martes, 21 de octubre de 2025

Leer con pasión hoy

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Se queja Juan Manuel de Prada en su columna de ABC de que "Hoy la literatura no interesa a nadie" (es el titular) y apunta a continuación: "Hoy el Premio Planeta, para resultar rentable, tiene que concederse a un famoso televisivo".

No dice de Prada algo nuevo, algo que no haya sido dicho muchas veces con esas mismas o parecidas palabra. Vienen a cuento cada vez que se concede el premio Planeta a alguien que por el simple hecho de aparecer en un programa televisivo tiene ya asegurado unas cuantas decenas de miles de lectores.

No le falta razón al afirmar en su titular que la literatura no le interesa hoy a nadie. La pregunta que surge entonces es: ¿qué tiene que ver el premio Planeta con la Literatura, por qué se utiliza como medida? Y no es ironía, sino la triste realidad de que los máximos enemigos de las artes suelen ser los que rigen sus destinos.

Realmente, ¿interesa a alguien la Literatura?

He sido profesor de Literatura durante los primeros 20 años de mi carrera académica. Como he sido entusiasta lector desde poco más de los diez años, para mí la Literatura era algo que había llegado a mi vida para quedarse. Traté de compartir mi conocimiento, pero sobre todo mi entusiasmo, algo que ha sido sustituido por el interés económico. Por eso digo que vincular la Literatura con el Premio Planeta no es hacerle justicia al arte literario, porque siempre ha estado el premio en entredicho como algo interesado más en vender que en emocionar realmente desde la Literatura.

La creencia en que lo literario caduca en pocos años, que se considera viejo, solo tiene sentido cuando se trata de dejar hueco al siguiente premio.

Casi todas las artes tienen su momento de descubrimiento, un libro, una película, una pintura... con la que nos encontramos y hacen abrirse nuestro deseo de más y más. Ese encuentro tiene algo de revelador, nos hace pararnos y decirnos ¿qué es esto, qué me ha pasado? El resto de nuestra vida es un viaje para poder revivir esa sensación de claridad luminosa, de superar el aquí y el ahora para volver a él con nuevas energías y sensaciones.

Desgraciadamente, hoy muchos de los que fabrican, editan y venden libros, incluso los que los escriben pueden no haber experimentado ese momento. Escribir, editar puede ser una pasión, pero es una pasión extraña, algo que no siempre prende. Queda entonces la economía.

Hace décadas que la educación enseña sin pasión, sin entusiasmo. Las aulas son vistas como trincheras en las que se libran épicas y aburridas batallas entre jóvenes que consideran que todo está ya en su teléfono y personas que han acabado pensando que perdieron la guerra.

La Literatura es uno de esos campos desaprovechados en los que se lucha por imponer unas obras vengan a cuento o no. Hay obras para todos los gustos, pero se imponen las que oficialmente se establecen. No hay emoción. La temporalidad reducida del curso se opone a una vida de lecturas. La enseñanza de la Literatura lleva muchas veces a lo contrario de lo que se debería buscar, lleva hacia la desmotivación. No hay nada que buscar; todo está ya dicho en los programas. Lo mismo ocurre con otras artes. El arte es consumo y el entusiasmo se reduce a consumir producto tras producto.

En un programa de TV hace unos días se explicaba con toda naturalidad que la ventaja de los cómics es no tener que leer, lo que le debía suponer para quien lo dijo un enorme desgaste. Todavía está reciente el escándalo de la influencer que decía que los libros estaban sobrevalorados y que la gente se cree superior a los demás si lee.

Todas estas cosas forman parte de esos discursos que han ido dejando fuera la Literatura sencillamente porque se ha perdido la batalla de la lectura en beneficio de esos móviles con los que vemos en las sillitas a niños menores de dos años. Se les enseña a pasar el dedo para estar entretenidos y que no distraigan a los padres de la misma tarea, pasar el dedo por la pantalla. Desde Nerón nunca tuvo tanta importancia el dedo pulgar.

¿Leer? ¿Qué es eso? Algo muy antiguo. En la sociedad en la que se privilegia la captación de la atención, leer es desperdiciar el tiempo, que se te pasen ideas raras por a cabeza, etc. Todo esto si no tienes el último Premio Planeta que has comprado porque te suena la cara de ese que sale en la tele, ese tan simpático.

En este mundo de luchas por la atención y el bolsillo, solo se busca lo rentable, no lo culturalmente positivo para la persona. Y los primeros que buscan lo fácil son las propias editoriales, al menos las grandes. Toda mi admiración a esas editoriales pequeñas, independientes, que se la juegan con cada libro que editan y que creen en ellos. A lo más que aspiran es a que las mencionen de pasada en algún suplemento literario, colonias de las grandes editoriales.

La lectura no se produce de forma casual o calculada. En eso ha fallado estrepitosamente nuestro sistema educativo, por un lado, y el comercial por otro. Es un cambio de paradigma y se busca el entretenimiento, las más de las veces adictivo.

Han desaparecido los programas sobre libros. En las casas ya no hay libros. Es allí donde se coge el amor por la lectura. He dicho "amor" y no es metáfora o cursilería. Es la realidad de ese encuentro que te hace desear más.

Me viene a la memoria repentinamente lo que nos contó en clase un querido profesor de Literatura. Nos dijo que cuando terminó de leer El poder y la gloria, la novela de Graham Greene, lo cerró y llevándoselo a los labios lo besó. Creo que fue un acto espontáneo, algo que hizo pocas veces en su vida, pero que fue el motor que le impulsó a seguir buscando. Hoy leer es, desgraciadamente, otra cosa.

Las personas deberían salir del sistema educativo con varias pasiones, no solo con conocimientos. Esas pasiones deben acompañarnos toda la vida, le dan sentido al día a día y sirven de equilibrio con aquello que nos castiga y embrutece. Pero hoy el sistema educativo no es más que la antesala al sistema laboral; no importa lo que lleves dentro, sino la productividad. No importamos en cualquier otra dimensión. Es una sociedad de información, de datos, sin profundidad de las personas, desbordada por la falta de recursos personales internos, lanzada del trabajo al ocio embrutecedor, buscando no pensar.

Pero se está dando una cierta reacción. Son famosos que nos descubren que son enamorados de la lectura y crean sus clubes de lectores, como ha hecho la cantante Dua Lipa. No deja de ser una ironía que sean personas ajenas al mundo de los libros, como la cantante, las que tengan que realizar lo que otros no se atreven a hacer.

Dicen que ya hay influencers de los libros. No hay problema mientras sea esa emoción lo que le guíe y no las simples ventas, ser otro brazo del consumo. Con la crítica empeñada en vender, hacen falta personas entusiastas. El problema se nos vuelve macluhaniano, "el medio es el mensaje". Importa más la promoción que lo promocionado. No se trata de la novedad, sino precisamente de lo contrario, de lo que perdura, de lo que demuestra su valor en la resistencia al tiempo, de lo que resiste porque nos sigue hablando.

Preste, comparta libros, hable de ellos con sus amigos. Poco a poco se irá creando una red. Comparta lo que descubra. Leer no es un acto mecánico, es la puesta en marcha de nuestra imaginación estimulada por las palabras que leemos. Bese el libro que le ha emocionado, como hizo aquel viejo profesor. Puede que sea el libro menos rentable del universo, pero no se trata de eso.



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