lunes, 30 de diciembre de 2013

La enfermedad prevista

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Quizá de las muchas distinciones que establecemos con el resto de los seres vivos para tratar de perfilar la esencia de "lo humano", se encuentre la idea de "destino". No deja de ser curioso que el ser vivo que tiene un mayor grado de libertad respecto a los demás, que posee consciencia y capacidad de decisión, se muestre tan preocupado por un destino prefijado, fatal, escrito sin consultarle, cuyos acontecimientos se producen por una diversidad de fuerzas que van desde la Divinidad hasta la Historia o la Economía, como fuerzas que le dirigen y encaminan a lo largo de su existencia sin que él pueda comprenderlas. No sé si es el "miedo a la libertad", a la angustia que produce un futuro abierto, hecho cada día en lucha con lo que nos rodea y limita; si es el deseo de abandonarse a las fuerzas exteriores y renunciar a la carga que supone ser libre lo que nos hace dejar en manos de esas fuerzas la responsabilidad de lo que ocurre o hacemos.

El "libro" ha servido durante siglos como símbolo de una vida escrita de la que vamos viviendo cada página diariamente, tal como ejemplifica esa monumental novela de Denis Diderot, Santiago el fatalista y su amo (Jacques le fataliste et son maître). "Todo está escrito en el gran rollo", repite incesantemente en cada momento de su vida; nada queda al azar. A la superstición del destino como fatalidad le ha tomado el relevo la Ciencia que con muchos de sus descubrimientos nos trae nuevas formas de determinismo. Hoy tenemos un nuevo libro, el ADN. No es el libro de "allá arriba", sino el de "aquí abajo", el de la materia viva, sujeta a sus propios procesos de desarrollo.
La creencia en que todo está escrito en los genes suele ser matizada por parte de la comunidad científica, pero también se abre como uno de los grandes negocios en los que se nos ofrecerá la posibilidad de conocer el "futuro" o al menos una parte, el que está condicionado por nuestro propio cuerpo.
La BBC nos trajo  a mediados de diciembre un artículo con el título "¿Le gustaría saber qué enfermedades tendrá en el futuro?", en el que se nos dan algunas informaciones sobre las posibilidades actuales y futuras de conocer esa dimensión de nuestra vida y algunas de las posibles consecuencias. Nos dice la BBC:

Un número creciente de empresas privadas están ofreciendo leer el ADN de la misma manera que una computadora lee un código, lo que proporciona una visión de cómo su propio genoma afectará su salud.
[...]
Tomó 12 años y US$3.000 millones secuenciar el genoma humano, el código del ADN que compone todo ser vivo.
Pero en los últimos años, el costo y la velocidad para secuenciarlo se han reducido drásticamente y hoy se puede enviar una muestra de sangre y leer su propio código por US$ 2,000.
Y, por unos US$100, usted puede enviar una muestra de saliva y obtener informes sobre cómo los genes se relacionan con cientos de condiciones de salud.
Es sólo cuestión de tiempo hasta que los nuevos padres reciban el código genético de sus hijos junto con su certificado de nacimiento, cuenta el profesor McCauley.
"Todos tendremos estas lecturas del genoma desde que nacemos", dice.
"Terminaremos con, al menos, una predicción de nuestra salud, las enfermedades que estamos propensos a padecer y los medicamentos que no serán buenos para nosotros".
No todo son ventajas. Tener esa información disponible plantea enormes problemas éticos también.*


Quizá la idea de "problemas éticos" se quede bastante corta, ya que estos serán de gran amplitud, obligándonos a enfrentarnos a decisiones importantes en todos los órdenes. Hace años que se lanzaron los primeros avisos de lo que este conocimiento podía suponer en diferentes campos. En el laboral, por ejemplo, podría condicionar las contrataciones de las personas en función del absentismo provocado por la aparición de determinadas enfermedades. También se advirtió —y se han dado casos— sobre los efectos en la contratación de seguros médicos.

Venir con el ADN debajo del brazo puede no ser una idea excesivamente buena si nos condiciona nuestra vida y relaciones. A diferencia de la información que nos libera de muchas cosas condicionadas por la ignorancia, puede que esta nos encadene. Esto se dará en una sociedad que tiende a la ingeniería y la "gestión eficiente" de sus recursos y que puede considerar que es malgastar tiempo y dinero atenciones a determinados pacientes. Desgraciadamente, la sospecha de que esto haya podido ocurrir ya o pasar por la mente de algunos no es descabellada.
La reducción del futuro a "nuestras enfermedades" posibles y el establecimiento de un calendario vital con las posibles fechas de manifestación de la enfermedad plantea un cambio de perspectiva en nuestra percepción. No somos nuestras enfermedades; somos la forma en que nos enfrentamos a ellas, social e individualmente. Cada ser humano es diferente precisamente por eso, porque sus respuestas son diferentes antes las condiciones en que se encuentra. Vivir es reaccionar ante lo que nos ocurre. ¿Por qué son más importantes en nuestra vida las enfermedades que las otras circunstancias?


Diariamente se nos vende que los avances científicos ayudarán a prologar nuestra vida, mientras que por otro se nos informa de que esa vida está sujeta a caducidades múltiples. Hasta no hace mucho, no era posible conocer el sexo de los niños hasta su nacimiento. Hoy mucha gente no lo quiere saber. Notan que ese conocimiento les quita algo, aunque no sepamos explicarlo bien. El hecho de poder saber no es lo mismo que tener que saber. La cuestión que se plantea aquí es precisamente la de un conocimiento que indudablemente condicionará la vida, como una especie de efecto Edipo: conocer la profecía no nos hace salir de ella, pero si vivir condicionando nuestras respuestas, produciendo angustia. El argumento a favor, evidentemente, es la prevención, pero tal como van los estados, la prevención será un gran negocio privado, tal como lo es la prolongación de la vida.

En estos momentos tenemos en nuestras pantallas televisivas un ejemplo infame de ese uso de la angustia a través de la campaña publicitaria de un banco que nos muestra cómo la ciencia actual nos prolonga las posibilidades de vida en treinta años. La forma de llevar a que la gente haga sus planes de pensiones privados es hacerles ver que van a vivir más de lo que pensaban. Hasta hace poco, la angustia era la de la muerte. Desde ahora es la vida prolongada, especialmente en un universo precario, laboralmente reducido, en el que se debate cada día el futuro de las pensiones y, por ende, de los pensionistas. El ser para la muerte existencialista ha desaparecido reconvirtiéndose en el ser pensionista. Existe un espacio entre la vida y la muerte; se llama jubilación.
La pregunta que se hace la BBC —"¿Le gustaría saber qué enfermedades tendrá en el futuro?"— no es la correcta, sino más bien: ¿cómo vamos a reaccionar ante la llegada de la enfermedad prevista? ¿Cómo nos vamos a organizar socialmente? y ¿cómo vamos a evitar que esa información, hoy accesible, se convierta en un arma contra los más débiles? Sin embargo, los tiempos que vivimos hacen que la pregunta sea más prosaica: ¿cómo rentabilizar todo esto?
A veces la enfermedades sociales también se pueden detectar con anticipación, aunque no sea fácil establecer su cura.

* "¿Le gustaría saber qué enfermedades tendrá en el futuro?" BBC Mundo, 11/12/2013 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/12/131211_salud_genoma_conocer_enfermedades_ap.shtml






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