miércoles, 22 de noviembre de 2017

Nosotros, los otros y viceversa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Imaginemos que nos encontramos ante un viajero recién llegado, llamado Marco Polo, un señor que nos llega contando cosas de un país absolutamente desconocido. O imaginemos que alguien que dice haber viajado junto a Cristóbal Colón nos cuenta cosas de mundos que ignorábamos que existieran. Nada sabemos de ellos; nuestra recepción no se encuentra condicionada por ningún factor. La receptividad es grande pues lo completamente desconocido atrae de forma intensa. Es lo exótico, lo maravilloso, aquello que solo es accesible a través del relato que trata de crear en nuestra imaginación un nueva escenario.

"Y de todo esto no he de decir sino la verdad —señala Marco Polo en su relato—, para que mi testimonio sea reconocido por todos como verídico, sobre todo por aquellos que en los tiempos futuros puedan ver y entender cuanto yo conocí.

Los que le escuchaban no tenían más acceso a ese mundo que sus palabras y, como  no tenían otra forma de verificación, debían creer en la verdad de lo dicho y lo preciso de sus descripciones. Lo tomaban o lo dejaban. No había otra forma de verificación. Por ejemplo, quienes le escuchaban debían creer cosas como estas:

Quiero relatar ahora otra cosa extraordinaria que había olvidado mencionar. Pues mientras el Gran Khan permanece en su palacio, tres meses al año tal como ya hemos visto, siempre que hay lluvia, niebla o mal tiempo en general, tiene junto a él a unos sabios, astrólogos y encantadores, que suben al techo del palacio; y, en virtud de su ciencia y encantamientos, ordenan a las nubes, a la lluvia y al mal tiempo que se aparten de la residencia del Señor; de modo que sobre él nunca llueve ni hay temporal, pues lo ahuyentan y tienen poder sobre estos fenómenos; o, en todo caso, la lluvia, la tempestad y el temporal caen a su alrededor, mas nunca sobre el palacio del Gran Khan.

En efecto, es algo extraordinario, algo que se escapa a la experiencia de los que escuchan. Los que lo aceptaban, lo hacían haciéndose partícipes del entusiasmo narrativo de quien lo contaba con todo convencimiento.
La mayor parte de nuestras informaciones no proceden de la experiencia, sino que han sido medias a través de diferentes formas textuales en las que —como en el libro del Viaje por las tierras de Kubla Khan— se recogen experiencias de otros que damos por buenas. Esas informaciones se guardan en nuestra memoria y van construyendo una representación del mundo más allá de nuestros sentidos. No entran en nosotros más que a través de las experiencias o fantasías de los relatos.
Donde antes estaba Marco Polo y otros viajeros ilustres, con más o menos garantías de fidelidad, hoy se encuentran los medios de comunicación que amplían el mundo que nos rodea —el accesible directamente— con toda una serie de experiencia que hacemos nuestras desde otros que dicen haberlas vivido.
Esas informaciones van tomando cuerpo en nosotros, individual y socialmente, hasta concretarse en unas imágenes estables. En gran parte son estereotipos, imágenes fuertemente codificadas, emocionalmente etiquetadas, que constituyen representaciones del "otro" en el interior de nuestra mente y también de nuestra cultura en la medida en que se va haciendo común.
Imaginemos que visitamos China con la imagen en mente de las descripciones de Marco Polo. Probablemente nos lleváramos muchas sorpresas al ver que nuestras expectativas no se cumplen, que lo esperado no forma parte de esa realidad a la que ahora accedemos directamente. Imaginemos seguidamente que regresamos a nuestra tierra e intentamos explicar a los que nos reciben que las cosas no son como nos las han contado, sino muy diferentes. Pero en el tiempo que hemos estado fuera, el libro del viajes y sus exóticos y misteriosos acontecimientos han dado lugar a nuevos relatos que se han hecho muy populares y de los que no es fácil desplazar a las personas, que no quieren creer lo que les decimos ahora y dejar de creer lo que les contaron. Ellos se resisten a cambiar esas primeras historias, que siguen dando por buenas.


Podríamos, si así lo quisiéramos, estudiar las diferencias entre lo que hemos visto y lo que creen los que no han visto nada. Lo más probable es que se hubieran producido algún tipo de fenómeno, en unos casos una reducción simplificadora, esquemática, de lo contado, o por el contrario un proceso de exageración que resaltara los aspectos que nos hubieran resultado más diferentes de los nuestros.
Se habrían creado unos resistentes estereotipos que se seguirían reproduciendo en todos aquellas manifestaciones culturales que se usaran para describirlos. Aquellas primeras historias y valoraciones de los otros tendrían un gran peso y se irían desarrollando.
En la novela Hiperión, de Friedrich Hölderlin, el gran poeta alemán de la locura, el joven protagonista acude a Grecia para salvarla de los invasores. La Grecia que llevaba en mente es la que los textos clásicos habían creado en su mente, la patria de héroes, filósofos y artistas. Pero lo que se encuentra allí es otra cosa. Su amada Diótima le escribe sobre el desengaño producido por la realidad. Aquel mundo no existe ya, es solo su deseo quien lo mantiene:

—¡Pero silencio, silencio! Fue mi más hermoso sueño, el primero y el último. Eres demasiado orgulloso para seguir ocupándote de esta raza malvada. Y haces bien. Tú les conducías a la libertad y ellos pensaban en la rapiña. Tú les condujiste en triunfo a su antigua Lacedemonia, y esos monstruos la saquearon y tú, noble hijo, fuiste maldito por tu padre, y no hay sima ni espesura lo bastante segura para ti en esta tierra griega que tú has respetado como cosa sagrada, que tú has amado más que a mí.


Igual que los lectores de Marco Polo se formaron una imagen a través de sus relatos, Grecia y Roma han creado una imagen en nosotros y el joven Hiperión, la representación de un mundo enriquecido, construido desde los textos, las imágenes, etc. Lo que se encuentra ya no es a los héroes, sino una "raza malvada" que habita ahora aquella "tierra sagrada". La distancia entre la Grecia imaginada, recreada desde la cultura, es totalmente diferente a la que percibe Hiperión.
Cada cultura posee una representación de los elementos propios y de los ajenos, que pueden percibirse en distintos momentos como negativas o positivas, más o menos simplificadas. Los "otros" pueden ser los de al lado o los de más lejos y nos sirven para crear nuestra propia posición o identidad.
El ex ministro francés Manuel Valls nos dice desde los titulares del diario El País: “España tiene que preguntarse qué es ser español” Buena cuestión, como lo es preguntarse sobre el "ser" de cualquier otra identidad nacional, algo construido por un sinfín de imágenes, textos, personajes, etc. "Ser unos días Quijotes y otros Sancho", dirían algunos. El siglo XIX y parte del XX nos lo hemos pasado preguntando "qué es España", "cuál es nuestra esencia", etc. Quizá haya que concluir que el ser de España es preguntarse sobre su ser. La pregunta por el "ser" es demasiado clásica y metafísica. Prefiero preguntarme por el "qué hacemos", entre nosotros y con los demás. En esto siempre he sido existencialista y creo que la existencia precede a la esencia, es decir, que seremos lo que seamos el último día antes del apocalipsis. No estamos cerrados, sino en continua reelaboración. ¿Y los otros, cómo nos ven? De muchas formas, desde la "leyenda negra" fabricada por los protestantes que solo veían la paja en ojo ajeno, hasta a imagen turística y futbolera de hoy.


El verbo ser es demasiado engañoso; nos da demasiada consistencia. Por eso los países tratan de crear sus "marcas", es decir, de controlar sus imágenes públicas exteriores para poder llegar mostrar a aspectos positivos. Es el paso de la metafísica del ser al pragmatismo de la imagen pública. Tampoco es demasiado convincente porque está enfocada a la mirada del otro. Gastan grandes cantidades de dinero en organizar actos y en montar campañas dentro de lo que llaman el "Nation Brand" y tratan de estudiar las imágenes de los países o de las ciudades. Sin embargo, no es sencillo y a veces un imposible. No es fácil cambiar las ideas, estereotipos, clichés, tópicos, etc. con los que se construye la representación de los otros en el seno de nuestro espacio de representaciones. Tampoco es unánime. El ministro saudí de Exteriores acaba de decir. "La gente ve en Qatar la Copa del Mundo y edificios bonitos; nosotros vemos el mal". Es una forma sencilla de señalar la disparidad de las representaciones. Donde unos ven unas cosas otros ven otras.


Marco Polo habló así del Tíbet:

El Tíbet es una gran provincia, cuyos habitantes tienen idioma propio y son idólatras, que confina con el Mangí y con otras diversas regiones. Sus gentes son ladrones redomados; y es tan vasto el territorio que contiene ocho reinos dentro de sus límites y gran cantidad de pueblos y ciudades; tiene también muchos ríos, lagos y montañas, donde se encuentran abundantísimas pepitas de oro. Recogen mucha canela y jengibre y utilizan como dinero el coral, que es allí muy caro; y sólo lo usan en sus mayores fiestas, colgándoselo del cuello las mujeres y los ídolos. Además tienen muchas baratijas y paños de seda, de oro y de felpa. Y gran cantidad de especias, algunas de las cuales no llegan hasta nuestros países, donde son desconocidas.   
Viven allí los más hábiles hechiceros y los mejores astrólogos de todas aquellas tierras; pues logran realizar los más extraños encantos que puedan existir, y los mayores imposibles que se hayan visto o escuchado nunca; todo ello merced al arte diabólico, por lo que no hablaré de estas cosas en mi libro para no escandalizar a sus lectores. Sólo diré que desencadenan cuando quieren grandes tempestades, con truenos y relámpagos; o, al contrario, hacen desaparecer la tormenta; y hacen así infinitas maravillas; pero son mala gente y van muy mal vestidos.

Él lo pensaba así y no había entonces forma de contradecirle. Muchos se quedarían sin ganas del ir al Tíbet recién enterarse de que existían. Aunque quizá lo del oro abundantísimo hiciera a alguno más condescendiente con tanta maldad. Hoy, nuestra imagen del Tíbet está orientada en muchas otras direcciones. Se ha formado con una mezcla de noticias, películas, campañas, lecturas de algún álbum de Tintín, las giras del Dalai Lama y las gracias de Richard Gere.
En nuestra mente se combinan grandes unidades ("Oriente" y "Occidente", por ejemplo) con otras más concretas ("España" y "China"). Yo me suelo soliviantar cuando alguien me dice "vosotros, los occidentales" porque casi siempre tiene unas connotaciones negativas, como ocurre en gran medida en el "mundo árabe", otra generalización resultado de diferentes mezclas.
En tiempos de globalización e intensidad informativa las informaciones que recibimos pueden chocar con nuestros estereotipos culturales sobre los otros. Creo que tenemos una obligación moral de tratar de conocer mejor a los "otros". La Historia es muchas veces una injusta serie de malentendidos partidistas. Siempre se escribe desde una perspectiva, es decir, desde un determinado prejuicio y por más objetivo que se quiera ser desde el punto de vista académico y profesional, la cultura popular no se anda con delicadezas. No hay mayor amplificador de prejuicios que el cine, el arte popular que llega más lejos, Hoy se nos hace doloroso comprobar cómo la fábrica de sueños lo era también de estereotipos. Muchas películas antiguas (algunas modernas) se nos hacen insufribles por el tratamiento que dan a las representaciones de los otros. Hoy causan irritación pues son recibidas por públicos a los que no estaban destinadas que se ven afectados por cómo son representados, de forma simplista y malintencionada muchas veces. Nos hemos acostumbrado, por ejemplo, a ver esos estadounidenses cinematográficos pasearse por un mundo en el que, salvo algunos países, la gente era de una simpleza abrumadora.


Hoy es necesario acceder a esas culturas, las de los otros, para comprobar que ya no es posible actuar de esas maneras, que es inútil nombrar un corresponsal de televisión cuya primera noticia es mostrarnos los "raros" alimentos que otros pueblos comen o alguna costumbre alejada de las nuestras. El "exotismo" tiene que modificarse.
La cuestión de Manuel Valls no es la determinante. En Francia se inventó el término "chauvinismo", que se refiere precisamente al exceso de claridad en la identidad que lleva a despreciar a los otros. No ha sido esa la intención de Vals, desde luego. Es más determinante cómo atrapamos a los otros en nuestras representaciones y los dejamos allí condenados al tópico, al estereotipo. Por eso es importante disponer de más y mejor información, elementos de conocimiento positivo de los otros, que si los criticamos sea con fundamento.
Nos quejamos de que existen ya pocos lugares por descubrir. El gran descubrimiento arqueológico es el otro, un otro cubierto por capas de tópicos, de malentendidos, de viejas heridas. Más allá del turismo, del "Brand", etc. hay un mundo de cultura y diferencias que nos ayudan a entendernos nosotros mismos o a vivir en una duda saludable y abierta, sin una identidad fuerte, un poco camaleónica, adaptativa. Algunos se pasan de identidad fuerte y lo pagan los demás.






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