lunes, 25 de abril de 2022

La lección francesa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Son muchas las interpretaciones que se están haciendo sobre lo ocurrido ayer en Francia. Hay un sentimiento de alivio en toda Europa por la victoria de Emmanuel Macron, un respiro por lo que cada vez se percibe como un desastre, la llegada de Marine Le Pen al Elíseo. Lo que no se ve realmente es algún tipo de medidas que sean capaces de frenar lo que parece cuestión de tiempo y así nos lo presentan.

Es evidente que existe un problema y que ese problema está debilitando el sistema democrático girándolo hacia fórmulas aislacionistas y autoritarias. ¿Qué ocurre para que sean millones los seducidos por la fuerza de la ultraderecha y otros muchos millones a lo que les resulta indiferente el conjunto y se abstienen, facilitando así el ascenso de los populismos? Hacen falta, además de explicaciones, acciones que paralicen esos avances den distintos países. Y las únicas acciones posibles vienen de la eficacia en la resolución de los problemas que la sociedad percibe que no son atendidos. No hay mayor foco de desánimo que ver eternizarse los problemas. Es entonces cuando crece el descontento y surgen los cantos de sirena populistas que arrastran con su retórica crítica al conjunto del sistema.

Cada vez parece más claro que el fenómeno es mundial, por lo que cada país padece su propia versión en función de su propia problemática o, si se prefiere, la forma específica en que la crisis se desarrolla.

Uno de los argumentos que más hemos escuchado en las elecciones francesas entre ambas vueltas es la crisis de los "partidos tradicionales". Sin duda es uno de los factores, lo que no está tan claro es si son el efecto o la causa. ¿Por qué llevamos asistiendo, país tras país, al hundimiento de los partidos y al ascenso, por ejemplo, de figuras "mediáticas salvadoras", que van de un televisivo Trump a un no menos televisivo Berlusconi, a cómicos como Beppe Grillo que encabezan movimientos como el "5 estrellas", o el propio Volodímir Zelensky, ahora al frente de Ucrania, otro actor que salta de la TV a la realidad?

La falta de credibilidad de los políticos profesionales lleva a que gran parte del discurso político se centre en su crítica fácil, lo que permite, como hizo Donald Trump, presentarse como "anti sistema", lo que no deja de ser una gigantesca ironía. Lo que hizo Donald Trump con el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021, para intentar acabar con la alternancia democrática en los Estados Unidos, la primera democracia en importancia, no es una anécdota, sino la confirmación de que, por unos medios u otros, es difícil sacar del poder a este tipo de planteamientos políticos una vez que llegan a él. Lo estamos viendo en los retrocesos democráticos de la Hungría de Orbán.

Sí, el crecimiento de estos grupos o movimientos, necesita de la destrucción del sistema, no de la competencia en el sistema. En la base de la democracia está la competencia para la convivencia resolviendo problemas para todos. Pero esto se ha convertido en otras cosas, como ha ocurrido en Francia: la lucha por la supervivencia o de destrucción del sistema. Marine Le Pen no propone una alternancia, sino dinamitar el sistema desde dentro, para comenzar, sacando a Francia del proyecto europeo común. Las propuestas de Le Pen no solo afectan a Francia. Las preguntas, entonces, se multiplican: ¿por qué 13 millones de franceses están contra la Unión Europea? Las explicaciones dadas al Brexit, la consolidación de la primera ruptura, no han sido muy convincentes, pero probablemente tengan que ver con esa forma de contemplar el poder y la creación de intereses. Si logras convencer a los británicos de que todos sus problemas se deben a Europa, estos se volverán lógicamente anti europeos. Y así ocurrió. Así está ocurriendo en muchos países en los que se repite el mismo mensaje antieuropeo. Mientras no se resuelvan los problemas, será fácil encontrar un tipo de mensaje que dirija la atención hacia aquello que se quiere destruir, a los obstáculos que impiden el acceso al poder. Hitler lo hizo y le funcionó.

El populismo no es un fenómeno único de Europa. Lo vemos triunfante en otros países como fórmula que lleva al poder, se instala en él y destruye el sistema desde dentro. Se basa en unas ideas simples que se convierten en líneas que todo el mundo entiende, porque uno de los factores esenciales es el fracaso del proyecto ilustrado educativo en beneficio del económico y de mercado.

Hay unas enormes diferencias educativas que se han ido produciendo al considerar la educación como una mera adaptación a los mercados y no una formación de las personas y de los ciudadanos, una doble dimensión que se ha perdido. Discusiones como las que tenemos en España sobre la "Filosofía" y otras humanidades no son triviales. Representan una visión del mundo y de las personas que solo son consideradas como productores y consumidores.

El proyecto populista es básico, apela a situaciones simples y comprensibles: la patria, lo nacional, los enemigos de la patria, el sentimentalismo, la historia gloriosa, los traidores, etc. Son conceptos básicos que plagan los discursos frente a una promesa, un futuro mejor, glorioso, para aquellos que forman parte del organismo nacional. La visión orgánica de los pueblos es esencial porque es la que permite establecer el doble movimiento de la identidad y de la distinción. Fue lo que dio paso al potente nacionalismo que surgió tras la caída del Antiguo Régimen. No es casual que los votantes de Trump o de Le Pen estén en zonas rurales, las zonas profundas de cada país, y en barrios marginales, frente a la modernidad de las ciudades, que tienden a ser más cosmopolitas.

Los partidos políticos tradicionales han entrado en una crisis con su profesionalización, dando lugar a líderes crecidos desde dentro y posteriormente promocionados mediáticamente. Hoy la política es comunicación y promoción, cultivo de imagen, anulación de los efectos del desgaste mediante campañas. Eso ha llevado a la promoción personal, del líder, convertido en mensaje. El líder lo cambia todo, como hemos visto con lo ocurrido en España con el nuevo líder del PP, Núñez Feijóo. El recién llegado (por más que lleve toda la vida en el partido) se presenta como una renovación.

El líder populista es carismático, pero se presenta como cabeza de un cuerpo comunitario, de un "movimiento", concepto que en España deberíamos entender muy bien en lo que se diferencia de un "partido". El movimiento es la negación del partido, por lo que el liderazgo se presenta de otra manera, incluso hereditario, como ocurre con los Le Pen. Pero lo hereditario, como cuestión de sangre, es más natural que lo electivo, que es cultural, una forma de evolución.

Hace unos años se empezó a hablar del "fin del bipartidismo", algo que casi todo el mundo consideró como "saludable" en la medida en que abría el horizonte y la oferta política. Hoy vemos las consecuencias: aparición de grupos radicales populistas a derecha e izquierda, la desaparición del centro político y los pactos que debilitan las posibilidades de gobierno. Los grandes beneficiados han sido los populistas, mientras los grandes partidos de base democrática siguen en el malsano deporte de destrozo mutuo en vez de las colaboraciones para construir mejor y no tener que estar haciendo y prometiendo deshacer.


La desaparición del centro es una tragedia política porque el desangrado de la frustración se acaba canalizando hacia dos puntos: la abstención y la radicalización. La primera es resultado del desinterés o de la incapacidad de encontrar un destino para el voto propio; la segunda del enfado por la incapacidad política de ofrecer soluciones a los graves problemas a los que las sociedades se enfrentan.

Que en España, en las reciente elecciones de Castilla y León, se haya llegado a partidos provinciales exitosos, debería analizarse como un fracaso de los partidos existentes, en los que los ciudadanos han dejado de confiar y en agrupamiento en "movimientos" destinados a atender sus propios problemas locales. Los grandes partidos han calculado mal pensando que el fraccionamiento les beneficiaría, como se ha demostrado en esas elecciones. Lo que han conseguido es que sea imposible gobernar en solitario y que la compañía no sea la más cómoda, algo que ocurre al PSOE en el gobierno y al PP en la Autonomía. Es probable que esta situación se repita en distintos lugares muy pronto. Vox ha aprendido de la estrategia de Podemos en el gobierno central: apuntarse los éxitos, culpar al socio mayoritario de los fracasos y asegurar que en el futuro, si se les vota, lo harán mejor.

Desgraciadamente, lo que estamos viendo en Francia no se ha acabado con la victoria de Macron. La propia Marine Le Pen ha visto su derrota como una victoria. Todo lo que sea crecer será tomado como un avance. Y lo es. Fieles a su retórica del destino nacional, lo suyo es el "inevitable triunfo de Francia". La simbología creada en elecciones anteriores de la Marine Le Pen como Juan de Arco volverá.

Europa no reacciona a los avances de los que quieren destruirla porque se ha convertido en un problema más que se acumula en la lista de los que hay que resolver. El germen de la destrucción de la Unión está dentro de la Unión. El mundo que estamos creando no es el adecuado para resistir estas tendencias y hace falta pensar soluciones porque la alternativa, está claro, es encontrarnos en una situación de entreguerras, por un lado, y de Guerra Fría por otro. La sintonía de Marine Le Pen con Putin, su deseo de restablecer la concordia con Rusia ignorando su deseo de seguir tragándose Europa nos permite entender que esto es cosa que nos afecta a todos. Esa Europa de la Naciones que propugnan los populistas no es más que una fantasía que reduciría el espacio europeo a un mosaico fragmentado donde se acumularían los problemas de convivencia. Es algo que tiene muchos animadores, como ocurrió con el Brexit.

Son muchas las críticas que se están haciendo a Alemania por su resistencia a frenar a Putin con un embargo. Los intereses económicos están detrás de esta situación. En el caso de Francia, los intereses populistas son más peligrosos porque Putin vende algo más que gas, petróleo y trigo. Vende, sobre todo, un modelo autoritario e imperial, el de la "grandeur" rusa, algo que sintoniza bien con Le Pen y demás nostálgicos de una forma obsoleta de pensar en los países.

Hace falta mucho análisis por parte de los propios partidos, un cambio y una forma de hacer política distinta para que los populismos dejen de crecer. Como dijimos al principio, no pueden seguir alimentándose de la idea de que son ellos quienes se preocupan por los ciudadanos ante la indiferencia egoísta y tecnocrática de los partidos políticos tradicionales. Unos y otros tienen que ver dónde está la debilidad y dónde la fortaleza del sistema democrático, dejándolo de convertir en jaula de grillos y pelea de gallos. Es de esto de lo que se alimentan sus enemigos. La política eficaz se alimenta, en cambio, de acuerdos que benefician a las grandes mayorías, de la atención a los problemas sociales y a destinar energía y conocimiento a solucionarlos. Se ocupa de la concordia y la calidad de vida para todos. Lo que hace daño es lo contrario, los escándalos de corrupción, los comisionistas que se benefician de la inoperancia de la burocracia, la incontinencia verbal de los políticos frente a la realidad de los hechos, etc. ¿Serán capaces los partidos actuales de comprender o, por el contrario, han llegado a un nivel de aislamiento de la realidad que les hace pensar solo en triunfos electorales y no en resolver problemas sociales?

La lección francesa es clara; lo que hagamos con ella es otra cosa. Macron ha ganado, pero está por ver si Marine Le Pen no lo ha hecho también.

domingo, 24 de abril de 2022

La perversa mascarilla y la mala suerte

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los medios de comunicación desciende al detalle y la casuística trasladando lo que se supone son los intereses de la gente de la calle. Esta vez la cuestión era ese miniespacio de convivencia llamado ascensor, anteriormente —uno es viejo y con memoria— una ocasión de mostrar educación —"¡Suba usted primero, señora, por favor!", "—No se preocupe, ya sube el niño por la escalera", "—Suba usted, que va con bolsas", etc.— a ser motivo de una guerra descarada y exhibición de mala educación.  Son muchos los kilómetros de escalera que le debo agradecer a la pandemia y a la mala educación de muchos vecinos. Como muchos juegan a la tensión —a ver quién cede antes y se va por la escalera— no les doy esa satisfacción y subo directamente, cargado o no, los dos pisos hasta llegar a casa. Muchos no se han puesto la mascarilla en los ascensores, ya fuera porque iban al garaje a por el coche o porque consideraban que su casa terminaba en la acera.

En el comienzo de la pandemia, algunos estigmatizaron sobre todo a las enfermeras y médicas (había bastante machismo en esto), que de aplaudidas en los balcones junto al personal sanitario pasaban a no serlo tanto en algunas comunidades de vecinos, que las rechazaban. Lo manifestaban en cartelitos dejados, entre otros lugares, en los ascensores.

Los ascensores de las estaciones del metro o de RENFE han sido marcadas con carteles señalando que solo subiera un pasajero y, por supuesto, como en toda la red de transportes, con mascarilla. Fue una de las reglas más pisoteadas desde el principio. He visto subir más de siete u ocho personas en ascensores. El verbo más usado en este tiempo por nuestros responsables en todos los niveles ha sido siempre "recomendar", como por ejemplo, "se recomienda que no suba más que un viajero" o fórmulas similares, como "se recomienda mantener la distancia de seguridad", aunque esta no se manifestara. Lo que está claro es que sea cual sea es distancia, se incumple en los ascensores en cuanto que suben dos personas "no convivientes" (otra fórmula para la Historia).

Hace tiempo que no tenemos una buena película sobre ascensores (las hay, como "Ascensor para el cadalso"), un lugar, como digo, donde se ven las maneras, buenas y malas, una vez desestimada la mesa, en donde se suponía que se podían apreciar la maneras, que son la exteriorización de lo que nos habita y nuestra forma de respetar a los demás. Hay mucha gente que ha hecho del ascensor su plató favorito para los selfies porque sencillamente se suele mantener la vieja costumbre de los espejos, antesala de las omnipresentes pantallas.

No divaguemos y entremos en lo que la gente quería saber sobre los ascensores y la reportera estaba dispuesta a investigar consultando a los expertos en esto de la retirada de las mascarillas. Vaya por delante en que muchos expertos no están de acuerdo con esta retirada gloriosa de las mascarilla, aunque no lo manifiesten directamente. Varios expresaron su opinión. Pero uno de ellos, tras afirmar que no era peligroso estar en el ascensor sin mascarilla porque se estaba en él muy poco tiempo (¿cuánto tiempo hace que no se ha quedado encerrado en un ascensor?), que las probabilidades de contagiarse eran muy bajas, soltó la temida frasecita: "...y si se contagia, pues mala suerte".

Debo confesar que un "experto" hablando de mala suerte me llamó la atención pues se supone que están hablando desde los hechos y las probabilidades y no del destino o suerte de cada uno. Aplicando este principio teórico no hacen falta mascarillas, señales de tráfico, pasos de cebra, ni siquiera Seguridad Social. Basta con la fe en la suerte, en tener un vidente o alguien que nos lea la mano, que interprete la posición de las estrellas en la fecha de nuestro nacimiento, etc.

Pero dándole vueltas al asunto, creo que es lo que en realidad esconde la postura oficial sobre la pandemia. Subamos todos en el mismo ascensor, dejemos las mascarillas, y los que enfermen, mala suerte. De los que se enfermen, tendrán mala suerte los que se mueran y no hay que darle más vueltas. ¿Para qué?

El gobierno lo ha intentado todo: ha cambiado los sistemas de conteo de casos, ha redefinido la gravedad y nos lanza a calles, a locales cerrados o abiertos, a los ascensores a que decidamos convirtiendo nuestras acciones en tiradas de dados en las que comprobar si hemos tenido suerte o no. Su obligación, se nos dice, es que haya sitio en los hospitales y en las UCI para atendernos, pensando, más que en nosotros, en el colapso del Sistema sanitario y, de forma especial, en su enfado por el desbordamiento de trabajos, la precariedad de los contratos y la falta de recursos destinados a la Sanidad.

Ahora los casos están subiendo y los "otros expertos" nos dicen que en dos semanas se verán los resultados de la Semana Santa de las Sonrisas y otras dos semanas después los resultados de esta retirada, ambas coincidirán.

De nuevo —¡qué casualidad!— es otro periodo vacacional el que nos marca el rumbo en esta país del ocio, propio e importado. Los medios se han lanzado a celebrar el éxito, la felicidad de la gente porque se han librado de las mascarillas..., pero no del virus. No hemos luchado contra el virus sino contra las mascarillas, las auténticas culpables de que la gente no vaya a los dentistas, a las peluquerías, a que se venda menos maquillaje, etc. ¡Perversa mascarilla!

Cualquier pedagogía que se haya realizado sobre eso tan bonito de la "gripalización" o de "aprender a vivir con el virus", se echa por la borda al pasar el mal del virus a la mascarilla. Eran las perversas mascarillas las que nos impedían vivir; esas mascarillas que han hecho ricos a sinvergüenzas comisionistas y pobres a honrados ciudadanos y ciudadanas que se privaban del cafelito por poder dar a sus familias esa mascarilla, por la que algunos hasta viajaban a Portugal, que las tenía más baratas en supermercados y a 2x1.

En mi caso, doy gracias a la suerte por vivir en un segundo piso y por estar en grupo de riesgo por la edad. Me pintaré más canas para que nadie me vea como un bicho raro, como un "negacionista positivo de la mascarilla". Diré que me viene bien subir por las escaleras o que lo hago por protegerles, que suban ellos y que la tirada de dados de la suerte les sea favorable. Y que si no lo es la primera tirada, y se contagian, la segunda, la de la atención médica, sí lo sea y les atiendan rápido. Y que si la segunda no lo es y tardan en atenderles, que en la tercera tengan toda la suerte del mundo y salgan de la UCI. No me atrevo a seguir deseando suerte a la gente porque no soy un experto. 

23/04/2022
 
13/09/2020

sábado, 23 de abril de 2022

El gran ojo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En casi todas las culturas existe un elemento simbólico para representar la vigilancia de nuestros actos, el ojo que todo lo ve. Con diferentes fundamentos mítico-religiosos, la mirada cenital cae sobre nosotros.

Hoy tenemos algo que, lejos de ser simbólico, se nos ha vuelto muy real: la mirada desde arriba. El cambio es que ya no es divina, sino tecnológica. Hoy somos observados de forma masiva desde una perspectiva superior en sentido físico. Es una visión desde arriba, en donde la altura varía desde la cámara instalada en una farola, el dron que nos sobrevuela, el avión que nos fotografía desde varios kilómetros o una mirada desde fuera del planeta, desde un satélite.

Tengo una alumna este año que estaba muy interesada en el uso periodístico de los drones y a la que le propuse que se adentrara en el papel que han tenido en la reciente erupción del volcán en La Palma. En ello está, con resultados interesantes que veremos ya en unas semanas. No hace mucho, se aprobó en mi Facultad un curso sobre "Periodismo de drones", un campo que se está constituyendo en una especialidad informativa y necesitada de regulación y garantías.

Chequeando 5/04/2022

Los drones son solo una forma de esas miradas cenitales que hoy han cambiado ángulo y perspectiva de la mirada. De esta forma se oponen las mirada humanas, que son las que nos transmiten hoy desde cámara y teléfonos, a las miradas verticales que nos llegan desde esas alturas mencionadas, esos ojos celestiales que ya no tienen nada de divinos y sí mucho de tecnología.

La primera página de RTVE.es se nos abre hoy con una mirada desde el cielo, una mirada que nos revela una terrible situación: 

El alcalde de la ciudad de Mariúpol, en el sur de Ucrania, Vadym Boychenko, ha denunciado la supuesta existencia de una gran fosa común en la que han podido ser enterrados entre 3.000 y 9.000 cadáveres. Se ha apoyado en imágenes vía satélite tomadas por la empresa estadounidense Maxar, la misma que difundió las imágenes de la concentración de tropas rusas en la frontera antes de que comenzara la guerra, hace ya 58 días. *

Todos los medios se están abasteciendo hoy de estas imágenes, hasta el momento reservadas a las grandes potencias que las manejaban para usos estratégicos. Sin rebuscar mucho, quizá haya que remontarse a la llamada "crisis de los misiles" de Cuba, con la que se produjo el enfrentamiento, en plena Guerra Fría, de Estados Unidos con la Unión Soviética a cuenta de las bases de misiles creadas en suelo cubano.

Hoy las miradas desde el cielo nos revelan constantemente una perspectiva imposible de lograr desde el suelo, dificultosa incluso para los aviones, que corren riesgo al sobrevolar determinadas zonas de conflicto.

La precisión de las imágenes pone en evidencia las declaraciones de los agentes involucrados. Cualquier cosa que se realice en espacios abiertos puede ser explorada desde el espacio, fotografiada y, si es conveniente, difundida.

Hoy, la mirada espacial —desde satélites o drones— nos muestra los efectos de la desertización al comparar imágenes de las mismas zonas con diversos lapsos de tiempo; las ciudades destruidas por los bombardeos que "no existen" según la potencia que bombardea, pero cuyos efectos son claros.

Uno de los ejemplos de mayor precisión lo hemos tenido con las imágenes de los cadáveres en las calles ucranianas. La combinación de imágenes horizontales, de las cámaras que nos mostraban a ras de suelo los cadáveres, con las imágenes que desde el espacio nos mostraban en secuencias el tiempo que llevaban allí ha sido uno de esos ejercicios reveladores que marcan, junto al dolor, el cerco a las negaciones de lo evidente.

¿Es la verdad la que nos llega desde el cielo? Desgraciadamente, todo lo que el ser humano construye y cuenta está sujeto a las propias imperfecciones, no ya tecnológicas, sino de la manipulación. 

Es en lo que se amparan los propios mentirosos. Sin embargo, el crecimiento de la mentira y la manipulación, desde la "realidad alternativa" y demás lucubraciones sobre la "imposibilidad" de alcanzar alguna "verdad", han obligado a plantearse diversas exigencias para evitar pensar que nada se pueda afirmar. Las formas de verificación han de caminar a la par que las de la posibilidad de engaño. Por eso hay que crear constantemente sistemas, organizaciones, instituciones, etc. de las que nos podamos fiar, entidades comprometidas con la verdad posible.

El papel del periodista ya no es solo informar, sino confirmar, verificar. Él puede ser el camino a la intoxicación de la opinión pública y eso exige una nueva forma de preparación más exigente, dotarle de instrumentos y tecnología capaz de hacer que sus lectores den por buena la información que les llega. Esto es una exigencia.

Las imágenes que hoy obtenemos de cámaras de seguridad callejeras o de entidades privadas, desde las terrazas de las casas mostrando lo que ocurre bajo sus ventanas, desde drones y satélites, etc. tienen un enorme valor que afecta, por el remodelado del espacio informativo en su conjunto, al fotoperiodismo, por un lado, y a las imágenes oficiales, por otro. En un mundo superpoblado de imágenes, la verificación y la privacidad se ven sometidas a prueba.

La mirada desde arriba es muchas veces automática, sin selección alguna; es fruto de la exploración continua, de un mirar sin cese sobre los mismos espacios. Es el cambio, la ocurrencia de algo nuevo en ellos, lo que determina su importancia. Desde el espacio, desde una esquina, solo se ve, pero es la percepción humana la que dará sentido, interpretación a lo que ha ocurrido ante la absoluta indiferencia de la máquina vigilante.

Esta mirada omnipresente de la que ya no nos podemos desprender tiene sus evidentes peligros. Hoy mirar es fijar testimonios, evidencias de lo que pasa que mañana pueden ser utilizadas por otros. Nos dicen que las tropas rusas han ido requisando o destruyendo los teléfonos de las poblaciones por las que pasaban. No han podido hacerlo con los satélites que los sobrevolaban con su mirada activa.

En un tiempo en el que desconfiamos de las palabras, las imágenes parecen querer sustituirlas reafirmando su verdad. Ver para creer, decimos. 

Solidaridad con el pueblo ucraniano


* "Ucrania denuncia una gran fosa común cerca de Mariúpol con miles de cadáveres" RTVE.es 22/04/2022  https://www.rtve.es/noticias/20220422/guerra-ucrania-rusia-mariupol-donbas-combates-jornada-58/2336600.shtml

viernes, 22 de abril de 2022

Le Pen, Merkel y Putin

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Las próximas elecciones francesas —y probablemente otras próximas en diferentes países— tienen lo que podemos llamar de forma general "dimensión europea", pero que se puede afinar como una "dimensión rusa". Si bien, en general, Europa condena la bárbara invasión rusa de Ucrania, las diferencias se comienzan a manifestar cuando se abordan las medidas que hay que tomar en el apoyo a Ucrania y, especialmente, en los efectos sobre los propios países.

En el diario ABC, su corresponsal en París, Juan Pedro Quiñonero, recoge los efectos del segundo debate presidencial y tras señalar la creencia en la victoria de Macron por parte de las encuestas realizadas, cierra su análisis así:

Desde hace días, la prensa europea de referencia política y financiera había insistido en la dimensión continental del duelo entre el presidente saliente y la candidata conservadora, que propone «desmantelar» la Unión Europea (UE), sustituida por una Alianza de Naciones Soberanas que debería tener, a su modo de ver, «relaciones privilegiadas» con Rusia.

En ese terreno, Financial Times, resume el debate con este titular: «Emmanuel Macron acusa a Marine Le Pen de dependencia de Vladimir Putin».

Desde esa misma perspectiva, la Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), presenta el debate con este titular: «Le Pen: "No deberíamos hacernos el harakiri para castigar a Rusia». Südetusche Zeitung prefiere insistir en el 'detalle' internacional más sensible del debate: «Macron acusa a Le Pen de depender de Putin».*


Más allá de la dudosa calificación de "conservadora" a la dirigente ultraderechista, la cuestión planteada es de crucial importancia porque supone un compromiso oficial en campaña, es decir, un proyecto para Francia y para Europa y sus relaciones internas y externas.

Lo expresado por Le Pen de una "alianza privilegiada" con Rusia va en contra de todo lo que en este momento se está manifestando de forma oficial por Europa, que es cómo reducir la dependencia creada en décadas con una combinación de ceguera e intereses creados, como se va desvelando al sacar a la luz todo el entramado político y económico tejido por Rusia en décadas.

A veces las cosas se comprenden mejor mirando hacia atrás, recuperando lo que la velocidad de vértigo de los acontecimientos ha dejado por el camino. Recupero un artículo de agosto de 2021, firmado por Xavier Colas en el diario El Mundo con motivo de la retirada de Angela Merkel,  que lleva por el hoy visto irónicamente título "Putin se despide de Merkel recordando que Rusia ya no quiere revoluciones":

Han sido una 'pareja' imposible pero longeva. El presidente ruso, Vladimir Putin; y la canciller de Alemania, Angela Merkel, se dijeron adiós en Moscú. Ella, al mando de la locomotora de la UE, dejará el poder el mes que viene sin haber atraído a Putin hasta la legalidad europea. Él ve marcharse a una interlocutora privilegiada, capaz de separar el gas de los derechos humanos pese a las presiones de EEUU. Él habla muy bien alemán y ella entiende perfectamente el ruso: suficiente para comprenderse sin estar de acuerdo, cada año, durante más de década y media.

[...]

Putin estaba más atento a los negocios. Aseguró que Rusia cumplirá con sus compromisos sobre el tránsito de gas a través de Ucrania a pesar de la nueva ruta en el Báltico, aunque condiciones. La principal pega al NordStream 2 ha sido que, además de aumentar la dependencia del continente respecto a Rusia, devaluaba el valor geopolítico de Ucrania, un país invadido y amenazado por Moscú y los separatistas armados. Si Ucrania deja de ser la tubería de los europeos, será más fácil prenderle fuego en el altar de una Rusia sin límites. Putin está dispuesto a seguir bombeando su gas a través de Ucrania después de 2024, pero para ello necesita detalles sobre futuras adquisiciones de combustible por la UE. "No podemos firmar contrato de tránsito hasta que tengamos contratos de suministro a nuestros clientes en Europa".**



El segundo párrafo citado explica mejor lo que está ocurriendo, pues anticipa lo que iba a ocurrir: al crear una vía alternativa a Ucrania para la conducción del gas, esta deja de tener valor. Putin no quería "revoluciones", pero sí una guerra depredadora que busca crearse —basta con ver el mapa de operaciones para entenderlo— una franja de seguridad de todo lo que es el sur y las salidas al mar, para lo cual ya se tragó Crimea.

La frase en negrita del artículo hace referencia a que mientras a Merkel le interesaban los derechos humanos, a Putin le interesaban los negocios. Esta fórmula en la que basta con poner sobre la mesa algunos problemas para seguir comprando y vendiendo se ha ido extendiendo de una forma bastante hipócrita. Su escenificación es sencilla: me reúno con el otro y le planteo algunos problemas en la rueda de prensa final, lo que en lenguaje mediático se llama una "postura firme", pero luego no actúo más allá, todo lo más una sancioncilla de nada para volver a casa dignamente y mantener el tipo ante mi electorado.

Hoy podemos interpretar de esta forma muchas de las reuniones internacionales. La retirada de Merkel es cada vez más interpretada por analistas como un punto crucial de este laberinto económico y político de la dependencia de Rusia, hoy claramente percibida como un arma planificada con la que piensa afianzar sus conquistas, término al que ya no hay que poner comillas porque es lo que mejor describe sus actuaciones.

22/09/2021

Putin ha esperado hasta el último momento para asegurar una crisis económica, de crecimiento, de inflación, etc. Las fechas de subida de la energía son previas a la invasión y no deben separarse de ella, forma parte de lo que hoy llaman esa "guerra híbrida" en la que se entremezcla la desinformación, la inflación, la agitación y la invasión, todas ellas acciones programadas y coherentes con los objetivos.

Europa está preocupada por las líneas ocultas de dependencia, como las que han salido con las elecciones francesas, de las deudas millonarias de Marine Le Pen con los bancos rusos, algo que se sabía desde hace tiempo, los apoyos que se señalaron ya hace tiempo de financiación del Brexit (una maniobra exitosa para el debilitamiento de Europa), los escándalos ucranianos sobre el hijo de Joe Biden solicitados por Trump para su campaña electoral y que se le frustraron, la dependencia alemana del gas ruso que ha hecho de Alemania un elemento de boicot a las demás medidas y con cuyo dinero se está financiando la guerra, los lazos de políticos europeos con empresas rusas y de rusos en empresas europeas... Es un sinfín de hilos en la telaraña que Vladimir Putin ha tejido sobre Europa.



Dirigentes, ex dirigentes y futuros dirigentes deben ser bien observados porque pueden saltar sorpresas en muchos países al ver que no les hacían ascos a las llamadas golosas desde Moscú. La pregunta sobre Rusia debería ser obligatoria en cualquier prográma político o electoral. Mejor evitar sorpresas.

El programa electoral de Marine Le Pen es un programa claro en dos sentidos: disolver la Unión Europea y tener a Rusia como socio preferente. Decir esto hoy, con miles de muertos por enterrar o enterrados en fosas comunes, con más de cuatro millones de desplazados por la invasión, es un insulto a la inteligencia francesa y europea. Llamarla "candidata conservadora" es un lapsus o un insulto a la inteligencia de los lectores españoles.


Lo que parece evidente es que los lazos creados con la Rusia de Putin van a ser determinantes en muchos aspectos de la próxima vida política europea y mundial. La "debilidad" que Putin ve en las democracias es precisamente la de la discordia, es decir, la necesidad de los dirigentes de justificar las privaciones a las que nos vamos a tener que enfrentar. Él no tiene ese problema dado el carácter autoritario, represivo y propagandístico de su régimen. Son dos modelos los que están frente a frente, por eso es escandaloso el programa de Le Pen y vergonzosas las reticencias de algunos países que no quieren (¿quién quiere?) ver frenado su desarrollo. ¿Ha mantenido Alemania su carácter de "locomotora europea" gracias a los beneficios del gas ruso? Es una buena pregunta que hace cuestionar a algunos analistas el legado de Merkel, ya que han sido esa década larga de amistad la que han creado esta dependencia.


¿Fue la retirada de la hoy silenciosa Merkel el disparo de salida de lo que está ocurriendo hoy? La cuestión no es trivial, aunque lo que importa ahora es cómo sacudirse esa dependencia que obliga a cambiar muertes por gas y trigo.

Que los lazos de Putin hayan apostado por Francia, con Le Pen, y con Alemania, con ex dirigentes silenciosos otros en consejos de empresas rusas; con la Italia de la ultraderecha de Mateo Salvini o los populismos nacional-derechistas en Hungría, por citar lo más evidente, es bastante significativo. Es el peligro que Francia debe conjurar este domingo en la urnas. De no hacerlo, el desastre está servido más allá de lo que podamos imaginar.

Los analistas del voto francés señalan que el máximo poder de Marine Le Pen se encuentra en las clases más desfavorecidas, en los que padecen más las crisis económicas y de empleo, la inflación, etc. Son las más proclives a este populismo nacionalista que responsabiliza a Bruselas de su pobreza y olvido. Si no se cortan estos discursos con hechos, con demostraciones de la preocupación real, no demagógica, de las instituciones, es cuestión de tiempo para que ese tercio de los votantes de la izquierda de Jean-Luc Mélechon, dispuesto a votar a Le Pen se amplíe y se extienda por esta Europa nuestra, huérfana de luces y lanzada a emociones peligrosas.


ElDiario.es 7/03/2022

* Juan Pedro Quiñonero "Macron gana a Le Pen en un debate marcado por las acusaciones de «dependencia» de Putin de la extrema derecha" 21/04/2022 https://www.abc.es/internacional/abci-macron-gana-debate-marcado-acusaciones-dependencia-putin-extrema-derecha-202204211016_noticia.html

** Xavier Colas "Putin se despide de Merkel recordando que Rusia ya no quiere revoluciones" El Mundo 20/08/2021 https://www.elmundo.es/internacional/2021/08/20/611fe986fc6c8357348b45e5.html

 


jueves, 21 de abril de 2022

A ver cómo va la cosa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Ayer asistí a dos actos públicos, un consejo de departamento (50-60 personas presentes) y la presentación de un libro de una compañera por la tarde (120-150 personas), lo que suponía un buen test sobre el uso de las mascarillas. Los dos reflejaron mucha precaución por parte de los presentes y una cuestión clara: el conflicto se traslada de nuevo a la gente.

El decreto de nuevo pasa la pelota a las empresas y a las personas. Nos dice que los que quieran lo podrán seguir llevando (¡estaría bueno!), que serán las empresas las que decidan si se lleva o no (decidirán los de Riesgos Laborales) y pone solo algunos límites entre los que se incluyen las farmacias y residencias de mayores, además del transporte público, y se vuelve a decir eso de "siempre que se pueda mantener las distancias" y todas esas fórmulas.

Era interesante ver cómo las personas coincidían en un mismo espacio con mascarillas y sin ellas, reflejándose el miedo, la prudencia y el desafío de una normalidad en la que casi nadie cree. Los había que conservaban las distancias y las mascarillas, los que llevaban mascarillas pero se reunían y finalmente, los menos, los que iban sin mascarillas y no mantenían las distancias. Todo un muestrario del estado interior de cada uno respecto a las normas y a la interpretación de cada cual en función del nivel de seguridad percibido y del propio análisis de la credibilidad.

Los expertos se curan en salud y ya empiezan a vaticinar las nuevas subidas tras la festiva Semana Santa. Hay dos líneas principales que se entrecruzan: la festiva, que presenta la retirada de la mascarilla como una celebración de la sonrisa y la felicidad, que anima a la gente a que se sume a la celebración mediante mensajes de playas, fiestas, brindis y niños saltan alborozados en sus clases; por otro lado, la crítica, que advierte que no hay que bajar la guardia, que el coronavirus sigue ahí, que apela a la responsabilidad individual frente a las medidas "liberadoras" y al sentido común. Me ha resultado interesante ver cómo algún experto que hemos visto en las televisiones hablando sin mascarilla ahora era entrevistado con ella puesta. ¿Casualidad?

De nuevo, el principal argumento del gobierno es que estamos vacunados muchos, que la presión sobre la sanidad ya no es tan crítica. La traducción es: si se enferma hay sitio y se morirá principalmente por no vacunarse o por ser persona de riesgo. Teniendo en cuenta que en gran parte el mayor riesgo es la edad y que vivimos en un país de viejos, ya sea en residencias, casas propias o con las familias, es comprensible que el  miedo a quitarse las mascarillas esté presente en mucha gente.

Casi todos los medios han salido a la calle a tantear el ambiente en esta fecha de quitado de mascarillas. En RTVE.es comienzan el recorrido así:

El primer día del fin de las mascarillas en interiores ha arrancado con cautela y dudas. "Aquí no sabemos si ponérnosla o quitárnosla", dice un trabajador a TVE. Lo cierto es que muchos comercios han amanecido este miércoles con ellas: la mayoría de los clientes y de los trabajadores se han resistido a guardarlas. “Nos da más seguridad”, explica la encargada de un centro de belleza madrileño. El cambio puede ser algo brusco, reconoce. Pero quizás en unas semanas, cuando entrar en un supermercado sin mascarilla vuelva a ser normal, todo cambie. “A lo mejor nos la quitamos, vamos a ver cómo va la cosa”, incide.*

La respuesta de mucha gente sigue siendo vertical "¿se puede?", cuando la esencial debería ser "¿se debe"? La tensión entre estas dos formas de plantearse el uso de las mascarillas es esencial para entender lo poco que han aprendido algunos (o lo poco que importa), algo que forma parte de la explicación del "miedo" del que hablan. Al virus no debemos tenerle miedo si se cumplen las normas. Pero no es el virus quien las incumple, sino las personas con las que nos relacionamos, de ahí que el miedo sea finalmente a aquel que no hace lo que debe. Son aquellos que no solo no llevan la mascarilla, sino que se te sienta al lado, sin mantener distancia alguna, que viajan sin ponérsela en el transporte público, etc.

Nos hemos empeñado en considerar la mascarilla como un "obstáculo" de la normalidad" y no como una protección contra la anormalidad que es el contagio. Lo normal sería protegerse y respetar las formas de protección. Sin embargo, hemos hecho lo contrario, hemos estigmatizado la mascarilla como un obstáculo, como una maldición. Esto hace mucho más difícil eso que a veces se dice pero no se practica, "convivir con el virus". No convivimos con el virus sino con ciudadanos a nuestro alrededor, personas responsables o irresponsables según se tercie.

De nuevo han vuelto las ministras a lucir sonrisas y a pedirnos que las luzcamos por calles, bares, fiestas y playas, que es donde se realiza esa vida productiva española. Lo peor es que esa sonrisa es un mensaje de autosatisfacción, como si se hubiera conseguido un objetivo, cuando la pregunta debería ser otra: ¿qué hemos hecho mal para tener más de cien mil muertes, cuántas se han debido a insuficiencia de recursos, mala gestión, etc.? Pese a los cambios contables, lo cierto es que nuestras cifras crecen de nuevo y los expertos advierten que habrá en poco más de una semana reflejo de las alegrías vacacionales, como las hemos tenido anteriormente tras los periodos de sonrisas vacacionales de todo tipo.

Las cifras serán cruciales en estos próximos días y cada cual pondrá el listón de la prudencia o de la imprudencia en su cota. De nuevo, tendremos que ser los ciudadanos los que tengamos que dirimir en los espacios dónde nos quedamos, si ventilamos, etc. La idea de "a ver cómo va la cosa" se acaba imponiendo y dependerá de ello lo que pase. La pena es que aquí los experimentos no se hacen con gaseosa, sino con vidas humanas. De nuevo chocan los conceptos de "normalidad", que en modo alguno debería ser en términos prepandemia, sino al contrario, sacando consecuencias de lo vivido para tratar de evitarlo. Con el virus presente, es solo cuestión de tiempo.


* Laura Gómez Sánchez "El fin de las mascarillas en interiores arranca con cautela y dudas: "Aquí no sabemos si ponérnosla o quitárnosla"" RTVE.es 20/04/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220420/fin-mascarilla-interiores-reacciones-cautela-donde/2334800.shtml