domingo, 4 de diciembre de 2011

Un libro: Egipto: Las claves de una revolución inevitable, de Alaa Al Aswany


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La lectura de los artículos del escritor egipcio Alaa Al Aswany es un interesante ejercicio tras la (primera etapa de la) revolución en su país y en el conjunto de la denominada “primavera árabe”. Es ilustrativo leer el día a día de los tiempos previos y cómo se iba acercando algo que nadie veía por exceso de proximidad. Sorprendentemente, las revoluciones cayeron sobre los gobiernos como los pianos caen sobre los transeúntes, de golpe y por no hacer caso al que te pide que te eches a un lado.
Alaa Al Aswany, según su sucinta biografía española en la Wikipedia en un escritor que ejerce de dentista. La biografía en inglés no aporta mucho más, si bien lo expresa de otra manera. Vivió y estudio odontología en los Estados Unidos, tras lo cual se instaló de nuevo en Egipto. Para el mundo, Al Aswany es el autor de El edificio Yacoubian, una novela sobre un viejo inmueble de El Cairo, un microcosmos representativo de la sociedad egipcia.
La novela tuvo un gran éxito en su país, en los países árabes y allí donde fue traducida mostrando una realidad cruda. Tal como era característico de otros autores de generaciones anteriores, la corrupción y la brutalidad represiva era los dos ejes del retrato de la sociedad. No había otro delante. El remedio para ese estado político y social tras la revisión novelística, lo afirmaba Al Aswany al término de cada uno de sus artículos durante estos años: “la democracia es la solución”. Con esta frase concluyen la mayor parte de los artículos recogidos en esta edición. La afirmación es constante y rotunda: ¡democracia!

No es irrelevante que Al Aswany haya estudiado en el extranjero y regresara a ejercer a su país. Por el contrario. Es un ejemplo más de una generación de ciudadanos egipcios que se formaron fuera y regresaron. La experiencia de vivir fuera de Egipto y regresar debió de ser traumática para casi todos ellos. Era difícil llegar de algún lado que no te hiciera encoger el corazón ante el espectáculo de degeneración progresiva, de aumento de la represión que suponía el régimen de Hosni Mubarak. Al Aswany aprovechó el tirón de popularidad de la obra y fue miembro fundador y participó en el colectivo Kefaya (¡Basta!), que en los últimos tiempos exigía el cambio del régimen. Kefaya logró atraer la atención de una sociedad con poca creencia en las posibilidades de cambio, una sociedad que debatía entre seguir con Mubarak o aceptar a su hijo Gamal como sucesor.  Egipto no se planteaba una revolución, sino algún cambio en el humor de los gobernantes. Pero la presión negativa del propio régimen y los contagios de ánimos de países como Túnez, cambiaron esa sensación de que nada cambiaría nunca, y la gente se lanzó a la calle. No había nada que perder cuando no se iba a ninguna parte. Eso es lo que pensaron los mártires que quedaron muertos por las calles. También los que los lloraron y recogieron sus cuerpos heridos y torturados.

El edificio Yacoubián
Los artículos de Alaa Al Aswany han estado apareciendo durante estos años denunciando la situación de Egipto. Nos muestran cómo —al igual que se ha visto en las dictaduras más crueles— las mentes se someten a una extraña distorsión de la realidad para poder reajustarse ante lo que viven. Las dictaduras crean su propia psique colectiva, una mente doble característica: la de los que buscan justificaciones para realizar la represión y la viven en mitad del miedo con aparente normalidad. Estando claras las situaciones de los represores y de sus víctimas directas, los que se rebelan —y son víctimas de los ataques y torturas—, el gran misterio es el de los millones de personas que viven su día a día con la aparente normalidad de engañarse pensando que allí no ocurre nada.
Tuvimos ocasión, en mitad de la revolución, de comentar un cuento del gran escritor egipcio Yúsuf Idris [ver entrada], en el que analizaba esas reacciones de la gente, esa ceguera adaptativa para no perder lo que se tiene o, simplemente, no vivir con la inquietud, en el desgaste permanente del miedo. De todas las emociones básicas, el miedo es socialmente la más destructiva porque hace que se ignore la realidad escondiéndola, tal como ocurre con el denominado Síndrome de Estocolmo. El misterio de tantos lugares en los que el horror está delante de los ojos y se ignora para evitar sentir la angustia de que pueda tocarte a ti.


Al Aswany nos va contando ejemplos de cómo esa clase política y económica que se fue generando alrededor de la familia Mubarak acabó perdiendo el sentido de la realidad de su pueblo y siempre actuaba con el miedo a perder el favor de los más poderosos. En uno de los artículos, Al Aswany nos cuenta un pequeño acontecimiento: cómo la entonces Ministra de Trabajo, Aisha Abdel Hady, besa la mano de la esposa del presidente Hosni Mubarak. Señala:

Los egipcios pueden besar la mano de su madre o de su padre en señal de profundo respeto, pero, fuera de eso, besar la mano de alguien se considera en nuestro país contrario a la dignidad y al respeto propio. ( “El arte de complacer al presidente” 31)

Nos dice Al Aswany que la Ministra nunca soñó con ocupar un ministerio, pues no logró acabar la educación básica. Y se pregunta, cómo va a defender la dignidad de los trabajadores egipcios una ministra que se rebaja de esa manera a los ojos de todos, que demuestra tal grado de sumisión. Pues de eso se trata, de crear un régimen en el que solo la sumisión sea la vía para alcanzar metas, para ascender en la escala desde el más humilde lugar. La base del totalitarismo de este tipo es el control social de los mínimos mecanismos de movilidad. Hay dictaduras que oprimen. Otras más sutiles practican el arte de la obediencia como pedagogía. Esto lo vemos reflejado ya en las mismas novelas de Naguib Mahfuz. Es el arte de besar la mano para llegar lejos. Cuanto más te rebajas moralmente, más confianza mereces. Sumiso con los de arriba, despótico con los de abajo. Esa es la cadena social.
Quizá uno de los artículos más reveladores sea el titulado “Conversación con un oficial de la seguridad del estado”. En él, nos cuenta Al Aswany su encuentro, durante una boda, con un oficial de la policía que controlaba el país. Le llama la atención la “marca de la oración”, oscura, en su frente. No se resiste a la tentación de preguntarle por cómo conjuga sus creencias con sus actividades:

«Disculpe. Por lo que veo es usted religioso, ¿verdad?».
«Gracias a Dios».
«Y, ¿no encuentra contradicción alguna y ser religioso y trabajar en la seguridad del Estado?».
«¿Dónde está la contradicción?», me preguntó.
«Los detenidos por la seguridad del Estado son golpeados, torturados y violados, a pesar de que las religiones prohíben tal prácticas», le respondí.
Empezó a perder la calma y me dijo: «Primero, a todos los que golpeamos se lo tienen merecido. Segundo, si estudias tu religión detenidamente verás que lo que hacemos en la seguridad del Estado es acorde con las enseñanzas del islam».
«Pero el islam es una de las religiones que más insisten en proteger la dignidad humana», argumenté.
«Eso son generalidades. He leído la jurisprudencia islámica y conozco bien sus preceptos», respondió.
«Pero no hay nada en la jurisprudencia islámica que permita torturar a las personas».
«Por favor, escúcheme hasta el final. El islam no conoce la democracia ni las elecciones. Los jurisconsultos han establecido como obligación en todo momento obedecer al gobernante, lo hayan elegido los propios musulmanes o haya llegado al poder por la fuerza. Es obligatorio obedecerlo, incluso aunque haya usurpado el poder o sea corrupto o injusto. ¿Sabe cuál es el castigo por rebelarse contra el gobernante en el islam?».
No le respondía, así que prosiguió con entusiasmo: «El castigo es la hiraba, o amputación de una extremidad superior y otra inferior de lados opuestos. Todos los que detenemos en la seguridad del Estado son insurgentes cuyas manos y pies deberían ser amputados de acuerdo con la sharía, pero nosotros no hacemos eso. Nuestras medidas son mucho más suaves de lo que se merecerían». (213-214)

Al Aswany continúa describiendo, horrorizado, lo que escucha de aquel doble e incongruente servidor de dos amos, persona que ha logrado retorcer la realidad hasta el extremo de ajustarla a sus deseos de represión. Concluye:

Cuando me marché tras la boda, me pregunté cómo era posible que ese oficial, que era una persona educada y lista, pudiera estar convencido de esa interpretación errónea del islam. ¿Cómo podía extraer de la religión ideas perversas que contradicen sus principios? ¿Cómo se podía imaginar por un solo instante que Dios nos permita torturar a las personas y deshumanizarlas […] (214-215)

El núcleo de la argumentación del déspota no es un retorcimiento particular, sino una forma de usar la religión para el control del poder, independientemente de lo patológico de la personalidad que lo sostenga. Y esto solo se puede hacer manteniéndolo en la sumisión a través de la ignorancia. Las preguntas de Al Aswany deben llegar a muchos lugares y quedar claras para muchos que no lo ven con tanta nitidez.
El atraso de gran parte de las poblaciones del mundo árabe, en mitad de inmensas bolsas de riqueza corruptas, es una maniobra orquestada por los que saben que vencerán resistencias y mantendrán las cabezas gachas bajando las porras en el nombre de Dios. Ese se lo merecen y deberían estar agradecidos por la benevolencia es el argumento del tirano clásico que quiere domar todos los resquicios de la realidad. Controla la Ley, la interpreta y la aplica. Su mano debe ser besada porque siempre es magnánimo perdonándote la vida, permitiéndote estudiar, viajar o simplemente comer de las limosnas.

La segunda novela del Al Aswany
Por eso el papel de los egipcios cultos, de los que tienen una perspectiva diferente de lo que debe ser la sociedad; de los egipcios que han visto mundo y tienen otras perspectivas, es muy importante para el desarrollo de su sociedad hacia el futuro. Tienen una compleja tarea por delante: la de realizar esa doble tarea pedagógica de enseñar y desenseñar. Deben ayudar a sacar a su país adelante, un país con el que mantienen una compleja y conflictiva relación —amor y decepción, empeño y desesperación— para hacer que definitivamente se dé el salto hacia una sociedad más justa y educada, que pueda gobernase y confiar en gobernantes que busquen la mejora social y no usarlos para servirles. Dice Al Aswany:

Los egipcios corrientes no son plebeyos ni gentuza que no saben lo que les interesa, como dicen las autoridades egipcias. Al contrario, suelen disponer de una brújula infalible con la que determinan la posición política correcta. Muchos intelectuales se han desviado de la senda nacionalista y se han convertido en cómplices y propagandistas del régimen autoritario. En este sentido, debemos tener en cuenta que la decadencia del intelectual empieza siempre por el desprecio hacia sus conciudadanos. ("¿Por qué los egipcios no participan en las elecciones?" 92)

Se refiere el autor a la tradicional abstención de los egipcios en las elecciones convocadas por el régimen de Mubarak. La alta participación en el proceso electoral actual parece dar la razón a Al Aswany. Egipto se encuentra en un complicado proceso en el que todavía queda mucho por ver los derroteros por los que discurre. Egipto necesitará de todas sus buenas cabezas —Al Aswany se pronucia por El Baradei— y de todas las que quieran sumarse a este proceso histórico, a esta oportunidad, impensable hace poco, y que hoy es una realidad. Es importante para ellos y para nosotros.
La obra agrupa artículos publicados entre 2009 y 2010 en tres apartados: La presidencia y la sucesión; el pueblo y la justicia social; y libertad de expresión y represión del Estado. Para todos los que estén interesados en comprender la situación egipcia, las claves de muchas de las situaciones que han cristalizado en la primavera árabe, los artículos de Alaa Al Aswany son importantes. La precisión del detalle, de la observación se conjuga con la reflexión, un proceso que acaba casi siempre con la frase: la democracia es la solución. No hay otra.

* Alaa Al Aswany (2011): Egipto: las claves de una revolución inevitable. Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores, Barcelona. 251 pp. ISBN: 978-84-672-4505-9.



La tribalización política


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los titulares del diario El País de hoy, con una extraña sincronización, nos muestran los efectos políticos internos del eje franco-alemán, cómo se lo están tomando en sus propios países. No deja de ser interesante el paralelismo. En ambos casos nos encontramos con un genérico “la oposición [francesa o alemana] acusa a [Sárkozy o Merkel] de…” Las acusaciones, además, son casi las mismas: dar lecciones fuera y dentro, etc., etc. Lo que nosotros percibimos como los “intereses” de Alemania o Francia, se ve de otra manera desde dentro. Es el juego de la oposición: la tribalización política.
La oposición política en un sistema democrático tiene una función de control de los gobiernos. De vez en cuando, los gobiernos que se encuentran presionados por las circunstancias hacen un llamamiento a la responsabilidad de las oposiciones. En ocasiones, tratan de llegar a acuerdos, a pactos para temas importantes. Pero con más frecuencia se insultan o se ignoran como programa permanente de la legislatura. No es fácil salir de esta rutina. Pensemos en lo que ha ocurrido en el sistema norteamericano en los últimos meses. Se trata de hundir al rival por mucho daño que se haga.
Convertir la política en espectáculo —y no en ballet sino en lucha libre— tiene el peligro de que se enquiste lo que se ha dado en llamar la “cultura del conflicto” (Deborah Tannen), es decir, la permanente actitud confrontada que se traduce en llamativos titulares y en poco más. A la gente le gusta la agresividad y encumbra a los que usan y abusan de la agresión verbal y de la demagogia. Poco a poco se va imponiendo este estilo bronco de hacer política.

Existe una demagogia gubernamental y otra opositora. Son perfectamente intercambiables cuando se produce el relevo en el timón del país. A más de uno le han sacado los colores al enseñarle lo que decía cuando era opositor y lo que dice ahora desde la poltrona gubernamental o desde cualquier otro cargo público. Eso hace que se pierda la función opositora, que no es poner zancadillas sino estimular las iniciativas, realizar una revisión crítica de las propuestas y analizar al detalle las consecuencias de las acciones del gobierno de turno. Para hacer demagogia, con uno es suficiente.
La oposición es mucho trabajo. Muchas veces, los partidos no hacen verdadera oposición sino un simple llevar la contraria, un meter el dedo en el ojo, un pisar el callo, como se decía antes. Esto no es bueno porque acaba produciendo el despego ciudadano o, por el contrario, la tribalización política. Este fenómeno es cada vez más frecuente en los países que tienen la democracia como sistema de gobierno. Consiste en elevar el nivel emocional —no necesariamente el racional— de los enfrentamientos hasta conseguir que los ciudadanos vean a los otros ciudadanos que no piensan como ellos como invasores de su propio país, como una tribu ocupadora del territorio.


El fenómeno no es exclusivo de los grupos nacionalistas, que suelen recurrir a este mecanismo con asiduidad. Cualquiera que considere a otro grupo —que esté limpia y legalmente en el juego democrático— como un usurpador por el simple hecho de ganar o se vea a sí mismo como el ocupante natural del poder mientras que los otros, como quien dice, pasaban históricamente por allí, está afectado de este fenómeno de la tribalización política.
La tribalización es una forma de extrañamiento político peligroso. Convierte en enemigos a los rivales y atrapa al que la practica en un destino desilusionado. Los dirigentes tratan de buscar la fidelidad de la tribu mediante la intensificación de los lazos emocionales internos. La ideología se convierte en mito, el jefe en líder carismático. Toda discordancia se convierte en traición, en herejía. Como consecuencia, las ideas se pudren sin crítica y los dirigentes son aceptados hagan lo que hagan, aunque lleven al desastre a sus formaciones. La tribu no admite discrepancias, ni traidores; la tribu no se abandona nunca. Y si se hace, solo queda el exilio.

Convertir la política en tribal no favorece a los ciudadanos ni a la política misma. Sobre todo en momentos en los que es importante que existan acuerdos por lo crítico de las situaciones, la tribalización se convierte en un obstáculo. Los partidos deberían buscar mayores bases de acuerdo por el bien del conjunto. No se trata de que la oposición renuncie a su función; todo lo contrario. Su función no es negar lo evidente por sistema, sino fiscalizar. Cuando no se fiscaliza, sino que se dice que no a todo, la política se convierte en diálogo de sordos, porque las tribus tienen lenguas distintas.
La política democrática es diálogo, verdadero diálogo para alcanzar acuerdos que —sin negar el mandato de los votos— beneficien a todos. La democracia no es solo una forma de llegar al poder, sino una manera de gobernar. Convertir en tribus los partidos es un retroceso político; es volver a formas emocionales previas a la racionalización política característica de la democracia. Hay que desdramatizarla, convencernos de que las formas emocionales son las formas cómodas que algunos tienen de tapar sus errores y evitar las discrepancias. Son los partidos los que deben ser fieles a los mandatos de los ciudadanos y no los ciudadanos los que deben ser fieles a la voluntad de los partidos.
Quién sabe si, a este paso, no acabarán bailando la “haka” neozelandesa” al inicio de las sesiones parlamentarias. Sería un espectáculo.



sábado, 3 de diciembre de 2011

El escándalo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
 Cuando todo falla, llega el escándalo. Suena a película, a culebrón, a melodrama barato, pero no, se trata de la triste realidad con la que desayunamos cada día. Ningún país se libra de ellos. Son el resultado complementario de la pérdida de la ética de unos y de la indiferencia de otros. El escándalo rompe la indiferencia, pero es demasiado tarde. El mal ya está hecho y solo queda el lamento final.
Hemos creado un laberinto administrativo por el que se han ido filtrando millones de euros. Cuando no son los pagos de dietas absurdas, son los pagos por trabajos inexistentes o las indemnizaciones millonarias a tipos que han hundido empresas. En una España improductiva, ha traído más cuenta tener buenos contactos que buenas ideas. Si queremos ser más precisos: las buenas ideas son las que se les expresa a los buenos contactos. La mayor parte de las obras megalómanas con las que España ha asombrado al mundo, tanto por su arquitectura como por su finalidad, ha sido el resultado  —en el más honesto de los casos— de la estupidez faraónica de los paletos locales o autonómicos que han querido que el mundo hablara de ellos todavía en vida y hasta el final de los tiempos.

Las organizaciones de “eventos” y fastos han proliferado. Cualquier ciudad con unos miles de habitantes se considera y propone como sede de cualquier actividad mundial o galáctica si fuera necesario. Al hilo de este tipo de actos han proliferado gestores, conseguidores, orientadores, asesores, contactadores, expertos en organización, en gestión, en comunicación…, en todo lo que fuera posible especificar en una factura, sobre todo aquello sobre lo que pudiera escribirse un informe absurdo que justificara un pago cuantioso, por supuesto. Da igual que el evento no tuviera lugar, que nada se celebrara. Toda esta fauna dedicada a convertir sueños megalómanos en facturas megalómanas no se deja deprimir por el fracaso y vuelven y vuelven y vuelven a proponer los mismos eventos. Ya se encargan los políticos de ilusionar a los pueblos. 
Sí. A la vista de las cifras del paro en este país, muchos de estos emprendedores, de estos brillantes gestores, no han necesitado crear más puestos de trabajo que los que representan cuñados y cuñadas, hijos e hijas, primos y primas, cónyuges y amantes. Todo ese dinero que ha salido de los bolsillos de todos, han acabado en un número relativamente bajo de cuentas corrientes, eso sí, diversificadas y deslocalizadas.
Es triste que en un país con casi cinco millones de parados, el dinero de las administraciones —porque de eso se trataba, del dinero público— haya ido a parar al bolsillo de estos estimuladores del despilfarro, ideadores de fantasías y entelequias deportivas, musicales, religiosas o alienígenas, si hubiera hecho falta. Es escandaloso que el dinero haya ido, con tanta ligereza y generosidad, a indemnizar a personas por las que deberían indemnizarnos a nosotros; a la miseria de sus malas actuaciones se suma la de sus recompensas pactadas entre ellos mismos o con sus amigos en nombre de todos. Escándalo, sí.
Una vez más hemos llenado la administración de teóricos de la privatización. Sostiene esta fauna que no hay nada como la gestión privada con cargo a los presupuestos públicos, porque ellos, arriesgar, lo que se dice arriesgar, han arriesgado poco. Han constituido empresas media hora antes de firmar contratos. Y alegaban experiencia.
Nos han fallado los administradores públicos en su incapacidad de fiscalizar cuentas, en no renunciar a las amistades peligrosas o en buscarlas con ahínco. Nos han fallado, una vez más, los políticos. Les ha perdido —y a nosotros con ellos— esa papanatería, ese ser incapaces de resistirse a una foto, a una inauguración, a cortar una cinta, a inaugurar una iluminación, a lo que sea con tal de llamar la atención del partido a ver si los mandan a un próximo destino más cerca de la capital. Otros no han perdido nada porque nunca lo tuvieron. Llegaron a la política para medrar, para ser rogados, tocados, invitados y tener el mayor número posibles de amigos y contactos en todos aquellos lugares por los que se pasea un euro. Su vocación no era el servicio, sino el servirse.
Desgraciadamente es lo que estamos viendo cada día. Han fallado las instituciones, tomadas al asalto por estos autoempleados que se fijan y suben sin pudor sueldos e indemnizaciones, que necesitan que les aumenten el sueldo para rendir más mientras ellos se los bajan a otros para que así estén estimulados y no se paren.

Hemos llenado las administraciones de amigos y de amigos de amigos que, además de incapaces, son capaces de casi cualquier cosa. Su función es esperar la llamada en el momento oportuno o dar el aviso, según las circunstancias. Poco más, cazadores a la espera de que la pieza alce el vuelo.
Hoy son los escándalos en diagonal de los millones desviados a trabajos inexistentes en Valencia y los treinta millones de euros de indemnización a los consejeros de Novagalicia. Es el suma y sigue del escándalo nacional. ¿No había nadie allí? ¿Lo hay ahora?
Nos explican que España está en el puesto número 31 de la lista de la corrupción internacional. Hemos perdido un puesto, ¡vaya por Dios! El último, el 182, es Somalia, nos dice  la ONG Transparencia Internacional* que elabora un Índice de Percepción de la Corrupción, una especie de eufemismo epistemológico para no llamarlo directamente “corrupción”, ya que es algo difícil de pesar o medir, pero sí bien fácil de percibir. Estamos estancados desde 2004, dato muy interesante e instructivo sobre el esfuerzo desarrollado al respecto. ¿Eso quiere decir que no hay precariedad en la corrupción, que la corrupción tiene contrato indefinido? ¿Ahí no hay recortes?

Me da igual que haya cien, trescientos u ochocientos países por detrás. Lo que no quiero es que haya uno solo por delante que dedique un minuto más que nosotros a resolver esta lacra que sale de una modesta ventanilla y llega, como Don Juan, a las ventanas de los palacios. La Prensa es importante en estos casos. Debe afrontarlo de forma apartidista y denunciar en el momento en que se tiene conocimiento, no esperar al momento en que hace más daño político al partido que no nos cae simpático. El efecto del tratamiento partidista de la corrupción es que la gente lo acaba viendo como parte inevitable de la gresca entre los políticos y no como un problema que nos afecta a todos como ciudadanos. Una vez más, ese mal sentido de lo político como partidismo nos perjudica. Hay frentes que son de todos.
La corrupción, como las cañerías picadas, es una pérdida constante para un país, un semillero de perversiones. Hay que exigir una administración y unos administrados que sean conscientes de ella y la denuncien. El problema se produce cuando el que tiene que pararlo carece de respaldo o teme molestar a alguien denunciando y se vuelva contra él. Entonces se ejerce ese deporte universal que consiste en girar el cuello y mirar para otro lado.



Hay que echar de la política o de la administración, de las instituciones, a cualquiera que utilice su puesto para beneficiarse ilegalmente y deben hacerlo, además, sus más próximos, los que lo pusieron allí. Hay que recuperar el sentido de la Función Pública, la garantía de que se busca lo mejor para el conjunto de los ciudadanos, que se vigilan y se da cuenta de cada uno de los euros recaudados o invertidos por la Administración. Solo así avanza un país.

 * “Somalia, el país más corrupto del mundo según Transparencia Internacional” El País 1/12/2011 http://internacional.elpais.com/internacional/2011/12/01/actualidad/1322723913_998217.html

Los primeros puestos de la lista de Transparencia Internacional

viernes, 2 de diciembre de 2011

Refundar


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
 Hablar de la “refundación” de Europa puede parecer un sarcasmo en estos momentos. Quizá sería más adecuado hablar de la “refundición” de Europa, de recoger los pedazos y mandarlos a un imaginario horno en el cual se pierdan entre llamas para fundir una nueva pieza. El hecho de que sea Nicolas Sárkozy quien haya utilizado la expresión nos hace temer los resultados porque fue él mismo quien habló no hace mucho de “refundar” el capitalismo. Como sabemos, el capitalismo no solo no se ha “refundado” sino que se ha intensificado volviendo a sus orígenes salvajes: hoy son los mercados —los prestamistas, como en las novelas decimonónicas— los que suben o bajan sus pulgares mientras los países, juntos o por separado, tratan de complacerlos.
Sin embargo, no hemos de sorprendernos demasiado. En Francia, la palabra “refundar” tiene una práctica muy habitual. Se han pasado la vida refundando. Por ejemplo, la República la han refundado cinco veces. Sí, estamos en la Quinta República. Están en el mismo sitio, la capital es París, como casi siempre, siguen tocando la Marsellesa y poniéndose de pie, pero la República es la quinta. Otras veces les da por “refundar” el Imperio y por eso tienen un Segundo Imperio. Y todo esto detrás de los Pirineos, sin moverse mucho de sitio.
Luego está lo de los partidos, claro. Ya no sé cuántas veces se ha “refundado” la derecha francesa. De vez en cuando se refundan y se llaman “gaullistas”, después “neogaullistas” y así sucesivamente. Está la “derecha” y la “nueva derecha”, la “nueva derecha popular”, como también están la “nouvelle cousine” o la cinematográfica “nouvelle vague” y es que a Francia le gusta la discontinuidad nominal en el cambio histórico. Desde que le cogieron el gusto a lo de La Bastilla, no paran de refundar. La nouvelle cousine ya se puede considerar como un “recorte culinario” por lo ridículo de las porciones y lo caro del servicio. Así es Francia, recorte con elegancia.
El propio Nicolas Sárkozy es el resultado de la “refundación” europea de su padre que pasó de Hungría a Francia, de Francia a Hungría, y finalmente se volvió a refundar francés. También se refundaron católicos, porque antes eran protestantes. El propio Nicolas tuvo que “refundar” algún curso porque no era demasiado buen estudiante. Y a nadie le extrañó.
Por eso cuando habló no hace mucho de refundar el capitalismo, los mercados se sintieron aliviados. No se ha refundado nada. La “refundación” de Europa —una vez visto el papel que el término ha jugado en la historia de las repúblicas e imperios franceses desde 1789— pasa a mostrarse como una bonita palabra para encubrir otro tipo de maniobras que, dichas de otra forma, sientan bastante mal.


Refundar Europa, en estos momentos en que no hay Europa, es peligroso. No es más que un cambio más ante la ineficacia de los cambios anteriores. Lo que hay que hacer no es refundar Europa sino refundar —de verdad— el sistema. Todas las energías se están centrando es eso que llaman eufemísticamente “calmar” o “aplacar” a los mercados que, por definición, son implacables y han extendido la idea de que “las crisis son oportunidades”, que es lo que está ocurriendo. El problema es que los que explican el problema son parte del problema. Somos el coche sin líquido de frenos descendiendo por el puerto de montaña, cuyo conductor asustado reza con la esperanza de que las curvas se refundan en rectas y los barrancos en llanos.

Merkel y Sarkozy apuestan por sus cabezas europeas después de haber tenido grandes desastres electorales en sus refundados países —también Alemania es otro país que se refunda de vez en cuando, como sabemos—. Su temor al fracaso es doble: interno y externo. Tratan de recuperar sus votos proyectando una imagen interior de firmeza. No dudo de su intención, aunque sí dudo firmemente (extraña expresión) que al no existir hoy una idea consistente y perfilada de Europa pueda hablarse de “refundación” alguna. Lo que se va a tratar es de resolver mediante cirugía —como ya se está haciendo— un caos político que comenzó con el fracaso de la constitución europea y algún que otro signo evidente de que los engranajes chirriaban.
La Europa de los economistas se demuestra demasiado débil y está generando mucha frustración y enemigos derivados de la ineptitud de muchos dirigentes nacionales, que son los que verdaderamente están guiando Europa. El hecho mismo de la constitución de ese eje franco-alemán siembra las dudas sobre los mecanismos de decisión, que será uno de los elementos que los políticos pondrán encima de la mesa, porque es lo que se está haciendo. No se está creando una Europa de dos velocidades; se están creando ciudadanos de primera y segunda categoría, incluso de tercera (aunque eso ya existía por el tratamiento dado a algún país, teóricamente igual que los otros, pero al que no se le aplicaba el mismo rasero).

El hecho cierto es que Europa (o lo que sea) no consigue salir de la crisis y que la única forma que propone de hacerlo es blindando las economías más fuertes o que aparentan serlo porque no son inmunes a las crisis como está demostrado y, desgraciadamente, se podrá comprobar. La creencia en que una moneda única era suficiente se ha demostrado equivocada. No se ha conseguido que economías con distinto grado de desarrollo pudieran a la vez ser competitivas interna y externamente. Vemos que no es una cuestión periférica, sino algo que afecta a todos porque es el sistema que lastra y arrastra. El problema real es la forma de financiación, la deuda, que deja de tener el destino en tus manos y lo pasa a los acreedores, cuyos intereses son obtener el máximo beneficio, sin más. En el mercado ya no hay ni política ni conspiración; solo existe un objetivo: tener cada día lo más posible y eso es lo que están haciendo, no otra cosa. Cada uno saca su provecho de la ruina de todos.
El ahorro privado nacional se está beneficiando de la propia sangría nacional de la deuda. Alguien lo titulaba ingenuamente (o estúpidamente)  “hacer patria”. Comprar deuda nacional con altos intereses no es hacer patria, es sangrarla; no porque la compremos nosotros se modifica su alto precio. De ahí la queja de los bancos, con los que compite. Aquí no hace patria nadie. La nueva patria es el bolsillo. Y ese está siempre refundándose.




jueves, 1 de diciembre de 2011

Sobre el respeto y la burla


Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Una persona, a la que tengo gran aprecio y considero sensata, ha escrito en su muro de Facebook una petición en inglés para que llegue al mayor número posible de personas con un ruego: “por favor, no hagáis chistes sobre el islam”. No es una amenaza, ni un texto lleno de insultos ni un ataque contra nadie; es simplemente un ruego de una persona que pide respeto a lo que cree, a lo que es una parte importante de su vida. No es un ruego específico dirigido a los que no comparten sus creencias, sino que también lo hace extensivo a los propios musulmanes que tampoco lo respetan. Pide que no se identifique sus creencias con las de aquellos que las llevan al extravío, que no se tomen las excepciones por las reglas. Solo pide respeto y que se sepan separar las cosas. Las burlas hieren a todos y no benefician a nadie.
Hay una diferencia muy grande entre no estar de acuerdo con algo y burlarse de ello. Yo no estoy de acuerdo con muchas cosas en muchos ámbitos, propias y ajenas, pero trato de respetar ciertos límites, separar la crítica —por dura que pueda ser— de la burla, que no suele requerir demasiado ejercicio de inteligencia tan siquiera.


A diferencia de la crítica, que exige conocimiento, la burla suele ser una exhibición de ignorancia y del deseo de mantenerse en ella. Y extenderla Nada hay más cómodo que la burla, que se suele basar en la mera repetición de tópicos adornados con la particular gracieta que el burlador quiera añadirle confundiéndolo con el ingenio. Nada más lejos de la realidad. La burla esconde un deseo de protagonismo a costa de lo más fácil, el tópico social. Amparándose en la corriente creada en la opinión, el burlador trata de navegar con lucimiento sobre la cresta de la ola. La crítica, en cambio, requiere de un conocimiento profundo de lo criticado so pena de quedar en evidencia su debilidad intelectual. Indudablemente es más fácil burlarse de alguien que realizar una crítica. Se disfraza la burla, en la mayoría de los casos, con los mecanismos de la superioridad obvia, por lo que no necesita de la fundamentación para ejercerse. El que se burla no da explicaciones o justificaciones. Lo da por hecho y, simplemente, las hace.

La crítica, por el contrario, no exige de la burla para ser eficaz. La contundencia y efectividad de la crítica se basa en su solidez intelectual, en la construcción de los argumentos. Por eso la burla nunca convence a nadie, busca la adhesión emocional en los acólitos, pero solo consigue que la persona que sufre los ataques se sienta herida y se cierre a cualquier diálogo o cambio de planteamiento. La burla lo único que hace es crear enemigos y recelos donde podría haber personas dialogantes.
Evidentemente no todo merece respeto, pero eso no significa que sea la burla el mecanismo que estemos obligados a utilizar, especialmente cuando se atacan cosas que se desconocen o se ven afectadas personas o instituciones que no se siente identificados en absoluto con los que son objeto de burla. La burla mete, en su desconocimiento, todo en el mismo saco.
Nada más ejemplificador de los mecanismos de la burla que el comportamiento de los niños. Los niños no ejercen la crítica; se burlan unos de otros y, casi siempre, de forma cruel e injusta. Consideramos que es un comportamiento que debe ser corregido y así se lo hacemos ver, pero después lo repetimos nosotros. La burla crea resentimiento y genera odios.


Con demasiada frecuencia se recurre a la burla en la política nacional. Lo grave es que esta forma de actuar se ha contagiado a los propios políticos que escenifican este tipo de ataques embruteciendo a sus propios auditorios y votantes, que los imitan. La ironía y la crítica —mecanismos que requieren inteligencia— dejan de aparecer y la burla da paso al simple insulto “gracioso” en busca de la aceptación fácil y la duplicación de los imitadores, que se convierten en clones de sus originales burlescos. La burla es, socialmente hablando, un mecanismo de aislamiento, una forma —igual que hacen los niños— de evitar que aquel al que se estigmatiza se relacione con los demás. Con la burla se le aparta a un rincón. Por eso en política es muy peligroso recurrir a ella, por los efectos secundarios que suele tener.

La Ley del embudo funciona aquí con frecuencia: exijo respeto, pero no lo practico. Con frecuencia, los que hasta hace poco eran objeto de burla, se dedican a lo mismo, con lo cual la tortilla ya está requemada después de varias vueltas por la sartén. Y es que la burla es muy contagiosa y contaminante. Por eso, el respeto necesita de más ejemplos, de más conductas ejemplares, para tratar de frenar el avance de la grosera burla que nos degrada y que tiene siempre el favor mediático. La burla atrae la atención fácilmente.
Los propios medios la practican sometiendo muchas veces a los personajes públicos a degradaciones mediante montajes, retoques, ruiditos, gruñidos, etc., todo un repertorio con el que ridiculizan a los que son objeto de su ira. De igual forma que los demás casos, se busca la complicidad fácil de las audiencias y no se consigue esconder la falta de imaginación y de razón, ni creatividad ni inteligencia. Estos programas suelen gozar de buen número de seguidores que dispersan las gracias escuchadas el día anterior en cafés, tertulias y reuniones sociales en las que adquieren protagonismo con este tipo de chascarrillos y chistes gruesos. Ya tienen nueva munición.


La burla no es más que la superficie de la ignorancia, de la ausencia de principios, y del respeto que se debe a las personas. La crítica es una herramienta lo suficientemente contundente para dejar al descubierto carencias y defectos de aquello sobre la que se ejerce. Ir más allá solo significa la pérdida de razones de quien la practica y el odio o desprecio garantizado de quien la ha padecido. A veces, como sabemos, es el inicio de una espiral de violencia.
Creo que todos deberíamos velar por el respeto debido sin renunciar a la crítica. Respeto no significa silencio; tan solo el uso debido de las herramientas adecuadas para el debate o la polémica política, intelectual o de cualquier otro tipo. Deberíamos reflexionar un poco cuando nos sentimos tentados a usarla y, especialmente, si se utiliza finalmente, garantizar que no afecta a más personas, ideas o instituciones que no lo merecen. Cuando la crítica no es capaz de superar el nivel del tópico, se disfraza de burla. Cuando la inteligencia no es capaz de encontrar argumentos, se refugia en el insulto, pues no es otra cosa la burla, una forma de agresión que se camufla bajo los atractivos ropajes del humor para buscar la aceptación social.
Respetando a los demás, nos respetamos nosotros mismos al no recurrir al uso de herramientas facilonas. No confundamos la libertad de criticar y disentir, la libertad de expresar nuestra opinión, con la forma de hacerlo. Nuestras opiniones pueden ser respetables, nuestras maneras, no. Se olvida la diferencia, pero existe.