Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me ha llamado la atención que en estos días de desagracia ferroviaria muchas de las personas entrevistadas, personas invitadas por los medios a contarnos lo que han vivido recurrieran a la expresión "como de película" o algunas similares, con el mismo sentido. Hemos aprendido a percibir y valorar la vida por lo que los medios nos muestran. Algo "de película" es lo máximo en una extraña gradación que parte de lo que se nos muestra. Antes se hablaba de una "vida novelesca" o "de novela"; después ha quedado la expresión una "vida de película" para expresar lo extraordinario. "Parecía una película" sirve para valorar lo que hemos vivido, una forma de etiquetarlo y valorarlo.
Esto lo saben los que tienen por misión impactar, ya sea por lo comercial —hacer de un producto algo extraordinario— o incluso por la vía del terrorismo, otro fenómeno publicitario.
El atentado del "11 de septiembre" fue un "atentado de película". No solo se cometió el bárbaro acto, sino que resultó un deliberado ejercicio de espectacularidad mediática. La elección del objetivo buscaba lo simbólico, pero especialmente lo espectacular, que fueran imágenes que quedaran grabadas en la imaginación colectiva. Muchos las confundieron. Hoy se invierte el proceso y muchos filmes se han alimentado visualmente del atentado.
Hemos llegado a la perversión frecuente de seleccionar muchas noticias por sus imágenes y su capacidad de impacto. Lo primero que hacen los regímenes totalitarios es controlar la salida de imágenes, crear cortafuegos para evitar que puedan dejarles en evidencia. Se expulsa a los periodistas y fotógrafos de las zonas de conflicto para evitar esa foto —sobre todo fotos o vídeos— que nos destruya la imagen fabricada en nuestro favor.
Al final una guerra se concentra en el horror de una fotografía. Desparecen los muertos tras un número, pero queda uno, el que la cámara captó, que queda instalado en nuestras memorias, que pasa a representar esa guerra y quizá muchas otras.
La lucha informativa ya no es tanto por la compresión, sino por lograr la atención, por la permanencia de la noticia. Las cadenas televisivas compiten por lograr las audiencias, muchas veces en aspectos informativamente triviales. Resaltan el número de personas que han accedido, como se ganan terreno unas a otras, algo que han convertido en "noticia" dentro de sus propios informativos. El medio o el periodista pasan a ser parte del espectáculo, como ocurre con los "tertulianos", una "modalidad informativa" que busca la atracción hacia la forma. Hoy la modalidad tertuliana invade con programas que contienen acaloradas discusiones sobre la nada o la trivialización de los grandes temas en beneficio del atractivo de la discusión.
En RTVE.es incluyen un titular que recoge una petición desde Radio Nacional: "N nos olvidemos de Gaza". Es algo más que una petición. Puede que los problemas se acrecienten, que crezca, pero eso no garantiza su atención ya que rivaliza con otros focos de noticias. Su presencia no depende del problema real, sino del foco mediático puesto en él, y este se coloca en función de la "atracción" que pueda provocar en las audiencias, que es el objetivo real.
El uso de la curiosidad en la titulación es otro fenómeno revelador. El titular ha cambiado de informar a buscar el atractivo del desconocimiento, para lo que se eluden datos. Una noticia intrascendente se puede esconder tras un titular que pique la curiosidad de los lectores. Todo lo que antes era una forma defectuosa de titulación se ha convertido en una forma de atraer lectores hacia la nada.
La perversión de los objetivos informativos se manifiesta en una creciente pérdida de información, lo que nos lleva a una pérdida de sentido crítico, algo esencial en las sociedades democráticas, donde la opinión es algo más que el resultado de las visitas a las páginas o lo espectadores televisivos. Sin buena información somos más manipulables. El problema hoy es que la manipulación no tiene necesidad de ser "política", aunque no deja de serlo, sino que se basa en la dirección de la atención hacia otros lugares más rentables desde otros puntos de vista, como es el comercialismo y el consumo.
Y lo primero que se consume es el propio medio. Ya no se trata del mcluhaniano "el medio es el mensaje", sino de algo más: el medio es el producto y la noticia el papel de envolverlo. Se crea así una relación peculiar —podríamos decir "perversa"— entre la noticia y los acontecimientos, por un lado, y entre la noticia y su receptor, lo que lleva a una comprensión distorsionada de muchos acontecimientos.
Quizá estos problemas se han dado siempre, pareo ahora en un mundo global e híper mediático, con el problema creciente de los "fakes" de todo tipo que buscan atraer nuestra atención, se hace más acuciante el ser conscientes de ello y sensibilizar a los medios y especialmente a los profesionales de la información que su función no es acumular lectores, que eso es solo el resultado, y que debería ser por la calidad de la información, entendida esta como la ayuda a la mejora de nuestra comprensión de los acontecimientos.





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