sábado, 3 de diciembre de 2011

El escándalo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
 Cuando todo falla, llega el escándalo. Suena a película, a culebrón, a melodrama barato, pero no, se trata de la triste realidad con la que desayunamos cada día. Ningún país se libra de ellos. Son el resultado complementario de la pérdida de la ética de unos y de la indiferencia de otros. El escándalo rompe la indiferencia, pero es demasiado tarde. El mal ya está hecho y solo queda el lamento final.
Hemos creado un laberinto administrativo por el que se han ido filtrando millones de euros. Cuando no son los pagos de dietas absurdas, son los pagos por trabajos inexistentes o las indemnizaciones millonarias a tipos que han hundido empresas. En una España improductiva, ha traído más cuenta tener buenos contactos que buenas ideas. Si queremos ser más precisos: las buenas ideas son las que se les expresa a los buenos contactos. La mayor parte de las obras megalómanas con las que España ha asombrado al mundo, tanto por su arquitectura como por su finalidad, ha sido el resultado  —en el más honesto de los casos— de la estupidez faraónica de los paletos locales o autonómicos que han querido que el mundo hablara de ellos todavía en vida y hasta el final de los tiempos.

Las organizaciones de “eventos” y fastos han proliferado. Cualquier ciudad con unos miles de habitantes se considera y propone como sede de cualquier actividad mundial o galáctica si fuera necesario. Al hilo de este tipo de actos han proliferado gestores, conseguidores, orientadores, asesores, contactadores, expertos en organización, en gestión, en comunicación…, en todo lo que fuera posible especificar en una factura, sobre todo aquello sobre lo que pudiera escribirse un informe absurdo que justificara un pago cuantioso, por supuesto. Da igual que el evento no tuviera lugar, que nada se celebrara. Toda esta fauna dedicada a convertir sueños megalómanos en facturas megalómanas no se deja deprimir por el fracaso y vuelven y vuelven y vuelven a proponer los mismos eventos. Ya se encargan los políticos de ilusionar a los pueblos. 
Sí. A la vista de las cifras del paro en este país, muchos de estos emprendedores, de estos brillantes gestores, no han necesitado crear más puestos de trabajo que los que representan cuñados y cuñadas, hijos e hijas, primos y primas, cónyuges y amantes. Todo ese dinero que ha salido de los bolsillos de todos, han acabado en un número relativamente bajo de cuentas corrientes, eso sí, diversificadas y deslocalizadas.
Es triste que en un país con casi cinco millones de parados, el dinero de las administraciones —porque de eso se trataba, del dinero público— haya ido a parar al bolsillo de estos estimuladores del despilfarro, ideadores de fantasías y entelequias deportivas, musicales, religiosas o alienígenas, si hubiera hecho falta. Es escandaloso que el dinero haya ido, con tanta ligereza y generosidad, a indemnizar a personas por las que deberían indemnizarnos a nosotros; a la miseria de sus malas actuaciones se suma la de sus recompensas pactadas entre ellos mismos o con sus amigos en nombre de todos. Escándalo, sí.
Una vez más hemos llenado la administración de teóricos de la privatización. Sostiene esta fauna que no hay nada como la gestión privada con cargo a los presupuestos públicos, porque ellos, arriesgar, lo que se dice arriesgar, han arriesgado poco. Han constituido empresas media hora antes de firmar contratos. Y alegaban experiencia.
Nos han fallado los administradores públicos en su incapacidad de fiscalizar cuentas, en no renunciar a las amistades peligrosas o en buscarlas con ahínco. Nos han fallado, una vez más, los políticos. Les ha perdido —y a nosotros con ellos— esa papanatería, ese ser incapaces de resistirse a una foto, a una inauguración, a cortar una cinta, a inaugurar una iluminación, a lo que sea con tal de llamar la atención del partido a ver si los mandan a un próximo destino más cerca de la capital. Otros no han perdido nada porque nunca lo tuvieron. Llegaron a la política para medrar, para ser rogados, tocados, invitados y tener el mayor número posibles de amigos y contactos en todos aquellos lugares por los que se pasea un euro. Su vocación no era el servicio, sino el servirse.
Desgraciadamente es lo que estamos viendo cada día. Han fallado las instituciones, tomadas al asalto por estos autoempleados que se fijan y suben sin pudor sueldos e indemnizaciones, que necesitan que les aumenten el sueldo para rendir más mientras ellos se los bajan a otros para que así estén estimulados y no se paren.

Hemos llenado las administraciones de amigos y de amigos de amigos que, además de incapaces, son capaces de casi cualquier cosa. Su función es esperar la llamada en el momento oportuno o dar el aviso, según las circunstancias. Poco más, cazadores a la espera de que la pieza alce el vuelo.
Hoy son los escándalos en diagonal de los millones desviados a trabajos inexistentes en Valencia y los treinta millones de euros de indemnización a los consejeros de Novagalicia. Es el suma y sigue del escándalo nacional. ¿No había nadie allí? ¿Lo hay ahora?
Nos explican que España está en el puesto número 31 de la lista de la corrupción internacional. Hemos perdido un puesto, ¡vaya por Dios! El último, el 182, es Somalia, nos dice  la ONG Transparencia Internacional* que elabora un Índice de Percepción de la Corrupción, una especie de eufemismo epistemológico para no llamarlo directamente “corrupción”, ya que es algo difícil de pesar o medir, pero sí bien fácil de percibir. Estamos estancados desde 2004, dato muy interesante e instructivo sobre el esfuerzo desarrollado al respecto. ¿Eso quiere decir que no hay precariedad en la corrupción, que la corrupción tiene contrato indefinido? ¿Ahí no hay recortes?

Me da igual que haya cien, trescientos u ochocientos países por detrás. Lo que no quiero es que haya uno solo por delante que dedique un minuto más que nosotros a resolver esta lacra que sale de una modesta ventanilla y llega, como Don Juan, a las ventanas de los palacios. La Prensa es importante en estos casos. Debe afrontarlo de forma apartidista y denunciar en el momento en que se tiene conocimiento, no esperar al momento en que hace más daño político al partido que no nos cae simpático. El efecto del tratamiento partidista de la corrupción es que la gente lo acaba viendo como parte inevitable de la gresca entre los políticos y no como un problema que nos afecta a todos como ciudadanos. Una vez más, ese mal sentido de lo político como partidismo nos perjudica. Hay frentes que son de todos.
La corrupción, como las cañerías picadas, es una pérdida constante para un país, un semillero de perversiones. Hay que exigir una administración y unos administrados que sean conscientes de ella y la denuncien. El problema se produce cuando el que tiene que pararlo carece de respaldo o teme molestar a alguien denunciando y se vuelva contra él. Entonces se ejerce ese deporte universal que consiste en girar el cuello y mirar para otro lado.



Hay que echar de la política o de la administración, de las instituciones, a cualquiera que utilice su puesto para beneficiarse ilegalmente y deben hacerlo, además, sus más próximos, los que lo pusieron allí. Hay que recuperar el sentido de la Función Pública, la garantía de que se busca lo mejor para el conjunto de los ciudadanos, que se vigilan y se da cuenta de cada uno de los euros recaudados o invertidos por la Administración. Solo así avanza un país.

 * “Somalia, el país más corrupto del mundo según Transparencia Internacional” El País 1/12/2011 http://internacional.elpais.com/internacional/2011/12/01/actualidad/1322723913_998217.html

Los primeros puestos de la lista de Transparencia Internacional

viernes, 2 de diciembre de 2011

Refundar


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
 Hablar de la “refundación” de Europa puede parecer un sarcasmo en estos momentos. Quizá sería más adecuado hablar de la “refundición” de Europa, de recoger los pedazos y mandarlos a un imaginario horno en el cual se pierdan entre llamas para fundir una nueva pieza. El hecho de que sea Nicolas Sárkozy quien haya utilizado la expresión nos hace temer los resultados porque fue él mismo quien habló no hace mucho de “refundar” el capitalismo. Como sabemos, el capitalismo no solo no se ha “refundado” sino que se ha intensificado volviendo a sus orígenes salvajes: hoy son los mercados —los prestamistas, como en las novelas decimonónicas— los que suben o bajan sus pulgares mientras los países, juntos o por separado, tratan de complacerlos.
Sin embargo, no hemos de sorprendernos demasiado. En Francia, la palabra “refundar” tiene una práctica muy habitual. Se han pasado la vida refundando. Por ejemplo, la República la han refundado cinco veces. Sí, estamos en la Quinta República. Están en el mismo sitio, la capital es París, como casi siempre, siguen tocando la Marsellesa y poniéndose de pie, pero la República es la quinta. Otras veces les da por “refundar” el Imperio y por eso tienen un Segundo Imperio. Y todo esto detrás de los Pirineos, sin moverse mucho de sitio.
Luego está lo de los partidos, claro. Ya no sé cuántas veces se ha “refundado” la derecha francesa. De vez en cuando se refundan y se llaman “gaullistas”, después “neogaullistas” y así sucesivamente. Está la “derecha” y la “nueva derecha”, la “nueva derecha popular”, como también están la “nouvelle cousine” o la cinematográfica “nouvelle vague” y es que a Francia le gusta la discontinuidad nominal en el cambio histórico. Desde que le cogieron el gusto a lo de La Bastilla, no paran de refundar. La nouvelle cousine ya se puede considerar como un “recorte culinario” por lo ridículo de las porciones y lo caro del servicio. Así es Francia, recorte con elegancia.
El propio Nicolas Sárkozy es el resultado de la “refundación” europea de su padre que pasó de Hungría a Francia, de Francia a Hungría, y finalmente se volvió a refundar francés. También se refundaron católicos, porque antes eran protestantes. El propio Nicolas tuvo que “refundar” algún curso porque no era demasiado buen estudiante. Y a nadie le extrañó.
Por eso cuando habló no hace mucho de refundar el capitalismo, los mercados se sintieron aliviados. No se ha refundado nada. La “refundación” de Europa —una vez visto el papel que el término ha jugado en la historia de las repúblicas e imperios franceses desde 1789— pasa a mostrarse como una bonita palabra para encubrir otro tipo de maniobras que, dichas de otra forma, sientan bastante mal.


Refundar Europa, en estos momentos en que no hay Europa, es peligroso. No es más que un cambio más ante la ineficacia de los cambios anteriores. Lo que hay que hacer no es refundar Europa sino refundar —de verdad— el sistema. Todas las energías se están centrando es eso que llaman eufemísticamente “calmar” o “aplacar” a los mercados que, por definición, son implacables y han extendido la idea de que “las crisis son oportunidades”, que es lo que está ocurriendo. El problema es que los que explican el problema son parte del problema. Somos el coche sin líquido de frenos descendiendo por el puerto de montaña, cuyo conductor asustado reza con la esperanza de que las curvas se refundan en rectas y los barrancos en llanos.

Merkel y Sarkozy apuestan por sus cabezas europeas después de haber tenido grandes desastres electorales en sus refundados países —también Alemania es otro país que se refunda de vez en cuando, como sabemos—. Su temor al fracaso es doble: interno y externo. Tratan de recuperar sus votos proyectando una imagen interior de firmeza. No dudo de su intención, aunque sí dudo firmemente (extraña expresión) que al no existir hoy una idea consistente y perfilada de Europa pueda hablarse de “refundación” alguna. Lo que se va a tratar es de resolver mediante cirugía —como ya se está haciendo— un caos político que comenzó con el fracaso de la constitución europea y algún que otro signo evidente de que los engranajes chirriaban.
La Europa de los economistas se demuestra demasiado débil y está generando mucha frustración y enemigos derivados de la ineptitud de muchos dirigentes nacionales, que son los que verdaderamente están guiando Europa. El hecho mismo de la constitución de ese eje franco-alemán siembra las dudas sobre los mecanismos de decisión, que será uno de los elementos que los políticos pondrán encima de la mesa, porque es lo que se está haciendo. No se está creando una Europa de dos velocidades; se están creando ciudadanos de primera y segunda categoría, incluso de tercera (aunque eso ya existía por el tratamiento dado a algún país, teóricamente igual que los otros, pero al que no se le aplicaba el mismo rasero).

El hecho cierto es que Europa (o lo que sea) no consigue salir de la crisis y que la única forma que propone de hacerlo es blindando las economías más fuertes o que aparentan serlo porque no son inmunes a las crisis como está demostrado y, desgraciadamente, se podrá comprobar. La creencia en que una moneda única era suficiente se ha demostrado equivocada. No se ha conseguido que economías con distinto grado de desarrollo pudieran a la vez ser competitivas interna y externamente. Vemos que no es una cuestión periférica, sino algo que afecta a todos porque es el sistema que lastra y arrastra. El problema real es la forma de financiación, la deuda, que deja de tener el destino en tus manos y lo pasa a los acreedores, cuyos intereses son obtener el máximo beneficio, sin más. En el mercado ya no hay ni política ni conspiración; solo existe un objetivo: tener cada día lo más posible y eso es lo que están haciendo, no otra cosa. Cada uno saca su provecho de la ruina de todos.
El ahorro privado nacional se está beneficiando de la propia sangría nacional de la deuda. Alguien lo titulaba ingenuamente (o estúpidamente)  “hacer patria”. Comprar deuda nacional con altos intereses no es hacer patria, es sangrarla; no porque la compremos nosotros se modifica su alto precio. De ahí la queja de los bancos, con los que compite. Aquí no hace patria nadie. La nueva patria es el bolsillo. Y ese está siempre refundándose.




jueves, 1 de diciembre de 2011

Sobre el respeto y la burla


Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Una persona, a la que tengo gran aprecio y considero sensata, ha escrito en su muro de Facebook una petición en inglés para que llegue al mayor número posible de personas con un ruego: “por favor, no hagáis chistes sobre el islam”. No es una amenaza, ni un texto lleno de insultos ni un ataque contra nadie; es simplemente un ruego de una persona que pide respeto a lo que cree, a lo que es una parte importante de su vida. No es un ruego específico dirigido a los que no comparten sus creencias, sino que también lo hace extensivo a los propios musulmanes que tampoco lo respetan. Pide que no se identifique sus creencias con las de aquellos que las llevan al extravío, que no se tomen las excepciones por las reglas. Solo pide respeto y que se sepan separar las cosas. Las burlas hieren a todos y no benefician a nadie.
Hay una diferencia muy grande entre no estar de acuerdo con algo y burlarse de ello. Yo no estoy de acuerdo con muchas cosas en muchos ámbitos, propias y ajenas, pero trato de respetar ciertos límites, separar la crítica —por dura que pueda ser— de la burla, que no suele requerir demasiado ejercicio de inteligencia tan siquiera.


A diferencia de la crítica, que exige conocimiento, la burla suele ser una exhibición de ignorancia y del deseo de mantenerse en ella. Y extenderla Nada hay más cómodo que la burla, que se suele basar en la mera repetición de tópicos adornados con la particular gracieta que el burlador quiera añadirle confundiéndolo con el ingenio. Nada más lejos de la realidad. La burla esconde un deseo de protagonismo a costa de lo más fácil, el tópico social. Amparándose en la corriente creada en la opinión, el burlador trata de navegar con lucimiento sobre la cresta de la ola. La crítica, en cambio, requiere de un conocimiento profundo de lo criticado so pena de quedar en evidencia su debilidad intelectual. Indudablemente es más fácil burlarse de alguien que realizar una crítica. Se disfraza la burla, en la mayoría de los casos, con los mecanismos de la superioridad obvia, por lo que no necesita de la fundamentación para ejercerse. El que se burla no da explicaciones o justificaciones. Lo da por hecho y, simplemente, las hace.

La crítica, por el contrario, no exige de la burla para ser eficaz. La contundencia y efectividad de la crítica se basa en su solidez intelectual, en la construcción de los argumentos. Por eso la burla nunca convence a nadie, busca la adhesión emocional en los acólitos, pero solo consigue que la persona que sufre los ataques se sienta herida y se cierre a cualquier diálogo o cambio de planteamiento. La burla lo único que hace es crear enemigos y recelos donde podría haber personas dialogantes.
Evidentemente no todo merece respeto, pero eso no significa que sea la burla el mecanismo que estemos obligados a utilizar, especialmente cuando se atacan cosas que se desconocen o se ven afectadas personas o instituciones que no se siente identificados en absoluto con los que son objeto de burla. La burla mete, en su desconocimiento, todo en el mismo saco.
Nada más ejemplificador de los mecanismos de la burla que el comportamiento de los niños. Los niños no ejercen la crítica; se burlan unos de otros y, casi siempre, de forma cruel e injusta. Consideramos que es un comportamiento que debe ser corregido y así se lo hacemos ver, pero después lo repetimos nosotros. La burla crea resentimiento y genera odios.


Con demasiada frecuencia se recurre a la burla en la política nacional. Lo grave es que esta forma de actuar se ha contagiado a los propios políticos que escenifican este tipo de ataques embruteciendo a sus propios auditorios y votantes, que los imitan. La ironía y la crítica —mecanismos que requieren inteligencia— dejan de aparecer y la burla da paso al simple insulto “gracioso” en busca de la aceptación fácil y la duplicación de los imitadores, que se convierten en clones de sus originales burlescos. La burla es, socialmente hablando, un mecanismo de aislamiento, una forma —igual que hacen los niños— de evitar que aquel al que se estigmatiza se relacione con los demás. Con la burla se le aparta a un rincón. Por eso en política es muy peligroso recurrir a ella, por los efectos secundarios que suele tener.

La Ley del embudo funciona aquí con frecuencia: exijo respeto, pero no lo practico. Con frecuencia, los que hasta hace poco eran objeto de burla, se dedican a lo mismo, con lo cual la tortilla ya está requemada después de varias vueltas por la sartén. Y es que la burla es muy contagiosa y contaminante. Por eso, el respeto necesita de más ejemplos, de más conductas ejemplares, para tratar de frenar el avance de la grosera burla que nos degrada y que tiene siempre el favor mediático. La burla atrae la atención fácilmente.
Los propios medios la practican sometiendo muchas veces a los personajes públicos a degradaciones mediante montajes, retoques, ruiditos, gruñidos, etc., todo un repertorio con el que ridiculizan a los que son objeto de su ira. De igual forma que los demás casos, se busca la complicidad fácil de las audiencias y no se consigue esconder la falta de imaginación y de razón, ni creatividad ni inteligencia. Estos programas suelen gozar de buen número de seguidores que dispersan las gracias escuchadas el día anterior en cafés, tertulias y reuniones sociales en las que adquieren protagonismo con este tipo de chascarrillos y chistes gruesos. Ya tienen nueva munición.


La burla no es más que la superficie de la ignorancia, de la ausencia de principios, y del respeto que se debe a las personas. La crítica es una herramienta lo suficientemente contundente para dejar al descubierto carencias y defectos de aquello sobre la que se ejerce. Ir más allá solo significa la pérdida de razones de quien la practica y el odio o desprecio garantizado de quien la ha padecido. A veces, como sabemos, es el inicio de una espiral de violencia.
Creo que todos deberíamos velar por el respeto debido sin renunciar a la crítica. Respeto no significa silencio; tan solo el uso debido de las herramientas adecuadas para el debate o la polémica política, intelectual o de cualquier otro tipo. Deberíamos reflexionar un poco cuando nos sentimos tentados a usarla y, especialmente, si se utiliza finalmente, garantizar que no afecta a más personas, ideas o instituciones que no lo merecen. Cuando la crítica no es capaz de superar el nivel del tópico, se disfraza de burla. Cuando la inteligencia no es capaz de encontrar argumentos, se refugia en el insulto, pues no es otra cosa la burla, una forma de agresión que se camufla bajo los atractivos ropajes del humor para buscar la aceptación social.
Respetando a los demás, nos respetamos nosotros mismos al no recurrir al uso de herramientas facilonas. No confundamos la libertad de criticar y disentir, la libertad de expresar nuestra opinión, con la forma de hacerlo. Nuestras opiniones pueden ser respetables, nuestras maneras, no. Se olvida la diferencia, pero existe.



miércoles, 30 de noviembre de 2011

De la Ilustración a la Autoayuda


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuando Kant se planteó qué era la Ilustración en su escrito de 1784, apuntó lo siguiente:

La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de la inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración. (25)*

El crecimiento desmesurado de los estantes de las secciones dedicadas a la Autoayuda en las librerías de todo el mundo desmiente rotundamente que nos hallemos en una época ilustrada. La proliferación de asesores, tutoriales, asistentes, vivos o mecánicos,  de gente que permanentemente les dice a los demás qué deben hacer y —lo peor— la necesidad manifestada por millones de ser guiados en las cuestiones más nimias, nos muestran que la inseguridad es el gran negocio del siglo XX y se prolonga en el nuestro. El sociólogo norteamericano Christopher Lasch lo supo ver muy bien en la proliferación de los “expertos” en todos los sectores.

La aparición de los expertos es una consecuencia directa de las carencias que aquello que debía liberarnos, la educación, deja en nosotros. El enfoque de la educación como el reflejo de las necesidades del sistema productivo y no como una necesidad de la persona hace que el conocimiento rentable se identifique como aquel que es capaz de generar un beneficio económico. Aprendemos lo que el sistema necesita que sepamos, no lo que necesitamos realmente saber. Eso nos deja desprotegidos por muchos flancos personales. Así nuestras preguntas angustiadas se resuelven con esos libros en los que, por un módico precio, nos refugiamos en sueños artificiales, en fabulaciones personales generadas a granel para sentir esa perversa sensación de que somos especiales. Ya Flaubert dejó en evidencia la vulgaridad de los seres que se creen diferentes, pero nosotros, lejos de aprender la lección, la hemos ampliado hasta el infinito. Somos pasto de aduladores y retóricos, de predicadores de bienes o males, de flautistas que nos embelesan con sus cantos y tonadas, recomendaciones o peroratas. Cualquier cosa menos pensar, cualquier cosa menos ese ejercicio de autonomía que Kant señalaba como necesario objetivo vital y social.

La culpabilidad que el filósofo alemán señalaba se sigue manteniendo porque teniendo al alcance las herramientas que pueden concedernos esa autonomía, sin embargo las rechazamos en pos de los acogedores lazos en los que nos dejamos mecer en sueño infantil prolongado. “Es tan cómodo no estar emancipado”, señalará Kant unas pocas líneas después. Si hay un rasgo que define nuestra época es, precisamente, su inmadurez, pues no es otra cosa el refugiarse en la indecisión, alentados interesadamente por aquellas fuerzas a las que esto conviene.
A diferencia de otras épocas en las que se exigía la sumisión mediante la fuerza, la nuestra se deja seducir por los recomendadores profesionales de todos los órdenes. Esto incluye la política, entendida como un gran campo de seducción y renuncia, y no de crítica y compromiso, como debería ser, y casi cualquier otra actividad, como el arte o el consumo, que ha absorbido a las demás a través de la mercadotecnia.

La comunicación ha alcanzado el nivel de ideología en la medida en que se ha convertido en una herramienta indispensable en un mundo mediático y mediatizado. La forma comunicativa pasa a ser determinante por encima de sus contenidos, como técnica. Puesta al servicio del vacío seductor, la comunicación es lo contrario de la ilustración propugnada por Kant. Esa “tutela del otro” pasa a ser objetivo de una comunicación entendida como seducción y presión. La forma de mantener el contacto permanente es hacer que los que son contactados perciban la distancia como angustia y busquen la proximidad como forma de superarla. Al final, es el mero hecho del “contacto” el que tiene valor psíquico. Vacío de contenido, el contacto suple a la caricia, a la transmisión de seguridad. Pasa a ser un elemento emocional, adictivo y dependiente. Lo contrario de la emancipación razonadora, que olvida las caricias protectoras y te lanza a la vida a equivocarte y madurar.


Los libros de autoayuda son la confirmación de la falta de autonomía, la solución que viene de fuera, la luz exterior frente a la luz interior. La verdadera autoayuda es la que nos buscamos nosotros mismos. El uso de “auto” aquí es casi un sarcasmo. No deja de ser curioso que los llamen de autoayuda cuando los escriben otros; es una muestra más de esta seducción aduladora que nos vende que somos nosotros mismos los que llegamos a resolver algo. La distinción entre “ayuda” y “autoayuda” es la encuadernación, ya que estos libros no son más que obras en las que se vierte la experiencia de los que los escriben. Tienen la virtud de hacernos creer que están escritos especialmente para nosotros —de ahí su peculiar lenguaje directo, en la mayor parte de los casos—, cuando la vulgaridad repetitiva del nosotros que encarnamos hace que ni tan siquiera merezcamos tener problemas originales. El hecho de que se vendan por miles es la certificación de la vulgaridad del problema.
No hace mucho tiempo, una alumna que había leído algunos relatos míos publicados hace unos años me dijo que le habían gustado los cuentos porque eran como de autoayuda. Me quedé sorprendido y preocupado. Entendí que esa era ya la descripción genérica del tratar los problemas característicos de, al menos, dos seres humanos.

* Emmanuel Kant (2000 7ªr): “¿Qué es la Ilustración?”, en Filosofía de la historia. FCE, Madrid.


martes, 29 de noviembre de 2011

The Flying Merkel o la Europa de dos velocidades


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La imagen de aquellos antiguos velocípedos con ruedas de tamaños diferentes podría pasar a ser el emblema de Europa, ya saben, una enorme delante y otra chiquitita detrás. Podría ser peor, dirán algunos, podríamos ir en monociclos, cada uno por su cuenta y subir por la empinada cuesta de la crisis hasta donde se llegue con las fuerzas que tengamos.
Estamos a las puertas de lo que, si se me permite, llamaré “eurosecesionismo selectivo”, y que otros llaman la “Europa de dos velocidades”. Lo que definía “Europa” como unidad posible era el ir reduciendo las diferencias de tamaño entre las ruedas e ir aumentando las plazas, del monociclo al tándem. Peo ahora algunos quieren ir en moto.
El hecho de permanecer unidos bajo una misma enseña, con un mismo manillar, supone unos compromisos conjuntos que no se han tenido en cuenta porque no se ha ahondado realmente en la construcción de la idea europea. Unir países en un sistema de mercado, con la competencia permanente, es decir, la tendencia al desequilibrio competitivo solo se puede sacar adelante si hay una voluntad contraria de reequilibrio. Y eso es lo que falla. Si no se ahonda en lo cultural y lo económico sirve para establecer diferencias, ¿qué queda de Europa?


La base de la Europa de dos velocidades es la idea de que aquí hay gente que no pedalea, de que hay mucho parásito. Es la reacción característica en los tiempos de crisis, la xenofobia distante, la que acusa al inmigrante de quitar puestos de trabajo o de gastar recursos sociales. La eurosecesión selectiva solo puede construirse sobre razones negativas. Lo que carecerá entonces de sentido es la idea misma de Europa, que se volverá absurda. Cualquier forma que establezca que los europeos son distintos anula el concepto de “europeo”. Habremos  creado el clasismo europeísta y eso es el semillero de las discordias futuras, armar de razones a los euroescépticos de verdad, volver a los nacionalismos agraviados y recelosos como política general.
Podemos construir todas la metáforas que queramos, pero hemos pasado de “Europa” a hablar del “eje franco-alemán”, que de un momento a otro podemos descubrir que no es para proteger a los demás, sino para protegerse de los demás. La Europa de dos velocidades no significa más que poner tierra por medio, tratar de huir de los apestados. Deslindar los países sería el fin de la moneda única y, como consecuencia, la desaparición del fantasma europeo. Los países que están planteando esta operación a través de alianzas bilaterales no pueden ignorarlo. La evidencia es que Europa no ha pasado bien su primera prueba de resistencia. Y es lamentable.
Desde el momento en que no se afrontan las reformas sobre los verdaderos causantes de las sacudidas especulativas, no queda más que cortar las partes dañadas antes de que haya más contagios. Sin embargo, de forma ilusa eluden que estos problemas tienen una raíz doble: la indudable responsabilidad de los países implicados en el endeudamiento excesivo, pero también la incapacidad de controlar un sistema especulativo que ha hecho suyo el lema de “las crisis son oportunidades”. Los que manejan estos hilos van por delante, son más rápidos y más listos, no tienen los prejuicios morales o políticos que los estados tienen ante sus opiniones públicas, ni las obligaciones de los tratados. Se les ha construido un tablero global por el que saltan sin freno, donde juegan siempre con blancas.

Este es el drama auténtico, el problema real, que hemos fabricado un monstruo al que no podemos controlar y que nos ha convencido de su bondad teórica y práctica durante décadas, cuando lo que tenemos delante es algo muy distinto: un crecimiento brutal de la desigualdad por la concentración de la riqueza cada vez en menos manos. Hemos creado un universo con grandes bolsas de pobreza a los que vendemos a buen precio su miseria futura. Si se llevan por delante el futuro de millones de personas, no es su problema. Sus problemas se reducen a los que pueden ser reflejados en dos columnas.
En 1902, un fabricante de Milwaukee, Wisconsin, llamado Joseph Merkel, sacó al mercado su primera motocicleta con un pistón, “The Merkel”. Pronto se dedicó a hacer una máquina de carreras competitiva introduciendo diversas mejoras en los bastidores, en la suspensión delantera y la trasera. Merkel produjo una segunda máquina “Merkel Light” y finalmente “The Flying Merkel”, su modelo más competitivo con el que sus pilotos participaban con éxito en las carreras de la época. La compañía se trasladó dos veces de lugar ser comprada por compañías más grandes. El éxito en las carreras hizo que ganaran campeonatos nacionales. Uno de sus pilotos, Maldwin Jones, retó al campeón Erwin G. “Cannoball” Baker a una carrera y lo derrotó.

Maldwin Jones, el piloto y su máquina, "The Flying Merkel" en 1913
El eslogan de su empresa pasó a ser ““All roads are smooth to The Flying Merkel”, aludiendo a la eficacia de su sistema de amortiguadores. “The Flying Merkel” ganó en 1914 la carrera de resistencia entre Chicago y San Luis. El piloto Maldwin Jones  batió también el record mundial de velocidad en Vanderbilt.
Merkel había logrado una maquina muy competitiva y una empresa floreciente que fue adquirida por diversas compañías en 1909 y en 1911, en que se trasladó a Ohio. Un gran éxito deportico y empresarial. Sin embargo, nos dicen los historiadores:

Engineering innovation, high quality, and racing successes were not enough to sustain this progressive endeavor. The onset of war and, a contracting market, and increased competition caused production of The Flying Merkel to falter. The final Merkel machines were produced in 1917.*

A veces las más potentes fábricas, las más potentes empresas y las más exitosas proezas deportivas no son garantía de que la historia no te barra de un plumazo de la faz de la tierra. Los que tengan la tentación de bajarse de la bici y subirse a la moto para poner tierra por medio, que recuerden el destino de “The Flying Merkel” por muy buenos que fueran sus amortiguadores.

* “The Flying Merkel” http://www.knucklebusterinc.com/features/2008/11/06/the-flying-merkel/