miércoles, 26 de junio de 2013

Snowden y el asiento vacío

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Lo único transparente son ya los espías. ¿En dónde han quedado aquellas tramas oscuras y sinuosas de John LeCarré? ¿Dónde los topos y agentes con más dobleces que una falda heredada?
El espectáculo de un avión que sale de Moscú hacia La Habana en que los reporteros le preguntan al Capitán si viaja en él el "espía" y este les dice —entre risas— que no, que en el vuelo solo va lleno de periodistas, es un momento de difícil encaje en la historia del espionaje moderno o antiguo. Las fotografías del asiento vacío en el que debía viajar Snowden, el espía franquiciado por Wikileaks, solo tiene paragón con la silla vacía a la que Clint Eastwood entrevistó durante una alucinación "obámica" en el mitin central republicano en la última campaña. Los periodistas no tenían que haber perdido esa ocasión de oro y haber entrevistado al asiento vacío antes de que tuvieran que ponerse los cinturones y poner el respaldo recto. Ocasión perdida. ¿Cuántas personas son capaces de llenar un avión de periodistas? Es el juego del gato y el ratón sin que sepamos muy bien quiénes son unos y otros, quién juega con quien.


Snowden ha pasado por China, por Moscú, pasará por La Habana, dicen —la ruta de la seda de los espías—, y llegará a ese nuevo paraíso fiscal del espionaje que se llama Ecuador, como si se tratara de un juego de mesa. Julian Assange se habría quedado a tiro de cinco para llegar a la meta, refugiado en la embajada londinense en donde la paciencia británica es puesta a prueba con unos cuantos bobbies vigilando las cestas de la ropa sucia camino de la lavandería, no vaya a ser que las "sábanas blancas" emprendan el vuelo y Rafael Correa salga a un balcón presidencial con un espía cogido de cada mano, imagen por la que el presidente mediático suavizará sus relaciones con la prensa. Un día es un día y nadie le hace ascos a una buena foto, portada mundial.

El espionaje ya no es, desde luego, lo que era. Del trío, han trincado al soldado bajito y un poco acomplejado que sacó los materiales para que Assange los difundiera con Wikileaks. Snowden dice que ya se metió en la CIA para espiar, lo que dice muy poco de la CIA y de la sección de personal de la empresa. Esto pasa por "externalizar" los servicios, como le ha ocurrido a Montoro con los errores de las falsa venta de las fincas de la Infanta —aunque ya no sé qué es lo que era falso si la venta o las fincas—, que tienes que ir rastreando a ver quién ha metido la pata con los datos en algún punto del proceso.
Con el espionaje informático a granel todos los demás parecen pequeñitos, pequeñitos, hasta el chino y el ruso, que también se dedican a estas cosas pero no tienen a su servicio las grandes compañías del ciberespacio. 
Hay gente que se siente más importante porque se ha enterado que también le escuchan a él o dicen sandeces por teléfono para que se fastidie el que esté escuchando. Obama lo ha terminado de arreglar con eso de que no se preocupen los suyos, que solo espían a los de fuera. Pero como los de fuera somos nosotros, pues protestamos porque, total, ¿qué he hecho yo para que me espíe Obama? Y es que habrá quien se figure que tiene a Obama con los cascos puestos todo el día al otro lado de la línea. Por mucho que te expliquen lo del ciberespionaje, te lo imaginas a la antigua, con los espías de antes, algo más personalizado. De eso queda muy poco.


En la memoria descolocada quedan aquellas míticas imágenes de los intercambios de espías en la oscuridad de la fría noche berlinesa, en el "Checkpoint Charlie", con aquella frase mítica en varios idiomas: "You are leaving the American Sector".  Ahora el "american sector" es todo el planeta y no se sale de él. Los intercambios próximos serán en grandes estadios cobrando la entrada. Los espías descubiertos podrán ser jurados en sus respectivos países del reality "American Spy" y sacarán su propia línea de gabardinas.
La permanente escena del balcón de Julian Assange saludando a sus fans es la confirmación de que el espionaje se ha convertido en un espectáculo de masas, que Snowden ha confirmado con su loca huida. El espía discreto ha pasado a la Historia. Hoy lo que se lleva es el espía escandaloso, el que llama la atención y da ruedas de prensa, aquel del que todos hablan y está en la portada de todos los medios, en el inicio de todos los noticiarios. Son espías con asesor jurídico y de imagen, que firman fotos a los fans y conceden entrevistas.




Todo sigue siendo muy extraño porque estos espías, defensores de las libertades de los demás, se van siempre allí donde menos hay, en terrible paradoja. ¿No hay ya países libres a los que escapar? Ni China ni Rusia están libres de estas cosas y aún peores, entre polonios y cárceles de disidentes. Estos espías no revelan los secretos al "enemigo", se los revelan a todo el planeta. El "enemigo" se da por contento con el desgaste al que se somete al rival, con poder quitarle razones para poder seguir haciendo lo suyo sin que le recuerden sus propias violaciones. Es irónico ver a ciertos países, indignados, pedir explicaciones por el espionaje cuando tienen a sus ciudadanos como los tienen. Pero así es el mundo, una gran valla publicitaria que presume de lo que carece.
No sé cómo estarán las apuestas en Londres sobre dónde está Snowden. Lo que sabemos es que de Moscú salió para La Habana un avión cargado de periodistas y un asiento vacío. Parece un thriller escrito por Derrida.







martes, 25 de junio de 2013

Richard Matheson ya es leyenda*

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La originalidad de Richard Matheson ha consistido en trasladar los conflictos propios de la tramas narrativas a un marco explicativo evolucionista de raíces claramente darwinistas, es decir, planteado como rivalidad tanto en los límites internos de las especies (rivalidades intraespecie: individuales, entre grupos), como entre especies, algo que encaja muy bien dentro de la temática de la Ciencia-Ficción, género en el que el autor ha dado varias obras maestras, como Soy Leyenda o El increíble hombre menguante, reforzadas por su paso al cine. Ambas forman parte de la cultura popular de la segunda parte del siglo XX y conectan con el miedo del hombre a ser el desencadenante con sus acciones de desastres bélicos y medioambientales que modifiquen las condiciones del entorno. La nube tóxica que afecta al "hombre menguante" o la "guerra" en Soy leyenda forman parte de los temores de la Guerra Fría y del peligro nuclear, presente en la mente colectiva de la segunda mitad del siglo. Matheson los tradujo a historias populares y los enmarcó en un imaginativo marco evolutivo.
Los procesos de selección natural, como ya señaló Charles Darwin, se establecen como conflictos entre miembros de una misma especie, como ocurre con la rivalidad sexual para conseguir la propagación genética, y la rivalidad con otras especies por ocupar los nichos y hacerse con los recursos existentes. Los seres vivos compiten, pues, entre ellos, y con otros. Además de esta competencia con otros seres vivos, existe el elemento que determina las posibilidades del conjunto, las variaciones del espacio en el que se encuentran y que determina las posibilidades mayores o menores de supervivencia en función de la adaptación. La vida es una carrera a ciegas por la superviviencia.
Para centrarlo en términos darwinianos, Matheson se ocupa de:

  1. conflictos por los recursos entre especies distintas.
  2. Cambios o mutaciones de las especies que favorecen o dificultan la adaptación al entorno estableciéndose los mecanismos de la selección natural.
Estos dos principios pueden ser reconocidos en las novelas y relatos cortos, Soy leyenda, El increíble hombre menguante o Duel, con diferencias interesantes en los mecanismos que se hacen intervenir en cada uno de los casos.



Soy leyenda (1954): cuando las mayorías ganan y los que ganan escriben la historia

¡Soy un animal!, gritó. ¡Un estúpido y torpe animal! (96)

Neville es el último ser humano. Al menos tal como habían existido hasta el momento. Una extraña epidemia ha acabado con la humanidad. Se ha apoderado de los seres humanos transformándolos en vampiros.
El título de la obra es terriblemente irónico. Para los humanos, los vampiros son una leyenda. Cuando Neville, el último hombre sobre la tierra, desaparece, son los seres humanos los que pasan a convertirse en leyenda, es decir, se transformarán en una historia que muchos de los vampiros, pasado el tiempo, considerarán una invención fantasiosa, una fabulación sobre seres inexistentes. La expresión de Neville poco antes de morir, “¡Soy leyenda!” es un ejercicio de relativismo evolucionista: los buenos son los que sobreviven, los malos se extinguen. Las guerras siempre las ganan los buenos, que son quienes las pueden contar.
Desde una perspectiva evolucionista, son los elementos externos los que deciden quién es apto y quién no. De hecho, Matheson deja claro que los cambios no solo afectan a los humanos, sino a la totalidad del medio. Es el ecosistema lo que cambia.


Aunque la historia en su plano argumental se centre en la lucha entre los vampiros y el hombre, esto no es más que la parte del iceberg que se percibe. Neville habla de que ha comenzado la “edad de los insectos” (55), ya que son estos los que están transmitiendo la infección bacteriana.

—Espero que no estemos alimentando una raza de superbichos —dijo Neville—. ¿Recuerdas aquellos saltamontes gigantes que encontraron en Colorado?
—Sí.
—Quizá los insectos eran… ¿Cómo los llaman? Mutantes.
—¿Qué es eso?
—Oh, significa que… cambian. De pronto. Evolucionan saltando fases intermedias, y hasta quizá desarrollándose como nunca lo harían si no fuese por…
Silencio.
—¿Los bombardeos? —preguntó la mujer.
—Quizá.
—Bueno, por lo menos provocan las tormentas. Y quizá otras cosas.
Virginia suspiró cansadamente y sacudió la cabeza.
—Y dicen que ganamos la guerra —dijo.
—Nadie la ganó.
—Los mosquitos la ganaron.
Neville sonrió débilmente.
—Me parece que sí —dijo. (56)

El antagonismo de la narración, el que se realiza entre seres humanos y vampiros, no es más que la superficie del gran conflicto, el que involucra a la totalidad del ecosistema. La narración no hace sino focalizarse sobre uno de los múltiples y permanentes conflictos que son la evolución misma. El elemento desencadenante de los cambios, aunque no se pase de las hipótesis por parte de los personajes —“todos tienen alguna idea” (57), comenta Neville—, es la guerra bacteriológica, una acción humana que ha alterado el equilibrio. Es un germen el que ha modificado las condiciones del sistema y ha favorecido a unos y perjudicado a otros. Los que están mejor adaptados a los cambios producidos sobreviven; los que no, se extinguen. En este caso, los seres humanos son los que llevan la peor parte. Han adquirido una infección que les ha transformado en vampiros. Esta enfermedad es causada por una bacteria, el "bacilo vampiriis", tal como Neville la bautiza tras descubrirla en su investigación de las causas de las infecciones. Él ha desarrollado inmunidad a su efecto debido a una mordedura de murciélago que padeció anteriormente. El germen obligaba al organismo en el que se desarrollaba a buscar la sangre humana. Así, la enfermedad se ha ido propagando transformando en vampiros, muertos vivientes manejados por los gérmenes, a los seres humanos.
La soledad de Neville es angustiosa. Matheson juega con la presencia del instinto sexual que atenaza al protagonista. El instinto reproductor, la necesidad de extender su código genético, se le presenta como un dolor constante, un sentimiento agónico ya que no tiene con quién cruzarse. Los cuerpos humanos que quedan sobre la tierra no son más que colonias de las bacterias. Las mujeres vampiro utilizan sus cuerpos con provocación para tentarle a salir de su refugio, pero Neville sabe que no es más que un reclamo sexual para acabar con él.


Sin embargo, entra en juego un elemento nuevo: aparece una mujer, Ruth, bajo la luz del sol. Neville no puede creer que sea la última mujer humana y recela de ella. La atracción y el temor le presionan. La desea, pero tiene miedo de que sea una de las mujeres vampiro que han urdido algún tipo de engaño. Neville, ante sus sospechas, decide someterla a análisis para comprobar si está infectada. Cuando comprueba que sí lo está, Neville es golpeado y abandonado inconsciente. Cuando despierta, lee la nota que Ruth le ha dejado. En ella le explica que su objetivo era espiarle y vengarse por la muerte de su marido, a quien Neville eliminó en una de sus salidas cazadoras al ser un vampiro. Sin embargo, Ruth le exculpa ya que ha comprendido sus motivos:

[…] Sé que no elegiste tu modo de vida, como nosotros no elegimos el nuestro. Estamos infectados. Pero ya lo sabes. No sabes en cambio que seguiremos vivos. Descubrimos el modo, y vamos a crear una nueva sociedad, lentamente, pero sin desmayos. Nos libraremos de esos miserables castigados por la muerte. Y, aunque no lo quiera, hemos decidido matarte a ti y a todos tus semejantes.
[…] Somos por ahora unos pocos. Pero creceremos tarde o temprano, y ninguna palabra mía podrá impedir tu destrucción. En nombre de Dios, Robert, ¡sálvate mientras puedas!
Sé que no me creerás. No creerás que podemos vivir ya a la luz del sol, aunque durante cortos periodos. No creerás que mi color no era sólo maquillaje. No creerás que podemos vivir con el germen en la sangre.
Por eso te dejo una de mis píldoras.
Las tomé todo el tiempo que pasé aquí. Las ocultaba en mi cinturón. Descubrirás que son una mezcla de sangre defebrinada y una droga. No sé exactamente qué es.  La sangre alimenta al germen, la droga impide su multiplicación. El descubrimiento de esta píldora impidió nuestra muerte, ayudándonos a reconstruir el mundo. (162-163)


La especie humana, pues, sobrevivirá al adaptarse. Lo hará bajo la forma de estos nuevos vampiros controlados, ya no muertos vivientes, sino seres vivos que han logrado controlar los gérmenes que les parasitaban. Gracias a su capacidad inteligente, los antiguos humanos han desarrollado la forma de controlar científicamente la infección. No desaparecerá la enfermedad, pero controlan sus efectos y sobreviven. Ahora apenas son un pequeño grupo, pero están dispuestos a recuperar la posición perdida.
En esa futura sociedad/especie que se avecina, Neville no tiene lugar; no es más que un fósil viviente, un resto de una humanidad ya inexistente. Los nuevos vampiros, con auténtico sadismo, realizan las mismas labores que Neville llevaba a cabo: el exterminio de los vampiros viejos. La lucha por la supervivencia se muestra en toda su intensidad. Unos sobrevivirán y otros desaparecerán. En la explicación final que Ruth le da antes de que sea ejecutado, Neville comprende que el nuevo orden que se va a instaurar tiene muy poco ya de humano:

—Todas las sociedades nuevas son primitivas —replicó la joven—. Tú deberías saberlo. Son… como grupos revolucionarios, que transforman la sociedad por la violencia. Es inevitable. Tú mismo recurriste a la violencia, Robert. Mataste. Muchas veces.
—Solo para… para sobrevivir.
—Nosotros matamos por las mismas razones —dijo Ruth con calma—. Para sobrevivir. No podemos permitir que los muertos persigan a los vivos. Deben ser destruidos. Y lo mismo quien mata a los muertos y a los vivos. (176)


Los conflictos que las historias nos cuentan no son más que la superficie del Gran Conflicto, la vida misma, de la lucha por la supervivencia. Los pequeños dramas individuales son apenas líneas del Gran Drama y los personajes meras notas en la sinfonía universal de la transformación para intentar evitar la extinción. Nada perdura en un mundo indiferente en constante cambio. Al hombre le queda el melancólico consuelo de ser consciente de los hilos absurdos de su existencia como parte de la naturaleza. Y escribirlo.
El escritor ha señalado:

Escribí historias y novelas cortas durante un periodo de 20 años. Duel fue la última. No me daba cuenta, pero el tema principal en mis historias es la lucha de un hombre teniéndolo todo en contra. Es algo que he repetido hasta la saciedad; no lo sabía entonces. Pero cuando escribí Duel, sí lo sabía. Y pensé: “Es la historia por excelencia de un hombre enfrentándose a un rival espantoso” Así que dejé de escribir historias cortas y no volví a escribir otra.”

Duel, la lucha del hombre con la máquina que él mismo ha fabricado, convertida en depredadora en la carretera, fue la última vuelta de tuerca, el final. No era sino otra metáfora de la lucha por la supervivencia en una naturaleza transformada por la mano del hombre.





-MATHESON, Richard (2007): Soy leyenda. Col. Booket, Minotauro. Barcelona.


* Este artículo es parte de un texto más extenso, "Richard Matheson: la lucha por al supervivencia", elaborado con motivo del congreso conmemorativo "Darwin en la ficción", celebrado en 2009 en la Universidad Complutense de Madrid. Sirva de homenaje al autor en el día después de su muerte.








lunes, 24 de junio de 2013

Los olvidos educativos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cada vez se nos hace más evidente la complejidad de la idea de "educación", campo de batalla político en el que las víctimas son siempre civiles. Este país es muy dado a discutir sobre ella y muy poco a pensar en su traducción práctica. Seguimos dudando entre meter la vida real en las aulas o meter la cultura en la vida cotidiana. Por dudar tanto, la educación se encuentra en esa tierra de nadie que es la incomprensión de su sentido por parte del que la recibe, aceptador pasivo y olvidador temprano.
La esencia de la educación es tratar de comprender la vida desde el conocimiento necesario y enriquecerla con lo accesorio de la tradición, que es lo que nos da matices. Rivalizando las materias unas con otras, tradición muy española, se olvida que se dan cita todas ellas en la mente de quien las recibe, que ha de salir de las aulas preparado para enfrentarse a la vida y a sí mismo, que no es obstáculo leve. Educar es enseñar lo necesario y a necesitar lo que nos hace más cultos. No es un sistema de compartimentos estancos, sino un despertar de apetencias futuras. La persona bien educada siente el deseo de aprender toda su vida.
Nos traen los periódicos —junto a alguna disquisición aburrida sobre quién tiene la culpa de lo que ocurre en la Universidad— un doblete interesante. Por un lado el ABC nos da cuenta de la introducción de la enseñanza de finanzas en las aulas para evitar que los banqueros y bancarios sigan ofreciendo cosas que desconocemos con una sonrisa, mientras que por el otro se nos da cuenta de las quejas sobre el desconocimiento de nuestros clásicos literarios en la presentación de la colección de la Real Academia de la Lengua.


Nos dicen en ABC:

La historia reciente ha hecho aprender a base de golpes la importancia de tener ciertas nociones de economía a los españoles. De ahorrar, de gastar con responsabilidad. Varias organizaciones internacionales como la OCDE o la Comisión Europea llevaban tiempo alertando a nuestro país para que mejorara la cultura financiera de sus ciudadanos. «Las carencias en este ámbito pueden conducir a las personas a adoptar decisiones erróneas», advertían.
En este sentido, en el año 2008 el Banco de España y la CNMV pusieron en marcha un programa que pretendía introducir conceptos económicos básicos en las aulas. En el último curso hasta 414 centros han participado en un proyecto piloto para impartir una nueva asignatura de economía financiera a los alumnos de tercero de la ESO.*

Algunos explicarán el olvido desde el tradicional desprecio hispano por las cuestiones relacionadas con la práctica del dinero, pero también puede explicarse modernamente desde el distanciamiento de la economía real del sistema educativo. Como en tantos otros campos, en este se produce la reducción teórica desconectada de la realidad, que hace que una vez más los alumnos se sientan distantes de lo que se les cuenta. Este mal de los saberes desconectados es, a mi entender, uno de principales enemigos del sistema de aprendizaje español.


Ningún campo es tan proclive a la desconexión como el educativo. Y esto se produce porque priman los intereses sectoriales antes que los del alumnado y sus necesidades reales. Las materias clásicas se blindan ante la posibilidad de que otras nuevas puedan rivalizar con ellas y generan un "purismo" aislacionista de las materias que evitan así su adaptación a la realidad del día a día. Lo que se genera de esta forma es una parrilla mental en la que las materias quedan tan aisladas como lo están sus manuales y horarios. Justo lo contrario de lo que es la vida real, en la que no existen estas distinciones y la mente necesita jugar con la relación de los conocimientos para interpretar el mundo.

Se hace recaer demasiado la responsabilidad de la crisis educativa en los alumnos, la parte sin voz. Es una forma vil de eludir las responsabilidades de aquellos que diseñan planes y métodos.
Es revelador que haya que introducir la economía financiera como materia práctica en algunas de nuestras escuelas después de que muchos de los padres de esos niños se hayan visto afectados por la letra pequeña, el lenguaje complejo y la mala voluntad explicativa.
Son muchos los países que han visto la necesidad de introducir la comprensión de las finanzas y de la economía real en sus sistema educativos. Lo han hecho de formas muy diversas, desde creando pequeñas empresas con los alumnos hasta metiendo a sus personajes de cómic favoritos a maestros, como el acuerdo realizado entre Visa y Marvel para que Los Vengadores enseñaran el funcionamiento de las finanzas. Hasta la fantasía puede ser buena para aterrizar en la realidad.


En el otro extremo, la queja recurrente de que no se lee a los clásicos, que nos trae el diario El País con motivo de la presentación de la colección de la Real Academia:

Hay aspectos en los que un británico y un español —o un irlandés y un peruano— raramente coincidirán. Ayer Mario Vargas Llosa, recién llegado de Londres y Cambridge, reflexionó con pesar sobre uno de ellos. Había observado que la cartelera del West End incluía una docena de versiones de Shakespeare —once eran producciones privadas— y que los estudiantes de Cambridge eligen obras clásicas para sus representaciones. “En el mundo de lengua española, que tiene una tradición cultural no menos rica que la anglosajona o la francesa o la italiana, los clásicos han perdido el contacto con el gran público y viven confinados entre minorías”, lamentó el Nobel de Literatura. “Un desperdicio”, remachó antes de reivindicar la lectura de los clásicos para entender “de dónde venimos” y, lo que es más importante, “para divertirse”.**


Si alejamiento de lo práctico afecta a la comprensión de las finanzas, el alejamiento de los clásicos no es menor. Sería un error decir que se trata de los clásicos tan solo, que son aburridos, etc. Se trata más bien de la Cultura en casi todas sus formas, aquejadas del mismo mal todas ellas, de la Literatura a la Música, pasando por las Bellas Artes: su mero recitado sin sentimiento estético, su mecanización. Es la falta de sensibilidad cultural la que produce el aburrimiento y no al contrario. Los bueyes van siempre delante del carro.
Los clásicos —como tantas otras cosas— son identificados, por el aislamiento antes señalado, como parte de una fase escolar que se deja atrás. Mal comprendidos por la distancia y la falta de conocimientos que requieren, las obras clásicas se reducen a respuestas estereotipadas y olvidables con el paso al curso siguiente. En el ejemplo inglés, el teatro forma parte de la vida escolar por lo que tiene de cultura y también por lo que tiene de ejemplar: disciplina, responsabilidad, compromiso. Aquí estamos más volcados en cobrar las "extraescolares" o en salir corriendo para llegar a judo, violín o inglés.
La necesidad ha hecho que los profesores de Clásicas hayan promovido muchas veces un mejor acercamiento al teatro en los centros educativos que los de "Hispánicas", que al amparo de su "seguridad" se han adocenado bastante. Hay casos loables como el del Instituto Pedro de Luna, de Zaragoza, con compañías de profesores y alumnos para la representación de los clásicos, que siguen después más allá de las aulas. Crean así el semillero para los estudios de "clásicas" a través del rico teatro y de su puesta en práctica. Eso es enseñar a amar lo que se aprende y a aprender lo que se ama.


Es aburrido por reiterativo e inútil escuchar las mismas discusiones "políticas" sobre la educación. Mientras no exista una reflexión profunda sobre la crisis de la educación, de sus valores y fines, seguiremos dando vueltas en el molino, cambiando de burro, pero con la misma muela. La educación es un espejo en el que no nos gusta reconocernos; pero somos nosotros.

* "Educación para acabar con el analfabeto económico español" ABC 23/06/2013 http://www.abc.es/economia/20130623/abci-mision-lomce-acabar-analfabeto-201306181425.html

** "Clásicos que fueron osados y prohibidos" El País 21/06/2013 http://cultura.elpais.com/cultura/2013/06/20/actualidad/1371756400_659443.html






domingo, 23 de junio de 2013

La alucinación democrática

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su obra "Introducción a una política del hombre", el sociólogo Edgar Morin escribe en el apartado titulado como "La cuestión democrática":

También la democracia debe ser una pregunta antes de poder proporcionar una respuesta para la política planetaria.
Se trata de no deslizarse, según la fórmula de Raymond Aron, de la aspiración democrática a la ilusión democrática. Si la aspiración democrática expresa la aspiración a la igualdad, en un marco de libertad y responsabilidad para todos, la ilusión democrática sería la supresión de todo sistema de autoridad o de poder, o la creencia de que podría existir una responsabilidad de todos en la práctica de la cosa pública que fuese efectivamente igualitaria. Toda sociedad evolucionada es una sociedad diferenciada y estructurada, una sociedad que implica por tanto la existencia de un centro neurálgico de decisión, de una jerarquización. «A medida que se hace más democrática en lo exterior, la sociedad reacciona ante la supresión de las desigualdades sociales de naturaleza jurídica y política organizando una jerarquía interna», dice con razón Hannah Arendt. No tener en cuenta el problema del límite jerárquico, es decir, el límite antidemocrático inevitable o necesario en toda democracia, nos conduce, bien a sumergirnos en un sueño fetal en el que la sociedad no sería sino una yuxtaposición de células humanas no diferenciadas, bien a lanzarnos a un sueño futuro en el que las máquinas serían las encargadas de desempeñar las funciones políticas clásicas. Es preciso realizar prospecciones relativas a este sueño en nuestra reflexión política fundamental. No obstante, en el medio plazo, el problema consiste en buscar y reconocer el límite de la democracia, o, digámoslo de otra manera, el problema estriba en detectar las contradicciones propias de una política democrática.* (108-109)


El fragmento es denso en ideas y problemas planteados, con esa síntesis final de la necesidad de detección de las contradicciones características de la democracia, de esa necesidad doble de ser igualitaria y estar jerarquizada.

Muchos ciudadanos, en diversas partes del mundo, parecen plantearse, como una pregunta viva, en las calles, las contradicciones de esa democracia insuficiente en la que viven. A la aspiración y la ilusión democráticas, que Morin recoge de Aron, parece unirse la "alucinación" democrática, estado en el que es la apariencia de democracia lo que se muestra ante una pérdida de la capacidad decisoria de los pueblos. ¿El carácter anti igualitario de las jerarquías implican necesariamente que actúen en contra de los intereses generales?
Puede ser cierta la necesidad de una jerarquía, de un orden para hacer que las democracias funcionen y no se vuelvan caóticas. Pero el problema no es el de la "organización" sino el de la pérdida de los fines correctos por parte de las jerarquías. Lo que se cuestiona hoy mayoritariamente en las calles de medio mundo no es la democracia ni la necesidad del poder, sino el mal uso, el abuso representativo.


Las protestas de medio mundo son contra un poder que deja de responder a los intereses ciudadanos, se corrompe y responde autoritariamente ante las denuncias. Es el escenario clásico de las dictaduras, pero que ahora se ha trasladado a las democracias. Hemos visto las protestas de la Primavera árabe contra sus dictadores; ahora las vemos trasladadas a países con sistemas democráticos. Y las acusaciones, con todos los matices y salvedades, son las mismas: corrupción y autoritarismo. En unos casos se pondrá más énfasis en un punto que en otro, pero el resultado es la protesta ciudadana. Las excusas de que la violencia de las protestas no es democrática no anula el hecho de que sean reales sus causas. Es muy preocupante que las democracias respondan con la violencia o con propuestas de recortes de libertades con la excusa de garantizar el "orden". Las diferencias entre dictaduras y democracias pueden ser muy grandes, pero es la deriva lo preocupante, la falta de una respuesta coherente y a tono con la democracia por parte de los poderes. La protesta no es una moda; es un estado creciente de respuesta a la peligrosa degradación democrática, a su estancamiento formal.


Los gritos en las calles ya no son para pedir democracia, sino una "democracia real". Con los sistemas democráticos consolidados, lo que los ciudadanos piden es que las personas a las que eligen velen realmente por sus intereses, con lealtad, algo que no siempre se produce, como hemos podido ver en el origen económico de esta crisis mundial. Es la idea simple del "99%" ignorado en beneficio del 1% de privilegiados; resulta de la simple contemplación de las cifras que muestran el crecimiento de las diferencias sociales y por tanto de los privilegiados, que ven aumentado su poder.

La corrupción siempre ha existido en cualquier sistema o país, pero las protestas actuales reflejan, junto al rechazo a los múltiples casos que salpican a los gobiernos en todos los niveles, la preocupación por la formación y sentido de las elites políticas. Puede que las jerarquías sean necesarias, como señalaba Morin, pero lo que no es inevitable es que sean corruptas o ignoren la voluntad de quienes los eligieron.
Ya sea por corrupción o por ineficacia, el mundo parece reclamar otro tipo de dirigentes. Parece que el modelo clásico ha entrado en crisis y que el carisma o la confianza diseñada mediáticamente ya no son suficientes para calmar la protestas. Ya no todos son "problemas de comunicación". Hay que ahondar, como reclamaba Morin, en las contradicciones.
La gente está pidiendo otras cosas, probablemente muy sencillas: que se gobierne con su mandato y por el bien común, pensando siempre en la mayoría y no en los intereses de unos pocos. 
La política ha cambiado, aunque muchos dirigentes no se hayan dado cuenta.


* Edgar Morin (2002): Introducción a una política del hombre. Gedisa, Barcelona.