martes, 5 de abril de 2022

La pancarta

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La pitada del público lituano a los jugadores serbios del Estrella Roja de Belgrado de baloncesto por negarse a sostener una pancarta con los colores de Ucrania y el lema "Stop War" nos dice ya algo sobre el mapa europeo que se avecina. Es un gesto que representa dos Europas, una que mira hacia Ucrania desde el rechazo a lo que Rusia supone y demuestra, y otra Europa que mira hacia el Este o, para ser más preciso, hacia una forma putinesca de ver la vida política y las relaciones internacionales.

Es evidente que los dos modelos son incompatibles y que las fricciones que se pueden producir en estos próximos meses, años y décadas van a ir más allá de las pitadas en las canchas de baloncesto, los campos de fútbol o piscinas, por citar ejemplos solo del campo deportivo.

La cuestión se plantea ahora con la victoria de Orbán en Hungría y con la de Alexander Vucic en Serbia, dos gobiernos que mantienen lazos fraternales con el modelo ruso de Vladimir Putin. Las victorias de ambos líderes muestran un estado de opinión cuyo reflejo, el gesto de no querer sostener una pancarta en una cancha de baloncesto lituana, adquiere plena expresión.

Creo que necesitamos un análisis mucho más detallado del estado y motivaciones de ciertos países en Europa ante lo que puede significar este tipo de vínculos con Rusia e imágenes que existen en las diversas sociedades.


En ocasiones hemos tratado aquí el doble lenguaje en ciertos países en los que se maneja una imagen de Europa y de lo que representa ante las propias opiniones públicas. Europa no es "Europa", son los "burócratas de Bruselas", como le gustas transmitir a Víctor Orbán, por ejemplo.

Es difícil entrar en la psicología, por decirlo así, de pueblos que fueron invadidos y reprimidos por la Unión Soviética durante décadas, que fueron absorbidos por ella y dirigidos por personajes títeres de Moscú. La idea inicial sería el rechazo hacia esa relación que les sojuzgó en su momento y de la que la Europa democrática sería el contrapunto. Pero, como vemos, hay algo que falla.

La realidad es que estos países han quedado profundamente divididos en lo que llamamos "prorrusos" y los "proeuropeos", de modelos distintos de forma de pensar y de orientación futura.

¿Cuáles son las causas de la simpatía hacia los que los invadieron y dominaron? Las ayudas de Putin hacia los dirigentes que manifiestan lazos positivos con Rusia es una de ellas. Pero necesariamente tiene que haber más. El fenómeno de los "rusófonos" y prorrusos nos revela cómo la invasión rusa fue algo más, una técnica colonial que "rusificaba" determinadas zonas expandiendo el imperio ruso soviético, tal como los zares habían hecho. Recordemos, por ejemplo, que los norteamericanos tuvieron que comprar Alaska a los rusos, en 1867. Es un ejemplo de cómo el imperio ruso ha tendido siempre a la expansión, que implica la toma de tierras y su repoblación, desplazando a los habitantes existentes y reemplazándolos por colonias que ocupan un territorio en el que acaban asentándose. Lo que hace hoy Israel, desplazando y repoblando con colonos que se asientan en esas tierras es lo más parecido a la táctica rusa de "rusificación". Los británicos no se mezclaban en la expansión del imperio, de tal forma que cuando se retiraban lo que quedaba era poco. Habían surgido movimientos nacionalistas; el modelo ruso creaba "nacionalistas rusos" dentro de otros países, los que hoy llamamos "prorrusos".

Pero esta explicación funciona para ciertas zonas, como el Dombás, pero no lo explica todo. Hay lazos, por ejemplo, con Rusia a través de la Iglesia Ortodoxa de Moscú. Es otra forma de vínculo. Como sabemos, el apoyo de la jerarquía religiosa de Moscú a la invasión ha sido nítido. Nos explica porqué anteriormente la Iglesia Ortodoxa Ucraniana se separó de Moscú y decidió, tras trescientos años de relación dependiente con Rusia, relacionarse con Turquía. En 2019, la Deutsche Welle nos daba cuenta de la separación explicando:

La Iglesia ortodoxa de Ucrania estaba vinculada a la de Rusia desde 1686 y a los intentos de separación ha respondido la jerarquía ortodoxa de Moscú con una férrea oposición.

Epifanio ha rechazado las acusaciones de que la concesión de la autocefalia se deba a motivos políticos y afirmó que su país "iba en esa dirección durante los últimos 30 años".

La búsqueda de esa independencia, en cualquier caso, se ha intensificado tras la anexión por parte de Rusia de la península ucraniana de Crimea y el apoyo de Moscú a milicias separatistas en el este de Ucrania.*

Era una forma más de romper con los lazos creados por Rusia para entretejer la vida de los territorios a los que se llegaba y de los que se tomaba posesión mediante este tipo de acciones. Basta comprender el uso que Putin ha hecho de la Iglesia Ortodoxa como apoyo para comprender la conexión que los propios zares aprovecharon para mantener a las poblaciones controladas y sumisas, obedeciendo a una autoridad de orden divino, por la gracia de Dios y contra la que se condenaba cualquier insurrección.

El modelo ruso es antiguo, carece de cualquier atisbo de modernidad. Es imperial y usas sus técnicas interiores y exteriores. Establece alianzas interesadas con otros dictadores y se garantizan apoyos, tal como hicieron las dictaduras árabes, prometiéndose no apoyar en sus territorios a los disidentes de otros miembros del club. "Tú reprimes a mis disidentes y yo reprimo a los tuyos", es el acuerdo.

Pero tiene que haber otros aspectos. Es importante que Europa haga examen de conciencia y vea en que se ha equivocado para que una parte importante de las poblaciones de estos países, en ocasiones la mayoritaria, se deje seducir o incluso añore el tiempo de la ocupación rusa. ¿No hemos sido capaces de ofrecer algo mejor o quizá lo que hemos ofrecido no ha tenido el atractivo suficiente para alejarse del modelo ruso?

La pregunta es, en términos directos, ¿por qué no se sienten "más europeos" polacos, húngaros, serbios, entre otros, y se sienten proclives hacia las políticas de Moscú de la mano de Putin?

No es una pregunta fácil de responder y requeriría prestar más atención a los detalles de su comportamiento y del nuestro. Puede que sobre esos detalles, muchas veces despreciados por pequeños, se haya construido una animadversión hacia Europa, de la que esperaban algo que finalmente no tuvieron. Hay que analizar el atractivo de estas opciones nacionalistas, populistas, autoritarias, que van desmantelando el estado de derecho controlando los poderes, etc. frente a las democracias que tenemos, que se ven también amenazadas por tendencias igualmente autoritarias. Si Europa se percibe como una serie de intereses escondidos de determinados países, no es fácil mantener una armonía popular. Muchas veces pensamos en términos de gobiernos o sistemas, cuando deberíamos dirigirnos a lo básico, los habitantes de esos países a los que es fácil seducir diciendo que nadie atiende realmente a sus problemas.

La pancarta de Lituania es un ejemplo de la división europea, más allá de la Unión. Habrá que desarrollar algún tipo de políticas para reforzar la unidad, algo que se ve atacado y debilitado desde hace tiempo y cuyo ejemplo más notable es la salida de Reino Unido con el Brexit. Entonces, unos pocos lograron sacar a Reino Unido de la Unión Europea, cuyos efectos están pagando con creces los británicos. Pero es obvio, y llevamos años señalándolo, el interés de unos y otros en desmembrar la Unión. Las tensiones actuales dejan en evidencia los intereses de unos países sobre otros y la dificultad de llegar a una política conjunta; esto es debido, sobre todo, a la desigualdad creciente que se ha ido generando entre los países miembros, algo que no debería haberse producido, pero que sin embargo ha ocurrido.

La necesidad de indagar y corregir errores, de plantear nuevas políticas, es urgente si no queremos que esto se complique más. Puede ser ya tarde.

¡Solidaridad con el pueblo ucraniano!

El País 5/01/2019

* "Iglesia ortodoxa de Ucrania formaliza su separación de Rusia" Deutsche Welle 5/01/2019  https://www.dw.com/es/iglesia-ortodoxa-de-ucrania-formaliza-su-separaci%C3%B3n-de-rusia/a-46967050

lunes, 4 de abril de 2022

El negacionismo ruso

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Las imágenes terribles de Bucha plantean un nuevo desafío al negacionismo ruso. Ante las evidencias, al gobierno ruso solo le queda para protegerse de las reacciones la negación. La pregunta, entonces, es ¿cuánto tiempo pueden mantenerse las mentiras tras el muro de contención de la negación absoluta de lo que está ocurriendo?

Ayer pude leer los ataques contra la enviada especial de RTVE a Ucrania, Almudena Ariza. Eran mensajes intimidatorios a través de Twitter claramente orquestados desde varias cuentas en los que se la acusaba de tergiversar las traducciones de las personas entrevistadas, las personas encontradas en los lugares castigados por los ataques rusos. Los ataques contra los periodistas, testigos de lo que cuentan, es un síntoma más de esta guerra que Putin ha desencadenado en diversos niveles.

Son varios los periodistas y fotoperiodistas muertos en esta guerra, rondan ya la decena. Hay la sospecha de que a algunos periodistas se les ha geolocalizado a través de sus teléfonos móviles y se les ha bombardeado con gran precisión. Es el caso de la periodista Oksana Baulina, cuyo vehículo fue impactado directamente durante una transmisión. Oksana Baulina era de origen ruso, pero trabajaba para medios de otros países, en este momento para The Insider. Era conocida por su oposición al régimen de Putin y su cercanía a los disidentes. Su muerte tiene todas las trazas de una ejecución a distancia. Los periodistas son fácilmente localizables porque su trabajo es precisamente hacerse visibles en los espacios desde los que retransmiten. Oksana Baulina ha sido la séptima víctima periodista en este guerra, ni la primera ni la última.

El gran enemigo de Putin es la información, encarnada en los periodistas e informadores de todo tipo que dan cuenta de lo que ocurre en Ucrania, en sus rincones. Esta situación confirma que los planes estratégicos de Vladimir Putin eran una "guerra rápida" que se pudiera vender al mundo —y especialmente a la propia Rusia— como una "liberación". Pero la enorme resistencia ucraniana, el éxodo de más de 4 millones de personas hacia el oeste, saliendo por Hungría y Polonia, junto a otros países vecinos, ha hecho que la realidad sea imposible de contener en los límites de la propaganda.

Los dictadores se vuelven excesivamente confiados y Putin ha caído en la creencia de su propia capacidad de contención informativa. Se ha equivocado, ya sea porque le informan mal o porque desea modelar la realidad mediante el aparato represivo conjunto, el paquete de medidas judiciales, policiales e informativas mediante el que se sostiene. Los errores de cálculo se han ido acumulando.

La "verdad de Putin" es insostenible, sospechosa, una demostración de los mecanismos más arcaicos de la propaganda. Es una Rusia vieja y avejentada por su propio aislamiento y modelo expansivo: invasión y gobierno títere represor. Es el retroceso al "gran hermano" orwelliano que tenía su modelo precisamente en la Rusia de Stalin, la de la manipulación de la verdad retorciéndola hasta hacerla irreconocible pero omnipresente.

Las imágenes de las matanzas en la ciudad de Bucha muestran una voluntad de destrucción, una rabia por enfrentarse a lo que es la retirada de las tropas. El paseo triunfal que se preveía está siendo una retirada con el rabo entre las piernas, algo que no entraba en los cálculos iniciales y para lo que parece no estaban preparados. Solo queda el recurso criminal de las matanzas de civiles, de la retirada dejando sembrado de cadáveres carreteras, edificios, calles y pozos.

Otra de las noticias que se nos ha dado en estos días son los testimonios desde otros países vecinos de las llegadas de rusos. Es un indicador también del resquebrajamiento del muro de contención de Putin en el interior. La llegada de los rusos es vista con cierto recelo, nos dicen, por temor a que se estén infiltrando en países limítrofes que pudieran ser invadidos por Rusia. Todo es posible, pero es más probable que se esté produciendo la salida por desacuerdo. Lo que sí queda claro es el recelo que provocan al llegar por el temor a un país que ha hecho de la invasión y la guerra su marca identificadora. Nadie ve a Rusia como un liberador de nada sino, al contrario, como un peligroso vecino del que hay que tener muchos cuidad, un vecino de agresividad sin límite capaz de decirte dónde puedes estar o con quién.

Las guerras se dan cada vez más en las pantallas y en las planas de los periódicos. Pero mientras Ucrania alberga a miles de periodistas de otros países, Rusia los expulsa, bloquea o encierra. Las imágenes que salen desde Rusia son imágenes propagandísticas de apoyo al gobierno y cada vez son más limitadas y evidentes, como las que veíamos ayer mismo de viejos ex soldados con sus uniformes y portando banderas.

Cada día salen a la luz historias de familias ucranianas y rusas que se rompen porque las rusas no aceptan lo que les cuentan sobre lo que está ocurriendo. Rusia ha sido siempre un pueblo manipulado, lo ha sido desde el tiempo de los zares hasta la Rusia de Putin. No ha habido periodos de libertades y la opresión ha sido constante pese a los cambios de régimen. De los zares a Putin se ha aprovechado el condicionamiento creado anteriormente, la idea de la sumisión al poder, al "padrecito" del que se han acostumbrado a depender. El ejemplo más claro en este caso lo hemos tenido en el apoyo dado a la invasión por el patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Moscú a la invasión de Ucrania. Se trataba de "salvar" a los ucranianos de la plaga de la homosexualidad, de un "lobby gay", según el patriarca de Moscú; había que evitar que se produjeran desfiles del "orgullo". Frente a este desfile, el patriarca ruso bendice los "desfiles" militares que invaden y matan. Todo sea por una "buena causa".

El ejemplo de la jerarquía de la Iglesia rusa deja en evidencia la burbuja envolvente que el pueblo ruso, siempre guiado, pastoreado, ha tenido en su historia. Los mecanismos de justificación siempre suponen el mantenimiento del poder y su sentido imperialista. Durante varios siglos, Rusia era para sus habitantes un vigilante que salvaba al mundo de la barbarie sin alma oriental, la salvaguarda del mundo cristiano. A esta idea contribuían ideólogos que forjaron la idea de la "santa Rusia", fortaleciendo el poder de sus autoridades que habían aprendido, como Putin hizo después, a retratarse con un cirio encendido en las manos mostrando así su "lado religioso". Bendecir las tropas que ahora asesinan en Ucrania, que destruyen pueblos enteros sin misericordia alguna, pasará factura cuando caiga el muro de contención de la verdad.

Los miles de periodistas que cubren la información en Ucrania o en los países vecinos, los que recogen a los que huyen del horror, son garantía en su conjunto de lo que vemos. Cerrar el grifo de la información es fácil en una dictadura y bastante difícil en una democracia.

El muro que Putin ha construido alrededor de Rusia la asfixia en muchos sentidos, más allá de lo informativo. La Rusia de Putin será pronto un aliado incómodo para muchos países que difícilmente podrán soportar el desgaste de la amistad con el dictador. Cada masacre separa a Rusia del resto. Solo le queda el club de los dictadores, pero tampoco será fácil ponerse incondicionalmente de su lado por temor a ser arrastrados a la inestabilidad que puede suponer ponerse abiertamente de su lado.

Conforme intensifica la guerra y la hace más cruenta, Putin separa más a Rusia del resto. Se habla de "rusofobia", lo que no deja de ser una broma. Las críticas a Rusia lo son a Putin y a los que apoyan sus versiones de lo que ocurre ya sea por amor o por estupidez o una mezcla de ambos. No debe ser fácil, en cualquier caso, asimilar que tu "padrecito" es un criminal frío y mentiroso, que te ha estado engañando y ha despertado el recelo mundial hacia tu país. Nos ofrecen la noticia de que los autobuses de San Petersburgo forman una "z" en apoyo al ejército ruso. La "z" será pronto la marca de la ignominia, defendida por aquellos que morirán en la creencia de que todo es mentira, que su ejército fue a Ucrania para desnazificarla, deshomosexualizarla, etc., "liberarla" finalmente.


A la Rusia de Putin le han fallado los planes, sin duda. Fracasó en su intento de que los refugiados fueran por los corredores "humanitarios" abiertos por ellos mismos hacia Rusia, en un intento de hacerse con decenas de miles de rehenes. Ha secuestrado cientos de alcaldes de poblaciones que habían de ser sustituidos por prorrusos. La resistencia ha sido mayor de lo esperado, no un desfile victorioso, entre aclamaciones.

Hay que ser firmes con Putin y tener la esperanza de que el pueblo ruso despierte y no se encierre en un mayor nacionalismo reductivo y ensimismado. Hay rusos de la "Z", pero también muchos que no merecen ser estigmatizados, aunque en esto es difícil mantener distancias. Lo que Putin hace mancha a muchos y les crea problemas.

Hay millones de rusos que han ido abandonando Rusia en estos tiempos. Merecen apoyo porque tuvieron el valor de hacer lo que no siempre pueden. Los miles detenidos en Rusia por manifestarse contra la guerra son también rusos y arriesgan sus vidas por tratar de que se conozca la verdad, aunque sea sacando una pancarta denunciando en un programa de televisión. Rusia, como país tradicionalmente autoritario, ha tenido su primera víctima en su pueblo. Eso no hay que olvidarlo y tratar de hilar fino, que no siempre es fácil.

Los que quieran vivir en el negacionismo, luciendo la Z y defendiendo que Rusia es la reserva espiritual de la humanidad, que sus guerras son "santas", lo van a seguir haciendo, pero aquellos críticos, rebeldes, que siempre ha tenido, merecen algo más, tanto por lo que arriesgan como porque representan una alternativa, aunque sea lejana, de futuro. Al menos hay que imaginarlo así.

domingo, 3 de abril de 2022

El debate de las mascarillas en interiores

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

De todas las decisiones sobre el COVID-19 la más controvertida es la decisión sobre el uso de las mascarillas en los interiores. Ni los expertos ni la calle están de acuerdo; solo los políticos tienen mucha prisa en llegar a ellas. Evidentemente no es por razones sanitarias, sino políticas: se trata de vender que se ha hecho bien y que ha llegado el momento de la "normalidad". Para ellos, la normalidad es un mundo sin mascarillas. Sin embargo, es dudoso que esto ocurra en un corto plazo.

Todos los movimientos llegados desde las autoridades políticas han estado supeditados a los intereses económicos sobre los sanitarios. La teoría es sencilla: los políticos son responsables de la situación económica general, mientras que los ciudadanos son responsables individuales de su propia salud. Todas las medidas últimas se han centrado en este principio. Como referencia, cada día escuchamos más las bondades del sistema británico, uno de los peores de toda Europa en cuanto a los resultados. Desde el principio Boris Johnson apostó por algo tan neoliberal como el propio cuidado, la "inmunidad de rebaño" y todo aquello que dejaba en las personas la responsabilidad.

Al final hemos acabado teniendo a Johnson como referencia —la peor referencia— para justificar todo lo que vamos a hacer en cadena, incluido el despido de los sanitarios que se contrataron para frenar las avalanchas que se produjeron. Una vez más, se comete el error de confundir el deseo y la realidad, pensando que por el hecho de negar la realidad esta deja de existir.

En ABC leemos lo ocurrido hace unos días en el Congreso: 

Un mandato para unos, un anhelo para otros. El Congreso de los Diputados ha aprobado este jueves la moción consecuencia de interpelación de Ciudadanos (Cs) sobre la eliminación de las mascarillas en interiores. El texto ha salido adelante con los votos del PSOE, que se posicionó a favor después de que los liberales aceptasen una enmienda que modificaba el segundo punto del articulado de la iniciativa. El cambio, no obstante, hace que la ambigüedad se imponga a la hora de interpretar sus consecuencias.

Cs lleva semanas batallando por el fin de la obligatoriedad de las mascarillas en interiores, dado el alto porcentaje de vacunación contra el Covid-19 en España y la mejor situación epidemiológica pese a la todavía alta incidencia acumulada. 

El Gobierno ya no comunica los contagios ni muertes diarios, en un paso evidente hacia la 'gripalización' del virus. Por ello, el partido de Inés Arrimadas considera que es el momento de dar un paso adelante y, como han hecho otros países europeos, terminar con el uso imperativo de este elemento de protección.

Este jueves, en las votaciones, la moción de Cs, con la enmienda del PSOE incluida, se ha aprobado con 187 votos a favor, 63 abstenciones y 94 en contra. Solo la han rechazado el PP y el PNV, que creen que aún es pronto para prescindir de las mascarillas. Aun así, la interpretación del resultado de la moción difiere entre Cs y el PSOE.

El primer punto del texto reclamaba al Gobierno lo siguiente: «Eliminar la obligatoriedad del uso de mascarillas en interiores, en línea con la evidencia científica, con la situación epidemiológica y con la perspectiva». El segundo añadía: «Establecer, de forma acordada con el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud, un calendario claro de desescalada de todas las medidas de contención de la pandemia de Covid-19 aún vigentes con el objetivo de ofrecer certidumbre a familias y empresas».*


La idea de "gripalización" se presenta una y otra vez pese a las enormes diferencias. De la gripe sabemos, mucho; del COVID bastante menos. Desde el principio el coronavirus ha sorprendido a los expertos que no tenían registros de un virus tan amplio en sus consecuencias, con secuelas sorprendentes en sus manifestaciones y duración. Por mucho que lo queramos considerar o tratar como una "gripe", lo cierto es que la gripe no tiene la variedad de síntomas, no pierdes el gusto por meses, la movilidad, el habla, no tienes dolores por el cuerpo durante años, por citar solo algunos. Los expertos siguen descubriendo efectos de la enfermedad conforme pasa el tiempo.

La capacidad de mutar y de reinfección también son dos elementos que vamos descubriendo momento a momento. Lo ocurrido en China es un ejemplo de que en cualquier momento se pueden volver a disparar las cifras. Las  que hemos tenido en España hasta hace unas pocas semanas son una barbaridad, en gran medida, producidas por la bajada de nuestras defensas frente al virus. Todavía resuena la "llegada de las sonrisas" de la ministra Darias y el ascenso posterior de los contagios.

Una cosa es convivir con el virus y otra muy diferente ignorarlo, tratarlo como si no existiera. Convivir con el virus es, sobre todo, aprender a estar prevenidos, no a golpe de decreto sino de sentido común. Lo que se ha hecho desde el gobierno es eliminar los mecanismos de conteo, jugar con las cifras, con las pruebas diagnósticas, etc., un ejercicio, en suma, de camuflaje contable de la realidad. Lo hemos hecho de una forma u otra debido a nuestra necesidad (política y económica) de mostrarnos como "saludables". Pero la realidad de los hechos es contundente.

10/03/2022

En la prensa de un país que vive también del turismo, leo hoy mismo que se han producido ayer 558 casos y 8 muertes. Con esas cifras —es un país que duplica con creces la población española— se pueden permitir "relajar" lo que nunca fue riguroso. Una fuente de ese país me informa del fallecimiento de un familiar directo por Covid-19 tras una estancia de un mes en una UCI. Cuando fue a recoger el certificado de defunción, el motivo que aparecía oficialmente no era el coronavirus. Al protestar, la repuesta fue que si quería tener un certificado oficial de defunción no había más respuesta que esa. Cuando comentó el caso con otra persona, esta le dijo que le había ocurrido lo mismo. Sencillamente, allí solo mueren las personas que el gobierno considera "prudente" comunicar. Con cifras muy pequeñas de vacunación, con una masificación en varias ciudades y una falta de condiciones sanitarias, esos 8 muertos son solo una forma de propaganda, una manera atractiva para que les vaya el turismo. Cuando regresan contagiados a sus países se les dice que "lo habrán cogido por el camino". Afortunadamente, aquí no resulta tan sencillo hacer esto, pero se pueden ignorar los datos reales si sencillamente no se recogen, que es por lo que se ha optado.

La excusa de las tasas de vacunación y de los efectos menos graves es realmente insólita. La variaciones en las vacunas ha sido mínimas en los últimos meses porque se frenó al llegar a ciertas tasas, pero hemos tenido muchísimos casos hasta hace pocas semanas. La idea de que se trata de mantener las UCI descongestionadas es una idea de un cinismo pragmático realmente notable, ya que todo se justifica no por la salud sino por la disponibilidad de recursos, que finalmente se acaban reduciendo. Los movimientos por la sanidad pública y los propios sanitarios lo denuncian de continuo. Se han hecho todo tipo de ejercicios malabares para justificar la falta de recurso, planteándose la sanidad como una especie de fuelle. Lo cierto es que el envejecimiento de nuestra población es un hecho, que se les ha amontonado en residencia, muchas de ellas sin control alguno, y cuando enferman se les envía a la Seguridad Social, que es quien acaba asumiendo atención, tratamiento y gasto. La residencias privadas son de pago, pero gasto lo pagamos todos. Con la pandemia, todo esto ha salido de forma escandalosa a la luz. Todavía hoy sigue apareciendo en la prensa que se investiguen las circunstancias de por qué se les murieron tantos "clientes".

Lo de "ofrecer certidumbre a las familias", señalado en el artículo de ABC, es realmente un chiste malo, pues no habrá certidumbre, sino lo contrario. El no saber si la persona que tienes al lado está contagiada, con síntomas leves o si es asintomático, no genera certidumbre alguna., Por contra, obligará a que la gente se tenga que proteger más ante el desconocimiento de las condiciones de las personas que tienes al lado.

Los casos suben de nuevo, pero solo preocupan las UCI y los fallecimientos, que siempre son "llamativos". Queda la cuestión de los contagios repetidos —que ya sabemos existen—, la duración protectora de las dosis recibidas y la definición de qué es una "persona vulnerable".

Y otro problema, ¿cómo se combinan las personas vulnerables con las que no lo son en los espacios obligados, como el transporte o los espacios de trabajo? La respuesta es compleja porque hay gente que trabaja con grupos cuyos porcentajes de contagio son altos, como ocurre en la enseñanza. ¿Habrá que discutir en cada oficina, en cada aula, en cada ascensor, en cada vagón de metro o tren, en cada autobús, etc. quién se debe poner la mascarilla? Eso, de nuevo, como ya ha ocurrido en varias fases, lleva al conflicto entre los ciudadanos, que deben defenderse ante aquellos a los que les da igual. Los ejemplos de este comportamiento los conocemos todos.

La prisa por retirar la mascarilla es complicada y conflictiva. Lo mismo que ha ocurrido con la idea de que no sea obligatoria en exteriores, ha dejado que muchos sigan (seguimos) con ella por el doble motivo de la seguridad y de la falta de confianza. Volvemos al principio: uno puede decidir tirarse desde una azotea, y es cuestión suya; pero no llevar mascarilla con una enfermedad contagiosa grave es una falta grave contra los que nos rodean. La pandemia ha sacado a la luz la responsabilidad de muchas personas, pero también la grave, en ocasiones agresiva, irresponsabilidad de muchos otros.

En los países asiáticos mucha gente se pone mascarillas por respeto a los demás. Es el enfermo quien se preocupa de no contagiar a otros. Lo que estamos viendo aquí es justo lo contrario: yo soy asintomático y no me privo de nada, yo ya lo he pasado y me da igual, etc. Este es el comportamiento egocéntrico que ha sido recogido muchas veces en declaraciones ante cámaras y micrófonos. Y este es el comportamiento "normal" que se va a desarrollar gracias al deseo de nuestros políticos de anticiparse a la realidad con el deseo y los intereses. El verano se acerca. Ya habrá tiempo de recuperarse en invierno, en los que deberemos viajar para que salgan las cuentas en puentes, fines de semana, ir a las rebajas, "black friday", navidades, cabalgatas, carnavales... y todas esas cosas por las que merece la pena enfermar o morir.

En algún momento habrá que retirar la mascarilla, evidentemente; pero mucho me temo que los ciudadanos acabarán tomando sus precauciones al margen de las instrucciones que les parezcan poco fiables o prematuras.

30/03/2022

* Juan Casillas Bayo  "El Congreso insta al Gobierno a eliminar mascarillas en interiores pero sin poner fecha" ABC 31/03/2022 https://www.abc.es/espana/abci-congreso-insta-gobierno-eliminar-mascarillas-interiores-pero-sin-poner-fecha-202203311634_noticia.html

sábado, 2 de abril de 2022

Mejores democracias

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La democracia es una forma de articular la diversidad. Parte del principio de que somos diferentes, pero también de que somos capaces de ponernos de acuerdo, porque tenemos elementos comunes, fines compartidos que nos unen. Sobre esta base de construye un edificio institucional que marca las reglas del juego con una finalidad, la de avanzar todos. Leyes, partidos, instituciones son las piezas en que confiamos para poner nuestros destinos en sus manos. Confianza es la clave. Frente a esto, el caos o un orden autoritario que no escucha ni dialoga, monológico.

Cada vez más los partidos van a remolque de la calle; cada vez son menos referencia y más se dejan arrastrar por las fuerzas que se están agrupando al margen. Lo ocurrido con la huelga del transporte es muy claro en esto: una pequeña fuerza es capaz de silenciar a sindicatos y patronal, a partidos políticos y gobiernos. El discurso televisivo escuchado a su líder fue muy claro: hay que acabar con unos sindicatos vendidos y que no representan a nadie; hay que presionar hasta el final. Toda esta música nos suena de algo. Es música dinamitera en un sector estratégico que ha conseguido, con muy poquito, un daño espectacular a todo el país y, además, ha marcado una peligrosa senda futura.

Se trata, en fin, de crear una imagen inoperante de los gobiernos y la idea clave de que son los ciudadanos los que deben tomar en sus manos la vida social frente a los partidos. Esta es la base del populismo y del deterioro de los partidos. Donald Trump se presentó como un "antisistema", como un "no-político"; él era el que iba a arreglar los desaguisados creados por los políticos. Le funcionó y llegó hasta donde llegó, a la presidencia del país más poderoso del mundo, de una democracia consolidada. El final lo sabemos: el asalto del 6 de enero al Capitolio, el signo de la negación de las instituciones, del valor de los votos y del triunfo de la mentira (él había ganado las elecciones) para arrastrar a la gente a la violencia. Lo había hecho ya anteriormente con la cuestión de la pandemia, dividiendo al país, convirtiendo el llevar una mascarilla o vacunarse posteriormente en un acto político, en una forma de enfrentamiento que llegó a las calles de las ciudades norteamericanas, a veces con violencia. Una gran parte de los problemas que tenemos hoy los hemos heredado de su presidencia.

Parece que no entendemos la fragilidad de la democracia y el avance, dentro y fuera de los países democráticos, de la doctrina de la fuerza, de la creación del caos para hacer emerger nuevas formas de poder manipuladoras que acaban con las instituciones, personalizándose.

Lo estamos viendo en diversos escenarios. Vemos cómo la Unión Europea tiene que sancionar a ciertos países —Hungría y Polonia— por sus retrocesos democráticos, por sus acciones limitadoras sobre las instituciones, a las que anulan en favor de un mayor control gubernamental, todo ello salteado con discursos patrióticos y nacionalistas, en los que el mundo es su enemigo y busca su destrucción. Todo esto, además, se da en un contexto internacional que ha desembocado en otro acto de fuerza, la invasión destructiva de Ucrania que es el final de un medido proceso de acciones previas tendentes a buscar y crear conflictos, fomentando casos como el del Brexit y de los separatismos europeos, fomentando la creación de grupos antieuropeos en el seno de las instituciones para dinamitar la Unión desde dentro. Esto no es nuevo, está todo en las hemerotecas.

El club de los dictadores está aumentando porque avanzan y se protegen entre ellos, como hemos visto en Siria con Rusia y viceversa. Hay ejemplos crecientes repartidos por todo el planeta, de Egipto a Brasil pasando por la Bielorrusia de Lukashenko, Chechenia, etc. Es como un mapa en el que se reparten estos espacios dictatoriales en los que cualquier insumisión se ve reprimida con el apoyo exterior de los dictadores amigos, prestos a intervenir. Hoy por ti, mañana por mí. Cada vez más países cambian sus constituciones para ampliar el número de mandatos posibles, un indicador claro de cómo se instalan en un poder que no abandonan.

Al tradicional aislamiento de los dictadores, les sigue ahora una preocupante solidaridad entre ellos. Junto a esto, la globalización ha hecho que sus intereses confluyan creando conexiones con otros países en los que apoyan facciones que les aseguran "buenas relaciones" futuras. La democracia apenas se contagia a otros; las dictaduras, en cambio, son altamente contagiosas. Cada vez son más países los que presentan la democracia como una forma débil en un mundo donde se valora más la fuerza en cualquier sentido, de militar a económica. La admiración de Trump por Putin es un ejemplo claro de esto. Trump llegó a tener un "dictador favorito", el egipcio Abdel Fattah al-Sisi. Lo malo es que el dictador favorito de al-Sisi es ahora Vladimir Putin, un valor estable frente a las veleidades de las democracias.

La democracia, tal como la entendemos, tiene sus limitaciones, pero también es cierto que en sus imperfecciones podemos desarrollarnos con márgenes más amplios que en los modelos de pensamiento único y autoritarismo controlador. Las dictaduras e híbridos autoritarios, en cambio, nos marcan un camino fuera del cual solo existe la disidencia, la marginación o el exilio.  El control de los medios, de las redes sociales, etc. son los síntomas de esta forma autoritaria de controlar los estados. Que en Rusia no se pueda decir la palabra "guerra" ya nos explica bastante el comportamiento autoritario.

Necesitamos urgentemente entender que las disputas dentro de un sistema democrático no pueden llevarse a un plano destructivo que lo erosione. Es lo que está pasando en muchos estados democráticos, incluido España.

La democracia es diálogo y por ello necesita de los agentes sociales en sus diversas capas. Pero también es cierto que necesitamos de una buena voluntad que es cada vez más infrecuente, sustituida por un ánimo bélico. Los populismos ya no son los únicos que manejan discursos excluyentes y apocalípticos. El tono de los discursos sube cada vez más y, con ello, la imposibilidad de llegar a lo que es su máximo logro: el acuerdo.

Convertir a los dirigentes de los partidos políticos en mesías no es el camino. Hay que poner el foco en las instituciones, en que los líderes son circunstanciales y al servicio del conjunto de la sociedad. Desgraciadamente, lo que ocurre es lo contrario, que muchas instituciones se contagian del espíritu de la confrontación. Necesitamos mejores democracias y eso solo se consigue con mejores hábitos democráticos. Pero no es lo que vemos. Por el contrario, el avance de las malas formas, de los discursos agresivos y apocalípticos se está convirtiendo en una realidad palpable.

Si las grandes democracias, como la norteamericana, son capaces de llegar hasta donde Trump llegó, el peligro para el resto es claro. Hay que buscar mejorar nuestras democracias o puede que tengamos que lamentar sus deterioros y pérdidas.


viernes, 1 de abril de 2022

El emperador ruso mal informado

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Una de las fábulas más auténticas en el mundo de la política es la del "traje de emperador", ya saben, nadie se atreve a decirle al emperador que va desnudo y todos aplauden su imaginario vestido por temor a ser castigados por sacarle de su ceguera. Andersen acertó en la psicología tras su relato. Cuanto más poder acumula un dirigente, más difícil se les hace a los que le rodean plantear críticas o simplemente anticiparle los desastres por venir.

No hace muchos tuvimos ocasión de ver cómo Vladimir Putin ponía firme a todo un general sacándole los colores y metiéndole el miedo en el cuerpo. El general aprendió a que hay que estar callado, mover la cabeza afirmativamente de vez en cuando y aplaudir a rabiar al final de la intervención del jefe. Es la descripción del pelota al que no le llega la camisa al cuerpo. El proceso suele ser frecuente. ¡Cuesta tanto llegar arriba haciendo la pelota y se desciende tan vertiginosamente cuando un leve gesto, una cara poco controlada, un suspiro nos pueden hundir en la miseria por varias generaciones!

Ahora los medios nos cuentan que Putin está mal informado porque nadie se atreve a decirle la verdad sobre lo que ocurre en Ucrania. En RTVE.es nos cuentan:

Los servicios de inteligencia de Estados Unidos y Reino Unido coinciden en afirmar que los asesores del presidente ruso, Vladímir Putin, no le están contando la verdad sobre el desarrollo de la guerra en Ucrania y el impacto que las sanciones internacionales están teniendo en la economía rusa. 

"Tenemos información de que Putin se ha sentido engañado por los militares rusos, lo que ha dado lugar a una tensión persistente entre Putin y los dirigentes militares", declaró este miércoles Kate Bedingfield, director de comunicación de la Casa Blanca.

"Creemos que Putin está siendo mal informado por sus asesores sobre la mala actuación del Ejército y sobre como las sanciones están dañando la economía rusa, porque sus asesores más próximos tienen demasiado miedo a decirle la verdad", ha añadido.*


¡Pues vaya lío! Si el señor que dice que duerme justo al lado del botón rojoel que manda invadir, bombardear, etc. está mal informado,  ¿qué podemos esperar?

En Rusia es traición decir que estás en "guerra", alta traición decir que "vas mal" y polonio si dices que es por culpa del jefe. Para eso los jefes de todo el mundo inventaron una cosa llamada "cabeza de turco", que es la cabeza que hay que cortar —literal o metafóricamente, según el caso— cuando las cosas se ponen mal y hay que echarle la culpa a alguien. ¿Está Putin buscando a alguien así o todavía no ha llegado a este nivel? ¿Es posible que Putin esté realmente mal informado?

Si antes teníamos dudas de si Putin realmente sabía adónde iba, si sabía realmente lo que estaba provocando, nuestro estado de ánimo se vuelve más complejo si pensamos que no solo no tenía claro los pasos que daba, sino que ahora puede que nos sepa los que ha dado realmente. Una cosa es no saber adónde vas y otra muy distinta no saber dónde estás. Colón, por ejemplo, sabía dónde iba pero no dónde estaba, por lo que América le tomó por sorpresa y le sorprendió no encontrarla llena de orientales.

Si Putin está siendo engañado por miedo, mucho nos tememos que las opciones quedan reducidas. Puede que el ejército ruso no sepa muy bien lo que está pasando o sí sabe lo que está pasando pero no lo quiere decir dada la disparidad entre lo que Putin espera de ellos y lo que ellos le pueden ofrecer. Un lío.

En la CNN, su comentarista militar, el general retirado Wesley Clark, trata de explicar porque estas cosas son típicas del ejército ruso. Cuanto más dictador sea el jefe, más se adoptan este tipo de comportamientos temerosos por parte de los que se hacen responsables de los errores. ¿Hay alguien que aplauda con más ganas y sonrisas de oreja a oreja que los viejos militares que rodean al joven dictador de Corea del Norte? Es divertido verles celebrar con el jefe los éxitos, reales o ficticios. Parece ser que el último misil que lanzaron no llegó tan lejos como deseaban, pero eso da igual, lo celebraron como si hubiera llegado a Cuenca.


También —ya todo es conspiración— puede ser una maniobra de intoxicación para que Putin crea que no le dicen toda la verdad. En esto de las guerras, ya no podemos saber qué es cierto, por lo que hay que mantener cierta distancia escéptica sobre ciertas cuestiones. Los rusos creen que sus ejércitos son ONG y que van repartiendo peluches. Algún día sabrán la verdad y tendrán que decidir qué hacen con ella.

No hace falta vivir en un país autoritario, basta con que lo sea el presidente, como ocurrió con Trump, empeñado en sus cosas y reemplazando asesores uno detrás de otro hasta encontrar el que le dijera lo que deseaba escuchar.

Las personas autoritarias, los dictadores siempre quieren tener razón y recibir solo buenas noticias. Para ello se rodean de cortes de pelotas capaces de sostener los problemas con sonrisas. Y luego llegan los grandes descalabros que pagamos todos.

Esto hace aumentar la incertidumbre. Nos dicen que unos engañan a Putin; otros no lo niegan, pero dicen que saben que Putin sabe que le están engañando. La cuestión es peliaguda con una guerra por medio y conversaciones para tratar de acabar algo que no debería haber empezado nunca.

¡Solidaridad con el pueblo ucraniano!


* "EE.UU. y Reino Unido aseguran que Putin está "desinformado" sobre el desarrollo de la guerra y el Kremlin lo niega" RTVE.es 31/03/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220331/guerra-ucrania-rusia-vladimir-putin-desinformado-asesores/2326106.shtml