viernes, 21 de agosto de 2026

Los otros problemas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Lo ocurrido y que sigue ocurriendo en Ceuta nos deja al descubierto, una vez más, el reino de la chapuza. Ceuta no es "un problema"; son muchos, confluyentes en espacio y tiempo. Los debates a los que asistimos colman la paciencia de los ciudadanos afectados, que quieren menos debates y más soluciones cuanto antes. El problema, claro está, es decidir cuáles son las soluciones.

Una cuestión previa: cualquier problema cuya solución esté pensada en términos de casos individuales, pasa a ser otro problema cuando se dispara el número. Las leyes no tienen en cuenta el número, solo el caso individual. Nos dicen qué hay que hacer con un menor, pero no cómo se actúa si son varios miles, como estamos viendo. Nos dicen que hay que hacer para aceptar un solicitante de asilo, pero no lo que hay que hacer cuando llegan decenas de miles. Eso es de otro orden, la cantidad.

Estos problemas son más acuciantes para la población que igualmente tiene sus límites de aceptación en función del número de casos. Cuando se nos dice que hay que estudiar cada caso, uno a uno, no se nos dice qué ocurre cuando los casos son miles simultáneamente.

ABC

Desde ese momento empiezan a extenderse los problemas: qué hacer con los menores frente a los adultos; qué hacer con las niñas para separarlas de los niños ante los casos de violaciones y agresiones, como está ocurriendo; qué hacer con los subsaharianos frente a los marroquíes en estas cantidades; qué hacer... Cualquier solución se enfrenta no solo al problema del caso, sino a esta multiplicidad de casos. que hay que distinguir y tratar individualmente. La teoría funciona individualmente, caso por caso; pero el problema es doble, el caso en sí y la multiplicidad desbordante.

El segundo problema es el que está dejando en evidencia algo que ocurre cada vez que hay un primer problema: mala organización, descoordinación, falta de recursos humanos y materiales. Ahora debatimos sobre las leyes de inmigración española frente a las cada vez más restrictivas europeas, pero ya sean unas u otras, el problema seguirán siendo los recursos, que son los que faltan.

Lo vemos en casos aparentemente simples, como es el de la manutención de unos y otros Las quejas de los soldados desplazados por la comida, por los sitios habilitados para que duerman, etc. dan vergüenza ajena. La limpieza de la playa ha debido suspenderse por el regreso de los que no debían volver a ella, por lo que ha servido de muy poco lo hecho. De nuevo el caos.


Las leyes están claras, pero los servicios legales carecen de las dotaciones necesarias para resolverlo con la prontitud que exigen los ciudadanos, lógicamente preocupados y cada vez más inquietos. Las chapuzas se acumulan, como lo ocurrido con la barrera flotante. No se trata de detener el paso, como muchos creen, sino de la complicación legal surgida por la norma que distingue los que han entrado sin obstáculos o saltándose obstáculos (la barrera, en este caso).  La situación legal es diferente y con ello las posibilidades de actuación. La barrera llegó tarde, como sabemos. Una chapuza.

Es muy bonito hacer leyes pensando en caso individuales. Podemos ser detallistas en extremo, Pero una llegada masiva complica no solo las devoluciones, sino el concepto de devolución, de su ritmo y de a quién se debe aplicar.

Pero podemos pensar en otros casos más allá del de Ceuta. Se nos junta todo: los incendios masivos dejan en evidencia la falta de recursos y atención a algo que se repite cada vez con más frecuencia y con menos prevención, los incendios. La queja es común: faltan recursos ante los incendios masivos repartidos por toda España. Nadie hace nada hasta que se desata el incendio. Entonces todo son quejas, empezando por los afectados directamente, que podían haber hecho algo más previamente y continuando por las autoridades municipales y autonómicas.

Los incendios estaban cantados, como lo estaba el asalto a la frontera ceutí. No lo sabían los que no quería saberlo o que les estropearan las vacaciones, un motivo de primer orden.

Nuestros políticos lo usan, como siempre, para tirarse trastos a la cabeza y redirigir la indignación hacia el otro. Es más rentable que tratar de establecer acuerdos nacionales, planes aplicables antes y no después de incendios y asaltos.

Una administración eficaz es la que previene el problema antes de que este estalle. La eficacia consiste en la capacidad de prever lo que puede ocurrir y valorar las probabilidades y riesgos, así como las inversiones necesarias. Pero es mejor invertir en fiestas patronales que en riesgos de incendios o asaltos de decenas de miles a una frontera.

El problema no es la emigración, ni los menores. El problema somos nosotros, el tercero, con administraciones más preocupadas de mantenerse en el poder con los amigos que en la atención real al ciudadano. Los recursos se pierden en bolsillos de algunos (en eso quedan los casos de corrupción, en detraer el dinero público gastándolo ineficazmente) y no llegan cuándo deben ni a dónde deben.

Al final, cada paso se convierte en problemático, con nuevos problemas en cadena.

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