viernes, 17 de abril de 2020

Redefiniendo espacios y distancias en un mundo tribal

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Normalmente consideramos la distancia como un espacio que hay entre nosotros y un punto determinado. Hay una forma de uso verbal que en el que "mantener la distancia" implica un conflicto entre dos personas, una falta de "proximidad". El concepto de "distancia social", tan manejado estos días, plantea un problema: involucra al otro. Es una distancia física, pero es también una forma de seguridad, que es doble, la propia y la ajena. Pero, ¿qué ocurre si la distancia se percibe como una restricción a la propia libertad o si el otro la percibe como una violación de su propia seguridad? ¿Es un deber o un derecho? ¿Debo mantenerme a distancia yo o son los otros los que exigen que lo haga? La distancia no es solo una cuestión personal; es algo relativo, entre los otros y yo.
La distancia es espacial y por ello ha redefinido nuestra precepción del espacio, reduciendo nuestras posibilidades. El confinamiento es obviamente una reducción del espacio, pero también una reconfiguración de muchos otros. Hay una distinción marcada entre el "adentro" y el "afuera", pero también se ha creado un espacio nuevo, compartido y distante. Cuando a las ocho de la tarde abro mi ventana, lo que veo es distinto a lo que percibo horas o minutos antes. Es un espacio en el que la distancia física es transformada en acercamiento emocional.


Distanciarse y acercarse son dos movimientos que van más allá de lo físico. Las personas que veo y escucho han logrado una extraña proximidad afectiva, lograda con el día a día. Vecinos que se desconocían pese a los años viviendo cerca han creado un nuevo espacio público, que dura apenas unos minutos, en los que estamos presentes. Pero hay otra dimensión, la de los ausentes. El gesto del aplauso es una celebración colectiva, pero es también un homenaje, un momento en el que simbólicamente hay una personas, los destinatarios de ese homenaje, que están distantes, pero en ese momento simbólicamente presentes. En ocasiones, el espacio común es visitado por algunos coches de bomberos, ambulancias, coches de la Policía Municipal, que organizan una caravana que recorre el pueblo haciendo sonar sus sirenas. Devuelven el homenaje y agradecen que la gente esté en sus casas, que es el mejor regalo que se les puede hacer.


El aplauso comunal es una celebración de que ha pasado un día más, que queda uno menos, y es también un sentido comunitario y un agradecimiento. Sus sentido su múltiples y convergentes, muestran las distintas aristas de los fenómenos sociales, de nuestras relaciones y vínculos. El aislamiento en casa es protección propia y ajena; la salida al balcón celebración popular de la vida, un agradecimiento y un desahogo por el encierro.

Pero también se están revelando sentidos perversos y contradictorios del espacio. Los primeros de ellos vinieron de las personas que estaban obligadas por circunstancias diversas a la exposición en la calle. El balcón, las ventanas se convertían entonces en puntos de observación en una nueva situación de vigilancia. Las quejas y denuncias salieron por los casos de niños autistas, cuya capacidad de permanecer en casa y, sobre todo, de alterar sus rutinas es mucho más limitada. Tuvieron que establecerse códigos —pañuelos azules— para que no fueran reconvenidos por los vigilantes que exigían las calles vacías.
Muy preocupantes los casos en los que se ha amenazado e insultado personal sanitario que deben seguir realizando sus trabajos. La enorme paradoja es que unos salen a agradecer que velen por nosotros, que estén dispuestos a arriesgar su salud, mientras que otros les amenazan para que se vayan de sus casas y abandonen sus edificios. 
El miedo es el peor maestro y lo que saca lo peor de nosotros. El espacio deja de ser distancia social y se vuelve frontera de la que se expulsa a los que forman parte de la otra tribu. El nuevo mundo tribal se divide en tres grupos: los enfermos,  los sanos y los sospechosos, es decir, los que están en riesgo o se arriesgan. 
¿No ven incompatibilidad entre el aplauso y la amenaza, hasta llegar al insulto de desprecio al que cumple con su tarea y vocación sanitaria? La capacidad humana de autojustificación es infinita. La cuestión o afecta solo a España. Son muchos los países en los que se produce la misma denuncia. Aquí hemos recogido titulares de diferentes países que nos muestran que las agresiones y presiones con insultos o con notita con "advertencia educada".


Es importante que los nuevos espacios sean solidarios, que las distancias sean de protección común y no de egoísmo manifiesto. Por mucho que el miedo, la angustia y el encierro estén perturbando a algunos (otros ya eran perturbados antes) no se puede dejar que esto se produzca porque se trata de un pacto social tácito, por usar una fórmula clásica. No podemos perder precisamente lo que nos humaniza en la pandemia, porque entonces caemos en el sálvese quien pueda. Y hoy eso no es posible en nuestro mundo, por más que muchos lo crean.
Que haya que sancionar a personas por algunos de los casos que nos cuentan —cada día los medios nos sorprenden con casos de auténticos tarados— es reflejo de que la "normalidad" es algo que damos por supuesto hasta que es sometida a prueba, como ocurre. Me preocupan los que hablan de volver a la "normalidad". Eso no es posible ante un trauma de tal calibre como el que está viviendo el mundo entero. Si no se define esa "nueva convivencia" corremos el riesgo de vivir en un semi estado de naturaleza y no en un estado social.


El principio de distancia y establecimiento de territorio implica que algunos pueden considerar que mantienen una especie de soberanía (como ocurre en el caso de las amenazas e insultos) que reivindique el derecho a la expulsión. Este mecanismo es fácilmente contagioso pues lo miedosos rápidamente buscan el amparo del grupo, el diluir su miedo y responsabilidad en otros a los que arrastran.
Hemos visto como uno de los primeros efectos ha sido la xenofobia y el racismo. Esto se favoreció por el hecho inicial de identificar el COVID-19 como el "virus chino" o el "virus de Wuhan". Es una lástima que la OMS tarde tanto en bautizar a los coronavirus y que los medios se den tanta prisa en apadrinarlos. Más todavía cuando van de la mano con los políticos, como fue el caso de los Estados Unidos, la poderosa maquinaria cultural que extendió la denominación, hasta que algunos se dieron cuenta que les habían embarcado en la cruzada económica sancionadora de Trump hacia China, a la que muchos se sumaron incluso sin tener simpatía al presidente. De todo este proceso hemos ido dando cuenta desde su inicio. Trump sigue con su "chinese virus".
Pero hoy no son los chinos quienes se contagian, sino nosotros y hay una redefinición no nacionalista del espacio o, al menos un suavizado, quizá por la dificultad de establecer la identificación.


No ocurre así en Estados Unidos, donde rápidamente se ha comprobado que existe una definición clara de los grupos. Esto es lo que ha estallado con la comprobación de las diferencias de contagio entre los grupos hispanos y afroamericanos respecto al resto. Las minorías son percibidas de forma diferente, incluso por ellas mismas, que se siente víctimas de una serie de circunstancias que han llevado a estas diferencias enormes en el número de contagios y de muertes. En una sociedad como la norteamericana, las diferencias de espacio y las distancias son previas al coronavirus, son efecto del racismo (la creación de guetos y de barrios exclusivos) y de las diferencias sociales.


Es importante que se asimile y regule bien el espacio y las distancias; que se frenen las arbitrariedades y las amenazas, discriminaciones, etc. Está claro que eso que llamamos "distancia social" es demasiado ambiguo y desregulado, no por la distancia en sí (1-2 metros), sino por la valoración propia de lo que supone como peligro. ¿Es una agresión transgredirla? ¿Puedo ampliarla unilateralmente? ¿Tengo derecho a considerarme en peligro si alguien la trasgrede? ¿Cómo resulevo el conflicto?En la medida en que no es algo de mi espacio, sino del espacio público necesita de un consenso que irá confirmándose o no cuando tengamos que convivir. Por eso los conflictos se están presentando en las viviendas, que es la prolongación del espacio propio, nuestra casa. 


Esta situación actual no va a desparecer sino, por el contrario, va a reconfigurar nuestras propias percepciones y de los otros, nuestra forma de relacionarnos y reclasificar nuestras actividades —del ocio al trabajo, de la enseñanza al deporte— en función del mayor o menor riesgo. En la medida en que se vaya saliendo de casa, la reconstrucción de las actividades lo será también de espacios y distancias. No podemos ignorar que para muchos será un proceso complejo y puede que traumático. Por eso es esencial que esa reconfiguración sea clara para evitar complicaciones por la vaguedad o lo abstracto de lo que se explica. Lo que se define hay que llevarlo después a la realidad cotidiana, que es donde se pueden producir los conflictos.
En la medida de lo posible, se hace necesario prever la redistribución de los espacios, la definición de las distancias y las medidas de seguridad aceptables para evitar que eso quede a la fuerza y la arbitrariedad. Debemos aprender a relacionarnos bajo las nuevas reglas. hay que redefinir los conceptos básicos de lo público, de lo común, de la privacidad, etc. a la luz de los nuevos parámetros. Si lo hacemos bien evitaremos muchos problemas.


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