lunes, 4 de abril de 2022

El negacionismo ruso

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Las imágenes terribles de Bucha plantean un nuevo desafío al negacionismo ruso. Ante las evidencias, al gobierno ruso solo le queda para protegerse de las reacciones la negación. La pregunta, entonces, es ¿cuánto tiempo pueden mantenerse las mentiras tras el muro de contención de la negación absoluta de lo que está ocurriendo?

Ayer pude leer los ataques contra la enviada especial de RTVE a Ucrania, Almudena Ariza. Eran mensajes intimidatorios a través de Twitter claramente orquestados desde varias cuentas en los que se la acusaba de tergiversar las traducciones de las personas entrevistadas, las personas encontradas en los lugares castigados por los ataques rusos. Los ataques contra los periodistas, testigos de lo que cuentan, es un síntoma más de esta guerra que Putin ha desencadenado en diversos niveles.

Son varios los periodistas y fotoperiodistas muertos en esta guerra, rondan ya la decena. Hay la sospecha de que a algunos periodistas se les ha geolocalizado a través de sus teléfonos móviles y se les ha bombardeado con gran precisión. Es el caso de la periodista Oksana Baulina, cuyo vehículo fue impactado directamente durante una transmisión. Oksana Baulina era de origen ruso, pero trabajaba para medios de otros países, en este momento para The Insider. Era conocida por su oposición al régimen de Putin y su cercanía a los disidentes. Su muerte tiene todas las trazas de una ejecución a distancia. Los periodistas son fácilmente localizables porque su trabajo es precisamente hacerse visibles en los espacios desde los que retransmiten. Oksana Baulina ha sido la séptima víctima periodista en este guerra, ni la primera ni la última.

El gran enemigo de Putin es la información, encarnada en los periodistas e informadores de todo tipo que dan cuenta de lo que ocurre en Ucrania, en sus rincones. Esta situación confirma que los planes estratégicos de Vladimir Putin eran una "guerra rápida" que se pudiera vender al mundo —y especialmente a la propia Rusia— como una "liberación". Pero la enorme resistencia ucraniana, el éxodo de más de 4 millones de personas hacia el oeste, saliendo por Hungría y Polonia, junto a otros países vecinos, ha hecho que la realidad sea imposible de contener en los límites de la propaganda.

Los dictadores se vuelven excesivamente confiados y Putin ha caído en la creencia de su propia capacidad de contención informativa. Se ha equivocado, ya sea porque le informan mal o porque desea modelar la realidad mediante el aparato represivo conjunto, el paquete de medidas judiciales, policiales e informativas mediante el que se sostiene. Los errores de cálculo se han ido acumulando.

La "verdad de Putin" es insostenible, sospechosa, una demostración de los mecanismos más arcaicos de la propaganda. Es una Rusia vieja y avejentada por su propio aislamiento y modelo expansivo: invasión y gobierno títere represor. Es el retroceso al "gran hermano" orwelliano que tenía su modelo precisamente en la Rusia de Stalin, la de la manipulación de la verdad retorciéndola hasta hacerla irreconocible pero omnipresente.

Las imágenes de las matanzas en la ciudad de Bucha muestran una voluntad de destrucción, una rabia por enfrentarse a lo que es la retirada de las tropas. El paseo triunfal que se preveía está siendo una retirada con el rabo entre las piernas, algo que no entraba en los cálculos iniciales y para lo que parece no estaban preparados. Solo queda el recurso criminal de las matanzas de civiles, de la retirada dejando sembrado de cadáveres carreteras, edificios, calles y pozos.

Otra de las noticias que se nos ha dado en estos días son los testimonios desde otros países vecinos de las llegadas de rusos. Es un indicador también del resquebrajamiento del muro de contención de Putin en el interior. La llegada de los rusos es vista con cierto recelo, nos dicen, por temor a que se estén infiltrando en países limítrofes que pudieran ser invadidos por Rusia. Todo es posible, pero es más probable que se esté produciendo la salida por desacuerdo. Lo que sí queda claro es el recelo que provocan al llegar por el temor a un país que ha hecho de la invasión y la guerra su marca identificadora. Nadie ve a Rusia como un liberador de nada sino, al contrario, como un peligroso vecino del que hay que tener muchos cuidad, un vecino de agresividad sin límite capaz de decirte dónde puedes estar o con quién.

Las guerras se dan cada vez más en las pantallas y en las planas de los periódicos. Pero mientras Ucrania alberga a miles de periodistas de otros países, Rusia los expulsa, bloquea o encierra. Las imágenes que salen desde Rusia son imágenes propagandísticas de apoyo al gobierno y cada vez son más limitadas y evidentes, como las que veíamos ayer mismo de viejos ex soldados con sus uniformes y portando banderas.

Cada día salen a la luz historias de familias ucranianas y rusas que se rompen porque las rusas no aceptan lo que les cuentan sobre lo que está ocurriendo. Rusia ha sido siempre un pueblo manipulado, lo ha sido desde el tiempo de los zares hasta la Rusia de Putin. No ha habido periodos de libertades y la opresión ha sido constante pese a los cambios de régimen. De los zares a Putin se ha aprovechado el condicionamiento creado anteriormente, la idea de la sumisión al poder, al "padrecito" del que se han acostumbrado a depender. El ejemplo más claro en este caso lo hemos tenido en el apoyo dado a la invasión por el patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Moscú a la invasión de Ucrania. Se trataba de "salvar" a los ucranianos de la plaga de la homosexualidad, de un "lobby gay", según el patriarca de Moscú; había que evitar que se produjeran desfiles del "orgullo". Frente a este desfile, el patriarca ruso bendice los "desfiles" militares que invaden y matan. Todo sea por una "buena causa".

El ejemplo de la jerarquía de la Iglesia rusa deja en evidencia la burbuja envolvente que el pueblo ruso, siempre guiado, pastoreado, ha tenido en su historia. Los mecanismos de justificación siempre suponen el mantenimiento del poder y su sentido imperialista. Durante varios siglos, Rusia era para sus habitantes un vigilante que salvaba al mundo de la barbarie sin alma oriental, la salvaguarda del mundo cristiano. A esta idea contribuían ideólogos que forjaron la idea de la "santa Rusia", fortaleciendo el poder de sus autoridades que habían aprendido, como Putin hizo después, a retratarse con un cirio encendido en las manos mostrando así su "lado religioso". Bendecir las tropas que ahora asesinan en Ucrania, que destruyen pueblos enteros sin misericordia alguna, pasará factura cuando caiga el muro de contención de la verdad.

Los miles de periodistas que cubren la información en Ucrania o en los países vecinos, los que recogen a los que huyen del horror, son garantía en su conjunto de lo que vemos. Cerrar el grifo de la información es fácil en una dictadura y bastante difícil en una democracia.

El muro que Putin ha construido alrededor de Rusia la asfixia en muchos sentidos, más allá de lo informativo. La Rusia de Putin será pronto un aliado incómodo para muchos países que difícilmente podrán soportar el desgaste de la amistad con el dictador. Cada masacre separa a Rusia del resto. Solo le queda el club de los dictadores, pero tampoco será fácil ponerse incondicionalmente de su lado por temor a ser arrastrados a la inestabilidad que puede suponer ponerse abiertamente de su lado.

Conforme intensifica la guerra y la hace más cruenta, Putin separa más a Rusia del resto. Se habla de "rusofobia", lo que no deja de ser una broma. Las críticas a Rusia lo son a Putin y a los que apoyan sus versiones de lo que ocurre ya sea por amor o por estupidez o una mezcla de ambos. No debe ser fácil, en cualquier caso, asimilar que tu "padrecito" es un criminal frío y mentiroso, que te ha estado engañando y ha despertado el recelo mundial hacia tu país. Nos ofrecen la noticia de que los autobuses de San Petersburgo forman una "z" en apoyo al ejército ruso. La "z" será pronto la marca de la ignominia, defendida por aquellos que morirán en la creencia de que todo es mentira, que su ejército fue a Ucrania para desnazificarla, deshomosexualizarla, etc., "liberarla" finalmente.


A la Rusia de Putin le han fallado los planes, sin duda. Fracasó en su intento de que los refugiados fueran por los corredores "humanitarios" abiertos por ellos mismos hacia Rusia, en un intento de hacerse con decenas de miles de rehenes. Ha secuestrado cientos de alcaldes de poblaciones que habían de ser sustituidos por prorrusos. La resistencia ha sido mayor de lo esperado, no un desfile victorioso, entre aclamaciones.

Hay que ser firmes con Putin y tener la esperanza de que el pueblo ruso despierte y no se encierre en un mayor nacionalismo reductivo y ensimismado. Hay rusos de la "Z", pero también muchos que no merecen ser estigmatizados, aunque en esto es difícil mantener distancias. Lo que Putin hace mancha a muchos y les crea problemas.

Hay millones de rusos que han ido abandonando Rusia en estos tiempos. Merecen apoyo porque tuvieron el valor de hacer lo que no siempre pueden. Los miles detenidos en Rusia por manifestarse contra la guerra son también rusos y arriesgan sus vidas por tratar de que se conozca la verdad, aunque sea sacando una pancarta denunciando en un programa de televisión. Rusia, como país tradicionalmente autoritario, ha tenido su primera víctima en su pueblo. Eso no hay que olvidarlo y tratar de hilar fino, que no siempre es fácil.

Los que quieran vivir en el negacionismo, luciendo la Z y defendiendo que Rusia es la reserva espiritual de la humanidad, que sus guerras son "santas", lo van a seguir haciendo, pero aquellos críticos, rebeldes, que siempre ha tenido, merecen algo más, tanto por lo que arriesgan como porque representan una alternativa, aunque sea lejana, de futuro. Al menos hay que imaginarlo así.

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