viernes, 12 de noviembre de 2021

La nariz democrática

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Las votaciones para renovar el Tribunal Constitucional han hecho saltar las metáforas olfativas y la nariz como centro sensible de la política. El pistoletazo poético oloroso de salida lo dio Odón Elorza, diciendo que a algún candidato habría que votarle "tapándose la nariz"; finalmente le faltaron manos y ahora espera ser sometido a investigación por aquello de saltarse la "disciplina de voto", que debería estar incluido entre las perversiones políticas.

Según afirma la prensa, se produjeron los previstos imprevistos, es decir, que se sabía que había gente que no estaba de acuerdo con la selección, pero no cuánta. En RTVE.es nos explican: 

Antes del pleno del TC, la Cámara Baja había respaldado a los cuatro candidatos, aunque con la oposición de algunos diputados díscolos de la izquierda, que han rechazado la propuesta de Enrique Arnaldo, cuyo nombre ha aparecido en sumarios como Palma Arena o el caso Lezo.

Según el pacto alcanzado entre el Gobierno y el PP, más el apoyo de un diputado de Foro, debería haber garantizado que la aprobación en el Congreso hubiese salido adelante con 243 votos, pero sin embargo ninguno de los juristas ha alcanzado esa cifra.

El candidato propuesto por el PP, Enrique Arnaldo, ha sido quien menos votos ha reunido 232, seguido de la otra candidata de los populares, la magistrada Concepción Espejel (237), y de los dos planteados por el PSOE, Montalbán y Sáez Valcárcel, que han reunido 240 votos.

En el caso de Arnaldo los díscolos se cifran en once, uno de ellos el exministro José Luis Ábalos, que ha votado nulo por error en una votación que secreta y telemática.*


 

Lo sorprendente de esta práctica selectiva que han pactado ambos grupos políticos es que no sirve para tener un mejor tribunal, sino simplemente para completarlo, algo muy diferente, el nivel más bajo de exigencia. No es una victoria democrática o política en modo alguno, sino otra forma —una más— de erosionar las instituciones y generar desconfianza. ¿Es posible que no haya mejores candidatos en España que alguno de los propuestos, que no se encuentren o que no sean seleccionados por ninguno de los grupos que controlan la suma de votos?

Todo esto obedece a un gran problema de fondo: los políticos creen que las instituciones son suyas y solo son su lugar de trabajos. A lo largo de los años han desarrollado un sentido propietario de las instituciones, algo que se reparte, se ocupa e incluso se usa en un sentido muy específico. Se trata de elegir piezas para una determinada posesión y lograrlo como sea. Gana quien controla más instituciones, por decirlo así.

La dependencia de los votos para todo es un sentido utilitarista de la democracia, una forma muy pedestre de verla, simplista, pues deja todo el poder en manos de los partidos y muy poco en la sociedad.

Los partidos viven de la confrontación; los pueblos de la armonía social, del acuerdo, de la convivencia. Sin embargo, la forma de entender la política que vemos trata de trasladar los conflictos de forma permanente hacia la sociedad y las instituciones. Los que no son capaces de ver la diferencia entre un tribunal constitucional y un tribunal constitucional politizado, repartido, no tienen un sentido sano de la política.


Muchos han escrito estos días sobre la nariz y los malos olores. La consecuencia es que el recelo se ha extendido al Tribunal Constitucional, una pieza esencial de la democracia que los partidos actualmente no quieren dejar sin controlar, anteponiendo el número a los nombres. El problema real es que ningún partido quiere allí personas que no puedan controlar. Lo hemos visto en otros puestos del Estado que deberían haber surgido de la independencia y no del partidismo obediente. Esa independencia —un concepto muy mal visto por los partidos— es diferente al número, aspecto que controla las decisiones. Nadie quiere independientes; esa es la realidad. Nadie quiere afrontar la incertidumbre que supondría para ellos tener que esperar para saber las decisiones que toman. Se prefiere a los sumisos agradecidos; de ellos será el reino de la política.

El voto de Elorza y algunos más no es solo contra un candidato y el partido que lo propone. Es también un voto contra el acuerdo de su propio partido que avala a un candidato al que muchos no consideran adecuado. Habrá algunos que lo celebren por lo bajo en los diferentes partidos, pero es una derrota del planteamiento en sí. Perjudica a todos, partidos, instituciones y al pueblo, que pierde confianza.

El peor ejemplo lo hemos tenido en el tribunal supremo norteamericano bajo Trump. La selección de uno de los jueces, rechazado y denunciado por su partidismo excesivo, creó una enorme controversia. Finalmente llegó con el apoyo del número. Lo que hizo fue crear recelo ante lo que llegue a ese tribunal, donde el juez elegido deberá obediencia a quienes le votaron para el cargo. El tribunal supremo es un sistema en el que solo la muerte deja plazas libres. La suerte de que ese fallecimiento de produzca en  un momento de dominio de unos o de otros es lo que acaba decidiendo las resoluciones. Triste porque no hay reflexión, sino obediencia.

¿Puede la política asfixiar la política? El desencanto que se percibe en los votantes de muchos países parece confirmarlo. La democracia no es solo cuestión numérica sino la posibilidad de que puedan ser introducidas nuevas ideas que renueven lo que muchas veces tiende a la esclerosis del sistema.

Estamos viendo, como en Nicaragua recientemente, farsas políticas que se llaman "democracias". La degradación trumpista de la democracia ha convertido en un escenario de falsedades y mentiras la vida política (y más allá) norteamericana. Trump tiene muchos imitadores; es el resultado de una forma utilitarista de ver la política que no se detiene ante nada parea lograr el poder, es decir, el control social y la impunidad ante muchas cosas de las que les salvarán tribunales controlados.

Es triste ver que en España hay tan pobre sentido de la democracia, tanta incapacidad de llegar a acuerdos positivos para la ciudadanía. Es más triste ver que cuando algo se acuerda no es en beneficio del conjunto sino para asegurarse el control y evitar sorpresas por parte de los partidos.

Creo en el "voto de conciencia", más que en la "disciplina de voto". El primero no representa el caos ni el segundo el orden. El voto de conciencia  nos asegura que siempre se denunciarán situaciones que el número quiera tapar o manejar. Nuestra democracia no madura, creo que es una triste conclusión. Se conforma con el número de votos y no con el bien social hacia el que todos se deberían dirigir, a la convivencia pacífica y no a la crispación constante. Pero las nuevas formas de entender la política no ayudan mucho, ni en lo personal ni en lo ideal. Demasiados guerreros, pocos pacifistas; muchos calculadores, poca generosidad.

Hay que recuperar la independencia como una garantía, especialmente en aquellas instituciones que tienen que decidir y asegurarla como un valor creciente. Sin embargo, lo que se pondera más es la sumisión, la obediencia, la disciplina como valores políticos.

Es un mal camino en tiempos en los que la democracia está sometida a muchas presiones y malos ejemplos, a manipulaciones internas y externas que la debilitan. Quizá, más que taparse la nariz habría que hacer otras operaciones higiénicas para eliminar los malos olores.

Un acuerdo que se basa en "tú aceptas los míos y yo acepto los tuyos sin discusión" muestra algo más que inmadurez. Es una muestra del límite de la intransigencia y, especialmente, de la incapacidad para abrirse a la sociedad civil en busca de los candidatos mejores para el país, no para ellos.


 * "El Constitucional también avala a sus nuevos magistrados con un voto en contra" RTVE.es / Agencias 11/11/2021 https://www.rtve.es/noticias/20211111/tribunal-constitucional-avala-nuevos-magistrados/2222401.shtml

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