viernes, 10 de abril de 2015

Farkhunda en el escenario del mundo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La sangre derramada de Farkhunda, más allá de la indignación, ha despertado las conciencias. A medida que se ha ido aclarando el caso de su muerte a manos de centenares de varones piadosos, de prenderle fuego y arrojarla al caudal seco del río afgano al que se destinan las basuras, la solidaridad y la reflexión ha ido avanzando en direcciones inesperadas.
Mientras que aquí nos hemos quedado en la parte "noticiosa" del incidente, que sirve para "reafirmar la barbarie", lo importante es el efecto de la piedra que se ha lanzado al lago, ver las consecuencias. La muerte de Farkhunda no ha sido "otra muerte" más en Afganistán, Pakistán o en cualquier otro país del que filtramos noticias como estas porque desgraciadamente ocurren.
El brutal asesinato de Farkhunda no ha sido un "crimen de honor", una "violación colectiva", etc., las etiquetas habituales para clasificar estos sucesos. Lo realmente importante es que para eso que nosotros tenemos etiquetas, ellos no han encontrado. O se han vuelto contra los que la utilizaron. Se ha producido la conmoción porque ha dejado al descubierto la barbarie piadosa, la capacidad de ser manipulados fácilmente y han visto hasta dónde son capaces de llegar en su ceguera.


El diario egipcio Ahram Online da cuenta de lo que está ocurriendo en Afganistán tras la muerte de Farkhunda:

Poets, musicians, actors and activists packed an empty shop in a Kabul mall to commemorate the short life and violent death of a woman who has become a symbol for justice and women's rights in a country that historically elevates warlords and battlefield heroes to national icons.
The name of Farkhunda, beaten to death by a frenzied mob apparently in the mistaken belief that she had burned a Quran, has become a rallying cry for Afghans hoping the shocking incident will lead to profound changes in Afghanistan.
Activists say the previously unquestioned power of the religious establishment is being challenged for the first time in Afghanistan's modern history. Religious leaders and conservative politicians have been forced by the power of public opinion to apologize for trying to justify Farkhunda's killing. At least one official has been sacked for saying the woman would have deserved her brutal death if she had indeed burned the Muslim holy book.
At last week's Kabul vigil, candlelight illuminated a huge poster of Farkhunda's blood-reddened face as an actor recited Shakespeare's "Seven Ages of Man", followed by performances of works commemorating her death. Outside, documentary filmmaker Diana Saqeb broke down: "I don't believe in the humanity of this country anymore," she said.
"It has been more than 10 days, but still I can't sleep, I can't eat. These people are killers, no different to the Taliban or Daesh who also kill people in the name of God," Saqeb said, referring to an alternative acronym for the Islamic State group.*


En estos días en los que nos manifestamos asombrados por ciertas conductas, transformaciones o reacciones, seguimos ignorando que la forma de que esto cambie es que lo haga en su origen, comprender que lo que nos ocurre son las olas que llegan a nuestra orilla de las piedras que se arrojan desde la otra. Es necesario tratar de comprender por qué se producen estas oleadas en estos momentos de la historia. Al menos preguntarse por ellos en su complejidad, aventurar hipótesis que vayan más allá de los tópicos. Lo demás es caer en el espectáculo morboso, en la anécdota previsible.
Farkhunda murió, nos aclaran en Ahram Online, al dejar al descubierto el rentable negocio de la credulidad:

Farkhunda, a 27-year-old religious scholar who like many Afghans used only one name, was killed on March 19 after an argument with a peddler at Kabul's Shah-Do Shamshira mosque. According to witnesses, she told the man to stop selling amulets to childless women; he shouted to whoever could hear that she had set fire to a Quran. As police watched, and at times participated, Farkhunda was punched, kicked, hit with planks of wood, thrown from a roof, run over by a car and crushed with a block of concrete. Her body was then dragged along a main road, thrown onto the banks of the Kabul River and set alight.
The incident, filmed on cellphones and posted on social media, sparked nationwide demonstrations — and vigils around the world. The Interior Ministry says it has arrested 28 suspects and dismissed 19 policemen. Investigations by a presidential commission, which declared Farkhunda innocent of Quran burning, continue. On Thursday, the government ordered the mosque closed until further notice.*


Farkhunda murió porque recriminó a un vendedor de amuletos del mercado cercano a la mezquita que aquello no era más que una forma de estafar a las mujeres deseosas de tener hijos. Pero que una mujer recrimine a un hombre cuyo negocio es la credulidad delante de sus clientes es demasiado desafío y la respuesta para acabar con ella es sencilla: gritar que ha quemado páginas del Corán. Con la simple insinuación, la piedad sangrienta se pone en marcha y los aspirantes al paraíso dejan claro su sentido de la justicia y su amor por el Libro. ¿Qué varón normalmente constituido, piadoso, va a tolerar una afrenta así? El que no participe se hace cómplice ante la mirada de todos y ya sea por gusto o por obligación lanza su piedra, levanta su palo, patea el cuerpo de la mujer.


La barbarie ha dejado al descubierto la facilidad del engaño, la disponibilidad para el error inducido, la manipulación de un simple estafador de mercado para desprenderse de una mujer que le recriminaba sus acciones. Lo que asusta es sobre todo la facilidad, la ligereza en la acción, la inmediatez de la respuesta al grito de muerte.
Cuando tratamos este tema por primera vez señalamos que ya se había roto un primer esquema: el de que estas cosas no suceden en Kabul, sino en aldeas apartadas, en otros lugares. Sucedió en Kabul. Y bajo la mirada indiferentes de la Policía. Y tras ello, los santos varones expresaron sus felicitaciones en sus páginas de Facebook, retransmitieron su acto heroico con su teléfonos de última generación a los rincones más apartados del país, a las montañas más inexpugnables para comunicar la buena nueva: habían linchado a una mujer y le había prendido fuego después de arrastrarla por las calles donde se vivía la celebración.


Allí donde se ha visto el rostro ensangrentado de Farkhunda debería despertar una conciencia. Las imágenes son un doloroso recordatorio del error y allí donde se empezó con satisfacción hoy hay, al menos, vergüenza. Las fotos de Farkhunda ensangrentada se han convertido en un icono, en una imagen en la que se concentra la indignación, como lo fue la fotografía del rostro destrozado por las torturas de Khaled Said o la imagen de la mujer del sujetador azul pateada por los policías en Egipto. Son imágenes que se han reproducido y han presidido altares de vigilias por todo el mundo. Rectifico: por el mundo que es sensible a esto, al terrible drama que se vive y del que la historia de Farkhunda es un trágico, revelador episodio.
Ya avisamos en su momento que la "pregunta" no era si había quemado o no el Corán, sino el derecho de linchar y quemar a una persona en mitad de una calle, haga lo que haga, y las consecuencias de ello. Es decir: si eres un asesino por hacerlo o un héroe piadoso.


Para los que llevan años luchando por las mujeres en Afganistán, enfrentándose a una situación en la que parecía que el único frente eran los talibanes, ha sido un golpe doble. La violencia contra Farkhunda revela que queda mucho camino, que ella estaba muy por encima de la sociedad en la que se movía pensando que podría sacarla del error y de la estafa de los milagrosos amuletos.
La ilustrada Farkhunda se enfrentó al avispado ignorante, al estafador que contaba con siglos de ignorancia a su favor, con la piedad mal entendida, con el odio acumulado. Es su ignorancia, era un maestro de la empatía y apeló a los sentimientos cultivados durante las vidas de los que le rodeaban. Le bastó dar cuatro gritos para que se cayeran todas las esperanzas de progreso, las ilusiones de mejora, para que quedaran destruidas.


Pero el hecho de que ese Café de Kabul haya cambiado su nombre y que se llame desde hoy Café Farkhunda es una buena señal. Es convertirlo en un santuario, un lugar en el que además de para el café se reunirán bajo un nombre. Los símbolos son importantes porque transmiten fuerza y se comparten. Farkhunda se ha hecho más fuerte, ha amplificado su presencia por todos los lugares en los que es invocada. Es la única ventaja de su martirio, abrirlo lo ojos de algunos, dar ejemplo de valor y energía.
La prensa afgana de hace unos días informaba de la aparición en la televisión de la primera telenovela feminista en el país y las vicisitudes de quienes han sacado ese proyecto adelante:

The first feminist TV drama is due to be aired in Afghanistan amid growing and persistent violence against women with the latest lynching of a woman in Kabul shocking Afghanistan and the world.
The TV drama “Shereen’s Law” focuses on empowering women and struggles of women in Afghanistan by portraying a strong female character, according to drama actress Leena Alam who plays Shereen.
The story is based on a 36-year-old woman who brings up three children on her own while forging a career as a clerk at a court in Kabul.
“It is the first such drama — that is about women, that is about empowering women, that is about the struggles of women in Afghanistan,” Alam told AFP.
The series also attacks the Afghan judicial system, where rampant corruption is hidden behind a wall of silence with several actors saying no to storyline they found just too challenging.
Alam admitting that defying entrenched conventions in such a country comes with a risk. “It’s a bit dangerous, even for myself. Yesterday we were shooting outside. When… I’m waiting for the shot I’m always scared that somebody may throw acid on me or somebody may hit me with a knife,” she told AFP.
“It takes a lot of courage to write something like this and it takes a lot of courage to play something like Shereen,” Alam, a producer who has also appeared in several Afghan films, said.
“But I think it’s time, after more than 30 years, to move on and educate people and give them the information as bluntly as Shereen,” she added.**


Aplaudimos la iniciativa de Leena Alam. Hay que aplaudir además su valor de trabajar entre el temor de recibir ácido, una cuchillada o enfrentarse a la propia familia, como suele suceder.
La lucha de su personaje, Sheeren, por conseguir hacer valer sus derechos, por sobrevivir en una sociedad en el que las mujeres son tratadas como la serie denuncia, con violencia o con condescendencia, traerá a la mente la lucha de la propia Farkhunda. Con el tiempo, su propia historia saldrá a la luz, en forma de biografía, de documental, incluso de telenovela.
Recoge la prensa los actos que le han dedicado las personas que no han querido dejar que esto sea un caso más de violencia, en los que una muerte tapa a otra muerte. Recitaron en su honor las "siete edades del hombre", célebre fragmento del "Como gustéis", de William Shakespeare, en el que Jacques da su visión de los seres humanos como entrantes y salientes del escenario del mundo:

All the world’s a stage,
        And all the men and women merely players;
        They have their exits and their entrances,
        And one man in his time plays many parts,                       
5      His acts being seven ages. 



Pero lo importante de esa vida de actores que llevamos sobre el escenario del que entramos y salimos es lo que el mundo ve, que somos solo actores sino también espectadores de los demás. Farkhunda ha tenido un breve papel de 27 años sobre el escenario del mundo, pero ha sido una gran interpretación, llena de coraje y claridad. Por decirlo así, se volcó en su papel. Y ahora son los espectadores del drama, todos nosotros, los que tenemos su ejemplo. Las mujeres de Afganistán, de muchos lugares del mundo, han pintado sus caras de rojo. Comparten con ella ella el dolor, la vergüenza y el deseo de justicia. Han hecho de su imagen ensangrentada un símbolo de rechazo, un recordatorio. Solo con este tratamiento de choque se puede combatir esta barbarie. Solo mirándola a los ojos.


Recogen en las noticias de la CBS: «In central Ghor province, Juma Gul said she had named her newborn daughter after the dead woman "to keep the memory of Farkhunda alive."»*** Algún día esa niña —quizá muchas otras— preguntará por su nombre y se lo explicarán. Ella juzgará entonces, en el futuro, si la lucha y el sacrificio de Farkhunda sirvieron de algo.



* "Afghan artists, writers join activists in an outcry over a woman killed by mob" Ahram Online 6/04/2015 http://english.ahram.org.eg/NewsContent/5/35/127065/Arts--Culture/Stage--Street/Afghan-artists,-writers-join-activists-in-an-outcr.aspx
** "Feminist TV drama rolls out in Kabul challenging taboos about women" Khaama Press 4/04/2015 http://www.khaama.com/feminist-tv-drama-rolls-out-in-kabul-challenging-taboos-about-women-9972
*** "Afghan woman lynched by mob becomes rights symbol" CBSNews 5/04/2015 http://www.cbsnews.com/news/afghan-woman-farkhunda-lynched-mob-rights-symbol/





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