miércoles, 24 de abril de 2013

Errores básicos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las últimas horas nos han dejado al descubierto varios casos en los que las máquinas han jugado un papel peculiar. El primero lo hemos conocido a través del economista Paul Krugman, premio Nobel y activo y combatiente columnista de The New York Times, cuyos artículos son reproducidos entre nosotros por el diario El País. En su artículo de hace un par de días Krugman se preguntaba:

¿fue un error de codificación de Excel lo que destruyó las economías del mundo occidental? Esta es la historia hasta la fecha: a principios de 2010, dos economistas de Harvard, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, divulgaron un artículo, Growth in a time of debt (Crecimiento en una época de endeudamiento), que pretendía identificar un umbral crítico, un punto de inflexión, para la deuda pública. Una vez que la deuda supera el 90% del producto interior bruto, afirmaban, el crecimiento económico cae en picado.*

El artículo, señala Krugman, tuvo una gran influencia y fue tomado por cierto como apoyo de las políticas de austeridad. Cuestionado por otros, cuando se trató  reproducir los cálculos, a nadie le cuadraban. Los autores dejaron que fueran revisados y finalmente se descubrió el origen de la divergencia:

En primer lugar, habían omitido algunos datos; en segundo lugar, emplearon unos procedimientos estadísticos poco habituales y muy cuestionables; y finalmente, sí, cometieron un error de codificación de Excel. Si corregimos estos errores y rarezas, obtenemos lo que otros investigadores han descubierto: cierta correlación entre la deuda elevada y el crecimiento lento, sin nada que indique cuál de ellos causa qué, pero sin rastro alguno de ese umbral del 90%.*

Con todo ello se pueden construir varias fábulas modernas, de diverso signo, que afecten a máquinas, hojas de cálculo, economistas de prestigio o a políticos que les hacen caso. En ninguno de los niveles señalados se podría hacer a las máquinas o al programa Excel responsable de lo que es la ineptitud en los cálculos o en la forma de introducir los datos. Pero el etiquetado de la historia por el propio Krugman "La depresión del Excel" hará que algunos piensen que la culpa la tiene la hoja de cálculo. Una razón más para utilizar "Linux", pensarán algunos. Pero los fallos aquí no estaban en los programas ni en los programadores, sino en los que introdujeron los datos.


El segundo de los casos producido en estos días es el de los hermanos Tsarnaev, según los indicios hasta el momento, los autores de los atentados de Boston. De nuevo aquí las máquinas entran en juego en el desarrollo de los acontecimientos:

El senador de los Estados Unidos, Lindsey Graham, aseguró esta mañana que si el FBI desconocía que el hermano de Dzhokhar, Tamerlan Tsarnaev, viajó a Rusia, fue por un error muy básico: no habían escrito correctamente su nombre.
Así lo explica el senador republicano en la Cadena Fox: «Por eso nunca apareció en el sistema que se marchara a Rusia».
Graham, que también es miembro del Comité de las Fuerzas Armadas, aseguró que no sabía con seguridad si este error al deletrear su nombre a la aerolínea Aeroflot fue intencionado, pero cuando sus fuentes transmitieron la información al FBI no hubo constancia de este viaje.
[...] No se ha especificado cual fue la errata concreta pero es posible que se tratara de una variante de su apellido que utiliza el tío de Tamerlan, que vive en Maryland y se hace llamar «Tsarni» y no «Tsarnaev».**

Tienen razón el senador Graham al calificar de "básico" el error, pues lo es por estar en la "base" de los procesos posteriores. Los "errores de base" afectan a lo que se construye sobre ellos distorsionando los resultados finales. Son como una avalancha de nieve.
En ambos casos son errores —con sus diferencias entre uno y otro— que se producen en los niveles primarios, en la entrada de datos. El error no lo producen las máquinas sino nuestro contacto con ellas.

En el primer caso, un error en el cálculo es dado por bueno y aceptado como principio verdadero" aplicable en muchas otras situaciones. El error se transmitió a los que han tomado decisiones con el artículo en mente, aceptándolo como una política económica. El error se transmite a través de un sistema configurado por todos aquellos que lo dan por bueno. De la hoja Excel al artículo, del artículo a los que lo leen, de los que lo leen a los que lo aceptan, y de los que lo aceptan a los que lo aplican. Todos ellos, con sus ramificaciones, constituyen la cadena de transmisión del error. Hicieron ver una falsa realidad, un falso comportamiento de la economía. Los que querían creerlo, lo creyeron y lo utilizaron como argumento justificativo de sus acciones.

Por el contrario, el segundo error produjo la invisibilidad de lo real. La visita a Rusia del hermano mayor desapareció del sistema de vigilancia por un error en la introducción de los datos. Ninguna de las alarmas saltaron por alguna letra cambiada. Tampoco la máquina tiene la culpa esta vez, sino los datos erróneos suministrados al sistema. Por muy buenos que sean los sistemas, siempre que dependan de nuestras acciones, estarán sujetos a error.
Puede que algunos tengan dudas sobre la intencionalidad de los errores y piensen que los economistas falsearon los datos para obtener los resultados que quería —no sería la primera vez— o que Tamerlan Tsarnaev cambió alguna letra del impreso de salida para burlar el sistema de alarmas de la vigilancia de sospechosos de terrorismo. Pero del que no hay ninguna duda sobre su intención perversa es del incidente que se produjo ayer con un simple "tuit". La introducción de una noticia falsa —el ataque a la Casa Blanca y las heridas del presidente Obama— en el sistema a través de la cuenta de la Associated Press (AP) produjo un reacción  en cadena en Wall Street causando un desplome del mercado. Unos segundos de credibilidad son suficientes.

Puede que exista un nivel en la cantidad de información que podemos manejar y controlar con eficacia, una cantidad que, una vez superada, nos introduce en situaciones en las que es difícil detectar los errores antes de que estos sean desastrosos. Algunos se aprovechan y se esconden en la maraña informativa volviéndose invisibles —del terrorista a los evasores fiscales—; otros, en cambio, aprovechan la instantaneidad del sistema y su extensión global para provocar pánicos, sacudidas y desplomes.
En la Sociedad de la Información todo es "información" en el sistema, la verdad, el rumor y la mentira. Antes de distinguirlos, ya han causado estragos.


* Paul Krugman "La depresión del Excel" El País 21/04/2013 http://economia.elpais.com/economia/2013/04/19/actualidad/1366398440_370422.html
** "Dzhohar, a un amigo: 'Estos ataques son tan fáciles de hacer'" ABC 23/04/2013 http://www.abc.es/internacional/20130423/abci-sabia-tsarnaev-regreso-rusia-201304230956.html
*** "El tuit falso que hundió Wall Street" El Mundo 23/04/2013http://www.elmundo.es/elmundo/2013/04/23/economia/1366739034.html






martes, 23 de abril de 2013

Sobre la experiencia del libro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El paso del texto por distintas fases de escritura hasta llegar a su impresión definitiva se ha perdido en gran medida por el uso de los ordenadores, que nos ofrecen una versión desde el comienzo próxima a lo que será la impresión final. La llegada de los textos electrónicos, digitalizados, permite contemplar el resultado final casi al completo, perdiéndose la magia de los pasos sucesivos, su progresiva consolidación desde la escritura manual hasta su final encuadernado. 
Como objeto, el libro permite una experiencia doble durante un acto tan peculiar como es la lectura: la material de sostenerlo en nuestras manos y la imaginativa del leer. Este carácter doble del libro, materia e intelecto, marca el acto como un todo en el que se parte de lo tangible, su experiencia como objeto, con sus signos insertados, su disposición, etc., y se llega a la experiencia intelectual, fruto de la actualización de los signos en la mente. Tocamos, vemos e imaginamos.
En la obra Lo bello y lo triste (1965), Yasunari Kawabata nos habla de la experiencia del autor Oki ante sus propios escritos:

Cuando se publicó su primer trabajo en una revista, él había quedado atónito ante la diferencia de efecto entre el manuscrito y la letra impresa. Con el tiempo adquirió experiencia y comenzó a anticipar el efecto de sus palabras en la página impresa. No es que escribiera pensando en ello, pero la brecha entre manuscrito y obra publicada comenzó a desaparecer. Había aprendido a escribir para que sus palabras se publicaran. Hasta los pasajes que parecían tediosos o incoherentes en el manuscrito, resultaban precisos y densos una vez publicados. Quizá esto significara que él había aprendido su oficio. Solía aconsejar lo siguiente  a los escritores noveles: «Tratad de lograr que se publique alguno de vuestros trabajos, en una pequeña revista o algo así. Veréis qué distinto es del manuscrito... Y os sorprenderá comprender lo mucho que se aprende de eso.» (39)*


Cualquiera que haya visto publicado un libro o unas cuantas páginas propias habrá experimentado esa sensación de extrañeza, de orden, que provoca el texto impreso, la "coherencia", la solidez que adquiere ante nuestros ojos lo que no eran antes más que unas hojas. Hoy ya no se dan así a la imprenta —los editores no aceptan ya los textos manuscritos—, por lo que el efecto que experimentaba Oki es menor. El salto de la escritura manual al texto impreso debía causar un auténtico impacto, una sensación de distanciamiento, de incredulidad, que hacía dudar durante unos instantes de la propia autoría.

Pero la experiencia que Kawabata nos relata a través del personaje del autor va más allá en su extrañamiento por el paso de lo escrito manualmente a lo impreso mecánicamente. Nos cuenta del protagonista de la obra:

[...] él siempre había leído La historia de Genji en los menudos tipos de las dediciones modernas, hasta que un día cayó en sus manos un precioso ejemplar impreso con métodos antiguos y el resultado de la lectura fue completamente distinto. ¿Cómo habría impresionado en quienes la leían en aquellos bellísimos manuscritos de la época de la corte de Heian? Mil años atrás, La historia de Genji era una novela moderna. Nunca más se la volvería a leer así, por mucho que hubieran progresado los estudios sobre Genji. Lo mismo ocurría en la poesía del período Heian. Y en cuanto a la literatura posterior, Oki había procurado leer a Saikaku en facsímiles de las ediciones del siglo XVII, no por pedantería sino por un intento por aproximarse todo lo posible a la obra original. Pero leer novelas contemporáneas en facsímiles de los manuscritos era mero esnobismo. Las novelas contemporáneas han sido escritas para ser leídas en tipos de imprenta, no en un manuscrito mecanografiado sin ningún encanto. (39-40)


El "encanto" de la forma se vincula aquí con la experiencia del tiempo, con la distancia. Hoy, nos decía entonces Kawabata, no hay atractivo en la tipografía de la máquina de escribir, un estado intermedio entre la escritura manual y la limpia tipografía de la imprenta. No tiene sentido un facsímil así, de un estado imperfecto.

Si el autor experimentaba la trasposición de su escritura a la letra de molde como un orden, como una solidificación de lo inestable, por el contrario, su experiencia como lector le hace apreciar el valor de los tipos a los que no está acostumbrado, a lo diferente, lo que rompe la monotonía de su propia época. Como lector, se entumece ante la rigidez tipográfica a la que se ha habituado. La novedad le llega de esa belleza que percibe en su rareza original, de la página que surge del pasado. Hoy podemos sentir cierta placer melancólico al escuchar el teclear de una máquina de escribir, un sonido perdido, antes molesto.
Quien produce el libro lo hace para su tiempo; quien lo recibe, lo degusta más llegado de otras épocas, convirtiéndolo en experiencia exótica y particular, personal. Llegará un momento en que estos tipos que hoy no nos estimulan sean considerados fruto de un pasado irremisiblemente perdido, que perciban otros las diferencias que nosotros percibimos como identidad, y puedan experimentar el placer de leerlos como viajeros recién llegados del pasado. Nuestras vulgares ediciones producirán emociones insólitas.
Llegará, sí, un momento en el que la experiencia del roce del papel, del pasar de las páginas, esté tan olvidada que el contacto con el más simple documento nos produzca un inmenso placer.

* Yasunari Kawabata (2009). Lo bello y lo triste. Booklet-Planeta, Barcelona.




lunes, 22 de abril de 2013

El desorden

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La respuesta que Michael Haneke ha dado cuando se le ha planteado trabajar en una gran producción norteamericana ha sido expresiva y contundente: "Las películas 'maistream' estadounidenses son un tipo de cine de respuestas. Uno sale y el mundo tiene que estar en orden, y conmigo eso nunca ocurre".*
Esto explica en gran medida las diferencias entre el arte —mejor o peor— y el espectáculo —más caro o más barato—, en cada caso. Cada vez se miden más las artes por la inversión y lo recaudado que por el desorden que provocan en el ánimo de quien las contempla. Es función del arte verdadero sembrar la duda, el desconcierto respecto al mundo y su orden aparente, ficticio. El Arte es la ficción que muestra lo ficticio del orden real.
La expresión de Haneke señala que no se trata tanto de presentar un mundo alternativo o fantástico a través del arte, sino de crear la imposibilidad posterior del reencuentro con lo que nos espera. Tras la experiencia estética, es imposible la naturalidad del regreso. Al volver, lo que nos aguarda ya no se percibe de la misma forma. Se ha transformado inquietantemente. Hemos entrado en el cine seguro de nosotros mismos, de nuestro orden mundano, y al salir de allí lo que nos espera es distinto, mantenemos unas relaciones diferentes con el mundo.

El objetivo del arte de Haneke, lo logre o no, es precisamente es descolocar el alma para que perciba el mundo de otra manera. Es, al menos, su voluntad y compromiso. Al arte somnoliento, que alienta el vivir en lo ilusorio, se opone ese quiebro, como un despertar brusco.
Haneke, para terminar de establecer las diferencias, señala que él no es un "director", sino un "autor", concepto complejo y discutido, ridiculizado por cierta crítica que tampoco es "crítica", sino "gacetilleo", que forma parte de esa perpetuación del orden que también se desmorona ante la verdadera obra de autor. El autor tiene voz y conciencia, algo que decir y una forma de decirlo.Hay directores que no tienen nada que decir, pero que hacen muy bien su tarea.
Michael Haneke exige en su trabajo lo que no siempre se da en el cine: el control de lo que hace. El cine es un arte peculiar, con muchas otras artes metidas dentro. La autoría se reparte y se concentra en función del mayor o menor control que quien lo realiza tenga sobre las principales fuerzas que convergen en el film: la dirección, la historia, el montaje, la fotografía, la actuación. Por eso Haneke ha explicado en la radio austriaca que él escribe sus historias, dirige y selecciona a sus actores en cada proyecto. No ha querido ser grosero —no hacía ninguna falta— y ha señalado que si hubiera una historia que se correspondiera con su universo "¿por qué no?". Haneke, que es filósofo, sabe que la rotundidad es un defecto muy humano. Para los medios, la prioridad informativa, en cambio, es que ha "rechazado" a Brad Pitt, que tampoco tiene la culpa. Haneke no es soberbio; solo quiere seguir haciendo lo que entiende que debe hacer, su compromiso estético y moral.


Más allá de un problema de entradas y salas vacías, la "crisis del cine" —desde la perspectiva de la Culturay no de un ministerio que se llame así— es en realidad la crisis del "autor", de la reducción de sus posibilidades de decir en un mundo controlado. El Cine fue saludado como un gran acontecimiento por todas las Vanguardias: el Futurismo vio en él la encarnación del movimiento, esencia del nuevo Arte; el Expresionismo la manera de deformar el mundo para hacerlo significante; el Surrealismo vio en la imagen la forma de salvar la distancia entre sueño y consciencia, de dar forma al deseo. Hoy es otra cosa.

En un mundo que hace música, cine, poesía, novelas... para su consumo, para reafirmar que el mundo es como es y solo puede ser de esa manera, que somos quienes somos y no podemos ser de otra forma, que no caben más sueños que los que se nos ofrecen, la respuesta de Michael Haneke debería servir para alentar otras formas y maneras de hacer y decir.
Ray Bradbury nos habló en su fábula Fahrenheit 451 de un mundo en el que los libros se quemaban para debilitar la libertad de la personas. Alguien, mucho más inteligente que quien ordenó quemarlos, decidió que era más eficaz ofrecer libros tontos.

* "Haneke rechaza rodar con Brad Pitt porque el cine de EEUU 'no encaja' con él" El Mundo 21/04/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/04/21/cultura/1366550716.html



domingo, 21 de abril de 2013

Vivian Maier, la mirada invisible

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Vivian Maier fue niñera durante su vida, nos cuenta El Mundo*, pero cultivó una pasión oculta, la fotografía. El descubrimiento casual de 100.000 negativos y otros materiales gráficos, películas de Super8, comprado a ciegas en una subasta —donde había llegado por impago de un local de guardamuebles— por un joven que intentaba escribir sobre la historia de su barrio, nos muestra la obra de una gran fotógrafa, aclamada hoy por todo el mundo.
Maier captó con su cámara miles de momentos que no tenía posibilidad económica de revelar en su totalidad. Hay cientos de rollos de color y blanco y negro por sacar a la luz. Nos dicen que murió sola en un apartamento que le pagaban a medias algunos de los niños que cuidó a lo largo de su vida. Murió en 2009, el día antes de que Maloof intentara poner en contacto con ella. La casualidad la ha convertido ahora en una celebridad, admirada y estudiada. En mayo habrá una exposición en Valladolid, que después seguirá su marcha hasta París y Estocolmo.

John Maloof
John Maloof, quien realizó la compra de los negativos en la subasta, nos ha dado esta breve pero precisa descripción en su blog dedicado a la fotógrafa descubierta:

Vivian came here from France in the early 1930's and worked in a sweat shop in New York when she was about 11 or 12. She was not Jewish but a Catholic, or as they said, an anti-Catholic. She was a Socialist, a Feminist, a movie critic, and a tell-it-like-it-is type of person. She learned English by going to theaters, which she loved. She wore a men's jacket, men's shoes and a large hat most of the time. She was constantly taking pictures, which she didn't show anyone.**



Vivian Maier podía permanecer oculta tras su exterior, el estereotipo de la "nanny". No quiso compartir con nadie esa pasión por ver, esa percepción del detalle en la exploración del continuo que es el mundo que nos rodea. ¡Cuántas pasiones por la vida se esconden tras los silencios! Y eso es lo que aflora en las imágenes captadas en un mundo que miraba a través de la cámara protectora. La fotografía callejera es la ocasión de callejear, de salir al exterior. Nos dicen en El Mundo «Lo primero que Maier pidió en la casa donde trabajó más de 20 años fue un cuarto propio y una cerradura.»** Ni los niños a los que cuidó supieron de su pasión fotográfica e interpretan que era fruto de la distancia existente entre el servicio doméstico y los empleadores. Pero más bien parece soledad buscada, perímetro de seguridad de una personalidad sensible, artística, escondida, que usa las distancias sociales para protegerse. Su pasión es suya, su propia visión del mundo. La cerradura era la defensa de esa pasión por recoger con la cámara lo que la rodeaba. 

“Cuando intenté buscarla ya era demasiado tarde, al principio y durante bastante tiempo solo supe su nombre”, explica Maloof en conversación telefónica desde Chicago. A punto de cumplir 32 años, y con un documental sobre la fotógrafa en ciernes, reconoce que el creciente interés por Maier le está desbordando. “Mi vida ha cambiado, no puedo solo con tanto material. Quiero hacer este trabajo con extremo cuidado, preservar su obra con cabeza. Ella ha sido un ejemplo para mí, una artista que trabajó solo para sí misma, sin ninguna presión externa, probablemente de la manera que muchos desearían y no pueden”.

Nadie más lejos que Vivian Maier del artista mediático que busca la máxima proyección en un mundo estridente y llamativo, que necesita del ruido estruendoso para atraer la atención. Maier es lo contrario, una persona unida por el silencio y el retiro a su pasión personal, incompatible con otras miradas, con la explicación, con la controversia, etc., que definen el campo artístico contemporáneo. ¿Cuántas personas, como ella, esconden su arte —poesía, pintura, fotografía...— de la mirada ajena?

Maier se fotografíó como sombra sobre las superficies, como reflejo es espejos y escaparates; no como personas, sino como imagen reflejada. Captaba su huella en los objetos mientras pasaba desapercibida. Las salidas con los niños eran la excusa perfecta, el camuflaje, para llevar su cámara y recoger el mundo en el que ella se fijaba atenta mientras que se volvía invisible ante los demás. Sus imágenes recogen sus miradas, su curiosidad consigo misma, como objeto de exploración, como parte de su entorno.
Maier no era "fotógrafa"; usaba la fotografía. A la profesionalización de las artes se contrapone el uso personal, el "aficionado", recuperando su carácter esencial, nuestro desarrollo estético. Sin pretensión profesional, satisface la necesidad personal de verdad y belleza. No nacemos espectadores ni profesionales. Nacemos con el deseo de ver, de comprender, de encontrar armonías y disonancias.
Encerrados en ámbitos laborales cada vez más deshumanizados, rígidos, que solo buscan extraer rendimientos de la persona, la salida estética, el cultivar campos que nos permitan dotarnos de vida interior, se convierte en una necesidad. El arte no debe ser algo separado de la vida. Cada persona debería tener esa posibilidad de desarrollarse en una línea propia, ser capaz de expresarse a través de cualquier medio que le procurara la satisfacción de sentir libremente, más allá del éxito o del juicio ajeno, como experimentación de su propio misterio. No hace falta público, ni crítica, ni éxito.


Vivian Maier trabajó de niñera; le gustaban los niños. Puede que le gustara su trabajo y fuera eficiente en sus tareas. El trabajo para ella probablemente era la parte alimenticia de su vida, el rígido contacto normalizado con los demás. Pero el verdadero contacto, el que le satisfacía realmente, era el que mantenía con el mundo a través del objetivo de una cámara. La pasión por mirar, por recoger esos instantes de vida que se escapa, es lo que ella llevó hasta el lugar más íntimo para preservarlo. Era suyo.

* "La niñera escondía un tesoro" El Mundo 21/04/2013
http://cultura.elpais.com/cultura/2013/04/20/actualidad/1366471251_608940.html
** http://vivianmaier.blogspot.com.es/2009/10/unfolding-vivian-maier-mystery.html





sábado, 20 de abril de 2013

Los nuevos libertinos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hace algún tiempo tuvimos ocasión de dedicar una entrada del blog a los suicidios de la empresa France Télécom. Hay empresas que además de los datos económicos habituales acumulan muertes por suicidios. Quizá deberían empezar a contabilizarse en los balances anuales y en los informes a sus juntas de accionistas; quizás establecer unos objetivos de suicidio entre sus empleados y pedir responsabilidades a sus ejecutivos si se sobrepasan o no se llegan a cumplir. Otros, con mentes mejor amuebladas para la Economía, podrán decir que quizá los suicidios son indicadores aceptables de que la empresas están en el buen camino, que confirman que se toman las medidas adecuadas para la eficiencia del sistema, que no se puede trabajar bien sin angustia. Un día como ese llegará y los gráficos de suicidios se exhibirán sin pudor, sin negar su causa, en los despachos y juntas.
Hoy le toca —de nuevo en Francia— a La Poste, la empresa de correos. El diario El Mundo recuerda el caso de France Télécom y lo compara con esta nueva oleada de suicidios:

La fama se la ganó a pulso la operadora. Entre 2007 y 2010 su proceso de reestructuración sepultó a medio centenar de sus asalariados. Fue tras la privatización de la compañía. Había que recortar gasto y efectivos sin mermar el beneficio y en esta ecuación la dirección del grupo no valoró los riesgos para la plantilla.
La Poste vive hoy un proceso similar, también con rastro de sangre. En los últimos meses la crisis ha ido in crescendo. Se contabilizan 70 casos, según los sindicatos.
Dos trabajadores se han quitado la vida en pocos días y otros dos lo han intentado.*


El diario recoge la frase dejada por el último de los suicidas en su nota de despedida:  "El interés general y el respeto humano han dejado su lugar a la competencia malsana". Sin retórica alguna, la desnudez de la frase deja en evidencia la deshumanización de un sistema que, por el contrario, ha desarrollado los discursos justificadores de ese tránsito, de esa involución moral, destruyendo cualquier valor hasta convertir precisamente la ausencia en un único valor aceptable y asumible: el beneficio egoísta. El ciclo que comenzó con las teorías de los libertinos y la naturalización del mundo concluye en el minimalismo ético de la ganancia: lo inmoral es no querer ser un depredador. A la pregunta clásica sobre por qué se unen los seres humanos, la respuesta es el parasitismo, para beneficiarse unos de otros. Ya no ha lugar a filosofías, a circunloquios.
El diario El País entrevista en Washington al mexicano José Ángel Gurría, secretario general de la OCDE:

Pregunta. Gigantes como Apple, Google o Microsoft pagan impuestos mínimos fuera de EE UU. La OCDE ha detectado que muchas multinacionales pagan el 5% en impuestos de sociedades cuando las pymes abonan el 30%. ¿Cómo es posible?
Respuesta. Esa es la paradoja, y fíjese que en la situación política: en un momento en que los Gobiernos necesitan más dinero porque hay problemas de ingresos y gastos públicos. Así que los Gobiernos suben los impuestos, ¿a quién? A las pymes y a las familias, porque a los otros no hay manera. Obviamente, no funciona.**


No sé si el término correcto es "paradoja" o si, por el contrario, existe una lógica profunda acorde con el sistema. Las empresas se hace poderosas no para ser justas, sino para no tener que participar de la debilidad de la justicia. Porque la justicia, la ética, la moral, ya lo advirtieron los libertinos y sentenció Friedrich Nietzsche, no son más que formas de la debilidad, frenos que se pretende aplicar a los poderosos para protegerse de su avance. El verdadero síntoma del poder es no sentirse culpable. El poderoso lo es porque no siente remordimientos porque sus empleados se suiciden uno tras otro, porque consigue él mismo liberarse de la angustia que les lleva a quitarse la vida. Ese es el verdaderamente poderoso, el que consigue alejar de sí angustia y culpabilidad. Es la definición del sociópata. Hasta Raskólnikov lo entendió.


Así empieza a ser nuestra "economía", que no es una "abstracción" o una "realidad paralela", sino la descripción de nuestras relaciones sociales, de nuestro comportamiento y organización. Ha dejado de ser "social" para ser "sociopática". La expresión de Gurría ante la pregunta —"a los otros no hay manera"— revela que el síntoma del poder es ese estar al margen, esa marginalidad que no es la del paria, sino la del privilegiado absoluto, la del que se rige por su propia ley, una ley que le hacen a medida y que él inspira y dicta.
El carácter sociopático de esta forma de economía lo podemos apreciar en las declaraciones, aparecidas en un libro, en Francia, del presidente de La Poste:

...Jean Paul Bailly, para quien no hay ninguna crisis en su empresa. Dice que la tasa de suicidios en el grupo "es inferior a la del resto de la población" y señala que las muertes acumuladas hasta la fecha son fruto de una mala mezcla: "Fracaso profesional y fragilidades personal".*


Él, en cambio, es una buena mezcla entre indiferencia y cinismo, entre hipocresía y pragmatismo, la mezcla perfecta como para que no le aparten de sus fines de eficiencia y rentabilidad detalles sin importancia como esas muertes de seres débiles, personas que no son capaces de valorar lo que se ha invertido en ellos en formación y deciden acabar con su vidas. Tiempo y dinero perdidos.

Mientras se elijan para los puestos directivos a personas como Jean Paul Bailly o a los que están al frente de esas empresas multinacionales con las que, como dice Gurría, "no hay forma", el mundo irá a peor sin remedio. Y lo hará porque el que "vaya mejor" se definirá sobre esos criterios de "eficacia" y "competencia" que ellos mismos establecen. Continuará el sacrificio de muchos para que unos pocos —muy pocos— vivan escandalosamente mejor sin que nadie les toque, consultando sus apretadas agendas en las que anotan las visitas de los que les piden por favor que vayan a sus países o ayuntamientos, desmantelando leyes y derechos para que ellos accedan a "emprender" allí sus negocios, mientras algunos de los futuros suicidas derraman lágrimas de agradecimiento porque ellos, los más poderosos, les han concedido la gracia de asentarse en sus pueblos.
El desprecio profundo con el que Jean Paul Bailly ha hablado de los suicidas de su empresa, como profesionales fracasados y personalidades débiles, es elocuente y nos confirma porqué está donde está, el presidente perfecto. Él representa lo contrario: éxito y fortaleza. Hay virtudes que son una carga pesada para ascender. Son los nuevos libertinos, ligeros y eficaces.

* "Suicidios en La Poste, tras la senda de France Télécom". El Mundo 20/04/2013  http://www.elmundo.es/elmundo/2013/04/19/economia/1366363024.html
** “Es difícil combatir las prácticas fiscales de las multinacionales”. El País 20/04/2013 http://economia.elpais.com/economia/2013/04/19/actualidad/1366401321_037298.html