viernes, 29 de abril de 2022

Extrañas escépticas en un tren

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Suelo ir escuchando música en mis idas y venidas en Metro y tren cuando tengo que ir a Madrid. La música tiene el doble efecto de relajar y de aislarte de un entorno en el que a la gente le gusta que la oigan en sus conversaciones, ya sean en personal como telefónicas. Ese aislamiento me permite concentrarme en la lectura y alejarme de las distracciones de las conversaciones, que pueden incluir a personas a más de veinte metros. Creo que no se enseña en las escuelas a mantener tonos que no molesten y hay gente en los trayectos que mata el aburrimiento aprovechando para llamar. ¡Qué tiempos aquellos en los inicios de los móviles en los que la gente salía a hablar al espacio entre vagones en los trenes! Ha aumentado el desprecio por los que tenemos cerca y, en igual medida, pero a la inversa, el sentido de la intimidad, que se ha reducido a la nada a tener de las conversaciones que te obligan a escuchar.

Pero hace dos días no llevaba la música y desde el otro lado del pasillo del tren comenzaron a llegarme las voces de dos mujeres del otro lado del pasillo. Levante la vista y solo podía ver a una de ella, mientras que la otra permanecía oculta por el respaldo de su asiento. La que yo veía desde el mío hablaba de las noticias que había visto en la televisión sobre Ucrania. Mencionaba imágenes de niños que yo había visto esa misma mañana durante el desayuno, temprano. Se mostraba muy emocionada con la descripción del horror de lo que le mostraban.

Pronto saltó la voz de la otra mujer. Donde la otra voz mostraba emoción, la nueva mostraba dureza y hablaba acelerada:

—¡A mí todo esto me parece un paripé! —explicó. ¡Tanto que dicen que el presidente está escondido porque le amenazan y está todo el día recibiendo visitas! ¡Un paripé que se han montado entre ellos!

Y así siguieron el resto del trayecto, la una emocionada por lo que veía y la otra escéptica y firme en sus argumentos. Todo era un paripé. Cuando fui hacia la puerta traté de fijarme en ella. Eran dos tipos muy distintos. El pelo recogido en una, sencillez general, mientras que la oculta mostraba un pelo blanco con un moderno corte a flequillo, bien trajeada, con estilo, varios anillos en sus manos y un bolso de marca.

Hoy las noticias nos hablan de la visita de Antonio Guterres, el Secretario General de Naciones Unidas, a Kiev a encontrarse con Zelenski tras haber pasado antes por la larga mesa del Kremlin. Los edificios que les mostraron en su visita a la capital Ucraniana fueron bombardeados de nuevo esa misma tarde. ¿Casualidad o una nueva forma de comunicación rusa, una advertencia?

Me imagino que en el siguiente trayecto, la mujer escéptica insistirá en sus argumentos para convencer a su compañera de viaje de que todo se trata de un "paripé". Lo hará todos y cada uno de los días en que regresen juntas porque ella ejerce una forma de liderazgo que necesita ser escuchada y convencer de sus posiciones a su interlocutora. Esta, por su parte, es una persona que cree en lo que ve y siente empatía por el sufrimiento que se le muestra. Para la negacionista de la guerra, por contra, las ideas previas le hacen distanciarse de las emociones que las imágenes provocan y les aplica un cinturón de descreencia mostrando así su dureza. A ella, nadie la engaña.

Creo que estas situación es el reflejo reducido al ámbito de lo personal mínimo, dos personas, de la guerra informativa que padecemos. Rusia, en el ámbito macro, el máximo, niega todo, discursos e imágenes: nada es verdad. Ellos no invaden, no bombardean ciudades, no masacran, no ejecutan, no cavan fosas comunes. No necesita explicación alternativa, le basta con la negación de la existencia. Todo es paripé.

Según la línea que une el Kremlin con la señora escéptica del tren de Cercanías, todo es un montaje: Ucrania se bombardea ella misma y ellos tratan de salvarla de la peste de neonazis, corruptos y gais. Los rusos, por su parte, aceptan en su mayoría y de buen grado lo que se les transmite oficialmente. Es lo que llevan cientos de años haciendo en una combinación trono-patriarca de Moscú que en ocasiones ha sido sustituida por el por el líder de turno del Partido Comunista y que ahora vuelve a la combinación Putin-patriarca.

En el paripé, por supuesto, se incluyen los miles de medios de información de todo el mundo que están informando sobre el terreno. La señora escéptica, me imagino, solo ve Russia Today, la única cadena que en su opinión es objetiva porque dice lo contrario a los demás, algo que siempre le ha gustado porque le permite ejercer su liderazgo en el lugar de trabajo llevando siempre la contraria a lo que sus compañeros dicen. Ella sabe; los demás están manipulados.

Llevar la contraria suele ser un fuerte rasgo de personalidad. Todos conocemos a personas que dirán B cuando digamos A y viceversa. Es lo que se llamaba antes el espíritu de la contradicción y que hoy se manifiesta a través de los circuitos informativos de las redes sociales, en las que se lanzar mensajes contrarios para que sean recogidos por esas personas a las que les gusta votar, discutir, apostar por aquella postura minoritaria que le permita la confrontación.

Las posturas escépticas y negacionistas tiene bastante parecido, pero orígenes diferentes. El negacionista tiene una estrategia para la negación; el escéptico contumaz solo el llevar la contraria para mostrarse superior a los demás, a los crédulos. En ocasiones se combinan las dos posturas, sin duda.

En los medios de comunicación algunos ejercieron este tipo de postureo escéptico intentando distanciarse y llamar la atención. Ellos eran incrédulos, que es su manera, como la señora del tren, de decir que a ellos nos les engañan, que ellos comprenden que los medios pueden ser manipulados y desarrollan diversas teorías ante los ojos perplejos de quienes les escuchan.

Este escepticismo inicial con el temor de la manipulación ha ido decayendo porque cada vez es más difícil sostener que en Ucrania no ocurre nada, como hace Putin, que vende nueva estrategias y viejas amenazas en cada intervención pública, en cada encuentro con dirigentes del mundo que intentar convencerle.


No tenemos una idea real de cómo piensan los rusos, de cómo se está agrupando la opinión ante lo que recibe, que no es mucho. Indudablemente, el control de los medios permite el control de la opinión, pero esto no es sencillo, especialmente en grupos urbanos grandes, donde se establecen otras líneas de transmisión de información al margen de las que están vigiladas. Las protestas rusas contra la guerra han sido un hecho callejero, pero no sabemos qué respaldo puedan tener. La imagen del cien por cien del pueblo ruso convencido de que lo que les dicen es verdad es muy improbable. Se nos habla de ruptura de familias ruso-ucranianas, pero tampoco es probable que esto sea un absoluto, sino que tendrá sus porcentajes de división y credulidad.

Putin ha controlado siempre la disidencia, de Navalni a las Pussy Riot. Rusia es un país que no ha relajado la represión a lo largo de su historia. Me imagino que la mayoría de los represores zaristas pasaron a afiliarse a la represión comunista, tal como la represión comunista acabó en las filas de Putin, él mismo un dirigente de la KGB.

Un triste destino el del pueblo ruso, con una riqueza cultural asombrosa —basta con contar artistas, escritores de Pushkin y Dostoievski, a Tolstoi y Lermontov, a Bulgakov... a tantos autores queridos que dieron cuenta de su "alma" contradictoria, turbulenta, explosiva... muchas veces desde exilios lejanos, como mi admirado Turgéniev, a teóricos de todos los campos, como Bajtin o Lotman en el estudio de la Cultura, como Lev Vigotsky en la Psicología del Lenguaje... Tantos otros que pudieron crear frente a las barreras oficiales, castrantes de la imaginación, impositoras de estilos oficialistas, modelos que había que seguir a cualquier precio.

Cada día es más difícil negar el horror, el abuso, la ferocidad. Cuando Rusia descubra el alcance de la barbarie que se está haciendo en su nombre solo podrá hacer dos cosas: llorar su ceguera o seguir defendiéndola, asegurando que todo es una conspiración de sus enemigos eternos.

Puede que algún día vuelva a coincidir con estas dos extrañas en el tren, escuchar es tensa negociación sobre qué es verdad y qué es mentira. Espero que para entonces el pueblo ucraniano haya dejado de sufrir esta sangría y que pueda disfrutar de su suelo —hoy lleno de minas y muertos—  y vida en paz con los supervivientes y los más de cinco millones de exiliados.

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