Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Son las
seis de la mañana y el mundo sigue ahí. La pregunta es ¿cuántas veces debemos
pasar todos por esto? ¿Es posible
acostarse con el temor a un desastre y que esto se vuelva a repetir, que lo
volvamos a vivir?
Creo
que cada uno habrá sacado sus consecuencias, habrá escuchado con atención.
Muchos pensarán que no es posible llevar al límite todo, que esa exhibición de
la fuerza bruta no es el camino que deseamos para las generaciones futuras o
para la semana que viene.
Esto
comenzó por una suposición, la de que los Estados Unidos, la de Israel, de que
estaba en juego su existencia, algo de lo que no existía prueba alguna, como
tampoco las hubo cuando las "armas de destrucción masiva".
Conforme
aumenta el poder de las armas aumentan las fuerzas que viven de ello y se
genera el negocio de las carreras de armamento, que son las que suben el Bolsa
cuando ocurren estos conflictos; especulaciones energéticas que enriquecen a
unos pocos. Hay un sinfín de aprovechamientos directos e indirectos, de la
política a la economía, si no son ya lo mismo.
Hay una
política del miedo que genera beneficios a los propios políticos que crecen
alimentando fantasmas demasiado reales a veces. Esta política divide el mundo
en mercados, en "oportunidades" que rozan el desastre.
¿Qué
nos espera en estas dos semanas de ampliación del, no lo olvidemos, el
"ultimátum"? Hoy respiramos, pero ¿cuánto duraremos sin contener la
respiración?
¿Nos servirá en España de reflexión para abandonar esta forma de hacer política "a la norteamericana", basada en el enfrentamiento constante, en la guerra interior permanente, incapaz de tener objetivos constructivos comunes? ¿Aprenderemos?
Trump
se ha cargado la OTAN, ha puesto en su punto de mira a la Unión Europea, al
derecho internacional... Ha ido destruyendo, en pocos meses, de la política
sanitaria mundial a los juegos olímpicos, ya no hay convivencia, ya no hay
alianzas más que para enfrentarse a otros.
No, no
podemos volver a pasar por esto. No es la persona para estar en ese puesto, no
es la persona en la que debemos fijarnos las veinticuatro horas del día con el
alma encogida a la espera del desastre. Alguien tiene que decirlo, alguien
tiene que decírselo. Esto no se puede repetir.





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