martes, 6 de octubre de 2026

El apocalipsis electoral

 Joaquín Mª Aguirre

Estas elecciones se presentan apocalípticas según los partidos. El mensaje es sencillo: si no se les elige a ellos, llegará el fin del mundo, al menos del conocido. La campaña se ha iniciado desde el momento mismo en que se anunciaron las elecciones, ayer mismo a primera hora. Mientras todavía especulábamos sobre si se adelantarían las elecciones, ya estaban dando el mitin.

A unos le ha pillado el anuncio mejor colocados, a otros con la casa empantanada. Pero las líneas ya están claras, las estrategias generales definidas.

a) Si no gobernamos nosotros llegará el desastre.

b) Todo lo malo viene de etapas anteriores, con los otros al frente.

c) Lo que no se ha hecho, lo que no se hizo, fue porque el otro lo impidió, puro sabotaje.

Con estas sencillas líneas, cada uno en su versión, pero manteniendo el guion básico, comienzan lo que algunos llaman la "pre campaña". Esto es relativamente cierto pues en la política española actual todo es campaña, solo varían las formas o las maneras de presentarse.  Desde el momento en el que los comunicólogos, pragmáticos ellos, sustituyeron a los ideólogos, marcaron un único punto en su programa electoral: ganar. Todos los caminos llevan a la "Roma española", a La Moncloa y sus aledaños.

Esto ha generado un tipo especial de político muy diferente al modelo anterior, que se basaba en otro tipo de experiencias y principios. El nuevo político es circunstancial y desmemoriado, es decir, puede decir lo contrario de lo que dijo si las circunstancias así lo aconsejan. De esta forma le ha recordado (¡Ay las grabaciones!) a Sánchez sus palabras, firmes y convincentes, de que no aceptaría la puerta trasera de la Diputación Permanente para aprobar nada, mientras que ahora todos sospechan que es lo que hará para lo que presente para el "problema" de la vivienda.

No sé si es bueno que hayan coincidido (o provocado) las elecciones con las marchas y acampadas por un problema que es algo más que político, pero muy aprovechable  para las disputas. La tranquilidad y el tiento que este problema requiere no casa bien con la desmesura y distorsiones de una campaña electoral que ya se anuncia como a cara de perro, bronca y sin límite por lo que todos se juegan.

Las tres líneas señaladas anteriormente ya están funcionando. La línea del final apocalíptico si gana el otro funciona en la gran polarización que se ha construido. Es una táctica eficaz que tiene sus efectos, el primero de ellos, es la conversión de la otra parte en un enemigo irreconocible y deshumanizado. Los estamos viendo como resultado en otros países (no es casual) donde son llevados a extremos de guerra civil. Estamos asistiendo en Hispanoamérica al encumbramiento electoral de hijos de gobernantes condenados por corrupción, intento de golpes de estado (Fujimori, ahora Bolsonaro), lo que nos lleva a la idea de que el votante se atrinchera alrededor de figuras poco democráticas, que es una forma de justificarlos. Si bien las condiciones son distintas, nada impide pensar que se puede llegar a justificar muchas cosas a sabiendas de que serán "perdonadas" con el voto de los seguidores, que lo aceptarán todo. No hay que ver las cosas como distantes, sino como probabilidades de que las acabemos aceptando. Si el otro supone la destrucción, votar es un acto defensivo, de defensa propia. Y si el voto no funciona, quedan otros recursos, cualquier cosa para evitar el apocalipsis.

Este miedo es el que utilizan para asegurarse el voto, por un lado, y las acciones consiguientes para evitarlo, por otro. Haga lo que haga, siempre será en defensa del ciudadano, del país, de las instituciones, de los principios democráticos.

El peculiar sistema español, con su tripe dimensión, de lo local a lo estatal, pasando por lo autonómico, ha tejido un laberinto de competencias y un activo juego de reproches. El responsable es siempre el otro, por acción u omisión. El político español siempre tiene alguien que hizo o no hizo. Esto también ha producido un personaje de excusa fácil y poco preocupado por el ciudadano, confiándolo todo a los comunicólogos que le explicarán la forma más eficaz de tratar la excusa o la queja. Recomiendo que vean la película Digger, recién estrenada, para comprender bien esta forma de trabajo. La distinción entre hechos (lo que ocurre) y relato (la forma de contarlo) es lo primero que aprende el político actual, inmerso en un universo mediático y de redes.

Con una mano se construye el discurso; con la otra se destruye, distorsiona, manipula el discurso ajeno. Trump es un buen ejemplo de esta forma de batalla que convierte el día a día en campaña permanente, un modelo al que se nos arrastra o que seguimos gustosamente, como prefieran.

El hecho es que han lanzado la señal de salida con el anuncio electoral, que es una forma de marcar fechas e intensificar el tono, de tirar de hemerotecas, de debates en los que no se escucha, de explicar lo que el otro ha querido decir, pero no ha dicho.

Las acampadas por los problemas de la vivienda han servido para despertar conflictos callejeros, provocaciones que se traducen en violencia porque hay que ajustar hechos y palabras. Esperemos que esta precampaña y esta campaña no supongan un exceso de violencia. El efecto acumulativo de las tensiones no se ha podido comprobar todavía, pero puede que lo experimentemos pronto con estallidos incontrolados. La presión mediática, ya sea por las redes o por los medios tradicionales, es grande y acumulativa, puede estallar en cualquier momento si se ven demasiado en el aire los resultados.

Aumentar la presión tiene sus riesgos; responsabilizar a los otros de todo, también. Hay que crear fanáticos que acepten sin fisuras los mensajes. Eso también es peligroso.

Lo cierto es que cada vez es más difícil votar, ya sea por falta de confianza, hartazgo o descontento con las formas. Democracia es algo más que votar; es convivencia y sana discrepancia, debate más que discusión. No es lo que vemos con la polarización buscada. Hay que mirar los hechos y dejarnos seducir menos por las palabras. España tiene problemas; lo malo sería que se empiece a pensar que los políticos son parte de él o, peor, causa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.