miércoles, 16 de diciembre de 2020

Discrepa, que algo queda

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)




Necesitamos con urgencia una teoría de la discrepancia, aunque probablemente no nos sirva de mucho. Una teoría es un intento provisional de explicar algo, de intentar introducir el entendimiento, de satisfacer la curiosidad, de probar. Es un "a ver si lo he entendido", en términos coloquiales.

La necesitamos urgentemente porque los niveles de discrepancia están llegando a ser asfixiantes por omnipresentes. No soy nadie si no discrepo. "Discrepo luego existo", parece ser su fórmula reduccionista y pragmática, algo que todo el mundo puede entender. "Yo soy yo y mis discrepancias".

Le doy vueltas al asunto mientras me preparo el primer café descafeinado de la mañana, después de que los titulares de las 6 de suman en la preocupación ... "Discrepancia entre los socios de gobierno", "Discrepancia entre gobierno y oposición", por la parte nacional; mientras que fuera el mundo se alinea igualmente: "el ochenta por ciento de los votantes de Trump siguen discrepando del resultado electoral", lo que es discrepar de la urnas, de los jueces, del Tribunal Supremo, del Colegio electoral... de la realidad misma.

La discrepancia se ha convertido en una forma de vida, en un estado equidistante del ser respecto a otros seres, en una versión amarga del "Tú a Boston y yo a California", en donde dos seres iguales van en direcciones opuestas para no ser confundidos, el gran error en una sociedad de apariencias. La discrepancia es la base de la definición, me digo. La propia vida funciona así con la especiación, nos dicen los biólogos. Dos especies son distintas, explican, cuando ya no pueden aparearse. Y aquí, "aparearse" no es precisamente el término que se utilizada, aunque haya alguna aproximación semántica.

La discrepancia constante, la discrepancia que busca el aplauso tiene algo de la reafirmación adolescente, del llevar la contraria a todo para forjarse una identidad. Creo que habría que recurrir a la Psicología de la Adolescencia para reinterpretar estas afirmaciones por negación, este "antes muerto que en acuerdo", con el que nos aburren cada día.

Cuanto más pequeño es un partido, necesita una mayor discrepancia, de órdagos mayores. La ausencia de responsabilidad es precisamente lo que provoca la irresponsabilidad discrepante necesaria para marcar fronteras, como los perros marcan esquinas y árboles.

Es mucho más fácil discrepar, por supuesto, que llegar a acuerdos, que implica tener ideas claras. Con acuerdos siempre puedes ser tildado de "traidor", de "flojo", de "primo". Lo harán los que van detrás de ti o a tu lado, como buitres, recogiendo tus concesiones y elevándolas a dimensiones estelares de discrepancia. El universo se expande, nos dicen, las galaxias se alejan unas de otras llenando creando el espacio. Nuestro universo político discrepa a velocidades galácticas, alejándose unos de otros sin encontrar agujeros de gusano por los que romper barreras y dar el salto espacio temporal.




Lo malo es que el número de discrepancias es finito, mientras que la intensidad parece inagotable. A ellos no se les agota, pero a los que vivimos el espectáculo desde el Monte Palomar, se nos agota la paciencia observadora ante el espectáculo. Es como asistir a un ciclo wagneriano que enlazara con el último grito de la diva en la obra final con el primero, comenzando de nuevo. Y así hasta el infinito. Acabarías pronto harto de valquirias y nibelungos. Pues algo así me está empezando a pasar y supongo que a muchos les habrá pasado ya.

Alguien, algún teórico, asegura que el acuerdo es el principio del fin. El día en que dices sí te has buscado la perdición. De nuevo, adolescencia inmadura de la política, falta de responsabilidad y, sobre todo, de compromiso positivo. El negativo, en cambio, es la promesa a las huestes de que nunca cederás, que tu cruzada es infinita porque los peligros acechan.

Lo preocupante es que ya todos están haciendo "populismo", sin ser conscientes algunos. Se han dejado llevar por la discrepancia, que es el eterno llevar la contraria y la percepción de los acuerdos como trampa saducea.

La base de la democracia es aunar el mayor número de puntos en común, mientras que esta democracia populista que vivimos se nutre de acumular desacuerdos. No se habla con el otro más que para no acordar nada; se hace para confirmar el desacuerdo.

Joe Biden dice que hay que superar los desacuerdos, que va a gobernar para todos y sanar las heridas. No he dicho las "viejas heridas", como requiere el tópico porque no tienen nada de viejas, son recientes, actuales, actualizadas, "heridas 2.0", que dirían ahora. Lo viejo es el "hardware" mientras que el software retórico se renueva para parecer dinámico y enganchar al público.



Y aquí comienza lo malo. Nadie discrepa en silencio, en lo alto de una montaña o en mitad del desierto. No, la discrepancia es ruidosa por naturaleza; su función precisamente es atraer la atraer la atención, seducir, encontrar adeptos a los que hay que calentar para que aplaudan nuestro desencuentro. Es un movimiento doble de repulsión y atracción. Cuanto más me enfrento al otro, más me uno a los míos. De nuevo, el ejemplo del trumpismo es muy claro. Pero no hay que cruzar el océano. Lo tenemos con igual claridad, aunque con variantes distintas, entre nosotros.

Una generación de políticos sin ideas, pero con enorme entrenamiento mediático, ha descubierto que la gente les atiende más cuando se dedican a poner verde a sus opositores, cuando los estigmatizan, cuando los convierten —como hicieron los nazis— en "inhumanos". Mira por donde, los métodos totalitarios empiezan a estar de moda. Pero, cuidado, aquí se pasa del estilo comunicativo a comunicarse con navajas y pistolas, como ha mostrado la política norteamericana. Cada vez se resuelven más cosas de forma callejera y la calle, como se decía antes, es una escuela de malas costumbres.

Los noticiarios nos muestran calles iracundas por todo el mundo. Es el recorrido de la discrepancia de base, la conversión del planeta en la acera de la protesta. Las imágenes de las manifestaciones de ayer en Ucrania no muestra la pancarta absoluta, la discrepancia total: un dedo agresivo. No hace falta más. Acabará siendo el icono universal de la discrepancia y ya se ve por otras discrepancias.



Sigo pensando que las sociedades democráticas modernas deben ser sociedades de avances compartidos, de acuerdos sensatos. La política ya no es lo que era. No busca gestionar las mejoras sociales, sino mantener el poder desde la creación de barreras divisoras, de "votantes cautivos" y "cautivados" por la retórica del enfrentamiento, de satanización del otro, del que se discrepa por sistema. El "sí" requiere cierta competencia intelectual; el "no" necesita solo de la ridiculización del otro, de reducirlo a caricatura satánica. Se disfraza como ideología lo que no es más que obstinación y falta de miras.

La discrepancia no es mala per se. Es mala cuando forma parte de una estrategia. La democracia es partir de discrepancia hacia acuerdos y no al contrario, romper acuerdos, convivencia para incendiar las relaciones sociales. La discrepancia positiva lleva a las mejoras; la discrepancia por sistema impide consolidar nada y tiene efectos de retroceso, genera violencia innecesaria, produce falta de metas... Poco progreso hay en ella. ¿De qué sirve aprobar una ley que ya se anuncia será cambiada cuando se cambie el poder? Se convierte en un argumento: hay que ganar para que no te cambien la ley que tú querías. Así se monta la estrategia de la discrepancia activa y permanente.

El problema es que estamos creando demasiadas discrepancias sobre el tablero de juego. La política cizañera avanza en todo el mundo. Lo hace intensificando las discrepancias y pidiendo a la gente que se sume a ellas, que se dé un baño de negatividad emocional. Esto ocurre en una vieja democracia en crisis, como la norteamericana, pero también en jóvenes democracias, como la española. Allí donde no es ni vieja ni joven ni es democracia se ha intensificado el totalitarismo, fenómeno creciente, ahora y antes aplaudido por las masas discrepantes.

Hace falta "buena voluntad" para que haya paz en la tierra. Pero los señores de la guerra prefieren otra cosa. Atacó mi tercer café dándole vueltas a esa necesaria (aunque inútil)  teoría de la discrepancia.



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