jueves, 4 de julio de 2013

La caída de Morsi

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me cuentan que las celebraciones por la caída de Morsi son más intensas que las que acompañaron la caída de Mubarak. Me llaman desde la misma Plaza de Tahrir para que pueda percibir la alegría de la gente y recibo fotos que se hacen entre la gente. 
La explosión emocional ha sido grande porque los estragos han sido muchos y sobre todo por la pérdida de la ilusión que había hecho mella en el pueblo egipcio tras ver frustrados sus deseos de mejora de las libertades y de poder sacar adelante al país.
Muchos egipcios han vivido este año de islamismo como una verdadera y real depresión causada por el trauma de ver en qué habían quedado sus esfuerzos y sueños de años, por ver cómo la revolución se volvía contra ellos y no solo no avanzaban sino que retrocedían en las libertades básicas que afectan a su vida cotidiana en pequeños pero esenciales detalles. 
Es muy bonito teorizar sobre la democracia, hacerlo sobre sus principios y reglas. Nunca se debe dejar de hacer; pero tampoco la teoría nos debe hacer olvidar la práctica. La repetición constante del ya ex presidente Morsi sobre su legitimidad no era lo que se cuestionaba, sino sus actos e intenciones desde el gobierno. Ojalá Mohamed Morsi hubiera hecho lo que debía. Nunca un derrocamiento presidencial ha estado tan advertido y anunciado. No sé si, como señalan algunos, Morsi infravaloró el poder del pueblo egipcio, pero sí es evidente que le importó muy poco lo que de decía cada día una y mil veces, que no estaba siguiendo el camino.


El golpe de estado dado por los militares en Egipto no es "de la oposición". La oposición y la sociedad civil se han limitado a pedir elecciones anticipadas ante el desastre al que han llevado al país en todos los frentes y para ello recogieron 22 millones de firmas pacíficamente, para que Morsi viera que no estaban de acuerdo con lo que hacía. Pura democracia. ¿Debían estar callados?
Las elecciones anticipadas eran una salida democrática —¿por qué no?— ante la situación de deterioro social y político a la que se había llegado. Los presidentes legítimos también pueden convocar elecciones anticipadas y, de hecho, lo suelen hacer cuando les interesa o hay motivos para ello, que pueden ser muchos y variados. Esta vez los había. Pero Morsi los ignoró y solo ha rectificado en ocasiones cuando le han plantado cara en la calle cada uno de los sectores que se han visto afectados por sus acciones y políticas sectarias.


Morsi no ha sabido ver la excepcionalidad de su mandato, que los votos recibidos no eran para la Hermandad sino para desarrollar el programa de la Revolución, algo para lo que tenía que haber contado con todos y no abusar del margen que el sistema diseñado por los militares le daba por un error de cálculo. Morsi fue elegido por el pueblo egipcio, no hay duda. Pero creo que la alegría que ahora manifiestan la mayoría de ellos se debe a que no ha sabido o no ha querido entenderlo. Podía haber realizado el histórico proceso de llevar a Egipto hacia la modernidad y lo ha frustrado por su propia miopía y soberbia partidista. La Hermandad se podía haber beneficiado y haber conseguido un prestigio real, basado en el ejercicio responsable y democrático del poder, que la habría asentado entre las fuerzas políticas necesarias para el futuro. Sin embargo, no ha sido así. Morsi ha acabado con el mito de la Hermandad Musulmana en menos de un año, la ha convertido en algo odioso a los ojos de muchos egipcios. Se han mostrado con su verdadera cara y programa: incompetencia y autoritarismo dogmático.


No creo que nadie deseara un fracaso de Morsi como para llevarse por delante todo el proceso democrático. El pueblo egipcio quiere democracia y libertades, diversidad y unidad, mucha justicia social y progreso. Eso era lo que mostraban las encuestas más allá del voto. Pero la Hermandad tiene su propia visión de los límites y acciones de la democracia. Por eso, no deja de ser irónico que Morsi, que pronto fue identificado en sus pretensiones faraónicas, invocara solo la democracia cuando vio que lo que la democracia le había dado se iba a perder por su propia necedad y ceguera.
Un golpe de estado es siempre un trauma para una democracia, pero un gobierno arrogante y sectario en una democracia en formación, diseñando una constitución a su medida —denunciada como más restrictiva en muchos aspectos que la legislación de la dictadura— es un mal del que no es fácil recuperarse.


No creo que Egipto esté de nuevo en la casilla de salida como pudiera parecer. Todos deberían haber aprendido algo. Menos la Hermandad, que es un ente incapaz de hacerlo, como ha demostrado día tras día. El comunicado de las fuerzas armadas ha tenido una cuidadosa puesta en escena. Lejos de la soledad militar, característica de estos casos, han aparecido todos los agentes sociales, incluidos los religiosos, sentados uno junto a otro, tratando de representar la unidad de los egipcios. Esa imagen del Gran Jeque de Al-Azhar y del Papa copto es más importante de lo que pudiera parecer; representa una unión que estaba en el principio de la revolución y que, en cambio, ha sido usada para crear separaciones. También lo es la intervención de un representante de los grupos de jóvenes revolucionarios, y de Elbaradei en nombre de la oposición. Incluso la presencia —a primera vista sorprendente del Partido Nour—, a la derecha de los Hermanos, puede ser entendida como una muestra más de la miopía de Mursi y los suyos. Esperemos que nadie se arrepienta de haber estado ahí.



Nunca es bueno un golpe de Estado en una democracia, pero muchos egipcios no tenían muy claro que se pudieran tener menos derechos bajo una dictadura que por efectos de los votos. La Hermandad no es demócrata; solo usa la política. Fue incumpliendo todos sus compromisos, incluido el de no presentar candidato a la presidencia del país. La excusa de que todo aquel que protestaba era un agente de Mubarak se acabó agotando por aburrimiento. El intento de prohibición en Egipto de una aplicación para teléfonos como "WhatsApp" —siguiendo el modelo saudí—, por boca de Amr Badawy, Presidente de la Autoridad Reguladora de las Telecomunicaciones, es algo más que una anécdota; refleja una forma de pensar y actuar. Antes ya se había intentado con Google y con YouTube. No es casualidad. Se podrían multiplicar los ejemplos en todos los sectores. 
Los desprecios y actitudes de Morsi han traído de nuevo a los militares al poder. Es el principal responsable. Esperemos que también estos hayan aprendido algo después de haber tenido otro año al pueblo en contra tras la caída de Mubarak. Hace falta la serenidad, honestidad y limpieza que no se tuvo en su momento para llevar una transición. El diseño del futuro de Egipto tiene que ser, como señalan, para todos, no contra todos. Morsi quiso convertir una revolución democrática en una revolución islámica restrictiva y no es eso lo que estaba en el ánimo de la gente. Inmediatamente comenzaron los conflictos porque la revolución islamista no se hace con razones sino con órdenes, prohibiendo e imponiendo, como así ha ocurrido. De ahí las tensiones constantes con todos los que intentaban mantener la libertad de expresión o simplemente de pensamiento, como artistas, periodistas, abogados, etc. Todos eran "enemigos" y su número fue aumentando. Todos eran blasfemos o agentes extranjeros. Ellos, en cambio, eran la verdad indiscutible. 


No se puede olvidar la cuestión internacional. Las reacciones son todavía tímidas y deberán tener mucho cuidado con lo que se teje en estos días, no sea peor el remedio que la enfermedad. Obama ha retirado  personal de la embajada. Mal hecho, es un gesto que se vuelve contra él. Estados Unidos sigue entendiendo mal el proceso. Han identificado a Obama con el apoyo a Morsi y no con el apoyo a la democracia. Fue igual con Mubarak. Desde los Estados Unidos no se ven bien las diferencias, parece.

Estamos ante una paradoja democrática, algo que los libros no suelen tratar pero que no podemos ignorar en la realidad: un presidente electo que no entiende su mandato como debe y trunca el proceso democrático haciendo con su obcecación que regresen los militares. La democracia no la han interrumpido los de Tamarod recogiendo firmas; la interrumpió Morsi haciendo que tuvieran que recogerlas. Ahora son los militares los que están bajo la lupa, a los que habrá que observar para que no malinterpreten otra vez los deseo egipcios de libertad y unidad. Tampoco será fácil.
Ahora comienza otro capítulo del culebrón; quizá una nueva temporada. La lección es sencilla y estaba advertida desde antes de que cayera Mubarak: solo se pueden construir los cimientos de una democracia buscando el máximo posible de acuerdos. Ya habrá tiempo para discutir. Los golpes militares suelen tener —y con razón— mala prensa. Por eso es esencial —otra paradoja— que desemboque en más libertad y no en menos, que se envíen permanentemente a la sociedad mensajes positivos de la colaboración de todos para hacer un trabajo mejor, el que el pueblo egipcio se merece de sus gobernantes. Hasta ahora solo han salido las mañas, los malos hábitos aprendidos en poder y oposición durante los años de la dictadura. Y eso debería cambiar radicalmente. Apóyense en los jóvenes, que son el futuro; que tengan un peso en el país en el que quieren vivir.



La incógnita ahora es el comportamiento de la Hermandad. La mitad derecha de la pantalla del televisor ha quedado silenciosa, apagada. Las noticias llegan confusas. Hablan de detenciones de miembros de la Hermandad, de sus líderes. Las redes sociales convocan protestas en distintos lugares. Hablan de cuatro muertos en una población próxima a Líbano. Las noticias son pocas. Han cerrado el canal de televisión de la Hermandad; es el "abc" de un golpe. Veremos en qué acaba la noche y los próximos días, que son esenciales por el bien del pueblo. Lo importante es que se mantenga la calma, pero no será fácil.
Egipto, de nuevo, vuelve a ofrecer un espectáculo insólito: tiene detenidos a sus dos últimos presidentes. Mañana, muchos de los que se apuntaron al poder y lo ejercieron, amanecerán sin barba.






miércoles, 3 de julio de 2013

El guardián de la legitimidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El agotamiento de la figura de Mohamed Morsi se manifiesta en varios rasgos mostrados durante su discurso de anoche a la nación, un país que apenas le escucha, que sigue la inercia de los acontecimientos que su torpeza y falta de sentido político han causado.
Durante un tiempo, lo partidarios de la Revolución, los que la llevaron a cabo frente a Hosni Mubarak, sospecharon que los militares y los islamistas tenían algún tipo de pacto para repartirse el poder y la influencia, una carrera de zorros compitiendo por llegar los primeros a la meta entre sonrisas. En el fondo, pensaban algunos, bastaba con dejar a los islamistas libres con el poder, a su aire, para que destrozaran las expectativas de libertad del pueblo y el Ejército tuviera que regresar a imponer orden en el caos.
La cadena Al-Jazeera nos mostraba anoche una pantalla dividida con los partidarios y detractores de Mohamed Morsi a un lado y a otro. La mitad de la izquierda apareció rotulada como "anti-morsi" y la derecha como "pro-morsi", una imagen muy representativa de la polarización nacional. Para mi sorpresa, en un momento en que la cámara se acercó, los manifestantes del lado de la izquierda, los anti, comenzaron a besar los carteles con la efigie del Presidente. Mi sorpresa fue mayúscula.


El presidente realizó un brioso discurso en el que se proclamó como "el guardián de la legitimidad", palabra esta última que ha debido pronunciar más de un centenar de veces en sus cuarenta y cinco minutos de intervención, mucho más corta que la del otro día en que dedicó casi tres horas a atacar a todos. La imagen de egipcios besando su rostro sonriente en las fotografías y pancartas me hizo temer una conversión masiva del pueblo ante sus argumentos, un milagro morsiano, un nuevo modelo de eficacia retórica para la historia para unir al clásico discurso de Marco Antonio  en el Julio César shakesperiano. Pero, no, es un error de rotulación de Al-Jazeera que ha etiquetado la manifestación de Nasr City, donde se manifiestan sus partidarios, como la plaza de Tahrir, el lugar donde se encuentran sus detractores. Las dos son imágenes de los islamistas, de la misma manifestación. Los milagros —incluidos los mediáticos— se cotizan caros, y Morsi necesitaría varios, encadenados, para sobrevivir.


Además de intentar convencer a los demás de su legitimidad, Morsi ha invocado también la "otra vida". Les ha dicho que esta, la terrenal, es importante, pero que "también es importante la otra vida". La invocación de la legitimidad es un argumento defensivo, pero la mención a la "otra vida" es agresivo y se encuadra en las demás manifestaciones realizadas sobre el "sacrificio" y la "sangre" que está dispuesto a dar por la "patria", con la mención expresa a la "guerra civil" y al "túnel oscuro".


Con la fortísima contestación en su contra y el deterioro del país, la solución más política por parte de Morsi, si de verdad le interesara algo el sistema democrático y su patria, hubiera sido la convocatoria de elecciones anticipadas, haber ganado tiempo y haber tratado de salvar el conjunto del sistema reduciéndola a una crisis política y no a una puesta a cero de la revolución. Pero a Morsi no le importa el "sistema" sino el "poder", que es lo que ha perdido a la Hermandad, su ambición indecorosa, su desprecio de las reglas ahora invocadas.
Conocedora de lo circunstancial de su acceso al poder, del conjunto de circunstancias favorables que les colocaron en las manos la posibilidad de controlarlo todo, decidieron no desaprovecharlo. Morsi nunca ha gobernado para todos los egipcios, como debería haber hecho teniendo en cuenta el periodo de transición necesario del antiguo régimen a uno democrático. Le faltó esa generosidad y visión de futuro. Ha gobernado y legislado, en cambio, invasivamente para poder controlar cualquier tipo de alternancia en el futuro. Es fácil invocar la constitución cuando la has hecho tú solo, prescindiendo de los demás, que han tenido que retirarse ante la imposibilidad de llegar a ningún acuerdo sobre el texto.

Morsi se amparó en los salafistas y demás grupos islamistas radicales para sacar adelante su constitución y hacer ver que era "pluralista", que sumaba apoyos. Nada menos cierto. Invocando esa Constitución, por ejemplo, se dedicó a ejercer la censura con la excusa de que en ella se recogía la "obligación" del Gobierno de velar por la "moral" del pueblo egipcio. El uso del contestado Fiscal General —otro ejemplo— contra los que le llevaban la contraria, incluyendo a los líderes de la oposición o los organizadores de "Tamarod", que recogían las firmas, ha sido también otro rasgo más de esa incapacidad político-genética de entender la democracia, el deseo de libertad, que había sacado al pueblo egipcio a la calle y derribado al régimen. Podrían multiplicarse los ejemplos sectarios: la economía, la cultura, la comunicación... Morsi fue elegido democráticamente pero se comportó como un absolutista, el faraón de las caricaturas. El decreto de noviembre ampliando sus poderes era un intento de convertir el país en su feudo, sin voces ni disidencias. Ya le presionaron y lo tuvo que retirar. Pero siguió porque su objetivo es hacer un Egipto a su imagen y semejanza, monolítico y beato. Ellos, los Hermanos, son la verdad y el futuro. No hay más.


La petición de elecciones anticipadas, que había hecho Tamarod con la recogida de 22 millones de firmas por todo el país, no es un "golpe de estado", pero lo acabará trayendo por su negativa a escuchar y su inoperancia absoluta. Veremos en qué acaba. 
Cuando la oposición social es clamorosa y no arreglas ningún problema, es obligación de los gobernantes escuchar las voces y alternativas, hacer un esfuerzo honesto, intentar abrirse a soluciones compartidas que traigan la unidad, porque lo importante es el bien del país. Pero Morsi solo ofrece diálogo cuando escucha el sonido de las botas acercándose por el pasillo de su despacho oficial. Dice que se ha "equivocado mucho". En eso le dan todos la razón. Si hubiera escuchado a la gente, se habría enterado antes de cuánto lo ha hecho, desperdiciando una oportunidad histórica para Egipto.

Una vez más, Egipto sigue un camino extraño. En gran medida, la orfandad de una verdadera clase política, con sentido del Estado y de la democracia, es la verdadera herencia del régimen anterior, gris y clientelar, que generó una oposición raquítica a su imagen y semejanza. Por eso el pueblo supo ver lo que sus dirigentes habituales no estaban interesados en asimilar: que se les había pasado el turno generacional y que el país necesita de su mejor capital humano, los jóvenes bien formados, capacitados para enfrentarse a los retos actuales del país, a moverlo por el mundo más allá de los habituales colegas de la zona. Egipto tiene, dentro y fuera, una generación de personas brillantes que debe incorporar a la política y a la cultura, que están deseosos de poder ayudar y participar en la reconstrucción de su país, en lo moral, lo económico y lo cultural. Es a ellos a quienes hay que recurrir.
Nada es más difícil para una generación que reconocer que han perdido el tren de la historia o, peor, que su tren no consiguió arrancar de la estación.

Morsi no es el guardián de la legitimidad, sino el celador de Egipto.








martes, 2 de julio de 2013

Límite egipcio: 48 horas (otro thriller absurdo)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El aviso del Ejército a Mohamed Morsi, dándole 48 horas para llegar a una "solución" y atender las "reclamaciones del pueblo", reintroduce el caso egipcio en la excepcionalidad de la que nunca parece alejarse. Los egipcios están acostumbrados a lo excepcional y quizá muchos aspiren ya a la normalidad de los procesos, que suele ser más sencilla, pero casi nunca es así. Egipto es la negación de la "Navaja de Ockham".
Hubiera sido sencillo que Hosni Mubarak hubiera "caído" realmente; sencillo también que el Ejército hubiera apoyado claramente las reivindicaciones del pueblo, que hubiera guiado la transición el tiempo suficiente como para que se reorganizara la sociedad civil, totalmente desvertebrada, con la excepción de los islamistas; también lo hubiera sido que la oposición hubiera llegado a acuerdos para diseñar un proceso plural de avance; hubiera sido posible que los Hermanos se hubieran dado cuenta que el pueblo hizo la Revolución para tener más libertades y progreso y no menos, que muchos les votaron por no votar la continuidad del Régimen militar a pesar de no estar de acuerdo con ellos y su proyecto (que era "gobernar para todos", por cierto). Todo ello, como digo, eran posibilidades que estaban allí, al alcance de la mano histórica. Pero era demasiado sencillo, poco egipcio.


Egipto se ha pasado un año pidiendo que se fueran los militares y otro que se vayan los islamistas. La Hermandad jugó con fuego y con fuego han terminado con sus sedes en un arrebato de ira popular. Ahora los militares están otra vez en el centro de la vida pública, como lo han estado en los últimos sesenta años. Los militares niegan que su declaración sea un "golpe de estado", como los islamistas niegan que su gobierno sea autoritario: por coquetería.

La Hermandad, en este año perdido para el pueblo egipcio, ha demostrado lo anacrónico de su mensaje en una sociedad a la que ha divido y que quiere salir de sus problemas históricos para adentrarse en un futuro distinto. Han debido olvidar que los primeros que abandonaron la Hermandad fueron sus propios jóvenes, que fueron incapaces de identificarse con los "mayores", otra generación con objetivos distintos. Ya era un aviso, un mensaje de la incapacidad dialogante de los islamistas.
Si Mohamed Morsi hubiera hecho en los Estados Unidos una décima parte de lo que han hecho en Egipto, la Asociación de Nacional del Rifle habría triplicado sus afiliados y Texas se habría separado ya de la Unión. El principio geoestratégico de selección de aliados tiene el peligro de tener que apoyar al que más te promete y no al que mejor cumple; disocia tus intereses de los de los demás, los afectados, que han de pagar con creces por ser apoyados. El prestigio de Obama en Oriente Medio ha sufrido una gran merma con sus rápidos avales a los que seguían políticas regresivas con sus pueblos. Ha habido demasiado deseo de que todo se estabilizara rápidamente sin tener en cuenta los efectos negativos. Una vez más, miopía.


El que mejor entendió en Estados Unidos la figura de Morsi y sus consecuencias fue el humorista Jon Stewart —"I don't get that man", señaló— haciendo la prueba del algodón comparativo y mostrando que por las mismas cosas que él le decía a Obama, en Egipto te llevaban a los tribunales con amenaza de cárcel. ¿Qué clase de democracia es esa?
Se trataba entonces, en abril pasado* —y no fue la única—, de la "parodia del sombrero pakistaní" que el humorista Bassem Youssef había realizado ironizando sobre Morsi. Stewart le tuvo que recordar a Morsi que "era el Presidente de Egipto", un gran país en la Historia, que "su pueblo inventó la civilización" y, especialmente, que gracias a que Bassem Youssef y a otros periodistas como él que habían ido a la plaza de Tahrir—a los que ahora quería encarcelar—, él era presidente. Jon Stewart y sus espectadores lo entendieron rápidamente. 


Pero no todos lo han hecho. The New York Times señala:

President Obama called Mr. Morsi late Monday night, Mr. Morsi’s aides said. They described Mr. Obama’s message as a confirmation that the White House was continuing to deal with Mr. Morsi as Egypt’s elected president and to support the country’s transition to civilian democracy.
Obama administration officials could not immediately be reached for comment about the call. Earlier Monday in Tanzania, Mr. Obama expressed concern about the protests in Egypt but said the situation was different from the earlier protests that had prompted the United States to call for the departure of Mr. Mubarak. “When I took a position that it was time for Egypt to transition, it was based on the fact that Egypt had not had democratic government for decades, if ever,” he said.
Now that Egypt has such a government, he said, “there’s more work to be done to create the condition where everybody believes their voices are heard.” He urged both sides to refrain from violence, and specifically mentioned reports of assaults on women in Egypt, saying that “assaulting women does not qualify as peaceful protests.”**


Tremendo error. Pero "tener un gobierno" va más allá de lo que se puede entender como democracia cuando existe tal distancia y conflicto diario con todos los sectores de la vida pública y privada, de los jueces a la Ópera de El Cairo, del trato a la mujeres a las restricciones a las ONG. Hace tiempo que muchos egipcios dejaron de ver a Morsi como "su presidente". Probablemente bastante después de que él dejara de querer serlo. La pretensiones de ser un "presidente para todos los egipcios" quedaron pronto en retórica hueca; se trataba de llegar al poder y de agarrarse a él como una garrapata. No ha solucionado ningún problema y ha creado más allí donde ha puesto el dedo. A las peticiones de diálogo ha respondido con más control social, leyes más contestadas por restrictivas, con aumento de censura. Aburrió a todos y se quedó solo, jugando a ser el moderado entre las fieras restantes.

Las pretensiones de que todos los que están contra él son los "restos del antiguo régimen" son delirantes. Un miembro de la Hermandad hacía un rápido cálculo ante las cámaras: "los tres millones de manifestantes" —según él— era el número exacto de miembros del partido de Mubarak". Otra cosa es que algunos aprovechen para intentar reivindicarse por medio de los errores de los Hermanos, pero no es fácil que engañen a la gente por más que lo intenten. La mayoría ve el movimiento del 30 de junio como la continuación de la Revolución de Enero, como un segundo intento de que sus vidas puedan cambiar para bien. Dieron una oportunidad a la Hermandad y no la aprovecharon. O, quizá trataron de aprovecharla demasiado.
Ahora Egipto se encuentra en otra encrucijada, con un confuso ultimátum de 48 horas, con una especie de thriller político angustioso, viendo pasar las horas, los minutos, hacia un nuevo escenario de incertidumbre. Lo que han señalado los militares, que tienen ese tiempo para atender las reclamaciones del pueblo, es tan ambiguo que es difícilmente interpretable de forma consecuente. Los manifestantes han pedido elecciones anticipadas con 22 millones de firmas. ¿Es parte de la "hoja de ruta" de la que hablan los militares? ¿Le están dando la oportunidad de que sea él quien las convoque y salve algo de la credibilidad y legitimidad del precario sistema elevado por él mismo con su contestada y partidista constitución como marco?


Parece la única salida, pero eso —de nuevo— sería lo más sencillo llegados a este punto. Es difícil que Morsi y los suyos no aprovechen este tiempo "concedido" para intentar reforzar los apoyos internacionales que pudiera obtener como respaldo y en organizar sus inexistentes milicias del garrote. Esto puede ser el final de un capítulo, pero no de la serie. Se inicia nueva temporada, con nuevos giros argumentales, muchos de ellos probablemente dramáticos.
Las horas ya están consumiéndose en otro thriller absurdo. Lo sencillo, una vez más, no va con Egipto.

* "Viva Hate" Jon Stewart21/04/2013  http://www.thedailyshow.com/watch/mon-april-1-2013/morsi--viva-hate----egyptian-democracy

** "Morsi Faces Ultimatum as Allies Speak of Military ‘Coup’" The New York Times 1/07/2013 http://www.nytimes.com/2013/07/02/world/middleeast/egypt-protests.html?hp&_r=0#h[]






lunes, 1 de julio de 2013

El divorcio egipcio o ella dijo ¡basta!

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me imagino que dentro de muy poco, cuando las circunstancias lo permitan, alguno de esos buenos comediantes egipcios lo llevará al cine o a los escenarios en algún espectáculo teatral que haga las delicias de todos cuando el recuerdo de estos días y de lo que queda por venir haya pasado. Lo leo en Egypt Independent y me parece que simboliza la situación actual de Egipto: "An Egyptian schoolteacher has filed a lawsuit to divorce her husband after 12 years of marriage, accusing him of beating her up for mocking President Mohamed Morsy."*
Nos cuenta el periódico que el marido, funcionario, de 35 años, no soportaba que ella se riera del Presidente cada vez que aparecía en el televisor. Si Mohamed Morsi cumplió ayer doce meses de faraonato gubernamental, la pareja ha estado discutiendo durante ocho meses sin cesar, meses en los que la violencia del marido crecía, me imagino, en proporción a las burlas que ella le dedicaba al Presidente.

Ella ha dicho ¡basta! Quiere poder expresarse como le dé la gana sin sufrir la violencia de su marido, el leal funcionario, representante del Estado en su casa. Nos dice el periódico: "Her husband admitted to the court that she constantly mocks the president in a provocative way." No sé si eso actúa como atenuante institucional y el marido puede ejercer, además de patriarca pegón, de delegado del presidente y actuar en consecuencia en el ámbito doméstico.
Los fieles del presidente son muy proclives a tener las manos largas. Me he quedado preocupado cuando he visto en un reportaje de la televisión a los partidarios del presidente que corrían portando unas respetables estacas, algunas pintadas de verde, color con mucho simbolismo espiritual pero igual de contundentes a la hora de zurrar. Habrá a quien le parezca muy respetable la garrota para ejercer el diálogo, como ha recomendado el presidente Obama.
Lo mismo que ha ocurrido en el domicilio de esa familia, llevada a la ruptura por el desastroso gobierno del Presidente Morsi durante este año, ha pasado en gran parte de la sociedad egipcia. La Hermandad ha dividido al país con su política partidista, regresiva en derechos y, pretendidamente, sin vuelta atrás.


Pero una parte importante de la sociedad egipcia se ha dado cuenta, como la maestra que recuperará su independencia del serio y contundente marido pro-Morsi, que la Hermandad no solo pretende gobernar sino hacerse con el país, que es algo que excede el mandato de las urnas. Se insiste mucho en el carácter democrático de la elección de Morsi, algo que nadie niega. Lo que no ha sido tan democrático es su comportamiento una vez llegado al poder, deshaciéndose de todo lo que no fuera de su cuerda en un periodo constituyente, acallando todas las voces de la disidencia y ocupando y manejando los resortes del poder. 

Han sido Morsi y los suyos los que han llenado los tribunales de denuncias por llevarles la contraria a ellos o al islam —que viene a ser lo mismo, según ellos—, los que han mandado a cómicos y artistas, a maestros, a las ONG, a los líderes de la oposición, a estudiantes por bailar..., a desfilar ante los jueces, lo que no es un talante muy democrático. En eso se parecen al marido o el marido a ellos. Cuando alguien discrepa, sí, se les va la mano. 
La oposición organizada y la que se va organizando no le dice que sea ilegítima su elección, sino que su comportamiento no ha sido ni eficaz ni demasiado democrático en las instituciones, sino más bien sectario, intimidatorio y excluyente. Pedir elecciones anticipadas antes de que lleve al país más allá del desastre no es un derrocamiento, sino una forma civilizada de pedírselo, con 22 millones de firmas por delante. Si lo hubiera hecho medianamente bien o solo se hubiera equivocado, nadie se lo habría pedido. De eso no hay duda. Pero ha ido más allá del error.
Si el marido funcionario se hubiera limitado a criticar a su esposa por reírse del Presidente, la cosa hubiera quedado hasta democrática. Pero no es eso lo que ha hecho, sino que ha pretendido imponerse mediante la violencia física (y me imagino que con repertorio amplio de otras modalidades) a su esposa, que tuvo que abandonar varias veces el domicilio y refugiarse en casa de familiares.


El problema probablemente es que el marido creerá que ha actuado como "debe hacerlo" un buen funcionario, partidario del iluminado presidente islamista, y marido tradicional: como el poseedor del alma y el cuerpo de su esposa, como su juez y policía, incluso verdugo si es necesario, desde su punto de vista. Morsi ha hecho lo mismo pero con todo el país: ha pensado que era suyo. Habrá muchos como él que aplaudan su acción y consideren que es inadmisible que marido y mujer se rían por cosas distintas, especialmente en cuestiones políticas, que es obligación de la esposa obedecer y seguirle las gracias a él. Pues, mira por donde, le ha salido risueña e independiente, con risa crítica propia.


Son cerca de las doce de la noche cuando escribo esto y, por el canal de tv que tengo de fondo en el ordenador, me llegan los sonidos de los fuegos artificiales que surcan el cielo cairota y los cantos del Tahrir. Las tiendas vuelven a estar plantadas en el centro del mundo. Parece que fue ayer...
Egipto, la esposa, es hoy un poco más libre.




* "Wife faces domestic abuse for criticising Morsy" Al-Masry Al-Youm (Egypt Independent) 30/06/2013 http://www.egyptindependent.com/news/wife-faces-domestic-abuse-criticising-morsy