sábado, 26 de octubre de 2013

Michael Haneke y la experiencia de la trivialidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Quizá como no podía ser de otra forma, Michael Haneke ha sido crítico consigo mismo y con el cine, el arte que eligió —o fue elegido— para ver y hacernos ver el mundo. Unos eligen la palabra, como los escritores, los hay que prefieren los volúmenes de la materia, otros los colores, y otros el cine, un arte múltiple que bebe de casi todas las demás artes.
Haneke ha empezando criticándose a sí mismo, preguntándose qué ha hecho él por España o por Asturias para ser galardonado con este premio. Confiesa que nada, con la excepción quizá de un montaje operístico que realizó en Madrid. Fue durante esa labor de dirección musical en el Teatro Real cuando se sintió impactado —como nunca antes, señala— por la entrada en la sala del Prado en la que se encuentran las "pinturas negras" de Goya.

Empecé realmente a temblar y tenía dificultad para mantenerme en pie. Rápidamente salí de la sala porque no lo aguantaba. Pero tenía que volver. Cada vez que mi trabajo en el Teatro Real me lo permitía, regresaba para exponerme a las sensaciones que esta obra provoca en mí.


Ese impacto brutal que Haneke describe ante una obra de arte, las pinturas de Goya, le sirve al director para cuestionarse los condicionamientos que su propio campo estético, el Cine, tiene.

Todos tendemos a considerar que nuestras artes son las más perjudicadas por los exterior frente a las otras artes en las que admiramos su independencia y autonomía. Sin embargo, no siempre es así. La Pintura, por no salir del ejemplo de Haneke, ha vivido siempre en dependencia de un sector social hasta que llegó en el siglo XVIII la aparición de los públicos, que fueron vertebrados a través de los medios de comunicación incipientes. Nadie más condicionado que un pintor cuya obra, prácticamente hasta el siglo XIX, tenía la limitación de una clientela eclesial o cortesana. Decorar iglesias y palacios ocupaba la mayor parte de las demandas. Otro tanto ocurría con los músicos, empleados de obispos y nobles —como Mozart— que componían para banquetes, funerales, misas de celebración o bailes cortesanos. Las limitaciones de los literatos son también conocidas y no desenterramos muchos de sus cantos y loas a todos aquellos que les pagaban por las composiciones poéticas.

Es en el siglo XIX, con la consolidación de la burguesía y los "príncipes burgueses" cuando se desarrollan otras formas de arte para acabar de configurar lo que Pierre Bourdieu llamó el "campo estético" de cada una de ellas, con un polo de "élite" y otro "popular" como extremos de la producción. En la Literatura tendremos desde un refinado poeta hermético hasta un popular escribidor de rimas fáciles; en la Pintura el vanguardista y el que realiza amables pinturas para calendarios; en la Música, igualmente, tendremos el compositor minoritario y el que escribe los éxitos más populares bailados en las plazas. Se va completando un proceso de siglos en el que probablemente hayan contribuido las concentraciones urbanas que marcaron el desarrollo industrial de Occidente entre el siglo XVIII y el XIX, haciendo que se crearan públicos a los que era posible dirigirse directamente y poder vivir de ellos.


El proceso seguido por el cine, nacido a finales del siglo XIX, es diferente y acelerado, reclutando sus artesanos en un mundo que lo desconocía. El Cine fue, sobre todo, un arte que se fue descubriendo en cada película, sobre la marcha, lleno de personas que se descubrían a sí mismas en una profesiones anteriormente inexistentes.
Las biografías de la mayor parte de los grandes directores de la primera época del cine nos muestran ese espacio por descubrir que supuso para ellos la incorporación a una industria que solo después podría aspirar a ser arte. Este hecho es relevante porque la aspiración estética del cine tiene siempre en contra otros elementos que dependen de sus carácter industrial, el necesario para su producción. El Cine es arte solo en su resultado, pero no lo es en su proceso, que es puramente industrial. Es tras el ensamblaje final de todas las piezas cuando se puede percibir como arte. Esto no es exclusivo del Cine, pero sí el arte que más lo padece. Stendhal recomendaba a los autores que se liberaran de los condicionamientos del teatro —otro arte muy dependiente— imprimiendo las comedias, pasándose a la novela.
Señala Michael Haneke:

Los errores, al igual que en otros sectores económicos, no son tolerables: el que los cometa repetidas veces, difícilmente tendrá la oportunidad de seguir trabajando. A ello se añade como agravante la competencia de los medios de comunicación de masas que con su trivialización de los criterios estéticos y de contenido, forzada por la dependencia del índice de audiencia, no representan precisamente una escuela audiovisual compleja para el público potencial del cine.*


El segundo de los factores que indica es hoy tan importante como el primero. Trata de la trivialización del gusto estético, que es la que conlleva la perversión del propio público que deja de demandar calidad y se aleja de lo que no entiende o no satisface sus pobres y burdas expectativas.
Desde hace muchos años, cuando mis colegas le echaban la culpa de la pérdida de lectores y de calidad de la lectura —de la primera solo se quejan los editores, de la segunda solo los educadores— al cine, a la televisión y ahora a los videojuegos, he venido repitiendo una tesis que calificaría como flaubertiana: los enemigos de la Literatura son los malos libros, el enemigo de la Música es la mala música, el enemigo del Cine son las malas películas, etc.


Esa idea de "escuela audiovisual compleja", tal como la denomina Haneke se corresponde con lo que trataba de explicar: la sustitución del criterio de calidad por el de cantidad, que afecta ya a casi todas las artes en las que se trata de vender y no de educar la sensibilidad estética. Por lo mismo se escandalizaban mis colegas cuando expresaba que prefería que se leyera un buen libro al año que veinte malos.
Con ocasión de una invitación que me hizo una agrupación de profesores de Literatura, conseguí —creo— convencer a la mayoría que el exceso de lectura fácil —que era el objetivo pedagógico— no conllevaba necesariamente una afición  a la buena literatura, sino por el contrario era una forma de rechazar lo complejo que era la meta del crecimiento hasta llegar a un lector "maduro". Habían debatido en sesiones anteriores a mi intervención la necesidad de crear "hábitos de lectura", es decir, rutinas. Nada hay más opuesto al lector maduro que el que lee cualquier cosa que cae en sus manos. El objetivo de la educación no es que se lea mucho, sino que se comprenda mejor, en donde comprender supone una forma estética, una apreciación de lo que se está leyendo.

Con el cine ocurre algo similar. Las distorsiones de la capacidad de percibir, de una mirada profunda, se ven acrecentadas por esa "trivialización" de la mirada que se educa en la facilidad y el tópico.
Creo que no es casual que desde hace casi tres siglos la función del artista haya cambiado y se empeñe en oponer su mirada a la mirada general, tratando de mostrar el encierro perceptivo que vivimos en un mundo que nos maleduca en una comprensión distorsionada de nuestra propia realidad. Haneke señala el gran poder que el cine tiene para imponer esa trivialización o la propaganda sobre sus públicos:

Ninguna forma artística es capaz de convertir tan fácil y directamente al receptor en la víctima manipulada de su creador como el cine. Este poder requiere responsabilidad. ¿Quién asume esta responsabilidad? ¿Surge la fundada desconfianza de aceptar el cine como forma artística de esta responsabilidad tan frecuentemente no asumida? ¿La manipulación no es lo contrario de la comunicación? ¿Y no es la comunicabilidad y el respeto ante el tú del receptor una condición básica para poder hablar de arte en general?


Se encierra en apenas unas frases ideas que habrán pasado por la mente de Haneke en muchas ocasiones, que habrán rondado su cabeza en cada plano, en cada secuencia, en cada reacción de su público ante la pantalla. Esa visión del arte como un diálogo respetuoso no es la que impera en un mundo que tiende a la voz monolítica y a la cacofonía múltiple. Muchos se encogerán de hombros y dirán que son cosas de Michel Haneke y que le ocurre por haber estudiado Filosofía, algo casi imperdonable en una industria vocacionalmente iletrada en su mayoría y que presume de ello. Pero es el discurso de Haneke, como suele ocurrir, el que redime de sus pecados de ligereza al conjunto.

[...] además de la correspondencia entre contenido y forma, indispensable para cualquier arte, la capacidad de diálogo es y tiene que ser una característica igualmente indispensable de la producción artística, el respeto ante la autonomía del otro. Un autor que no toma en serio a su socio, el receptor, de la misma forma en que él mismo quiere ser tomado, no tiene un interés real en el diálogo.
Demasiadas veces el cine ha traicionado esa regla básica interhumana, que precisamente es también una regla básica de la producción artística. La manipulación sirve para muchos fines, no solo políticos. También atontando a la gente uno se puede hacer rico.

Desgraciadamente, son muy pocos los que en mundo del cine —en las demás artes ocurre igualmente— conciben sus obras de esta forma dialógica, saliendo tanto del comercialismo como del esteticismo aislante.
El Arte es lo contrario del hábito y la rutina; es choque y desmantelamiento, recuperación de la visión alienada. "También atontando a la gente uno se puede hacer rico", dice Haneke, una verdad incuestionable que se inscribe con letras de oro en la entrada de escuelas de negocios, empresas, tarjetas de visita de escritores, en las placas de muchos galardones... y, lo que es peor si cabe, en nuestros ministerios de educación.
Puede que no siempre se consiga el impacto, el choque profundo que Michael Haneke experimentó al enfrentarse a las pinturas negras de Goya, pero ese momento es al que deberían aspirar algunos, tanto creadores como receptores. Vivir ese momento de intensidad en el que sientes que tu mundo cambia por un verso, una imagen o un sonido, que divide tu vida en un antes y un después. Son pocos momentos y lleva toda la vida prepararse para ellos. Muchos no los experimentan nunca o son incapaces de experimentarlos por esa inmersión constante en los mares de la trivialidad.


* Discurso de Michael Haneke. Entrega Premios Príncipe de Asturias. Oviedo, 25 de octubre de 2013  El Mundo http://estaticos.elmundo.es/documentos/2013/10/25/discurso_haneke.pdf






viernes, 25 de octubre de 2013

El olvido y el artificio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Dice Annie Leibovitz que la mejor fotografía es la que nos hace olvidarnos de que hay una cámara por medio, como si no hubiera nada entre la imagen y el sujeto*. Hay un arte que apunta hacia el dispositivo que lo elabora mientras que existe otro que aspira a la transparencia de la sencillez. Para unos los dispositivos son un camino que abre nuevas posibilidades, para otros son obstáculos cuya perfección radica en la invisibilidad. Son dos formas opuestas de concebir el arte en cualquiera de sus manifestaciones y definen a sus autores y, por supuesto, a sus públicos que mantienen juicios y aspiraciones distintas. Lo que para unos artistas es construcción, para otros es desnudez, dos formas diferentes de aspirar a la perfección, en algunos casos, y al éxito en otros.
Son dos posturas contrarias que surgen de las concepciones profundas que el artista pueda tener sobre la esencia de su arte y su función. Para unos, el arte actúa como tachadura de la Naturaleza, como un recubrimiento de lo dado en bruto, mientras que para otros la pureza se alcanza en la sencillez natural.

Obviamente, las ideas de "naturaleza" que sostienen ambos son idealizaciones, posturas culturales derivadas del entrecruzamiento de un "temperamento" con una "cultura", de donde surge ese "carácter estético" que nos define en cada caso. Hay artistas que aspiran a la inocencia edénica, al silencio o al vacío en el que todo está dicho, y otros que, por contra, aspiran a erigir la torre de Babel, a elevarla un piso más dentro del maremágnum de los lenguajes, a convertir la cacofonía del mundo en coro armónico.
Nuestro arte —premeditado, manipulado y mediático— ya no tiene demasiadas aspiraciones, solo la notoriedad alcanzada por las ventas. Contagiado por las fuerzas de los mercados, deja de tener metas propias desde la estética y busca un espacio entre la rutina y la sorpresa, las dos líneas que definen el campo de juego de un arte que se ha convertido en industria de consumo.
El diario ABC nos trae hoy la entrevista con el escrito colombiano Juan Gabriel Vásquez al que se le pregunta sobre su nueva novela, distintas a lo que se esperaba de él:

Desde mi punto de vista hay dos tipos de novelistas. Por un lado, los que encuentran una misma manera de hacer las cosas como puede ser Javier Marías. Por el otro, quienes intentan rebelarse contra el libro anterior y eso es lo que me pasa a mí. Las reputaciones rompe con El ruido de las cosas al caer, mi anterior novela, en formato, voz narrativa e intenciones. La anterior era una narración de la historia de un país. Esta es una narración íntima con una memoria personal y privada. Pero las obsesiones sí que son las mismas: el pasado, la memoria, la vida...**


Esta división de los artistas entre los que logran un mantenimiento de las formas en las que expresar sus obsesiones y aquellos que mantienen las obsesiones pero necesitan la variedad de las formas, nos da cuenta del drama del artista contemporáneo, que —en los dos casos— trabaja dentro de un campo limitado: el de sus obsesiones. El artista del primer caso se ha encerrado en sí mismo; el del segundo es esclavo de su necesidad de hacer lo contrario de lo que hizo. 
La puerta que realmente abrió el Romanticismo fue cómo conciliar la monotonía de las obsesiones con la necesidad de originalidad, concepto nuevo que no se habían planteado los neoclásicos, centrados en la idea de una autoridad exterior a ellos que debía ser imitada como marca de perfección.


El arte obsesionado es una invención contemporánea, de apenas un par de siglos, porque corre pareja con la de las obsesiones individuales, surgidas de la lucha por destacar en el mar de la mediocridad del que solo el genio —un interesante debate del siglo XVIII—, en cualquiera de los campos, nos puede sacar y redimir.

El cultivo de la excentricidad —literalmente entendida— en lo artístico y en lo personal ha sido una constante desde entonces. La modificación del papel del artista por la propia notoriedad alcanzada gracias a la ampliación de los públicos por la existencia de los medios de comunicación hizo que se desviara la atención hacia él y —desde él— se enjuiciara su obra. El arte se extendió, sí, pero también el artista interiorizó la mirada colectiva, que asumió como parte de su nueva estética: el artista lleva dentro a su público como un demonio más. Y lo lleva como idealización, pero también como angustia. La obra artística pasa a convertirse, dentro de este drama estético, en una estrecha celda en la que conviven el artistas y sus fantasmas, una extraña cuadrilla en la que el público se ha convertido en una obsesión más.
Formalismos y esteticismos tratarán de desprender la obra del artista para poder comprenderla por sí misma, sin caer en la tentación narcisista. La doctrina de la "torre de marfil" no fue otra cosa que el deseo del artista de defenderse de la obsesión del público convertido en referente de la creación. Más que del público mismo —al que necesitaba para vivir, huérfano ya del mecenazgo—, trataba de protegerse de su presencia en su interior convertido en nueva obsesión, una más con la que tratar. A diferencia de las otras obsesiones, que el romanticismo se empeñó en convertir en materia estética, la obsesión del público es malsana e improductiva estéticamente hablando, aunque sea la más productiva en un sistema de mercado. Su dominación absoluta sobre el resto de las obsesiones nos lleva al arte puramente comercial, sin trascendencia, en donde este término ya no tiene las connotaciones negativas que pudiera tener, por ejemplo, para Nietzsche —tenderos y mercachifles—, sino que entra en el reconocimiento social absoluto, con el público convertido en juez único a través de las ventas. Un juez, eso sí, dirigido y manipulado para aceptar lo que se le propone y a escandalizarse con lo que resulta rentable que así sea.


El gran fracaso de la crítica y, sobre todo, de la educación. es no haber sabido corregir esta tendencia y haberle puesto los certificados de calidad, embruteciendo cada vez más el gusto, el sentimiento que juzga, tal como lo definían los dieciochescos teóricos que tuvieron que enfrentarse por primera vez con que el arte ya no se enjuiciaba desde la "autoridad" basada en la tradición, sino desde un democrático horizontalismo populista que prescindía de la historia convirtiendo el presente en una extensión ilimitada que nunca se abandona.
No se trata de abogar, evidentemente, por inútiles "dictadores estéticos", como le gustaría a Bloom, por ejemplo, guardianes del canon, sino por una legión de vocacionales sepultureros que desentierren los cadáveres estéticos que poderosas máquinas entierran cada día en la fosa común del Arte en todos sus campos, sumiendo en el olvido, el monstruo devorador, lo valioso.


Si el artista —o quienes los seleccionan—solo se preocupa de su público y los críticos y educadores aceptan ese mismo principio, en vez de actuar como contrapeso, la función del arte se diluye. También el Arte —o especialmente él— necesita de la separación de poderes: artistas, público y críticos. Al igual que en los sistemas políticos, las intromisiones de unos en los campos de otros suele tener consecuencias corruptoras. Si la interiorización del público tuvo efectos sobre el artista, igualmente lo tiene sobre la crítica, que deja de ser un arte libre y creativo, como reclamaba Wilde —una forma de arte—, y pasa a ser dependencia claudicante, agente comercial del sistema. Tanto el Arte como la Crítica —que no es juzgado de guardia, sino reflexión sobre las condiciones del Arte y la obra— necesitan de la independencia y de la autonomía para ser eficaces en sentidos amplios y diferentes de la palabra en cada caso. El Arte necesita de esa independencia interior y exterior para ser eficaz en sus funciones profundas, más allá del entretenimiento o la decoración, y la Critica exactamente igual.


Puede que cada época se merezca el arte que produce, pero puede que el arte producido anteriormente no se merezca las épocas posteriores, las que lo entierran. La función de críticos y educadores hoy es la organización de paseos guiados por el cementerio de las buenas ideas, de las buenas obras, mientras tratan de competir infructuosamente con la bulliciosa música que llega desde la feria cercana.
Es interesante que Leibovitz —una fotógrafa barroca, escénica y conceptual— comente que una de sus mejores fotografías —es su propio criterio— sea una imagen de su madre, en la que pudo obviar la barreras entre el artista y su objeto:

Una de las mejores que he hecho es un retrato de mi madre, es mi foto favorita, porque no hay barrera en esa imagen. Es como si no hubiera cámara, se desvela todo. Pero eso no se puede hacer siempre. Es difícil llegar a ese nivel de fotografía, a ese poder; es raro.*


No es fácil, como dice, Annie Leibovtiz, olvidarse de la cámara y de las barreras cuando se hace una fotografía. Tampoco lo es para el público, que va a ver fotografías, valorar la que no parece serlo. Ese "desvelamiento", esa sencillez pocas veces se alcanza y no siempre se aprecia. La pureza en tiempos de artificio no suele  valorarse mucho. 


* "Annie Leivobitz y la fotografía, ese “chico malo”" El País 24/10/2013 http://cultura.elpais.com/cultura/2013/10/24/actualidad/1382648877_384804.html
** "Juan Gabriel Vásquez: "Las novelas son más inteligentes que sus autores"" ABC 24/10/2013 http://www.elcultural.es/noticias/BUENOS_DIAS/5486/Juan_Gabriel_Vasquez





jueves, 24 de octubre de 2013

Los mayordomos o ¡cómo está el servicio (secreto)!

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mucho me temo que Barack Obama tiene un serio problema con el espionaje. El peor problema que un dirigente político puede tener con el espionaje es dejar de controlarlo, medida que, por otro lado, tiene un componente fariseo, que en términos del refranero viene a decir que "ojos que no ven corazón, que no siente". Interpretar este refrán en términos de espionaje equivale a correr el riesgo de su reverso, que es lo que le pasó a Edward Snowden, que de tanto ver, se le partió el corazón.
Una cosa es que la gente se manifieste delante de una embajada, que quemen tu bandera, que abandonen la sala cuando intervienes en la Asamblea de la ONU, que te insulten a la entrada de cualquier reunión del G8 y cosas por el estilo, y otra muy distinta que los amigos te llamen a casa a pedirte explicaciones de por qué les espías el móvil. Y es eso lo que le está pasando a Barack Obama, que queda como tonto —no se entera de lo que hacen sus servicios secretos— o que queda como hipócrita y mal amigo —lo sabe, pero lo niega—. Ninguna de las dos posturas es presentable o se pueden mantener mucho tiempo.

En la reciente película El mayordomo (The Butler 2013), que nos muestra el recorrido vital de un afronorteamericano desde los campos de algodón esclavistas hasta llegar a trabajar para los presidentes de los Estados Unidos con recorrido final en Barack Obama, se eluden probablemente esos episodios en los que el servicio de la Casa Blanca tuvo que dar excusas telefónicas: "—El señorito está en la ducha. ¿Desea dejar algún recado, Frau Merkel?".
Hemos pasado del ciberespionaje masivo, que tenía a todo el mundo preocupado, a algo muy distinto: el espionaje selectivo de los amigos o socios. Las escuchas a los mandatarios de Brasil, México y ahora de Alemania es algo más que rutina, algo más que un barrido de millones de llamadas entre las que —¡oh, casualidad!— se encuentran los teléfonos móviles de personas muy concretas.
Estados Unidos no puede negar que espía como en la mejor época de la Guerra Fría a todo el que puede. Y como puede a muchos —porque domina la tecnología que se ve y la que no se ve, porque controla las principales empresas mundiales de telecomunicaciones y de redes sociales mundiales, etc.—, pues lo hace. Hay cierto determinismo de las causas: lo que puede ser espiado, es espiado. Ya lo dijo Obama: que podamos obtener información no significa que debamos obtenerla. Pero alguien tiene problemas en la casa para entenderlo, aunque el presidente lo entremezclara con fórmulas retóricas confusas.


El problema —para Obama— es que a los que está espiando ahora el mayordomo no puede decirles muchas veces que se encuentra en la ducha, duerme la siesta o ha sacado al perro a pasear por los jardines de la Casa Blanca. Tiene que ponerse en algún momento y soltar alguna de esas frases confusas consoladoras —es más importante lo que nos une que los problemas ocasionales, viene a decir— o negarlo "todo" —aunque tampoco está claro qué es "todo", si lo que es o lo que él sabe—, como ha hecho con Angela Merkel.
Recoge el diario El País las declaraciones del portavoz de la casa Blanca sobre esta cuestión:

Tras confirmar en Washington la conversación entre Merkel y Obama, Carney dijo que los líderes de Alemania y Estados Unidos habían acordado “colaborar más estrechamente” en asuntos de seguridad. No entró el portavoz, sin embargo, en aclaraciones sobre las actividades concretas de la NSA. Alemania insiste en que “entre amigos y aliados” debería poder descartarse este tipo de vigilancia.


Hay que reconocer que la vaciedad del lenguaje de los portavoces es cada vez más irritante. Pero su función es precisamente esa, el equivalente al "señorito está en la ducha", servir de freno a las preguntas, que no se pueden ignorar pero sí eludir a través de prácticas retóricas y formularias. Ese es el arte del portavoz, desarrollar un lenguaje tal que el que ha preguntado se sienta respondido aunque no tarde en descubrir que no le han dicho o aclarado nada.
Los periodistas, en ocasiones, quedan sorprendidos por este tipo de manifestaciones en las que parece que nadie acusa de nada a nadie y nadie responde nada en concreto, y se llenan de cautelas redactoras. Estas reservas se traducen en titulares un tanto absurdos y cuidadosos: "Merkel sospecha..." (El País), "Descubren indicios..." (El Mundo) "Sospechas de espionaje..." (ABC), etc. Pero lo cierto es que nadie llama al presidente de los Estados Unidos si no tiene evidencias o tampoco se convoca al embajador norteamericano en Berlín por meras sospechas. Sin embargo, el lenguaje sigue trabajando sobre "posibles" más que sobre hechos, no porque no sean reales, sino porque la diplomacia es el arte de mirar hacia otro lado ante un interés superior, que es mantenimiento obligado de las relaciones.


Pero la diplomacia, como la paciencia, tiene sus límites. La reacción de la presidenta brasileña fue mucho más contundente y desconvocó la agenda de encuentros como protesta. Pero allí donde Dilma Rousseff se negó a ir, Angela Merkel es capaz de presentarse en la Casa Blanca y sentarse esperar a que Obama salga de la ducha, por continuar con el símil anterior. En términos de realidad supone sacarle los colores públicamente en la siguiente rueda de prensa que tengan que dar conjuntamente en cualquier foro en el que coincidan. Ocasiones no le van a faltar.
El diario El Mundo hace una descripción de la reacción de Angela Merkel que va más allá de la de una persona con "sospechas":

Según fuentes de 'Der Spiegel', "Merkel se puso hecha un basilisco" y "llamó enfurecida". "Semejantes prácticas serían totalmente inaceptables" y "en caso de resultar probadas serían desaprobadas y tendrían consecuencias" por parte del gobierno de Berlín, le habría dicho la canciller, según ha informado el portavoz de gobierno alemán, Steffen Seibert.**


Merkel no es persona que se arriesgue a tener pedir disculpas por un patinazo, por algo que después resulte no ser cierto. Las medidas tomadas ayer mismo por el Parlamento Europeo, sobre las suspensión del programa de "Seguimiento de la Financiación del Terrorismo (TFTP)", información bancaria europea para que puedan rastrear la información bancaria para mantener "su seguridad", es algo más contundente que la llamada de Merkel "hecha un basilisco", como la calificaba el diario El Mundo. Es una votación que expresa, más que el malestar, la indignación porque Estados Unidos esté abusando, literalmente, de la buena fe de los socios, aliados y amigos que han transformado una parte importante de sus actividades —por ejemplo la seguridad en los aeropuertos, los sistemas de pasaportes, etc. para adecuarlo a las necesidades de los Estados Unidos— y que ven ahora que se utilizan para otros fines las informaciones que se suministran o que se cae en el delito —que es lo que es—, con la excusa de la seguridad.

El espionaje a Merkel no puede ser por "seguridad" de Estados Unidos. Nos hemos acostumbrado —¿será por Hollywood?— a identificar, como ellos hacen, la seguridad de los Estados Unidos con la seguridad del planeta. Y no es así. Puede que ellos lo vean de esta manera, pero los demás no, evidentemente, no tienen porqué aceptarlo.
El "usacentrismo" describe una mentalidad que no es nueva, pero que se agravó con los ataques terroristas del 11 de septiembre. Pero el tratar como posibles terroristas al resto del mundo —ya sea por uso de drones, comandos o escuchas— no es la solución porque lo único que crea es más inseguridad en la medida en que crece el sentimiento de enemistad y repulsa por una forma egocéntrica de actuar. Comentamos en su momento la poco afortunada —visto desde fuera— explicación dada por Obama a sus votantes señalando que con el espionaje no se habían vulnerado los derechos de los ciudadanos estadounidenses. Es de una gran hipocresía, además de un insulto generalizado, pensar que los demás ciudadanos del mundo no tenemos derechos o que quedan reducidos ante la prioridad de la seguridad de USA.


Lo irritante del caso es la justificación del espionaje como "seguridad nacional", una especie de salvoconducto que Estados Unidos se ha acostumbrado a usar como justificante de lo muchas veces injustificable. Ni Merkel, ni Rousseff ni Peña Nieto son enemigos de los Estados Unidos. Ahora, en cambio, son amigos irritados por un comportamiento agresivo y vigilante, cuya finalidad se nos escapa, pero que tiene que tener unas autorizaciones en algún punto de la cadena invisible de mando. En algún punto están los saben por qué lo hacen, dónde va la información, quién lo ordena y quién la recibe, quién la analiza y ante quién se presenta. Los mayordomos acaban conociendo la casa mejor que sus dueños. Y cuando los dueños lo saben, como le ocurrió a Nixon, acaban mal. Richard Nixon es el mal presidente prototípico —hasta en la película El mayordomo es el pero parado— porque espió a sus compatriotas, único delito que parece ser considerado en los Estados Unidos. No otra cosa fue Watergate.


Nosotros nos contentamos con esas respuestas tópicas y absurdas en las que el presidente de los Estados Unidos promete que investigará qué pasa si es que ha pasado algo. No podemos pretender que el presidente Obama sepa qué ocurre en todos los despachos de la administración norteamericana —para eso están sus mayordomos—, pero sí que, una vez advertido lo que ocurre en su casa, tome medidas con el servicio para evitar que siga ocurriendo o corre el riesgo de que le saquen los colores en cada rueda de prensa o visita al extranjero que realice, allí donde no se pueda enviar a los portavoces a divagar.
El paso dado por el Parlamento Europeo ayer es un serio aviso a los Estados Unidos. En algún momento el presidente tendrá que salir de la ducha y atender las llamadas.



* "Merkel sospecha que fue espiada" El País 24/10/2013 http://internacional.elpais.com/internacional/2013/10/23/actualidad/1382550257_674811.html
** "Descubren indicios de que EEUU pinchó el teléfono de Merkel" El Mundo 24/10/2013 http://www.elmundo.es/mundo/2013/10/23/52680d1a63fd3dae408b457b.html?a=918f472cdc2ff8954cf47feb75901969&t=1382605188






miércoles, 23 de octubre de 2013

Todo el mundo busca un faraón

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El regreso del humorista egipcio Bassem Youssef a la televisión tras meses de interrupción de su programa es querido y temido por todos. Youssef es el presentador más popular en Egipto, un auténtico azote del poder, llevado por el aparato del depuesto ex presidente Morsi, objeto de sus aceradas críticas, ante los tribunales. Es un tópico referirse a él como el "Jon Stewart egipcio" y lo es hasta tal punto que el propio humorista norteamericano lo invitó a su programa, además de defenderle desde allí, asegurando que lo que él podía hacer todos los días sin problemas en los Estados Unidos y no le importaba a nadie, en Egipto, en cambio, era considerado poco menos que blasfemia y alta traición.
Ahora que se producirá su regreso, nos cuenta Al-Ahram Online, los partidarios de Morsi han retado a Youssef a que haga las mismas críticas al gobierno interino y al General Al-Sisi que le hizo a presidente islamista. El paso en Egipto de unos adoradores a otro es preocupante y ha sido denunciado por muchas personas, liberales y demócratas, que critican la falta de sentido democrático en beneficio de un caudillismo adulador que se centra en la persona antes que en la sociedad. Youssef ha señalado, de forma concisa, el problema:
"Truth is, it means 'say what I want'... There is no tolerance from the Brotherhood side or those who call themselves liberals. Everyone is looking for a pharaoh that fits him."*

Las políticas de adhesión incondicionales son siempre nefastas porque impiden la esencia de la política en los sistemas democráticos: la crítica. Cuando hablo de "crítica" lo hago en el sentido corrector para la mejora de las acciones y no en su caricatura, la crítica por la crítica, la pura demagogia, que padecemos en muchos países. La democracia se basa en el principio del diálogo, que es el o que se opone al monólogo de las dictaduras en donde la polifonía social se sustituye por un coro armónico de loas babosas, condenando cualquier discrepancia.
Bassem Youssef publicó un artículo tras la caída de Morsi que le honra. Siendo una de sus principales víctimas públicas, objeto constante de ataques, Youssef planteaba la necesidad de no convertir el derrocamiento de Morsi en una forma de revanchismo que desatara una caza de brujas. Había que demostrar la superioridad de las libertades, no darle la vuelta a la tortilla. Yo he sido perseguido, venía a decir, pero no quiero que se persiga a nadie. En eso consiste el difícil ejercicio de la democracia. No ha sido el único en hacerlo; han sido muchas las voces de muchos, sin ningún tipo de simpatías islamistas —y objeto de ataques muchos de ellos—, las que han advertido que el remedio no puede ser peor que la enfermedad.


Es más cómodo buscar un "faraón" que enfrentarse al día a día que supone el ejercicio de la ciudadanía. No es un problema exclusivo de Egipto, obviamente. Podemos verlo reflejado allí de forma trágica en la sucesión de poderosos que han recibido el homenaje complaciente de grandes sectores que han construido su fortuna en la adulación y el continuo medrar a la sombra del poder. Otros no han conseguido tanta tajada, pero han seguido la inercia del poder para conseguir piezas más pequeñas o una simple sonrisa de complacencia o palmaditas en el lomo.
En el caso egipcio, el cansancio tras casi tres años agotadores de continuos cambios explica esta tentación de "punto final" que para muchos justifican medidas de fuerza que pueden hacer desear de nuevo un régimen faraónico. La misma estrategia islamista de acoso en distintos sectores, en una especie de guerra de guerrillas de desgaste, no hace sino contribuir a reforzar las medidas autoritarias por el hartazgo de una transición a no se sabe bien qué, pues se ha pasado de una dictadura a un gobierno militar —el periodo de transición de la SCAF— hasta la elecciones para entrar en un democracia poco democrática que llevó al descontento popular y al regreso de los militares con un nuevo gobierno de transición que reinicia el ciclo.


El otro día recuperé en mi pagina de Facebook una canción de la cantante Youssra El Hawary, titulada El Soor (El muro), con letra del humorista político y poeta Waleed Taher.  Una amiga egipcia me comentó que era una canción "muy interesante" y con distinta interpretación según cuando hubiese sido grabada. El videoclip que la ilustra —inseparable del texto— nos la muestra tocando su acordeón junto al muro levantado para impedir el paso hacia el Ministerio del Interior, en la calle Mohamed Mahmud. Es un muro que la gente transformó con sus animados grafitis de un arcoíris de armonía y paz, niños jugando y tranquilos ciudadanos leyendo periódicos.
El muro, como objeto material y prohibición, quedaba simbólicamente tapado por los deseos de la gente, expresado en esas pinturas alegres. Al contrario de lo que mi amiga opina, creo que el mensaje de la canción es claro y aplicable tanto a los que levantan el muro —da igual cuándo o por qué— como a los que lo mantienen. La letra de Waleed Taher dice:

"Frente a la pared / Frente a aquellos que lo construyeron / Frente a los que lo hicieron alto / había un hombre pobre / que hizo pis / En la pared y en los que la construyeron y los que hicieron lo alto."**


El videoclip —que obtuvo el premio de la JMI Foundation, el Global Youth Anti-Corruption Network (GYAC) y el World Bank Institute en 2012***— fue rodado muy de mañana, antes de que El Cairo, ciudad bulliciosa, despertara. Las imágenes finales nos muestran cómo un vigilante, armado de una estaca respetable, echa de allí a los molestos intrusos que han realizado la grabación frente al muro y a la muchacha del acordeón que emprende su camino solitario —como en un final chaplinesco— rumbo a algún lugar menos hostil en el que algún sueño se pueda cumplir.
El final —el hombre del garrote—no estaba en el guión, pero sí en la realidad, que es lo que trataba de reflejar la letra y la canción.


El muro de la calle Mohamed Mahmud tiene algo de pirámide faraónica. Suelo decir a mis amigos egipcios —con ironía provocadora— que las pirámides han marcado su psique colectiva, que ese espectáculo milenario, inamovible, espectacular monumento, lugar en el que los elegidos reposan camino de la eternidad, han dejado su huella: el recordatorio de que todo pasa menos los poderosos, que siguen allí, por los siglos de los siglos, que es mejor estar con ellos que contra ellos. Como bien decía Bassem Youssef, todo el mundo busca su faraón, el que más le conviene. Es más cómodo que el ejercicio diario de la duda, que es el estado natural del ser humano. El atractivo de los portadores de dogmas es la tentación continua que la historia le presenta a Egipto. La consecuencia es el derrumbamiento de la autoestima, convencidos de que son históricamente incapaces de convivir sin caer en el caos, que siempre será necesaria una mano faraónica que imponga el orden divino o laico, según toque, con un garrote.


Cuando Bassem Youssef comience su programa, habrá millones de ojos dispuestos a medir milimétricamente sus críticas a los poderosos de forma comparativa. Estarán más preocupados por el agravio que revele la medición que por la naturaleza de los problemas que el cómico refleje con su humor.
Siempre es necesario un pobre hombre que haga pis en el muro, lo levante quien lo levante. Los faraones son eternos, pero los hombres tienen sus necesidades. La poesía y el humor son pises en el muro de los poderosos.


* "Egyptian satirist Bassem Youssef vows to pull no punches on TV return" Ahram Online 22/10/2013 http://english.ahram.org.eg/NewsContent/1/64/84504/Egypt/Politics-/Egyptian-satirist-Bassem-Youssef-vows-to-pull-no-p.aspx
** "Youssra El Hawary Scales A Wall With A Wink And A Smile" NPR National Public Radio 5/6/2012 http://www.npr.org/blogs/allsongs/2012/06/15/154951537/youssra-el-hawary-scales-a-wall-with-a-wink-and-a-smile
*** "Ganadores Fair Play 2012" JIM Foundation 2012 http://jmif.net/es/blog/article/