sábado, 13 de julio de 2013

Malala y los cuatro elementos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Deslumbrante Malala ante la ONU. Era el "Día de Malala", el día de su decimosexto cumpleaños. La joven ha mostrado y demostrado una madurez inusual y que explica a los ojos del mundo porque se convirtió en el objeto del odio terrorista al reclamar el derecho de las niñas a ser educadas más allá de las ideas que actúan como barrotes de sus cárceles de la tradición. En estos tiempos de líderes mediáticos, de defensores de varias caras simultáneas, de firmezas aprendidas a golpe de cursillo sobre liderazgo, Malala se muestra con la rotundidad de una sola idea que actúa como pilar de muchas otras futuras: el acceso a la educación de los niños y, en especial, de las niñas y mujeres. La ONU, acostumbrada a recibir discursos medidos, a analizarlos con escalpelo, esta vez —repleta de jóvenes de todo el mundo, autoridades representantes de instituciones— se mostraba emocionada ante lo directo, claro y sentido de su mensaje.
Me decanté por Malala como el personaje del año. Ojalá que lo fuera de la década y del siglo por el bien de su país y de muchos otros que se miran en su entereza, valor e integridad. Cumplió dieciséis años.
Malala, vistiendo orgullosa un chador de la asesinada Benazir Bhutto, primera ministra de su país, acariciándolo con respeto, ha realizado un pedido universal ante la joven asamblea:

“Let us pick up our books and our pens,” Ms. Yousafzai told young leaders from 100 countries at the United Nations Youth Assembly in New York. “They are our most powerful weapons. One child, one teacher, one book, and one pen can change the world. Education is the only solution.”*


Los cuatro elementos de Malala —un niño, un maestro, una pluma y un libro— son los que han de construir un mundo mejor frente a los que los niegan, parcialmente o en su totalidad. Malala fue disparada por defender la educación de las niñas en su país. No es el único lugar en el que ocurre esto y ella extiende su petición más allá del imperio de la locura ignorante talibán.

"Queridos hermanos y hermanas, recordad esto: el "Día de Malala" no es mi día. Hoy es el día de cada mujer, de cada niño y cada niña", les ha dicho con voz firme ante la emoción incontenida de los adultos que la escuchaban; el "Día de Malala" es el de todos aquellos que luchan por el derecho a la educación de la infancia. Ella, dice, no es más que una voz que puede ser escuchada entre los miles de voces de activistas, de gente que lucha por la educación y la igualdad, que son silenciados o atacados. Ella es una más de los que luchan por el derecho a vivir en paz, el derecho a la dignidad, a la igualdad de oportunidades, a la educación. Por defender todo eso, los talibanes le dispararon a ella y a sus amigos. No consiguieron nada, nos dice, solo matar el miedo, la debilidad que pudiera haber en ella. Sus esperanzas, sueños e ideales son los mismos.
Ella quiere también educación para los hijos e hijas de los talibanes, de todos los terroristas. Si tuviera al terrorista que me disparó ante mí y tuviera un arma en la mano, no le dispararía, dice con claridad. Eso es la compasión que aprendió, nos dice, "de Mahoma, el profeta de la misericordia, de Jesucristo, de Buda. Es el legado de cambio que ha heredado de Martin Luther King, de Nelson Mandela, de Mohamed Ali Jinnah (el creador de Pakistán); el legado de la filosofía de la no violencia heredado de Gandhi, de la Madre Teresa". Y es, termina señalando, el legado de perdón que aprendió de su madre y de su padre. "Mantente en paz y ama a todos", concluye Malala. ¡Qué contraste con los que siembran el terror y la intransigencia, el odio retrógrado, la soberbia ignorante.


Tienen miedo al poder de los libros y tienen miedo al poder de las mujeres. Y tienen, sobre todo, mucho miedo al poder de la conjunción de ambos, mujeres y libros, que ellas descubran que existe un mundo distinto más allá de la sumisión y la oscuridad. Para ello usan y abusan de la tradición y de la historia, retuercen las ideas para ponerlas a su servicio y hacer que perdure la esclavitud y la dominación. No quieren educación porque no quieren que el mundo cambie porque cambien las mentes.
El mensaje de Malala es digno de ser escuchado. No es el de un político buscando votos. Son las palabras de una niña tiroteada en un lugar en el que llevar un libro es un sacrilegio, una ofensa para una forma distorsionada de entender una religión que ella reclama como suya, sin permitir que se la conviertan en fuente de monstruosidad, ignorancia y dolor.


Los cuatro elementos de Malala son sobre los que se construye verdaderamente el mundo: los niños aprendiendo para poder tener un futuro como adultos autónomos, capaces de trabajar y pensar por sí mismos; maestros capaces de estimular su curiosidad natural y transmitirles el sentimiento de autonomía, de respeto hacia los demás; de un lápiz con la doble misión de registrar primero lo que se aprende, pero que será prolongación de sus inteligencias cuando se expresen con ellos mostrando su forma personal de pensar; y, finalmente, los libros —siempre en plural—, el legado variado de lo mejor que ha dado una especie que duda demasiado a menudo entre la palabra libre y la violencia del silencio, entre el diálogo y la fuerza. Todo ello constituye la educación, el derecho que Malala reclama.


La educación es lo que nos hace más libres. "Education is the only solution". Todo lo que se disfrace con ese nombre para mantener la ignorancia y la sumisión, es falso, una forma de violencia y dominación oculta bajo los disfraces de la tradición y la costumbre. La educación es ayudar a cambiar mentes para que encuentren sus caminos, para que resuelvan las preguntas que la vida va poniendo cada día ante nosotros. La educación es lo que nos permite salir de la miseria, combatir el hambre y las enfermedades, comprender el universo y la vida; educación es lo que nos enseña evolucionar para adaptarnos a los otros, lo que nos permite respetar y ser respetados; lo que nos permite contestar al tirano y callar al mentiroso. Es algo más que aprender un oficio; es, sobre todo, pensar.


La causa de Malala es la verdadera causa de todos, incluso de aquellos que no saben, por su propia ignorancia orgullosa, cuánto la necesitan. Por eso ha hecho bien en decir que ella también reclama la educación para los hijos de los terroristas que la dispararon intentando acabar con sus sueños y con los de todos aquellos que la siguen en la heroica tarea de levantarse cada mañana, coger los libros y los cuadernos, y dirigirse caminando a una escuela con una sonrisa.


* "Malala Yousafzai, Girl Shot by Taliban, Makes Appeal at U.N." The New York Times 12/07/2013 http://thelede.blogs.nytimes.com/2013/07/12/video-of-malala-yousafzai-at-u-n-calling-on-world-leaders-to-provide-education-to-every-child/?hpw





viernes, 12 de julio de 2013

Quien tiene un amigo tesorero no tiene un tesoro o el dinero ocioso

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ha dicho el señor Bárcenas al Juez Ruz que "no le gusta que el dinero esté nunca ocioso"*, según nos cuenta el diario El País. Lo del "dinero ocioso" es una de esas cosas que repiten sin cesar los ricos, como si se tratara de un hijo un poco vago. Es lo que te cuentan los del banco cuando te llaman a casa: «Tenemos que hablar, que tiene usted "ocioso" el dinero de la cuenta», Y parece que es que el niño o la niña no te hacen los deberes y el tutor del colegio quiere hablar contigo.
Se ha enfadado mucho el señor Alfonso Alonso, el portavoz del PP, cuando todos los grupos le han pedido que el presidente del Gobierno se dé una vuelta por el Parlamento a contestar preguntas y dar explicaciones sobre el ex tesorero. Alonso llama directamente a Bárcenas "delincuente" y se ahorra lo del "presunto" porque no están los tiempos para delicadezas. Convierte a los que le piden explicaciones en "abogados de un delincuente" y dice que los ha secuestrado. Se hace con eso un mal favor porque el Presidente no puede eludir por mucho tiempo la comparecencia. No se sabe muy bien qué espera Mariano Rajoy, aunque es lógico que trate de estirar los tiempos hasta que el ex tesorero haya jugado sus bazas y haya aflorado más información. Lo malo es que los amigos tesoreros suelen tener informaciones molestas en cantidades suficientes como para producir un chorreo continuo y persistente. Al presidente le suele gustar la táctica de "el tiempo lo cura todo", va con su carácter, pero me temo que esta vez no va a funcionar, que no hay milagro que rectifique esto.

Anda el presidente estos días bajo de tono y en un lamento continuo aprovechando cada oportunidad de inaugurar algo para lanzar el reproche de que es de "eso", de lo serio y productivo, de lo que hay que hablar y no de tesoreros malvados. A los políticos siempre les gusta dar lecciones periodísticas. Pero la vida política es así y de entre los mares de sobresueldos que aparecen cada día, entre dietas y viajes, les interesan especialmente los del partido en el gobierno, que siempre son más apetecibles. La oposición entona la misma canción como si de un coro de niños vieneses, niños poco inocentes, pero bien afinados.
El "caso Bárcenas" amenaza con hacer trizas al Partido Popular, por si fuera ya poco el descrédito de la clase política en general. No entiende la gente que aquel "no me temblará la mano" se reduzca a ir lamentándose, de inauguración a curso de verano, por los paisajes de la "marca España" y diciendo sobre qué deben hablar los medios. Al ruedo se ha lanzado otra vez Esperanza Aguirre que desde que "abandonó la política" no para de hacerla. La diferencia es que antes la hacía mayoritariamente contra la oposición, aunque a ella siempre le ha gustado repartir. En este sentido, la invocación de Bárcenas o "Gürtel" obra milagros, resucitando a las viejas glorias, sacándolas de los retiros.

Nadie más eficaz que un viejo amigo para crearte un problema; si ese amigo es el que te ha llevado las cuentas, tu tesorero, pues peor. En España se lleva hablando de "la financiación irregular de los partidos" desde hace décadas. Es casi un tópico de la vida política española y los partidos políticos siempre la han utilizado para criticarse unos a otros sin entrar de verdad en el problema, porque para ellos, claro está, el verdadero problema es no recibir dinero. La perversa concepción de lo que es la política por parte de algunos hace que estas cosas sean cada vez más frecuentes. El rosario de escándalos al que asistimos atónitos los españoles es algo con lo que hay que acabar, no con silencios, sino con leyes eficaces que nos aseguren que las personas a las que se vota confiadamente merecen esa confianza y no abusan de ella. Este espectáculo tiene que acabarse.
Escribió Thorstein Veblen en su Teoría de la clase ociosa: "Por la naturaleza misma de la cuestión, el deseo de riqueza difícilmente puede ser saciado en ningún caso particular". La percepción por parte de algunos de la vida política como la ocasión de incrementar sus riquezas (o crearlas desde la nada) ya sea mediante sobresueldos y dietas indebidas, la corrupción, la información privilegiada, o por entrar en el selecto club de los que deciden que va a ocurrir, lleva a que la conviertan en una colonia perversa. Es un rechazo general de la clase política el que nos muestran todos los estudios. Los políticos honrados que se quejan de ser metidos en el mismo saco, deberían coger el saco, meter dentro a los que no cumplen los requisitos de honestidad y lanzarlos al río. Pero no lo hacen; se lamentan, pero no lo hacen.

El "caso Bárcenas" es el ejemplo claro de mala elección de alguien para un puesto delicado. El puesto de tesorero de un partido tiene un carácter técnico, pero puede convertirse en una bomba de relojería si quien diseña las finanzas del partido no camina por la senda adecuada y arrastra a los demás, que se dejan llevar. Es un poco tarde para llamarlo "delincuente"; ya lo están haciendo los jueces.
Los problemas de Bárcenas con el "dinero ocioso" y su forma de "activarlo" son solo una parte de la cuestión. Hay otras preguntas distinguibles: la financiación mediante donaciones (de quién, por qué y para qué) y los sobresueldos (quiénes los declararon). Son tres aspectos, más alguno colateral, que tienen cada uno de ellos su entidad y alcance.
La carencia de ejemplaridad —además de la de ineficacia en la resolución de problemas generales— está dejando a la clase política con un pie en el abismo. De esto salimos todos perjudicados y cuanto antes se llegue hasta el final, mejor. A los demás nos dejan la opción de elegir entre el circo romano y el aburrimiento existencial.
Hay algo de obsceno en todo esto, algo que repugna a la vista y al estómago. Es esa especie de fascinación financiera que se respira, ese riquismo, ese realismo monetario frente a un país con millones de parados, de jóvenes a los que se les niega un sueldo digno, de recortes generalizados. Eso es lo obsceno de los sobresueldos, que mientras se preconiza la austeridad y se justifican los mínimos, los que deberían ser ejemplares no lo son. En Suiza están los "activos"; los "parados", aquí.


* " Bárcenas: “No me gusta que el dinero esté nunca ocioso”" El País 11/07/2013 http://politica.elpais.com/politica/2013/07/11/actualidad/1373546231_795305.html





jueves, 11 de julio de 2013

Una clase de Deleuze

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Comencé ayer a leer el recién publicado curso que Gilles Deleuze ofreció sobre Michel Foucault en la Universidad de Vincennes entre el 22 de octubre y el 17 de diciembre de 1985, un año después de la muerte del filósofo y compañero de ideas y disturbios. El primer volumen, que recoge las ocho primeras clases, nos trae la transcripción de lo que allí les dijo a sus alumnos presentes y que ahora podemos conocer los demás a través de la edición realizada por la editorial Cactus de Buenos Aires.
En la primera de las sesiones —la titulada de forma meramente indicativa "Ver y hablar. Arqueología, archivo y saber"— podemos comprobar la forma que en Deleuze organizaba la enseñanza, su técnica de trabajo con los alumnos:

Bueno, vamos a comenzar. ¿Qué hora es? Voy a comenzar siempre a las 10, 10 menos cuarto. No obstante, yo estaré a las 9. Y quisiera que aquellos que puedan también estén, o al menos aquellos que tengan que verme. Porque hay muchos que llegan entre las 9 y media y las 10, lo cual me molesta. De esta manera,, hábilmente doy un giro, ¿comprenden? Quiero decir que de 9 a 10 menos cuarto será el momento en que más trabajarán. Es decir, el momento en que, para aquellos que tengan preguntas para hacer sobre lo que hayamos hecho la vez anterior, se podrán hacer desarrollos, volver sobre tal punto, etcétera. Después, a las 10 menos cuarto, a las 10, avanzaré. ¿Comprenden? Repito, que quede bien claro: yo estaré aquí a las 9. Ustedes podrán ser 5, o 10, o 15... Con ellos volveremos sobre la sesión anterior. Se desarrollará lo que haya que desarrollar, o bien me plantearán preguntas o dirán algo, dirán que tal cosa no funciona, que hay que volver sobre tal punto, los que tengan que hacerlo. Después, a partir de las 10 menos cuarto, se hará la nueva sesión por aproximadamente una hora. Progresaremos, y cada semana volveremos hacia atrás por un momento. ¡Ay, parecen abatidos...! (14)*


La reacción final de los alumnos presentes es muy significativa. Ese constante regreso a lo expuesto les parecería una pérdida de tiempo, un engorro aburrido, un no salir del agujero circular. ¿Empezar la clase dándole vueltas a lo del día anterior; volver atrás cada semana? ¿Pero a qué hora comienza la clase "de verdad"?
Uno de los grandes problemas de la enseñanza es la diferente percepción que tiene el que enseña y el que aprende. De la misma forma que se dice que no se suele entender a los padres hasta que uno tiene hijos, ocurre algo similar en la enseñanza: nadie se enfrenta de verdad a lo que significa aprender hasta que tiene delante un grupo de alumnos, hasta que se ve en la tesitura de tener que enseñar. Y entonces se plantea la diferencia entre el populismo educativo y lo que de verdad significa aprender: luchar contra uno mismo, contra la propia ignorancia. Enseñar es, además, luchar con la ajena, combatirla, tomar al asalto las mentes de otros, atrincheradas, para poder plantar la bandera de una idea, de una duda en su cima. Lo que docente se plantea con sus estrategias es cómo tomar al asalto esa fortaleza bien defendida. No es fácil, pero ninguna lucha merece más la pena.
Deleuze les plantea un método que va contra los principios básicos del alumno resistente: cree que entiende inmediatamente. Y lo hace porque padece —como todos— un autoengaño: la ilusión de la comprensión. Aunque hay diferencias en cuanto a este proceso en función de las materias, en el campo de las culturales o sociales, la ilusión implica una falta de profundidad de las cuestiones que se refuerza por la maldita manía de la simplificación. La misma organización de los saberes escolares la crea y fomenta. Creamos personas convencidas de que saben.


Deleuze, por el contrario, trata de instalarlos convenientemente en otra senda de trabajo: la desconfianza de la simplicidad, la sospecha permanente sobre nuestra compresión inmediata, que se traduce en la vuelta constante a lo dado por "sabido". "Dar por sabido" es cerrar, desconectarse de las posibilidades de algo. Por eso producimos un conocimiento de tan baja calidad, por muy buenas que sean las notas. Lo que falla es la forma de "comprender" o "asimilar". Nos quedamos con lo sencillo, con lo plano, la educación en titulares.
Después de informales sobre su forma de impartir las clases y lo que espera de ellos, Deleuze les advierte:

Les lanzo un llamamiento: confíen en el autor que estudian. ¿Pero qué significa confiar en el autor? Quiere decir lo mismo que tantear, que proceder por una especie de tanteo. Antes de comprender bien los problemas que alguien plantea, hace falta... no sé... hace falta rumiar mucho. (14)

"Rumiar" es un buen verbo para representar lo que significa un verdadero aprendizaje. Es dar muchas vueltas a las cosas, exponerlas, criticarlas y seguir dándole vueltas. Nada que se explique en nuestros textos de "autoayuda educativa" o de "management del conocimiento". Los alumnos, en el fondo, son vistos como ratones de  laboratorio en los que se verifican experimentos anteriores de la tecnocracia educativa buscando el ideal del conocimiento instantáneo, como las sopas. Se les echan los polvitos del sobre, se pone el agua caliente, se remueve un poco y, ¡voila!, un joven bien preparado listo para un mercado laboral inapetente. Aunque los rumiantes nunca han tenido buena prensa metafórica en la enseñanza, el rumiado es necesario, esencial, para la comprensión. 


La carencia de la voluntad de "rumiar" por parte del sistema educativo y sus diseñadores es notoria, en la busca de la "eficiencia" educativa y el aprovechamiento del tiempo fabril escolar. La acumulación de materias es tal que ninguna se construye más allá de la consistencia intelectual de la casa del primer cerdito. El soplo de la duda las derriba sin remedio; en ocasiones no se llega ni a la duda porque el olvido las hace desaparecer antes. ¿La solución?: no dude. Como la duda puede surgir de un ambiente en el que las cosas se cuestionan, el logro más eficaz es —al contrario de lo que Gilles Deleuze les planteaba— un entorno sólidamente convencido de sus propios logros. Es la soberbia del conocimiento plano, la arrogancia del que cree que lo que dice es cierto sencillamente porque nadie le lleva la contraria. Como en esas ruedas de prensa comprometidas, se prohíben las preguntas; con el comunicado escueto es suficiente. Ya tienen todo lo que necesitaban saber.

Y las preguntas son la base del saber y, sobre todo, de su actitud. Como saben los modestos poseedores de algún conocimiento, lo tienen porque fueron más allá de lo que les propusieron que repitieran, lo tienen porque dudaron y se plantearon preguntas. Deleuze les pide que no se queden con lo primero que piensen, que construyan, que solo creerán saber, un malentendido resultado de la falta de profundidad en la comprensión de los conceptos y relaciones. 
La reacción de los alumnos de Deleuze —¡Ay, parecen abatidos...!— hoy se traduciría en una denuncia ante alguna inspección por incumplimiento de programa, la solicitud de devolución del importe de la matrícula del curso o el vacío entre las nueve y las diez menos cuarto, con la llegada masiva de los alumnos que no tienen dudas, que solo desean que les cuenten cosas nuevas cada día —como si fuera un noticiario— para combatir el tedio y la somnolencia de esas primeras horas de la mañana.
¡A las nueve para hablar de Foucault! ¿A quién se le ocurre?


* Gilles Deleuze (2013): El saber. Curso sobre Foucault (Tomo I) [1985]. Editorial Cactus. Serie Clases. Buenos Aires. 254 pp.





miércoles, 10 de julio de 2013

Los votantes musulmanes de la izquierda francesa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nos cuentan en ABC, con gran sorpresa suya, que los musulmanes en Francia —estimados entre cinco y seis millones de personas— votan masivamente a los partidos de izquierda mientras que los obreros menos cualificados se están concentrando en los partidos de extrema derecha, en el Frente Nacional. Se citan varios estudios que llegan estas mismas conclusiones. Dice ABC que «los musulmanes franceses son una comunidad culturalmente unida y muy convencida de sus valores. Se trata, en su inmensa mayoría, de hijos o nietos de inmigrantes. Pero son y se consideran franceses perfectamente integrados.»*
No se entiende demasiado la sorpresa del diario o, incluso la de los franceses. Más bien, la sorpresa sería lo contrario. Pero es una muestra más de la distorsión histórica de nuestra comprensión de muchas cosas.
Los sistemas políticos y sus concreciones electorales son el resultado de muchas variables que tienden a encajar interrelacionadas. Votar no es solo un acto ideológico, sino una acción pragmática, de intereses. No quiere decir que sea una cosa u otra, sino que en cada caso —y probablemente dentro de ciertos límites— una mezcla de ambas. Pensar que los principios de la gente obedecen a criterios puros es erróneo. Otra cosa es cómo justificamos nuestras acciones y decisiones políticas, si desde las ideas o desde los intereses. Los partidos suelen buscar a los dos tipos de votantes con sus programas, combinando ideología y principios con medidas concretas que benefician más o menos a unos o a otros.
El artículo termina señalando:

El estudio de Jérôme Fourquet subraya que Francia está viviendo una mutación sociológica de fondo y gran calado, que bien ilustra este titular de Le Figaro a toda página: «Los musulmanes de Francia votan a la izquierda».
Fourquet resume su trabajo de este modo: «Según nuestros estudios, los franceses musulmanes fueron la categoría social que votó más masivamente a favor de Hollande, hace un año, bien por adhesión a su persona, bien por rechazo de Nicolas Sarkozy. Un año después, esa tendencia de fondo se está confirmando a través de muchos indicadores».*


Lo que el artículo nos cuenta son dos fenómenos distintos, pero convergentes en una misma superficie: que los musulmanes voten a la izquierda y que los obreros voten a la extrema derecha.

La extrema derecha es sobre todo "nacionalista" excluyente, es decir, xenófoba y, en muchas ocasiones, racista. En las grandes crisis económicas se radicaliza y sale a pescar ingenuos entre los descontentos, que suelen ser siempre los trabajadores porque suelen ser quienes las padecen con más intensidad. Los argumentos de que los extranjeros les quitan los puestos de trabajo, que se pierde la identidad nacional, que se ha invadido la "patria", etc. son fácilmente entendibles y se manipula a través de ellos el descontento. Como resultado estos partidos acaban recibiendo a ese "obrero de ultraderecha" que extraña tanto al ABC. Les recomiendo que vean esa estupenda película, receptora de muchos premios, "This is England" (2006), escrita sobre sus experiencias en los ochenta y dirigida por Shane Meadows. El mensaje racista cala en las clases más desfavorecidas cuando hay crisis y hay una abundante colonia de inmigrantes a la que echar las culpas de la falta de puestos de trabajo o gastos excesivos, etc. Pasan a ser los culpables de todo. Vean lo que ocurre ahora mismo con el partido de la extrema derecha griego Nuevo Amanecer. Ese grupos de intelectuales del gimnasio se dedican a apalear extranjeros y tienen ya una serie de muertes en su haber. Con mayor o menor virulencia, se produce allí donde hay crisis y se deja crecer.
Pero resulta mucho más interesante la sorpresa causada por el hecho de que los musulmanes franceses voten a las izquierdas. Tenemos tan presente el "islamismo" y las formas radicales ultraconservadoras que mantienen, que nos olvidamos de que esto es muy reciente y que los procesos de descolonización fueron llevados esencialmente por "revoluciones socialistas", como fue el caso de Nasser en Egipto. Hay todo un fondo "progresista" y muchas veces "laico" que se ha enterrado convenientemente por una serie de intereses internos y externos. Existen millones de personas con ideas sociales  democráticas de diverso signo —liberales, socialdemócratas, socialistas, incluso comunistas, feministas— que el islamismo ha enterrado y no comprendemos en su dimensión real. Los tópicos no nos dejan ver el bosque. La lucha contra el islamismo político se da primero en sus países —como ocurre en Egipto, con la revolución— y se traslada a los países occidentales, cuyas comunidades trata de controlar para evitar "regresos peligrosos".


El hecho de que voten mayoritariamente a la izquierda francesa no debería llamar la atención por dos cosas. La primera es obviamente que cuanto más se radicalice la derecha sobre cuestiones de inmigración y xenofobia, más empujará a los votantes de origen extranjero a votar en la dirección contraria. Votarán a quien les dé más garantías y defienda mejor sus intereses El voto hispano ha sido importante para Obama, por ejemplo, por el radicalismo republicano de Mitt Romney sobre inmigración.
Pero es el segundo argumento el que es interesante. Gran parte del progresismo social que hay en la diáspora no regresa porque han ido en sentido contrario a la evolución de sus países. En la medida en que los islamistas han ido transformando la sociedad desde la década de los setenta a través de la presión sobre las costumbres o desde el poder cuando llegan, los motivos para el regreso son menores porque sencillamente no lo soportan muchos de ellos. Puede llegar a serles imposible regresar. 
Es lo que manifiesta, por ejemplo, el escritor marroquí Tahar Ben Jelloun cuando indica su imposibilidad de regresar a su país y quedarse definitivamente en Francia: sencillamente su mente no lo acepta. Lo ha reflejado perfectamente en la novela El retorno (Au pays 2009) en donde nos muestra el proceso contrario, el del trabajador marroquí, que fue a trabajar a Francia pero jamás se integró y sueña con el regreso. Él no es Europa y solo existen para él las tradiciones y la familia, de la que tiene un sentido patriarcal. Sin embargo sus hijos no regresarán con él porque no comparten los valores arcaicos de su vida y se quedarán en Francia y se casarán con personas no musulmanas. Ben Jelloun logra un interesante retrato analítico de la mentalidad conservadora del que ha hecho del centro de su vida la tradición y se muestra impermeable a los cambios.


La explicación de lo que ocurre en Egipto o Túnez, en otra medida, en Turquía, es la constatación de que existe en esos países un laicismo que no quiere verse interpretado en términos de igualación del islamismo con lo árabe, lo bereber o lo turco. Son los islamistas los que hacen esa asimilación, lo que les permite condenar a los disidentes por las dos vías, los acusan de traidores (por tener ideologías "extranjeras") y por ateos (por separar la religión del Estado). Muchos de ellos son religiosos, pero mantienen separados los dos mundos: no quieren ser dirigidos por partidos religiosos. Son los islamistas lo que quieren dirigir los países imponiendo su visión en todos los niveles, en lo político y en lo religioso, que unifican.
La transformación de las revoluciones árabes socialistas, que lucharon contra el colonialismo y el atraso social, en nuevas oligarquías que se convirtieron en estados corruptos y dictatoriales, es lo que creó el caldo de cultivo para conseguir adeptos a la fórmula "el islam es la solución", de la que se acaba de ver las consecuencias en las revoluciones de la "Primavera": los intentos de modernización y acabar con la corrupción dan entrada a los mejor organizados, los islamistas, que superponen su propia transformación ideológico-religiosa a los motivos iniciales de las revueltas.


Lo preocupante de la sorpresa causada por el estudio es ignorar que muchos musulmanes han hecho la síntesis —como la hicieron los cristianos occidentales— de unas formas más abiertas de religión que no las hacen incompatibles con las fórmulas políticas. Otros muchos árabes son, directamente, laicos o incluso ateos, como ocurre igualmente en el "occidente cristiano". Por eso es importante tener en cuenta las distinciones, saber distinguir a quién se ayuda o apoya y los efectos que eso tendrá para ellos, para los que quedan arrinconados en sus propios países, y para nosotros. El mayor error es ignorar a todos los que intentan salir del guion del islamismo político.


Que los árabes franceses, sean religiosos o no, voten en Francia masivamente a la izquierda nos muestra la diversidad del mundo islámico, una diversidad que el propio "islamismo" no reconoce y trata de imponer allí donde llega. Los que viven en Europa cada vez tienen menos motivos, como los hijos del protagonista de la novela de Tahar Ben Jelloun, para regresar. Es comprensible.


* "En Francia, los musulmanes votan a la izquierda y los obreros a la extrema derecha" ABC http://www.abc.es/internacional/20130710/abci-francia-musulmanes-votan-izquierda-201307091858.html




martes, 9 de julio de 2013

Egipto y la cuestión semántica

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En estos días muchos egipcios han tratado de hacer ejercicios malabares para salvaguardar las reservas mentales ante lo que se han negado a llamar un "golpe de estado". La intervención militar era la "respuesta" a las demandas del pueblo y de la Revolución, que Morsi y la Hermandad habían manipulado y desperdiciado. Todos los analistas, egipcios y extranjeros, coinciden en que Morsi no ha sido el presidente "de todos los egipcios", de eso no hay duda.
Hace unos días una amiga me tiraba de las orejas porque había utilizado la palabra "golpe" al referirme a que el cierre de los medios islamistas formaba parte del "abc de un golpe". Dije que entendía lo que ella me quería decir, pero que entendía que se había producido un "golpe militar" con todas las circunstancias necesarias para explicarlo. Forma parte de la "narración revolucionaria", de larga tradición, identificar la "revolución" con los "golpes". A nadie le gusta que le llamen "golpista", pero sí "revolucionario". Traté de explicarle lo que entendía por "golpe" y porqué era importante separarlo conceptualmente de la "revolución", a la que había que preservar en su espíritu integrador y democrático y, sobre todo, tener prudencia. Todos, incluso Tantawi, y Morsi ahora, usan la palabra "revolución". Pronto me dí cuenta de que la cuestión semántica había pasado a ser decisiva, casi el eje de la cuestión, nacional e internacional.


El día 3 de julio, el analista internacional de The Washington Post, Max Fisher, se preguntaba sobre esta cuestión político semántica desde el mismo titular de su artículo y él mismo se contestaba: "Is what happened in Egypt a coup or a revolution? It’s both"*. Su tesis es que Egipto está condenado a mantener visiones partidistas separadas de la realidad, que son afirmadas con total convencimiento. Señala Fisher:

Debates are already raging over whether the events of July 3 can be fairly described as a coup or not, as the subversion of democracy or its expression. Those debates are largely academic; what happened could be said to meet the definition of a coup, as well as that of a revolution. But even though both words might apply, neither is in itself enough to describe what happened: It was both a coup and a popular movement, both the expression and subversion of Egypt’s democratic experiment. And, as Foreign Policy’s Joshua Keating points out, although some academic literature finds that coups can be democratizing that doesn’t make them democratic.*


Eso era lo que trataba de explicarle a mi amiga. Unos ven el "golpe" y otros la "revolución" con igual convencimiento. Probablemente esto sea así en la mayor parte de los lugares del mundo y sea una característica de la psique individual y colectiva, que necesitan reafirmar para ver y resolver las disonancias cognitivas. Nos muestra lo importante que es el "enmarcado" de los acontecimientos para interpretarlos de una manera ajustada a nuestra propia situación. Nos sirve para construir el edificio mental en el que vivimos y nos ponemos a resguardo. Cuanto mayor es la tensión, más rotundas son nuestras afirmaciones cuando la realidad nos trae nubarrones. Sin embargo esas reservas mentales pueden ser problemáticas cuando por protegernos de un peligro nos adentran en otros más graves que acabamos aceptando. La acción política es más eficaz para resolver problemas si somos capaces de ir más allá de nuestros puntos ciegos.


El ex presidente Morsi también enmarcó la realidad de una forma parcial; así interpretó desde su percepción previa los acontecimientos nuevos y no valoró lo que suponía el movimiento popular de contestación que habían provocado su pésimo gobierno y su veloz islamización del país, con choques en todos los frentes sociales. También él estaba condenado a su propia ceguera. Y los demás la han pagado.
En Al-Ahram Weekly, el día 3 de julio, con el escueto y directo título "Ex-President Morsi" se volvían a plantear las cuestiones semánticas, esta vez también en el plano internacional:

On the second day of the ultimatum sources say Morsi was close to agreeing to delegate his powers to a new prime minister and call early presidential elections in exchange for a safe exit and immunity from prosecution for himself and other Brotherhood leaders, only to make a U-turn and broadcast a televised statement insisting he would remain. “This is the rule of legitimacy; if we deviate from legitimacy, our democratic march would suffer a setback… and the country could fall into civil unrest.”
The statement shocked the crowds in Tahrir and in front of the presidential palaces in Heliopolis and Al-Qubba who had been expecting “a moment of celebration”.
The president’s strategy, an impression reinforced by the frantic tweeting of his aides Essam Al-Haddad and Pakinam Al-Sharkawi, had crystallised: the goal now was to persuade the international community that Morsi was threatened by a coup. **


La estrategia de Morsi, de ser cierto lo reflejado, sería reforzar la idea de "golpe" y evitar que se llevara por una vía política y negociadora. Prefirió la vía dura. Esto, curiosamente, le permitía asumir el papel de "guardián de la democracia" y "garante de la revolución". Si la estrategia de Morsi y la Hermandad fue esa —evitar cualquier vía de resolución por vías constitucionales—, y forzar el aislamiento internacional del "golpe" para sostenerle mediante la presión de los países sobre el Ejército, lo que ha conseguido es una lista de muertos que irá creciendo en una espiral incontrolable. Ha sido un órdago sangriento al órdago del Ejército para encontrar en 48 horas una solución a los problemas y demandas populares. Una salida hacia adelante, solemos decir.
El Daily News Egypt publicó ayer una nota dando cuenta de una presunta escisión dentro de la Hermandad de un denominado "Free Brotherhood Front". Según señalan, un grupo de jóvenes de la Hermandad se han distanciado de la dirección acusando a los líderes de utilizarlos en sus estrategias. El artículo se cierra así: “We call on our leaders to come back to reason and give us a chance to express ourselves. Do not drive the country to seas of blood fuelled by us, the Brotherhood youth”***. Ya sea realidad o fruto de la guerra de informaciones, el baño de sangre ha comenzado.

A todos parecen haberles fallado los cálculos: al Ejército, que no esperaba tener que intervenir de esta manera y prefería quedar en segundo término; a la Hermandad, que esperaba poder frenar el "golpe" por la presión internacional sobre el Ejército; a la oposición, que se ve metida en un barco de destino incierto; y, finalmente, al pueblo, que quería más libertad para poder salir de la doble crisis, política y económica, en la que la Hermandad ha sumido al país, que ya estaba debilitado por la agonía de la era Mubarak. Ahora están en las calles, en un enfrentamiento civil generalizado. Es un pulso complicado, lleno de incertidumbres. ¿Cómo ha sido tan ciega la Hermandad?
La Revolución abrió la posibilidad de un Egipto para todos, respetuoso de la Ley, la diversidad y los derechos humanos, pero no triunfaron los que pensaban eso; ni tan siquiera guiaron el proceso, quedando sin voz. El resultado fue el intento acelerado de absorción islamista del Estado para poder cerrar el círculo sobre la sociedad egipcia. La islamización que se había ido introduciendo con fuerza desde los años setenta en muchos sectores, ahora disponía del aval de las urnas, aunque no se les hubiera votado para eso. Es este mensaje el que la Hermanad no quiso o no fue capaz de entender, que no se les había elegido para islamizar el país, algo que ellos mismos negaban de forma insistente para vencer las resistencias de todos aquellos que no querían votar a un candidato militar, Shafiq, y temían votar a uno islamista, Morsi. Ellos se comprometieron a hacer un Egipto para todos, con los nefastos resultados que han cosechado en un solo año. Han llevado al pueblo al borde de la guerra civil con otra intervención militar.


La petición del pueblo, concretada en la objetiva propuesta de Tamarod, avalada con 22 millones de firmas, era la dimisión del presidente Morsi y la convocatoria de elecciones generales. Sin trampa ni cartón, recogiendo en las calles, una a una, las firmas por todo el país. El argumento era el incumplimiento del espíritu de la Revolución, algo más etéreo si se quiere, pero que no quita la solidez del sentimiento de rechazo a las acciones islamistas de gobierno y a su ineptitud para resolver algún problema del país.
Tamarod y los 22 millones de firmantes no han dado un golpe de estado. Las gentes reunidas en Tahrir no pedían un golpe de estado; pedían que el gobierno saliera y se realizaran elecciones. Han manifestado públicamente su rechazo a la actuación del presidente y su gobierno y han hecho lo que se hace en las crisis profundas en muchos otros países con sistemas democráticos: pedir elecciones anticipadas. Con ello no sufre la democracia. Es una tendencia totalitaria identificar la democracia con un partido o líder, creerse que cuando se manifiesta el descontento contra su ineficacia se está atacando a la democracia. Para los Hermanos musulmanes esto es una práctica habitual ya que criticarles, juntos o por separado, es criticar al "islam" o al "país", lo que te convierte en blasfemo o en reo de alta traición. La fiscalía bajo Morsi sabía bastante de eso y llevó o intentó llevar ante los tribunales a los que no simpatizaban con ellos, incluidos a los responsables de Tamarod. Mohamed ElBaradei fue llamado "traidor a Egipto" por pedir disculpas a Etiopía por el espectáculo bochornoso dado en la reunión convocada por el presidente Morsi para tratar la cuestión de la presa del Nilo en territorio etíope, que fue transmitida por error en directo a todo el país, que asistió estupefacto a las discusiones sobre si había que mandar a los servicios secretos a volar la presa, entre otras fórmulas imaginativas y democráticas de entender las relaciones internacionales.


La cuestión semántica del "golpe o no golpe" divide hamletianamente al pueblo egipcio y a la comunidad internacional. Todos saben lo que ha ocurrido, pero según como lo llames dispones de unos argumentos u otros para justificar tu respuesta ante los hechos. También saben que lo que ha ocurrido no es un capricho del destino y que ha ocurrido por algo.

La única salida a un Egipto con futuro, que realmente satisfaga los anhelos de una generación, es una salida democrática, y cada paso dado se va alejando esa posibilidad. Cada muerto es una brecha en la convivencia deteriorada, una luz menos de futuro. La estrategia del pueblo egipcio no ha sido un golpe de estado. El pueblo no tiene "estrategia", solo voluntad de justicia y libertad, que es lo que ha manifestado en repetidas ocasiones. Si los militares lo tenían en mente, es otra cuestión. Si los Hermanos Musulmanes han preferido un baño de sangre antes que ser desalojados del poder, eso también habla de su forma de ser y estar en la política. 
Las voces pidiendo "mártires" e "intifadas" han salido demasiado pronto, sin dar lugar a posibles soluciones. Si alguien pensaba que era posible algún diálogo como salida, cada vez es menos factible. 
Es poco probable que el Ejército consienta en la "reposición" de Morsi; tampoco que se produzca un "contra golpe" a un "golpe teóricamente inexistente". Lo más que pueden hacer, llegados a este punto, es evitar más derramamientos de sangre que conviertan en ciencia ficción política las próximas elecciones o en una guerra abierta su campaña. El desgaste de la sangre es grande porque no es fácil reajustar la conciencia ante los conflictos habidos y por haber, que serán muchos.
Quizá el origen de los problemas es el que señala Max Fisher en su artículo de The Washington Post en el que intentaba aclarar si se había producido un golpe o una revolución:

Flash back to February 2011, when cheering crowds received the news that President Hosni Mubarak was leaving office. It wasn’t until several months later that observers started to wonder if it had really been a revolution that had toppled Mubarak, or a military coup. His resignation, after all, had been announced by one of the top generals who soon took interim rule. Tanks had been in the streets. Were events primarily driven by popular will, as expressed by thousands or millions of protesters, or by the powerful military?
That distinction is not much more obvious today than it was then. And, unless something changes in the Egyptian political culture that allows one part of the country to see two dramatically different versions of the same event, it’s a distinction they may end up revisiting.*

Algunos de mis amigos me han escuchado decir, con ironía, que en Egipto los gobiernos no "caen" sino que se quedan "flotando". El pueblo sigue esperando que una clase política absolutamente inoperante les dé la tranquilidad de poder vivir en un país más pacífico, justo y próspero. Fisher habla de la necesidad de cambios en la "cultura política egipcia". Eso es hoy una necesidad imperiosa, desesperada para poder librar de sufrimiento a un pueblo que lo padece. Por eso hemos expresado aquí con insistencia la apertura a las generaciones que tienen algo que ofrecer, a las que les ha llegado su hora, que están lejos de las viejas luchas y de los principios anquilosados e improductivos que ha fracasado en sus intentos de convertirse en hegemónicos.


El tapón histórico impide que el futuro les llegue. Solo heredan las viejas discordias, las heridas abiertas por lo caduco, víctimas de sus patriarcas. La Hermandad ha fracasado y ha arrastrado con ella el futuro, la oportunidad de la Revolución de los hijos. Más allá de la cuestión semántica está la realidad de los conflictos, que no se resuelven con el diccionario sino con espíritu de concordia y voluntad democrática que la Revolución manifestó y sus intérpretes son incapaces de representar con dignidad.
Egipto se merece otra suerte que la perversión constante de sus buenos deseos.

* "Is what happened in Egypt a coup or a revolution? It’s both" The Washington Post 3/07/2013 http://www.washingtonpost.com/blogs/worldviews/wp/2013/07/03/is-what-happened-in-egypt-a-coup-or-a-revolution-its-both/
** "Ex President Morsi" Al-Ahram Weekly 3/7/2013 http://weekly.ahram.org.eg/News/3230/17/Ex-president-Morsi.aspx

 *** "Brotherhood leadership split members" Daily News Egypt 8/07/2013 http://www.dailynewsegypt.com/2013/07/08/brotherhood-leadership-split-members/