sábado, 13 de junio de 2020

Angustia y depresión racial en la era de Trump

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Pocos se acuerdan que el año pasado las películas que competían por los Oscar eran película antirracistas como "Infiltrado en el KKKlan" o "Green Book", que se hizo finalmente con el premio contando la historia de un racista conductor que va comprendiendo su error al trabajar como chófer de un pianista negro desclasado, formado musicalmente en la Unión Soviética. Pocos se acuerdan del éxito un poco antes de "Black Panther", llevado por Marvel a la pantalla en una de sus películas más taquilleras y bien celebrada por la crítica.
Una situación social como la que viven los Estados Unidos en estos momentos no es solo fruto de un vídeo mostrando la frialdad de un asesinato según las reglas habituales, del asesinato programado como protocolo de actuación. Eso ha sido el detonante de una situación explosiva, una mezcla de clima político y de excitación, de angustias y de jugar peligrosamente con las emociones.



La última oleada de ataques racistas fue la padecida por los norteamericanos de origen asiático o simplemente asiáticos a cuenta de la fijación de los discursos de Trump con el "virus chino".
La irritación antirracista reciente había surgido por la manipulación política de Donald Trump desde la Casa Blanca, al igual que la otra gran movilización, la de las mujeres, desde el primer día de su mandato. Los primeros comentarios que salieron a la luz tras su elección fueron todos de tipo racista. Eran la despedida de parte del pueblo norteamericano al matrimonio Obama, algo que les había resultado insufrible durante los ocho años pasados en la presidencia. Con la llegada de Trump, muchos explotaron de felicidad, como recogió la prensa en los siguientes días. No podían controlar ni el odio acumulado ni la satisfacción que les proporcionaba la llegada de una persona como Trump, que había apelado a los sentimientos racistas y antifeministas como estrategia para combatir a los demócratas. 
Ese doble sentimiento racismo y antifeminismo era su estrategia frente al legado de Obama y la amenaza de Hillary Clinton. Los supo combinar y le resultó. Fue el único candidato de las primarias que pasó de la corrección política y se mostró como antisistema, él le diría al "pueblo" lo que el pueblo quería escuchar. Y una parte quería un presidente racista que "hiciera América grande otra vez". Hacerlo implicaba una implosión, un abandonar el mundo como amenaza, dejar atrás aliados, instituciones, acuerdos, tratados, etc. para renegociar desde la fuerza. La euforia económica era su única vara de medir el éxito que parecía llevarle a la reelección... Pero entonces algo se torció.



The Washington Post titula "Depression and anxiety spiked among black Americans after George Floyd’s death". En realidad el titular se limita a la población afroamericana y a lo ocurrido con George Floyd, pero el estudio que menciona muestra mucho más:

Americans were already struggling with historic levels of mental health problems amid the coronavirus pandemic. Then came the video of George Floyd’s death at the hands of police.
Within a week, anxiety and depression among African Americans shot to higher rates than experienced by any other racial or ethnic group, with 41 percent screening positive for at least one of those symptoms, data from the Census Bureau shows.
The findings — from a survey launched by the federal government originally intended to study the effects of the novel coronavirus — indicate that the recent unrest, demonstrations and debate have exacted a disproportionate emotional and mental toll on black and Asian Americans, even as rates of anxiety and depression remain relatively flat among white Americans and decreased among Latin Americans.
The rate of black Americans showing clinically significant signs of anxiety or depressive disorders jumped from 36 percent to 41 percent in the week after the video of Floyd’s death became public. That represents roughly 1.4 million more people.
Among Asian Americans, those symptoms increased from 28 percent to 34 percent, a change that represents an increase of about 800,000 people.*

Lo que el estudio muestra es lo que el titular oculta: el fenómeno del racismo no es exclusivo contra la comunidad afroamericana, se extiende más allá a otras comunidades y por distintos motivos. Es la idea supremacista de una "América Blanca" la que extiende el racismo hacia las diferentes comunidades que coexisten en el país.
Cada país tiene una cierta imagen de sí mismo. El "mito" norteamericano favorece su propio simbolismo, el del país sin barreras, la tierra de la libertad en todo orden. Sin embargo, ese mito, que queda bien en las representaciones artísticas, no coincide con la realidad del racismo.
La muerte de George Floyd es la figura sobre un fondo de cifras, las que mostraban que tenías muchas más posibilidades de morir de coronavirus si eras afroamericano. Floyd le ha puesto cara a una realidad que se escondía tras la frialdad de las cifras, de los datos puestos en gráficos, pero que sacaban a la luz algo que era fácil de entender aunque no fácil de explicar: la terrible desigualdad en las formas de vida, las diferencias entres los hacinados en barrios y las casitas aisladas en las que un padre lanza la pelota de béisbol en ese ritual de aprendizaje repetido hasta la sociedad, pero que solo vemos a blancos hacer; mostraba que cuando enfermaban los obreros de una planta de procesado de carnes, las alternativas de sus patronos blancos eran que se quedaran encerrados en las fábricas y siguieran trabajando.
Han sido demasiados ejemplos.

The Guardian 2/05/2020

El estudio sobre la ansiedad y la depresión se concentra en cuatro grupos: afroamericanos, blancos, latinos y asiáticos. El resultado muestra que el "grupo blanco" es el menos afectado. Han comparado el periodo enero-junio de 2019 con el más reciente 28 de mayo-2 de junio y los resultados son espectaculares desde el punto de vista social, disparándose tanto la depresión como la ansiedad en todos los grupos, con dos destacados: afroamericanos y asiáticos.
La explicación de lo ocurrido para llegar a este aumento, como decimos, va más allá respecto al caso de Floyd, que es la cerilla lanzada contra el polvorín creado por años de acumular injusticias, la estrategia de irritación y confrontación de Trump a lo largo de su mandato. Floyd es el rostro, la muestra que nadie puede ignorar, que va más allá y se vuelve incontrolable. Es la puerta de salida de la furia, de la ira desatada, la energía contenida por la angustia, un ¡basta ya! que se convierte en tsunami.


Pero hay otros factores que no se deben ignorar. Me refiero a ese estado de los asiáticos norteamericanos, el otro grupo afectado de forma intensa y que muestra un mecanismo diferente del racismo:

One surprising finding in the new census data was that Asian Americans experienced the largest one-week change in anxiety and depression symptoms of any racial or ethnic group. Asians had the lowest rates of depression in 2019 — just 3 percent screened positive — but that rate has soared sevenfold during the pandemic.
For months, since the emergence of the coronavirus in Wuhan, China, Asian Americans have experienced marked racism.
“Given how this pandemic started, with discrimination against Asian Americans, it’s not hard to imagine that as the national conversation started turning back to race and racial violence, you see anxiety and depression start resurfacing,” Powell said.
Asian Americans have seen a rise in hate crimes and harassment, their businesses have been targeted by vandals and looters, and Asian doctors and nurses have been abused and physically attacked even as they help the United States fight the coronavirus.
“In my private practice, I’ve seen a huge uptick,” said Michi Fu, a psychologist in Los Angeles with expertise in working with Asian American families. “What worries me about this increase in trauma and stress are all those who aren’t seeking help because Asian Americans are especially less likely to do that when it comes to mental health. Compared to other ethnic groups, the stigma is just incredibly strong.”*

Si el racismo contra la población afroamericana tiene una larga explicación histórica, el racismo anti asiático tiene también la suya, cuyo estallido se produce precisamente en el momento en el que el presidente Trump ha convertido a China en el enemigo número 1 de los Estados Unidos, algo que ha ido construyendo y alentando desde su precampaña electoral y, por ende, uno de sus puntos fuertes, algo con lo que convencer tanto al empresariado y al trabajador. Al ser otro país, se puede descargar la xenofobia y el racismo sin tapujos, se pueden tener asesores, anti China, por ejemplo, si ocultarlo. El racismo interior, en cambio, requiere de camuflaje.
Es interesante como los dos estallidos raciales se producen de forma diferente en sus reacciones. El estallido defensivo que provoca la muerte de George Floyd y el estallido racista ofensivo contra la comunidad asiático norteamericana, atacada responsabilizando del "virus chino" ¡precisamente a los que estaba en Estados Unidos!
Han tenido que salir a la calle a decir "#yo_no_soy_un_virus" ante los ataques e insultos que han estado recibiendo. Mucho odio acumulado. Aquí tratamos el artículo aparecido en The New York Times que se dio cuenta de la monstruosidad que suponía tener que decir "no soy china", solo asiática, para librarse de los ataques. Su reflexión era que el miedo la convertía en racista, esquivando el golpe, pero no evitando que lo recibieran otros. Ese ha sido uno de los principales mecanismos de pervivencia de la xenofobia y el racismo: no va conmigo. Y que los otros aguanten su vela. No basta decir "soy japonés" o "soy vietnamita" y el virus no va conmigo.
Es precisamente este tipo de conductas el que está en la base del racismo o del abuso, el "no va conmigo"... hasta que te toca.
El movimiento antirracista en favor de la población afroamericana tiene una amplia tradición y nombres ilustres, sus mártires y héroes, con sus himnos (en estos momentos suena en mi reproductor Nina Simone con su "Four Women") y sus obras, fruto de esfuerzo, sangre y mucha energía para expresarse a través de muchas artes de enorme influencia. Los sesenta explotarán en el movimiento de los derechos civiles, pero la globalización y el neoliberalismo imperante han agrandado las brechas sociales y estas las raciales, pues no están separadas sino que son consecuencia la una de la otra.


Pero no ocurre así con la población de origen asiático en los Estados Unidos. No deja de ser interesante la reacción presidencial a los premios concedidos por la Academia de Cine a la película surcoreana "Parásitos".
Ya no hay más Pearl S. Buck que medien para comprender a otros. La película La buena tierra (1937), con cinco nominaciones con las que consiguió dos premios, basada en su novela ganadora del premio Pulitzer,  llevaba este texto en el inicio: "The soul of a great nation is expressed in the life of its humblest people. In this simple story of a Chinese farmer may be found something of the soul of China--its humility, its courage, its deep heritage from the past and its vast promise for the future."** 



Ya entonces, Buck tuvo que emprender una cruzada para que los chinos fueran vistos a los ojos de los norteamericanos como algo más que esclavos construyéndoles el ferrocarril y muriendo junto a las vías, como algo más que perversos invasores a los que había que mantener a raya.
Hace tiempo le dedicamos una entrada del blog a Pearl S. Buck que creo que tiene cierta actualidad a lo visto de lo sucedido. No se trató solo de una mujer que amaba a China, sino de una escritora que hablaba de China en un contexto social que seguía siendo profundamente racista.
Podemos ir a la Wikipedia y encontrar una completa información sobre lo que supuso el "Acta de Exclusión China" y sus consecuencias posteriores. Este es el principio, pero recomiendo que sea leído el artículo en su totalidad:

The Chinese Exclusion Act was a United States federal law signed by President Chester A. Arthur on May 6, 1882, prohibiting all immigration of Chinese laborers. Building on the 1875 Page Act, which banned Chinese women from immigrating to the United States, the Chinese Exclusion Act was the first law implemented to prevent all members of a specific ethnic or national group from immigrating.
The act followed the Angell Treaty of 1880, a set of revisions to the U.S.–China Burlingame Treaty of 1868 that allowed the U.S. to suspend Chinese immigration. The act was initially intended to last for 10 years, but was renewed in 1892 with the Geary Act and made permanent in 1902. These laws attempted to stop all Chinese immigration into the United States for ten years, with exceptions for diplomats, teachers, students, merchants, and travelers. The laws were widely evaded.[1]
Exclusion was repealed by the Magnuson Act on December 17, 1943, which allowed 105 Chinese to enter per year. Chinese immigration later increased with the passage of the Immigration and Nationality Act of 1952, which abolished direct racial barriers, and later by Immigration and Nationality Act of 1965, which abolished the National Origins Formula.[2]***

Creo que es un caso insólito el tratamiento dado a los chinos emigrados a los Estados Unidos, país que pronto empezó a mirar a Asia, especialmente a China, con ojos diferentes. Pese a ser una aliada en la Guerra Mundial frente a Japón (que había invadido parte de China), el año 1949, el triunfo comunista en la larga guerra civil china acabó con cualquier esperanza de relaciones normales. La amistad se perdió en el camino.
El estudio que nos muestra The Washington Post muestra esa ansiedad y depresión en la era de Trump. El estallido que abarca todos los Estados Unidos y que se ha extendido a buena parte del mundo desborda ya el espacio, pero deja oculta la xenofobia que se ha manifestado en todo el mundo hacia la comunidad china que no tenía culpa alguna en la expansión del coronavirus pues estaban en diferentes países cuando estalló. Pero para muchos ha servido de excusa encubierta para que se cerraran tiendas o comercios, para deshacerse de competencias.
Se han utilizado los medios para crear un ambiente xenófobo que han pagado las personas que menos culpa tienen, en Estados Unidos los asiáticos norteamericanos y en otros los estudiantes, los dueños de tiendas y comercios, los empresarios que no tenían culpa algunas.


Hoy las comunidades africanas, árabes o hispanas tienen sus asociaciones de protección de sus derechos y todo tipo de defensores para evitar que se confunda, por ejemplo, a todo musulmán con un terrorista. Sin embargo, no ocurre así con las comunidades asiáticas, que prácticamente aguantan en silencio las afrentas. Tuvieron que bloquear las cuentas, sin justificación, alguna a los chinos residentes en España para que estos salieran por primera vez a la calle.
La BBC, la CNN, France24 tienen todos programas del tipo "InsideAfrica". De Asia solo algunos tienen programas de información económica dada la importancia. Pero parece que hay poco interés en conocerse más allá de tópicos y estereotipos negativos. El tratamiento informativo de la pandemia ha hecho sonrojar a más de uno (me refiero a España) con aspectos claramente xenófobos, cuando no racistas. Todo el mundo puede decir cualquier cosa de los chinos, sin freno, con la seguridad de que nadie va a responder recriminando las actuaciones. Por poco simpático que pueda resultar el régimen, lo que se hace va más allá de la política y su traducción es en violencia sobre los que están más acá de la Gran Muralla.


Sé de lo que hablo. De algo anterior a la pandemia, de algo más allá de Trump. He visto cómo se han comportado personas e instituciones, cómo se polarizaban y he escuchado cosas que no pensaba escuchar.
Angustia y depresión no son estados positivos y menos si estos tienen un comportamiento que afecta a los grupos como forma de discriminación racial. Los más afectados, afroamericanos y asiático americanos, viven una situación diferente. También los hispanos han vivido una situación de estrés desde que Trump empezó a expulsar y a querer construir muros, desde que se separaban hijos de las familias como forma disuasoria de la inmigración desde el Sur. No sé cómo medir ese estrés, el de las familias con niños lejos, tal como denunciaron los propios medios norteamericanos.
El racismo no es un problema exclusivamente norteamericano, por supuesto. Pero es allí desde donde, por el poder de la industria cultural, salen muchos estereotipos y modelos negativos sobre el mundo (incluidos nosotros).


La gran factoría de las representaciones mediáticas está en los Estados Unidos. Los medios, de la televisión al cine, pasando por la prensa o la literatura, recrean el mundo según los intereses de grupos económicos, políticos, religiosos o étnicos. No es nuevo, pero sigue siendo real. Siempre han necesitado estigmatizar a alguien de fuera o de dentro, según tocara, hasta llegar a un maniqueísmo que hace irreconocible el mundo.
Por eso es esencial abrir el mundo a otras visiones, del cine a literatura, tratar de comprender el mundo desde ópticas diferentes, estudiar las relaciones interculturales para tratar de comprendernos mejor y no de ridiculizarnos desde la superioridad de hipotéticos destinos manifiestos.


Angustia y depresión son síntomas ante nuestro presente. Estamos en el siglo XXI viviendo con mentalidades de siglos anteriores, pero con una capacidad menor de actuar desde la educación. Hemos abierto la Caja de Pandora de las tecnologías que sirven tanto para extender mensajes racistas como para levantar al mundo indignado con el vídeo de George Floyd asesinado en nueve interminables minutos, una agonía en directo.
Vivimos en un mundo contradictorio cuyos valores se fragmentan. Las redes pueden convertirse en una escuela de contravalores, de desinformación y anular el papel de la educación, convertida en acumulación de conocimientos para ganarse la vida y no para construir un mundo mejor. Es lo que estamos viendo cada día.


Hace mucho tiempo escribí que la última frontera era la idea de "raza", creo que el tiempo me da desgraciadamente la razón. Seguimos considerando al otro distinto como una amenaza. Avanzamos en la igualdad de otras distinciones, pero somos incapaces de aceptar la diversidad de pieles.
Lo intolerable es que se haya aprovechado una pandemia para poner de nuevo sobre la mesa los prejuicios y odios existentes desde hace mucho tiempo, como nos comentaba el artículo de la Wikipedia sobre el Acta. La pandemia nos ha mostrado (y quizá demostrado) que se muere más según el color de tu piel, que ese color determina dónde vives y en que trabajas, cómo te van a atender los servicios médicos o si careces de ellos. Nos ha mostrado que las estadísticas poblacionales se van al traste y no se corresponden con las muertes. Pero era lo mismo que mostraban las poblaciones de las cárceles o los ejecutados en sillas eléctricas, cámaras de gas o inyecciones letales. Son las mismas estadísticas que reflejan los errores judiciales y las condenas más largas. Todo forma parte del menú racista que el coronavirus, sin pretenderlo, deja al descubierto. Lo intolerable es que las personas asiáticas, estén donde estén, sean vistas como parásitos ellas mismas. Son reacciones que muestran que más allá de nuestra seguridad estamos llenos de prevenciones alimentadas cada día por estereotipos que alimentamos.


Comienza ahora una epidemia revisionista, cuya función es lavar la imagen de las empresas, no verse acusadas de programar lo que antes programaban. Da igual ganar dinero con una que con otras. Es fácil cambiar una película. ¿Recuerdan la escena de la película de Spike Lee en la que los neonazis disfrutan de la visión privada de la película "El nacimiento de una nación", el clásico de D.W. Griffith, considerado por algunos la mejor película de la historia del cine? ¿Recuerdan el jolgorio con los linchamientos o las quemas del Klan? Es fácil dejar de programarla y convertirla así en objeto de culto racista, si ya no lo era.


Las dos comunidades presentan perfiles distintos, pero padecen síntomas de angustia y estrés. ¿Hay forma de rebajar las tensiones? Es difícil cuando se están alentando los conflictos raciales y xenófobos desde la presidencia y desde los medios. Parece que el racismo de Trump ha quedado claro tras muchas manifestaciones (ya tiene la guerra que necesitaba), pero el que se está ejerciendo sobre la comunidad china tiene matices muy diferentes al camuflarse de política y tener así más apoyos. La comunidad  afroamericana ha sacado sus "raíces" (recordemos el bestseller reivindicativo de Alex Hailey en los 70) de África y se reivindica "estadounidense" con sus propias características? ¿Ocurre lo mismo con la comunidad chino-americana? Parece que no y el tener un referente, la propia China, les está creando un efecto colateral negativo? No deja de ser curioso que muchas de las películas norteamericanas con historias con China de fondo, tengan precisamente como objeto las distancias entre el país de origen y los Estados Unidos, es decir, entre las viejas generaciones y las nuevas que tratan de conjugar la herencia poderosa con las nuevas formas de los Estados Unidos. Parece como si fuera necesario distanciarse para no ser arrastrados por el creciente conflicto de rivalidad chino norteamericano, que parece marcará las próximas décadas.


Una campaña potenciada por chinos americanos usa la  necesidad higiénica  de lavarse las manos para expresar que hay que limpiarse las manos también del odio que se acumula en ellas. No es mala la idea y es un gran paso para tratar de frenar un problema que nos destruye a todos, en un sentido u otro, que nos deshumaniza. Hay que condenar cualquier forma de racismo o de xenofobia, más en estos tiempos en los que proliferan por todas partes. Las personas no son países o virus. Son personas, con igual dignidad.
Corremos el riesgo de pensar que el racismo es solo lo nuestro y no lo que se aplica a los demás, disfrazándolo de otras cosas. Esa ha sido la astucia de los racistas siempre, disfrazarse para esconder sus motivaciones reales. Ni ocultarlo ni convertirlo en instrumento camuflado.


*  Alyssa Fowers y William Wan, "Depression and anxiety spiked among black Americans after George Floyd’s death"  The Washington Post 12/06/2020 https://www.washingtonpost.com/health/2020/06/12/mental-health-george-floyd-census/
** AFI Catalog "The Good Earth" (1937) https://catalog.afi.com/Catalog/MovieDetails/8507
*** "Chinese Exclusion Act" Wikipedia https://en.wikipedia.org/wiki/Chinese_Exclusion_Act




viernes, 12 de junio de 2020

Quejas y advertencias de los científicos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La OMS ha señalado que la pandemia, en cifras globales, sigue su curso y ya hay 7'5 millones de contagiados en el mundo, además de 420.000 personas fallecidas. A nadie se le escapa a estas alturas que estas cifras, siendo altas, no revelan más que aquello que captamos, que no serán más bajas, pero que sí pueden ser bastante más altas. En una situación de este tipo, además, el aumento de las cifras de hoy acelera las de mañana pues aumentan las probabilidades de nuevos casos cuando aumentan los casos. Por eso la obsesión con la detección temprana de los brotes y la trazabilidad, es decir, evitar que un caso se multiplique y se convierta en cientos o en miles al diseminarse el contagio. La ilusión que ofrecen nuestras desescaladas solo es posible bajo una muy atenta vigilancia y responsabilidad de no hacer todo aquello que favorece la difusión del coronavirus.
Por muchas islas que queramos crear, al aumentar de nuevo la circulación, aumentan las probabilidades de cada contagio y cada contagio es el principio de una cadena de contagios nuevos que, si no se frena, se hace imparable. Por eso, lejos de quedarse satisfechos, los científicos tienen que poner en guardia a la sociedad advirtiendo de las consecuencias de la relajación, como comentábamos ayer. Los políticos venden recuperaciones y éxitos donde sobra mucha parafernalia y hace falta más seriedad y sinceridad.


Tenemos los ejemplos terribles de los Estados Unidos, Reino Unido, Brasil y Rusia, otros modelos también que comienzan a ser cuestionados desde dentro, como el sueco, y otros que se cayeron por el camino, como Singapur. 
Podemos decir que Trump es el peor presidente en el peor momento, pero la respuesta negacionista y conspiratoria de una parte de la sociedad norteamericana, con su presidente al frente, ha sido la real causante de la situación patética de una potencia mundial que se desangra con más de 113.000 muertos y dos millones de contagiados, de nuevo, mal contados. Ni la Biblia ("Jesús es mi vacuna", decían algunos) ni las armas, satélites o las sanciones o salidas de los organismos internacionales ha llevado a los Estados Unidos por el camino razonable, con un presidente creyente en la inyección e ingestión de desinfectantes, capaz de extenderlo en una rueda de prensa en la Casa Blanca.


El diario ABC reproduce una información de EFE con el titular "Los científicos creen que los gobiernos han fallado en su lucha contra la pandemia". La explicación que se nos da de esta acusación es la siguiente:

El «fracaso colectivo» de los gobiernos en el control de la propagación global del SARS-CoV-2 es «decepcionante pero predecible», señala un grupo [de] científicos, para los que la complacencia, combinada con más de un decenio de recortes en salud, pilló desprevenidos a los gobiernos cuando apareció el Covid-19.
En un comentario publicado en la revista Nature Medicine, investigadores de distintas instituciones del mundo, entre ellas el ISGlobal de Barcelona, repasan la gestión de la crisis y proponen medidas, divididas en seis áreas, para mejorar la respuesta en esta y futuras pandemias.
«Ante la creciente amenaza de esta epidemia, las naciones del mundo tenían que unir sus fuerzas y luchar juntas. Fallaron en hacerlo», subrayan Jeffrey Lazarus (ISGlobal) y sus colegas.
Y es que, argumentan, el exceso de confianza de los gobiernos y las organizaciones internacionales ante la inevitable aparición de nuevos patógenos virulentos, combinada con más de un decenio de recortes generalizados de la financiación «en nombre de la austeridad», pilló por sorpresa a los gobiernos cuando apareció el Covid-19.*


No les falta razón, en términos globales. La dificultad de parar el mundo solo es comparable a la de tratar de encontrar con pocos recursos la solución a una enfermedad de estas características. Quizá muchos hayan cambiado su percepción de lo que supone poder ponerse una vacuna contra la gripe cuando llega el invierno, un acto que por repetirse cada año no parece sencillo, fácil, casi espontáneo. Nada más lejos de la realidad. Es una pena que no se pongan de moda los biopics de científicos, de lo que costó encontrar remedios contra enfermedades que se llevaban por delante millones de personas cada año. No saben que eso tan sencillo de lavarse las manos es el resultado de descubrimientos sobre lo que era una infección y que se tardó siglos en establecer la desinfección como algo esencial porque tampoco se tenía claro qué era una infección. Por eso es un espectáculo desolador escuchar el "¡Jesús es mi vacuna!" o ver al presidente de los Estados Unidos con una Biblia en la mano en un sesión fotográfica. Como bien le dijo un periodista de la CNN, "¡Ábrela!", algo válido tanto para la biblia como para su mente.


En las grandes discusiones sobre economía que escuchamos todos los días y la forma de salvar los restos del naufragio, sin embargo, apenas vemos debates sobre la financiación de la investigación científica, que es en realidad en donde se encuentra la solución más inmediata. La necesidad de "reabrir" la economía, es decir, la actividad social productiva y de consumo, choca con el lógico efecto inmediato de aumentar el número de casos. No hace falta ser muy despierto (no no estar muy ciego) para comprender que el aumento de la actividad interactiva presencial aumenta el riesgo de contagio y que cada nuevo contagio aumenta el de otros nuevos.
Nuestro problema principal viene esencialmente de a) los que creen que ellos tienen menor riesgo o que son inmunes (la estrategia de tranquilizar diciendo que solo los mayores con patologías previas morían se ha mostrado equivocada y peligrosa en diversos sentidos); b) los que no les importa, ya sea por necedad personal, excepcionalismo, exceso de ego o cualquier otra circunstancia (hemos visto ejemplos variados por todo el mundo); c) los que creen que, como lo han pasado, no tienen problemas, algo que no sabemos; d) los asintomáticos irresponsables, es decir, que deciden que si no tienen problema siguen a lo suyo; y e) los que no guardan cuarentena cuando hay motivos fundados para hacerlo. Por supuesto, hay un f) los negacionistas, los que creen cosas como que es una conspiración con las redes 5G de fondo o tonterías similares. Todos son peligrosos porque niegan o se niegan lo evidente: las muertes y los enfermos, las secuelas posteriores, el hecho del contagio. En distinto grado, son muestras de irresponsabilidad ante los otros. Esto no es cuestión de libertad, pues no puede haber una forma de libertad individual que cause daño a los demás.


Por eso se está avanzando en distintas direcciones tratando atacar la enfermedad en su origen, pero también en su expansión y es ahí donde todos jugamos un papel esencial, reduciendo movimientos innecesarios, tomando medidas, previniendo. Sin algún tipo de refuerzo, el tiempo juega en contra de las medidas sociales, que son más difíciles de sostener cuando la gente empieza a hartarse, aburrirse o cualquier otro sentimiento de rechazo, incluido, la angustia por tener que ganarse el pan.
El artículo señala que la pandemia se debe combatir más allá de los laboratorios, que hay una serie de áreas que se deben tratar. Esto no es una "enfermedad rara"; es justo lo contrario, por ello se deben cuidar las formas de propagación:

Estos científicos indican que las vacunas y los tratamientos son fundamentales, pero los gobiernos también deben dar prioridad a otras áreas. En este sentido, proponen medidas en seis campos.*

Esos seis campos los recogemos aquí de forma sucinta:

Mejorar la comunicación sobre salud pública y sus conocimientos
Facilitar una vigilancia y una notificación sólidas
Desarrollar la preparación para la pandemia
Fortalecer los sistemas de salud
Garantizar la salud y equidad social
Estrategias de confinamiento y desconfinamiento integrales



Creo que las seis iniciativas son puntos sólidos de partida. El primero es esencial, pues se ha demostrado, en diferentes fases y momentos, lo poco preparado que han estado medios e instituciones para comunicar eficazmente con la población.  Se dirá —y es cierto— que los medios tampoco han recibido buena información. Esta pandemia está mostrando la necesidad de comunicadores creíbles en la época de la desinformación, la redes sociales y las "fake news", algo que existía antes pero que ha jugado un papel esencial en nuestro estado actual. También los medios han tenido que aprender, sí. Unos lo han hecho mejor y otros peor. Los dos siguientes puntos tienen que ver también fuertemente con la información y su eficacia de transmisión manteniendo conectadas las instituciones; también con la construcción de sistemas de detección. Los restantes tienen que ver con la mejora de lo que ha sido deteriorado en muchos países, los sistemas de salud, uno de los focos de desigualdad más acusados. Lo hemos visto en muchos países, las diferencias entre sistemas sólidos, con buenos profesionales e instalaciones, pero reducidos a mínimos por las políticas de recortes y los empujones hacia sistemas privados que nos siempre funcionan como deben. La salud no debería ser un negocio, sino un logro global. Pero por lo que estamos viendo ahora alrededor de la carrera de la vacuna por parte de algunos países, hay pocas esperanzas de que esto llegue a ser global.


Como bien señalan los científicos firmantes en Nature Medicine, "las naciones del mundo tenían que unir sus fuerzas y luchar juntas". No lo hacen. Es difícil hacerlo cuando existen tales diferencias de condiciones entre unas y otras, no solo económicas, sino culturales. La pandemia ha demostrado que no existen fronteras y que los seres humanos quedamos igualados por un coronavirus saltado desde algún murciélago y paseado por los seres humanos en un planeta que se nos queda pequeño, con una naturaleza estresada y a la que explotamos sin cuidado.
Los gobiernos han fallado, sí. Lo han hecho más allá de sus errores puntuales en este caso. La falta de previsión, el hacer oídos sordos a la advertencias sobre que esto podía ocurrir tras cinco avisos recientes, el aprovechar la circunstancias para las guerras político-económicas, la falta de solidaridad, el horror de las estrategias de contagios masivos, el desmantelamiento de lo público confiando todo a la rentabilidad... Cada uno podría añadir algunos otros errores y vicios.
La pregunta es ¿aprenderemos para la siguiente? Si no se unen fuerzas y se priorizan los recursos para el futuro, esto, nos advierte los científicos, volverá. Y no habrá excusas.



* "Los científicos creen que los gobiernos han fallado en su lucha contra la pandemia" ABC EFE 11/06/2020 https://www.abc.es/sociedad/abci-cientificos-creen-gobiernos-fallado-lucha-contra-pandemia-202006112259_noticia.html



jueves, 11 de junio de 2020

El día incrédulo del doctor Simón

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No sé yo si no estaremos mitificando esto de la "nueva normalidad". Lo digo por el tono convencido con el que lo dicen muchos presentadores televisivos, como dando por hecho que es algo tangible, algo que casi dan ganas de pedirlo por Amazon. Es lo malo de las etiquetas. La gente entiende cosas distintas y, a falta de mejor definición, se imagina un escenario ajustado a lo que las cosas le gustaría que fueran. Mucho me temo que los medios televisivos, muy dados a esto, hayan contribuido con su convencimiento y repetición a la creación de unas expectativas hechas a medida.
Quizá por eso, los expertos están un poco asustados, sobre todo después de ser utilizados como parapetos políticos y querer ser llevados ante los tribunales con denuncias por estafa epidemiológica, creación de falsas expectativas y de fabulaciones varias. Los ataques al doctor Simón  demuestran  que aquí todos han trabajado según las "evidencias científicas" y siguiendo las "recomendaciones de los expertos", que son los dos mantras más repetidos.

Los científicos van aprendiendo de los políticos y empiezan su contraofensiva ante los más que posibles rebrotes en el horizonte, no provocados por la naturaleza sino por nuestra natural ceguera y deseo de ver el mundo más favorable. Por eso, estos días aparecen los artículos dedicados a problemas en sectores diversos y los posibles efectos de esta desescalada, que es más bien un puenting.
En realidad, el concepto de "desescalada" contiene un equívoco esencial: aquí, hasta el momento, no hay otra forma de prevención que la distancia, el aislamiento y la higiene. Todo lo demás es poesía. Por eso, en cuanto que se relajan las medidas citadas, rebrotan los casos. Si abrimos fronteras, playas, hostales, guarderías, chiringuitos playeros, etc. y no tomamos las medidas obvias y necesarias, las probabilidades aumentan y los casos crecen. No requiere mucha explicación, pero hay que querer entenderlo.

El drama de los gobiernos de cualquier país es que hagan lo que hagan sufren un enorme desgaste. Si muere la gente, se les acusa de ocuparse de la economía; si la gente muere menos por lo antes señalado, entonces se les acusa de arruinar la economía. Sí, mal momento para llegar al poder. 
En España tenemos tantas fuentes de poder y tan repartidas, que la bronca es fenomenal porque siempre hay a quién acusar en cualquier nivel. Yo te doy con la "manifestación" en la cabeza y tú me arrojas las "residencias". Es la nueva normalidad temática, se pelean como antes pero con temas nuevos.
El ABC nos cuenta la sesión del doctor Simón —quien ha pasado por todas las fases de popularidad (incluido en ABC), del amor al odio, según barrios — en la que nos advierte de los próximos peligros, como es su obligación, y apunta a posibles causas:

En su rueda de prensa diaria, Simón ha alertado de que este número podría ir en aumento «a medida que se abren fronteras», por lo que todas las comunidades «van a tener que hacer un esfuerzo para controlar los casos y sus contactos». «Se van a modificar los plazos y las cuarentenas; eso se modifica a medida que se van teniendo evidencias».
Los 96 casos importados confirmados desde el pasado 11 de mayo corresponden a personas de determinados grupos que gozan de exenciones en las restricciones de movilidad y que vienen a nuestro país por causas de fuerza mayor o a trabajar, como pueden ser los diplomáticos. Y algunos vienen de zonas de alto riesgo.
De hecho, según ha explicado el doctor, uno de los tráficos aéreos más importantes de España es con América, tanto Estados Unidos como América Latina, pero también pueden venir de otros países de la península Arábiga, el sudeste asiático o el norte de Europa.
«Y ese es el reto que tenemos que poner en marcha», porque estos pequeños brotes, «si no se aplican medidas de prevención y control, podrían dar lugar de nuevo a transmisión comunitaria». Para evitarlo, se está reforzando Sanidad y Exterior, que ya «está haciendo un trabajo enorme para reducir los riesgos».
El director del CCAES ha puesto como ejemplo Portugal, donde la evolución de la epidemia ha sido «muy buena desde el primer momento», pero en los últimos días ha sufrido un repunte de casos que han alcanzado los 421 notificados ayer, de los que 380 (un 90 %) se detectaron alrededor de Lisboa. «Se están haciendo todos los esfuerzos, pero esto nos tiene que poner en guardia para la detección precoz de cualquier brote».*



No sé cuantos diplomáticos entran y salen de España diariamente, pero quizá sea un poco exagerado responsabilizarlos del próximo brote. Me imagino que sus países de origen tendrán un mínimo de cuidado —como debemos tenerlo nosotros— con su personal diplomático y tendrán también sus estrictas normas de comportamiento. No sé si es el ejemplo más afortunado, sobre todo ahora que le estamos abriendo las benditas puertas del Paraíso Vacacional a todo el mundo, reduciendo cuarentenas, distancias, etc. todo ello por la buena causa de apuntarse la normalidad como algo propio.
No sé si habrá turistas que lleguen de zonas de alto riesgo, como, por ejemplo, del Reino Unido de Boris Johnson, al que los escoceses le quieren levantar fronteras.


Tan cuidadoso está el doctor Simón que ha dicho, según ABC, que no hay que fiarse mucho de los test porque hoy estás sano y al día siguiente das positivo y ya está el lío. Muchos se toman el test como la garantía de 2 años de la lavadora. Pues no, no funciona así. Cualquiera puede salir feliz al saber que no está contagiado, irse a celebrarlo con los amigos y pillarlo. Así de cruel. Hay que contener las alegrías, algo que no han hecho —como se temía— en el gol del Rayo,  el primero después del desierto futbolístico, medio partido a puerta cerrada.
El doctor Simón debía tener el día incrédulo porque, tras hundir en la miseria a los test sus resultados por efímeros, arremetió contra otro signo visible, la toma de temperatura:

Otra como la toma de temperatura «no es la panacea para nada: sabemos que tiene más impacto psicológico, y un impacto importante, en las precauciones que un pasajero va a tomar que en la detección». «Se pueden detectar algunos, pero no va a ser la solución», ha dicho Simón y ha insistido en que «va a ser el seguimiento y la responsabilidad de los pasajeros, los 'tour' operadores, los aviones, etc., identificar los casos y sus contactos».*

Nuestro gozo en un pozo. Y nos quedan solo dos valores de referencia, dos hitos: la mascarilla y la responsabilidad de las personas para mantener distancias. Las primeras han bajado de precio y la gente se ha pasado al diseño reciclable; la segunda, la responsabilidad, es un bien escaso.
Se vuelve a insistir en las mascarillas, pero hay tal cantidad de excepciones y excusas, que con ir con una botellita de agua en la mano y lucir unas deportivas, ya eres medio olímpico y te has librado de la bronca.
Al final queda lo esencial: la responsabilidad personal y las medidas de transformación del entorno para hacer que la responsabilidad tenga algún sentido. La adecuación de los espacios sirve de poco sin responsabilidad personal y la responsabilidad sirve de poco si no puede estar en un espacio seguro.
Pensar que los rebrotes se producirán por el personal diplomático llegados del extranjero, no creo sea muy pertinente. Aquí tenemos coronavirus suficientes como para no necesitar de importación. Lo malo es que nos acostumbremos a ver cifras donde deberíamos ver personas. A eso y mucho más somo capaces de llegar por la llamada "economía", que en realidad es otra cosa, los negocios.


Lo cierto es que cada vez que se ha relajado alguna medida, los expertos y personas con sentido común han puesto el grito el cielo llamándonos irresponsables y con razón. Se ha abusado de perros, niños y ancianos sacados a pasear, incumpliendo casi todas las normas y advertencias. Uno va por la calle apartándose de aquellos que van sin máscara, que siempre te pueden decir que son alérgicos, que la acera tiene más de dos metros o que ancha es Castilla. Tenemos respuestas y justificaciones para todo.
Tiene razón el doctor Simón. Al final todo está en nuestras manos, eso sí, conveniente y frecuentemente lavadas.


* "Fernando Simón avisa de casos importados: 96 en un mes, 24 de ellos en última semana" ABC 11/06/2020 https://www.abc.es/sociedad/abci-fernando-simon-avisa-casos-importados-96-24-ellos-ultima-semana-202006110232_noticia.html





miércoles, 10 de junio de 2020

Un largo y vergonzoso etcétera

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No sé si es que estamos todos muy quemados con esto del confinamiento, la situación económica o el estrés de volver a encontrarnos, de subir en un ascensor o de coger número para la carne, la tensión de que te corten el pelo o por llevarlo largo, no sé... pero lo cierto es que el tono de la llamada "crispación" se está elevando a cotas impensables. Pongamos que hablo de "golpe de estado", "traidores", "asesinos", "terroristas", "hijo de terrorista"... y un largo y vergonzoso etcétera.
Nuestros políticos ha decidido asemejarse (¿o es al contrario?) a los comentaristas post artículo, esos que se están insultando ya desde el segundo comentario. El espectáculo es poco o nada edificante, incluso más bien desolador para cualquiera que no participe de este furor insultante. Al menos, los que se insultan en los espacios de comentarios (¡lástima de palabra!) piensan en sus familias y se ponen pseudónimos, pero nuestros políticos —asesorados por sus expertos en comunicación— insultan a pecho descubierto y garganta desgarrada. Algunos han desarrollado un estilo contenido con el que pretenden transmitir una calma controlada, una frialdad meditativa, pero no nos dejemos engañar. Es solo práctica. No sé si la adquieren frente al espejo o si se entrenan con compañeros de partido, pero algunos se crecen en esto del insulto a falta de ideas.


Parte de la prensa empieza a avisar de los estragos que los políticos causan con sus peleas, que son contagiosas y deprimentes. Lo mío es solo un voto, ya lo sé, pero por si les interesa a los que se lo disputan, cada día no es que esté en el aire, es que está en el fuego de la ira y en el cajón de la desilusión. Y va a ser difícil que salga de ahí porque ya no se libra nadie de esta otra epidemia nacional, verdadera vergüenza ajena porque la propia no les funciona.
Aquí, el que no prometía "nueva política" prometía "renovación", pero el problema es que lo que nos están ofreciendo en general tiene poco de novedoso o de renovado. Este crescendo constante, hasta el infinito y más allá del insulto, debería parar y la gran pregunta es ¿saben hacer alguna otra cosa? 
Tengo serias dudas, porque hace mucho tiempo que los partidos decidieron apostar por la telegenia y esta es más atractiva saltando a la yugular del contrario y hace conmoverse al depredador que todos los españoles llevamos dentro. Nada convence más que un buen insulto. Eso te hace subir puntos en el partido y te mandan a las teles, te nombran portavoz y allí demuestras tu ingenio insultando, ridiculizando a los otros. Y eso es lo malo, que no es simple y corregible "mala educación", sino estrategia calculada, resultado de sesudos estudios y entrenamiento personal.


Como norma general, el nivel de los insultos suele reflejar el estado de las encuestas. Como resultado del fraccionamiento de nuestro parlamento, en vez de ser polifónico y coral, se ha convertido en un espacio para llamar la atención y rascar votos a los próximos y a los lejanos. Con el bipartidismo hasta insultar era más sencillo, porque no tenías que vigilar tus espaldas; el contrario lo tenías enfrente. Con el caos ideológico-territorial que tenemos en estos momentos, te pueden llover insultos desde todas las direcciones del espectro (en los dos sentidos) político. ¿El pluripartidismo era esto? Pues, sí, eso parece.
Álvaro Antón escribía hace unos días en El Periódico:

Ya no existe el político honrado. Ahora se habla para desacreditar a otros partidos cayendo el sensacionalismo político. Esta situación me genera una profunda tristeza. Los insultos que hemos oído en los últimos días ("hijo de terroristas", "golpistas", "dictadores") demuestran irrebatiblemente que la política española no progresa. Es patético y deprimente.
¿Qué esperanza tiene un pueblo que desconfía de la política? Si no creemos en ella, estamos perdidos. Basta ya de discursos políticos tan agresivos y deplorables. Basta de jugar con nuestra democracia. Basta de la pasividad social, si algo no nos gusta, ¡que nos oigan! Basta del abuso de poder y las mentiras. Basta. Basta. Os lo suplico.*



Habrá que empezar a suplicar, ya que todo lo demás no funciona. Creo que muchos podemos identificarnos con la repulsa y sus efectos destructivos sobre algo digno, como es el ánimo político. Estamos desanimados políticamente porque experimentamos un rechazo, no sé si congénito, a estas formas y estrategias.
Lo cierto es que debe funcionar, porque te lleva a la Casa Blanca o te permite recorrer Brasil a caballo repartiendo insultos y besos a los niños para pasarte por la bossa nova la distancia social de la pandemia que niegas.
En España hicimos durante mucho tiempo lo del "poli bueno y el poli malo" en la política, pero se dejó atrás. Ahora todos quieren ser Hannibal Lecter (no sabía que existe una Hannibalpedia, lo cual dice mucho).
Vivimos en un ecosistema informativo y la política se ha adaptado a ello. Eso implica una presencia constante para frenar el olvido rápido, un griterío permanente para llamar la atención y un descrédito a todas horas del otro, al que se reduce a saco de boxeo.
El problema de muchos es que el estómago no nos aguanta ya tanto. El artículo de Antón se titula "Si no creemos en la política estamos perdidos", pero ¿es lo mismo creer en la política que en los políticos, se pueden separar? Quizá el truco de los políticos sea hacernos creer que la política son ellos. No voy a decir que no me representan, porque están ahí; pero sí que no me identifico. A ellos les dará igual, pero a mí no.


* Álvaro Antón "Si no creemos en la política estamos perdidos" El Periódico 10/06/2020 https://www.elperiodico.com/es/entre-todos/participacion/si-no-creemos-en-la-politica-estamos-perdidos-201526