La
anulación por el Consejo de Estado de la prohibición municipal del burkini en algunas playas francesas es una buena
mala noticia. Buena porque pone un punto de sensatez jurídica donde se había
implantado el disparate político. El sistema funciona y los derechos no pueden
ser enharinados por cualquier consistorio. La mala noticia es que no se cerrará el problema sino que se
convertirá en campo de batalla ideológico y eso es lo que beneficia a algunos,
de un bando y otro, perjudicando a las que solo quieren combatir el calor, como
cualquier hijo de vecino, dándose un buen baño.
Desgraciadamente (como señalamos ayer) todo parece dispuesto para la disputa política partidista sobre este punto, que tiene a su favor que es terriblemente concreto, casi tangible. Sin embargo sus consecuencias son grandes muy lejos de las playas francesas que se quieren normalizar a golpe de decreto.
Ayer
ironizábamos al comienzo del escrito al señalar que con lo que está cayendo en
Oriente Medio, la amenaza del terrorismo, etc. el destino de la República y
(¿por qué no?) del mundo se juega en las playas de Francia porque unas mujeres han
decidido darse un baño refrescante. ¿Han podido competir en Río pero no pueden
bañarse en Francia? Televisión Española recordaba hoy la intención de la
inventora de la prenda: permitir disfrutar de lo que no podían. No hay intento
de polemizar, provocar o demás. Si tu ojo te escandaliza...
La
única explicación es el interés económico
turístico: el miedo al miedo. Después del atentado de Niza en plena
celebración veraniega, los municipios que viven del turismo temen que la presencia
de burkinis pueda desencadenar cierta psicosis en las playas y se desencadenen conflictos.
Le Figaro titula "La polémique française sur le
burkini fascine à l'étranger"* y hace un repaso de la prensa internacional
que divide en tres estados emocionales: "Entre fascination, indignation et
incompréhension." Para el titular se han quedado con la fascinación, por aquello de no tirar
demasiadas piedras a su tejado, pero la indignación
y la incomprensión son mayoritarias
en los observadores internacionales. La "fascinación" no la veo por
ninguna parte.
En vez
de buscar más apoyos en la comunidad islámica contra la barbarie, lo que han
hecho los municipios franceses, con Manuel Valls al frente como capitán
general, es dividirla y dar argumentos a los radicales, como señalábamos ayer.
Lo que se requiere es más imaginación y menos discriminación.
Con
prohibiciones y estigmas lo único que se consigue es apartar a la gente,
dejarla en manos de los integristas con el argumento de que "os
desprecian", como ha usado ya Erdogan, "porque sois musulmanes".
No hay que olvidar la frase ni quién la ha dicho. Una sola frase basta para
destruir muchos esfuerzos de concordia y convivencia. Es a Erdogan al que hay
que contestar; no darle argumentos.
La
polémica del burkini es la que se ha generado desde la frialdad absurda de un
despacho. El temor a incidentes es una de las excusas más pobres jamás
escuchadas, especialmente si afecta a la pérdida de derechos de otras personas,
a las que se les confirma mediante esta suposición que son los causantes de los
problemas. Eso es estigmatizar, precisamente, una discriminación flagrante que
el Consejo de Estado no ha podido sino echar abajo.
Lo peor
es la sensación de que cualquier ayuntamiento, grande o pequeño, puede incluir
un tema tan serio como este, tan necesitado de profunda comprensión de detalles
de muy diversa naturaleza, y resolverlo de esta manera. De lo que da muestra es
precisamente del caos y falta de criterio existentes. Es comprensible que los
ayuntamientos que cifran en el verano sus ingresos se muestren intranquilos, pero no más que aquellos
países enteros cuyas economías se están derrumbando porque los objetivos
turísticos (Túnez, Egipto...) están siendo atacados sin piedad por los terroristas
fundamentalistas. París también ha sido atacado y los ciudadanos han respondido
sentándose al día siguiente en las terrazas, venciendo el pánico natural para
demostrar al mundo que no se dejan vencer por el terror.
Los municipios que han
prohibido el uso del burkini en sus playas, por el contrario, han dado muestras
de pánico legislando a favor de su propio miedo. El miedo es lo que queda
patente y muestra cómo este acaba volviéndose en contra de las libertades. Mal
ejemplo.
La vida
da muchas veces pequeños o grandes símbolos. Leo en Smithsonian la siguiente historia (publicada en novimbre de 2015)
que, ahora que Trump quiere expulsar a los musulmanes de América y algunos
municipios franceses de sus playas, me resulta ilustrativa y gratificante. Su titular es "The Statue of Liberty Was
Originally a Muslim Woman":
The United States has debated immigration since
the country's founding, and the Statue of Liberty—a potent symbol for immigrants—is
often invoked as an argument for why we should usher in those who seek safety
and opportunity with open arms. A little-known fact about Lady Liberty adds an
intriguing twist to today's debate about refugees from the Muslim world: As
pointed out by The Daily Beast’s
Michael Daly in a recent op-ed, the statue itself was originally intended to
represent a female Egyptian peasant as a Colossus of Rhodes for the Industrial
Age.
That might be surprising to people more
familiar with the statue’s French roots than its Arab ones. After all, the
statue’s structure was designed by Alexandre-Gustave Eiffel (yes, that Eiffel),
and Lady Liberty was given to the United States by France for its centennial to
celebrate the alliance of the two countries formed during the French
Revolution.
The statue’s designer, Frédéric-Auguste
Bartholdi, was also French, but he found inspiration in a very different place:
Egypt. In 1855, he visited Nubian monuments at Abu Simbel, which feature tombs
guarded by gigantic colossus figures. Bartholdi became fascinated by the
ancient architecture, developing what the National Park Service calls a
“passion for large-scale public monuments and colossal structures.” Eventually,
he channeled that passion into a proposal for the inauguration of the Suez
Canal.
Bartholdi envisioned a colossal monument
featuring a robe-clad woman representing Egypt to stand at Port Said, the city
at the northern terminus of the canal in Egypt. To prep for this undertaking,
Barry Moreno, author of multiple books about the statue, writes that Bartholdi
studied art like the Colossus, honing the concept for a figure called Libertas
who would stand at the canal. “Taking the form of a veiled peasant woman,”
writes Moreno, “the statue was to stand 86 feet high, and its pedestal was to
rise to a height of 48 feet.” Early models of the statue were called “Egypt
Carrying the Light to Asia.”
Edward Berenson, author of Statue of Liberty: A Translatlantic Story, writes that Bartholdi’s
concept morphed from “a gigantic female fellah, or Arab peasant” into “a
colossal goddess.” But Egypt, which had invested enormous amounts of time and
money into the landmark canal, was not as eager about Bartholdi’s idea. Isma’il
Pasha, the reigning khedive, rejected the plan as too costly.
Eventually, a 180-foot tall lighthouse was
installed at Port Said instead. But Bartholdi was not discouraged. He
eventually repurposed his concept into “Liberty Enlightening the World”—the
official name for the statue that has been overlooking New York Harbor since
1886.**
Al Jedive le pareció muy caro o demasiado simbólico y prefirió un faro —bastante fálico, todo sea dicho— en vez de una gigantesca
campesina iluminando el mundo hacia Oriente. Habría sido hoy gratificante mirar
la estatua y recordar que los ideales de libertad deben ser para todos. Una
mujer en la playa como símbolo para Egipto de la ilustración y modernidad que
supuso el Canal.
La Estatua de la Libertad es algo más que un lugar y objeto turístico,
un icono de los Estados Unidos. Representó y representa algo. Saber que su
primera inspiración venía del mundo egipcio, que su modelo inicial era una campesina
egipcia velada le añade más profundidad al símbolo, que se expande más allá de
Francia y los Estados Unidos.
La diosa y la campesina son mujeres universales,
representación precisamente de libertad y razón, de concordia y derechos.
Representaban el hermanamiento entre países y culturas gracias a las luces del
conocimiento. Hoy las mujeres son el mayor vehículo de acercamiento, como nos ha mostrado, por ejemplo, la cineasta libanesa Nadine Labaqui en su estupenda película "¿Y ahora dónde vamos?" (2011). Quizá sea porque siempre se acaban restringiendo sus libertades en todas partes y les surge la solidaridad de quienes tienen que conquistarlas una por una.
Sigue siendo una buena idea que una mujer en una playa —estatua
o bañista— sea símbolo de libertad y tolerancia. En América, Francia, Egipto... o en cualquier lugar del mundo.
* "La polémique française sur le burkini fascine à
l'étranger" Le Figaro 26/07/2016
http://www.lefigaro.fr/international/2016/08/26/01003-20160826ARTFIG00288-la-polemique-francaise-sur-le-burkini-fascine-a-l-etranger.php
**
"The Statue of Liberty Was Originally a Muslim Woman" Smithsonian
24/11/2015
http://www.smithsonianmag.com/smart-news/statue-liberty-was-originally-muslim-woman-180957377/
Mucho
me temo que no se comprendan los niveles en los que se están jugando las
distintas batallas. Las más obvias se dan en Siria e Iraq, donde se da lo que
calificaríamos como una "guerra". Este nivel obvio, sin embargo, ya
está lleno de peculiaridades respecto a lo que nuestra mente se imagina cuando
piensa en guerras. Hay varias guerras dentro de esa guerra, que muchos se imaginan
como la de Iraq, teniendo poco que ver, pero uno se imagina las cosas desde la
experiencia. Si eso ocurre con la zona de batalla, ¿qué idea se tiene formadas
de lo que ocurre en Egipto, donde se dice que también se está en esa guerra pero se encarcela a los
opositores laicos o en Turquía donde se dice que se ataca al Estado Islámico
pero se bombardea a los kurdos, que, a su vez, atacan a los yihadistas formando
parte de la coalición? ¿Qué pensar de lo que ocurre en Libia donde Estados
Unidos bombardea a los yihadistas a petición de uno de los tres gobiernos
existentes, que no se reconocen entre ellos? ¿Entiende usted lo que pasa en
Yemen? Todo este guiso aderécelo con la crisis de los refugiados y de los
inmigrantes (que son dos cosas distintas), las mafias que los cuelan, los
conflictos de la UE y Estados Unidos con Turquía —miembro de la OTAN— y su
repentino amor por Rusia, a la que derribó un avión que iba a bombardear al
Estado Islámico; sí, Turquía, donde cada día se producen atentados sin que se
tenga claro quién los realiza, que acaba de pasar por una intentona de golpe de
estado y una purga posterior de decenas de miles de personas de las que no hay
constancia que hayan hecho nada. Si le resulta todavía soso, échele un poco de
hierbas aromáticas iraníes, que recién levantadas su sanciones internacionales autorizan a los rusos a usar sus bases contra el Estado Islámico, al que ya combate en
Siria de forma oscura, y pasados unos días lo desautoriza. Espolvoree por
encima un poco de incomprensión y tirantez de las dos grandes superpotencias
que luchan bombardeando a los que les resultan menos simpáticos, que no siempre coinciden.
Y en
medio de todo esto, Francia vio la luz y encontró la solución: ¡prohibir los
burkinis en sus playas mediante edicto municipal y multa de 38 euros! En su
disculpa hay que decir que tiene por jefe del gobierno a una de las personas
más cerriles con las que Francia ha rebajado su grandeur, Manuel Valls, azote de su propio partido y de cualquiera
que se le oponga en alguna idea o similar. Cuando Valls toma una decisión es
como los cimientos del Empire State. Creo que Hollande lo puso allí para
asegurarse que alguien tendría menos popularidad que él.
Como
advertimos cuando se empezó a plantear la cuestión del Burkini, la batalla que
se está dando es compleja y en muchos niveles. El primero de ellos es el
bélico, obviamente, el segundo terrorista, pero el tercero es el de la
propaganda. En este, se pierde por goleada sin darse cuenta que las acciones
que se realizan son analizadas, distorsionadas, reinterpretadas y distribuidas
entre millones de personas.
La
batalla del burkini es una de las más tontas de la historia de Francia.
Convertir algo anecdótico en primera página es algo estúpido porque no se gana
absolutamente nada y sin embargo se da pie a una campaña contra Occidente como
la que ya está puesta en marcha.
Ayer me
llegaban a través de Facebook los dibujos y memes en los que se compara la
prohibición del burkini y del velo en las playas con lo que los yihadistas e
integristas hacen a las mujeres que no lo llevan en las zonas que controlan. Es
evidente que en la zona que controlan los yihadistas (zona 1) a nadie se le
ocurre ponerse un bañador, mucho menos un bikini. La zona en donde los integristas
tienen peso es mucho más amplia y es allí donde se da la batalla de la
propaganda, donde se trata de convencer a la población de —como Erdogan dice— se les odia por ser musulmanes. Con este
mensaje es suficiente, no tienen que hacer mucho más. Francia ha hecho el
resto. Con este mensaje es fácil reorientar
los demás mensajes de porqué se interviene en Oriente Medio.
La cuestión
del burkini es absurda, como dijimos el otro día. Un burkini o un hijab no son
un burka, que es un extremo, y eso hay que tenerlo claro. A los ojos de algunos
puede no haber diferencias pero es necesario verlas. La ceguera en esto solo
favorece al que manipula y son especialistas en ello. La batalla de la
comunicación la ganan desde hace décadas en las calles con sus mezclas de
argumentos falaces y presiones sociales y familiares. Y los errores les ayudan
mucho a expandir su mensaje.
Egyptian Streets ha publicado un interesante foto-reportaje,
firmado por Belal Darder, sobre las razones de unas cuantas chicas para
quitarse el hijab, no en Francia sino en un país mayoritariamente musulmán,
como es Egipto. Está bien conocer los razonamientos y a lo que han tenido que enfrentarse
en sus propias familias y sociedad, algo que las que están en Francia o en
cualquier otro sitio también pueden vivir como entorno y presión o simplemente
con naturalidad.
Conozco
muchas mujeres que lucen su hijab sin que esto implique el más mínimo "radicalismo" en ningún sentido. La decisión de quitarse el hijab no la debe tomar por ellas ningún municipio francés. Si es su
deseo, no tiene porqué entrar en ello y si está obligada por su familia no se
arregla mucho sancionándola a ella, en cuyo caso vivirá una presión doble insoportable.
Uno de
los casos contados en el diario egipcio apunta una de las claves:
“My mom has no problem with me taking the hijab
off but after my father’s death, my uncles became the ones controlling the
family and they totally refuse the idea, which led me to what I do right now,”
Amina says. “I take it off in my work as a waitress, I take it off while
acting, I take it off in college but I wear it again each night on my way to
our house.”
Amina is really surprised by the fact that many
men in the society, whether fathers or brothers, think that the family would
shamed if a girl from the family were to take off her hijab.
“They are so obsessed by what the community and
the relatives think of them; they see our bodies as possessions that must be
covered all the time and the worst part of it is that they try to advocate
their ill point of view by saying that they only follow God’s orders.”*
En Occidente acostumbramos a decir que no nos importa lo que
piensen los demás. Nada más lejos de la realidad que nos describe el caso de
Amina. La presión sobre la persona, especialmente sobre la mujer, es de un
orden que difícilmente podemos imaginar en muchos casos. Gran parte de la
cuestión de los matrimonios muy jóvenes es acordarlos antes de que se pueda
despertar algún caso de rebeldía y sea difícil "colocar" matrimonialmente
a la hija, hermana o sobrina. Para que eso funcione, la presencia exterior es
esencial para que se vea que la joven no está "contaminada" con "ideas
occidentales" contrarias a la que el hombre exige para mantener su
posición preponderante en la familia. Esto se puede agravar en los que viven
fuera, cuya aspiración es regresar y seguir manteniendo el vínculo con el país
dejado atrás durante décadas. En estos casos, las apariencias son muchas veces
muy importantes porque son directamente sospechosas por haber estado alejadas
del control de la comunidad. Muchas familias extreman el control precisamente
para no tener más problemas al regreso. El miedo a que consideren a la hija
"occidentalizada" y por ello poco "deseable" o "conflictiva" es una constante en muchas
comunidades.
La prohibición del burkini o del hijab en la playa no tiene
sentido ni como protección de la mujer ni como seguridad en las playas
contemplando a la mujer como potencial terrorista. Lo único que se debe limitar,
en ese sentido o espacio, en cualquier espacio es todo aquello que obligue a
ocultar la cara de la mujer. Y se debe
dejar, en cualquier caso, claras las razones, que además deben ser razonables.
No lo que ha hecho Valls, que solo deja claro algo absurdo.
El titular de Le
Figaro es claro: "Burkini : Valls s'attire les foudres de ses
ministres". Si los ministros están enfadados, imaginemos el resto. Y piden
que Hollande se comprometa en la cuestión. Pero, como dijimos, Hollande tiene a
Valls para no tener que meterse en estos líos. Sin embargo, esta vez tendrá que
hacer algo porque le están saliendo rivales políticos dentro de su partido que critican
directamente a Valls esta forma de entender las libertades, como ha ocurrido
con el ex ministro de Educación, que ya se postula como alternativa para las
próximas elecciones. Dos ministras se le han enfrentado directamente:
Après une prudente prise de
distance d'Axelle Lemaire et Bernard Cazeneuve mercredi, ce sont Najat
Vallaud-Belkacem et Marisol Touraine qui sont frontalement montées au créneau
ce jeudi, obligeant François Hollande a intervenir pour calmer le jeu.
La polémique aura eu raison de la
cohésion gouvernementale. Tandis que de nombreuses communes ont récemment pris
des arrêtés interdisant le port du burkini - une tenue de bain islamique visant
à dissimuler le corps de la femme à la plage -, un vif débat est immédiatement
né au sein de la classe politique. Y compris au plus haut sommet de l'État, où
le premier ministre a affirmé à plusieurs reprises son net «soutien» aux maires
ayant pris de telles décisions.
Pourtant, si Axelle Lemaire
(Numérique) et Bernard Cazeneuve (Intérieur) avaient déjà tenu à prendre une
certaine distance avec la fermeté affichée par le chef du gouvernement, une
ministre a carrément décidé de le désavouer publiquement: Najat Vallaud-Belkacem
(Éducation nationale). Invitée d'Europe 1 ce jeudi matin, la locataire de la
rue de Grenelle a rappelé qu'elle était opposée à ce vêtement, mais elle a
estimé que «la prolifération (des arrêtés anti-burkini n'était) pas bienvenue».**
Lo peor de todo, como tuvimos ocasión de expresar hace unos
días y seguimos pensando, es que esto no sirve para nada. Ningún bien se saca
de ello, ni en seguridad ni en diálogo. Solo sirve para justo lo contrario: que
Francia sea mostrada como un enemigo del "islam" y se produzca un
mayor distanciamiento. Los islamistas son maestros en esto. Pero ya no tienen
que ser siquiera islamistas, basta con que sean antioccidentales. Como dijimos:
uno lo presentan como cuestión religiosa y otros como cuestión de identidad.
Por los dos lados se presenta a Francia (y a los que hagan lo mismo) como anti
musulmana o anti árabe. Valls ha conseguido lo contrario de lo que quería.
Cualquiera que conozca algunas personas de Oriente Medio
sabe que el "problema" no es el velo porque no es la mujer, que es principalmente
víctima de la presión familiar y social, donde reside la cuestión. Llevar esta
presión a las playas francesas —lo explicamos ya— es absurdo. Se ha puesto en
bandeja la foto de los policías deteniendo a las mujeres en las playas; es la
imagen que querían los que ya la han difundido por cientos de miles por las
redes sociales y las primeras páginas de muchos medios. Es un discurso fácil de
hacer y te lo sirven con generosidad.
Lo más preocupante —ya se acabarán las vacaciones— es lo que
tiene de falta de sentido común y, lo que es peor, de estrategia frente a un
problema, ese tercer nivel, que es el que alimenta a los otros dos: el
terrorismo y la guerra.
Lo que se debería estar haciendo no es persiguiendo mujeres
por las playas, sino dando espacios a los que realmente tienen un discurso
moderno que puede frenar desde el interior el avance del integrismo
antioccidental. El problema es que con estas medidas se están eliminando sus
razones, las libertades, los argumentos para poder salir del agujero en el que
están siendo atrapados. Cualquiera que decida quitarse el hijab será acusada de
anti musulmana y anti árabe, después de haber sido acusada por la propia
familia. Esta vez se hará exhibiendo las fotos de lo que ocurre en Francia y de
cómo se obliga a las mujeres a ir contra el pudor, la religión y la familia.
Egyptian Streets
no solo nos cuenta los casos de las chicas que se enfrentaron a sus familias y
tuvieron que buscarse independencia económica o trasladarse de ciudad para
mantener su decisión a no llevar el hijab. También hay historias de apoyo que
es importante comprender para no quedarse con la mitad del asunto:
The picture isn’t always grim; family support
of a girl’s decision of take the hijab off, although rare, happens. Fatma
Ayman, a 19-year-old college student, speaks of how her father reacted when she
told him about her intentions.
“I worried for a long time about his reaction,
especially that my reasons for taking the hijab weren’t as sophisticated as the
reasons of some of my friends,” she says. “All I wanted was to feel like a girl
– to feel the sun on my hair and to feel the wind and the rain in the winter.”
To her surprise, her father expressed his
support of her decision.
“It was an amazing shock I got when I heard his
voice through the phone supporting me,” Fatma recalls.
Solafa Magdy, a 30-year-old news reporter,
found the support she needed from her now-husband, Hossam.
“Everything started with the revolution; I was
born again and with my new birth I’ve decided to go over all the old rules … I
needed two things to get through the hijab issue: Financial independence to
face my family and a man who understands me to face my street and community, as
I lived in the local crowded neighborhood of Ain Shams,” she says.
Hossam didn’t only offer emotional support but
was also there whenever Solafa was harassed by people from the street as a
consequence of her taking off the hijab.
“Because he couldn’t be there all the time for
me, he bought me a taser and told me to use it on anybody who thinks of
harassing me.”*
La sorpresa de la muchacha ante la
aceptación de su padre es algo más que un caso anecdótico. Muchas tienen esa
aceptación porque no todos los padres son iguales. Es a esos padres a los que
hay que darles apoyo para que puedan defender ante sus propias familias y
círculos sociales o laborales que sus hijas no lleven un hijab, estudien fuera
de su país o trabajen lejos. Ahora tendrán que enfrentarse a la foto francesa,
la foto de cómo se trata a las mujeres "decentes" en las playas de
Occidente. Su padre será el foco de ataques; le dirán que es el responsable y
que no lo debe permitir. Y él tendrá que defenderse para defender a su hija. No
entenderán que ella quiera sentir el sol veraniego en su pelo y la lluvia en
invierno, razones poco sofisticadas como ella dice, pero profundas carencias en
su vida.
El segundo caso se liga a la transformación que supuso la
Revolución egipcia del 25 de enero, la Primavera Árabe tan denostada. Han sido las
mujeres las que más han sufrido su retroceso porque ellas son precisamente uno
de los signos más visibles. Aquí hemos dicho muchas veces que no hay revolución
árabe que no pase por las mujeres y que son ellas las que con estos detalles la
hacen permanecer viva como capacidad de decidir, de ser dueñas de sí mismas y
reivindicarlo en los cotidiano, quitándose el hijab, montando en bici por El Cairo
o haciendo ballet clásico en Minya, por citar solo algunos casos que hemos
visto aquí.
La segunda parte es importante: necesitaba alguien que
respaldara su decisión. Para ello eligió un hombre en su vida con el que
compartir y no con el que tener que renunciar a su forma de ser. Esto es
también un efecto revolucionario porque la primera sumisión es a la familia y
en el destino matrimonial se forma muy claramente. De ahí el descenso en la
edad matrimonial buscado por los islamistas: cuanto más joven la mujer, menor
capacidad de resistencia.
La revolución no fracasó;
fracasaron los políticos, los de siempre. La revolución sigue allí donde empezó,
en el corazón de los que de verdad la querían. Se camufla y se muestra con
estos pequeños actos y se defiende con una pistola eléctrica para prevenir el
acoso al que será sometida por haber tomado la decisión de ir sin hijab por la
calle. El acoso es una forma de presión social desde el miedo. Las medidas
francesas no lograrán quitar a nadie el hijab o el burkini sino hacer que la
gente se quede en su casa o que vaya a las playas a montar escándalos para que se
indignen en muchos lugares.
Sigo sin entender cuál es la estrategia tras las
prohibiciones y el discurso de Valls. Imponer cosas por decreto y considerar
delictivo y teorizar, como ha hecho Valls, explica porqué Francia tiene algunos
de los problemas que tiene y que no ha sabido ver crecer. No ha evitado el
radicalismo, solo lo ha metido debajo de la alfombra en guetos o cárceles. Lo
de los "valores republicanos" es muy bonito pero hay que
practicarlos, como le recuerdan a Valls algunos de su partido.
El mejor ejemplo para las libertades es hacer ver que las
libertades funcionan y se respeta a las personas. Los discursos de Valls y las
fotos francesas han hecho retroceder a los que defendían modelos de libertad
representados por Francia. Volverán a escucharse los lastimeros quejidos de la
"doble moral", el "doble rasero" y que se odia a los
musulmanes, que se pretende privarles de su identidad.
Daily News Egypt
nos trae un pequeño vídeo de tres minutos con la historia de Elva***, una chica
de 26 años cuya pasión es la moda. Trabaja como diseñadora. Elva va enfundada
en un niqab, decisión que tomó siete años atrás, con 19. Dice que la gente no
entiende muy bien que se dedique a la moda vistiendo de negro, pero es su
pasión y creado su propia marca —"Elva"— para las chicas egipcias.
Muchos la juzgan. Su deseo, explica, es hacer una comunidad de chicas en la que
puedan todas aprender cosas que les sirvan a largo plazo para sus propias
vidas. En su taller de costura hay chicas con hijab y con el pelo suelto. Son solo
chicas haciendo un trabajo. No sabemos cuál fue la experiencia vital que llevó a Elva a enfundarse dentro del niqab, del que solo salen sus manos finas para
cortar las telas y colocar flores y unas zapatillas deportivas de lona con las
que maneja los pedales de la máquina de coser. Un trozo de tela sirve, dice,
para que cada chica exprese lo que lleva dentro. No vamos a juzgarla. En su
taller no se le exige el niqab a nadie. El niqab
es tela; dentro hay una mujer, una persona, una historia. No hay que olvidarlo por más que sea parte de su función.
Las muchachas que han dejado atrás el hijab en el reportaje de Egyptian Streets no piensan que sean mejores, piensan —como señala una de ellas— que son ellas mismas. Es una gran diferencia.
A la complejidad de la cuestiones culturales se añade las personales, las de quienes viven en el interior de familias y grupos. Cuando has tenido trato suficiente con las personas, comprendes que no es el hijab donde residen nuestros problemas (o los de ellos). Allí donde alguien lo vive problemáticamente, se produce la lucha personal, que es la que hay que apoyar: han buscado su independencia, se han distanciado de los que les decían cómo tenían que ir, han roto relaciones familiares si ha sido necesario. Han defendido su derecho a no llevarlo, pero seguramente defenderán el derecho de las que quieran llevarlo; es una decisión personal. Convertirlo en una obligación es atentar contra lo que se dice defender.
El discurso francés sobre el burkini es contraproducente:
juzga a las personas por la tela que llevan encima. El hábito sí hace al monje,
al menos lo hace sospechoso y punible. Es como un discurso islamista invertido:
cuanto menos muestras, mejor eres.
Los islamistas piensan lo mismo pero al contrario: cuanto menos muestras, mejor,
más piadosa eres. El razonamiento es absurdo. Se desarrolla además en un
terreno desfavorable: los símbolos religiosos, que es la vía elegida para
defender el laicismo de la República. Es meterse en la boca del lobo y llevar a
la islamofobia el debate, que es lo
que quieren los islamistas. Le Figaro ya habla de una propuesta del Frente Nacional: prohibir las cruces y las kippas judías en público. La tormenta perfecta.
** "Burkini : Valls s'attire les foudres de ses
ministres" Le Figaro 25/08/2016
http://www.lefigaro.fr/politique/le-scan/citations/2016/08/25/25002-20160825ARTFIG00082-arretes-anti-burkini-valls-et-vallaud-belkacem-affichent-publiquement-leur-desaccord.php
***
"The niqabi fashion designer puts soul in clothes"
https://www.youtube.com/watch?v=FhULmttBvEw
Un repaso a través de Google nos
muestra que el libro "¿Quién le hacia la cena a Adam Smith?", de la
periodista sueca, afincada en Gran Bretaña, Katrine Marçal, no ha recibido la
atención española que merece. Por lo que hemos visto, La Vanguardia ha dado cuenta de su salida. Fuera ha tenido más atención, como prueba su reseña en The New York Times.
Cuando uno echa un vistazo a la
sección de economía de las librerías se da cuenta que están llenos de personas
que nos venden el éxito y nos explican el pasado y el futuro. El pasado suele
ser fácil de explicar y el futuro también. El presente es más complicado, pero
uno no sueña con el presente sino en cómo salir de él de la mejor manera
posible. Un sinfín de personas nos prometen desde las portadas ser tan felices
como ellos (y todos los que compren el libro). Desde la que las editoriales
españolas descubrieron que los nacionales podían engañarnos lo mismo que los
extranjeros, es decir, que lo foráneo había perdido glamour por aquello de
viajar más, se dedicaron a promocionar autores y libros nacionales, con lo que
se ahorraban un buen pico en traducciones y derechos. Si había suerte y alguno
trascendía (casi ninguno lo ha hecho), hasta se podía traducir a otros idiomas.
En el caso de la sección de Economía, los
géneros narrativos son claros: los que explican quién tiene la culpa de que no
seas rico y los que te ofrecen la oportunidad de serlo si te llevas el libro.
Es realmente increíble la cantidad de economistas capaces de dar consejos.
El libro de Katrine Marçal tiene
algunas ventajas respecto a todos ellos. Ofrece un enfoque distinto: explica
quien tiene la culpa pero no promete la riqueza en sus páginas. Habla de la
necesidad de cambiar no solo la economía, algo sobre lo que hay mucho escrito,
sino la forma de ver la economía y, a través de ella, el mundo. Esta visión es
errónea y, como consecuencia, llegan muchos de nuestros problemas. En muchos
sentidos, es un libro mucho más radical que los que nos venden como
apocalípticos.
La cuestión es clara desde el
principio, desde el mismo subtítulo: "Una historia de las mujeres y de la
economía". La pregunta sobre quién le preparaba la cena al padre de la
Economía, Adam Smith, no es trivial y su respuesta tampoco: su madre. Algunos
lo verán como muy natural, ya que Smith
no se casó nunca y su madre le cuidó siempre. Y es en esa naturalidad de lo que hace la madre de Smith (y la de todos los
demás) donde radica parte del problema.
En realidad el problema no son
las "mujeres" sino cómo los hombres han pensado la economía desde un
supuesto: el "homo economicus", el hombre económico. Adam Smith lo definió
como un hombre con "sentido común", que invierte o ahorra para
conseguir un beneficio ahora o en el futuro. Y como a nadie se le ocurre quererganar poco, hará todo lo posible
porque ese beneficio sea el máximo que pueda obtener. En el mismo párrafo, Smith definía
como "loco" al que no se comportara así en un espacio en el que
hubiera una "seguridad razonable".
El libro de Marçal tiene dos
partes diferenciadas pero confluyentes. En la primera se centra en lo que esta
definición ha supuesto para el pensamiento económico al invisibilizar el trabajo de las mujeres y a las mujeres mismas. En
segundo lugar se dedica a mostrar la irrealidad de ese "hombre
económico". Es más, de ese "hombre " conceptual solo se puede
afirma algo: que no es una "mujer".
La obra hace un recorrido sobre
lo que ha supuesto para nuestro discurso económico, para la economía y para
nosotros mismos esta visión del mundo. En última instancia, la transformación
de nuestro mundo, que solo es visto ya a través de la Economía, es lo que ha
llevado a nuestra situación actual.
Nos van a hablar de la crisis
económica, sí, pero sobre todo de la crisis conceptual que ha llevado a ella,
la terrible perversión de la forma de percibir el mundo y a nosotros mismos
desde una óptica teórica que está profundamente distanciada de la realidad y
por ello es falsa.
Al final, el hombre económico solo puede hacer una
cosa: competir. Ese es su destino y
su cárcel. Necesita de la competición en todas las dimensiones de su vida
porque no se ha sabido establecer otra. Por más que tratemos de cambiarlo, el
discurso economicista se ha apoderado de nosotros distorsionando el espejo en
el que nos vemos y a través del que decidimos nuestras acciones, que son
medidas y pesadas, llevadas a un libro de contabilidad. El gran libro del
destino, en el que todo está escrito, es un libro contable.
La obra de Katrine Marçal
necesita desmontar primero el discurso del "hombre económico" para
ver que fuera de él ha quedado la mujer. Digo del "discurso" porque
la mujer no ha quedado fuera de la realidad;
solo del discurso que da la visibilidad y el reconocimiento.
El gran relato contemporáneo —escribe
Marçal—, la historia más grande jamás contada de nuestro tiempo: quienes somos,
por qué estamos aquí y por qué hacemos lo que hacemos. ¿Quién es el protagonista de dicha historia?
El hombre económico, cuya característica principal es que no es una mujer.
(178)
La cuestión del hombre económico
—más que una descripción de lo que hay, un imperativo de lo que debe ser— y la
cuestión de la invisibilidad de las mujeres en la economía no son nuevas. La
obra de Marçal tiene la virtud de ir más allá de las cuestiones económicas
porque redefine precisamente aquello que deba ser la Economía misma en una sociedad
que está padeciendo sus estragos, especialmente morales. Lo que la teoría del
"homo economicus" ha producido es un mundo que padecemos todos en la
medida en que limita y evalúa algunas de nuestras capacidades pero deja fuera
otras muchas que no son computable y permanecen en la oscuridad.
Es en última instancia ahí donde
radica gran parte de la cuestión: la capacidad de pensar desde fuera de un
sistema en la medida en que anula nuestra capacidad de percepción y valoración.
El gran problema, que se señala correctamente en el texto, es que la idea de libertad, que sirve de justificación,
acaba siendo falsa porque solo se puede desplegar esa dimensión. Ya se encargó
Smith de llamar "loco" al que hiciera lo contrario.
Como bien señala Katrine Marçal
en su libro, el discurso sobre el "hombre económico" y su
racionalidad fue desmontado desde la propia ciencia económica. Sin embargo,
señala, se sigue enseñando desde primer curso de carrera a todos los que entran
en las Facultades de Economía. No es el único caso de persistencia del error si
este beneficia a alguien.
Hoy se respira por todo el mundo
un deseo de cambio, un malestar en lo que hay. No nos gusta demasiado lo que
hemos hecho como sociedad. Escribe la autora: "El propósito del viaje que
hacemos como sociedad podría ser otro. Podríamos pasar de intentar ser dueños
del mundo a intentar sentirnos a gusto dentro de él; como en casa." (188)
En un mundo lleno de ofertas y tentaciones, intentar vivir a gusto es una
aspiración que a muchos les puede parecer satisfecha. No sucede así con los que
ven que lo que le venden como "felicidad" es algo muy distinto. El
producto "felicidad" no funciona, el fabricante no se hace
responsable y, por supuesto, no le devuelven lo invertido.
Que la teoría del hombre
económico no sea verdadera no significa que alguien no le saque provecho y
bueno, por cierto. Igualmente, que las mujeres no aparezcan en los libros de Economía
tampoco significa que no existan. El libro no reivindica un pedazo del pastel;
pide que se cambie el pastel, por decirlo así, que se adopte una visión del ser
humano atendiendo a su realidad, hecha de sueños y sentimientos, de valores y
de sentido de la comunidad, todo más allá de la "competencia".
Si desea adentrarse en estas
cuestiones, el libro de Katrine Marçal es una buena ocasión de hacerlo, un viaje interesante por ideas y acontecimientos, por espacios reales y mundo teóricos. No le venden riqueza, éxito ni felicidad, solo
sensatez y una visión distinta.
Marçal, Katrine (2016) ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? Una historia de las mujeres y la
economía. Trad. de Elda García-Posada. Barcelona, Debate. 220 pp.
La noticia dada por Die Welt*
de que Erdogan tiene una estructura de 6.000 agentes vigilantes en Alemania para controlar la extensa comunidad turca y
en especial a la disidencia ha alarmado al país. Ya se ha puesto en marcha una
solicitud de información ante el Parlamento para que el gobierno dé
explicaciones sobre esta red de "informantes" destapada por el diario.
El titular del periódico era muy explícito: "Agentes de Erdogan amenazan a
los turcos en Alemania" ("Erdogans Agenten bedrohen Türken in
Deutschland" 21/08/2016). Realmente, la sorpresa es que no la tuviera.
La canciller alemana ha lanzado una advertencia. Euronews la cuenta así:
Petición, con posible tinte electoralista por las próximas citas
locales a las urnas, de la canciller alemana a la población de origen turco.
Dirigiéndose a los tres millones incluidos en esta categoría dividida,
Angela Merkel ha explicado a un periódico local: “Esperamos que los ciudadanos
de origen turco, que llevan mucho tiempo viviendo en Alemania, desarrollen un
elevado nivel de lealtad a nuestro país”.
El pasado 31 de julio en una concentración de apoyo a Recep Tayyip
Erdogan, 40.000 personas rechazaron en Colonia el intento de golpe de estado
que acababa de sufrir el presidente turco.
El diario conservador Die Welt
publicó recientemente el estudio de un analista cuyo nombre no quiso desvelar,
en el que se apuntaba que Alemania alberga una red de 6.000 informadores/espías
en la comunidad turca para controlar y presionar a los ciudadanos críticos con
el régimen de Erdogan.**
Creemos que es una cuestión alejada de los planteamientos
electoralistas, como interpreta Euronews, y en cambio una seria advertencia a
Erdogan y sus manejos en Alemania. Puede que haya algunos que la aprovechen electoralmente para criticar las políticas de Merkel, pero su advertencia no lo es.
La existencia de una red organizada de informantes en Alemania es un
gravísimo hecho que puede crear un conflicto mucho más serio que los ya
existentes, en especial desde que Alemania dio reconocimiento en su parlamento al genocidio armenio, algo que irritó profundamente al irritable Erdogan.
Es frecuente que algunos países admitan en su territorio la
presencia de agentes que vigilan las actividades de los grupos terroristas
fuera de los propios. Los grupos de inteligencia españoles han estado en
Francia cuando ETA estaba activa y han colaborado con los franceses. Otros
países pueden ser más reacios, pero en general puede haber actividades
permisivas. Pero lo que ha construido Erdogan en Alemania no es eso.
Es la típica estructura
de vigilancia y control social islamista trasladada al extranjero y puesta al servicio del presidente. La Deutsche Welle señala que determinadas personas de origen turco han sido amenazadas por miembros de esta red de los servicios secreto turcos (MIT).
La jugada de Erdogan con el mitin en Alemania y sus cuarenta mil asistentes
tenía un objetivo doble: hacer sentir a la comunidad exterior turca que él también
estaba allí y que Europa (no solo
Alemania) comprendiera que tenía capacidad
de actuación en el país. El qué sea "actuación dependerá, por
supuesto, de la actitud europea.
El primer punto implica que todos los turcos que hayan salido del país
por desacuerdo con la política represiva de Erdogan están en un entorno que
puede ser "hostil" si es necesario. Es una forma de intimidarles y evitar, por ejemplo, que
pueda haber manifestaciones contra la represión política de Erdogan. El segundo
punto es una demostración de que puede crear conflictos allí mismo si lo desea.
Por eso la llamada a la "lealtad" (ha escogido bien la
palabra) de Angela Merkel tiene también un tono de advertencia para Erdogan: no
piensa tolerar posibles altercados como chantajes. Los turcos residentes el
Alemania, si quieren seguir siéndolo, deben ser leales a Alemania y sus leyes. Alemania no es una colonia de Turquía ni mucho menos de
Erdogan.
La cuestión sobre la red de vigilantes tendrá necesariamente una repercusión
en Alemania. El abuso del concepto de "terroristas" a todo aquel que
se le opone, hace que las actividades de los Servicios Secretos turcos estén
actuando más allá de lo que la lógica debiera permitir.
Es interesante que Merkel no se haya dirigido a Erdogan sino a los
turcos de larga estancia en Alemania, pidiéndoles "lealtad". ¿Qué
significa exactamente "lealtad" en estas circunstancias? Muchas veces
Erdogan se ha enfrentado a Merkel por la cuestión de la identidad turca, desde
el papel de la lengua has su enfado actual porque no se le ha dejado dirigirse
en directo a los manifestantes turcos en Alemania en el mitin de los 40.000
turcos. Hizo bien Merkel, especialmente teniendo en cuenta que Erdogan lleva
tiempo dedicándolos a insultar a Europa. La advertencia de Merkel ha sido
clara: es derecho de todos manifestarse, pero sin violencia. Pero a Erdogan le va más ahora que se vea la fuerza
y seguir quejándose de que la democracia es él y no Europa, que le prohíbe expresarse por vídeo conferencia.
Los que se sorprenden por la denuncia de Die Welt, deberían saber que los islamistas tienen especial interés,
más allá de la vigilancia de los opositores, en hacer saber a los que están
fuera que eso no significa que puedan actuar de cualquier manera. Por ello, estén en el poder o no, los que viven
fuera pueden ser objeto de vigilancia y advertencia por grupos o individuos.
Esa red de 6.000, dice Die Welt, es algo superior a lo que la Stasi de
la Alemania comunista logró montar en la República Federal: un vigilante por
cada 500 personas de origen turco.*
Erdogan tiene sus propias guerras y planes, una jerarquía de problemas
que se corresponden con su propia agenda. Ahora está entrando en Siria en la
mayor operación turca hasta el momento y dice que es para mantener la integridad de Siria. En realidad va a
evitar que los kurdos que han ganado terreno al Estado Islámico se asienten.
Señala The New York Times:
“Turkey is determined for Syria to retain its territorial integrity and
will take matters into its own hands if required to protect that territorial
unity,” Mr. Erdogan said in a speech in Ankara on Wednesday. “We have only ever
sought to help the people of Syria and have no other intentions.”***
Habrá quien le crea.
* "Erdogans Agenten bedrohen Türken in Deutschland" Die Welt
21/08/2016
http://www.welt.de/politik/deutschland/article157778863/Erdogans-Agenten-bedrohen-Tuerken-in-Deutschland.html
** "Merkel pide a los ciudadanos de
origen turco 'lealtad' a Alemania" Euronews 23/08/2016
http://es.euronews.com/2016/08/23/merkel-pide-a-los-ciudadanos-de-origen-turco-lealtad-a-alemania
*** "Turkish Military Begins Major Offensive Into Syria in Fight
Against ISIS" The New York Times 24/08/2016
http://www.nytimes.com/2016/08/25/world/europe/turkey-syria-ground-insursion.html?ref=europe
"You
may ask yourself: Well, how did we get here?"* La pregunta se
encuentra en mitad de un editorial sobre Donald Trump en The New York Times. La
pregunta no es trivial sino, por el contrario, dramática. Se refiere a la
paranoia que Trump está haciendo surgir entre sus seguidores. Las teorías de la
conspiración han pasado a ser simples verdades entre sus seguidores. La
pregunta no sobra sino que debería abrir una reflexión general sobre los
límites de la política en los sistemas democráticos y cómo pueden dejar de
serlo cuando la verdad es pisoteada y sustituida por mentiras repetidas con insistencia.
La teoría de la conspiración actual se basa en la sospecha
de un fraude generalizado para hacer que Trump pierda las elecciones. Esta
solicitando voluntarios para que se aseguren en los colegios electorales de que
nadie les engaña. Tener observadores en los lugares de votaciones no tendría
por qué ser un problema, pero si estos
están ya convencidos de que el fraude se
producirá y que lo que van diciendo las encuestas forman parte de otra
conspiración porque su líder les dice que va "mejor que nunca", los
problemas se pueden multiplicar, especialmente si estos voluntarios son de los
grupos radicales que, como los supremacistas blancos, grupos anti inmigración, etc.
están de su lado. Es de esperar que sean los primeros animados a estar en los
distintos colegios "vigilando" que no se produzca el fraude.
Los que no se han dejado arrastrar por la paranoia de Trump,
fascinados por su líder, están cada vez más horrorizados por lo que ven. Ya
hemos comentando aquí este extremo cuando todavía se estaba en fases en las que
se pensaba que Trump se quedaría por el camino.
Puede que Trump no gane una elecciones, pero lo que ha
quedado claro es que dejará como legado una democracia enferma, con una
división abismal entre dos visiones de Estados Unidos. Como han advertido ya,
el peor enemigo de la democracia es la demagogia, al gran peligro anunciado
desde su fundación constitucional por Hamilton y otros.
El 28 de enero, The Washington Post publicó un artículo firmado
por Andrew Sabi con el título "The
Constitution was designed to weed out demagogues. Now it encourages them".
En él, como en muchos otros, el auto manifiesta su preocupación por la
degradación del sistema y sus peligros:
Recently Peter Wehner, a veteran of several
Republican administrations, called presidential candidate Donald Trump
“precisely the kind of man our system of government was designed to avoid, the
type of leader our founders feared — a demagogic figure who does not view
himself as part of our constitutional system but rather as an alternative to
it.”
Is Wehner right to claim that the U.S.
constitutional system was designed to rule out a certain kind of politician?
The answer is yes. But the system has evolved
in ways that directly thwart this design. For better or worse, we now have —
and value — a system likely to yield as president precisely the kind of
populist figure the framers most feared.
Right at the beginning of the Federalist Papers
(the defense of the Constitution written by Alexander Hamilton, James Madison
and John Jay), Hamilton warned against populists who endangered constitutional
structures. Those who have overthrown republics, he wrote, have usually “begun
their career, by paying an obsequious court to the people . . . commencing
demagogues, and ending tyrants.”**
La demagogia es algo que se tiende con demasiada frecuencia
a perdonar considerando que forma
parte del juego político en su fase electoral, que el poder es lo importante y cómo se llegue a él algo relativo. Un ejemplo importante de
demagogia lo hemos tenido en la campaña política que finalmente se concretó en
el llamado "Brexit". Tras las votaciones muchos de los participantes
manifestaron haber sido engañados por
los políticos participantes. Políticos y partidos fueron sacudidos por estas
acusaciones y los partidarios tuvieron que confesar haber mentido sobre las
consecuencias de la salida y haber manipulado datos. La demagogia había
funcionado mientras todos hacían alarde de democracia activa: lo que quiera el pueblo.
Pero hemos avanzado mucho desde la retórica aristotélica:
sabemos que las cosas se pueden presentar
de muchas formas para conseguir lo que se quiere. De todos los males
democráticos, la demagogia es la que ataca al centro: la toma de decisiones.
Esta solo se puede hacer más que teniendo la información adecuada; la demagogia
juega con los discursos para conseguir hacerse con la opinión.
El articulista reparte responsabilidades. Trump es la bola
de nieve que ha ido creciendo desde campañas anteriores:
Mr. Trump did not invent paranoia; he did not
create the Republican meme of fraudulent minority voting. He just took it — as
he so often does — to an extreme. Senator John McCain made similar warnings in
2008, and murmurings of cheating go back at least to 2000, a close national
election, botched in Florida, decided for George W. Bush by the conservative
majority of the Supreme Court. And long before Mr. Trump entered the
presidential race, Republican legislators were busy passing voter ID laws based
on the fallacy of widespread fraud.**
Trump repite lo anterior, amplificado y como mensaje central.
Él ya es ganador; si pierde es debido al fraude. Su megalomanía histriónica
hace le resto. El fenómeno Trump deber ser estudiando, analizado con cuidado
porque no es una cuestión circunstancial sino la consecuencia de una forma de
hacer política que se está convirtiendo en patrón en muchos lugares del mundo.
Si los padres constitucionales de los Estados Unidos temían
la llegada del "Gran Demagogo", ha tardado tiempo en aparecer, pero
lo ha hecho con rotundidad. No es un fenómeno personal, sino la conjunción de una
personalidad como la de Trump y un aumento del dogmatismo y la violencia en
todo el mundo. Nunca han existido como hoy tales medios de manipulación.
El papel mediático es esencial y está tras fenómenos como el
aumento del radicalismo, de los nacionalismos, del integrismo religioso y de la
demagogia como camino hacia el poder. Negarlo es suicida. Hemos construido un
mundo en el que el comunicarse se concibe como conexión, sin pensar que esas
conexiones establecen una presión constante que las instituciones públicas son
incapaces de contrarrestar con los flujos de mensajes "positivos".
Curiosamente los únicos que lo han entendido perfectamente
son las grandes dictaduras, que siempre han recelado de la comunicación y la
información restringiéndola. Nosotros hemos hecho un gigantesco negocio de ella
pero no somos capaces de frenar sus efectos negativos. La psicología social
deshace la igualdad: la mala noticia se recibe mejor que la buena, la
incitación del extremista tiene más eco que la advertencia del moderado, etc.
Si la democracia no se protege cambiando las actitudes
demagógicas en vez de considerar que todos pueden usarlas en virtud de la
bondad de sus intenciones, quedará definitivamente convertida en un espectáculo,
algo a lo que recurren ya todos sin demasiado pudor.
La democracia son principios,
no un juego para conseguir el poder. "Principios"
no son solo "reglas", simples límites legales. Son los que surgen de una voluntad y una vocación democráticas que implica algo que se ha ido perdiendo: el
respeto por las personas individual y colectivamente. El aumento de casos de
corrupción en todos los países es una muestra de que la política ha perdido ese
concepto de principios atrayendo
ambiciosos y limitándose a aceptar líneas ambiguas, las que permiten jugar en
el borde de la afirmación, de la mentira, de la insinuación, etc. como hace
Trump. Para él la política es un negocio
y en un negocio ganan unos y pierden otros, lo sepan o no.
Trump es la punta del iceberg, una punta importante porque
lo que ocurre en los Estados Unidos tiene repercusiones en todo el mundo. Más
allá del efecto de su llegada a la Casa Blanca, nadie puede evitar ya sus
desastrosos efectos sobre el sistema democrático, debilitado, como bien
señalaba el articulista de The Washington Post en enero. Desde entonces no ha
habido semana en la que no se pensara que Trump había llegado al límite. Pero,
no es cierto: no lo hay. La demagogia juega sobre ese límite.
El final del editorial de The New York Times no puede ser más directo sobre el problema real:
Now, more than ever, the country needs responsible
political leaders and the courts to defend and expand voting rights, rather
than sitting silently while Mr. Trump further demolishes public confidence in
the foundations of our government.*
Existe un gran problema de liderazgo en todo el mundo. Entre
demagogos y autoritarios estamos creando un mundo en el límite, muy peligroso. Hay que volver a dignificar la política
a través de la ejemplaridad y de la
exigencia de ética y respeto. La
demagogia tiene que ser proscrita de los sistemas democráticos so pena de que
se los lleven por delante. Pero ¿cómo hacerlo democráticamente? Revalorizando la democracia misma, educando en
valores, exigiendo respeto a todos. Es más fácil de decir que de hacer, pero si
no se intenta... La pregunta de "cómo hemos llegado hasta aquí" debería "qué hemos dejado de hacer para que esto haya acabado así".
La finalidad de la democracia y de la política democrática
es construir una sociedad en la que las personas puedan convivir y prosperar sintiéndose
responsables no solo de ellas mismas sino de los demás. "Construcción" implica esfuerzo diario, constante. Los demagogos quieren
el poder. Para ello pueden minar la convivencia y fomentar el egoísmo, la
insolidaridad, el racismo, etc. Trump es el ejemplo más claro.
Hay más, muchos.
*
"Donald Trump Cues Up Another Conspiracy" The New York Times
22/08/2016
http://www.nytimes.com/2016/08/23/opinion/donald-trump-cues-up-another-conspiracy.html?
** Andrew
Sabi "The Constitution was designed to weed out demagogues. Now it
encourages them" The Washington Post 28/01/2016
https://www.washingtonpost.com/news/monkey-cage/wp/2016/01/28/the-constitution-was-designed-to-weed-out-demagogues-it-has-evolved-in-ways-that-encourage-them/