domingo, 12 de mayo de 2019

Normalidad del diálogo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País usa hoy un titular, "Crispar y descrispar", que recoge algo expuesto aquí en múltiples ocasiones: la inutilidad de la confrontación por la confrontación y la necesidad del diálogo para las grandes cuestiones de estado. El coste de haber vivido en este estado de beligerancia como normalidad es muy alto y ha distorsionado nuestro sentido de la política además de crear un mapa peligroso para la gobernabilidad y la convivencia.
Estamos en tiempos de cuestionamiento de la democracia por parte de aquellos interesados en dinamitarla, desde un extremo u otro, por intereses propios o foráneos, como para descuidar los principios generales que son los que se basan en la conciliación y el diálogo. Los grandes temas del país no pueden ser imposiciones, sino acuerdos.
Por muchas sonrisas que algunos puedan mantener, hay una sensación de fracaso electoral general. Las estrategias seguidas por los partidos no han dado un buen paisaje político, sino una debilidad generalizada del sistema que solo ha dado ganadores porque siempre alguien ha tenido más votos que otros. Una cosa es tener más votos y otra ganar. Hasta el término "ganar", referido a unas elecciones, tiene un sentido especial.
El País señala en el inicio de su editorial:

Los contactos mantenidos por las cuatro principales fuerzas políticas han permitido rebajar la estéril tensión vivida durante la anterior legislatura. Nada más que por este modesto resultado, la iniciativa política adoptada por el presidente del Gobierno en funciones merece un margen de confianza. Sánchez ha actuado dentro de sus competencias, entre las que se encuentra mantener contactos políticos con los representantes de otras fuerzas, y Casado, Rivera e Iglesias han reaccionado con responsabilidad aceptando el encuentro. Después de meses en los que la actividad de los partidos se ha reducido al insulto, los políticos tenían pendiente manifestar ante los ciudadanos su disposición a diagnosticar conjuntamente los problemas del país. Crispar es fácil, según se ha demostrado desde que esta devastadora estrategia apareció en la vida pública española. Vale la pena el intento de demostrar que descrispar también lo sea. En particular, cuando se inicia una nueva campaña durante la que sería mejor asistir a un debate racional entre alternativas y no a más llamamientos en torno a consignas apocalípticas.*


Pero el apocalipsis vende bien. Eso lo han aprendido todos, de forma que al final al elector le queda decidir en de qué desastre quiere huir, que tipo de apocalipsis quiere evitar. La estigmatización del otro ya no tiene sentido tras años de democracia y alternancia en el poder, tras convivencia de años en las instituciones.
Hemos comprobado que hay una retroalimentación entre radicalización y crispación. Cuando los partidos moderados vuelven su mensaje más agresivo, por sus extremos les surgen grupos que se alimentan de las palabras que se lanzan. Una vez sembrado el conflicto, son otros los que recogen la cosecha. Se inicia entonces el segundo movimiento: el acercar los hechos a las palabras, lo que hace que aparezcan otros para rellenar el hueco que se ha dejado libre. Es una extraña política, pero es la que hemos podido apreciar en el tiempo en el que los partidos que ocupaban el "centro", espacio de moderación y por ello de suma de mayoría de votantes al poder realizar acuerdos, se han desplazado fuera de su espacio radicalizando sus propuestas y sobre todo, radicalizando sus maneras o discursos.
"No se puede nadar y guardar la ropa", que es lo que han intentado hacer los partidos moderados al verse enfrentados a ambos lados por enemigos a los que han declarado la guerra y otros cainitas amigos que desean ocupar sus posiciones y arrebatarles la posibilidad de una posición moderada.
Nuestra democracia de partidos corre el riego de confundir las cosas, centrándose en los aspectos más irrelevantes y olvidándose de lo esencial: asegurar la gobernabilidad. Esto se hace hoy difícil por dos aspectos: la estigmatización y la introducción de elementos que no se corresponden con la totalidad, como por ejemplo, el separatismo.
El primer problema dificulta los acuerdos en función de los desacuerdos sembrados en las luchas electorales (que son ya en todo momento); el segundo aspecto, más complejo, crea intercambios imposibles pues no se debe negociar sobre aquello que no favorece al conjunto sino solo a unos pocos.


Los partidos deben tener en cuenta que son los votos los que abren las posibilidades de hacer, que no se gobierna contra otros sino para todos y, finalmente, que existe una constitución común, que a todos salvaguarda y en ella están los límites.
El mal comportamiento de los partidos ha llevado a esta compleja situación en la que algunos ya quieren rectificar ante el desastre causado por las pésimas estrategias. El mapa actual es peor que el anterior: mucha más debilidad y cuestionamientos de lo ya existente.
Creo que el análisis del párrafo final del editorial citado es adecuado a la situación:

La crisis en Cataluña ha sido un terreno de confrontación permanente entre los principales partidos. La ausencia de una respuesta consensuada ha sido una de las causas determinantes de la crispación, pero también algo más grave: una ventaja política gratuitamente concedida al independentismo y un innecesario alimento electoral para la ultraderecha. El imprescindible acuerdo para minimizar el efecto desestabilizador de la crisis territorial solo requiere voluntad política, y no debería plantear dificultades por lo que se refiere a los límites de cualquier salida, sea cual sea el partido en el Gobierno: la Constitución y sus procedimientos, que ninguna fuerza puede reclamar como su exclusivo monopolio. En cuanto a las propuestas, bastaría un consenso, de modo que fueran los independentistas quienes tuvieran que pagar un coste político por despreciar las salidas posibles y no los demás partidos por rechazar las imposibles.*

La gran pregunta ahora es ¿sabrán hacerlo? ¿Podrán entender que a la teatralidad de la lucha política que han desplegado le debe seguir ahora el análisis correcto de la situación a la que nos han llevado, a una gravísima situación, con el estado en juego?
Es ahora cuando se echa de menos políticos de talla, con sentido del estado. Hay demasiada mediocridad, demasiada falta de sentido de la Historia, de los fundamentos de la convivencia y demasiado aficionado con ganas de llamar la atención. Sí, es ahora cuando se echa en falta la presencia de personas capaces de reconstruir lo roto.
En una democracia sana, el diálogo es la normalidad y no lo es el insulto; lo que se busca es el acuerdo, lo que beneficia a la mayor parte, y no la decisión aislada. Es menos espectacular, pero mucho más productivo.



* Editorial "Crispar y descrispar" El País 12/05/2019 https://elpais.com/elpais/2019/05/11/opinion/1557589992_269539.html

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