martes, 5 de mayo de 2020

Decidido camino hacia la nada

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El sentido común, que no siempre lo es tanto, aconseja pensar que en los momentos de dificultades y peligros, la gente tendería a aparcar sus diferencias y a trabajar unidas. Sin embargo, la realidad es otra. Las crisis son utilizadas para ganar posiciones en cualquier nivel, de la política local a la mundial. Ejemplos tenemos en todas partes y todos los días. De ahí que comiencen a reactivarse con energías renovadas los conflictos que habían quedado latentes. De nuevo comienza a escucharse más a los políticos que a los expertos en salud y se vuelve a la vieja retórica tratando de deslizar descontento y frustración debajo del asiento del rival. A todo el mundo le urge liderar las recuperaciones y dejar al otro los problemas.
Pero en algunos países, el conflicto no ha tenido ni un momento de respiro. Bajo Trump, Estados Unidos está dando una imagen lamentable con una América partida en dos. Lo que Trump había logrado romper, no ha habido coronavirus que lo repare. Es más, Trump —como siempre— se ha encargado de ahondar en las divisiones, lanzando a los seguidores a conflictos en los estados. Lo está haciendo especialmente en aquellos lugares en donde prevé que puede haber candidatos a la vicepresidencia, creando conflictos que erosionen sus posiciones más adelante. Es lo que ha ocurrido en Michigan con su gobernadora, en el momento en que empezó a hablarse de que podía ser una buena elección para acompañar a Joe Biden, los ataques se recrudecieron, convirtiéndose en un estado en conflicto permanente. ¿Casualidad? Hay que conservar a Trump en la casa Blanca como sea
En la CNN podemos leer sobre los disturbios de Michigan:

On April 30, some 400 to 700 protesters descended on the Michigan Capitol building to demonstrate against Democratic Gov. Gretchen Whitmer's stay-at-home order, which was issued in March following the declaration of a state of emergency that was set to expire at the end of the day. (She later signed executive orders that put in place a new state of emergency through May 28.)
Conspicuously, most weren't wearing face masks.
Speaking with CNN's Jake Tapper on Sunday, Whitmer said that the protesters, whom President Donald Trump sided with, dredged up "some of the worst racism and awful parts of our history in this country."
"The Confederate flags and nooses, the swastikas, the, you know, behavior that you've seen in all of the clips, is not representative of who we are in Michigan. And the fact of the matter is, I mean, we're in a global pandemic," she said, adding that "we need to listen to the expertise and our institutions of higher learning and our health system and make decisions that are going to protect the lives of everyone."
This cultural and political divide has been apparent even beyond the extreme protests occurring across the country.*



Con sus tuits y declaraciones, Trump dirige desde la Casa Blanca la irritación nacional poniendo a gobernadores y a estados en su punto de mira. Algunos políticos republicanos aplauden las manifestaciones de Michigan, mientras que otros tratan de salvar la cara rechazando el uso de esvásticas y armas en las manifestaciones. El uso de los signos nazis es una curiosa pero reveladora forma de "defender" la constitución americana y sus libertades. Es curioso, pero también revelador (por si había dudas) de las fuerzas que Trump ha estado manejando desde la presidencia.
Trump es el nuevo macartismo en su dimensión plena, actualizado a los nuevos tiempos y dinamizado a golpe de tuit. En realidad, la enorme astucia de Trump es haber conseguido convencer a sus seguidores que él no es el gobierno; que el único gobierno es el que pone restricciones que deben ser rechazadas. La simpleza republicana se contenta con creer que Trump es un outsider, una especie de antisistema para evitar que el sistema les controle. Pero, ¿hay alguien que represente lo peor del sistema norteamericano que Donald Trump? El rico por parte de padre, mujeriego, amoral, inculto e ignorante, mentiroso patológico, carente de empatía Donald Trump ha conseguido ser idolatrado por la ultraderecha cristiana, por los supremacistas blancos, por los nostálgicos de Dixie, por los antivacunas, los negadores del cambio climático y de la ciencia en general, por los enemigos de la libertad de prensa, por los que llenan sus casas de armas y las convierten en búnkeres... por citar solo algunos grupos. Algunos levantará una ceja con cara de ¿y qué ha de malo en todo esto? Trump ha conseguido precisamente que todos estos grupos se canalicen hacia una reivindicación del "¡somos América!", lo que constituye un problema real hacia el futuro.


La apropiación de los símbolos la hemos visto ya. Precisamente el artículo de la CNN se centra en cómo el uso de la mascarilla o no se ha convertido en una forma política de distinción política. El enfrentamiento en las escalinatas de la sede del gobierno en Michigan con trabajadores sanitarios con sus trajes de faena y las mascarillas, en silencio, frente a los vociferantes disfrazados de banderas andantes reclamando el derecho constitucional a que nadie les diga lo que tienen que hacer representan no solo dos Américas políticamente, sino dos mundos opuestos. Las próximas elecciones serán decisivas, pero no van a reducir el conflicto ni la tensión subyacente entre lo más retrógrado del país y algo que ya es difícil de nombrar, pero que representa la civilidad razonable más allá del derecho a morir estúpidamente. Que en el siglo XXI entrado ya en años se debatan ciertas cosas hace sonrojarse a medio mundo ante el declive moral e intelectual de un país manipulado por una serie de fuerzas para arrastrarlo a la sinrazón. Es la resistencia a la modernidad de un país que la representaba. Es el regreso a los peores momentos de su historia saludados esta vez con complacencia. ¿Cuál es la "grandeza"?

Para los que tratan de imitar la estrategia de la división frontal, debería servir todo esto como forma de aviso. El COVID-19 tiene muchas lecturas por las reacciones que suscita y los principios que revela. Hay que tener cuidado con no ser arrastrados por las tentaciones de la demagogia y el provecho. La pandemia es una gigantesca desgracia cuyos efectos deben ser paliados por la unidad, ya sea la de Europa o sea la nacional, y con necesidad de ampliarse al mundo, que debe trabajar conjuntamente.
La estrategia de divisiones y enfrentamientos no debe ser imitada porque sus efectos sociales son desastrosos en todos los órdenes, en los sociales, políticos, económicos, sanitarios, etc. Ahora menos que nunca, dividir es bueno. Los que tengan esa estrategia deben ser atentamente vigilados.
En la situación actual hay que tener mucho cuidado en no dejarse arrastrar por la demagogia de Trump y su administración que trata de enrolar países en campañas que solo buscan fortalecer sus posiciones internas presentándose como líder mundial. El mundo se ha dado cuenta que, con Trump al frente, Estados Unidos ha perdido su liderazgo moral por sus propias estrategias fallidas. De potencia a prepotencia, podríamos decir.


Pero lo que el mundo tiene delante, es demasiado importante para dejarse arrastrar hacia la nada por una política divisiva y ostentosamente partidista, enfocada a su propio mantenimiento en el poder para, desde allí, seguir imponiendo la sinrazón previa al coronavirus, con guerras comerciales contra todos, y seguir desmontando el mundo para hacerlo más fácil de manejar y controlar.
El mundo se ha unido para desarrollar una vacuna, para unir esfuerzos, donando fondos. Los Estados Unidos se han quedado fuera, en su propio camino hacia el desastre orgullos. Mientras el mundo controla sus cifras de infectados y muertos, el los Estados Unidos de Trump siguen creciendo incontrolables y solo se acierta a lanzar teorías conspiratorias. 
La política de Trump y sus ruidosos seguidores solo está consiguiendo aumentar el número de muertos mientras asistimos estupefactos a sus explicaciones. El desvarío es también contagioso.



* "Coronavirus, face masks and America's new fault line" CNN 5/05/2020 https://edition.cnn.com/2020/05/04/politics/coronavirus-face-masks-new-fault-line-trnd/index.html


lunes, 4 de mayo de 2020

Un acto sencillo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Acabo de regresar. Han sido poco más de tres minutos en la calle, lo que se tarda en ir al contenedor de basura y regresar. Ha sido una experiencia dura; es la primera vez en muchos días, desde que comenzó el confinamiento, que salgo de casa, que atravieso el marco de la puerta, más allá del felpudo. Allí he recogido las bolsas de comida que mi hijo me traía del supermercado. Él ha seguido en su trabajo, en primera línea, día tras día. Tuvo que vencer su propio miedo inicial, como todos los que han tenido que estar en su puesto y allí se han mantenido.
Ayer intenté salir pero se necesita un esfuerzo mental, una fuerza especial para sacar al cuerpo al exterior. No sé si llamarlo valor o simplemente control, recuperar el control de tu cuerpo, que tu cuerpo avance hacia esa barrera invisible que te separa del mundo durante el confinamiento.
Desde mi ventana he ido viendo cómo la gente se iba animando poco a poco. La basura, el perro... hace una semana los niños... después la gente saliendo por parejas a hacer deporte. El mundo visto desde una ventana, otro mundo. La sensación a las ocho de estar unido emocionalmente de los que estás separado físicamente. Muchos han descubierto a los vecinos del otro lado de la calle, a los vecinos de enfrente, invisibles durante años. He visto cantarse el "cumpleaños feliz" de un lado a otro de la calle. Los adultos han tenido que ocultar sus miedos ante los niños transmitiéndoles una sensación de extraña normalidad. Quizá algunos, además de a sus vecinos, hayan descubierto la vida familiar.


Bajé a tirar unas bolsas de basura, papeles y dos con plásticos. Fui a buscar mi manojo de llaves, olvidado en algún pantalón. Las encontré y se me hizo extraño su tacto olvidado. ¿Cuáles eran las llaves que tendría que usar? Mi llavero tiene más de una veintena de llaves. Hice mentalmente el recorrido, necesitaba localizar las llaves para estar el menor tiempo posible en la calle. Me costó recordar cuál era la de la entrada de la calle al jardín, pero finalmente el automatismo volvió y el recuerdo se formó en mi mente. Sí, era esa. La de la entrada al edificio era más fácil. Esta junto a la llave del buzón del correo. Recordé que hará un mes (¿un mes, cuándo?), me sobresaltó el sonido del telefonillo. Era el cartero. Algo habría en el cajetín. Tenía que recordar recogerlo al subir.
Preparé las cuatro bolsas (dos de plásticos, una de papel y otra de basura) junto a la entrada. Me aseguré varias veces que llevaba las llaves en el bolsillo y guarde la cartera con la documentación, también olvidada sobre una mesa. Cogí una pequeña bolsa como guante y no lo pensé más.
Repetí el gesto que hago siempre al salir de casa, antes de cerrar la puerta: sentir las llaves en el bolsillo, asegurarme que las tenía. Y allí estaban. Noté resistencia en el brazo al cerrar, pero no lo pensé y cerré. Me lancé hacia adelante, recorrí unos metros y allí está la primera resistencia, la puerta que da a la escalera. La abrí empujando con las bolsas y salí al descansillo, dos pisos por delante.
Mis rodillas se resintieron en la bajada de las escaleras. Era una sensación muy distinta a la de las de la bicicleta estática. Bajar era una sensación nueva, los primeros escalones han sido extraños y han provocado inseguridad, más teniendo las manos ocupadas con las bolsas. Pero no había vuelta y llegué abajo. Abrí la puerta que da al jardín.
Esta vez la sensación fue otra. Era el aire caliente de la calle frente al más frío de la escalera. Era muy raro porque estaba atravesando la barrera del invierno y saliendo a la temperatura de la primavera, que era lo que me esperaba fuera. Los olores del césped y una temperatura que sentí en la cara primero y en mis brazos después.


De nuevo el desmenuzamiento de lo que hacemos cada día automáticamente. Salir de casa pensando en nuestras cosas y salir ahora lleno de pensamientos sobre lo que ves, sobre lo que te rodea. El temor a encontrarte a alguien, a mantener la distancia. Es una extraña sensación de transgresión, de miedo a lo que vas a encontrarte al otro lado.
La reja me deja ver la avenida. Alguna gente separada que camina evitando la proximidad. Al salir y girar a la izquierda, hacia mí, en mi camino hacia los contendores, a no más de 20 metros, veo que viene un hombre con mascarilla paseando un perrito. Él se dirige a la izquierda con el perro olisqueando el muro de la casa. Yo me alejo al otro lado, el que da a la avenida, donde están los cuatro contenedores. Apenas miro alrededor, me fijo en los contendores. Veo que el de los plásticos está lleno y dejo las bolsas junto a otro par que no han cabido y han quedado fuera.
Voy al de la basura, levanto la tapa giratoria con la bolsa de plástico que utilizo como guante y dejo en el interior la bolsa. Después me dirijo a tirar los papeles evitando rozar el contenedor.
Las medidas higiénicas han obligado de nuevo a envasar en plástico o la gente se siente más segura comprando alimentos envasados. Eso explica el contenedor rebosante de los plásticos. Todo tiene efecto en el sistema, cada cosa nos lleva a otras.
Inicio el camino de vuelta sin el peso de las bolsas. No era mucho peso, pero noto la sensación de vacío en las manos, por lo que cojo las llaves. Dejo que el hombre del perrito siga avanzando por el lateral. No sé si finalmente entrará en mi casa. La mascarilla me ha impedido identificarle como vecino. Cuando estoy a mitad de camino, veo que sale de casa una pareja. Lo hacen a gran velocidad y cruzan la calle para situarse en el centro de la avenida, en el paseo. Yo voy hacia la puerta tratando de identificar la llave de entrada en el manojo. Me cuesta, pero finalmente la encuentro. No toco la puerta y la llave entra con precisión. La empujo con el pie y la propia llave. El camino hacia el edificio está libre.


Una vez dentro, me acuerdo del buzón. Abro y extraigo las cartas acumuladas y una notificación de correos. La subida de la escalera se convierte en otra fuente de sensaciones extrañas, olvidadas por el cuerpo. Deseo llegar pronto arriba. La escalera es un espacio cerrado y, no sé porqué, se percibe más en la subida que en la bajada. Llego al descansillo y voy a la puerta. Sigue allí. La veo desde otro ángulo, esta vez de frente; antes había quedado a mi espalda. Ahora veo lo que antes no veía. Abro. Estoy dentro.
Dejo las cartas en un sitio que no toque. Compruebo el aviso de correos, probablemente para recoger el libro sobre Clarice Lispector edito por mi querida amiga Isabel Mercader. Hay una carta del seguro médico con —por el tacto— la nueva tarjeta. Las otras serán recibos... el agua, la luz, algo del banco, una fotocopia de alguien que busca piso en la zona... Son indicadores de la extraña normalidad que sigue pese a que el mundo ya no es el mismo. Al menos para mí no lo ha sido.
He dejado los zapatos junto a la entrada. Voy a limpiarme las manos. Lo hago primero con un desinfectante que una querida alumna me trajo un día ("Tome, profe. ¡Cuídese mucho!"). Me quito la ropa y la echo a lavar. Luego me vuelvo a lavar. Es la forma de aplacar al cuerpo, de disciplinarlo para que acabe viviendo como normalidad las nuevas rutinas a las que deberemos acostumbrarnos.
Todo el tiempo pasado en casa se ha basado en rutinas que habrá que ir modificado, de las que habrá que desprenderse para empezar de nuevo a vivir dentro y fuera. En días pasados bromeaba sobre buscar las instrucciones de uso del ascensor o de salir con mapa para no perderme camino de los contenedores. El humor sirve para sobrellevar las cosas y también para expresar de forma simbólica ese distanciamiento del mundo que nos ha llegado como forma de pandemia, de riesgo.
La sensación del miedo no es tanto a lo propio. Lo terrible de esta situación es que te hace sentir el riesgo del contacto con los demás. Nos afecta en nuestro punto más débil, la sociabilidad y, si me apuran, el amor, ya que el riesgo aumenta con aquellos que están más cerca de nosotros. Por eso cuando usan las metáforas —como hoy escuché— de que "ya podemos abrazar a nuestros abuelos", hay que romper esa falsa idea. Salir a la calle, comprar, pasear al perro, tirar la basura... no es abrazar a nadie. Los únicos que recomendaban abrazar a tus enemigos eran los islamistas, como recordarán los lectores hipotéticos de este blog. El coronavirus no identifica si abrazas al amor de tu vida o a tu peor enemigo, por eso es tan duro y lo seguirá siendo mientras no haya una seguridad absoluta con una vacuna. Mientras tanto lo que tendremos es un riesgo, mayor o menor, sabiendo que hoy podemos estar sanos y mañana contagiados.
El miedo hay que vencerlo. Lo entiendo hoy perfectamente, el día en que he tenido que enfrentarme a mis propias sensaciones, a las del cuerpo, que no sabe de afectos sino de supervivencia.


¡Son tantas las cosas que echamos de menos! Son cosas sencillas, cotidianas, pero son precisamente esas las que no podemos vivir con normalidad sino virtualmente. El mundo digital, el de las comunicaciones, el de los videochats, nos ha permitido vivir un nuevo estado. Pero las sensaciones físicas de bajar o subir una escalera vuelven al cuerpo con extrañeza, con una suerte de distanciamiento que hace que los cuatro o cinco minutos empleados en bajar la basura se hayan convertido en una odisea emocional, física y mental.
Todavía en mi cabeza están las sensaciones de lo ocurrido hace apenas una hora, una salida a la calle tras muchos, muchos días. Una experiencia olvidada. Todos tendremos algo que se nos ha quedado en el camino; alguna experiencia nueva que vamos a hacer de nuevo, poco a poco. La viviremos de nuevos: coger un tren, entrar en el metro, entrar en el despacho, ir al cine, sentarse en una terraza, ir a tu restaurante habitual, dar una clase... algún día. Viviremos una experiencia que, por ausente, ha vuelto a ser tan intensa como si fuera la primera vez que la vivimos.
Los que han vivido en primera línea también necesitan —ellos sobre todo— empezar a vivir sin miedo, como normalidad, el trabajo de cada día, sin estrés, sin agotamiento. Gracias a ellos, por su sacrificio, hemos podido ir reduciendo la monstruosidad de la pandemia. El mejor tributo que podemos rendirles, más allá del aplauso, es evitarles el riesgo de que tengan que seguir estando expuestos al mismo nivel de riesgo por nuestras imprudencias.
Habrá que ir ganando terreno al miedo, recuperando la normalidad segura, la confianza en los gestos más sencillos, en los movimientos que vuelven a nosotros. He querido dejar constancia de ellos, pasarlos al papel, antes de que se pierdan en el flujo de lo cotidiano. Antes que las rutinas nos vuelvan confiados, un estado peligroso.



domingo, 3 de mayo de 2020

El Día Mundial de la Libertad de Prensa en tiempos del COVID-19

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hoy, 3 de mayo, declarado por la UNESCO, es el Día Internacional de la Libertad de Prensa, que a luz del contexto en el que nos encontramos adquiere un sentido propio, específico, acorde con nuestra crisis actual, en la que la información se ha convertido en algo imprescindible y ha dejado al descubierto nuestras virtudes junto a nuestras miserias y carencias.
En la lucha contra el COVID-19, la prensa es un factor más, una variable, dentro de un marco global. La globalidad de la pandemia actual no lo es solo por su extensión geográfica, la totalidad del planeta. Lo es también porque afecta a todas las dimensiones de la vida privada, pública, instituciones e internacional. No hay nada que no se haya visto afectado por el COVID-19, todo se ha visto sacudido. De la educación al deporte, de los ritos funerarios a las sesiones parlamentarias, de los juzgados a los hospitales, del comercio minorista a la producción mundial... todo.

Es la primera vez que esto ocurre y que ocurre a esta velocidad. Solo hay algo que viaje a la misma o a mayor velocidad: la información. Pero la velocidad de la información en un mundo globalmente interconectado se ve afectada por el otro aspecto, la calidad de la información, un concepto pragmático, no objetivable como lo es la calidad de la transmisión y su velocidad. La calidad de la información depende de nuestras necesidades, su capacidad de anticipación a los problemas y de la adecuación de las respuestas. La información no solo tiene que ser verdadera, sino que —en este y en otros contextos— debe ser "útil", ayudarnos a resolver las situaciones de conflicto.
La racionalidad de muchos principios generales se sostiene en ideas que son cada vez más complicadas en un mundo de intereses y conflictos. En esta situación actual, se ve mejor que nunca, con más claridad, que el concepto de "libertad de prensa" que algunos tienen excede la información y entra de lleno en la "desinformación", es decir, el uso de la información para crear situaciones en las que la opinión pública reciba información no veraz con la intención de sacar algún provecho particular en contra del conjunto, crear el caos y la falta de entendimiento.
En el contexto de una pandemia de este tipo, en el que la información veraz es esencial para la supervivencia personal y social, estamos comprobando la lucha entre la información y la desinformación en muchas esferas, de la política a la salud, de la economía a vida privada. Los viejos principios siguen siendo claros en su dimensión ética, pero la información se da en un mundo mucho más complejo precisamente y quizá debido a la propia circulación de la información.
La mayor parte de nuestros principios, en la teoría tienden al bien; en la práctica en una sociedad definida como el escenario de intereses y conflictos generalizados la información se convierte en una forma más de lucha. Es ahí donde si sitúan muchos de los conflictos a los que asistimos, que están siendo amplificados porque la pandemia clarifica algunos conceptos que en otros contextos son menos verificables. De ahí la importancia que se le da al combate de los "bulos" informaciones que no se corresponden con la verdad o, al menos, con las informaciones de fuentes fiables e independientes, como suponemos a las fuentes sanitarias o científicas.


Entendemos precisamente que la información que nos hacen llegar obedece a criterios objetivos y, sobre todo, carentes de otro interés que no sea el frenado de la pandemia y nuestra salud. En otra dimensión situamos a aquellos que entendemos sí tienen algún interés al margen de nuestra salud y anteponen el propio o de grupo al conjunto. Es difícil manejar esto en la realidad, aunque conceptualmente sea claro.
Lo que sí podemos ver en los extremos los casos más claros —la información fidedigna y carente de interés privado frente a la partidista y que busca el daño ajeno— mientras que conforme nos alejamos de ellos se van oscureciendo los casos. No es tan sencillo. ¿Cómo podemos considerar, por ejemplo, lo dicho por Donald Trump sobre los desinfectantes? Es un caso extremo, pero a la vez, proviene de alguien que se supone debería ser responsable buscando el bien de los norteamericanos. Pero quizá es ahí donde empiezan las discrepancias.
Lo que está claro es que quizá la idea de "libertad de prensa" y de "prensa libre" no sean exactamente lo mismo o, incluso, que puedan estar en oposición, como vemos a través de los que reivindican la libertad de prensa para difundir bulos. Cada día se producen este tipo de conflictos que ponen a prueba los conceptos y el sistema mismo. La cuestión es compleja y se debe debatir y tener de forma permanente sobre la mesa.
En su página sobre el Día de la Libertad de Prensa, la UNESCO señala los siguientes puntos: 
  •     Apoyemos el periodismo independiente para que los trabajadores de los medios puedan informar sin temor y de manera imparcial. Las salas de redacción deben ser libres para tomar decisiones editoriales que favorezcan el interés público y preserven la rendición de cuentas.
  •     Una prensa libre e independiente es esencial en todo momento, pero es particularmente importante durante una crisis de salud como la que estamos viviendo. En un momento en que muchos buscan información principalmente en línea, el papel de los periodistas profesionales, que están capacitados para ayudar a ordenar el flujo de la información y proporcionar la orientación necesaria, es vital.
  •      Ninguna crisis se resuelve sin información precisa y fiable. En todos los niveles, desde los gobiernos hasta los individuos, las decisiones que tomamos pueden ser una cuestión de vida o muerte y deben estar basadas en hechos y en la ciencia.
  •     Sólo mediante esfuerzos multilaterales se pueden abordar con éxito estas cuestiones cruciales. Comprometámonos con este esfuerzo mundial.
  •         Ayudemos a los medios de comunicación y a los periodistas a informar sobre la crisis de manera eficaz y segura, y promover el pensamiento crítico para limitar la propagación de rumores y la desinformación.
  •      Este 3 de mayo, el Día Mundial de la Libertad de Prensa, la UNESCO hace un llamamiento a los gobiernos, los medios de comunicación y la sociedad civil para unirse a este movimiento mundial para llamar la atención sobre estas cuestiones esenciales para la supervivencia de nuestras democracias. Juntos, nos aseguraremos de que nuestra respuesta a la crisis sea eficaz. Esta crisis sanitaria sin precedentes tiene el potencial de reconstruir la confianza de los ciudadanos en los medios de comunicación.*




Los puntos son asumibles claramente. El problema es que algunos de ellos parten de supuestos que no son fáciles de reivindicar, cuando la información se ha convertido en un escenario de conflicto como prolongación de otro tipo de conflictos. Al final, tras cada lucha están las mentes y estas deciden y actúan en función de la información de que disponen.
Muchos aceptan hoy el hecho de la manipulación como una forma "natural" de actuar sobre el otro para conseguir unos objetivos. Se enseña en nuestras facultades en un tiempo en que los conceptos de "verdad" o "hechos" han pasado a formar parte de "narrativas" naifs. Los gobiernos actúan sobre la opinión estudiando los efectos a través de los sondeos constantes y prueban los mensajes, actitudes, modos, etc. más rentables para conseguir sus niveles de aprobación. Investigan para saber cómo deben decir lo que los demás esperan escuchar.
El periodismo independiente, preocupado por la verdad, los hecho y el bien común, del que habla la UNESCO puede que pertenezca a las mentes románticas en mitad de unas luchas partidistas en las que los profesionales no buscan la verdad sino la eficiencia de la versiones más ajustadas a los intereses de quienes les pagan. Esta "eficiencia" se mide en términos de retornos, de respuestas adecuadas a lo que se esperaba.
Lo vemos cada día en este gigantesco rifirrafe universal que es la lucha a través de la información. No, no es sencillo encontrar la objetividad, independencia y la libertad de informar que hace libres de pensar a los otros. Quizá nos hemos vuelto demasiado cínicos en estos tiempos de manipulación. Quizá todos lo hayan sido, pero ahora tenemos las más grandes herramientas de manipulación que han existido, cubriendo cada rincón del globo. No es casual que desde hace tiempo se use el término "infodemia" para describir la "epidemia informativa".

La lucha por la libertad de prensa es cada día más importante. Las fuentes ya no son solo los medios. La extensión de la información y su conversión en un panorama global ha hecho que estemos rodeados de estímulos informativos, no solo de los medios sino de otros muchos que se han transformado en sus propias fuentes, controlando al menos su propia emisión. La gran trasformación de la información, merced a la digitalización, es precisamente la "medialización" social, es decir, la conversión de todos, de un gobierno a un ciudadano, de una institución pública a una empresa privada, en pseudomedios. Lo que antes era tarea de los medios de comunicación es realizado por cada uno, de los micromedios a las redes sociales. La sociedad se ha horizontalizado informativamente, al menos en las democráticas y se ha convertido en propaganda allí donde se quiere seguir manteniendo el control, censurando y vigilando, restringiendo, los medios sociales.

En este contexto globalizado y mediatizado, el problema de la información falsa, de la desinformación, de los bulos intencionales, etc. se intensifica llegando a su máxima amplitud cuando es un solo tema el que se vuelve central, el COVID-19, del que derivan todos los demás, que se van distribuyendo a su sombra.
Hoy, por todo ello, es esencial la formación de los profesionales no solo técnicamente, sino fortalecer su sentido de la independencia y recuperar la idea esencial de la información como un bien público, volver a desarrollar el sentido de lo común, lo que todos compartimos y lo que a todos nos afecta, por encima —como se ha estado haciendo— un concepto conflictivo y fraccionado de la sociedad en todos los niveles. ¿Si no somos capaces de ponernos de acuerdo en nuestra salud, en el riesgo de nuestras vidas, sobre qué lo podemos hacer? Todo lo demás está sujeto a disputa.
La pandemia ha tenido un efecto importante sobre la información: muchos han comprendido la importancia de estar bien informados sobre lo esencial. Hay que desmercantilizar la información para poder compartir lo básico. No es fácil determinar lo esencial porque anteponemos el punto de vista propio al romper cada vez más lazos sociales.
Hay que tener las libertades como reivindicación, como motor que nos haga movernos hacia delante, no acostumbrarnos a su ausencia o vacío. La Prensa es importante, pero para que lo sea más debe recuperar mucho del camino perdido a cambio de platos de lentejas o en crisis para sobrevivir de mala manera. 
Quizá haya que empezar por el principio y, sí, reclamar un periodismo valiente e imparcial, como hace la UNESCO en este día de hoy y para todos los demás días del año. En tiempos de bulos y medias verdades, es lo mejor.



* "Por un periodismo valiente e imparcial" UNESCO 3%05/2020 https://es.unesco.org/commemorations/worldpressfreedomday/2020/mediaresources

sábado, 2 de mayo de 2020

El nuevo frente que Trump prepara

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hace mucho tiempo señalamos un principio: cuanto mayor fuera el empeoramiento de la situación norteamericana más trataría Donald Trump desviar la energía negativa hacia China para ocultar su propia responsabilidad. Es lo que estamos viendo ahora. Recordemos que el comienzo de la epidemia, cuando se ve como algo distante e imposible de acercamiento al espacio propio es en el momento de la lucha de aranceles y sanciones de Trump contra China. Es el momento que marca la crisis de Huawei, compañía contra la que se lanzan todo tipo de acusaciones debido a sus ofertas para Europa con las redes 5G, un negocio que Estados Unidos ve que se le escapa. Pese a los informes de los servicios de Inteligencia británicos y alemanes diciendo que no encuentran nada extraño en la tecnología de Huawei, Trump sigue presionando con lo que mejor se le da, la insinuación.
La insinuación es lo que ha hecho contra Joe Biden en Ucrania, donde presionó al gobierno con no liberar los fondos comprometidos si no se anunciaba (con eso le bastaba) que el gobierno de Ucrania investigaba a los Biden y los negocios de su hijo allí. El escándalo saltó y fue uno de los motivos esenciales para el impeachment, del que se libró solo por los votos de los republicanos en el Senado.



Trump lleva toda su vida haciendo lo mismo. No necesita actuar hasta que las insinuaciones han creado la corriente de opinión suficiente como para que se dé por hecho. Ahora que su situación es catastrófica y que ha tenido que suspender sus ruedas de prensa por la vergüenza internacional por sus afirmaciones sobre el papel de los desinfectantes o la iluminación interior para esterilizar ante la pandemia, los ataques a China se recrudecen.
En la CNN, firmado por Matt Egan y con el titular "It's an insane time for Trump to pick (another) fight with China" se explica:

President Donald Trump has picked the worst possible time to relaunch his trade battle with China.
The coronavirus pandemic is crushing the US and global economies. Unemployment is soaring. GDP is collapsing at an unprecedented pace. Corporate profits are plunging. Manufacturing is contracting.
Welcome to the most expensive US stock market in two decades
Welcome to the most expensive US stock market in two decades
Yet Trump could amplify that financial pain by attempting to use tariffs or other sanctions to punish China for its role in the health crisis. Economists warn that such a strategy could badly backfire, potentially turning what is now a deep recession into a full-blown depression.
"This is pure folly. It's exactly what the US economy doesn't need," Joe Bruselas, chief economist at RSM, told CNN Business.
Wall Street is not happy about the return of Tariff Man, as Trump calls himself. The Dow tumbled 600 points, or 2.4%, Friday afternoon on concerns about renewed US-China tensions.*


Pero de poco van a servir las advertencias. Trump no escucha más que su eco, en voz propia o ajena.
Recordemos un momento el eslogan más famoso entre los partidarios de Trump (sin contar el "¡encarcélala!" aplicado a Hillary Clinton o más recientemente a la gobernadora demócrata de Michigan), me refiero al "¡Construye el muro!", aplicado a México país al que había definido de forma xenófoba, como exportador de delincuentes, narcotraficantes y violadores, los famosos "bad hombres" de sus proclamas. Pero lo que tiene  interés en este caso es que no solo acusa a un país sino el añadido: son "ellos los que van a pagar el muro".

La promesa de Trump no solo es construir, sino hacer pagar la factura al otro. Es la forma de vencer resistencias y de crear una imagen atractiva para sus votantes: la del matón que impone su ley del más fuerte ante todos los que sabe más débiles. Eso desarrolla el ego de una parte del país al que se le ha convencido que la decadencia norteamericana solo es un problema de su candidez y generosidad a la hora de negociar con el mundo. Aquí es donde entre Trump, definiéndose como el experto el tratos, el artista del "deal". En una primera fase, la potencia bruta de los Estados Unidos rompe los tratados (Irán, Oriente Medio, Corea del Norte, China, sobre el medio ambiente, la OTAN, México y Canadá, La Unión Europea...), eleva el nivel de tensión en la zona respectiva parar después, en un punto determinado, aparecer como el "gran negociador" y reunirse con el dictador coreano o bailar con los autócratas de Oriente Medio la Danza de la Espada. Como"renegociador", Trump es de los que juegan al póker con el revólver encima de la mesa.
Como potencia, los Estados Unidos han ido comprando su influencia desde la II Guerra Mundial con una mezcla de poder y ayudas. Su participación en las grandes instituciones internacionales siguen ahora el patrón que acabamos de comprobar con la Organización Mundial de la Salud: si no me gusta lo que dice o no respalda lo que digo, retiro la financiación norteamericana de la institución.
En los grandes centros de decisión, Trump amenaza con retirarse y, lo que es peor, actuar unilateralmente, por lo que aumenta la inseguridad internacional, que se basa en la colaboración y discusión conjunta en los temas graves. Pero las reuniones de los distintos "G" han sido un fracaso por la cerrazón unilateral de Estados Unidos, representados por Trump. Pero hay algo peor: Trump regresa a casa y se reúne en esos mítines de fin de semana para ser aplaudido por ello. Les cuenta que ha metido en cintura a los parásitos extranjeros que se han burlado, debido a los "malos presidentes anteriores" a él, de los Estados Unidos.


Trump lleva un tiempo, cuando crece la desesperación y el conflicto, cuando hay millones de desempleados y se le hunde la economía, cuando los cadáveres se amontonan ante las funerarias, como ha ocurrido estos días, porque no pueden incinerarlos, cuando se ha pasado ya el millón de infectados, etc. redirigiendo hacia China esa frustración que obedece solo a su propio fracaso y desvarío, alejado del sentido común. Con su bravuconería no se para nada; solo se acelera el desastre.
Ahora Trump tiene el plan de canalizar el odio hacia China, como hizo al principio con la historia del "virus chino", que obligó a la OMS (a la que ha rechazado y sancionado) a explicar que no hay virus con nacionalidad. Pero como eso lo llevaba haciendo anteriormente en sus sesiones de tira y afloja sobre los temas arancelarios en la guerra previa al COVID-19, necesita añadir esa coletilla, el "lo pagarán ellos" que ya exhibió con el muro que se iba a construir en la frontera con México.
Hay una enorme ironía en esta historia (que hemos señalado anteriormente): Trump había cerrado el país por dos veces: con la inmigración, estableciendo prohibiciones de entradas desde países (árabes, por ejemplo), con expulsiones, etc. y lo cerró económicamente con la política arancelaria de gravar todo lo que llegaba de fuera o prohibir incluso ciertos productos desde China bajo la improbada acusación de que atentaban contra la seguridad.
Las insinuaciones de Trump, por ejemplo, causaron una crisis mundial para la marca Huawei, "simplemente" imponiendo que las compañías como Google (y otras más) dejaran de permitir el sistema Android en sus teléfonos. Con ello Trump pretendía simplemente hundir a un rival que, como otros (desde China o desde Corea del Sur o Japón) han adelantado en el sector que implica más control mundial: las tecnológicas de la telefonía y las comunicaciones. Los precios de Huawei descendieron ante la perspectiva de no poder utilizar las aplicaciones y los servicios de Google. Pero la empresa no se amedrentó y planteó nuevos sistemas operativos y servicios propios para sus teléfonos.
Una cosa es muy clara: la guerra la empezó Trump, como tantas otras guerras. Ahora quiere entremezclar la cuestión del COVID-19 cuando la economía se le escapa de las manos y la sociedad se le rebela en el debate entre las vidas humanas (que le importan poco) y las presiones económicas.


La idea de cobrar a China es una idea absurda pero atractiva. Pero Trump sabe que las probabilidades son nulas, que el mundo no ha funcionado así. El problema es que la factura no es más que una iniciativa que está teniendo algunos apoyos en lo internacional de países que van a cerrar sus fronteras para lo que llegue de China recrudeciendo el sistema arancelario.
China no va a pagar una factura porque es inaceptable, pero puede verse "cobrada" a través de un plan arancelario que se justifique como un "impuesto al desastre" responsabilizándola. Algunos países, al igual que hace Trump, pueden ver un desvío de las responsabilidades en sus inacciones, hacer que sus ciudadanos dejen de acusar a sus gobernantes por sus malas o desafortunadas gestiones de estas crisis para dirigir su frustración hacia China. La segunda parte del plan, por supuesto, es tratar de compensar con ingresos extras las debilitadas arcas de los estados y acelerar la recuperación con ese dinero extra.
Pese a que todos los indicadores científicos, todas las pruebas y laboratorios del mundo, señalan que el coronavirus es un fenómeno de la naturaleza, Trump sigue insistiendo en que se investigue el origen, que lo hagan los servicios de Inteligencia, que es la fórmula para crear esa insinuación que sus seguidores toman como una confirmación.
Ya son conocidas las circunstancias en las que la guerra contra China previa al coronavirus recortó un proyecto de más de treinta años de duración para la investigación conjunta de estos temas, retirándose a la investigadora norteamericana al cortarse los fondos en julio de 2019, justo cuando estaban a punto de producirse los primeros casos. Se ha insistido en que este habría sido un punto capital, pues todos habrían tenido información directa antes.


La guerra comercial emprendida contra China no contribuyó precisamente a una comunicación más fluida, algo que hubiera sido esencial en cualquier problema de salud pública. Pero para Trump aquello no tenía más que dos aristas: era una colaboración que había que romper y era un dinero que había que recortar. Los dos enfoques, el político y el neoliberal del recorte en investigación, se han notado.
Igualmente, en cualquier crisis, se irá notando el fraccionamiento de las instituciones internacionales, incluida la OMS, por el abandono de la presencia norteamericana y por la pérdida de los fondos que aportan, algo que algunos norteamericanos —como la Fundación del matrimonio Gates— tratan de compensar con ayudas que permitan su funcionamiento, cuando es más necesaria que nunca. Ahí se revela no solo la forma de actuar de Trump, sino la maldad intrínseca detrás de sus acciones. Para Trump es más importante eliminar aquello que no le sigue la corriente que los efectos que esto pueda causar.
Las advertencias sobre lo que puede suponer abrir una nueva Caja de Pandora iniciando una guerra arancelaria o simplemente de rumores y seguir enrareciendo las maltrechas relaciones vienen de los propios medios norteamericanos que señalan las consecuencias catastróficas. En el plano internacional, Trump intenta cerrar a China para hacer lo que ya ha intentado en otras ocasiones: meter obligatoriamente los productos estadounidenses. Está cerrando y abriendo mercados.


En la CNN están repasando su actuación desastrosa, aquello que le molesta que le recuerden. Pero la desvergüenza de Trump es una ofensa a la inteligencia ajena, como ha ocurrido tras sus ideas sobre el uso de desinfectantes y luces para frenar la pandemia. Entre los varios casos sobre los que le han preguntado en las ruedas de prensa, se recoge esta:

In the East Room event, CNN's Jim Acosta asked Trump about his wildly incorrect prediction from February that the number of confirmed coronavirus cases in the United States would soon reach zero.
For context, here's what Trump said in February: "When you have 15 people, and the 15 within a couple of days is going to be down to close to zero, that's a pretty good job we've done."
On Tuesday, Acosta invoked Trump's faulty prediction from February while asking for his reaction to the news that the United States officially surpassed 1 million confirmed cases.
"It will go down to zero, ultimately," Trump responded.
Facts First: Trump's prediction was wrong and contradicted warnings from doctors that the disease would become widespread. He's now saying his prediction was right, because there will eventually come a time without new cases. This is dishonest because by saying it would drop from 15 to zero in a few days, he couldn't have meant that cases would climb to 1 million in late April before it eventually reaches zero.
Trump's comments in February came when he was downplaying the dangers of coronavirus. He never came close to suggesting that there would be a massive swell in the number of cases, as we've seen in recent weeks. Instead, he said the virus might "disappear."
And while it would be good news if the number of new cases "ultimately" hits zero, like Trump said, that milestone won't bring back the nearly 58,000 Americans who died from the virus.
The back-and-forth on Tuesday is the latest example of Trump defending his wrong predictions.**


Esto es algo más que mentir. Es elevar la mentira al rango de la estupidez amparada en el poder. Trump no siente ni la necesidad de hacer una defensa creíble; le basta con hablar y retirar la palabra, con intimidar al que pregunta cuando se siente acorralado. Pero una rueda de prensa no es uno de esos mítines a los que está deseando volver. Lo hará sin máscara, imagino, como su vicepresidente Pence lo ha hecho en la Clínica Mayo, ganándose la recriminación de todo el mundo, incluida la propia Clínica que ha expresado que el protocolo lo exige, pero él lo ignoró. Trump es el perfecto ejemplo de poder como "verdad oficial", una imposición que cambia a su voluntad reescribiendo el pasado cuando no se cumplen sus expectativas. Y no lo hacen, pero eso es fracasar, palabra que no existe, aunque sea un hecho.
No se puede desligar la personalidad de Trump de sus acciones en la presidencia. Creo que no ha habido un presidente de los Estados Unidos que haya pretendido, desde la máxima ignorancia, tener respuestas para todo. Habrá habido muchos presidentes ignorantes en muchas cosas, pero creo que ninguno que hiciera alarde de su ignorancia y tratara de situarse como un genio (no por cerebro, sino por estómago, como él dice) por encima de cualquier experto. Trump dijo una vez que la ventaja de ser rico era poder cambiar de mujer cuando quisieras; la ventaja de ser presidente es que puedes cambiar las mentiras en verdades oficiales. Si no, ¿para qué sirve ser presidente? La respuesta ya la sabemos.


Ahora, las calles norteamericanas asisten a la mayor división vista en décadas gracias a que ha convencido a sus seguidores de que las normas de prevención que mantienen los países son atentados contra la libertad y los derechos constitucionales. Armados con rifles, símbolo de la autodefensa, salen a la caza de los coronavirus, por cuyas cabelleras les esperan recompensas, en este mundo o en el otro.


La Organización Mundial de la Salud acaba de felicitar a Wuhan por haber logrado controlar la pandemia y poder empezar a vivir lo que se llama ya un "nueva normalidad". Nadie va a felicitar a los Estados Unidos; solo Trump se felicita a sí mismo cada día.
El mundo no necesita más enfrentamientos sino más colaboración, más unidad, más instituciones globales y no abandonarlas a su suerte para que vuelva a resurgir el peligroso unilateralismo y el empleo de la fuerza, ya sea física, tecnológica o económica. Sin embargo, la estrategia de Trump siempre es la negación y la huida hacia adelante cueste lo que cueste en vidas. Ha pasado del negacionismo del coronavirus a las insinuaciones y a las amenazas contra todos, interna y externamente. Le ha servido para atacar a sus enemigos y rivales y para canalizar el odio, el miedo y la frustración, las peores energía sociales.
No solo no funciona ni en economía ni en salud, sino que es arriesgado seguir su ejemplo, aunque algunos ya lo están haciendo. Ya no es solo el COVID-19 lo que está en juego, sino una recuperación económica del mundo en la que Trump, al grito, de nuevo, de "America First!" no es de fiar.


* Matt Egan "It's an insane time for Trump to pick (another) fight with China" CNN 1/05/2020 https://edition.cnn.com/2020/05/01/business/trump-china-coronavirus-trade-war/index.html
* Matt Egan "It's an insane time for Trump to pick (another) fight with China" CNN 1/05/2020 https://edition.cnn.com/2020/05/01/business/trump-china-coronavirus-trade-war/index.html
**  Tara Subramaniam, Daniel Dale, Marshall Cohen and Nathan McDermott "Fact check: Trump falsely suggests he was right when he predicted 'close to zero' virus cases in February" CNN 29/04/2020 https://edition.cnn.com/2020/04/28/politics/fact-check-trump-remarks-april-28/index.html

viernes, 1 de mayo de 2020

Pese a todo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Pese a todo lo que hemos vivido y a lo que estamos viviendo; pese a todo. Pese a los riesgos que siguen ahí, sin reducirse un milímetro, pues seguimos sin cura y solo dependemos de nosotros mismos manteniéndonos alerta, alejados de los posibles focos. Pese a todo. Sí, pese a que el hecho de no estar infectados hoy no signifique que no podamos estarlo mañana, pese a todo... Pese a todo, a la luz de las cuestiones, de las preguntas que se hacen, seguimos sin entender cuáles son los peligros y cuáles las prioridades. No hemos "ganado" nada. Nada ha pasado: solo hemos bajado el ritmo de nuestros enfermos a las UCI para evitar un colapso. Hay menos contagios porque hemos tomado unas medidas; olvidémoslas y volveremos a lo mismo o, según algunos, a algo peor.


Nada hay más revelador y terrible que esos cuerpos apilados dentro de camiones frigoríficos, en la calle por haber solo dos hornos crematorios. Uno de ellos ni siquiera era refrigerado y han sido los olores y fluidos que salían de él lo que permitió saber el espectáculo dantesco de su interior. Imágenes terribles, de impotencia, de desbordamiento y, si queremos, de desidia, incompetencia o maldad.
Mientras tanto seguimos discutiendo cosas absurdas, por más que nos inquieten. ¿Cree alguien sensato que hay diferencias entre visitar a un pariente o a un extraño? ¿Cree alguien que a los virus les importa lo del kilómetro o dos alrededor de la casa o si los niños deben llevar un juguete o dos?
Las preguntas del tipo "¿cuándo vamos a poder ir a visitar a los familiares?" es absurda, por más que humana. O quizá absurda por humana, por lo que tiene de negación e incongruencias.


Hemos visto a obispos, a imanes a rabinos... proclamar que sus dioses les protegen... Y les hemos visto caer infectados y morir porque no hay dios que proteja al que no se protege. Tampoco los primeros ministros, del británico al ruso —recién comunicado su positivo en las noticias de hoy— se libran. Ni el personal médico, ni los policías, ni bomberos o repartidores, dependientes de supermercados... se libran si no ponen de su parte los cuidados más extremos.
Para los que han cogido el coche hoy, sí, también el Primero de Mayo es día de contagios, por muy trabajador que sea el coronavirus, que no sabe de fiestas. Para los que pisan las playas con arenas, con o sin lejía; para los se van a hacer senderismo... Lo de menos es dónde estén. Son las distancias las que determinan la posibilidad del contagio. Y no es seguro, pues la distancia depende de muchos otros factores, como el viento, la humedad, etc.


Tampoco te sientas seguro por la edad, que se reparte por todo el espectro, del niño al anciano. No son solo los mayores los que deben cuidarse, tenemos todo tipo de casos y edades.
Tampoco te confíes porque lo hayas pasado. Toda la avidez por que te hagan test es porque si lo has pasado ya no lo vas a volver a pasar. Falso. Hay personas que han vuelto a recaer o se han vuelto a contagiar (no está claro) después de haber pasado sus enfermedades.

La salud es un estado precario, un punto en la línea de tiempo. Hoy estoy sano y mañana infectado si no tomo las medidas adecuadas, si no me protejo.
Cuando escucho o leo las preguntas de algunos medios o en las ruedas de prensa me pregunto si lo hemos acabado de entender. Esto va a requerir algo más que gobiernos y sanitarios que velen por nosotros. Esto requiere, sobre todo sensatez y cuidado, mucha cautela porque va a ser un periodo largo al que solo se podrá recortar tiempo si cumplimos con objetivos claros y nos dejamos de tonterías casuísticas que hacen sonrojarse.
A todos nos gustaría despertar de este mal sueño y levantarnos, salir a la calle abarrotada, hacer cola en un restaurante, ir por la tarde a un partido con los amigos y por la noche ir al cine tras una cena. Ajuste el plan del día festivo como usted quiera. Nos gustaría levantarnos e ir a trabajar, comentar el fin de semana, el puente en la playa o la montaña y el buen tiempo que hizo. A todos nos gustaría estar morenos y sembrar la envidia. Pero no vamos a despertar porque estamos despiertos, viviendo una pesadilla intensa que ha cambiado nuestras vidas de forma más o menos radical.


Dejemos de jugar con las palabras, con las imágenes, con los deseos. Maduremos, que va a ser lo único que realmente vamos a poder sacar de estos momentos dolorosos que necesitan de usar lo mejor de nuestro juicio.
Pensemos en fórmulas para hacer lo posible y no para seguir preguntando sobre lo que es imposible bajo pena de retroceder. Se trata de ganar tiempo para que haya sitio en los hospitales (lo hemos conseguido), que se pueda reponer el personal médico (está pendiente), que encontremos una vacuna o tratamiento eficaz para paliar tanto dolor (estamos en ello), tratemos de buscar soluciones alternativas seguras para los trabajos... en vez de seguir preguntando cosas que se caen solas.

No, no vamos a estar mejor porque forcemos las situaciones. Solo acabaremos dejando que el egoísmo nos acabe convenciendo que se trata de construir más hornos crematorios para que no se acumulen los cadáveres en las aceras dentro de camiones alquilados sin refrigerar. Se trata de evitar muertes, de ser solidarios para encontrar soluciones conjunta,s que no dejen a nadie fuera ni en riesgo mayor. Se trata de salir todos juntos y aportar seriedad, imaginación y trabajo. Critiquemos cuanto sea necesario para mejorar y no para ganar posiciones. Critiquemos y aportemos soluciones, ideas. Ayudemos para salir cuanto antes de esta situación.
Estamos perdiendo muchas vidas, empleos, fuerza productiva..., muchas cosas. Pero no perdamos el tiempo con lo insustancial. Dediquémonos a lo posible para que, poco a poco, podamos llegar a lo deseado. Nadie tiene una varita parea arreglar esto; pero todos tenemos la posibilidad de empeorarlo si no actuamos con inteligencia.
Lo demás, está de sobra. Esto no gusta a nadie. Pero no lo empeoremos.