domingo, 19 de abril de 2020

Singapur y las segundas oleadas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nada hay más humano que ver el mundo como queremos que sea y no como es. Y si esto es siempre muy peligroso, lo es más si se trata de la situación actual, la pandemia del COVID-19. Si no se lucha contra esa tendencia son muchos los riesgos que se corren pues si algo necesitan los malos tiempos es realismo. Solo enfrentándose a la realidad se sale adelante.
El ejemplo más claro de la negación de la realidad lo tenemos en Donald Trump y en las consecuencias de su "optimismo". Si repasamos —como otros hacen detalladamente— sus sucesivas visiones de la situación, veremos que no son más que deseos disfrazados de voluntarismo, un intento de convencer a los demás sobre cómo deben ver el mundo, por más que el mundo le deje en evidencia todos los días.
Más allá de Trump, muchos juegan con poner sobre el tapete fechas y futuros "normales". No sabemos nada fechas ni de lo que va a ser la "normalidad futura". Sencillamente, la propia naturaleza de la pandemia —dinámica y sorpresiva— impide hacer demasiados cálculos sobre el futuro. El COVID-19 está resultando más complicado que otros casos por la velocidad de los cambios, por la velocidad de su expansión, por lo oculto de los contagios, por las diferencias grandes entre la gravedad de unos y otros (de no enterarse a morirse). La velocidad de expansión ha añadido otro factor más, las diferencias socio-culturales como un factor determinante ya que está afectado a muchos países muy distintos a la vez. De final de año hasta el momento, el mundo ha quedado cubierto —solo la Antártida, nos dicen, está libre por ahora— por el coronavirus, lo que implica un éxito evolutivo sin precedentes. En el nivel micro, esto es una lucha biológica; en el medio una "enfermedad" y en el macro una "pandemia".

La confusión de lo biológico, lo personal y lo social no es bueno y plantea cuestiones del tercer nivel (por ejemplo, la economía) cuando no se han resuelto las de los niveles anteriores. 
El único medio efectivo hasta el momento, mientras no podamos actuar sobre el nivel micro (una vacuna), es lo que se nos dice: distancia (la mayor posible), higiene y protecciones adicionales. Lo demás es asumir riesgos que podemos evaluar. Pero sabiendo que son riesgos. Lo peligroso es cuando pensamos que porque se busque una hora para que salgan los niños eso significa que hay "seguridad"; no la hay si no se toman las mismas medidas que en cualquier otro caso. No hay seguridad, solo nuestra presión para conseguir lo que queremos que se nos permita. Unos será por los niños, otros por la economía, otros el turismo, la cultura, etc. Al COVID-19 le da igual.

La rapidez de la expansión y la forma de los contagios nos plantea muchos interrogantes y cada interrogante es un porcentaje mayor en el riesgo. Por ejemplo, hemos asumido que una vez contagiado y pasada la enfermedad no se vuelve a contagiar: hemos visto que no es así y que hay gente que está volviendo a dar positivo; creíamos que solo los mayores de cierta edad estaban en riesgo y que los jóvenes eran inmunes: tampoco es cierto, pero a los jóvenes les gustaba creerlo; hemos creído que la distancia entre 1 y 2  metros garantiza la seguridad: tampoco es cierto, pues hay muchas variables, del viento existente al movimiento o las condiciones atmosféricas; cada día escuchamos y leemos de curas milagrosas por fármacos prometedores, existentes o en proceso: tampoco funcionan o pueden ser incluso contraproducentes, con fuertes efectos secundarios.
Tenemos —porque no interesa creerlo— que esto tiene plazo fijo. Es sorprendente cuando leemos que se espera volver a la "normalidad" en septiembre o a finales de año o cualquier otra fecha. ¿Qué es la "normalidad" en estos casos? En algún momento, efectivamente, habrá que volver a las actividades a las que se pueda volver. Pero no lo llamemos "normalidad", sino "adaptación" o como queramos, pero no pretendamos imponer nuestra idea de lo normal a la naturaleza porque ignorarla suele tener consecuencias graves.
Son muchas las voces que advierten de las consecuencias de los retornos precipitados. Los dos conceptos "retorno" y "precipitados" pasan a tener sentido relativos: ¿a qué "retronamos" y qué es "precipitado" si no sabemos hacia dónde vamos?
Buscamos con ansiedad modelos que funcionen, ejemplos que seguir, pero nos damos cuenta que son alegrías en casa del pobre, por decirlo así, que el éxito dura poco ya sea por que los datos son incorrectos o porque se han ocultado casos y consecuencias por motivos internos (del temor a un estallido social antigubernamental a una mala interpretación de la invulnerabilidad propia)
En la CNN encontramos el caso de Singapur, con el siguiente titular:

Less than a month ago, Singapore was being hailed as one of the countries that had got its coronavirus response right.
Encouragingly for the rest of the world, the city-state seemed to have suppressed cases without imposing the restrictive lockdown measures endured by millions elsewhere.
And then the second wave hit, hard. Since March 17, Singapore's number of confirmed coronavirus cases grew from 266 to over 5,900, according to data from Johns Hopkins University.
Less than a month ago, Singapore was being hailed as one of the countries that had got its coronavirus response right.
Encouragingly for the rest of the world, the city-state seemed to have suppressed cases without imposing the restrictive lockdown measures endured by millions elsewhere.
And then the second wave hit, hard. Since March 17, Singapore's number of confirmed coronavirus cases grew from 266 to over 5,900, according to data from Johns Hopkins University.
While in the worst-hit countries of western Europe and in the US, thousands of cases are being reported every day, Singapore has a population of 5.7 million people and a total area of around 700 square kilometers -- it is smaller than New York City -- meaning those numbers are more significant.
But Singapore also has advantages that many larger countries don't. It only has one major land border, with Malaysia, and can keep a tight control on people entering by air. It also has a world-class health system and a propensity for somewhat draconian rules and policing that can benefit a government when trying to control a pandemic.
So what went wrong?
The answer appears to lie in overlooked clusters of cases among migrant workers living in cramped dormitories and an underestimation of the speed at which those infections could spread through a city where lockdown measures had not been put in place.*



Los dos factores tienen distinta consideración pero parte de considerar a "los inmigrantes" como algo colateral al propio Singapur y no parte de su misma realidad. Para el coronavirus no existen Singapur ni el "migrante", trabajador o turista. Solo existen oportunidades y eso que llamaron "normalidad" lo favorece. Para Singapur, las condiciones de los trabajadores son su "normalidad", para un coronavirus como el COVID-19 es una ocasión de expandirse. Y, como se señala, a enorme velocidad porque las condiciones así lo permiten.
Focalizar en los trabajadores inmigrantes es también una forma peligrosa de abordar el problema porque las circunstancias no obedecen a su voluntad, sino a algo que ellos no pueden variar: las condiciones de su hacinamiento. Es un factor económico y cultural el que establece las diferencias entre unos y otros, pero finalmente, son todos los que lo pagan con su contagio. La velocidad es el factor determinante pues lo que indica que el aislamiento de Singapur era ilusorio.
En el artículo de Griffiths se señala:

It's unclear whether those infections were from migrant workers coming in from outside, or if the virus was circulating among the largely-untested population for some time. What is evident is that the conditions that workers live in made effective social distancing -- or "home" quarantine -- next to impossible, making it easy for the virus to spread.
"The dormitories were like a time bomb waiting to explode," Tommy Koh, a Singapore lawyer and former diplomat, wrote in a widely-shared Facebook post earlier this month. "The way Singapore treats its foreign workers is not First World but Third World. The government has allowed their employers to transport them in flat bed trucks with no seats. They stay in overcrowded dormitories and are packed likes sardines with 12 persons to a room."
Koh added that "Singapore should treat this as a wake up call to treat our indispensable foreign workers like a First World country should and not in the disgraceful way in which they are treated now."

Más allá de los aspectos morales que nos surjan por el tratamiento de los trabajadores y sus condiciones en Singapur, el hecho es que no se puede establecer una distinción dentro del propio espacio social. Confinar a los trabajadores en esas condiciones no solo no ha servido de nada, sino que probablemente ha acelerado la transmisión y por ello el contagio. Recordemos lo ocurrido con los cruceros en los que se dejó a la gente a su destino; aumentaron los casos. Los  El COVID-19 no desaprovecha la ocasión, como muestra el caso. El confinamiento en sus dormitorios creó una imagen de falsa seguridad para los que estaban fuera, pero dentro, como bien se señala, era una bomba de relojería.
Quizá la idea de la "bomba" nos dé una imagen engañosa; no es tanto una explosión como una expansión a una velocidad determinada por la proximidad y las relaciones, a mayor proximidad se da mayor velocidad y, por ello, mayor número de casos. De hecho, la "velocidad" no es más que el número de infecciones en el tiempo.


Lo social, el tercer nivel, es el acelerador de los contagios, como muestra el caso de Singapur, donde el hacinamiento de los trabajadores ha provocado el regreso de la pandemia con mayor virulencia en una segunda oleada. La vuelta al trabajo ha dejado en evidencia al sistema y lo ilusorio de sus medidas preventivas. 
Es un caso sobre el que se nos advierte continuamente —la segunda ola—, probablemente más peligrosa, cuando pensamos que el hecho de reducirse el número de casos nos permitirá la vuelta a una normalidad, al antes de la pandemia. No puede ser así, so pena de volver a empezar. Las bajas sucesivas en los servicios médicos y en los demás sectores que están en el frente de lo indispensable, puede pasar factura por estar mucho más debilitados en la segunda oleada. Los fallecimientos de profesionales así lo muestra.
En estos momentos la lucha es por evitar contagios y por salvar la vida de los que lo están. Junto a esto, lo que viene es la detección de los asintomáticos, cuyo número es realmente un misterio, y un desafío para los modelos matemáticos de predicción, que tienen su función, pero no son un retrato realista. Mientras unos luchan por atajarlo, otros lo hacen por conocerlo en sus diferentes dimensiones, pero hoy —como señalamos al principio— hay demasiadas incógnitas como para sentirnos demasiado seguros de que podamos definir un futuro próximo de normalidad a la antigua usanza. 



Mucha vigilancia, mucho sentido común y tener la capacidad de sobreponerse a los propios deseos y diseñar sobre lo conocido y lo posible. Tenemos el modelo de Singapur y el exceso de confianza; tenemos el ejemplo de lo que ocurre en los Estados Unidos y la evolución que lleva. Tenemos también distintos modelos en Europa, que dependen de factores que van de la autodisciplina social al modelo económico, de la solidez del sistema sanitario a las relaciones familiares. Por eso se trata de investigar por un lado pero también de desautomatizar hábitos personales y ritos sociales para adecuarlos a los nuevos tiempos. Igual que podemos manifestar nuestro afecto sin estrecharnos las manos o besarnos, podemos modificar muchos actos cotidianos y ponérselo un poco más difícil al COVID-19.


En una crisis sanitaria como esta no se trata solo de preguntar qué hacen por mí, sino que igualmente podemos preguntarnos qué hacemos por los demás. Demasiadas alegrías solo traerán más contagios y más inseguridad. Preguntamos mucho pensando que hay respuestas y muchas veces no las hay. No todavía. Por eso el sentido común sobre la salud debe ser prioritario. Lo contrario será irresponsable y dañino. 
Estados Unidos, el país que más presumía de no contagiarse, es el más contagiado; el país con más muertes es el que quiere abrir cuanto antes. ¿No aprendemos? Puede que no.  Cuando faltan conocimientos, lo mejor es moderar el paso. Pero a algunos les gusta lanzarse de cabeza a las piscinas sin saber la profundidad o, peor, si hay agua. 



* James Griffiths "Singapore had a model coronavirus response, then cases spiked. What happened?" CNN 19/04/2020 https://edition.cnn.com/2020/04/18/asia/singapore-coronavirus-response-intl-hnk/index.html

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