario, nadie se subiría en un avión. Los aviones se caen después por otra cosa. Aunque no logren evitar que los aviones se caigan, transmiten la sensación de que se hace algo por evitarlo.
Nuestros políticos están haciendo algo similar: revisan los restos del avión de la economía española.. La cuestión de incluir en la Constitución española el techo de endeudamiento no es más que una maniobra de este tipo. Es una versión escrita de la “solución de la foto” —vamos a llamarla así— que se utiliza con la misma función, intentar tranquilizar para que se sigan subiendo al avión.
La “solución de la foto” ha tenido es España un gran desarrollo. Su distintas versiones son “la promesa que sucede a la promesa”, la “reunión en Moncloa”, etc. y ahora, en un más difícil todavía, inspirada por un presidente con los días contados, la nueva “reforma constitucional”. Hacer girar todos nuestros problemas sobre un principio discutible que no se ha de aplicar hasta dentro de 10 años, en 2020, es uno de los ejercicios de absurdo político más importantes en décadas en un país democrático.

La “deuda” no es uno de los tres elementos señalados por Krugman que afecta directamente a las personas. El mismo Krugman señala: “el déficit presupuestario no es un problema en sí mismo y por sí mismo. Nos preocupamos por él porque sospechamos que conduce a un ahorro nacional bajo, el cual conduce, en último término, a un bajo crecimiento de la productividad” (22).
Lo grave del asunto —como anticipábamos cuando se dio cuenta del acuerdo bipartito— es que debe ser leído como una muestra de debilidad frente a los gastos autonómicos incontrolables y a la negativa de los políticos locales a entrar en razón presupuestaria. La evidencia más clara de este hecho es cómo se lo han tomado los nacionalistas vascos y catalanes, que han visto en el acuerdo un ataque a su “soberanía endeudadora”. Cataluña ha contestado con la exigencia de que se limite en su estatuto el tope de la contribución a los fondos comunes y el País Vasco con una exigencia de que se incluya el derecho de autodeterminación en la Constitución. Las dos peticiones autonómicas son la versión diplomática de una declaración de guerra. Ambas desentierran las armas del agravio contra el hecho de que se les obligue a llevar una política económica que jamás podrán controlar porque lo harán los partidos nacionales. Para ellos es una pérdida de capacidad negociadora futura con el Estado central ya que ese aspecto se elimina de las variables disponibles.


Avisamos que querer introducir este aspecto en la Constitución no fortalecía nada sino que debilitaba a la propia Constitución en el sentido de que la convertía en objeto discutible. Esto ya ha sucedido. Lo malo de la “solución de la foto” —está vez ha sido la foto de los portavoces entregando conjuntamente la petición en el Congreso de los diputados— es que no suele solucionar nada porque la deuda, como la fiebre, no es el problema, sino el resultado de los problemas. Fijar el punto de mira en la deuda es equivocarse porque las deudas se pagan trabajando y lo que no hay en España es trabajo. Hay cinco millones de parados a los que se quiere convertir —a muchos de ellos— en delincuentes o perezosos, según toque la vía del fraude (la política de hacer aflorar las bolsas de fraude laboral) o la de la pereza (la falta de iniciativa, formación, etc.).
Hay que decirlo claramente. El problema no es la deuda. El problema es la productividad y la baja calidad de nuestro empleo debido al tipo de sectores que se ha potenciado en estos años de crecimiento sin rumbo hacia sectores de enriquecimiento fácil y con mano de obra que no necesitaba gran preparación. Este tipo de sectores tiene un crecimiento aparente, que enriquece a algunos, pero empobrece el tejido social y las aspiraciones futuras. La exportación de investigadores ante la falta de perspectivas aquí es un indicador muy fiable del que nuestros gobiernos se preocupan más que con parches inútiles. Es la falta de absorción de nuestras débiles empresas la que lo causa. El tipo de empresa que existe no necesita de la investigación porque se dedica a otras cosas mayoritariamente.

El Premio Nobel de Economía Paul Krugman
El problema lo podemos ver en países pobres que han elegido las mismas vías para su desarrollo desde niveles muy bajos. Si no apuestan por otro tipo de desarrollo que tire del tejido social, se ven condenados a atender turistas hasta la eternidad. España debía haber salido de este modelo hace muchos años, pero la comodidad y la aparente riqueza que genera esconden una economía débil y, sobre todo, de muy baja calidad.
Las críticas que se nos hacen son siempre las mismas: baja productividad y paro incontrolado. Pero con el tejido empresarial español, que ha ido concentrándose en sectores del comercio, etc. y desapareciendo el tejido industrial que hubiera podido demandar mejores puestos de trabajo, no se ha podido avanzar social y económicamente. 
La riqueza de un país va más allá de las cifras. Puede que la industria pastelera mueva las mismas cantidades que la editorial, pero en un caso tendremos un país de obesos y en otro de lectores; al primero no le pidas que corra, al segundo se le puede pedir imaginación. Nosotros hemos apostado por muchas pastelerías porque es más fácil motivar al pastel que al libro. Y eso es lo que estamos pagando, nuestro modelo de crecimiento rápido y de pocos recursos para afrontar las crisis futuras. Estamos condenados a que cuando haya crisis, las nuestras sean peores. Los demás se recuperan produciendo; nosotros nos.
La deuda no es el problema, es el síntoma. La foto del acuerdo constitucional no soluciona nada. No es más que el brindis al sol de un político al que le han gustado las fotos y que nos deja en herencia una buena colección de recuerdos gráficos. Si la deuda no es el problema real (lo que no significa que no sea un problema, evidentemente) todavía quedarán por solucionar, una vez más, los verdaderos problemas, a los que nadie parece tener interés en poner solución. Cuando se le ha preguntado al presidente del gobierno sobre la posibilidad de modificar los impuestos para aplicárselo a las rentas más altas, ha contestado con un tajante “no se contempla”. Eso nos dejaría con el tercer problema, la distribución de las rentas, en el aire.
Como todo lo demás.

*Paul Krugman (1001, 2010): La era de las expectativas limitadas. Ariel, Madrid.



jueves, 1 de septiembre de 2011

¡Qué lío!

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Qué lío! ¿Estaré soñando? Me pellizco. Pero puede que esté soñando que me pellizco y no surta ningún efecto. A lo mejor estoy dentro de un sueño de uno que sueña, dentro de otro sueño más, como en la película de Christopher Nolan. ¡Qué lío!
Primero era que  los ricos piden que les suban los impuestos, pero lo de ahora es peor. La Policía española va a manifestarse y a protestar a Bruselas* porque se siente maltratada simultáneamente por el Gobierno y los manifestantes. Hasta el momento, los planes europeos pasaban por coordinar las políticas económicas y fiscales. Ahora es la propia Policía la que pide que le den un protocolo, que es como decir que le den, pero al Gobierno español.
Que la Policía de tu país se considere maltratada por el gobierno y por los que protestan contra el gobierno, no deja ponernos en evidencia internacional. Piden que no les dirija el gobierno, pero tampoco nos queda muy claro quién quiere que lo haga ni por qué van a Bruselas. ¡No me tienten a Sarkozy o a Cameron, que enseguida nos toman la palabra! Con Merkel para las cuentas y los otros dos con el orden público, lo de la gobernanza queda resuelto.


La verdad es que algo de razón tienen los policías en “indignarse” también ellos. Hasta a los manifestantes les han dado pena en algunos momentos y han ido a darles alguna flor y un abrazo diciéndoles eso de “tíos, de verdad que lo sentimos; sois unos pringaos como nosotros, pero nosotros, al menos, no tenemos a vuestros jefes. ¡Vaya marrón!”. Eso es lo que hizo un joven que había quedado magullado tras un encuentro policial que se salió del protocolo y le tuvieron que ingresar. Al día siguiente el joven se fue a darles una flor y estrecharles las manos para decirles que lo entendía, que cumplían con su deber. Nada personal. La Policía no le aceptó la flor —estaban de servicio—, pero sí le dio la mano un agente, más que nada por no hacerle el feo después de haberle atizado. El ejemplo cundió y se repite en las manifestaciones para relajar un poco la tensión y confraternizar, que son muchas horas.
La Policía se queja de lo mismo que ellos: de estar mal pagados, que abusan de ellos con horas de trabajo interminables, que no les dejan descansar, que además va la gente y les insulta y, lo peor de todo, que sus jefes son confusos, en un sí pero no, un tú estate por allí, pero como si fueras a otra cosa. Por eso ellos se van a Bruselas a decírselo a los otros policías europeos, porque, la verdad, ¿a quién se lo van a decir aquí? Que te lleves mejor con los manifestantes que con tus jefes es bastante deprimente. Parece una novela de Jean Genet.

Marcelino Iglesias
Y luego está lo del “candidato”. Mientras los demás países tienen Gobierno, nosotros tenemos además “candidato”. Ya no sabemos quién es el que manda, porque, cuando sale un señor que se llama Marcelino Iglesias a decir a los periodistas que nunca pasa nada, al rato se han llenado las portadas de cosas que sí pasan entre el que manda en un sitio y el que manda en otro. Pero como aquí, ocurra lo que ocurra, nunca pasa nada, tampoco sabes a qué atenerte.
Hasta ahora el reparto funcionaba: uno decidía las cosas y el otro nos decía lo importante que eran para el futuro. Los periodistas señalaban los desacuerdos y el señor Iglesias los hacía desaparecer apelando a un mundo inexistente, pero que él nos explicaba porque es lo suyo. En España, los periódicos y televisiones están llenos de mundo inexistentes, pero los mundos inexistentes de Don Marcelino no llegaban a tener la consistencia necesaria para aparecer en portada, ¡y eso que se exige poco y va bien recomendado!
Con uno que dice, otro que desdice y otro que explica, ya no sé si sigo en mi sueño o en dónde estoy. Temo despertarme y encontrarme con cualquier sorpresa al descubrir que alguno de esos mundos no existe o, peor, que existen todos. Incluso que existen los mundos de Marcelino Iglesias. La oposición está también confusa y mareada, aunque tiene claro que debe ignorar a Marcelino Iglesias. Pero con los otros dos, ¿qué hacen?
El candidato, finalmente, también se enfada porque no quiere que le maltraten a los que protestan porque tienen que votar en unos días, y para eso ha dejado el Ministerio del Interior, que es a quien le toca decidir qué se hace con los que protestan. Al final nadie está contento. Bueno, solo Marcelino Iglesias porque en su mundo no pasa nada. ¡Qué mal repartido está el mundo! Los belgas sin gobierno y nosotros sobrados: con gobierno, con “candidato” que manda pero no gobierna, y con los que ya se sienten como si gobernara. ¡Uff, me agobio!
No sé cómo se van a tomar todo esto los “mercados”.

* “La Policía denuncia en Bruselas la ‘inacción’ ante el 15-M” http://politica.elpais.com/politica/2011/08/31/actualidad/1314822822_867863.html



miércoles, 31 de agosto de 2011

No temas, mamá, es solo una teoría

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Se queja el Premio Nobel Paul Krugman en su colaboración en The New York Times* de la actitud que adoptan algunos políticos candidatos a la nominación republicana contraria a la opinión de la mayoría de los científicos. Se refiere esencialmente a dos puntos: el cambio climático y la evolución. Dice Krugman que la explicación está en que, según las encuestas realizadas en Iowa, en donde se realizó el primer asalto de las primarias republicanas, solo el 21% de los votantes de ese estado cree en el calentamiento global y solo el 35% cree en la evolución.
Podemos plantearlo como un problema exclusivamente de ignorancia, pero nos refleja varios aspectos interesantes sobre el funcionamiento de la política y los políticos en su variable actual.
Si partimos del principio de que la Política (con mayúsculas) debería ocuparse de la mejora material e intelectual de los pueblos, es evidente que algo está fallando en los dos ámbitos. Lo que se ha impuesto en todos los escenarios y colores es una forma de hacer política (con minúsculas esta vez) que busca exclusivamente el mantenimiento del poder desde un pragmatismo realmente penoso en el que es posible, como denuncia Krugman, sacrificar el consenso del conocimiento científico en beneficio de dos factores: la ignorancia y los intereses económicos.


Hay muchas personas para las que la vida no es más que una acumulación de confirmaciones de sus creencias más irracionales. Y exigen que se las confirmen para depositar su confianza en forma de voto. No dudo que existan políticos que crean en tonterías —de hecho es algo que se puede comprobar todos los días—, pero considero que es más una estrategia de cara a la obtención de los favores electorales. De esta forma, un político de esta calaña no se pregunta qué debo hacer, sino qué quieren escuchar.
El cultivo de las creencias no solo irracionales, sino estúpidas y reaccionarias, en contra del progreso del conocimiento científico es peligroso, porque se empieza teniendo opiniones infundadas sobre la evolución y las acabas teniendo sobre cualquier otra cosa, sintiéndote respaldado por unos candidatos que son tan inteligentes como tú ya que piensan lo mismo. Adular a idiotas solo trae malas consecuencias. Los idiotas tienen derecho a voto pero no a que les den la razón.

El cambio climático y la evolución no son solo algunas de las “teorías existentes”. La reducción de “una teoría” en su alcance, no es baladí. La idea de que los seres humanos estamos interviniendo con nuestras acciones en el cambio del planeta tiene unas consecuencias políticas que no se le escapan a nadie, especialmente a aquellos que las niegan. Su negación es la constatación de la insolidaridad planetaria y la manifestación del deseo de no modificar los elementos que están incidiendo en el cambio. Los que niegan la incidencia de las acciones humanas en el cambio climático, por ejemplo, son los que cortan bosques enteros o se benefician del comercio de su madera, los que no quieren controlar sus industrias porque les resulta caro reducir las emisiones de gases nocivos, etc. Y esos también votan.
Lo preocupante, en el plano que hablamos, no es que exista gente que lo niegue. Lo que nos preocupa es que la política sea tan irresponsable como para negarlo buscando el beneficio electoral. No es más que la revelación de que, para muchos, se ha convertido en el arte de adular idiotas. Y los idiotas van encantados a los mítines en los que se refuerzan sus estupideces. El día en que los políticos le digan a los electores las cosas que es necesario decir, aunque no nos guste escuchar, habremos dado todos un gran paso adelante en la vida pública.


De igual calado es adular las creencias en contra de la selección natural. Es cierto que a la gente, en general no le hizo ninguna gracia enterarse a mediados del siglo XIX de su parentesco en diverso grado con todo lo vivo. El propio Darwin sabía que la idea de que la diversidad de la vida fuera la variación de un primer elemento vivo era revolucionaria y que trastocaba nuestra cultura, todas las culturas, y nos hacía replantearnos nuestra condición y la del resto de la Naturaleza. La cuestión iba mucho más allá del “mono” que, al fin y al cabo, solo hacía mención del parentesco próximo e ignoraba lo demás. La genética dejaría claro el resto cuando se recuperó el legado mendeliano, que había permanecido ignorado, y se realizó una síntesis coherente entre ambas ideas, que es lo que hoy cualquier persona culta, en un sentido auténtico, conoce.

La negación de la selección natural, al igual que la negación del cambio climático, esconde intereses y prejuicios, con matices evidentes en cuanto a las creencias que se ven afectadas. Pero lo que nos interesa aquí es la negación aduladora para no molestar a los votantes. Podría dejarse la evolución  —ya que no es un problema inmediato— fuera de los programas electorales. Sin embargo, su introducción constante en los discursos de ciertos políticos norteamericanos no es más que un refuerzo de las creencias cuya adulación ya solo viene de los campos más sectarios. Que los políticos usen las creencias erróneas como forma de promoción entre sus electores, no debería extrañarnos, pero sí en el caso de ir contra todas las evidencias de la Ciencia. Se puede discutir sobre la mayor o menor pertinencia de la Teoría del Equilibrio Puntuado, de Eldredge y Gould, por ejemplo, pero eso no afecta a la Evolución, sino solo al cómo de la evolución. Y no es ahí donde se produce el debate, evidentemente.
Mantener la incultura y la irracionalidad como bases de la comunicación y la actuación políticas es un terrible error que padecemos todos. El cultivo de la estupidez solo produce estupidez. La única ventaja es para los jardineros, para los cultivadores de berzas, que ven recompensado el lanzamiento de sus semillas de idiotez con la obtención de nuevos y sabrosos ejemplares.
Si pensamos que esto son cosas que ocurren solo en Iowa, que son cosas de los de Tea Party, o el “cinturón bíblico”, nos equivocamos. El argumento de que eso del “cambio climático” era una exageración de algunos científicos, lo hemos escuchado en España. Como diríamos hoy, era una forma de transmitir confianza a las industrias de que no se les iba a exigir controles más estrictos de su contaminación del medio ambiente. Con reducirlo a “una teoría”, ya se ha conseguido justificar el destrozo y otros votos más a la urna. Afortunadamente, en la cuestión evolucionista que preocupa a ciertos norteamericanos, molestos probablemente porque lo que vieron en “El planeta de los simios” se pueda hacer realidad, no se da aquí de forma sensible, aunque algunos la lleven por dentro. Lo más curioso es que cuando escuchas esto, te lo comentan como si fuera un progreso, que les llega de científicos de vanguardia de los USA. Que están a la última, vamos, y tú te has quedado con lo del tío ese de la barba, Charles Darwin, que está ya muy pasado.
En cualquier caso, tranquila, mamá, que es solo una teoría. Nada que un buen libro de texto no pueda corregir. Y esos los aprobamos nosotros.

* Paul Krugman “Republicans Against Science”. The New York Times, 28/08/2010 http://www.nytimes.com/2011/08/29/opinion/republicans-against-science.html?src=me&ref=general





martes, 30 de agosto de 2011

Razonamientos perversos e iniciativas ciudadanas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay ciertos límites que no deberían traspasarse en los razonamientos. Si sigues enlazando ideas puedes llegar tan lejos que al volverte a mirar, no sabes ya de qué estás hablando.
Cada vez es más frecuente encontrar razonamientos en el marco equivocado que no hacen sino confundir a la gente. El problema de estos razonamientos es que  se extienden y se acaban teniendo por naturales.
El diario El País, en su editorial de hoy (“Una iniciativa peligrosa”*), incurre en uno de esos razonamientos en los que uno debe negarse a entrar o, si se entra, atenerse a las consecuencias intelectuales y políticas. El razonamiento se refiere a la cuestión del referéndum y es el siguiente:

Las voces críticas surgidas en su interior contra la iniciativa cuentan con argumentos defendibles, pero también lo son las de signo contrario, dadas las condiciones especialísimas en que se ha planteado, en respuesta a exigencias exteriores difícilmente soslayables. Lo que no tendría sentido es convertir el debate sobre el contenido de la reforma consensuada entre los dos principales partidos en una pugna por el referéndum. Si llegase a celebrarse —con el despliegue y el gasto correspondiente— la participación sería probablemente muy escasa, lo que añadiría incertidumbre al desenlace. Pero ¿cómo evitar que la mera posibilidad de su celebración sea considerada por esos mercados tan sensibles a lo imprevisto un factor añadido de riesgo que penalice nuestra deuda soberana?

He señalado en días anteriores que, independientemente de lo que se opine sobre el hecho de comprometer la deuda futura, lo que no me parecía adecuado era el lugar. Los acuerdos coyunturales no deben introducirse en un texto, como es el constitucional, cuya finalidad es estar por encima del debate en la mayor cantidad de artículos. Que lo pongan donde quieran, tras los debates pertinentes, pero no en la Constitución. Por tanto, la cuestión del referéndum es un problema, también relevante, que afecta al cómo y no al dónde.Una vez que han decidido el dónde, pasa a ser relevante el cómo.



Lo que me parece grave es el secuestro permanente de la voluntad política ciudadana, por un lado (aquí si es relevante la cuestión del referéndum), pero sobre todo me preocupa la naturalidad con la que se considera —como hace El País— que hay cosas que podemos y no podemos hacer en función de cómo lo valoren los mercados. El argumento es expuesto por políticos y periodistas cada vez con más frecuencia. Te dejan sin dónde y cómo.
Hay temas, cada vez más, que no se pueden discutir, se dice, por los "intereses" de España.

La Copa del Mundo expuesta en Shanghai, el "triunfo de la voluntad"

Este tipo de argumento implica la auténtica pérdida de soberanía porque resultan de asumir que las decisiones políticas o de política económica se toman no en función de nuestras opiniones o necesidades, sino en función de las de terceros o de sectores específicos del país.
Que España venda rápidamente bombas de racimo unos meses antes de que se prohíba internacionalmente su comercio al régimen del dictador Gadafi, es una muestra de la pérdida de principios o, si se prefiere, de la supeditación de los principios económicos a los principios éticos que un país no debe perder y al que no se le debe hacer renunciar.

A los egipcios se les dijo que la revolución democrática que emprendieron les perjudicaría al reducir los ingresos por turismo y cesar la actividad económica. Los egipcios eligieron la dignidad y las privaciones durante una temporada. Habría sido indigno aceptar la dictadura por cuestión de bolsillo, sobre todo porque esos bolsillos eran los de sus propios dictadores.
Siempre me ha causado profunda irritación que se ponga en una balanza las cuestiones políticas de principios y las cuestiones económicas. La economía es también política y la política es también economía, lo sabemos. Pero también debemos saber que si renunciamos a pensar desde nuestra democracia, mentalmente la hemos perdido. La “autodictadura” es el miedo a tomar decisiones desde los principios de todos porque perjudiquen o beneficien a una parte que busca su lucro.
Vuelvo a repetirlo: a los “mercados” les importa un bledo la democracia y nuestra constitución. Hacen todos los días negocios con las dictaduras. Las medidas que ellos piden no son por nuestro bien, sino por el suyo. Las medidas buscan que se esté en condiciones de cumplir los pagos en su momento y les da exactamente igual que sea con Zapatero, Rajoy o Idí Amín Dadá. Nuestra salud les preocupa para que podamos trabajar y devolver la deuda. Poco más.
Nos hemos acostumbrado a tratar como iguales políticamente a las dictaduras para pedirles dinero. Así vamos al Golfo o a China, que es donde se están amasando las grandes bolsas de capital. Y vamos a pedir, a rogar, estrechando sus manos y sonriendo, que nos presten un poco de ese dinero que amasan a base de corrupción. Cambiamos abrazos por dinero. Ahora ya no son los dictadores y sus bancos nacionales a los que nos hay que contentar, sino que debemos renunciar a hacer un referéndum por "si alguien lo interpreta mal". 
Decir que no es conveniente realizar un referéndum por si a los “mercados”,  sea quien sea, no les parece bien es una perversión muy grave por lo que implica de coacción, renuncia política y argumento contagioso, cada vez más frecuente. Es una renuncia a la decisión. Y que no se invoque que ya no tenemos opciones, porque no es más que un subterfugio de incapaces.
El mejor mensaje que se podría mandar a los mercados es que España tiene un gobierno que cree en su ciudadanía, en su capacidad de aceptar sus responsabilidades, y no quitándoselas de un plumazo.
Sigamos vendiendo armas a dictadores por el bien de nuestras empresas, abrazando tiranos por el bien de la economía, y dejando de decir lo que pensamos para que nadie se moleste en los mercados.
A unos les parecen peligrosas las iniciativas. Lo peligroso es matar las iniciativas y que decidan por ti.

* Editorial: “Una iniciativa peligrosa”. El País 30/08/2011 http://politica.elpais.com/politica/2011/08/29/actualidad/1314647690_609488.html