viernes, 10 de junio de 2016

Trump es el mensaje

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los efectos de la candidatura de Donald Trump están siendo devastadores. Atrapado en las garras del monstruo que han creado o que no han sabido frenar, los republicanos están asustados por las terribles consecuencias que puede tener para ellos, más allá de la pérdida de la Casa Blanca, derrota por la que más de uno estará ya rogando interiormente.
La democracia puede también crear monstruos y acabar con la democracia misma. No es un sistema perfecto, sino una forma de participar en las decisiones sobre el destino del país eligiendo a los que actuarán en nuestro nombre.
La peculiaridad del sistema democrático norteamericano permite que Trump sea el candidato republicano porque así lo han decidido los electores republicanos que pueden hacerlo. Nadie ha podido pararlo primero y discutirlo después, más que algunas voces que han dicho que no sostendrán con su voto o apoyo a un candidato de su calaña.
Pero conforme la seguridad de Trump ha ido creciendo, también lo ha hecho su osadía. Crecido por la eliminación de sus contrarios, Trump ha jugado la baza republicana sin considerarse sujeto al partido republicano. Eso le ha permitido una serie de maniobras estratégicas que le han dado fruto. Ha podido ir más lejos que los republicanos porque no siente vínculo alguno por ellos; son simplemente el vehículo que necesitaba para llegar a una nominación a la presidencia. Trump no es un hombre de partido, sino un candidato de sí mismo, un ególatra que maneja los recursos del que no tiene límites en sus objetivos. Advirtió —amenazó, si se prefiere— al partido republicano sobre intentar cualquier maniobra que intentara contrarrestar el apoyo popular.


A diferencia de otros políticos que pueden tener una ideología determinada, un sentido de lo político, Trump es alguien cuyo pensamiento procede de sí mismo o, si se prefiere, remite a sí mismo. Trump es el ejemplo de Trump; se invoca a sí mismo como persona triunfante y capaz de aplicar las recetas de su éxito a cualquier otro campo. Por eso su campaña, de principio a fin, ha sido una exhibición de mal gusto y prepotencia. No eran sus defectos, sino su estrategia para mostrarse como muchos otros se sueñan: como poderosos. Trump es el poderoso reclamando su sitio. La base de su campaña es la misma de sus acólitos en la "Trump University", que citábamos ayer: Trump es millonario y no necesita vuestro dinero, solo quiere enseñaros a que podáis hacer lo mismo. Las demandas consiguientes por estafa no se han hecho esperar. Por más dinero que tenga, igual que poder, siempre querrá más.


The Washington Post publicó ayer el artículo de Michael Gerson titulado "The party of Lincoln is dying". Recoge los últimos incidentes de un Trump que tiene que seguir mostrando su desprecio olímpico por las instituciones y personas, meras moscas en su camino, que son espantadas con un gesto de su mano. Esta vez, de nuevo, es un incidente de corte racista:

Why such vehemence among Republican leaders in their condemnations of Donald Trump for questioning the objectivity of a federal judge based on his “Mexican heritage”?
This is, in House Speaker Paul D. Ryan’s words, “the textbook definition of a racist comment.” But it is not materially more bigoted than the central premise of Trump’s campaign: that foreigners and outsiders are exploiting, infiltrating and adulterating the real America. How is attacking the impartiality of a judge worse than characterizing undocumented Mexicans as invading predators intent on raping American women? Or pledging to keep all Muslim migrants out of the country? Or citing the internment of Japanese citizens during World War II as positive precedent?
Is Trump himself a racist? Who the bloody hell cares? There is no difference in public influence between a politician who is a racist and one who appeals to racist sentiments with racist arguments. The harm to the country — measured in division and fear — is the same, whatever the inner workings of Trump’s heart.*


La respuesta de Gerson a la pregunta sobre el racismo de Trump es la correcta: lo importante es lo que hace. Y la apelación racista ha sido una constante desde el inicio de su campaña.
Trump se está valiendo del sentimiento racista que se ha intensificado en los Estados Unidos como resultado de los dos mandatos de Barack Obama. Los grupos racistas han usado durante ocho años la presencia de Obama en la Casa Blanca para avanzar socialmente estableciendo asociaciones negativas entre sus políticas demócratas y el color de su piel. Es un mecanismo de entrada en paralelo mediante el cual los sentimientos primarios racistas se vinculan casi paulovianamente con políticas concretas como el Obama-care, el levantamiento del bloqueo a Cuba, el cambio de política hacia Irán, etc. Son conocidas las manipulaciones de las fotografías del presidente Obama oscureciendo su piel para hacerlo parecer más "africano" o la conversión de su imagen en una especie de talibán convirtiéndolo en un "musulmán".


La estrategia de Trump desde el principio ha sido presentar una "América en decadencia", mensaje implícito en "hacer América grande de nuevo". El "de nuevo" es una forma de presentar su "degeneración" y la "perversión del gobierno" ocupado por alguien que ha llegado "demasiado lejos". La indignación de México —convirtiendo su figura en motivo de piñatas— o de los musulmanes, etc. no es casual sino una provocación medida y totalmente calculada para lograr un efecto en aquellos que han vivido como una afrenta la ocupación de la Casa Blanca por un afroamericano. El propio Trump ha dejado caer varias veces la cuestión del nacimiento de Obama en los Estados Unidos, un requisito necesario para la presidencia.
La cuestión no es, por tanto, preguntarse si Trump es racista o no, sino las consecuencias que estas políticas tienen sobre la elección primero y sobre el país después, pues es evidente que lo que está saliendo a la luz es la América más intransigente, la más racista, insolidaria, aislacionista y agresiva gracias a la canalización que Trump hace de ella y haciéndola tomar cuerpo.


La multiplicación de incidentes racistas violentos por los Estados Unidos no es casual sino el resultado de ese clima creado durante estos años y que ahora Trump aprovecha y excita y alienta con sus mensajes y acciones.
Trump es el mensaje. Las políticas que pueda proponer no son más que demagogia como una y otra vez demuestran los analistas dedicados a desmontar sus argumentos. Sin embargo no es su programa lo decisivo sino su capacidad de canalizar hacia él las frustraciones y los sentimientos negativos haciendo que su electorado se sienta como la "verdadera América" y él su salvador.
Su argumento, además, es fácil y se conecta con los de otros: no se trata de hacer, sino de dejar hacer. Su misión es quitar los obstáculos que bloquean al país. Por eso sus programas son negativos: hay que "limpiar América". Y en esas "limpiezas" entra lo económico, lo social, lo étnico, los compromisos internacionales, etc.
Trump ha crecido porque esa América negativa existe, cultivada durante dos décadas, una el dominio de las políticas de Bush y otra la de la contestación a Obama. Hace ya tiempo que se habla de esas "dos Américas" y lo que Trump está haciendo hará que tarde mucho en cerrarse si es que llega a cerrarse.


En un artículo publicado a mediados de marzo por The New York Times con el título "$2 Billion Worth of Free Media for Donald Trump", Nicholas Confessore y Karen Yourish analizaban la sorprendentemente baja inversión mediática de Trump:

Of all the ways Donald Trump has shocked the political system, one of the most significant is how he wins primary after primary with one of the smallest campaign budgets.
He still doesn’t have a super PAC. He skimped on ground organization and field offices. Most important, he spent less on television advertising — typically the single biggest expenditure for a campaign — than any other major candidate, according to an analysis by SMG Delta, a firm that tracks television advertising.
But Mr. Trump is hardly absent from the airwaves. Like all candidates, he benefits from what is known as earned media: news and commentary about his campaign on television, in newspapers and magazines, and on social media. Earned media typically dwarfs paid media in a campaign. The big difference between Mr. Trump and other candidates is that he is far better than any other candidate — maybe than any candidate ever — at earning media.**


Sí, Trump es el hombre de los medios, el "hombre-mensaje". Mientras los analistas tratan de explicar sus ideas para llegar a la conclusión que son absurdas, racistas, demagógicas, etc. Trump crece de forma gratuita por los comentarios que le dedican, insultos o alabanzas. Si el orden sale del desorden, los medios "ordenan" el caos de Trump convirtiéndolo en "mensaje" que llega a los que lo reciben con espíritu crítico o haciéndolo suyo. Nadie ha sacado, nos dicen los analistas, tanto partido a esta "publicidad" gratuita. Desgraciadamente no es solo "publicidad", como ocurriría en otros casos: es la intensificación que Trump necesita para crecer. Trump se beneficia de las alabanzas y de las críticas porque su ser es mediático, es persona y personaje. Donde otros necesitan invertir para hacer llegar sus mensajes, Trump llega él, él es el mensaje.


Un artículo e ilustración de David Horsey en Los Angeles Times se titulaba "Si un payaso es elegido presidente, no echen la culpa a los medios". Esto es relativo. Trump se beneficia de la falta de rigor crítico de los medios y de la preferencia por lo grotesco, es decir, por el payaso antes que por el discurso serio. Trump ha sido noticia hasta cuando no ha querido ir al debate televisivo. Trump se benefició de ser un personaje público del que se puede esperar cualquier cosa y, por ello, debe estar rodeado siempre de cámaras. Se ha beneficiado, en suma, de una política que busca audiencias y no relevancia de los mensajes. Trump fue objeto de seguimiento constante no porque fuese un peligro público como candidato, sino porque era Donald Trump, alguien con un "capital mediático" acumulado que puso a trabajar con eficacia. 
Muchos aspiran a ser una "meta etiqueta" en un diario; Trump lo es desde hace muchos años. Ha sobrevivido a todo tipo de campañas de desprestigio; está vacunado contra todo. Lo malo es que nuestra sociedad mediática beneficia a este tipo de personajes; se prefiere al payaso al erudito, al que insulta antes que al que razona. Y en eso sí que hay responsabilidad mediática, al crear el caldo de cultivo.


El temor que todos manifiestan ante un eventual triunfo de Trump es gradual: por el partido republicano —al que lleva a la destrucción—, por los Estados Unidos —al que llevará al caos— y por la situación internacional en la que las políticas anunciadas por Trump serían nefastas y abrirían una situación de incertidumbre como no se haya conocido previamente.
Trump, sí, es el mensaje, un mensaje terrorífico.



* Michael Gerson "The party of Lincoln is dying" The Washington Post 9/06/2016 https://www.washingtonpost.com/opinions/the-party-of-lincoln-is-dying/2016/06/09/e669380a-2e6b-11e6-9de3-6e6e7a14000c_story.html

** "$2 Billion Worth of Free Media for Donald Trump" The New York Times 15/03/2016 http://www.nytimes.com/2016/03/16/upshot/measuring-donald-trumps-mammoth-advantage-in-free-media.html




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