sábado, 13 de noviembre de 2021

Hoy no se arregla, mañana sí

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Entre los reajustes desde Europa a nuestros pronósticos y el optimismo gubernamental se encuentra la realidad. Con la realidad de la economía se puede especular mucho pero después acaba cayendo por su propio peso, como señala el dicho.

Por mucho que el gobierno se empeñe, la epifanía económica se produce cuando abres la cartera, te llegan las facturas o miras los ahorros en el banco. Entonces se produce esa revelación que nos hace entender, como en un estallido de luz, la triste realidad.

Desgraciadamente el optimismo de los gobiernos es una resultado vicioso de su propia esencia. Un gobierno pesimista es una contradicción y necesita de culpables extra gubernamentales para desviar la responsabilidad.

En España (supongo que en más sitios) es cada vez más difícil ser optimista a menos que se sea un optimista profesional, financiado por alguna institución. El optimismo se estudia en las escuelas de comunicación, lo único que lo llaman "positividad", algo que un político o cualquier otro dirigente debe transmitir. La mejor forma de hacerlo es pintar un oscuro panorama inicial, asegurar que solo tú tienes las soluciones y esperar a que la gente se lo crea y te vote. Después es más complicado, pero puedes echarle la culpa al pasado, a la oposición o a cualquier otro elemento.

Pero con la economía a la baja, es difícil mantener esa positividad, ese optimismo sin que te saquen los colores. Las palabras del presidente Sánchez asegurando que a final de año la cuenta de la luz sería finalmente la misma del año pasado se ha demostrado como merecedora de algún premio al ilusionismo, por llamarlo de alguna manera. ""La luz tendrá que bajar el 40% en lo que queda de año para que Pedro Sánchez cumpla su promesa", explica el titular del diario El País  hoy mismo.


Vender futuro es mucho más barato que arreglar el presente. La política ha acabado importando el célebre cartel de "Hoy no se fía, mañana sí", que antes existía en muchos bares. "Hoy no se arregla, mañana sí" debería estar en letras de mármol a la entrada de todos los ministerios, consejerías y presidencias de este país.

Hasta los empresarios han aprendido esta fórmula. Por ejemplo, desde hace algún tiempo, si pide alguna reforma para salir del agujero, el presidente de la patronal repite "No es el momento", una fórmula también de cursillo comunicativo. No es un no rotundo y no compromete a nada. Es una estupenda fórmula para no comprometerse demasiado. "Hoy no es el momento, mañana sí" es el resultado de todas estas operaciones retóricas optimistas con la que nadie arregla nada.

Lo que no se arregla nunca es el marco en el que vivimos: precariedad de los empleos, bajos sueldos (excepto para algunos empresarios, ejecutivos y políticos). Tenemos el mayor desempleo y, especialmente, el mayor desempleo juvenil. Nuestras cifras asustan a todos menos a nosotros que nos hemos acostumbrado a este baile para estar siempre en el mismo sitio. Este marco lleva sin moverse desde hace mucho tiempo. Se ignora con toneladas de propaganda por parte de la clase política, pero lo cierto es que no se arregla y son ya muchos años.

Ahora estamos ante una crisis generalizada que supone una nueva reducción del nivel de vida, de la capacidad de consumo y que puede dar al traste con todo nuestro crecimiento, que se seguirá reduciendo si no se hace nada. Y la realidad es que no se hace nada más que hablar en esta crisis cuyo origen está en el coste de la energía, especialmente la eléctrica que es la que usamos todos para todo. Nuestro mundo es eléctrico y el torpedo contra los precios de la electricidad está haciendo volar por los aires todo, ya que como señalamos afecta a todo.

El otro factor con el que se juega es el del transporte o la falta de él, algo que afecta a la producción a niveles nunca vistos. Nadie recibe lo que debe y si lo hace su precio se ha multiplicado. Las empresas recortan la producción porque no les llegan los materiales; despiden a trabajadores o reducen los turnos para repartir el trabajo que hay. Y todo es mucho más caro, menos los sueldos que tienen que bajar para evitar los despidos.


Encontramos muchas justificaciones para las subidas, pero pocas explicaciones sobre el funcionamiento del propio sistema y, especialmente, sobre la incapacidad de tomar medidas que arreglen algo que puede tumbar la economía mundial.

En todo sistema complejo (y la economía mundial lo es) hay puntos sensibles, aquellos en los que cualquier presión crean un problema conjunto. Pero la incapacidad de unos para arreglarlo y de otros para frenarlo hace ver que hay detrás mucho más que la casualidad. Cuando se produce algo inesperado, tratamos de resolverlo. No es lo que vemos aquí por ningún lado. Eso quiere decir que hay quienes se benefician fuertemente de ello.

Parece que tenemos un falso sentido sobre quién manda realmente. Todas las instituciones creadas tras la II Guerra Mundial para tratar de evitar conflictos y resolverlos mediante acuerdos, todos los grupos creados en todos los niveles, las nuevas instituciones, etc. parece que no tienen capacidad alguna para abordar esta crisis que se nos presenta como "inevitable", que es la forma en que los poderosos disfrazan sus acciones. La cuestión ahora es quiénes son "los poderosos" reales, los que toman las decisiones o no toman ninguna cuando deben.



Esto implica un enorme cambio de percepción sobre el funcionamiento real del mundo. ¿Vamos a asistir a un recrudecimiento del radicalismo debido a esta debilidad de los gobiernos, incapaces de meter en cintura a todas estas fuerzas que especulan con la economía mundial? ¿Forma parte todo esto de una guerra económica comenzada? ¿Se están creando cuellos de botella para devolver sanciones? ¿Quién se beneficia realmente de esto?

El titular de RTVE.es hoy mismo es claro: "El encarecimiento de la energía ahoga al campo y pone en peligro su viabilidad: "Nos estamos arruinando""* : 

Agricultores y ganaderos alertan de una crisis sin precedentes en el campo por la subida de costes de las materias primas, una “tormenta perfecta” que se une al aumento desbocado del precio de la luz, que ha elevado la factura eléctrica en el campo un 85 %, y a la especulación sobre el abastecimiento. "Nunca jamás se había producido la confluencia de tantos factores como ahora", señaló la pasada semana en rueda de prensa uno de los miembros del gabinete técnico de la Unión de Pequeños Agricultores (UPA) Javier Alejandre.

La organización estima que materias primas fundamentales para su labor como los piensos se han incrementado hasta septiembre entre un 18 % y un 20 % y los fertilizantes han llegado a subir hasta el 80 % en el caso de los nitrogenados. El agua ha aumentado un 30 %, mientras que el gasóleo lo ha hecho en un 45 % en esta campaña; además los plásticos están sufriendo importantes crecimientos y empieza a haber problemas de suministro en el caso de las tuberías para el riego. "Todo esto conforma la 'tormenta perfecta' que se está trasladando a las explotaciones", indicó.*

 


Hace tiempo que usamos aquí el término "tormenta perfecta" porque es el que mejor describe esta situación. El agrícola y ganadero es un sector importante para España y para todos los españoles. Las quejas del campo no son nuevas, pero está vez se han disparado. El sistema es salvaje y no tiene piedad por los sectores más débiles. Pero todos acaban finalmente repercutiendo en los consumidores.

Desde todos los sectores se nos avisa que lo que está ocurriendo producirá más cierres y despidos, como advierten los titulares de hoy del diario ABC de hoy, "La industria alerta de que el alza de la luz provocará más cierres y despidos". Desde todos los campos —la industria, las empresas, el sector agrario, los consumidores— se nos advierte de la imposibilidad de seguir así.


Nuestra economía, por volver al principio, pasa de ser la que mayores expectativas de recuperación a estar en el furgón de cola. Nuestros sueños son frágiles y es fácil que se queden por el camino. Esto no se arregla sin cambiar nuestra perspectiva de lo que debe ser España... y Europa. Con empresarios diciendo "no es momento", pero aumentando enormemente las desigualdades sociales, hay mucho que hacer para tener un país más sólido ante las crisis, más solidario  y más justo. Ahora no lo es.

Estamos ante una batalla que ya no es de empresas contra consumidores. Es una guerra entre sectores en donde los energéticos exprimen a empresas e industrias y donde todos finalmente lo hacen con los consumidores. Tirar mucho de la cuerda puede ser peligroso.


 

* "El encarecimiento de la energía ahoga al campo y pone en peligro su viabilidad: "Nos estamos arruinando"" RTVE.es 13/11/2021 https://www.rtve.es/noticias/20211113/precios-energia-campo/2220861.shtml

 

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