viernes, 25 de marzo de 2022

Periodistas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Los periodistas son nuestros ojos, nuestros oídos; a veces, nuestro corazón. Ven por nosotros, escuchan por nosotros y algunos sienten por nosotros para que nosotros sintamos. El buen periodista, la buena periodista siente por nosotros sin que tenga la opción de retirar la mirada. Está obligado a mirar, a comprender lo irracional y tratar de darle sentido. No hay solo una mirada como la que paseamos por la galería de un museo, con cuadros distintos, con temas diferentes, pasando de unos a otros al ritmo que marcan nuestros pasos.

Los periodistas miran casi siempre lo que nos gustaría no tener que ver. Sacuden conciencias, erizan cuerpos. Su trabajo es llegar hasta eso que se llama la "noticia", que es un nombre genérico para muchas cosas simples, divertidas, triviales, pero también para el horror, la desesperación, la angustia, para el dolor que se esparce por el mundo. También momentos de alegría, pequeñas sonrisas como las de esos niños que reciben un pequeño peluche en la frontera con Rumanía de manos de voluntarios que tratan de distraerlos de horror vivido, durmiendo entre ruinas, caminando entre muertos, soñando entre bombardeos. La sonrisa de esos niños que regresan junto a su madre levantando el juguete no es un recurso del adulto, del que ha perdido la inocencia en la guerra cruel, desigual, injusta, abusiva. Las madres les sonríen para recibir su alegría que ha sabido brotar con ese gesto de la entrega. Pero la pequeña sonrisa de quienes lo ven gracias a esa cámara que lo ha sabido captar es triste; saben qué significa y cómo se ha destruido un mundo irrecuperable. Nos hablan de lo que serán esos niños a los que se les ha robado la infancia cruelmente, muchos de ellos quedarán sin padres, que se quedaron a resistir. No habrá tantos peluches.

Tampoco al periodista le cabe ese consuelo. Vive dentro de la burbuja de la guerra intentando ver y no ver, sentir y evitar sentirse rodeado de esa sensación de horror, de agobio cuando ya no se tiene donde reposar la mirada. Solo esos pequeños momentos, esos peluches.

La cobertura que están haciendo muchos de nuestros medios, especialmente RTVE entre los españoles, es un esfuerzo del que les va a costar reponerse. Muchos días viendo la desolación, la huida a lo largo de carreteras con coches abandonados en las cunetas. Mujeres armadas de maletas, con niños y adolescentes recorriendo los caminos. Mujeres empujando sillas de ruedas de ancianos, hombres cargando inválidos sobre sus hombros o en sus brazos, llevándolos hasta la frontera y regresando a tomar las armas, a defender lo que queda de sus ciudades de las que saben que saldrán como cadáveres o simplemente quedarán enterrados entre ruinas.

"Esto es brutal. He visto muchas cosas", me dice desde el horror. Quedan pocas horas para el regreso, pero ¿se regresa realmente de una guerra? Quizá la llevemos encima toda la vida. Es la servidumbre del periodista, es su resistencia la que queda en juego. Ha de aprender a intentar superar estas situaciones o al menos a no dejar que le afecten, sea lo que sea lo que esto quiera decir. ¿Cómo se supera, cómo se olvida una guerra, pasear entre cadáveres, entrar en una morgue con cuerpos despedazados? ¿Se regresa o una parte queda allí, enterrada, para siempre?


El periodista es el dedo que señala la luna. Nuestra mirada se dirige al espacio en la noche y perdemos de vista a quien sostiene día tras día su índice señalando hacia la luz en un cielo oscuro. Nosotros tenemos la libertad de cambiar de canal, de cambiar de página, de mirar hacia otro lado. Su trabajo es precisamente intentar contarnos lo que significa algo o sus consecuencias en un ejercicio de meter la vida y la muerte en un texto, contarla micrófono en mano, teclearla. Las imágenes, las palabras nos llevan a ese mundo que se nos cuenta y nos olvidamos de quien sostiene la cámara, el micrófono, la pluma.

Mañana tendremos la segunda sesión de nuestro seminario UCM-TEC de Monterrey (México). Son estudiantes que quieren ser periodistas. Los mexicanos quieren serlo en un país en el que llevan asesinados siete u ocho en los casi tres meses que llevamos de año. ¡Hay que tener mucha vocación para asumir una profesión como esta! Hay de todo en ella, porque es la vida lo que se retrata en todas su facetas. Para algunos, los terrenos más peligrosos que pisen serán los campos deportivos; otros informarán de exposiciones, de libros, otros de los parlamentos o de cualquier otro lugar. No hay espacio que les sea ajeno a los periodistas, pero sí hay muchos que les son hostiles, peligrosos. Algunos se preguntarán qué se les pasa por la cabeza para estar allí, viendo dolor, lágrimas, injusticia, brutalidad, sintiéndose incapaces de frenar la barbarie, solo contándola. Contar ya es mucho, dar testimonio fiel, sacudir conciencias.

No intentemos encontrar explicación a algo que ellos mismos no se pueden explicar con claridad. ¿Qué saca a una periodista veterana de una cómoda corresponsalía para meterse en primera línea de la guerra? ¿Qué lleva a una joven periodista, con un precario contrato, que se renueva o no cada seis meses, a atravesar Europa para estar junto a los que sufren, junto a los que se lanzan a las carreteras sin saber muy bien dónde llegarán, qué la lleva a jugarse la vida?


Algunos mal pensados pensarán que si están allí es porque quieren, una explicación que no nos dice nada. Es el secreto de una profesión que muchos consideran narcisista, pero que en muchos casos es justo lo contrario, requiere olvido de uno mismo. Hay que fijarse en ellas y ellos, aunque no sea protagonismo lo que busquen; fijarse en lo que supone estar sometido a este horror para contarlo, para que comprendamos o al menos para que sintamos de cerca el horror de lo incomprensible, del absurdo humano.

He pensado en ello cada día de esta guerra. He pensado en ello desde que escuché "me mandan a Ucrania". No he dejado de pensarlo mientras leía cada crónica que nos llegaba. Intentaba imaginar qué estaba pensando, qué estaba sintiendo ante aquello que nos contaba sobre el pequeño o grande heroísmo humano, sobre la barbarie y la resistencia; me preguntaba qué hay en su mente mientras se sostiene un micro, mientras escribe y revive lo visto.

No será la misma cuando vuelva, no cuando se ha vivido todo esto para contárnoslo. Llevará en su mente todas esas imágenes, todos esos sonidos a lo largo de su vida. Es su trabajo, dirán algunos. Sí, pero hay mucho más. Es lo que el periodista explora en su propia experiencia frente a lo que ve y nos cuenta.


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