Joaquín
Mª Aguirre (UCM)
La
resaca olímpica está dejando muchas sorpresas pasadas por agua, en la natación
y en la sincronizada. Dos escándalos han sacudido
las estructuras de nuestro deporte y han saltado, fuera de competición, a las páginas de la prensa.
El
deporte ya no es deporte, sino una profesión en la que lo importante no es
participar, sino ganar todo lo que se pueda en todos los ámbitos, dentro y fuera del terreno de juego. Ya no sé si la vida es metáfora del deporte o si el deporte es metáfora de la vida.
El escándalo
de la natación sincronizada es objetivo y subjetivo, para que no se enfade
nadie. La Federación prescinde de la entrenadora nacional que cuenta cincuenta
y cinco medallas, según dicen, y volvía contenta de Londres con sus resultados.
Quince años de trabajo en la federación son muchos años. Según regresa, no la
renuevan y se monta el escándalo por la carta firmada por quince antiguas
nadadoras que dicen haberse sentido maltratadas por la entrenadora en su convivencia
deportiva durante estos años. Junto a este caso masivo, se ha producido el
individual de Mireia Belmonte, quien ha rescindido el contrato que la unía con
su club, el Sabadell. También hay versiones contradictorias. Aguas muy revueltas, como se puede apreciar.
La
discusión sobre el sentirse maltratado o no es, como decíamos antes, sutil y subjetiva ya que puede ser valorada de formas distintas según las personas. Pero hay un fondo que sí merece la pena considerar y es el exceso de
celo en la mal llamada "motivación". Algunos deportes han caído en el
mismo problema de los antiguos países del Este: la concentración de personas
muy jóvenes, cuya vida gira prácticamente sobre el deporte que practican y la
presión excesiva sobre ellas. Los abrazos y sonrisas en el podio son solo la punta de un iceberg de un camino muy duro en lo físico y en lo psíquico.
Probablemente
en ningún otro campo se acumulen más tópicos inciertos que en el deporte.
Convertido en un gigantesco negocio entre las apuestas —legales o clandestinas,
como son los escándalos recientes en muchos países— y los medios de
comunicación que lo transforman en espectáculo masivo, se usa a las personas
desde un engranaje que abarca a clubes,
federaciones, entrenadores, etc. El deportista recibe la presión de todos ellos. Si gana o pierde no es una cuestión meramente personal; ganan o pierden todos ellos.
En las
últimas fechas hemos asistido a luchas y disputas feroces entre deportistas,
entre deportistas y entrenadores, entre entrenadores y federaciones, entre
federaciones y jugadores, entre
directivos y directivos de una misma federación, en fin, entre todas las
combinaciones posibles con estos agentes en juego. Todas muestran lo mismo: la
presión y la pasión por ganar. El seleccionador ruso del equipo de voleibol femenino, Serguei Ovchinnikov, se suicidó tras los Juegos Olímpicos de Londres; creen que vivió el quinto puesto conseguido como un fracaso para una selección que partía como favorita.
Lejos
de ser la escuela de buenas costumbres y entrenamiento de virtudes, el deporte profesional
y el que aspira a ello —con variaciones de unos a otros— se ha convertido muchas
veces en una lucha permanente y despiadada por los resultados, presión que se
traslada a los jugadores. Lo peor, cuando esa presión se ejerce sobre
deportistas muy jóvenes.
En
2009, el diario El Mundo trataba el
tema de la presión sobre los deportistas ante una serie de suicidios ocurridos en
muy poco tiempo:
Médicos, psiquiatras y preparadores físicos sostienen que el abandono
de la "burbuja irreal" de la notoriedad, la presión del entorno y el
dopaje forman un mezcla peligrosísima. Luis Ocaña, enfermo, se reventó la sien
con un disparo de escopeta. Jesús Rollán, sin alicientes tras dejar el
waterpolo, se precipitó al vacío desde un balcón. Robert Enke, hundido
moralmente, se lanzó el pasado martes a la vía de un tren de Hannover. Dimitri
de Fauw, depresivo tras causar la muerte de Isaac Gálvez, se ahorcó el primer
viernes de este mes. Tres días después, el ex ciclista Agustín Sagasti también
apareció colgado en su domicilio.
Julián Álvarez García (médico de la
Federación Española de Triatlón) apunta como culpable a la sociedad de consumo:
"El problema radica en que los deportistas de alta competición son
elevados al Olimpo de los dioses. Tienen un enorme reconocimiento social, que
desaparece cuando se retiran. Hay gente que no tolera bien ese cambio. Además, todo
eso se complica con la alteración de la situación económica. Si no han
administrado bien sus ingresos caen en una crisis de ansiedad".*
Todos
tienen su versión, pero lo cierto es que todos ellos —médicos, psiquiatras,
entrenadores...— forman parte de esa maquinaria cuya función es llevar a la
persona al límite, dejando que se queden por el camino los que no son capaces
de resistirlo.
Esa, la
del límite, es la tesis defendida por Andrea Fuentes, integrante del equipo de
natación sincronizada, en la entrevista realizada para defender las prácticas y
buen nombre de la entrenadora cuestionada. Dice hacerlo para defender la "dignidad
de su deporte" que, según parece, está por encima de la dignidad de las
personas que se han sentido humilladas por el trato dado. Pero es que desde
esta perspectiva de la teoría del "límite", la
"humillación" forma parte de la motivación. La teoría es sencilla: si
lo aguantas, vales; si no, fuera. La teoría lo justifica: "todo por la
medalla", "nacidos para ganar". Stanley Kubrick, salvando las
distancias, lo llevó al extremo y lo mostró como educación militar
sádico-espartana en La chaqueta metálica.
La cuerda se tensa y muchas veces se rompe. Los que caen, no valen.
La chaqueta metálica (Stanley Kubrick 1987) |
Los que
han llegado al final han sobrevivido y se sienten superiores a los que han
perdido o se han quedado por el camino; eso es parte de la "motivación",
y así se utiliza. De esa forma, las acusaciones de la carta —o de otras situaciones
similares— provienen siempre de personas "frustradas",
"perdedoras", "envidiosas" o "resentidas" porque
no fueron capaces de llegar al éxito final y eso las descalifica.
Toda
esta "motivación", por supuesto, se hace por un bien superior; lo que
no nos mata, nos hace más fuertes. Y ellos solo quieren a los fuertes, dentro
de esta especie de darwinismo que se ha puesto de moda en negocios y deportes,
pues todo forma parte de la misma filosofía del éxito. Ese sacrificio de todo
se pide por el deporte, por la patria o la empresa. Por el camino quedan los
que no son capaces de asimilar esa filosofía y rendir como deben. A la calle.
De todo
lo dicho por Andrea Fuentes —no dudo de su buena intención— en su entrevista,
me quedo con dos puntos. El primero su definición admirada de la entrenadora
cesada y objeto de la carta de denuncia de las ex nadadoras:
Es la persona más luchadora que he visto en
mi vida y una de las más valientes que conozco. Nunca se dejó distraer por los
tabús y las fronteras. Una de las cosas que admiro en ella es ese decir: ‘no
hace falta que siga las normas si no creo en ellas’. Ese punto medio rebelde
que tiene nos hizo avanzar, ser creativas, hacer historia y crear un equipo con
marca propia.**
La
definición vale lo mismo para un héroe que para un delincuente. No le
preguntaremos que "normas" y "tabúes" no van con ella y la
dejaremos en su estado de admiración, casi de abducción, por su entrenadora. A pesar de que algunos
no se "dejen distraer" por ellos, los tabúes y las fronteras existen.
Y deben existir. Dentro y fuera del agua de una piscina.
El otro
punto se refiere a su propia motivación:
Yo creo que no se pueden hacer las cosas a
medias. Si voy, voy a fondo. Hay que tener en cuenta que cobramos un sueldo que
nos pagan todos los españoles. Te pagan por tus resultados. Es una beca pagada
en parte con impuestos. Esto significa que creen en ti para un futuro. Yo me
siento obligada a responder a esa esperanza ajena.**
Agradezco
a Andrea Fuentes el esfuerzo hecho en estos años para dar cuenta de nuestros
impuestos, de los míos y los de todos los españoles. Le doy las gracias por su
celo, pero no me agrada como justificación de cosas que a lo mejor no me
hubiera gustado contemplar, quizá porque no soy deportista de élite y considero
que sí debe haber límites y tabúes, que hay ciertas cosas que no me gustan como
motivación, por muchas medallas que nos traigan.
El "te pagan por tus
resultados" puede ser cierto, pero me da escalofríos. Lo oigo cada día en
ejecutivos de ingeniería financiera, en empresas con ERE, o en la pequeña
empresa que también considera que llevarte al límite es "motivarte" y si no te vacías es que no mereces estar allí.
Y siempre hay alguien que tiene la sartén por el mango, algún "sargento de
hierro" que valora si estás lo bastante motivado y si te dejas la piel lo suficiente
por tu club, tu selección o tu empresa. Nunca es bastante. No te odian, te
motivan. No te insultan, quieren que des lo mejor que hay en ti. No te amenazan,
te estimulan. Unos te dan con el látigo y otros con el eufemismo. Todo por tu
bien. Al límite, a tope. Adelante.
No sé
quién tiene razón en este caso, ni cómo acabará. Probablemente todos. Pero no
me gusta que se diga que vale todo. Estoy bastante harto, la verdad, de la
"filosofía del éxito".
Somos
bastante hipócritas. Nos gustan las medallas, pero no enterarnos de cómo se
consiguen.
*
"¿Por qué se suicidan los deportistas?" El
Mundo 16/11/2009
http://www.elmundo.es/elmundodeporte/2009/11/16/masdeporte/1258363319.html
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