miércoles, 7 de diciembre de 2011

El mensaje de Curtis Kipple


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Que en tiempos como estos, de globalización, de nuevas tecnologías de la comunicación, de redes sociales virtuales, etc., un niño lance una botella con un mensaje al mar no deja de resultar sorprendente. Una botella con un mensaje es lo contrario de todo aquello que consideramos eficacia comunicativa: no sabemos si llegara, ni a quién, ni dónde, ni cuándo. Algo así nos haría darnos de baja inmediata de nuestro operador.
Curtis Kipple lanzó su botella al mar con un mensaje dentro en las costas de Brockport, en el estado de Nueva York. Como no sabía a quién le llegaría, escribió para un ser genérico, anónimo y difuso. Contó las cosas que le importaban a él y no las que le podían importar a otro dudoso. Si Curtis hubiera metido dentro de la botella un mensaje para un amigo nos habría parecido de una ingenuidad pasmosa. ¡Ya es mucho que llegue a algún sitio y que alguien lo encuentre como para elegir el destinatario!
 "Escribí sobre cuánto me gusta jugar al fútbol y a los videojuegos con mi padre", ha señalado Curtis, de diez años. Desconociendo el receptor de la botella, la única salida es hablar de nosotros mismos, contarle a ese inesperado lector algo nuestro con la esperanza de que sienta la curiosidad de saber quién es el autor de aquel extraño mensaje.
Me imagino que el profesor que hace lanzar botellas al mar quiere que sus alumnos tengan una experiencia distinta de la que habitualmente tienen de la comunicación. Al hacerse de las comunicaciones un gran negocio, se nos impulsa al parloteo sin sentido, al “contacto” comunicativo masivo y se pierden muchas de las capacidades valiosas que la comunicación debe desarrollar en los dos ámbitos, el personal y el social. Lo vemos cada día en nuestras aulas, personas con problemas expresivos que se esconden tras las comunicaciones convencionales, tras los tópicos que se les sirven ya empaquetados. Prestamos más importancia al número de contactos que a la labor de convertirlos en relaciones auténticas.


Curtis Kipple ha aprendido dos cosas: que un mensaje embotellado lanzado en la costa de su ciudad puede ser recogido en las islas Azores y también que alguien que lo encontró le ha contestado de vuelta con un correo electrónico. Quizá algún ingenuo habría contestado metiendo el mensaje dentro de la misma botella y lo habría lanzado de nuevo al mar. Pero no hay que tentar a la suerte y la teoría de las probabilidades no nos deja mucho margen en el regreso del mensaje a su destinatario. Curtis ha aprendido que su botella pudo llegar muy lejos  —4.200 kilómetros, hasta las Azores— y que alguien invirtió su tiempo en contestarle. Ha también aprendido a valorar ese teléfono móvil que a sus diez años seguro que tiene, con una larga lista de contactos, con conexión a diversas redes sociales en las que participa y de las que está informado instantáneamente de todo lo que ocurre, del estado de sus amigos.


Pero también ha aprendido otra cosa importante. Se habrá dado cuenta que lo que escribió en ese mensaje que no tenía como receptor a ninguno de los contactos de su agenda, pudo contar algo que habitualmente no comenta con ninguno de ellos: lo bien que se lo pasa con su padre jugando con su consola. Eso lo ha reservado para un papel escrito a mano que ha arrojado al mar. Cuando no sabía a quién dirigirse, salió lo que más valora. 
Los demás resaltan la gran distancia recorrida por el mensaje; nosotros su contenido, la proximidad a su padre, la otra comunicación.



martes, 6 de diciembre de 2011

La varita mágica

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Un estudioso del concepto de riesgo y su alcance global, el catedrático de Sociología alemán Ulrich Beck, señaló lo siguiente:

Los riesgos creídos son la fusta que se utiliza para mantener el momento actual avanzando al galope. Cuanto más amenazadoras sean las sombras que se proyectan sobre el momento actual desde un futuro terrible que acecha desde la distancia, tanto más acuciante la conmoción que pueda provocarse al dramatizar hoy los riesgos  […] Las definiciones establecidas de los riesgos son, por tanto, la varita mágica con la que una sociedad estancada puede aterrorizarse a sí misma y, por tanto, activar sus centros políticos y politizarse desde dentro. La dramatización pública (medios de comunicación de masas) del riesgo en este sentido es un antídoto a las estrechas miras de las actitudes de “más de lo mismo”. (218-9)*

Ulrich Beck
Trata de señalar Beck que en una “sociedad del riesgo”, los movimientos —antes que por la experiencia pasada— se producen por las perspectivas de futuro. Y hacia el futuro se avanza mediante presión sobre el presente, es decir, mediante el aviso de catástrofes que se producirán si no se toman las medidas adecuadas. Ni que decir tiene que una sociedad se puede mover de forma positiva (mediante estímulos gratificantes) o de forma negativas, mediante el terror a lo esperado. El riesgo es “accidente x probabilidad”, nos dice Beck. De esta forma, el futuro es probabilístico y nuestras decisiones se basan en la posibilidad de ocurrencia de esos momentos hacia los que vamos o de los que huimos. La dramatización del riesgo forma parte de la manera de transmitir los efectos de la ausencia de decisión. No actuar hace que se produzca el acontecimiento con mayor probabilidad, normalmente el desastre. No actuar significa que la catástrofe ocurrirá inevitablemente. Esa es la idea. Actuemos.

Por eso señala Ulrich Beck que el riesgo es la “varita mágica” con la que una sociedad se aterroriza a sí misma. Se avanza, de decisión en decisión, mediante el miedo a que si no actuamos ocurra lo peor. La dramatización mediática es la forma de asegurar que el miedo nos moverá en una dirección u otra. Tenemos un abanico de posibilidades y debemos decidir. Beck cita una interesante distinción realizada por el también sociólogo alemán Niklas Luhmann, entre “riesgo” (la evaluación de una decisión) y “peligro” (las consecuencias reales que tienen para otros).
Se ha criticado como una de las causas de la crisis financiera el hecho de los que tomaban las decisiones no corrían el peligro de sus decisiones, que las han pagado otros. El peligro es un contrapeso para la decisión del riesgo que se asume. Por eso es un escándalo que no estén muchos en la cárcel, como también se ha señalado. Y no lo están porque se encargaron de desmontar las trabas legales que les podían hacer acabar con sus huesos en la cárcel. Lo han hecho bien. A nosostros, en cambio, todo lo que se nos muestran son los riesgos de no actuar en la dirección que se nos indica ahora. Como en el túnel de las ferias, vamos subidos en un tren recibiendo sustos y escobazos.

Se están comentando mucho las lágrimas de la ministra italiana Elsa Fornero durante su comparecencia junto a Monti, el nuevo presidente de la República, al anunciar las medidas que tienen que tomar. El salto del farandulesco Berlusconi, la máxima teatralidad, a la recién llegada a la política —a sus 63 años—, Fornero se ha valorado en su dimensión más dramática. A través de sus lágrimas, los italianos han percibido no el riesgo, sino el peligro: las consecuencias que van a tener para todos. Tras una política que camuflaba los peligros bajo formas y maneras técnicas y optimistas, la ministra no ha podido reprimir ahora el llanto al anunciar de los recortes. ¡Triste situación la del que debuta en la medicina con un medio cadáver!
El dramatismo (el peligro) de la ministra Fornero difiere de la dramatización (el riesgo) de Sárkozy, político profesional, que ha buscado los grandes escenarios para esgrimir la varita mágica ante la sociedad francesa señalando derroteros que se presentan como inevitables.
Muchos no tienen nada claro que las “soluciones” propuestas por Sárkozy y Merkel sean las más adecuadas para todos. Pero el problema se reduce entonces a decidir quiénes son “todos”. Son Sárkozy y Merkel los que han enterrado el concepto (el que fuera) de Europa. Me dan igual sus intenciones; voy a hecho en sí. La crisis es la excusa para hacer valer posiciones anteriores a la propia crisis. De ahí la dramatización de los riesgos y de las decisiones propuestas

La fuerza de Alemania o Francia no es la de la razón, sino la de su potencia económica. Las alternativas que otros barajan, con distintos riesgos, son diferentes. Todas las medidas tomadas hasta el momento han sido de dudosa eficacia; todo lo más algún parcheo. La evaluación exterior del riesgo sigue amenazando, como ha ocurrido hoy mismo con la posibilidad de rebajas conjuntas. Es la varita, el miedo, con la que se presiona para que se busquen soluciones que ya están tomadas porque se presentan como inevitables. Sabedores de que no hay lugar en los botes para todos, la dirección del Titanic asigna los puestos a los elegidos.
El riesgo se está utilizando para redirigir Europa hacia sendas que no tenían en mente muchos de sus miembros. Asumir que en Europa debe haber “núcleo duros” del euro, es olvidar la idea de Europa y enterrarla definitivamente. Es retroceder unas cuantas decenas de años, a 1957, volver a la Europa de los Seis, de los Diez, etc. según el modelo elegido. España (los políticos españoles) ya ha dicho —siempre hablamos antes de tiempo— que quiere estar en el “núcleo duro”. Si esto se hace así, Europa habrá dejado de existir como tal y pasará a ser de nuevo la “Unión Económica Europea”, la “Pequeña Europa”. O lo que salga. Nadie entiende que la solución para el futuro sea desandar caminos.
Por eso lo que la gente ha entendido son las lágrimas de la ministra Fornero, un mensaje fácil de entender. No entenderemos las causas, pero nos adelantan el efecto. La varita mágica del miedo dirige ahora la orquesta europea. Malo.


lunes, 5 de diciembre de 2011

Rusia vota


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Esa pareja feliz al frente de Rusia está desbordando todas las expectativas del mal hacer político y logrando algo que parecía imposible: superar la corrupción y mala imagen de los regímenes zarista y soviético juntos. Cada uno en su estilo —gimnasta y perfumero—, Putin y Medvedev superan ya cualquier cálculo. Las noticias que nos llegan de las elecciones rusas están empezando a escandalizar a cualquiera que tenga un mínimo de pudor democrático. Han bloqueado las páginas web de las instituciones que denuncian sus irregularidades electorales, detenido a los denunciantes y toda una serie de prácticas de clara calificación mafiosa. En Rusia, de vez en cuando, los que denuncian cualquier tipo de irregularidades saltan por los aires, desaparecen o son acusados de las cosas más increíbles y acaban con sus huesos en la cárcel, lugares en los que no deben haber invertido mucho desde el tiempo de Stalin. Las cárceles de siempre con carceleros y presos nuevos.
Desde luego nadie puede acusarles a ellos o a sus seguidores de no amar la democracia. Según afirma la prensa, se ha visto a seguidores de Rusia Unida, su partido, votando de colegio en colegio electoral, llenando urna tras urna, a lomos de autobús. Eso es fervor democrático, desde luego. Su partido, más que Rusia “Unida” es un piñón, un conjunto de intereses y componendas al servicio de un poder bien controlado. Lo que el jefe dice, se hace. Y sin rechistar, que queda mucha Siberia por colonizar o por abonar.


Putin y Medveved tienen todo el poder. Y cuando en Rusia se dice “poder” significa mucho poder. Los países democráticos deberían en ir pensando algún tipo de “gesto” para indicarle que estas cosas no se hacen y que, si se hacen, la gente no te abraza y te recibe con sonrisas. No creo que a ellos les importe mucho, pero a nosotros sí.
Lo malo de Rusia es que quiere volver a ser lo que fue —zarista, comunista y capitalista simultáneamente— y eso no significa nada bueno, sobre todo para los rusos que no consiguen sacarse sus oligarcas camaleónicos de encima. Por lo pronto, se está dedicando a apoyar a todos los dictadores que reprimen a sus pueblos a cañonazos. Me imagino que es para no sentar el precedente de que en el futuro se le pueda ocurrir a Putin hacer lo mismo en Rusia. Ahora lo hace en pequeñas dosis, pero, ¿quién sabe qué hará falta en el futuro para mantener a Rusia “unida”? Todo es ponerse si hace falta. Sus apoyos a los tiranos árabes, con Siria al frente, les serán recordados siempre por lo que de infamia tiene. También fue leal a Gadafi, claro.
Está siguiendo una política de intervención en las ex repúblicas soviéticas, con las que mantiene una relación complicada, según los casos, apoyando a unos u a otros, como convenga a sus negocios. Lo que ocurre en las ex repúblicas parece un serial de la “guerra fría”. Las dictaduras dejan herencias que son difíciles de rechazar.
Ya que no hay quien le gane en las urnas —¡no se atreverán!—, tendremos Putin para rato. La corrupción es el pago del mantenimiento de la maquinaria rusa, el aceite de un sistema bien engrasado. Y sus mafiosos se expanden por todo el mundo, como un producto ruso más, mientras la miseria se extiende por el país que bosteza desde hace tiempo en este sueño inducido del que más vale no despertar. Como suele ocurrir, a los que les va bien aman a Putin y a su  sistema. Y ya se encarga, cada uno en su nivel, de que a los demás les guste. El pueblo ruso, acostumbrado a los inviernos duros, se ha tomado esto como un paisaje nevado.


Hay tristes destinos y el de Rusia es uno de ellos. El viejo Partido Comunista y los Liberales han recortado distancias con Putin y han recogido parte del voto que han perdido en estas elecciones. No hay mucho más  que hacer, solo languidecer, sobrevivir y mirar para otro lado si tu conciencia y tu estómago te dejan.
La tristeza rusa se acumula con el paso del tiempo. Como escribió la poeta Anna Ajmátova en su poema Réquiem:
No, no estaba bajo un cielo extraño,
Ni bajo la protección de extrañas alas,
Estaba entonces con mi pueblo
           Allí donde mi pueblo, por desgracia, estaba.


domingo, 4 de diciembre de 2011

Un libro: Egipto: Las claves de una revolución inevitable, de Alaa Al Aswany


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La lectura de los artículos del escritor egipcio Alaa Al Aswany es un interesante ejercicio tras la (primera etapa de la) revolución en su país y en el conjunto de la denominada “primavera árabe”. Es ilustrativo leer el día a día de los tiempos previos y cómo se iba acercando algo que nadie veía por exceso de proximidad. Sorprendentemente, las revoluciones cayeron sobre los gobiernos como los pianos caen sobre los transeúntes, de golpe y por no hacer caso al que te pide que te eches a un lado.
Alaa Al Aswany, según su sucinta biografía española en la Wikipedia en un escritor que ejerce de dentista. La biografía en inglés no aporta mucho más, si bien lo expresa de otra manera. Vivió y estudio odontología en los Estados Unidos, tras lo cual se instaló de nuevo en Egipto. Para el mundo, Al Aswany es el autor de El edificio Yacoubian, una novela sobre un viejo inmueble de El Cairo, un microcosmos representativo de la sociedad egipcia.
La novela tuvo un gran éxito en su país, en los países árabes y allí donde fue traducida mostrando una realidad cruda. Tal como era característico de otros autores de generaciones anteriores, la corrupción y la brutalidad represiva era los dos ejes del retrato de la sociedad. No había otro delante. El remedio para ese estado político y social tras la revisión novelística, lo afirmaba Al Aswany al término de cada uno de sus artículos durante estos años: “la democracia es la solución”. Con esta frase concluyen la mayor parte de los artículos recogidos en esta edición. La afirmación es constante y rotunda: ¡democracia!

No es irrelevante que Al Aswany haya estudiado en el extranjero y regresara a ejercer a su país. Por el contrario. Es un ejemplo más de una generación de ciudadanos egipcios que se formaron fuera y regresaron. La experiencia de vivir fuera de Egipto y regresar debió de ser traumática para casi todos ellos. Era difícil llegar de algún lado que no te hiciera encoger el corazón ante el espectáculo de degeneración progresiva, de aumento de la represión que suponía el régimen de Hosni Mubarak. Al Aswany aprovechó el tirón de popularidad de la obra y fue miembro fundador y participó en el colectivo Kefaya (¡Basta!), que en los últimos tiempos exigía el cambio del régimen. Kefaya logró atraer la atención de una sociedad con poca creencia en las posibilidades de cambio, una sociedad que debatía entre seguir con Mubarak o aceptar a su hijo Gamal como sucesor.  Egipto no se planteaba una revolución, sino algún cambio en el humor de los gobernantes. Pero la presión negativa del propio régimen y los contagios de ánimos de países como Túnez, cambiaron esa sensación de que nada cambiaría nunca, y la gente se lanzó a la calle. No había nada que perder cuando no se iba a ninguna parte. Eso es lo que pensaron los mártires que quedaron muertos por las calles. También los que los lloraron y recogieron sus cuerpos heridos y torturados.

El edificio Yacoubián
Los artículos de Alaa Al Aswany han estado apareciendo durante estos años denunciando la situación de Egipto. Nos muestran cómo —al igual que se ha visto en las dictaduras más crueles— las mentes se someten a una extraña distorsión de la realidad para poder reajustarse ante lo que viven. Las dictaduras crean su propia psique colectiva, una mente doble característica: la de los que buscan justificaciones para realizar la represión y la viven en mitad del miedo con aparente normalidad. Estando claras las situaciones de los represores y de sus víctimas directas, los que se rebelan —y son víctimas de los ataques y torturas—, el gran misterio es el de los millones de personas que viven su día a día con la aparente normalidad de engañarse pensando que allí no ocurre nada.
Tuvimos ocasión, en mitad de la revolución, de comentar un cuento del gran escritor egipcio Yúsuf Idris [ver entrada], en el que analizaba esas reacciones de la gente, esa ceguera adaptativa para no perder lo que se tiene o, simplemente, no vivir con la inquietud, en el desgaste permanente del miedo. De todas las emociones básicas, el miedo es socialmente la más destructiva porque hace que se ignore la realidad escondiéndola, tal como ocurre con el denominado Síndrome de Estocolmo. El misterio de tantos lugares en los que el horror está delante de los ojos y se ignora para evitar sentir la angustia de que pueda tocarte a ti.


Al Aswany nos va contando ejemplos de cómo esa clase política y económica que se fue generando alrededor de la familia Mubarak acabó perdiendo el sentido de la realidad de su pueblo y siempre actuaba con el miedo a perder el favor de los más poderosos. En uno de los artículos, Al Aswany nos cuenta un pequeño acontecimiento: cómo la entonces Ministra de Trabajo, Aisha Abdel Hady, besa la mano de la esposa del presidente Hosni Mubarak. Señala:

Los egipcios pueden besar la mano de su madre o de su padre en señal de profundo respeto, pero, fuera de eso, besar la mano de alguien se considera en nuestro país contrario a la dignidad y al respeto propio. ( “El arte de complacer al presidente” 31)

Nos dice Al Aswany que la Ministra nunca soñó con ocupar un ministerio, pues no logró acabar la educación básica. Y se pregunta, cómo va a defender la dignidad de los trabajadores egipcios una ministra que se rebaja de esa manera a los ojos de todos, que demuestra tal grado de sumisión. Pues de eso se trata, de crear un régimen en el que solo la sumisión sea la vía para alcanzar metas, para ascender en la escala desde el más humilde lugar. La base del totalitarismo de este tipo es el control social de los mínimos mecanismos de movilidad. Hay dictaduras que oprimen. Otras más sutiles practican el arte de la obediencia como pedagogía. Esto lo vemos reflejado ya en las mismas novelas de Naguib Mahfuz. Es el arte de besar la mano para llegar lejos. Cuanto más te rebajas moralmente, más confianza mereces. Sumiso con los de arriba, despótico con los de abajo. Esa es la cadena social.
Quizá uno de los artículos más reveladores sea el titulado “Conversación con un oficial de la seguridad del estado”. En él, nos cuenta Al Aswany su encuentro, durante una boda, con un oficial de la policía que controlaba el país. Le llama la atención la “marca de la oración”, oscura, en su frente. No se resiste a la tentación de preguntarle por cómo conjuga sus creencias con sus actividades:

«Disculpe. Por lo que veo es usted religioso, ¿verdad?».
«Gracias a Dios».
«Y, ¿no encuentra contradicción alguna y ser religioso y trabajar en la seguridad del Estado?».
«¿Dónde está la contradicción?», me preguntó.
«Los detenidos por la seguridad del Estado son golpeados, torturados y violados, a pesar de que las religiones prohíben tal prácticas», le respondí.
Empezó a perder la calma y me dijo: «Primero, a todos los que golpeamos se lo tienen merecido. Segundo, si estudias tu religión detenidamente verás que lo que hacemos en la seguridad del Estado es acorde con las enseñanzas del islam».
«Pero el islam es una de las religiones que más insisten en proteger la dignidad humana», argumenté.
«Eso son generalidades. He leído la jurisprudencia islámica y conozco bien sus preceptos», respondió.
«Pero no hay nada en la jurisprudencia islámica que permita torturar a las personas».
«Por favor, escúcheme hasta el final. El islam no conoce la democracia ni las elecciones. Los jurisconsultos han establecido como obligación en todo momento obedecer al gobernante, lo hayan elegido los propios musulmanes o haya llegado al poder por la fuerza. Es obligatorio obedecerlo, incluso aunque haya usurpado el poder o sea corrupto o injusto. ¿Sabe cuál es el castigo por rebelarse contra el gobernante en el islam?».
No le respondía, así que prosiguió con entusiasmo: «El castigo es la hiraba, o amputación de una extremidad superior y otra inferior de lados opuestos. Todos los que detenemos en la seguridad del Estado son insurgentes cuyas manos y pies deberían ser amputados de acuerdo con la sharía, pero nosotros no hacemos eso. Nuestras medidas son mucho más suaves de lo que se merecerían». (213-214)

Al Aswany continúa describiendo, horrorizado, lo que escucha de aquel doble e incongruente servidor de dos amos, persona que ha logrado retorcer la realidad hasta el extremo de ajustarla a sus deseos de represión. Concluye:

Cuando me marché tras la boda, me pregunté cómo era posible que ese oficial, que era una persona educada y lista, pudiera estar convencido de esa interpretación errónea del islam. ¿Cómo podía extraer de la religión ideas perversas que contradicen sus principios? ¿Cómo se podía imaginar por un solo instante que Dios nos permita torturar a las personas y deshumanizarlas […] (214-215)

El núcleo de la argumentación del déspota no es un retorcimiento particular, sino una forma de usar la religión para el control del poder, independientemente de lo patológico de la personalidad que lo sostenga. Y esto solo se puede hacer manteniéndolo en la sumisión a través de la ignorancia. Las preguntas de Al Aswany deben llegar a muchos lugares y quedar claras para muchos que no lo ven con tanta nitidez.
El atraso de gran parte de las poblaciones del mundo árabe, en mitad de inmensas bolsas de riqueza corruptas, es una maniobra orquestada por los que saben que vencerán resistencias y mantendrán las cabezas gachas bajando las porras en el nombre de Dios. Ese se lo merecen y deberían estar agradecidos por la benevolencia es el argumento del tirano clásico que quiere domar todos los resquicios de la realidad. Controla la Ley, la interpreta y la aplica. Su mano debe ser besada porque siempre es magnánimo perdonándote la vida, permitiéndote estudiar, viajar o simplemente comer de las limosnas.

La segunda novela del Al Aswany
Por eso el papel de los egipcios cultos, de los que tienen una perspectiva diferente de lo que debe ser la sociedad; de los egipcios que han visto mundo y tienen otras perspectivas, es muy importante para el desarrollo de su sociedad hacia el futuro. Tienen una compleja tarea por delante: la de realizar esa doble tarea pedagógica de enseñar y desenseñar. Deben ayudar a sacar a su país adelante, un país con el que mantienen una compleja y conflictiva relación —amor y decepción, empeño y desesperación— para hacer que definitivamente se dé el salto hacia una sociedad más justa y educada, que pueda gobernase y confiar en gobernantes que busquen la mejora social y no usarlos para servirles. Dice Al Aswany:

Los egipcios corrientes no son plebeyos ni gentuza que no saben lo que les interesa, como dicen las autoridades egipcias. Al contrario, suelen disponer de una brújula infalible con la que determinan la posición política correcta. Muchos intelectuales se han desviado de la senda nacionalista y se han convertido en cómplices y propagandistas del régimen autoritario. En este sentido, debemos tener en cuenta que la decadencia del intelectual empieza siempre por el desprecio hacia sus conciudadanos. ("¿Por qué los egipcios no participan en las elecciones?" 92)

Se refiere el autor a la tradicional abstención de los egipcios en las elecciones convocadas por el régimen de Mubarak. La alta participación en el proceso electoral actual parece dar la razón a Al Aswany. Egipto se encuentra en un complicado proceso en el que todavía queda mucho por ver los derroteros por los que discurre. Egipto necesitará de todas sus buenas cabezas —Al Aswany se pronucia por El Baradei— y de todas las que quieran sumarse a este proceso histórico, a esta oportunidad, impensable hace poco, y que hoy es una realidad. Es importante para ellos y para nosotros.
La obra agrupa artículos publicados entre 2009 y 2010 en tres apartados: La presidencia y la sucesión; el pueblo y la justicia social; y libertad de expresión y represión del Estado. Para todos los que estén interesados en comprender la situación egipcia, las claves de muchas de las situaciones que han cristalizado en la primavera árabe, los artículos de Alaa Al Aswany son importantes. La precisión del detalle, de la observación se conjuga con la reflexión, un proceso que acaba casi siempre con la frase: la democracia es la solución. No hay otra.

* Alaa Al Aswany (2011): Egipto: las claves de una revolución inevitable. Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores, Barcelona. 251 pp. ISBN: 978-84-672-4505-9.



La tribalización política


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los titulares del diario El País de hoy, con una extraña sincronización, nos muestran los efectos políticos internos del eje franco-alemán, cómo se lo están tomando en sus propios países. No deja de ser interesante el paralelismo. En ambos casos nos encontramos con un genérico “la oposición [francesa o alemana] acusa a [Sárkozy o Merkel] de…” Las acusaciones, además, son casi las mismas: dar lecciones fuera y dentro, etc., etc. Lo que nosotros percibimos como los “intereses” de Alemania o Francia, se ve de otra manera desde dentro. Es el juego de la oposición: la tribalización política.
La oposición política en un sistema democrático tiene una función de control de los gobiernos. De vez en cuando, los gobiernos que se encuentran presionados por las circunstancias hacen un llamamiento a la responsabilidad de las oposiciones. En ocasiones, tratan de llegar a acuerdos, a pactos para temas importantes. Pero con más frecuencia se insultan o se ignoran como programa permanente de la legislatura. No es fácil salir de esta rutina. Pensemos en lo que ha ocurrido en el sistema norteamericano en los últimos meses. Se trata de hundir al rival por mucho daño que se haga.
Convertir la política en espectáculo —y no en ballet sino en lucha libre— tiene el peligro de que se enquiste lo que se ha dado en llamar la “cultura del conflicto” (Deborah Tannen), es decir, la permanente actitud confrontada que se traduce en llamativos titulares y en poco más. A la gente le gusta la agresividad y encumbra a los que usan y abusan de la agresión verbal y de la demagogia. Poco a poco se va imponiendo este estilo bronco de hacer política.

Existe una demagogia gubernamental y otra opositora. Son perfectamente intercambiables cuando se produce el relevo en el timón del país. A más de uno le han sacado los colores al enseñarle lo que decía cuando era opositor y lo que dice ahora desde la poltrona gubernamental o desde cualquier otro cargo público. Eso hace que se pierda la función opositora, que no es poner zancadillas sino estimular las iniciativas, realizar una revisión crítica de las propuestas y analizar al detalle las consecuencias de las acciones del gobierno de turno. Para hacer demagogia, con uno es suficiente.
La oposición es mucho trabajo. Muchas veces, los partidos no hacen verdadera oposición sino un simple llevar la contraria, un meter el dedo en el ojo, un pisar el callo, como se decía antes. Esto no es bueno porque acaba produciendo el despego ciudadano o, por el contrario, la tribalización política. Este fenómeno es cada vez más frecuente en los países que tienen la democracia como sistema de gobierno. Consiste en elevar el nivel emocional —no necesariamente el racional— de los enfrentamientos hasta conseguir que los ciudadanos vean a los otros ciudadanos que no piensan como ellos como invasores de su propio país, como una tribu ocupadora del territorio.


El fenómeno no es exclusivo de los grupos nacionalistas, que suelen recurrir a este mecanismo con asiduidad. Cualquiera que considere a otro grupo —que esté limpia y legalmente en el juego democrático— como un usurpador por el simple hecho de ganar o se vea a sí mismo como el ocupante natural del poder mientras que los otros, como quien dice, pasaban históricamente por allí, está afectado de este fenómeno de la tribalización política.
La tribalización es una forma de extrañamiento político peligroso. Convierte en enemigos a los rivales y atrapa al que la practica en un destino desilusionado. Los dirigentes tratan de buscar la fidelidad de la tribu mediante la intensificación de los lazos emocionales internos. La ideología se convierte en mito, el jefe en líder carismático. Toda discordancia se convierte en traición, en herejía. Como consecuencia, las ideas se pudren sin crítica y los dirigentes son aceptados hagan lo que hagan, aunque lleven al desastre a sus formaciones. La tribu no admite discrepancias, ni traidores; la tribu no se abandona nunca. Y si se hace, solo queda el exilio.

Convertir la política en tribal no favorece a los ciudadanos ni a la política misma. Sobre todo en momentos en los que es importante que existan acuerdos por lo crítico de las situaciones, la tribalización se convierte en un obstáculo. Los partidos deberían buscar mayores bases de acuerdo por el bien del conjunto. No se trata de que la oposición renuncie a su función; todo lo contrario. Su función no es negar lo evidente por sistema, sino fiscalizar. Cuando no se fiscaliza, sino que se dice que no a todo, la política se convierte en diálogo de sordos, porque las tribus tienen lenguas distintas.
La política democrática es diálogo, verdadero diálogo para alcanzar acuerdos que —sin negar el mandato de los votos— beneficien a todos. La democracia no es solo una forma de llegar al poder, sino una manera de gobernar. Convertir en tribus los partidos es un retroceso político; es volver a formas emocionales previas a la racionalización política característica de la democracia. Hay que desdramatizarla, convencernos de que las formas emocionales son las formas cómodas que algunos tienen de tapar sus errores y evitar las discrepancias. Son los partidos los que deben ser fieles a los mandatos de los ciudadanos y no los ciudadanos los que deben ser fieles a la voluntad de los partidos.
Quién sabe si, a este paso, no acabarán bailando la “haka” neozelandesa” al inicio de las sesiones parlamentarias. Sería un espectáculo.