lunes, 17 de septiembre de 2018

La guerra de los iletrados

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La semana que dejamos afortunadamente atrás ha marcado un hito difícil de superar y, sobre todo, difícil de digerir. Las esperanzas de renovación de la vieja política por la nueva política se ha quedado como gozo en pozo. Las almas más inocentes han sido violentamente asaltadas por la evidencia más espantosa: la cera que arde apesta.
Ha sido una semana en la que no ha habido sentido al margen: hemos bajado la vista, nos hemos tapado las narices y no hemos dado crédito a lo que escuchábamos. Tampoco hemos sido capaces de digerirlo, por lo que ni el gusto se ha salvado de la contaminación sensorial de esta semana negra y apestosa, ruidosa y tóxica.
La guerra de másteres y tesis ha sido, es y será una demostración de que hemos perdido el rumbo social y político. Nosotros lo perdemos enganchados en estas grescas barriobajeras de acusaciones y ellos lo pierden mostrando unas prácticas que deberían avergonzar a más de uno. La palabra "entredicho" que unos y otros se arrojan nos mancha a todos.

Esta guerra es algo más que un rifirrafe entre malos estudiantes, gente que tiene poco apego al estudio y mucho más al disfrute de los títulos, que quedan bien enmarcados en despachos y oficinas, que quedan luminosos en las líneas curriculares con las que unos fustigan a los otros aparentando un conocimiento que no tienen.
Que personas con estas pretensiones lleguen tan alto, nos muestra el nivel al que han descendido la vida y clase políticas. Es difícil demostrar tan poco apego al conocimiento o a la universidad misma, que es a la que están hiriendo día tras día. Ya se lucha poco por el poder; esto es supervivencia en medio de una pecera a la que no se le cambia el agua, oscura, negra ya, de tanta desidia y mala baba.
Es la demostración palpable de que esta generación "tan preparada" ha descarrilado en la primera curva a la que se ha enfrentado por el punto más inesperado: su diseño artificial. Es la generación del currículum engordado porque así lo demandaba una sociedad de etiquetas y oropeles, de neones y fanfarrias espectaculares. Mucho ruido y pocas nueces. Puro teatro.
Los jóvenes políticos están siendo quemados en la hoguera según van llegando porque carecen de aquello que la generación anterior tenía, una experiencia de combate en las propias universidades. Muchos de ellos habían tenido sus confrontaciones en la Universidad en la época en que allí se daba mucha resistencia.


Cada día se leen artículos y titulares en los que se habla con enorme hipocresía y ligereza sobre "controles" académicos. Los periodistas llaman a las puertas de los profesores tratando que estos les expliquen cosas que no entienden sobre el funcionamiento de la vida universitaria, muchas cosas completamente normales, que les parecen insólitas solo por su desconocimiento. No nos engañemos, nadie busca la verdad. Se trata de echar leña al fuego, de mantenerlo vivo y escandaloso. Da igual el coste social, institucional.
Vivimos una política sin ideas; solo de gestos y titulares. Por atacarse, están haciendo daño a miles de personas que cumplen, alumnos y profesores, que realizan su trabajo con eficacia y honestidad. El intento de trasladar el desbarajuste de la política a la vida universitaria no es más que un intento de revolver el río para ganar algunos sus propias ventajas.

Ahora mismo hay un enorme malestar en las universidades, una gran crispación que está condicionando la vida académica sembrando el recelo y el nerviosismo en muchos terrenos.
No creo que esto se pare. Hay demasiados intereses en la política, y más allá de ella, en que haya un conflicto, en que se desprestigie a las instituciones y a las personas. La fiebre de mirar bajo a las alfombras esconde muchas intenciones y no será fácil parar a los elefantes en la cacharrería.
Todo esto son efectos colaterales de una larga crisis —moral y económica— que ha rebajado nuestros listones de exigencia y, sobre todo, de lo que es el sentido ético de las instituciones, de la política misma a las universidades. Todo es moneda de cambio, todo sirve de trueque para comprar prestigio o influencias. Todo es materia de conflicto. Al final la burbuja infame acaba estallando arrastrando al desprestigio a los culpables y poniendo bajo sospecha a los que tienen poca o ninguna culpa.
Enzarzados en sus peleas sin fin, cada vez más rastreras, acaban con todo lo que les rodea. Gustan de títulos académicos con en el franquismo gustaban de los títulos nobiliarios. Ahora no hay un Berlanga, ni tan siquiera un Ozores —Los graduados— que los retrate para dar ocasión a purgar con lágrimas tanta vergüenza.












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