lunes, 18 de mayo de 2020

Realidades y ensueños turísticos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
A nadie se le escapa que los efectos de la pandemia pueden ser desastrosos (ya lo están siendo) para muchos sectores y que nadie quiere ser el perjudicado. Cada día se alternan en nuestros medios las quejas sobre el presente, los miedos respecto al futuro con la esperanza de que esto se termine algún día. Esto empezó casi de golpe, en un parpadeo, pero se va a ir diluyendo como una vieja fotografía va perdiendo el color, lentamente y en gran medida según nuestros esfuerzos inteligentes. El menos inteligente de los esfuerzos es el de negar la realidad. Y tenemos mucho de eso.
Vamos descubriendo que lo que ocurra ya no es cuestión de nuestros alcaldes, de la presidencia de la autonomías, ni siquiera de los gobiernos, sino que muchas de nuestras expectativas y decisiones en un mundo global son, ¡qué casualidad!, globales.


El ejemplo más obvio lo tenemos en el turismo: podemos tener hermosas playas, montañas nevadas o ruinas de todo tipo para visitar, pero si no hay turistas... Los países negocian por proximidad para evitar que el peso económico del sector que va desde las aerolíneas internacionales a los chiringuitos playeros, para intentar acordar que se pueda pasar de un país a otros con enormes restricciones y vigilancia. Poner fronteras es necesario, pero ¿qué turismo es ese que obliga a quedarse en casa 14 días al ir y al volver? Un turismo sin turistas es... ya saben.
Se recurre entonces al turismo interior, pero el parón de la economía y los despidos masivos, la precariedad, en suma, hace que en vez de salvar los negocios de los otros, trates de ahora para lo que pueda venir. La fábula de la Cigarra turista y la Hormiga en paro, con un ERTE o simplemente precaria, condiciona mucho el comportamiento y la consiguiente administración de recursos. 
Cuando la vida aprieta, le aprieta a cada uno donde más le duele. Nuestros puestos precarios de trabajo y mal pagados  eran posibles porque el capital gastón lo traían esas decenas de millones de turistas extranjeros que se gastaban aquí en sol y, según personalidad, en tranquilidad o en desmadre. Unos iban a Puerto Banús, otros a tirarse desde un balcón en Ibiza; los había que siguiendo a Hemingway iban a Pamplona y otros a Barcelona por Gaudí; la "tomatina" y sus secuelas también atraían a público que no pasa hambre, mientras que otros se paseaban por El Prado con hambre de cultura o para ver la "exposición del siglo" de cada temporada. El turismo, como decía la película de Paco Martínez Soria, es un gran invento. Reinventarlo ahora es problemático. Y el problema no es solo de España, no. Afecta a un sinnúmero de países que han crecido en este sector mientras otros países se dedicaban a producir para el resto del mundo.


El desequilibrio entre turismo, como motor económico, y la producción industrial o la agricultura, es uno de los factores que más factura pasa y pasará a los países ahora que la reducción de la movilidad y de las condiciones posibles para recorridos, festejos, hostelería, etc. se agravan.
Creo que esto se debe tener claro y empezar a reorientar lo que se pueda mientras se pueda. Pero negar la realidad y esperar que desaparezca es una tentación fuerte. No todos escapan a ella.
Egipto es un país con una fuerte dependencia del turismo, una actividad de la que dependen millones de personas y que ve afectada directamente por esta situación. Las enormes inversiones realizadas anteriormente para superar una situación en contra debido a la política gubernamental y a la inseguridad no reconocida hacen especialmente delicada su situación. Las enormes campañas anteriores o las que se están realizando en estos momentos chocan de nuevo con la barrera de las decisiones. Por mucho que se quiera hacer, nadie puede obligar al turismo, solo una política muy fuerte de ofertas con una experiencia negativa: lo que ha ocurrido a aquellos que se aventuraron con un mundo medio cerrado a aprovechar las ofertas de viajes y estancias muy baratas. Todavía hay algunos pendientes del regreso y el viaje a muchos les ha salido más caro de lo que pensaban finalmente. Penalidades sin número, rechazo en los países en los que habían quedado atrapados, falta de recursos, etc. han sido algunas de ellas. Los había que quedaron atrapados por motivos de trabajo, pero muchos otros se arriesgaron al escuchar los cantos de sirena de los países que les garantizaban buenos precios y estancias despejadas. Pero las fronteras se cerraron y las compañías aéreas cancelaron sus vuelos. 

18/05/2020

Lo ocurrido hace unos días cuando se permitieron vuelos en España permite hacerse una idea de que las comodidades solo están en la letra pequeña. Después de las imágenes de hacinamiento en los aviones, los vuelos se van a convertir en más problemáticos. La televisión ya ofrece anuncios de "caravanas" para el verano: autonomía y distancia, lo demás lo pondrá la naturaleza, por un lado, y los límites de desplazamiento por provincias, autonomías o hasta donde te dejen llegar.
En Ahram Online, el diario estatal egipcio, leemos sobre el problema turístico cuando la dependencia es tan grande:

Hamdi Al-Shami, a former deputy minister of tourism, said the adoption of even a partial lockdown this summer will be disastrous for the tourism sector.
Al-Shami expects the decision on domestic tourism to be followed by others loosening restrictions on local industry.
“I think the reopening decision is to some extent being pushed by pressure from associations of businessmen, chambers of commerce and the General Federation of Egyptian Industries. They have all warned that without some movement businesses will be forced to close down, or lay-off employees.”
Madbouli said on 9 May that industry, the service sector and infrastructure projects will all return to work.
Informed sources believe the post-Ramadan measures will also include a shortening of the curfew.
“Following the Eid the curfew will probably be reduced to 11pm to 6am,” says MP Mustafa Bakri.
“With shops and businesses allowed to open until 10pm, the situation will be almost back to normal. Even restaurants, cafés and cafeterias will be allowed to open under certain conditions.”
Bakri points out that “some countries, like Germany, have even decided to open schools again.”
Al-Sigini argues that the decision “to boost domestic tourism” implies, by extension, a shortening of the curfew.
“You can’t say people can go to hotels in Hurghada, Sharm El-Sheikh and Alexandria and then not allow them to move freely,” he said.*

Es como el cuento de la lechera, primer relajo un poquito y paso a paso —total, ¡qué más da!— me encuentro como si nada. Nótese el principio de causalidad perversa: si le digo a la gente que vaya a los hoteles, luego no puede decirle que "no se mueva libremente". Efectivamente, es la contradicción amplia  entre la cuestión económica y la cuestión sanitaria. El choque entre enfoques prioritarios es constante ya que una vez que abres con una mano no tiene sentido cerrar con la otra.
En el artículo de Ahram Online hay unas declaraciones que llaman la atención: «Mohamed Awad Taggeddin, a former health minister and now a presidential adviser, said the increased number of infections being reported was simply a result of more people being tested.»* Lo que desconcierta es ese "simplemente" que reduce el problema a cuestiones de conteo. ¡Buen asesor presidencial se han buscado! Nada tranquiliza más que no saber cuántos infectados hay. Ojos que no ven... De nuevo todo conspira para hacer ver que todo es seguro, al igual que ocurrió con las amenazas del terrorismo islamista. Todo es seguro hasta que ocurre el atentado; entonces, la información justita para no causar alarma. Pero con el tema de coronavirus la gente está más informada que con los problemas políticos del país.


En la misma información se señala que Egipto es el país con más casos de la zona. También se menciona la promesa (sin saber cuál es su fundamento) de una fecha en la que todo pasará. Es lo peor que se puede hacer, pues genera expectativas que acumulan frustraciones.
La mayoría de la gente, en cualquier país, valora su vida y antepone su seguridad. La mayoría del turismo va a ser doméstico y una parte entre zonas limítrofes, tratando de minimizar los riesgos. Habrá los osados de las grandes ofertas, los que piensan que nunca les va a pasar y que es el momento. Habrá que repatriar a muchos si la cosa empeora.
La apuesta del turismo interior tiene el factor de hacer que se reactive la propia economía. Puestos a gastar, pensaran muchos en todos los países, lo gasto localmente, con lo que se apoya a la industria y los servicios locales. Eso perjudica a los que, como España, Egipto y otros países, viven en gran medida del turismo exterior. Pero la realidad es la que hay. No hay otra.


La seguridad será un elemento esencial del paquete turístico: sol, playa y distancia, medidas de seguridad, geles desinfectantes junto al champú de la habitación y una mascarilla. Es lo que tenemos por delante. El que mejore sus números tendrá más posibilidades de atraer turistas, pero cuidado, habrá que seleccionar aquellos que no empeoren la situación y alejen a los demás. Hay que buscar la seguridad del que viaja, una confianza fundada. ¿Difícil? Muchísimo.
Además del sol, la playa, la cultura... habrá que añadir la seguridad al paquete turístico. La que permita disfrutar de la paz que hemos perdido sin dejar el marrón al visitado, no sea que por querer atraer mucho se pierda lo ganado y volvamos a empezar un ciclo sin fin de relajación y rebrotes, como algunos se temen.
Se ha hablado del "turismo sostenible"; ahora habrá que hacerlo del "posible", de forma realista y avanzando hacia la seguridad. Hacer turismo no es una obligación; crear las mejores condiciones para hacer lo mejor posible, sí.


* "Learning to live with the virus" Ahram Online 14/05/2020 http://english.ahram.org.eg/NewsContent/50/1201/369240/AlAhram-Weekly/Egypt/Learning-to-live-with-the-virus.aspx




domingo, 17 de mayo de 2020

Seguridad y vigilancia, un debate abierto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
A nuestra preocupación por la salud y la economía se le superpone otra, la preocupación por nuestra privacidad o si se prefiere en otros términos: el nivel de vigilancia al que vamos a estar sometidos durante y después de la pandemia del COVID-19. La preocupación se manifiesta a través de expertos que cubre un abanico que va desde la tecnología hasta las leyes y las libertades.
El debate no es nuevo, viene produciéndose con intensidad desde finales del siglo XX y, especialmente, tras la fecha decisiva, el 11 de septiembre, con los atentados contra las Torres gemelas y el Pentágono. El terrorismo fue el desencadenante.
La imagen de las viejas películas de espías colgados al micrófono escondido o al teléfono pinchado, relevando al que pasó la noche de vigilancia frente a la casa del sospechoso han pasado a ser de época y poco tienen que ver con la introducción de las nuevas tecnologías del control y la vigilancia, con millones de cámaras repartidas por las ciudades en sus espacios públicos, con los dispositivos rastreables que llevamos encima o que se amontonan en nuestros hogares y oficinas.


La llamada "Internet de las cosas" convierte nuestro entorno y a nosotros mismos en una fuente de datos, en una materia prima que será desarrollada y tratada de infinitas formas posibles, unas ya útiles y otras por descubrir. La llegada del COVID-19 solo ha creado un escenario más, una forma de percibir estos datos, una forma de analizarlos y de explotarlos. La guerra de las etiquetas de las aplicaciones, por gestionarlos y sacarles provecho económico, es la lucha exterior. Pero los datos están ahí, en la teoría y en la práctica; la lucha son los permisos para recogerlo y usarlos.
La pandemia y la necesidad de volver a poner el mundo en marcha hacen que se presione para la detección temprana de los posibles contagios. Esto supone una vigilancia extrema, la determinación de millones y millones de datos entremezclados en enmarañadas redes de contactos. Nada sencillo, pero nada imposible para la tecnología del tratamiento masivo de datos. El problema es el grado de intrusión en nuestra privacidad, algo cambiante y poco definido. Es algo que algunos venden barato y que otros valoran en exceso.



En la CNN leemos en el comienzo del análisis de Nick Paton Walsh, titulado "9/11 saw much of our privacy swept aside. Coronavirus could end it altogether", lo siguiente:

Spit into a cup when you land in an airport, and your DNA is stored. Every phone in every city talks to every other nearby device, their exchanges floating somewhere in the ether. Cross-border travel is enabled only by governments sharing data about millions of private movements.
These are all possible visions of a future that the coronavirus pandemic has rushed on us -- decades of change effected, sometimes it feels, in just weeks. But a lurch into an even more intense era of mass data-collection -- the vast hoovering up of who went near whom and when, who is healthy to travel, and even scraps of personal DNA languishing in databases -- appears to be on the verge of becoming the new reality.
Will this grave new world intensify our desire for privacy, or extinguish what little left of it we had?*



La privacidad debe ser, sin duda, una prioridad, pero puede que haya otras en juego, como la vida propia o la salud social. Muchos dan sus datos por un simple regalo, mientras que otros tapan con cinta adhesiva los objetivos de sus cámaras en los teléfonos móviles. Compartimos datos en la "nube" y, a la vez, encriptamos mensajes y bloqueamos dispositivos. La cuestión de los datos preocupa a unos mientras que para otros no la vida privada no es problema.
La cuestión se complica más cuando la salida a la calle, la entrada en tiendas, el acceso al puesto de trabajo o entrar en un edificio puede suponer la demostración de que cumplimos con los estándares de seguridad que se les exige a los demás.
Sin embargo, cada vez este tipo de medidas de rastreo y de garantías de cumplimiento se hacen más posibles para poder avanzar hacia esa "nueva normalidad" que estará bajo vigilancia constante, como lo está el tráfico de las calles ya desde hace años.


La cuestión deja de ser una decisión individual, pues la mayor parte de nuestra vida se produce en contacto con otros que también tienen algo que decir a la hora de garantizar y, por supuesto, la situación laboral será determinante, planteando a sus empleados una serie de normas que deberá cumplir por seguridad de la plantilla o de los propios clientes, que lo exigirán.
Estamos en una etapa en la que el "efecto terracita" no está dando una imagen distorsionada de lo que va a ser el futuro. Es en los lugares de trabajo, en las condiciones que lo posibiliten, donde se dará la gran transformación. Esto afectará en los protocolos que se desarrollen dentro de las propias empresas, las condiciones de cara al público, las formas de envasado o el mobiliario y distribución de empresas, tanto de fábricas como oficinas, formas de reparto.
Todas estas reformas y gastos solo tienen sentido si sirven como garantía propia y ajena de que nos encontramos lejos de la infección. Esos nuevos entornos, de forma tecnológica o certificada, empezarán a monitorear los espacios a aquellos que se encuentran en ellos.


En la BBC, Jessica Mudditt nos habla de "How offices will change after coronavirus", un tema esencial y sobre cómo va a incidir en la cuestión de la privacidad:

There’s also the idea that companies could more aggressively monitor for sick employees. One possibility is embedding sensors underneath desks to monitor body temperatures, with a facilities manager alerted when someone has a fever. “This kind of technology already exists and wouldn’t be tough to integrate,” says De Plazaola. “But it raises huge privacy issues. HR and legal departments would need to weigh in on whether this is the right course to pursue.”
Some organisations have already introduced somewhat similar measures. Sydney-based wholesale IT equipment distributor Dicker Data brought in staggered shifts for essential onsite workers, giant sanitising stations and extra cleaners. They’ve also invested AUD$10,000 (USD$6,470, £5,258) in a body thermal scanner, which beeps if anyone has a temperature while standing in front of it. The warehouse manager is responsible for assessing whether the staff member looks sick and should be sent home.
“There were a couple of instances when we did ask staff to go home. And I think that gave our staff a sense of safety,” says Mary Stojcevski, the company’s chief financial officer. No objections were raised to using the thermal scanner, she adds, and when the company’s new office building is completed in October, all 400 staff plus visitors will pass through it.
Aodhan MacCathmhaoil believes that self-regulation is preferable. The founder of Sydney-based garbage company Waster is currently looking for new office premises and although he has a long list of safety requirements, he will not contemplate temperature checks. “I think the negative aspects would outweigh the benefits. Morale would suffer if people felt that they were being policed. Should I know about my employees’ health? It’s definitely a grey area. I'm not a medical professional, so I wouldn't know how to interpret the data anyway.”**


La cuestión no es de fe, sino de comportamiento social. ¿Tiene sentido tomarme la temperatura yo si no sé si otros lo hacen? ¿Tiene sentido proteger mi entorno privado si no me protejo (o me protegen) después en el público?  Puedo elegir no ir a un concurrido parque o a una terraza o a un partido de fútbol, ¿pero puede tener las mismas opciones en mi trabajo? Como siempre, una cosa es considerarlo sobre el papel y otra la realidad. ¿Pueden las empresas exigir lo que las leyes no se atrevan? No es la primera vez que ocurre que hay empresas que tienen determinadas normas que aceptas o no.

¿Autorregulación o vigilancia?, se preguntan en la BBC. Quizá no sea tan sencillo cuando vemos cada día que hay muchos irresponsables que apuestan por la "autorregulación" o si se prefiere, por la "auto falta de regulación", saltándose las normas porque no va con ellos.
Conforme pasan las semanas y los meses, las noticias sobre el COVID-19 van pasando de sección en sección periodística mostrando así cómo va afectando a nuestras vidas, por un lado, pero también cómo se van tratando de normalizar situaciones. La vida laboral es esencial como lo es la vida pública o la privada, todas ellas afectadas. Cada vez más, lo vamos a ver en los aspectos más directos, con cuestiones más concretas y específicas, ceñidas a nuestro día a día. El coronavirus forma parte de la "nueva normalidad".
Las respuestas sobre los límites de la privacidad van a ser complicadas de establecer. Lo que antes se hacía en nombre de la seguridad quizá se haga en nombre de la enfermedad. La naturaleza de la información que se busca puede ser distinta aunque aquí pueda haber puntos en común con el rastreo. No es lo mismo el dato sobre la temperatura que el dato sobre la ideología. El aviso de que he estado junto a alguien que ha dado positivo no tiene porqué verse como una invasión a menos que contemple otro tipo de circunstancias.


Queramos o no, el problema lo vamos a tener ya. Todavía se están pensando cómo afrontar el problema, pero muchos van a competir en el mercado con mayores garantías de seguridad, lo que llevará a una mayor vigilancia. Ya sean los estados o las empresas, ya sea de forma masiva o de forma local, los riesgos del COVID-19 nos afectan individualmente y en grupo. La responsabilidad hacia trabajadores, clientes, pacientes, estudiantes, etc. tendrá que ir más allá de la autorregulación porque basta uno que uno que no cumpla para que el delicado equilibrio se vaya al traste. Tampoco son buenas las perspectivas según el comportamiento de algunos, que van por la insumisión, la rebeldía o el negacionismo.
Lo que evidentemente no puede dejarse es en manos, como ha ocurrido en ocasiones, en las que los datos sean susceptibles de manipulación o detecciones ajenas a los objetivos de seguridad. El problema no suele ser el uso, sino el mal uso y el abuso. Es ahí donde hay que estar muy vigilantes y que no ocurran casos como los ya conocidos de Cambridge Analytica.
No creo que el debate se cierre. Nunca se cierra. Lo que hay es que tratar de compaginar los muchos elementos que hay que tener en cuenta y aprovechar los medios de que disponemos. Debatir, todo lo que haga falta; pararse, nunca.



* Nick Paton Walsh  "9/11 saw much of our privacy swept aside. Coronavirus could end it altogether" CNN 16/05/2020 https://edition.cnn.com/2020/05/16/tech/surveillance-privacy-coronavirus-npw-intl/index.html
** Jessica Mudditt "How offices will change after coronavirus" BBC 14/05/2020 https://www.bbc.com/worklife/article/20200514-how-the-post-pandemic-office-will-change


sábado, 16 de mayo de 2020

Yo también soy chino

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es lo visible contra lo invisible. Como no puedes ver el coronavirus, te diriges hacia tu portador. La mente hace un juego retórico y ¡voila! ya tienes delante al culpable, al asiático, convertido en "chino". Es sencillo. Nuestra mente necesita de objetivos hacia los que dirigir miedo y odio, una figura susceptible de absorber la rabia y la frustración.
Donald Trump es un maestro especializado en redirigir el odio. Lo ha hecho contra los hispanos ("bad hombres", narcos, violadores y asesinos), contra los demócratas (izquierdistas y comunistas, antiamericanos), contra los árabes (terroristas), contra los medios de comunicación (los enemigos del pueblo, conspiradores para acabar con el mejor presidente de los Estados Unidos)... y contra China, su objetivo favorito.  Todo lo malo viene de China; todo lo malo está en China.


La pandemia estalló, hay que recordarlo siempre, en plena guerra arancelaria contra China, contra Huawei, contra el 5G. Cuando pensaba que la epidemia no saldría de allí, felicitaba a China desde su superioridad benevolente diciendo que el presidente Xi hacía un "gran trabajo". Era una de sus formas despistar del objetivo principal, aislarla y separarla de Europa esencialmente. Lo hacía con los aranceles contra China y contra los países europeos, incluida España. El aceite y otro productos pasaron a ser "enemigos", "peligros potenciales" sin saber porqué. La administración Trump se ha acostumbrado a no dar explicaciones a sus actos de fuerza; es la simple imposición a los demás de lo que deben creer, sobre cómo deben mirar el mundo. A su vez, Trump está dirigiendo la mirada y el pensamiento de millones de norteamericanos que han encontrado en él una especie de líder de una secta cada día más fanática, un fenómeno que hacía muchas décadas que no se experimentaba y que explica la fascinación de Trump por los dictadores, los únicos con los que se siente a gusto, ante el desprecio que percibe en los líderes de los países occidentales.


El otro día, en la Casa Blanca, se produjo un incidente con una periodista norteamericana de ascendencia asiática. A una de sus preguntas le dijo "¡Pregunte a China!", ante lo que la periodista le pidió explicaciones que, evidentemente, Trump no dio. No es la primera vez que Trump da muestras de racismo en distintas direcciones, pero ahora es China el blanco constante.


Este dirigir constantemente el odio hacia China tiene consecuencias dentro y fuera. En el interior de los Estados Unidos ha causado ya problemas a muchas personas que no tienen nada que ver con la epidemia. En realidad, nadie tiene nada que ver con el COVID-19, es nuestra tendencia innata a antropomorfizarlo todo (como bien señalo Nietzsche) lo que hace que hayamos convertirlo un hecho de naturaleza en un hecho social. El bulo del laboratorio no es más que una forma de racionalizar, una mitificación (un discurso explicativo) que permite una explicación a algo que simplemente no acabamos de entender. De la misma forma que el mundo de la antigüedad daba un "sentido" a las plagas y enfermedades, muchos están convirtiendo el COVID-19, pese a todas las advertencias de los científicos en una forma de "guerra" intencionada. El narcisismo de Trump y su contagio a parte de los Estados Unidos hace el resto. Los medios contribuyen en gran medida a extenderlo y eso convierte la xenofobia en un hecho social que se extiende.


Deberíamos recordar en España, por ejemplo, que nuestros dos primeros casos fueron de turistas europeos en zonas turísticas y que, pese a ello, seguimos anhelando que se abran nuestras fronteras, hoteles y playas. Que yo sepa nadie lo ha llamado el virus alemán o el virus francés ni el italiano cuando empezaron a venir de esos países. Nuestra tendencia a los mitos es fácilmente manipulable y eso se aprovecha para los racistas previos, que ven la ocasión de oro para trabajarse la opinión pública, a los integristas políticos, que ven lo mismo pero desde la perspectiva de que la causa es el comunismo chino, o los antiglobalización, que ven en esto una consecuencia de la expansión de su economía.
Es sorprendente cómo esas tres tendencias —racismo, política y economía— pueden generar tantas corrientes de odio. Cuando las personas de rasgos asiáticos empezaron a ponerse camisetas o a hacer circular el hashtag "#no_soy_un_virus" lo hicieron porque ese fenómeno de suma de prejuicios y odios estaba empezando a afectar a sus vidas cotidianas, de pasear por la calle a las escuelas. Aquí hemos estado denunciando estos desde el 21 de enero, por lo que no fue tarde cuando esto comenzó primero en los medios y después a la gente. Se trabajaba desde la preexistente amenaza contra China a raíz de la guerra comercial y el caso contra Huawei... y se dio el salto.


The New York Times publicó ayer un interesante artículo de la escritora norteamericana de origen surcoreano Euni Hong. El texto lleva por título "Why I’ve Stopped Telling People I’m Not Chinese", lo que nos lleva a un interesante cambio en la mentalidad la parte de origen asiático de los Estados Unidos.
La escritora recuerda diversos momentos en su vida en los que ha tenido que explicar los ataques recibidos por sus rasgos asiáticos. "Asiático" engloba a todo el que tenga los rasgos o apariencia, más o menos marcados, nombres o apellidos, forma de vestir, etc. que la sociedad norteamericana que se consideran "puros americanos" establece.
Es interesante no perder de vista que esto se ha hecho anteriormente a los asiáticos con los "hispanos" o los "árabes", también estigmatizados. En Estados Unidos, todo el mundo es potencialmente peligroso si no tiene el perfil que la comunidad rectora establece que es el "perfil americano". Esto no es nuevo. Ninguna sociedad juzga tanto por el exterior como la norteamericana. Basta recordar los incidentes que se produjeron contra los hispanos con la llegada de Trump al poder. Las noticias empezaron a recoger incidentes en restaurantes, supermercados, etc. contra aquellos que hablaban en español. Se trata de tener la suerte de que esta comunidad, que se considera superior al resto, no la coja contigo, con tu continente, tu país o tu cultura. Así ha sido y parece que permanece a la espera, agazapada, de nuevas ocasiones en que aparezca el odio, el desprecio, la discriminación sobre el grupo elegido.
Euny Hong escribe en su artículo:

Last month, a Chinese-American friend of mine posted on social media about a targeted internet ad that had outraged her. In the wake of Covid-19, some clothing vendor saw a business opportunity: a series of T-shirts with slogans like, “I’m Asian but I’m not Chinese,” “I’m not Chinese, I’m Korean,” “I’m not Chinese, I’m Malaysian,” etc. Her friends’ comments under her post were equally indignant. (So much for predictive algorithms, by the way.)
My first thought was, “I wish we’d had these shirts when I was a kid.”
And then I stopped myself, horrified.
By way of context — not justification — Asians have been siccing people on other Asians for ages. In World War II-era America, some Asian-owned businesses posted signs in their windows specifying that they were not Japanese. I have even met a few Asians of that generation who currently believe that it made political sense for Franklin D. Roosevelt to put Japanese-Americans in internment camps. Just the Japanese.
Which is not to say that mislabeling isn’t dangerous; it can even be deadly. In Highland Park, Mich., in 1982, there was an incident that all Asian-Americans of a certain age remember vividly: A Chinese-American named Vincent Chin was murdered in a strip club by two white autoworkers who assumed he was Japanese — one of the people who, they believed, had destroyed the American auto industry.
It was a tragic case of mistaken identity. But to respond to that horrific incident with “Vincent Chin wasn’t even Japanese!” is to create a dangerous distraction from the core issue: It is never OK to attack anyone based on their race.*



Esta fórmula combinada con otra, la del linchamiento, es peligrosa porque convierte al que no se ajusta al modelo en objetivo. Lo que señala Hong es cómo ese miedo social a convertirse en la víctima lleva a la falta de solidaridad y a redirigir el odio hacia otros. Se trata solo de dejar claro que "no se es china", a lo que se deben dirigir todos los esfuerzos. Son los mecanismos del fascismo social, manejar el miedo para asegurarse el control y el poder. De ahí que ella misma manifieste su horror al darse cuenta de que ha caído en la trampa, lo que se representa en el lema de la camiseta. Simplemente se trata de que no de dé la piedra que arrojan, no de evitar que se lance.
Desgraciadamente no podemos decir que esto es una minoría. Es la mayoría que ha llevado a Trump a la Casa Blanca y la misma que le sigue defendiendo en su xenofobia, sus mentiras patológicas desde el Senado o desde las calles. Son los que aceptan el "¡Liberad los estados!" e invaden las instituciones con las armas en la cintura o a la espalda.
Hay que tener mucho cuidado. Trump ve peligrar su reelección, al igual que las fuerzas que están tras él, las que le apoyan y salen a la calle a manifestarse. Trump es un veneno social, como lo son algunos de los que tiene alrededor, como lo es la Fox News, que actúa sobre la opinión pública esparciendo odio y falsedades.


De país multiétnico con una "ciudadanía común", Trump y los suyos han apostado por el racismo. Ser americano ya no es un hecho constitucional, sino racial. Es lo que están padeciendo los asiáticos, como antes lo han padecido y lo siguen padeciendo los afroamericanos, los hispanos o cualquier otro grupo que no sea "puramente blanco" según sus criterios.
Voceros de Trump como Peter Navarro, que ya era anti China, o Mike Pompeo vuelven a realizar apariciones en las televisiones atacando, creando un clima discriminatorio en el interior y bélico en el exterior. Con lacayos como este, Trump trata de crear el miedo y el deseo de violencia, algo que puede ser difícil de controlar internamente, como ya advertían en The New York Times.

Los medios han comprendido la estrategia de Trump y le exigen que explique todas y cada una de las afirmaciones que realiza. Si se siente presionado cierra la sesión (como hizo) o  retira la palabra y pasa a otros. Ya no es posible aceptar sus visiones racistas y xenófobas. Conforme el mundo se va acercando al mayor control de la pandemia, la agresividad de Trump crece, como lo hacen sus promesas de una vacuna para después de las elecciones de otoño. El truco es tan burdo que solo los adeptos pueden creerlo ciegamente.
Estados Unidos ha perdido el prestigio internacional a manos de Trump. Y algo peor, la confianza de muchos norteamericanos en las instituciones y en el mismo país. Los hubo que decidieron irse a vivir fuera, a Canadá, hasta que Trump se fuera. No sé si era la solución más acertada, pero el desastre que va a dejar a sus sucesores en la Casa Blanca tendrá dimensiones colosales, con un pueblo dividido como no lo había estado desde la Guerra Civil.
Afortunadamente, la presión sobre la sociedad está dejando también el ánimo firme de muchas personas que no le seguirán el juego del odio y la división. En el final de su artículo, Eunt Hong escribe:

If someone says, “You Chinese are killing us,” I am in that moment Chinese. Whether I give the other person a piece of my mind or not — awkward, perhaps, from six feet away — my instinct should be indignation, not deflection. Because one of many lessons I’ve learned from the pandemic and its consequences is that focusing on being misidentified by a xenophobe is nothing better than trying to negotiate a more accurate insult.*



Esa es la clave. Darse cuenta que no podemos ponernos del lado del xenófobo para evitar ser atacados nosotros, para no ser su blanco. La consecuencia es vivir con miedo, sin libertad de poder expresar lo que se siente. Y lo que se debe sentir es precisamente ponerse al lado de aquellos que son insultados injustamente, solo para satisfacer su ego racista.
Lo que pasa con las personas asiáticas en Estados Unidos pasa en más sitios. También ha ocurrido aquí, si bien de otra manera porque no hay autoridades jaleando a los violentos, solo algún energúmeno. Pero los españoles lo hemos padecido en otras partes del mundo cuando la pandemia había llegado a un punto crítico. No lo debemos olvidar. No debemos olvidarlo nunca.
Cuando vemos injusticias de este tipo, debemos decir, "yo también soy chino", como hemos dicho "yo también soy París" o "I Love New York". Es estar del lado del  que sufre persecución o discriminación  injustamente. Ellos también han sufrido muertes y dolor por las pérdidas, luchan como nosotros.
Pese a las muchas circunstancias adversas que viven, me ha emocionado ver cómo muchos chinos en España han vivido solidariamente nuestra situación, como unos más entre nosotros, sufriendo además al ser señalados o mirados al pasar. Hay muchas cosas que están haciendo por nosotros, desde traducir manuales de prevención a poner en contacto a médicos españoles con médicos chinos para compartir experiencia o niños en las escuelas que mandan dibujos de ánimo.
Mis alumnos chis son caso aparte, una alegría en mi vida. Su preocupación constante por mi estado, por cómo me encuentro o si necesito algo, es muy de agradecer y la tendré siempre conmigo. Muchos no se atreven a salir a la calle por miedo a que les digan algo. 
Solo te pido una cosa, si ves una situación así, dile al agresor, al xenófobo, "yo también soy chino".  No pienses ni en economía ni en política, solo en que la persona que tienes delante te necesita.
Yo también soy chino.



* Euny Hong "Why I’ve Stopped Telling People I’m Not Chinese" The New York Times 15/05/2020 https://www.nytimes.com/2020/05/15/opinion/coronavirus-chinese-asian-racism.html

viernes, 15 de mayo de 2020

En busca del olfato y el gusto perdidos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Kirstie Brewer se hacía ayer una buena pregunta desde las páginas de la BBC: Coronavirus: Why hasn't the UK listed loss of smell as a symptom of Covid-19?"* Son muchos los cuestionamientos sobre la política del gobierno de Boris Johnson, pero este va un poco más allá y se refiere a un elemento importante: la determinación de los síntomas que pueden caracterizar a una enfermedad determinada. Podemos desconocer el funcionamiento o las causas de una enfermedad, pero siempre podremos identificar una serie de elementos y asociarlos con una enfermedad. Muchas veces no es sencillo —como ocurre en este caso— porque los síntomas se pueden identificar con otras enfermedades y aplicar medidas poco eficaces o hasta contraproducentes. El trabajo básico es, pues, identificar síntomas comunes para asociarlos con la enfermedad. Se trata de separar la infección de otras posibles, con algunos síntomas similares. Desde el punto exterior de la observación, una enfermedad es un conjunto de síntomas que se manifiestan. A veces, síntomas parecidos se pueden asociar a otras enfermedades, lo que lleva a debates para encontrar elementos más fiables en los cuadros.
Desde el principio se identificaron las fiebres altas y la tos seca como síntomas ante los cuales debíamos pedir ayuda, aislarnos y esperar a que se confirmara nuestra situación. La pérdida del olfato ha sido uno de esos síntomas que se han asociado con el COVID-19. Pero, nos cuenta Kirstie Brewer, en Reino Unido no lo han tenido tan claro:

Government advisers have been considering since March whether to include loss of smell among the criteria for deciding whether someone has Covid-19. Evidence that it is one of the symptoms is already strong and some scientists argue this is now an urgent step, as the lockdown is eased.
At first Dan, 23, dismissed his stuffy nose as hay fever, but when he couldn't taste his beans on toast, he began to worry he had come down with Covid-19.
"I thought something must be up so just to check I poured myself a strong glass of orange squash," says Dan, who works as a respiratory physiotherapist at a West Midlands hospital.
"I just couldn't taste that at all." He tried inhaling a nasal decongestant made with eucalyptus oil and menthol, but couldn't smell that either.
Dan worried that if he did have Covid-19, going into work might have serious consequences. But when he called the NHS helpline, 111, he was told there was no problem as he didn't have a cough or a high temperature.
"They were obviously reading off a script and they said, 'You're good to go back to work,' which I felt a bit funny about," Dan says. "To have suddenly lost my sense of smell and taste when I work with some patients who have coronavirus felt like too much of a coincidence."
Ignoring this advice, he began self-isolating, as did the rest of his family, including his mum, a podiatrist whose clients include vulnerable elderly people, and his sister, an intensive care nurse at a children's hospital.
Meanwhile Dan's manager arranged a coronavirus test for him - and a few days later it came back positive.
"Based on government advice alone, I would have been back at work, going from patient to patient and potentially giving them coronavirus," says Dan.
That was in April, just after the Easter bank holiday, but the advice from 111 and on the NHS website remains the same today. The website mentions only two symptoms, a high temperature and a new continuous cough.
This is frustrating for Ear Nose and Throat consultant Prof Claire Hopkins, president of the British Rhinological Society, who has been arguing for eight weeks that people suddenly losing their sense of smell should be told to self-isolate.*



El caso del no reconocimiento de la pérdida de gusto y olfato (ambos vinculados) con el COVID-19 plantea diversos interrogantes sobre la forma en que se establecen los criterios de identificación. Parece obvio que es menos frecuente la pérdida de esos dos sentidos que los de una fiebre alta o una tos seca, que pueden ser asociados con otras causas. Lo importante es que la pérdida parece ser uno de los síntomas más tempranos, aparece ante que los otros dos.
La reflexión de la persona citada en el caso merece recordarse: sin fiebre o tos, que son síntomas más visibles, le mandaron a trabajar. La tos y la fiebre se hacen más evidentes en un entorno, mientras que la pérdida de gusto y olfato no es identificable a menos que quien lo padece lo diga.


Esta pandemia está enseñando muchas cosas sobre las prioridades y los comportamientos. Se ha visto que determinados países han tomados ciertas prioridades frente a otros. Reino Unido entra en el grupo de que el contagio era "beneficioso", como se encargó de repetir su primer ministro Boris Johnson en las primeras etapas hasta que las estimaciones de los expertos le hicieron ver los riesgos de miles de muertos. El propio Johnson ha pagado en su cuerpo las consecuencias. Pero el mensaje que ha seguido transmitiendo (aunque de manera confusa, sacándole provecho los humoristas con su "go to work-don't go to work") ha seguido siendo hasta hace unos días: "a trabajar todo el que pueda", lo que no deja de ser una enorme ambigüedad frívola. 
¿Quiere decir que sigas trabajando hasta que no te tengas en pie? ¿Que mientras puedas trabajar debes seguir, pese a tener síntomas? ¿Significa que los asintomáticos deben ir al trabajo aunque contagien a los demás? ¿Qué quiere decir que "vaya a trabajar todo el que pueda"? ¿El que pueda trabajar y pueda contagiar qué debe hacer?
El artículo de la BBC señala

First results from the King's College coronavirus tracker app, published on 1 April, found that 59% of users testing positive for Covid-19 reported loss of smell or taste. The latest research from the same team, produced in collaboration with partners in Massachusetts and Nottingham and published in Nature Medicine, found that 65% of the more than 7,000 users of the app who had tested positive for Covid-19 reported loss of smell and taste, compared with just over a fifth of those who tested negative. This, the authors say, suggests that loss of smell - anosmia - is a stronger predictor of Covid-19 than fever.*



Si el primer síntoma en muchos casos, la pérdida de olor y sabor, se elimina como causa, ¿cuántas personas habrán sido infectadas antes de que se manifiesten los primeros síntomas "oficiales", aquellos que sí son reconocidos como causa para no ir al trabajo y aislarse? Una parte importante de la investigación se dirige precisamente a poder detectar lo antes posible los casos, por unas vías u otras. ¿Por qué eliminar en Reino Unido ese síntoma de los protocolos de detección?
El nuevo pacto social es claro: "yo me protejo y tú te proteges". Yo tomo medidas para no infectar y tú lo hace también. No puede ser "yo hago lo que  quiero porque soy libre", que es lo que se gritan los trumpistas armados en el estado de Michigan y en barrio de Salamanca de Madrid en las manifestaciones. Un concepto muy pobre y egoísta el que hace que tu libertad les cueste la vida a los demás. No es lo mismo la libertad de tirarse de un puente, que tirarse desde un puente con gente debajo; eso no es libertad, es asesinato. No es lo mismo "ser libre" que "ser libre de contaminar a otros". Se oyen muchas tonterías sobre el constitucionalismo y los derechos constitucionales últimamente.


Igualmente no es lo mismo "estar sano" que "no tener síntomas", como nos enseñan los asintomáticos claramente, pero también la BBC al mostrarnos cómo se elimina un síntoma importante en el protocolo.
En la BBC de ayer, con el titular "Coronavirus: How exposed is your job?", se hace una consideración que concuerda con lo dicho:

Millions of workers are doing their day jobs from makeshift set-ups in their living rooms and kitchens, while those in England who can't work from home are now encouraged to go back in if they can do so safely.
But how exposed to coronavirus might you be in your job? And how does that compare to others?
Data from the UK's Office for National Statistics, based on a US survey, puts into context the risk of exposure to disease, as well as the amount of close human contact workers had before social distancing and other safety measures were introduced.**

Cada uno puede ingresar su profesión o aproximada para saber qué riesgo tiene. La verdad es que es demasiado genérica e incurre en un error general: trabajar no es el riesgo, sino las condiciones del trabajo, que son muy diferentes incluso en las mismas profesiones, y además que el "trabajo" es un acto integral que incluye un factor determinante, los desplazamientos.
La obsesión con relacionar el trabajo con la enfermedad da una sensación de seguridad que es peligrosa. La enfermedad no es una cuestión "laboral", como caerse de un andamio, que se evita con redes o correas o poniéndose un casco. Es la combinación del movimiento, la distancia y las redes de contactos. Es este factor último, la relación con los otros (y con sus huellas), lo que determina el riesgo. Por eso el aislamiento es esencial y cuanto antes mejor. De ahí la gravedad de ignorar los síntomas tempranos, que nos llevaría a contaminar espacios al ser transmisores.
En la situación actual, la responsabilidad de las personas es tan alta como la de las instituciones. Pero son las instituciones las que deben orientar claramente para que los ciudadanos podamos seguir las pautas con la garantía de que son nuestras vidas las que les importan en primer término. Cuando se duda de cuál es la prioridad, malo.
La BBC publicaba  anteriormente en tan fecha temprana como el primero de abril sobre la relación entre la pérdida del olfato y el COVID-19 encontrada por investigadores británicos: "Coronavirus: Are loss of smell and taste key symptoms?" 1 de abril, por Michelle Roberts, editora de Salud. Sin embargo, la idea de poder trabajar, aunque fuera infectando gente era prioritaria en ese momento. Era a lo que se referían en el artículo de ayer, mes y medio después, muchos días, muchos contagios y muchos muertos.


Los que reclaman "libertad" la pueden vivir en su soledad o conjunta, pero que se mantengan a distancia de los que tienen un sentido más responsable o comunal. El no contagiarse es algo más que un derecho: es un deber desde el momento en el que vivimos en sociedad.
Se está importando desde la derecha populista norteamericana un concepto estúpido, agresivo e insolidario, que se califica de forma apropiada por el lucimiento de esvásticas entre sus propias banderas, de exhibición de biblias por carentes de caridad, etc. Recuerdo la petición de que los trabajadores pasaran sus cuarentenas en las fábricas, que fueran confinados unos y otros porque la economía debía continuar. De esta forma, se argüía, no se para la economía, viven igual de hacinados y mantienen sus puestos de trabajo. El que no es bueno es porque no quiere.
Usted puede mirar en la BBC los riesgos de su profesión, pero los riesgos son los de sus compañeros, clientes o proveedores. Este riesgo es en los dos sentidos. Por grande o pequeña que sea mi oficina, tienda o departamento, lo importante es que los que pasan por allí confíen en que yo tomo medidas y que ellos las tomen es importante para mí. Por eso hay tanta irritación por el hecho de que los que no han tenido más remedio que jugarse la vida por nosotros debido a sus profesiones de primera y segunda línea no hayan podido contar con el material adecuado y suficiente. Eso estará siempre en el haber negativo de los responsables irresponsables, que los tenemos de todos los colores y discursos.
13 de abril 2020

Nada hay peor que el egoísmo del irresponsable. Nada es más infame que disfrazarlo de libertad y envolverlo con bellas palabras o banderas para ocultarlo. El COVID-19 nos hace oscilar pendularmente entre el drama y el vodevil, entre la tragedia humana y la astracanada, entre lo ejemplar y el tartufismo. Deja al descubierto la nobleza y, a la vez, las bajezas infames del egoísmo.



* Kirstie Brewer "Coronavirus: Why hasn't the UK listed loss of smell as a symptom of Covid-19?" BBC 14/05/2020  https://www.bbc.com/news/stories-52638382
** "Coronavirus: How exposed is your job?" BBC 14/05/2020 https://www.bbc.com/news/uk-52637008


26 de marzo 2020

jueves, 14 de mayo de 2020

La desescalada ¿era esto?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Situaciones diferentes, tiempos diferentes, medidas diferentes. El COVID-19 no admite el café para todos ni se puede permitir el desarrollo a la carta como algunos pretenden. Por mucho que nosotros estemos bien, si los demás no lo están. "Estar bien" es un concepto relativo y frágil.
ABC nos dice que ha aumentado el número de casos infantiles desde que se autorizó las salidas a la calle de los niños porque nos preocupaba la salud física y mental. Recordamos la explosión de júbilo de los niños jugando y los padres comentando lo bien que se lo pasaban sus hijos. El porcentaje que dan del aumento de casos entre menores de 9 años es significativo, el 37%. Las explicaciones no son claras:

El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, reconoció su «preocupación» por el aumento de contagios de coronavirus en menores de 10 años. Sin embargo, señaló que esta información le llegó de «hospitales que sí lo han comentado». «Nosotros no hemos detectado una diferencia significativa. Siempre hay oscilaciones en las cifras y descensos, aunque sí puede haber un aumento que tendrá que valorarse con cuidado», señaló el experto ayer en rueda de prensa.
Respecto a este incremento y su posible relación con las medidas de alivio para los menores que entraron en vigor el pasado 26 de abril, Simón dijo que, de deberse a ello, «se tendría que haber observado ya hace casi una semana». «Con lo cual –añadió– debemos tener cuidado a la hora de valorarlo».*

Toda decisión implica elegir entre unos elementos y otros; es lo que conocemos cuando valoramos. Pero hay muchos otros factores que podemos desconocer, que se tienen en cuenta. Los modelos que se usan no son la realidad, mucho más cambiante y caprichosa. Nos gusta pensar que nos regimos por leyes férreas, pero en el caso humano o social son mucho más proyecciones para evitar el temor a lo "azaroso", es decir, a lo que no controlamos, el gran enemigo.
Si el dato del aumento es cierto da igual que hayan sido los niños los que lo hayan cogido o sus paseantes quienes se lo hayan transmitido. La salida de los niños no es algo aislado, sino algo dentro de un conjunto de acciones o situaciones. Cualquier contagio se debe a proximidad o a compartir algo que actúa de transmisor.

Lo cierto es que se están descubriendo por todo el mundo algo que se desestimaba: que los niños se contagiaran. Vemos que no es así, que los niños se contagian y que presentan cuadros específicos en muchos casos, algo que antes no se consideraba vinculado al COVID-19. Hoy muchos piensan que sí, aunque no se sepa por qué o cómo.
Lo que lleva a la preocupación por lo que ocurrirá con las escuelas. Todo se acaba convirtiendo en un problema espacial, de distancias: cómo mantener a los niños separados, cuántos pupitres debe haber por aula... Los expertos hablan desde una realidad hipotética. Luego el que lleva una guardería o una escuela, un instituto o una facultad, tienen que traducir a la realidad de sus propios espacios lo que los expertos han dicho en el vacío, Esos "dos metros" son ya reales... posibles o imposibles, rentables o ruinosos.


Lo que la palabra "desescalada" escondía eran muchas restricciones, que son frustraciones en la realidad. Muchos se imaginaban la desescalada como una Julie Andrews descendiendo por la loma en "Sonrisas y lágrimas", cantando y con muchas flores en los prados. Por eso lo cosas como la exigencia de cuarentena a los turistas o la prohibición de las rebajas en el comercio han sentado como jarras de agua fría, a algunos como manguerazo de agua helada en psiquiátrico de película de los 50, mucha camisa de fuerza y celdas de aislamiento, algo como "Corredor sin retorno", por usar otra imagen cinematográfica. De los colores vistosos, la música alegre y los niños cantando en las montañas, al blanco y negro sórdido y expresionista de Samuel Fuller en su filme.



ABC trae otra noticia inquietante en una realidad inquietante y contextual: la proliferación de colchones amontonados junto a los contenedores de basuras, algo que califica como "plaga" en su titular:

Apoyados junto a los contenedores o tirados en la propia acera. Decenas de colchones viejos permanecen en la vía pública a la espera de ser retirados por los servicios de limpieza viaria del Ayuntamiento de Madrid. La situación afecta sobremanera a zonas de los distritos de Usera, Puente de Vallecas, Vicálvaro o Ciudad Lineal, donde los vecinos han observado la aparición de estos enseres en los últimos diez días. Pese a que las teorías sobre su procedencia son diversas, es una la que cobra fuerza entre los operarios encargados de su recogida: la mayor parte pertenecían a personas fallecidas durante la crisis del coronavirus. Por ello, resulta esencial desinfectarlos antes de proceder a su traslado.**



No vamos a especular sobre si los colchones son de los que han abandonado este mundo o solo su casa. Sea por lo que sea, la imagen causa miedo; esperemos que no le dé a nadie por ponerse a quemarlos en plena calle, que hay mucho pirado desconfinado ya.

Lo cierto es que el desconfinamiento ya no es una etapa de esperanza, sino más bien de frustraciones, del descontento del que esperaba todo y solo tiene un poquito. La llegada de la dura y lenta realidad no satisface a nadie. Los que estaban satisfechos hace unos días por ese primer café en la terraza, una vez pasado el primer momento, comenzarán a exigir otros primeros momentos, más intensos, más variados, una escalada.
Los expertos están asustados y no lo callan. O se tiene cuidado o nos volvemos todos a casa. Pero ¿es esto posible? Las fuerzas oscuras se encargan de extender el descontento al grito de "libertad" tratando de convencernos de que estos es una cuestión constitucional. Están calcando el modelo de Trump y sus trumpistas armados.
La lentitud debería ser mesura. Desgraciadamente se ha sido lento en cosas que tenían que haber sido rápidas y viceversa. Lo ha expresado muy bien en La Vanguardia el catedrático de Ingeniería Informática y Matemáticas de la Universidad Rovira i Virgili, el profesor Álex Arenas, que forma parte de grupos de trabajo sobre el COVID-19: “En esta enfermedad, dos semanas lo son todo. Dos semanas es lo que tardamos de más en confinar, y dos semanas es el tiempo en el que nos hemos precipitado en iniciar el desconfinamiento”. Bien descrito, pero nos trae cierto pesimismo al ver el estado de ánimo, más bien impaciente, de muchos sectores que quieren recuperar lo que creen que han perdido al estar parado todo. Cuidado con las prisas. El mismo investigador señala respecto al temor que manifiestan todos los expertos, del doctor Fauci (a Trump le ha sentado fatal) a los españoles, franceses, alemanes... en todas partes:

Ahora mismo, los modelos matemáticos no pueden predecir cuándo puede producirse ese temido rebrote. Hay datos que todavía se desconocen. “El problema es saber cuánta movilidad está comportando la salida de los niños y el resto de personas. Necesitamos conocer cómo se están restableciendo estas cadenas de contactos”, arguye Arenas.
Todo este escenario es lo que le hace pensar que llevar a cabo las distintas fases de desescalada dentro de los tiempos previstos resultará toda una quimera. “Será imposible estar dentro de la última fase de desescalada en junio. ¿Qué la isla de La Gomera sí podrá estar? Posiblemente, pero, ¿de qué le sirve a La Gomera estar en esa fase si el resto no lo está?”, se pregunta. Y añade: “Es hacer un mal favor a la población pensar que Madrid y Barcelona podrán hacer una vida pseudo normal en junio. No es realista”.***



No, no es realista. El mayor miedo que se tiene en estos momentos es ese, la confusión de los deseos y la realidad. Que los sueños se conviertan en pesadillas de las que sea mucho más difícil salir socialmente. El término "nueva normalidad" ha servido para que muchos se hagan ilusiones sobre su significado y lo que van viendo no les gusta. Pero no se trata de gustos, sino de conseguir un objetivo claro: mantener el sistema en un número de contagios asumibles por los recursos que tenemos. Tenemos límites que han sido desbordados y de poco han servido mostrar los hacinamientos en las UCI, hospitales, funerarias, morgues, ataúdes por calles (Guayaquil) o camiones frigoríficos repletos de muertos (Nueva York), de cifras terribles en las residencias de mayores, etc. Hoy nos sorprenden los colchones en las aceras; mañana...
Las avalanchas para todo, deporte, perros, niños, mayores, compras..., son peligrosas porque esto tiene otro ritmo que es necesario atender. Un par de semanas, como decían, puede marcar una enorme diferencia. Correr demasiado no es bueno; supeditar la realidad al deseo, tampoco.  Realismo, sensatez... por muy mala que sea la situación, mejora con lentitud y empeora a enorme velocidad. Es lo que hay. Podemos comprobar los estragos en países que, como Estados Unidos, han hecho del deseo error.


* "Los contagios en menores de 9 años crecen más rápido que la media desde que se autorizaron los paseos" ABC 14/05/2020 https://www.abc.es/sociedad/abci-contagios-menores-9-anos-crecen-mas-rapido-media-desde-autorizaron-paseos-202005140224_noticia.html
** "Plaga de colchones tirados en la calle tras las muertes por Covid-19" ABC 14/05/2020 https://www.abc.es/espana/madrid/abci-plaga-colchones-tirados-calle-tras-muertes-covid-19-202005132155_noticia.html
** "Científicos avisan: no hay suficientes rastreadores para contener un posible rebrote" La Vanguardia 14/05/2020 https://www.lavanguardia.com/vida/20200514/481132988024/coronavirus-modelo-matematico-necesidad-mas-test-contener-rebrote.html