miércoles, 4 de agosto de 2021

Odio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)



El tiempo del confinamiento está siendo especialmente intenso en un sentimiento que representa lo peor del ser humano, el odio. Leo en RTVE.es el artículo titulado "Aumenta el odio a la discapacidad: más delitos que perseguir y menos barreras para denunciar", firmado por Jessica Martín, y no dejo de sorprenderme.

En estos tiempos hemos visto el odio relacionado con la xenofobia y el racismo, por un lado, y contra la diversidad sexual, por otro, como más frecuentes. Debo reconocer que la lectura me ha dejado bastante descolocado.

Las brutales palizas —algunas con muertes como resultado— propinadas a personas que hemos presenciado en estos últimos días hacen saltar las alarmas de nuevo, pues llevan mucho tiempo sonando sin que nadie haga algo para frenarlas.

Ayer, uno de los Jefes policiales que explicaban uno de los últimos actos violentos decía que personas que no tenían contacto con la víctima fueron saliendo de diversos locales sin saber qué ocurría pero teniendo claro lo que iban a hacer: agredir a la víctima. No les importaba qué pasaba. Cuanto más se explica, menos se comprende.

Podemos decir que somos una sociedad enferma. Lo somos. Parte de nuestra enfermedad es negarlo. Vivimos en una especie de situación de bipolaridad entre lo social y lo individual, en donde lo uno no corrige lo otro. No hay una sociedad con proyecto, con sentido de unidad y de responsabilidad conjunta, sino unas agrupaciones en burbujas comunitarias en las que se vive con las propias reglas. Es, en cierto sentido, una tribalización. Es lo que explicaría en parte ese sentido de grupo que ha supuesto ir a matar a golpes y patadas a alguien sin saber por qué, solo porque la "tribu", el "grupo" lo demanda. Matas primero y te aclaras después.

Esto es especialmente grave en la medida en que esta forma de violencia está formando parte de los ritos de paso de unos sectores de edad, especialmente entre los jóvenes, que es donde la experiencia de grupo se vive con más intensidad antes de pasar a otros tipos de grupos derivados de las situaciones familiares o laborales.



Sin embargo, la dureza de la sociedad que estamos haciendo hace que esos nuevos grupos no sean satisfactorios y se añoren los lazos de grupos anteriores, básicamente emocionales, lazos primarios. Esto crea diversas barreras en las personas que hace que la violencia estalle en cuanto que hay ocasión. La frustración que se percibe en amplios sectores es una forma enquistada que sale con estos estallidos irracionales de violencia e ira.

Cada vez vemos más fenómenos de este tipo, grupos violentos con respuestas violentas. La pandemia está haciendo aflorar muchos de estos comportamientos porque supone una mayor presión sobre las personas al no poder satisfacer muchas de sus aspiraciones que les permiten desahogarlas regularmente.

El odio empieza a vincularse a muchos delitos y no es sencillo hacerlo en muchos casos por la propia irracionalidad del acto delictivo. Hay actos que buscan un objetivo específico —un objeto de odio—, pero otros son el estallido irracional de la violencia que solo busca una excusa para salir.

Tras analizar el aumento de los casos de delitos de odio, leemos en el artículo de Jessica Martín:

 

Casos como estos podrían estar ligados, dicen, al clima general de crispación e intolerancia que se vive en el presente, una realidad que desde las entidades piden frenar cuanto antes en beneficio de todos:

"Últimamente se están radicalizando los mensajes, hay un clima que favorece el odio y la intolerancia. Nos olvidamos de las personas (...) Es imprescindible pedir también que se rebaje el tono político, muchas veces haciendo referencia a cuestiones sobre colectivos vulnerables. No pueden ser armas arrojadizas que se utilicen para otro tipo de cuestiones", sostiene el director general de Plena Inclusión Madrid, Javier Luengo.*

 


Desgraciadamente, vivimos en una sociedad sin liderazgo o, si se prefiere, de deterioro de este. Ese "clima general de crispación" se ha convertido en una coletilla en las crisis, es ya como un decorado ante el que transcurre la vida cotidiana. Se ha convertido en una "explicación no-explicación", en algo que se da por hecho y frente a lo que hay muy poco que hacer, una fatalidad.

Es urgente intentar comprender esto, pero es difícil en una Sociedad del Ruido (más que de la Información). La trivialidad la recorre en medio de una grandilocuencia cacofónica,  grandes falsos mensajes que se desvanecen cuando dejan de sonar. No hay contenido entre el "minuto de silencio" y la "manifestación reivindicativa", son los gestos que no implican precisamente lo más necesario: la comprensión de los hechos para poder combatirlos.

Que se puedan calificar como "delitos de odio" los ataques a personas con discapacidades, que sufran por el hecho de serlo discriminación o burlas, resulta incomprensible y nos retrotrae a un estado salvaje donde al más débil se le lanza por un acantilado.



Pero ¿no tuvimos ocasión de ver al entonces presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, burlarse en un mitin, públicamente, de un periodista con discapacidad, imitando burdamente sus movimientos descontrolados? Trump es Trump y no podemos esperar más de lo que vemos. Pero los que le aplaudieron en aquel mitin eran muchos, los que le rieron la gracia o la disculparon después son una importante bases social. Hay un solo Trump, pero hay muchos trumpistas por el mundo. Lo que era deleznable para cualquiera, lo era mucho más a manos del presidente de los Estados Unidos.  Sin embargo, no se le juzgará por esto.



Es urgente comprendernos, explicarnos, saber sobre esta irracionalidad que lleva a la negación de la convivencia, de valores colectivos, compartidos. Sin embargo, no parece factible. Nuestros focos están en otros lugares, en gran parte dirigidos. Carecemos de personas que nos digan lo que no queremos escuchar, de referencias morales. No es casual que sean niñas —Malala, Greta— las que nos sirvan de referencia en un mundo donde los adultos viven sin guías y de forma sombría. Ellas representan la solidaridad y entrega de las que carecemos como sociedad. Son la esperanza de que llegue lo que hemos perdido, que lo podamos recuperar.

Las imágenes del incendio de un centro de vacunación en Polonia se deben sumar a esta forma de odio, en la que se busca continuamente lo que nos divide y no lo que nos une, que parece finalmente una quimera.



No hay sentimiento más destructivo que el odio. Aquel que necesita del odio para sentirse vivo es el resto más triste de humanidad. El odio crece cuando las personas sienten que son diferentes, que no importan y que no les importa el mundo que les rodea. El odio se alimenta y realimenta en estos grupos que hoy disponen de importantes lazos tecnológicos para mantener el odio vivo. La circulación de estos mensajes fortalece los lazos e intensifican el odio, que va buscando las víctimas en las que cebarse en cuanto que haya ocasión. Es un odio en espera permanente.

Creo que junto al odio hay fondo de violencia reprimida que se redirige hacia esos objetos con los que descargarse. Somos una sociedad violenta. Hemos incorporado formas de violencia sutiles en nuestra vida cotidiana, que desfilan ante nosotros como normalidad. No es solo la violencia física; esta no es más que la manifestación de lo subyacente.  Es un tipo más profundo de violencia que hace de cualquier actividad un enfrentamiento, con lo que se genera un eterno rencor que hace que se aplique a los otros. Y son esos "otros" los que enmarcamos para justificar desahogar nuestra violencia. Hay un odio que se enseña y transmite, pero hay una violencia que busca racionalizarse en el odio dirigido hacia un grupo definido, con mayor o menor amplitud.


El odio siempre busca donde descargar su violencia. Tiene que existir un grupo objetivo que es el que nos justifica en la descarga. Eso afecta a un equipo rival, al inmigrante, a la persona con una identidad sexual diferente a la nuestra, a la misoginia, a las personas de otro barrio... y ahora, según parece, a las personas con discapacidades. Las excusas son cada vez más débiles, menos necesitadas de justificación

Odio y fanatismo, odio y discriminación, odio y envidia, odio y frustración... Los pares son muchos para adaptarse al momento violento en el que descargarlo. Necesitamos hablar y reflexionar, observar cómo se produce, quiénes lo fomentan y buscan, quiénes lo jalean y justifican. Necesitamos darnos cuenta de cuán destructivo es el odio y lo que nos está haciendo. 

 

 

* Jessica Martín "Aumenta el odio a la discapacidad: más delitos que perseguir y menos barreras para denunciar" RTVE.es 3/08/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210803/delitos-odio-personas-discapacidad/2141480.shtml



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