lunes, 29 de enero de 2018

El muro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El País de ayer traía un artículo firmado por Javier Salas con la pregunta-titular "¿Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados?", sembrando el desasosiego de muchos, me imagino. Lo dicho, sin embargo, tiene una constatación popular de siglos y ahora es la Ciencia la que ha metido este problema en los laboratorios modernos. Hay cosas que "sabemos" que pasan a los caminos oficiales por las vías de la investigación. Conocíamos los efectos, pero no las causas o carecíamos de una explicación fundamentada. Ahora se nos explica.
Escribe Javier Salas:

"Lo más probable es que las personas lleguen a las conclusiones a las que quieren llegar”, dejó escrito la psicóloga social Ziva Kunda al desarrollar la teoría del pensamiento motivado. La idea es sencilla: para defender nuestra visión del mundo, nuestro relato, vamos razonando inconscientemente, descartando unos datos y recogiendo otros, en la dirección que nos conviene hasta llegar a la conclusión que nos interesaba inicialmente. Visto así, parece una flaqueza, un fallo de diseño en el raciocinio. Pero tendría una explicación muy plausible: es un escudo protector contra la manipulación, pues es lógico pensar que las cosas tienen que encajar con lo que ya sabemos del mundo.*


Podríamos decir que antes de que otros nos manipulen, nos manipulamos nosotros, según esta teoría. La idea es que realizamos operaciones de ajuste para evitar que cambien cosas a las que nos aferramos, No somos seres abiertos al cambio, sino encerrados en nuestros propios prejuicios.
Nuestra visión de nosotros mismos hace que nos veamos como seres abiertos, cambiantes y adaptativos. ¿Por qué no lo somos, si es así? Me imagino que, como casi todo, es cuestión de grado. Es decir: hay ciertas mentes más abiertas que otras, las hay innovadoras  frente a otras más conservadoras y otras francamente retrógradas. A nadie se le escapa, al fin y al cabo, que la resistencia a los cambios suele ser lo habitual. Aunque tampoco se le escapa a nadie que la humanidad ha evolucionado bastante en los términos culturales que podemos controlar. Pero ahora se trata de vencer esa resistencia.
Señala el articulista:

Divulgadores, fact-checkers (verificadores de datos), periodistas y políticos asumen, en general, que la gente se equivoca porque les faltan datos. Es un enfoque simplista, llamado de déficit de información, que se empeña en obviar los mecanismos conocidos de una psicología humana que, como explica [Brendan] Nyhan, no va a cambiar. Hay que conocer esas fisuras del cerebro humano y aprovecharlas para colarnos y ser verdaderamente persuasivos.*

Lo señalado no dice que no cambiemos, sino que para modificar nuestra conducta debemos seguir otros caminos. Son las "fisuras". En el fondo se trata de lo siguiente: ¿para qué modificar la mente cuando lo que queremos modificar es algo más sencillo, la conducta? Nos da igual cómo piensan, pero queremos resultados, conseguir algo.


Todos conocemos personas con una capacidad innata para la manipulación. Son personas que eligen siempre el camino de menor resistencia para conseguir lo que quieren. Tienen esa capacidad de motivación, son capaces de encontrar la fórmula verbal y nos encontramos haciendo, como por arte de magia, lo que quieren. Y muchas veces con completo placer.
Frente a la fuerza argumental o física incluso, la manipulación es capaz de conseguir lo que quiere en términos mucho de coste mucho más baratos:

Muchas de estas estratagemas están destinadas a escuchar al sujeto para aprovechar sus debilidades: a un empresario negacionista del cambio climático no le convencerás hablándole de la crecida de los mares, sino de oportunidades de negocios verdes. Por eso, un equipo de la Universidad de Queensland (Australia) ha acuñado el concepto de persuasión jiu jitsu, en referencia a ese arte marcial que usa contra el rival su propia fuerza.*

Frente a la contundencia del kárate, el dejarse arrastrar por los mecanismos defensivos del oponente.
En un mundo mediático es cada vez más importante encontrar la forma de vencer las resistencias de los demás. Los estudios citados y el artículo en sí nos presentan causas en la que está justificada la manipulación para vencer las resistencias de personas que no quieren que sus hijos sean vacunados o no creen en el cambio climático. Es lo que se hace siempre.


Es más: es un ejemplo claro de manipulación para vencer nuestra resistencia. Si se lo explicaran de otro modo, probablemente suscitarían rechazo. Por eso es mejor usar una buena causa que haga que su resistencia a los experimentos sobre cómo podemos (y debemos) ser convencidos sea mucho menor.
Los testimonios sobre nuestra "poca racionalidad" aumentan. «Cada vez más estudios muestran las limitaciones de la razón humana. En ocasiones se ignoran los hechos porque no se adaptan a lo que pensamos. La verdad no siempre importa»*, se nos dice desde el principio del artículo. Pero que las emociones, por ejemplo, tengan peso en nuestras decisiones o se antepongan a la razón no significa que tenga un papel secundario o sea una facultad en desuso.
En realidad los descubrimientos sobre el funcionamiento de nuestra mente no significan que haya que cambiar de modo de pensar, sino que algunos deben invertir su tiempo de otra manera para vencer las resistencias.

Lo que vemos hoy es la necesidad de un pensamiento racional para frenar el exceso de manipulación que estamos sufriendo debido precisamente a la aplicación de nuestros nuevos conocimientos. Hoy se invierte mucho en investigación sobre la manipulación. Habrá quien sea lo bastante ingenuo como para pensar que se trata de aprender a defenderse. Por el contrario, cada día vemos surgir más disciplinas en el campo de la educación, la economía, etc. a las que se les pone delante "neuro". El indicativo es claro: aprender como el cerebro procesa la información en cada caso y "mejorarlo", pero ¿para quién es esa mejora?
Aunque demos consejos sobre la inutilidad de intentar cambiar la mente de las personas mediante razonamientos, no significa por ello que debamos abandonar nuestra capacidad de razonar y, sobre todo, la forma de intentar razonar con los otros. Una sociedad donde todos se manipulan sin pudor unos a otros es un escenario demencial, aunque algún cínico dirá que siempre ha sido así.
La razón flexible es importante porque es la pieza sobre la que se construye el modelo social. No puede haber una democracia basada en la manipulación o la mentira que funciona; no puede haber un orden personal, social e internacional basado en la mentira, la seducción o la manipulación conscientes. 


Y, si por desgracia, existe, nuestro énfasis debería estar en otros valores que deberían poder desarrollarse en aquellos momentos en que es todavía posible. El retroceso que observamos hacia la intransigencia es resultado de una manipulación constante de las mentes a través del miedo, básicamente. Es a través de otro mecanismo muy antiguo, la defensa dentro del grupo cuando hay peligro, como se impulsan las mayores manipulaciones apelando al nacionalismo, la religión, etc., todo lo que defina al grupo. Casi siempre se dice que es por una buena causa, pero siempre cae en manos de las peores.
Por ello, antes de dar de baja la racionalidad habría que ser conscientes de lo que estamos metiendo en casa. Creo que es mejor trabajar en formar mentes flexibles, capaces de dialogar y razonar, a través de una educación más abierta que dedicarnos a las inciertas alcantarillas de lo programado. Pero nuestra educación ha renunciado a esto en favor de la rentabilidad de la inversión. No importamos nosotros, sino los resultados. Nadie enseña ya a pensar, sino que se asegura llegar al otro lado del muro.




* Javier Salas "¿Por qué no cambiamos de opinión aunque nos demuestren que estamos equivocados?" El País 28/01/2018 https://elpais.com/elpais/2018/01/26/ciencia/1516965692_948158.html

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