lunes, 4 de noviembre de 2013

El juicio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mañana —hoy, cuando lea esto— Egipto estará empezando a escribir otra página extraña en su historia reciente, el comienzo del juicio del presidente depuesto Mohamed Morsi. No creo que existan ningún precedente de la situación egipcia: el enjuiciamiento de dos presidentes, Mubarak y Morsi, el primero tras treinta años de mantenerse en el poder y el segundo tras apenas un año de ejercicio, derrocado por la fuerza combinada de la protesta popular y el Ejército.
Los problemas en Egipto no acaban con los hechos, se lucha por los nombres mismos, un verdadero debate nacional, haciendo bueno aquello de que quien controla el significado de las palabras se hace con el mundo. Se lucha por las palabras, sin duda, como se lucha en las calles. También la semántica se cobra sus víctimas. Es el empecinamiento de todos por controlar las palabras claves —"revolución" y "pueblo"— intentando atribuirse la hegemonía de su uso. Incluso por la ocupación de los espacios simbólicos se lucha, pues ese centro místico es Tahrir, el lugar de la Revolución, allí donde los islamistas desean asentarse tomando la plaza, haciéndose con espacio y palabras, rehaciendo los gestos de la "revolución", constituyéndose en "pueblo". Palabras, espacios, mártires... El juicio es la transformación simbólica de Morsi, de presidente a "mártir" para unos y "reo" para otros. 


Lo sorprendente de la Revolución egipcia —desde el punto de vista exterior— es que muchas cosas permanecen intocables desde la caída de Mubarak. Pese a que ha habido una o dos "revoluciones" en este tiempo o uno o dos golpes de estados, con las combinaciones posibles, según el gusto del que lo explique, lo más importante sigue en pie, que son las leyes por las que se hace pasar a unos y otros aunque sea por causas contrarias. Las leyes de Mubarak las siguió utilizando Morsi e incluso alguna la amplió asumiendo más poderes que los que ya tenía el presidente anterior derrocado. Gran parte de los problemas de Egipto viene precisamente de esa indefinición de los acontecimientos de ese ocurrir fantasmal de las cosas, que se dan por hechas, para desvelarse después que eran más ilusión, ganas de que ocurrieran, que otra cosa. Es como la carrera de Aquiles con la tortuga cuyo final no llega en una infinita división del tiempo de la Historia. Queda el pueblo, eso sí, aunque también se disputen su nombre y sentimientos, con sus ganas de libertades un día y de islamismo otro, según quién hable en su nombre.

Cuesta explicar a la gente que te pide aclaraciones lo que ocurre en Egipto porque es como entrar en un laberinto de despropósitos políticos e históricos que muchos egipcios simplifican como "rectificaciones" o "dar continuidad" a la Revolución y otros como ejemplo de su agotamiento, sin que se llegue a finales visibles que no sean cruentos. Pero no es fácil de entender incluso teniendo datos que te permitan construir alguna respuesta coherente. No es fácil entender un proceso con una parte visible confusa y una parte sumergida en los fangos de la historia. Es un caso prolijo y cambiante, como es propio de una situación en la que no se ha logrado la unanimidad suficiente como para enterrar un régimen ni la fuerza necesaria como para imponer un sustituto poco agraciado, como fue el propuesto por los islamistas, que pensaron que se trataba de llegar y besar el santo. Fue esa mezcla imperfecta precipitación y premeditación lo que supuso el rechazo de millones de egipcios que manifestaron no estar dispuestos a salir de una dictadura laica para entrar en una beatífica dictadura religiosa llevada a cabo a través de todos los recursos institucionales, tomados al asalto por la Hermandad, que lejos de gobernar para todos los egipcios trató de hacer a todos los egipcios de la Hermandad. Pocas veces ha habido un desembarco en el poder tan descarado y abusivo.


Mañana se producirá un episodio más de la historia cuyo final es tan imprevisible como su comienzo. Los Hermanos Musulmanes no están dispuestos a ceder y puede que la visita ayer de John Kerry haya acabado de enfurecerles. Probablemente, la diplomacia norteamericana trataba de hacer un gesto para lo contrario, un visita que diera a entender que la situación entraba en fase de normalización con el avance de la "hoja de ruta" planeada por el gobierno interino. Sin embargo, nada desquicia a los islamistas más que esa posibilidad, el "olvido traidor" de la comunidad internacional —especialmente de su "aliado" Estados Unidos— que va cicatrizando la herida que se les abrió con la destitución de Morsi, la violencia de los 800 muertos de la sentada, y las detenciones masivas de sus dirigentes, catorce de los cuales se sentarán junto a Morsi en el banquillo.

Tal como se ha informado en general en Occidente, pareciera que solo ha habido víctimas de un lado y que los Hermanos lo eran de la Caridad, pero no es ese el caso. Desgraciadamente conozco suficientes personas que han padecido las iras islamistas, pagándolas algunos o sus familiares con la vida. Tienen los Hermanos un buen manejo de los aparatos propagandísticos por la experiencia de años y sus propias redes internacionales capaces de responsabilizar a los demás de los males que muchas veces ellos mismos han causado. Poseen la habilidad de usar bien a los grupos periféricos para parecer moderados cuando deben, dejando a otros la tarea sucia, y radicalizarse cuando les interesa. Muchos de los más violentos han pasado por la Hermandad antes; los moderados, la abandonan. Pueden presumir de cualquier cosa menos de democracia, ni interna ni externa. De eso no hay duda y durante un año se pudo ver de forma clara y manifiesta.
La Unión Europea advirtió a Morsi sobre el incumplimientos del respeto a los Derechos Humanos, especialmente los que tenían que ver con la libertad religiosa y con la mujer, y le exigió que entablara diálogo con la oposición, a la que había arrinconado para la constitución y el diseño del Estado. Y Morsi, en su altivez islamista iluminada, le dijo a Angela Merkel —y a todos nosotros en su cara— que aquello eran "asuntos internos de Egipto" en los nadie debía meterse. Tan "internos" fueron que acabaron en el "coup" que no es un "coup" seis meses después. Morsi no solo desatendió la advertencia de la Unión Europea sino que, lo que es peor, desatendió a su pueblo —esta vez sí— que reunió casi 23 millones de firmas y se manifestó para que rectificara en su desprecio, que dimitiera y convocara elecciones generales. No lo hizo y se rió de los demás. Tres días después estaba bajo arresto. Pocas veces en la Historia se ha visto tanta soberbia disfrazada de "legitimidad", tan poco sentido político, tanto apego al poder sin importar las consecuencias.


Recoge el diario El Mundo, en su información previa al juicio, la opinión de los seguidores de Morsi: «Los Hermanos Musulmanes consideran que Mursi "ya no es un hombre común", sino que se ha convertido en un "símbolo de los principios y valores" que la humanidad ha establecido a lo largo de decenas de generaciones.»* Parece que ya no tiene suficiente Morsi con ser el ídolo de aquellos que le eligieron en segunda opción, como sustituto de su líder inicial, sino que ha de ser espejo de toda la Humanidad. Es una forma de verlo. Es sorprendente el inmenso amor que los egipcios desperdician con líderes que luego les defraudan tanto y son incapaces de resolver cualquier problema que la realidad les pone por delante.


Mañana se sentará en el banquillo —si no ocurre nada— en un juicio extraño, kafkiano, casi surrealista,  porque no será posible dilucidar nada, solo el ejercicio simbólico del juzgar y sus implicaciones visibles: el cierre de una etapa o la apertura de otra o ambas cosas o ninguna, porque la Historia solo está en las mentes de los que la juzgan. Se le acusará de muchas cosas, de incitación a la violencia, de responsabilidad en las muertes de manifestantes —como a Hosni Mubarak—, de espionaje o de haber actuado en connivencia con los enemigos de Egipto. Unos dirán que es una farsa, otros el triunfo de la legalidad.
Y en las calles habrá seguidores y detractores. Lo único importante es que no haya más muertes porque cada muerto es una piedra en el alto muro que impide a Egipto acercarse a su futuro.
No es fácil encontrar una salida política para el islamismo porque el islamismo tampoco las da cuando llega al poder y tiende a creerse irreversible —según su propia visión de la Historia— utilizando los mecanismos del Estado para completar su obra de transformación social y religiosa, construyendo el mundo a su imagen y semejanza, pues no hay mayor perfección. La urgencia de encontrar fórmulas para que la gente pueda vivir su fe religiosa sin hacérsela vivir a los demás de forma impuesta y restrictiva es grande porque no solo afecta a Egipto; es un problema —profundo— que se ha abierto tras las revueltas en los países árabes.


El sentido integrista, totalitario, se encuentra en las raíces del islamismo al no dejar evolucionar sus principios de forma acorde con la Historia, más bien negándola. No es fácil convencer a la gente que debe vivir de forma estancada. Esa forma de fe se convierte en una trampa para quienes la practican y la hacen practicar forzosamente a otros. En un mundo intercomunicado ya no es posible levantar las murallas necesarias para que no se vea el progreso o se vean más allá espacios de libertades y derechos. Solo queda entonces el aislamiento, el adoctrinamiento social y llamar mentirosos e impíos al resto del mundo, convertirlos en tentación pecaminosa. Una salida muy pobre.

* "Los islamistas advierten sobre una 'gran' protesta por el juicio a Mursi" El Mundo 3/11/2013 http://www.elmundo.es/internacional/2013/11/03/527683060ab74099458b4574.html



 



domingo, 3 de noviembre de 2013

La mosca y el becerro de chocolate

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hace tiempo que comencé a ironizar con mis amigos egipcios sobre cómo la a consideración que tenían por Bassem Youssef, el humorista satírico que dio el salto de los canales de YouTube a la televisión convirtiéndose en azote del islamismo en el breve e intenso periodo de Mohamed Morsi, permitía clasificarlos. Los egipcios se podían distinguir a través de su perfil de Facebook por si incluían o no a Youssef en los "me gusta". Sencillo, pero funcionaba.
La salida de su show de la parrilla, por decisión de la cadena tras la emisión del primer programa,  ha sido una de las noticias relevantes de estos días. Bassem Youssef sigue siendo un buen termómetro del sistema, como suele ocurrir con los humoristas. Todos los ojos de Egipto estaban puestos sobre ese primer programa de la temporada. Los islamistas le desafiaban a ser crítico con la nueva situación y sus hombres fuertes, mientras que los partidarios del poder actual parece ser que no estaban para bromas. Youssef ha sido consecuente consigo mismo y dedicó esa primera sesión a criticar la nueva idolatría dirigida al general El-Sisi, usando el episodio de las efigies de chocolate que lo reproducen. Dice Al-Ahram de forma lacónica: «Those weary of the Egyptian media's unabashed adoration of El-Sisi in the wake of Morsi's ouster were not disappointed.»* Y, en efecto, no defraudó a nadie en un cierto y negativo sentido.

Bassem concluyó señalando que "islamistas" y "liberales" comparten algo: la intransigencia cuando están en el poder. Al término del primer programa, las denuncias ante los tribunales se amontonaban contra Youssef dentro de esa epidemia obsesiva —mal endémico egipcio— por las visitas a los tribunales a denunciar a los demás convirtiéndose en guardianes de cualquier ortodoxia. Las huestes de personas ofendidas, escandalizadas, haciendo trizas sus honestas vestiduras, hacían cola para ser los primeros en denunciar al irreverente Youssef que se atrevió a reírse de lo que los egipcios del momento deciden elevar a "sagrado", aunque sea convirtiéndolo en "becerro de chocolate". La efigie del general acabó en dulces, pasteles y chocolatinas, variante calórica y popular de monedas, sellos y retratos.
Es significativo —y no menos preocupante— que haya sido la propia cadena egipcia de televisión la que haya puesto problemas al programa por "incumplimiento de la línea editorial", casi un chiste más al tratarse de un programa de humor satírico que el propio Bassem Youssef dirigió contra la cadena en ese primer episodio.

Se da en Egipto una muy especial relación entre el humor y la seriedad que envuelve al poder protegiéndolo como si de una chaleco antibalas se tratara. Nadie hace más chistes que los egipcios y, por acumulación histórica de dictadores, nadie hace más chistes políticos que ellos. Es probablemente una forma de desahogarse frente a tanto autoritarismo padecido hasta la fecha. La carencia de periodos de libertad entre dictaduras —unas se suceden a otras aunque pasen por las urnas— no da tiempo a que se desarrolle el sentido de la transigencia que es el que aparece con la convivencia que fuerza a asimilar críticas. El egipcio se acostumbra a una forma de fidelidad a sus ídolos del momento —cantantes, actores o políticos— que degenera en una idolatría masiva, como ha sido la denuncia de Bassem Youssef junto a la de otros muchos que los hicieron desde los medios independientes, personas nada sospechosas de simpatías por los Hermanos Musulmanes y demás grupos afines. Después de señalar que había sido acosado judicialmente por los islamistas, por los que no guarda simpatía, Youssef ha señalado:

"At the same time, I am not with hypocrisy, deification of individuals and creation of pharaohs," he went on. "We are afraid that fascism in the name of religion will be replaced with fascism in the name of nationalism," Youssef added, expressing concern over the possible suppression of free media during the transitional period.*


La situación extraña de Egipto —¿qué situación no es extraña en Egipto?— en estos momentos hace que episodios como el del Youssef sean foco de atención. La cuestión clave es si esto es el "epílogo" de una transición hacia un modelo más abierto de libertades o su por el contrario es el "prólogo" a un nuevo periodo de la misma intransigencia que se ha vivido en décadas y que llevó al estallido de la Revolución. ¿Coletazos finales o despertar? Epílogo o prólogo, esa es la cuestión.

Desde mi humilde punto de vista, Egipto debe poner en marcha una pedagogía de la tolerancia, de la que se ha perdido una buena ocasión con el caso de Bassem Youssef. La tentación del "caudillismo", de elevar al rango de becerros de oro —o de chocolate— a los dirigentes es demasiado grande y ha sido objeto de denuncia calificándola como "fascismo social" por personas que no solo se llaman "liberales" sino que lo son. El liberalismo es algo más que una etiqueta; es un compromiso con ciertas actitudes y denuncias de otras. Youssef es más "liberal" que aquellos que puedan etiquetarse de esa manera y lo ha demostrado a su manera, ejerciendo la crítica sin distinción ni sumisión.
Es cierto que el islamismo no da cuartel y que su estrategia es crear el mayor número de dificultades posibles mediante el acoso permanente y la suma de víctimas, pero no se frenan sus intenciones con el silencio de Youssef, como algunos quieren en su miopía.

Las críticas del cómico fueron más a los adoradores sociales que al poder mismo, a los que quieren, como dijo hace pocos días, reponer faraones más próximos a sus intereses sin entrever sus consecuencias presentes y futuras. El miedo de la cadena televisiva a perder audiencia por las críticas al poder no es solo un miedo político —había indicios e insinuaciones de que el régimen aceptaría las críticas de Youssef— o uno económico. Es básicamente miedo a ir en contra de la corriente social principal en estos momentos. Es ejercicio de intolerancia por rechazo a lo que se ha elevado al rango de incuestionable. Los aduladores egipcios son uno de los males del país, porque lo harán con cualquiera que llegue.
La tentación autoritaria puede ser grande más allá de las circunstancias actuales y hacer de nuevo un sistema político que genere su propio régimen excluyente. Si en Egipto ni unos ni otros apuestan por la democracia, poco camino le queda por recorrer, solo girar sobre su propio eje faraónico vestido con distintos ropajes y credos.
La Constitución que se está elaborando es una pieza importante del diseño en estos momentos de interinidad y de ella saldrá el esquema de construcción del futuro. No debe nacer muerta como la anterior, atracada de totalitarismo e intransigencia bajo grandes palabras. La soberbia de Morsi y los Hermanos, su incapacidad de dialogar y de interpretar el confuso panorama político y social, las aspiraciones de un pueblo aburrido y harto, no debe ser repetida.


Lo que pudo ser un ejemplo de revolución cívica se ha ido torciendo por la mala dirección de la SCAF primero y de los islamistas después. Ahora es el momento, cuando los errores están frescos y no se pueden ni deben olvidar, de evitar la condena a una repetición periódica de la intransigencia y el autoritarismo.
Es el poder el que debe dar ejemplo de liberalidad frente a la inercia social de adoración de becerros, de elevación del poderoso a posiciones incuestionables, aunque sean desde el humor.
Egipto tiene la gran suerte de tener ese espíritu libre que es Bassem Youssef. Debería mantenerlo y respetarlo como una exigencia de que la crítica —la base de cualquier democracia— se mantiene. ¡Ay de los que no son nunca criticados, de los que son cada día recibidos con cantos y admiraciones! ¡Ay de ellos!, porque perderán el sentido de la realidad, del bien y de mal, de lo justo y lo injusto, sepultados por el peso de los halagos, la verdadera droga del poderoso.


Uno de los rasgos más característicos de la Revolución del 25 de enero fue la emergencia de voces críticas que desde el arte y especialmente del humor fueron capaces de transmitir en canciones y caricaturas, en poemas y chistes, el sentimiento de cambio y posteriormente el desvío de los llegados al poder respecto de las aspiraciones generales. Si lo ocurrido el 30 de junio es realmente una prolongación de la Revolución, como sostienen algunos, debería notarse en ese mantenimiento necesario del humor crítico, la mosca que no deja de incordiar al poderoso. Es una garantía para el propio pueblo de que el que gobierna no se olvide, en las alturas, de los que tiene debajo.

Con el juicio a Morsi a punto de comenzar, puede parecer que el discurso del humor no tiene mucho espacio para la crítica, pero quizá, por otro lado, sea más necesario que nunca. Siempre es mejor descubrir la realidad que no nos gusta bajo un chiste, que el silencio que todo lo oculta bajo la alfombra. El primero nos hará reaccionar aunque sea dolorosamente; el segundo nos hundirá placenteramente en el desastre.
No hay que elevar demasiados becerros, especialmente de chocolate, porque el exceso de calor público acaba derritiéndolos.
  


* "Bassem Youssef's TV show El-Bernameg suspended: CBC channel" Ahram Online  1/11/2013 http://english.ahram.org.eg/NewsContentP/1/85369/Egypt/-Bassem-Youssefs-TV-show-ElBernameg-suspended-CBC-.aspx





sábado, 2 de noviembre de 2013

La perversión tituladora o la deformación del gusto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Una de las cosas que mejor definen el periodismo es el titular. El titular tiene un doble estatus, como toda promesa o pacto: nos ofrece algo y lo hace con un cierto estilo. El titular es un contrato sobre lo que el lector espera recibir. Nos adentramos en el texto al reclamo de unas líneas que nos hacen promesas sobre lo que esperamos encontrar. Como puede ocurrir con las promesas, muchas de ellas se incumplen o nos defraudan los resultados finales. Descubrimos entonces que lo que se nos ha dicho no era más que un envoltorio que escondía la realidad del texto.
Un titular es también una elección sobre el amplio contenido que le sigue. Nos muestra una decisión y un estilo decisorio que nos revelan algo del que ha realizado ese proceso de enmarcarnos el texto dentro de una lectura que el propio titular genera. Vamos al texto por el titular y leemos el texto desde el titular. Lo que podemos encontrarnos después puede se conforme a nuestras expectativas, creadas por el titular, o por el contrario puede ser engañoso o injustificado, un reclamo de pato para que el lector entre en la trampa efímera de la lectura.

Engañoso, injustificado o también —¿por qué no?— injusto, que es cuando lo que se nos dice queda empobrecido por una forma escandalosa de escribir y describir lo que después vamos a encontrarnos en el texto. Hay titulares que engañan engordando lo que apenas tiene consistencia y otros que, por el contrario, pervierten el contenido excelente porque no confían en que el paladar de sus lectores sea capaz de degustar más que griterío emponzoñado, controversia fácil, insinuaciones calumniosas, dobles sentidos y demás trucos con los que la profesión periodística tira piedras sobre su tejado y reduce a sus lectores a devoradores de comida basura.
Eso es lo que siente uno cuando ve la forma en que el diario El País ha titulado una magnífica entrevista al académico, catedrático de la Sorbona y ensayista Marc Fumaroli con motivo de la publicación de una nueva obra, La República de las Letras. El titular elegido por el diario es “Amazon son ladrones, unos vampiros”. Digo "elegido por el diario" porque —como he hecho en otras ocasiones— me gustaría que ese titular no fuera un acto deliberado del mismo profesional que ha realizado la información. Me gustaría —me muevo en el espacio del deseo— poder pensar que hay todavía personas que son capaces de realizar el proceso de elaboración de la información desde la honestidad profesional y no desde visiones y criterios degradados de sus materiales y del público al que van dirigidos.
Esta forma de titular es degradada y degradante, porque no solo afecta al trabajo del profesional —que ve modificado a la baja su trabajo, el texto— sino también hacia un lector al que se le llama a voces ofreciéndole carnaza podrida para que el olor se perciba desde bien lejos, que la vista se vea impactada por llamativas y escandalosas palabras. En el titular, que no puede ser más simple, todo queda reducido, de forma contundente, a la afirmación de que "Amazon" son "ladrones" y "vampiros", perdiendo cualquier tipo de sutileza informativa que nos explique por qué se ponen en boca de un señor como Fumaroli esas afirmaciones tan contundentes.


La entrevista con Marc Fumaroli se centra en las ideas que ha desarrollado en su última obra donde trata de explicar —según vamos sabiendo a lo largo de la entrevista— la esencia del mundo de las Letras hasta el siglo XVIII y cómo todo ese sentido cosmopolita de la cultura se transformó con la explosión del énfasis expresivo del "yo", con la llegada de los Romanticismos egocéntricos y populistas, buscadores de raíces personales y nacionales en extrañas síntesis de las que todavía padecemos los efectos secundarios.
Dice Fumaroli que tuvo una gran suerte por quedar aislado en el Marruecos francés durante los años de su infancia:  "tuve la suerte de estar privado de libros que no fueran los clásicos". Creció así su devoción literaria entre autores —Moliere, Racine, Corneille, La Rochefoucauld...— muy distintos de los que posteriormente revolucionarían las Letras creando un mundo fragmentario y de búsqueda constante, en el que el riesgo estaba en el descubrimiento de la propia mediocridad y en ser fagocitados por un público vulgar, acabados ya los tiempos de los elitistas mecenas protectores.


Tras interesantes reflexiones sobre los clásicos, el lenguaje, el gustos estéticos, etc.; tras citar ilustres nombres como los anteriores y otros tan exquisitos como Gide, Céline, Brasillach..., la entrevista se cierra —¡qué deprisa pasa el tiempo!— con una referencia a un libro anterior del autor y a la actualidad francesa:

P. Usted, que escribió El estado cultural, contra la política ideologizante ¿cómo valora la defensa estatal de los libreros franceses contra Amazon?
R. Estoy a favor de las librerías. ¡Es el combate de David contra Goliat! ¡Esas enormes maquinarias internacionales como Amazon que comen dinero y no pagan impuestos son ladrones, son vampiros, los detesto, no hay nada más horrible que esos Steve Jobs y compañía! En El Estado cultural yo no dije que el Estado no tiene que intervenir en los temas culturales; lo que dije es que debe apoyar solo lo mejor, y no derrochar en apoyar el rock o el rap y esas cosas que se venden muy bien solas. ¡Apoyar el libro, sí, al cien por cien! O nos convertiremos en subamericanos. En Nueva York todas las librerías interesantes han cerrado, quedan un par de Barnes and Noble, nada más...*

Tras esto, solo queda pagar el café y ponerse los abrigos. Ya está todo dicho. Esta última respuesta cuando ya se ha "sacado" todo lo anterior sobre la obra reciente es el diezmo a la "actualidad", la puerta que permite al periodista entrar con la cabeza alta en la redacción, un mundo en el que se confirma lo dicho por Marc Fumaroli: parece que solo cabe la vulgaridad y el escándalo, donde la "cultura", las "ideas", la "reflexión", etc. no pueden tener sitio. Todo lo anterior a ese párrafo, el texto completo, desaparece y solo nos quedan "ladrones" y "vampiros", quizá porque estaba destinada a aparecer en la edición de ayer, día de Halloween, y a alguien le pareció ocurrente. ¿Es eso lo "periodístico"?
Titulares posibles como "El Quijote apasionó a todo el siglo XVIII francés", "El beneficio ha destruido la República de las Letras", "El ocio debe ser enriquecedor"... o más centradas en lo personal, como "Quedé aislado con los clásicos", "Estoy a favor de los libros" quedan en el limbo de lo posible ante la contundencia de "vampiros" y "ladrones".
Hay un sinfín de posibles formas de que el titular haga justicia al texto. Casi cualquiera menos la elegida, que ha sido, además, manipulada. Tan manipulada que para que no sea tan evidente han cometido el "error" de suprimir las comas que enmarcaban a Amazon convirtiéndola así en el sujeto de las acusaciones de Fumaroli, y no en tan solo  un ejemplo de lo que quiere criticar: "esas enormes maquinarias internacionales". Quitar el "como" es convertir a Amazon en la responsable absoluta y en el objeto único de la ira de Fumaroli.
La forma correcta de la frase probablemente debería ser así: "Esas enormes maquinarias internacionales, como Amazon, que comen dinero y no pagan impuestos son ladrones, son vampiros, los detesto". De la misma forma, con el mismo criterio, —sería interesante saber por qué no lo hicieron— se podría haber titulado "¡Detesto a Steve Jobs!", pero quizá lo vieron demasiado personalizado y escandaloso, algo que suscitaría la protesta del propio Fumaroli que vería mucho más tergiversadas sus palabras. Al ponerlas entre comillas, se le asigna a Fumaroli un sentido que no es el que él le ha dado, incumpliéndose así otro pacto, el que afecta al entrevistado, que ve centradas sus declaraciones en algo marginal en la entrevista. El diario, sin embargo, insiste en ese interés —suyo, no del entrevistado— al señalar desde la cabecera "Alerta en esta entrevista sobre los peligros de los monopolios tecnológicos", algo que es absolutamente incierto.


Lo más deprimente de todo esto es que se reduce a los lectores a devoradores de carroña, a carroñeros incapaces de degustar un titular que tenga que ver con la "cultura", campo residual y estadísticamente despreciable en nuestros medios, incluso en los selectos, como se ve. La entrevista, de esta forma, mata los valores que el propio Fumaroli ha tratado de transmitir en sus declaraciones a través de la confirmación de los males que supone ese titular.

Titular de esa forma es comprender que efectivamente no es posible la "cultura" porque, entre otras cosas, algunos medios de comunicación hacen lo posible por enterrarla alejándola de lectores a través de su malformación. Es una educación negativa del lector. El que quiera cultura, parecen decir, que vaya a las revistas especializadas, que nosotros somos orgullosos garantes de la mediocridad ambiental, guardianes del escándalo, pisadores de uva de cualquier cosa que signifique sutileza, elegancia y distinción. Ladrones y vampiros.
Las pretensiones de que el "Estado apoye lo mejor" de la cultura para una mejora de la sociedad, sumergida en vulgaridad —como bien dice Fumaroli, lo vulgar se vende solo—, se diluyen en la forma burda de transmitir su mensaje, confirmando que no están los tiempos para Repúblicas de las Letras.
Echamos la culpa de esta situación al sistema educativo, a los profesionales, a los recortes, etc., pero no nos paramos a ver cuál es nuestra diaria contribución al crecimiento de la basura medioambiental. Si la obra de Fumaroli trata de explicar cómo el "ocio" era un concepto esencial en el mundo antiguo, pues estaba destinado al cultivo de uno mismo mediante la mejora del conocimiento, que fue de ese concepto del que surgió lo más valioso de la cultura digna de ser llamada así, «en el mundo industrial, moderno, el valor central es el trabajo. Es el beneficio, ganar, un mundo en que artes y letras están cada vez más marginalizados, no son de la misma necesidad que en un mundo centrado en el ocio.»*
Mientras la entrevista a Marc Fumaroli nos explica que es la perversión del ocio lo que marca el sino de los tiempos, el titular elegido nos lo confirma. Cualquier cosa vale para llamar la atención. Y todo tiene su efecto.


* “Amazon son ladrones, unos vampiros” El País 2/10/2013 http://cultura.elpais.com/cultura/2013/11/01/actualidad/1383332137_668553.html





viernes, 1 de noviembre de 2013

Si yo fuera dictador o Letta y Europa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El cambio que ha supuesto Enrico Letta para Italia es grande. Ya lo supuso Monti anteriormente, pues cualquiera que suceda a Berlusconi en el gobierno de la República ya es una gran cambio, dada la irrepetibilidad del "caballero". Afortunadamente, dirán algunos, pues es difícil que un país sobreviva a tamaña jugada del destino o del azar.
El diario El País publica una interesante entrevista con él centrada esencialmente en la cuestión de Europa y el temor al ascenso de los populistas antieuropeos por todo el continente en las próximas elecciones de la Unión.
La preocupación por la política está llegando a través de Europa, especialmente si se produce una confluencia electoral de intereses antieuropeos. Letta admite que el riesgo es grande. La experiencia de la inestabilidad italiana convertida en "europea" asusta lógicamente a los que piensan que es necesario mejorar el funcionamiento de las instituciones antes que bloquearlas. Señala Enrico Letta:

Aunque está muy subestimado, existe un riesgo muy grande de que el próximo mes de mayo se elija el Parlamento Europeo más antieuropeo de la historia. Lo más probable es que en algunos de los grandes países y también en los más pequeños nos encontremos con un crecimiento de todos los partidos y movimientos euroescépticos y antieuropeos. Con un efecto muy negativo y peligroso. [...] Es urgente una gran batalla europeísta, la Europa de los pueblos contra la Europa de los populismos: esto es lo que está en juego en los próximos seis meses.*


Mucho me temo que sea un mal comienzo hacerlo con un juego de palabras que ya ha dado poco de sí —pueblos vs populismos— y que admite todo tipo de variantes con "naciones", "regiones", etc. según le convenga a cada uno una visión de Europa u otra. Está bien que haya propuestas sobre la mesa, pero el primer obstáculo, desde luego, es la percepción de la inoperancia en las instituciones como un reflejo de la propia falta de eficacia en los países que ha dado lugar al traslado de la política ineficaz de los partidos.

Es difícil que un país se vuelva antieuropeo y populista si sus instituciones funcionan correctamente y, por ello, mantienen una relación "saludable" con Europa. El antieuropeísmo de los que funcionan bien es por su percepción de que son víctimas del parasitismo de los que funcionan mal o por un sentimiento romántico de pérdida de soberanía. También este último se beneficia de la falta de eficacia europea para resolver.
Es importante distinguir el antieuropeísta negativo del positivo porque obedecen a causas distintas. No es lo mismo percibir una agresión que un obstáculo o freno. Se pueden, es cierto, percibir las dos cosas, pero es interesante saber dónde están las causas, reales o manipuladas, del sentimiento que se genera en cada caso.
También es cierto que en la mente caben y conviven sentimientos contradictorios y que se pueden mantener de forma intermitente. Puedo considerar que los beneficios son naturales mientras que los aspectos negativos son grandes conspiraciones que se han urdido contra mi país. Esto es lo más fácil de manipular y despertar.


Sin embargo creo que sería más correcto concebir el populismo antieuropeísta más como un fracaso de los políticos locales que como una responsabilidad de Europa misma. El antieuropeísmo se forma primero como una reacción local ante la costumbre de los políticos nacionales de trasladar las responsabilidades de su mala gestión hacia arriba y presentarla como agresión o ineficacia europea. Los partidos populistas no surgen tanto por un deseo de cubrir un espacio político sino por el fracaso de los partidos convencionales que son incapaces de afrontar los retos que se les presentan —nacionales y europeos— con eficacia.
En el caso italiano, clarísimamente, la responsabilidad del surgimiento del populismo es del propio Silvio Berlusconi y su forma de hacer y llevar la política del país. La semilla del antieuropeísmo las lanzan los partidos nacionales que han usado la fachada europea para responsabilizarla —como si fuera un ente extraño— de sus fracasos. Es la Europa como terapia de la frustración, sobre la que descargar aquello que nos resulta difícil justificar.


No digo que desde "Europa" —es decir, sus instituciones— no se puedan cometer errores, sino que los que cometen errores en Europa son los mismos que los comenten en sus respectivos países, que es donde los eligen. Sin embargo, "Europa" no existe o se percibe de esa manera, sino como una instancia extraña y monolítica, la "otra" y no una prolongación ponderada de nosotros mismos. Esa Europa es un "alien". Mientras se hable de Europa como de otra cosa, será difícil abordar los problemas más allá de los problemas técnicos, por muy complejos que puedan llegar a ser.
Cuando Letta habla de Europa incurre en ese mismo error porque en realidad no se está defendiendo de "Europa" sino de lo que puedan hacer "desde Europa" sus enemigos locales. Sus enemigos crecerán —en Italia y en Europa— simultáneamente. El riesgo actual es que estos "populistas" están aprendiendo a estrechar lazos, alianzas, y sacarán más fuerza que la que puedan tener en sus propios escenarios locales. Su ejemplo, además, sirve de estímulo para su proliferación.
Dice Enrico Letta:

Si fuese dictador europeo durante media hora, publicaría dos edictos. Creo que el primero sería inmediatamente compartido por la opinión pública: la unificación del presidente de la Comisión y del presidente del Consejo Europeo en una única figura. Esto se puede hacer sin cambiar los tratados, basta con proponer a la misma persona. Una unión personal —digámoslo así— de las dos funciones ya sería una decisión importante. Sé que desde el punto de vista de la perfección jurídica de Bruselas estoy diciendo una especie de blasfemia porque el presidente del Consejo desempeña un papel de gestión, mientras el presidente de la Comisión tiene otra función, pero sería más práctico y todo el mundo lo entendería.

No sé si Europa se arregla a base de blasfemias, como dice Letta, pero la separación es precisamente una garantía de que nadie tendrá tanto poder como para liderar Europa por encima de los propios países, que son quienes diseñaron un modelo de unión que situara a alguien por encima de los poderes de los países. Por eso no hay "presidente de Europa", sino presidentes de Consejo y Comisión, para dejar bien claro que tiene un modelo más burocrático, que dirigen órganos y no países. ¿Cómo llamaría Letta a ese "presidente" que reuniera los dos poderes en una sola persona? Pues mientras existieran los dos organismos sería obligado llamarle de las dos formas. Desde el punto de vista práctico no supondría ningún avance, ya que tendría que actuar en función de un solo organismo en cada momento. El que lo "entendiera todo el mundo" tampoco es probable, pues es más difícil entender por qué una sola persona preside dos órganos distintos, con funciones distintas, a que lo hagan dos personas. Eso sí, habría menos posibilidades de error al recordar su nombre y ponerle cara, algo que gusta mucho al político profesional.
Pero como la media hora como dictador de Enrico Letta dan para mucho más que cuatro de años de legislatura para los demás, hace una segunda propuesta:

Con el segundo edicto aboliría todos los acrónimos que son incomprensibles para todos. La burocracia de Bruselas los utiliza como una brújula, pero el resto de la gente se pierde. Solo basta pensar en el asunto de la crisis: EFS, ESM, SIX PACK TWO PACK…, esto es, una lista de términos absolutamente incomprensibles entre los que nos perdemos. Haría falta volver a llamar a las cosas por su nombre para volver a acercar a los ciudadanos.*

Si esto se hiciera en Europa, tendría algún sentido, pero esto no es más que una deriva constante que se produce en los demás países y que afecta desde la LFP al INEM. Esta siglas las conocemos todos los españoles, pero no preguntes por ellas a italianos, alemanes o franceses. Tampoco se solucionaría ningún problema.


No es casual que Enrico Letta, como político, piense que los problemas de la política son problemas de "comprensión de los ciudadanos", que es como decir que la política es perfecta y los ciudadanos unos paletos cazurros que no se enteran y al que hay que simplificarle el mundo porque se pierde, un Paco Martínez Soria en una especie de "La política no es para mí". En España se escuchó aquella frase de "lo hacemos bien pero no lo sabemos explicar" como justificación de una derrota histórica. Al menos echaba parte de la responsabilidad al maestrillo y su librillo además de a ese poco aplicado alumno que todo los políticos miran por encima del hombro.
Los problemas de Europa no son problemas de comunicación —identificar autoridades o interpretar siglas— sino de fines y funcionamiento. Aunque haya muchos problemas nuevos, como no podía ser de otra manera, el principal es la incapacidad de los que tienen que afrontarlos proponiendo soluciones y esos son los políticos que elegimos para hacerlos. La cuestión es muy sencilla: si unos no funcionan y se acumulan los problemas, crecen respuestas positivas o peligrosas, según los casos.


A unos les gustará pensar que el ascenso de nuevos partidos se debe a sus propios méritos y a que tienen líderes "guais", pero en la mayoría de los casos las tendencias al cambio del voto provienen de los errores y el descrédito alcanzado por los partidos asentados en cada país. Son votos del descontento con los políticos locales y, porque son los mismos partidos los que están en Europa, se trasladan a Bruselas.
Una de las limitaciones más graves de los movimientos populistas es que no necesitan ser demasiado inteligentes en sus propuestas; les basta ser demagógicos para recoger el voto que se escapa harto y aburrido de la falta de respuesta de los partidos profesionales y mayoritarios. Es ahí donde está realmente el peligro. Letta, en cambio, ve las diferencias en los objetivos de cada grupo en términos de Europa:

Sería un grandísimo problema si los populistas europeos superan el 25%. Esto lo debemos tener todos muy presente. Hay que tener en cuenta algo: desde 1979 hasta hoy todos los resultados de las elecciones europeas se han mirado en clave nacional, para ver las consecuencias internas de la subida o la bajada de tal o cual partido. Nunca en estos 35 años se ha mirado el resultado de forma conjunta. Ahora, en cambio, por primera vez la partida será de europeístas contra populistas. Y creo que esta dinámica será idéntica en el resto de los grandes países.

La facilidad del planteamiento no debe hacernos meter en ese saco de los "populismos" a elementos muy distintos y con diferentes grados de peligro. Hay que distinguir los movimientos caóticos que han surgido como contestación al deterioro de la política nacional —en el caso de Italia, por el desastre de los populistas Berlusconi-Bossi— de aquellos de largo recorrido histórico que se están fortaleciendo por el descontento ante la ineficacia de los grandes partidos que aprovechan para identificar con Europa misma. Me refiero en concreto a casos como el de la Ultraderecha francesa con Marine LePen al frente y sus alianzas con otros grupos similares repartidos por Europa y fuera de ella.


La mejor forma de hacer una Europa eficaz es tener políticos eficaces en la política nacional, ya que no es lo mismo sacar adelante una Europa con países que funcionan razonablemente bien que tener que hacerlo con países sumidos en los desastres de la mala gestión. Pero esto es ya complicado dada la deriva histórica de una profesionalización no basada en los principios (ideólogos, renovadores de ideas) o en la capacitación (gestores).
Los partidos —y me refiero a España— no son ya espacios de debate sobre cómo hacer las cosas, sino simples estructuras burocráticas —pero se quejan de Europa— en donde se aprende a trepar por mecanismos oscuros a través de la única institución que ha prosperado, el "delfinado". Si los partidos no se sanean y oxigenan, si no se renuevan para ofrecer alternativas reales y no demagogias baratas y efectistas, campañas de imagen y gestos de cara a la galería (pedir la renovación en un hotel de cinco estrellas o romper una foto de tu tesorero encarcelado), la gente buscará —aunque sea como castigo o por curiosidad— alternativas que surjan del descontento.
Las palabras de Letta, quizá por rutina, caen en la misma crítica de Europa antes que en la crítica de lo que hemos hecho con ella, pervirtiéndola ante los ojos de los electores cuando nos interesa o convirtiéndola en nuestra devoción cuando nos viene bien.


Creo que no hace falta soñar con ser dictador, aunque sea durante media hora, para cambiar Europa. Al contrario: se trata de ser verdaderamente democráticos —aquí y allí, en nuestros países y en la Unión— para demostrar que es la democracia el gran logro de Europa, que está en su origen como pensamiento de vida en común y como traslado de la democracia primera que se vive y desea vivir en cada estado. Es la democracia y la voluntad de que todos vivan bajo ella la que frenara el avance de tendencias peligrosas —xenofobia, racismo, cierre de fronteras, recortes de derechos sociales y políticos— que anidan en algunos de esos populismos que el mal funcionamiento de una Europa llevada por malos gestores puede sacar al primer plano de la política. Se identifica a Europa con la "burocracia" y los "burócratas" porque el vedetismo de los políticos nacionales no permiten que surja nadie capaz de provocar la identificación con ideas y principios. Es así de sencillo; los estados no admiten un protagonismo europeo más que de forma controlada y gris.
La crisis de Europa es el reflejo de las crisis que viven sus miembros, proyectada hacia esas instituciones que son de todos. Resolvamos nuestras crisis, y la de Europa se reducirá porque permitirá avanzar hacia donde nos gustaría ir y no, como ahora, hacia donde estamos obligados, por nuestra propia inoperancia, a ir. Estoy de acuerdo con Letta —que merece mis respetos aunque quiera ser dictador durante media hora— en que "es urgente una batalla europeísta", pero esa batalla empieza en los propios países, en concreto en la renovación de los partidos nacionales y en su forma de hacer política.




* “Es urgente una gran batalla europeísta” El País 1/11/2013 http://internacional.elpais.com/internacional/2013/10/31/actualidad/1383252211_143749.html