domingo, 16 de junio de 2013

El viaje de ida y vuelta a ninguna parte o la economía real

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No hay como un buen desastre para que uno se dé cuenta de que ha hecho las cosas mal. Últimamente estamos llenos de reflexiones en este sentido. La realidad es muy tozuda y los desastres se llevan por delante las exitosas argumentaciones de la temporada pasada. Recogen en el diario El País:

“Sin economía real no iremos a ninguna parte, los países con un sector industrial fuerte afrontan mejor la crisis que el resto. Tenemos que volver a poner la industria en el corazón de la política económica”, señalaban hace pocos días fuentes comunitarias en Bruselas, en un tono que parecía entonar un mea culpa colectivo y difuso.*

La "economía real" somos usted y yo y el vecino de enfrente. Decir que sin la "economía real" no se va a "ninguna parte", significa decir que una economía que no se preocupa de la gente no es una economía, es otra cosa. Podrá llamar economía a muchas otras cosas, pero no podrá olvidarse que al final está la realidad, usted y yo, seres finitos, que vivimos aquí y ahora, que comemos, enfermamos y tardamos un tiempo en recuperarnos, que crecemos y nos jubilamos.
La economía real tiene los pies en el suelo, pero no para especular con él, sino que entiende que la radicación es el hecho esencial de los seres humanos y no la migración, que es siempre un hecho forzado, huir de una carencia. La economía que acepta la visión del capital siempre está preocupada por la "fluidez", por dónde ganar más; la visión que se ocupa de la economía real, de nosotros, se preocupa de cómo garantizar la mejor vida posible a los que viven en un espacio, mayor o menor, y trata de mantener las mejores condiciones en él. La inmoralidad profunda de algunas opiniones frívolas sobre el que nuestros jóvenes tengan que irse de España es esa, la despreocupación por la economía real, por la realidad misma, por las personas y sus destinos vitales. Es maravilloso que la gente quiera ver mundo, salir y prosperar; pero desastroso si se te tiene que ir la mitad del país fuera para que te salgan las cuentas, si no puede uno enfermar porque se te descuadra el presupuesto, y una larga lista de "molestias" derivadas de la imperfección de naturaleza humana.


Puede que exista "otra economía", pero no hay "otra realidad". Es la cera que arde, como dice el refrán. Se nos refleje como se nos refleje, el problema que usted y yo tenemos es el de vivir en el seno de una sociedad y de tratar de hacerlo lo mejor posible, en las condiciones más humanas, con la mejor convivencia. Para ello es importante que las personas a las que elegimos usted y yo para que nos gobiernen, para que nos dirijan, sean conscientes de que usted y yo somos seres vivos y no números o gráficos, que somos seres que aspiramos a una modesta felicidad sobre la tierra.
Hemos desgastado la palabra "felicidad" con tanta novela romántica y libros de autoayuda, pero la aspiración humana, como bien señaló Keynes, es a una "buena vida", a una vida —la única que tenemos— "feliz". La política o la economía no deberían olvidarse —junto con muchas otras disciplinas, probablemente— de que su fin último debería ser humanista y social: preocuparse por la felicidad del ser humano, individual y colectivamente.


El descubrimiento por parte de las instituciones europeas de que con su diseño y políticas se va al desastre y que ese desastre no solo afecta a los números sino esencialmente a las personas y sus aspiraciones de felicidad llega un poco tarde. Ha tenido que crecer el desempleo, hacerse precario, mal pagado, reducir prestaciones y servicios sociales, saltar la indignación a las calles, darse suicidios por desesperación en distintos países, etc.
Señala Amanda Mars en el artículo citado de El País:

Hoy las autoridades asumen que la zona euro, que es la única región que no crece, si quiere prosperar, debe seguir siendo una factoría a pleno rendimiento, pero le coge en plena sequía de recursos públicos y con el grifo del crédito cerrado para el sur. Hay dos Europas en lo que a empresas se refiere y una paga por los créditos casi el doble que la otra. Se repite desde que comenzó la crisis de deuda soberana, pero esta misma semana la fundación de análisis de cajas de ahorros (Funcas) publicaba los datos más recientes en un estudio: los países con más problemas de déficit pagan un 85% más por el crédito que el resto. Bruselas intenta que el Banco Europeo de Inversiones (BEI) sirva para canalizar más dinero para pymes.*

En repetidas ocasiones hemos planteado aquí este problema. Hace unos días —en Pregunta a Míster Guindos [ver entrada]—, nos contaban que la pregunta que lanzaban al ministro de Economía español en todos los foros internacionales era en qué sector industrial se va a basar España para crecer. El "turismo" no es el camino, le advierten, por más que sea una fuente de ingresos. Lo es ahora porque hemos desmontado casi todo lo demás, porque los pueblos prefieren poner un dinosaurio de pega en la entrada para atraer turistas y que se tomen unas cañas en sus bares antes que crear industrias que permitan a las personas trabajar de otra manera [El dinosaurio soriano  ver entrada]. No podemos seguir poniendo puente de plata a nuestros jóvenes ingenieros; hay que ponerlos a trabajar aquí, crear industrias, invertir en ellas. Eso es ocuparse de la economía real, del potencial real.

Para ello hay que vencer las resistencias de los sectores que se han beneficiado de este desarrollo desastroso que España se ha dado, con los intereses de los inversores del Norte, todo hay que decirlo. Hay que vencer las resistencias de los intereses de los políticos locales sin miras que han hecho del suelo su principal activo y de todos los que pretenden que ese modelo sea predominante. La conversión de España en zona turística y de eventos, su progresiva transformación desde las costas hacia el interior, es algo que tiene que cambiarse para poder tener una economía real estabilizada. El modelo turístico es demasiado fácil pero hace estragos en el futuro, que se ve encadenado y condicionado. Es nuestra "enfermedad holandesa", el sector que destruye otros sectores, que impide otros desarrollos. Una piedra al cuello.
España tiene un grandísimo potencial industrial y llevaba el camino de hacerse realidad hasta que el desastre de nuestros dirigentes, su novatada europea, nos ha ido dejando caer en una forma en la que no concuerda nuestra transformación social con nuestro presente económico. Íbamos para país industrializado y nos redestinaron a un modelo precario y dependiente de crecimiento. Unos no querían competir con nuestra agricultura y volcaban camiones, otros tenían problemas con nuestra industria. El turismo estaba bien; España tiene —como decía la vieja canción de Los Mismos de Tenerife— "seguro de sol". Fuimos país emergente, pero se nos pasó el turno.

Efectivamente, sin la economía real no se va a ninguna parte. Y la economía real supone también dar salida a las aspiraciones que la mejora de la educación, la formación laboral, etc. producen en un pueblo. Hemos mejorado mucho, pero no nuestras aspiraciones, que se han quedado petrificadas en un modelo obsoleto que ya nos viene pequeño desde hace mucho tiempo. La migración de los mejores por inexistencia de iniciativas capaces de acogerlos o apoyarlos es la evidencia mayor. Hay que recuperar nuestro ritmo de crecimiento, continuar nuestra conversión inconclusa en país industrializado. Ayer decía el Presidente del Gobierno en un foro didáctico que los gobiernos no crean puestos de trabajo, sino las condiciones para que se cree, que son los emprendedores los que lo hacen. Pues más le vale, a él y a todos, que los emprendedores se dediquen a crear puestos en fábricas antes que en casino, en agricultura avanzada antes que en bares y terrazas. Ese es el valor de la acción política; eso es gobernar. No se puede gobernar sin tener un modelo de crecimiento, un ideal de cómo se quiere un país, no solo de las cifras finales, sino de la vida real. Todo depende entonces del qué, cómo, dónde de esas condiciones. 
Nos dicen que pagamos un 85% más por los créditos que los países que siguen controlando la industria europea y las grandes empresas. Así es difícil que se desarrolle la industria y crezcan las empresas, condenadas a ser pymes hasta el fin de los tiempos. Es un mecanismo que evita que podamos competir realmente, hecho para dejarnos históricamente en "nuestro sitio", como país sureño. 


La transformación de España en cincuenta años ha sido asombrosa; es ese "éxito nacional" que nos ha tenido que recordar el embajador de los Estados Unidos, Solomont, antes de irse de nuestro país. Y este país, que hizo ese esfuerzo brutal en la posguerra y en los años del desarrollo, se ha visto condenado por su propia imagen, aceptando la que tenían de él sus socios, acostumbrados a venir a sus playas y chiringuitos. Al final, como en la profética película de Berlanga, nos vestimos de patéticos parroquianos, para ser aceptados.
Dice el titular del artículo que "Europa también necesita fabricar". Me parece muy bien, pero hay que asegurarse que una parte de esa Europa seamos también nosotros; no podemos quedarnos fuera otra vez del impulso industrial. España tiene que recuperar su propia estima, reconocer su potencial real y lanzarse sin complejos más allá de lo que los demás esperan de nosotros. Hay que romper el techo de cristal.


* "Europa también necesita fabricar" El País 15/06/2013  http://economia.elpais.com/economia/2013/06/15/actualidad/1371319197_471132.html








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