sábado, 24 de septiembre de 2011

La velocidad de los neutrinos y las teorías-basura

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Wolfgang Pauli
De todas las noticias con las que las páginas del mundo nos sorprenden hoy, solo una nos sorprende verdaderamente. Sorprenderte es algo que no esté al alcance de cualquier cosa y quizá usemos con demasiada alegría esta palabra en un mundo lleno de teorías que cubren el espectro de las posibles sorpresas. La mayor parte de las sorpresas proceden de la ignorancia y esta es siempre local. Por eso, cuando se produce una sorpresa de esta categoría, la gente es cautelosa.
En este caso los cautelosos son los físicos, que ya de por sí lo son. Y no es para menos: una de esas afirmaciones que se daban como verdad de la buena, un pilar sólido para poder construir cosas sin que se vinieran abajo, plantea dudas a raíz de un nuevo experimento. Mientras los ingenieros construyen puentes, aviones y barcos, los arquitectos edificios, etc.…, los físicos construyen “teorías”, edificios mentales mucho más complejos. Estos edificios son unas veces muy resistentes y otras se caen a la primera de cambio. Los físicos prefieren que se les caiga el observatorio a que se les hunda lo construido con lo observado. Es más fácil levantar otro edificio de ladrillos que recomponer el edificio teórico cuando aparecen grietas.
Lo presentado ayer en el laboratorio del CERN, en Suiza, es de demasiado alcance para atreverse a sacar consecuencias, entre otras cosas, porque en este momento seríamos incapaces. Es como al que le dan una noticia tremenda y se sienta a asimilarla porque presiente que su vida cambiará. Para algunos, preocupados por otras cosas, el hecho de que los neutrinos vayan a más velocidad de la permitida les parecerá un tema de radares y multas. El problema es que la velocidad de la luz es un poco más complicada que la de nuestras carreteras. Sobre su constancia y límite gira prácticamente todo el edificio teórico de nuestras teorías más avanzadas sobre la realidad.

Instalaciones del CERN
Cuando se produce una observación que contradice la teoría vigente se siguen tres pasos: 1) se comprueba que no es una anomalía de la realidad, una irrelevancia local; 2) se revisan los métodos y actos de medición, por si presentan errores que distorsionan los resultados; y 3) finalmente si no es una anomalía ni un error de medición o instrumental, no tenemos más cáscaras que modificar la teoría o enterrarla si es necesario.
Por eso, nos cuenta la prensa, los científicos que han presentado el informe con los datos obtenidos han señalado:

"No intentamos hacer ninguna interpretación teórica o fenomenológica de los resultados" […] "Después de varios meses de estudios y comprobaciones no hemos encontrado ningún efecto instrumental que pudiera explicar el resultado de las mediciones. Mientras los investigadores de Opera continúan sus estudios, también queremos tener medidas independientes para lograr un juicio definitivo."*

Se ciñen así al protocolo de actuaciones científico: revisarán todos los posibles errores que hayan podido causar las desviaciones de la teoría aceptada antes de hacer ninguna revisión de la teoría vigente, que hasta el momento siempre había sido precisa y coherente.


La Física ha sido el modelo sobre el que ha pensado siempre la Filosofía de la Ciencia o la Epistemología. Las reflexiones sobre la “validez” de la Ciencia y las formulaciones de las condiciones de los métodos, etc. se han hecho desde la Física porque es la que se ha mostrado más sólida en sus afirmaciones, por decirlo así. Sus teorías, al estar sometidas a procesos de verificación estandarizados y generales más estrictos, suelen ser más duraderas. Por eso, una observación sobre la mayor velocidad de los neutrinos respecto a la velocidad de la luz debe someterse a todo tipo de pruebas para confirmarla o desecharla.
En el otro extremo de las Ciencias, tenemos el caos teórico y observacional de nuestros economistas y expertos, que elaboran cada día una teoría circunstancial desde creencias en fundamentos altamente ideológicos. Como señalan cada vez más críticos, los presupuestos de la "eficiencia de los mercados" y otras afirmaciones por el estilo, son “creencias” a las que nos aferramos con vehemencia pero sin fundamento excesivo. En una de las obras que reseñamos en este blog, el premio Nobel de Economía, George A. Akerlof, y Robert Shiller afirmaban:

El auténtico problema […] son las opiniones convencionales que subyacen es la mayor parte de las teorías económicas. Numerosos profesionales de la macroeconomía y las finanzas  han llegado tan lejos en el alcance de sus «previsiones racionales» y «mercados eficientes» que no aciertan a comprender la dinámica fundamental que subyace en las crisis económicas. (275)**




Esta idea está hoy generalizada. El problema que se plantea es una cuestión en cadena que afecta al conjunto de los saberes. Aunque llamemos “ciencia” y “científico” a muchas cosas distintas, la capacidad de proponer modelos estables de teorías, modelos constatables o resistentes a lo que nos propone la tozuda realidad, nos hace ver que los grados son muy diferentes y así debe entenderse sin traumas psicológicos ni científicos. Debe entenderse —y no siempre se hace, aunque sea evidente— que cada campo de investigación está determinado por sus propias condiciones y objeto y, por tanto, el riesgo que asumimos con la aceptación de las teorías por etiquetarlas a todas como “científicas” es grande si esos campos, por su propia naturaleza, no admiten los mismos procesos de verificación, etc. En resumen, aunque llamemos "teorías científicas" a muchas cosas en muchos campos, no todas lo son de la misma manera y en muchos casos no es más que una maniobra retórica para ganar credibiidad. Por eso hay que avisar sobre la aceptación de teorías con un alto grado de creencia o ideología en su base, casi de moda, sobre las que se han edificado edificios teóricos y prácticos de alto riesgo. Las teorías basura también existen. Son las que se muestran incapaces de predecir los desastres que causa su aplicación. Hay teorías que tienen, como los clubes de fútbol o los cantantes, "seguidores" y algunas hasta "amigos", que se lo perdonan todo.
Pauli predijo la existencia de los neutrinos en 1930. No ha sido hasta hace 26 años que Reines y Cowan confirmaron la existencia de la partícula que Pauli. Pauli recibió en 1945 el Premio Nobel de Física por otro descubrimiento, el "principio de exclusión". Todo lleva su tiempo.
El que los físicos pidan prudencia antes de sacar consecuencias de un hecho observado que contradice la teoría vigente, debería servir de ejemplo a los que practican la imprudencia habitual de tener fe ciega en donde deberían tener duda razonable. Hacer teorías es bonito; aplicarlas arriesgado. Si los neutrinos pueden sobrepasar la velocidad de la luz, algunos listos pueden sobrepasar la velocidad de los neutrinos.

* “Revuelo a la velocidad de la luz”. El País 23/09/2011 http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Revuelo/velocidad/luz/elpepisoc/20110924elpepisoc_1/Tes
** G. A. Akerlof y R. J. Shiller (2009): Animal Spirits. Cómo influye la psicología humana en la economía. Gestión 2000, Madrid.


viernes, 23 de septiembre de 2011

La mano que sostiene el típex

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los límites que separan lo estúpido de lo inteligente deberían poder verse desde la luna. Sin embargo en esta amplia zanja se precipitan cada día los políticos españoles sin distinción de color o talla. Deberían instalar en las puertas de los parlamentos autonómicos y nacional, de cabildos y ayuntamientos, esas campañas en las que se hacen revisiones médicas, especialmente de vista y oído. Solo ante esta dejadez preventiva de señorías y consejeros, de alcaldes y concejales, puede explicarse su mala percepción de la vida, su nula comprensión de lo que acontece.
Lo ocurrido ayer —el asalto político a los informativos de RTVE*— es un ejemplo más de la forma en que se entiende la política en nuestro país. Nos sitúa en un nivel de control bananero de las informaciones en el que la forma de hacer desaparecer los problemas es pasarle el pincelito del típex por encima.
El afán de control del mensajero es absoluto y solo se contiene por la firmeza con la que los profesionales y la sociedad civil pueda defenderse con el sentido común en la mano y, de ser necesario, las leyes y la Constitución.

Está claro que nuestros políticos no cambian. y no lo hacen porque no escuchan y si escuchan no entienden. Sea por el motivo que sea, todos los caminos nos llevan a esta roma clase política que sigue pensando que la mejor forma de evitar errores es impedir que alguien los cuente. El didactismo mediático de los inicios de la democracia, con unos profesionales que jugaron un papel importante en la maduración política de la sociedad española, pronto dejó paso a unas formas y maneras que evidenciaban que se entendía la acción comunicativa como un modo de control. El que gobierna, narra.
Nuestra clase política no se esfuerza en mejorar nuestro sentido ciudadano, sino en mejorar su propia imagen ante una opinión pública sometida al insulto permanente de ser considerada estúpida y manipulable. Nuestras ruinosas televisiones públicas se mantienen gracias a que son los instrumentos de control político con el que la clase gobernante, todos los partidos, se aferra a la imposición y cultivo de su propia imagen. Las televisiones ejercen como “correctores” con los que se controlan las chapuzas  y pifias que nuestros dirigentes nos regalan cada día. Actúan como ineptos, se retratan como héroes.


Anulada la independencia de los medios públicos, los partidos la incluyen en los beneficios de la victoria electoral. Con los votos adquieren el derecho a contar, el privilegio de describirse heroicamente en cada suceso cotidiano durante una legislatura, durante la cual pasas a ser dueño del juguete mediático y de todos los que están dentro.
Nuestra clase política ha convertido todas las esferas que deberían ser independientes en mini-yoes del parlamento regional o nacional. Con eso han conseguido cargarse el prestigio, al matar la independencia, del poder judicial o de los medios públicos de información. Ávidos devoradores de independencia, se convierten en los que dictan —dictadores— cómo se debe juzgar o transmitir la realidad, privilegio que les llega con los votos que les respaldan.
El incidente indecente de la aprobación del acceso directo de los consejeros televisivos a la edición de los informativos de RTVE es una muestra más de la forma conjunta de entender su papel y, sobre todo, de falta de respeto a la ciudadanía, a la que se considera como una destinataria de su imagen retocada.
No les importan los problemas; les importa más que esos problemas lleguen descafeinados a la audiencia. No les importa la independencia de los profesionales, a los que no respetan, y a los que exigen y seleccionan desde el grado de adhesión y favor en el cultivo de la imagen pública de líderes y partidos. Solo desde este control permanente de su imagen pública es posible entender que los españoles hayamos recibido imágenes distorsionadas de nuestra situación económica, que en nuestros platós se representen farsas presentadas como debates o mesas redondas, que nuestra realidad esté contada y analizada por un reducido elenco de “opinadores” profesionales elegidos proporcionalmente al reparto de fuerzas políticas.


Pedir examen de conciencia sería una ingenuidad por mi parte, pero voy a hacerlo. La rebelión de los profesionales me parece un signo de dignidad gremial y de defensa de los derechos de todos a recibir una información independiente y respetuosa desde los medios públicos. Esta actitud debería mantenerse como dignidad profesional y compromiso con la ciudadanía. También los profesionales deben analizar el papel que han jugado y juegan en el control social por la clase política a través de la información. Los profesionales deben tener sus ideas, por supuesto, pero deben aspirar a alejarse de los cantos de sirenas, de las promesas de poder con las que la clase política les tienta permanentemente.
El periodismo es una profesión en la que el respeto a los demás comienza por el respeto a uno mismo. Solo se puede servir verdadera y lealmente a las audiencias y públicos siendo honesto. Esa independencia y aspiración a lo mejor es la garantía para el que lo recibe, la base de su confianza. Cuando el ciudadano percibe que lo que los periodistas les transmiten está sesgado y distorsionado, que no busca su información sino la ignorancia de lo que debe saber, es cuando el desprecio y el rechazo se producen.
En este incidente han estado involucrados todos. Cuanto más importantes sean las crisis, mayor presión sobre los profesionales, mediadores ante la opinión pública y agentes en su formación. Los medios tienen que ponerse del lado de la ciudadanía o estamos perdidos, condenados a la mala información, a la desinformación, a estar recibiendo bonitos cromos de la realidad, una realidad sacrificada cada día a pasar por el típex corrector de faltas y deslices.

* "El Consejo de RTVE revocará la injerencia en los telediarios" El País 23/09/2011 http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Consejo/RTVE/revocara/injerencia/telediarios/elpepusoc/20110923elpepusoc_1/Tes



jueves, 22 de septiembre de 2011

Obstáculos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Gaston Bachelard escribió:

«Cuando se buscan las condiciones psicológicas del progreso de la Ciencia, se llega pronto a la convicción de que hay que plantear los problemas del conocimiento científico en términos de obstáculos [...] El conocimiento de lo real es una luz que proyecta siempre sombras en alguna parte.» (187)*


Con esto quería decir Bachelard que el acto de conocimiento plantea simultáneamente aspectos positivos y negativos para el conocimiento mismo, por expresarlo de forma simple; la luz ilumina ciertas zonas, pero provoca también zonas de sombra.
Pero Bachelard va más allá de la Ciencia y aplica este principio a otra forma de adquisición de conocimientos: la educación. Le sorprende al filósofo que los profesores (especialmente los de ciencias, señala) no sean conscientes de un hecho: «… el adolescente llega a la clase de física con conocimientos empíricos ya construidos; se trata pues no tanto de adquirir una cultura experimental, como de cambiar de cultura experimental, de volcar los obstáculos acumulados ya por la vida cotidiana» (191). El adquirir un conocimiento supone siempre cambiar otro conocimiento. Esta idea tiene grandes consecuencias si la tomamos en serio. Y deberíamos hacerlo.
Dentro de unos días comenzaremos el curso en nuestras universidades y los alumnos se sentarán frente a nosotros de nuevo. El “error de la página en blanco” es el de tener la ilusión de que esas personas que están allí vienen sin sus propias experiencias y sus intuiciones. La labor del profesor es doble y ninguna fácil: desmontar experiencias previas y tratar de insertar nuevas. Estas nuevas formas, en el futuro, actuarán también como obstáculos de nuevos conocimientos. Nuestra labor es desmontar certezas que se han adquirido previamente para poder dejar lugar a la duda como mecanismo de progreso. Sin duda no se avanza. No es fácil asimilar que lo que aprendemos está destinado a ser cambiado desde el mismo momento en que lo adquirimos.


La idea no es la imposibilidad del conocimiento o de la objetividad, sino que de todas las luchas que el ser humano emprende, la más titánica es la que mantiene consigo mismo. Cuando entendemos que somos nuestro principal obstáculo, podemos relativizar lo que nos ata y condiciona. Por eso son tan extraordinarios los espíritus creativos, los genios, cuya capacidad no es solo la de oponerse a los otros, sino especialmente oponerse a sí mismos. Hacerse es un desprenderse permanente; hay que aceptar que somos un proyecto inacabado y que esa es nuestra gran ventaja en lo personal, lo social y como especie.

Gaston Bahelard
Nuestros grandes avances se dan porque una parte de nosotros, individual y socialmente, se niega a estar cerrada. La Vida es un gran repertorio de programas con distintos grados de cierre. Nosotros somos, probablemente, la especie con mayor capacidad plástica cognitiva y esa ha sido nuestra fuerza y, sobre todo, lo que ha definido nuestra velocidad de avance  través de la cultura. Es nuestra capacidad de cambiarnos rápidamente, de desprendernos de nuestros propios obstáculos, lo que nos hace poderosos.
Desgraciadamente, la sorpresa de Gaston Bachelard porque los profesores no entendieran esto sigue vigente. Nuestra forma de educación está destinada a cerrarnos antes que a abrirnos. Entendemos la educación como una transmisión de conocimientos que nos definen de forma estática. Deberíamos incidir mucho más (en el caso de que se haga algo) en esa idea de desprendimiento. En términos de pensamiento, desprendimiento significa capacidad de preguntarse. Uno solo se pregunta algo cuando duda. Las personas seguras ni dudan ni se preguntan. Lo contrario es hacer unas personas que niegan y se niegan al cambio. Escribió Bachelard:

«Llega un momento en el que el espíritu prefiere lo que confirma su saber que lo que le contradice, o prefiere las respuestas a las preguntas» (189)

Vamos perdiendo capacidad adaptativa, ligereza, ante el peso desorbitado de los conocimientos y de las experiencias que nos van paralizando. La parálisis es la incapacidad de desprendernos de nosotros mismos. Ama las preguntas. Piensa que tus repuestas pueden ser un punto de apoyo para el siguiente paso y que la última es ya el final del camino. Cambié, dijo Goethe, para poder seguir siendo yo mismo. Metamorfosis frente a parálisis.
Hay un cuento sufí que se fue transmitiendo hasta convertirse en un célebre número de circo. Un payaso se pasea buscando insistentemente dentro del círculo de luz dibujado por una farola. Un compañero le observa detenidamente y, pasado un rato, decide preguntarle qué busca con tanta insistencia bajo aquella luz. «Unas llaves que he perdido», le contesta. El compañero se pone a buscar las llaves junto a él. Pasado un buen rato de busca conjunta, le pregunta: «¿Estás seguro de haberlas perdido por aquí?» «No —le contesta el payaso—, pero por aquí hay más luz.»
Payasos entre luces y sombras... La historia ilustra perfectamente lo que nos trata de explicar Gaston Bachelard. Lo estático de la luz ata al hombre a la zona iluminada y le impide ir a buscar más lejos. La luz se convierte en un obstáculo. La luz es lo que vemos, lo seguro. La vida es adentrarse en las sombras, abandonar la seguridad de la luz y seguir buscando.

* Gaston Bachelard (1973): Epistemología. Anagrama, Barcelona.



miércoles, 21 de septiembre de 2011

¿Por qué en España no se puede decir de una película mala que es una mala película?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es un gran misterio que en España no se pueda decir que una película es mala cuando es mala. Lo mismo ocurre con libros, obras de teatro, desfiles de modas, o primeros platos de chefs…, con cualquier elemento artístico que esté bajo el nombre de cualquiera de los “genios” de andar por casa que nos hemos fabricado en las últimas décadas de cultura española. Usted no ha notado nada, pero cuando he escrito “cultura española” un ligero estremecimiento me ha recorrido la columna vertebral. O quizá sí, sí ha sentido también un estremecimiento, como un escalofrío por la columna, al leerlo.
Uno de los problemas de la cultura española es, precisamente, tener genios oficiales, personas que, hagan lo que hagan, cuentan de salida con las fuerzas conjuntas del bombo y del autobombo. A usted le habrá ocurrido: ha salido de la sala de proyección conmocionado, en silencio, compartiendo con los demás un sentimiento de culpabilidad porque aquello a lo que ha asistido no le ha gustado nada. No se atreve a mirar a sus acompañantes por temor a que le pregunten y le pongan en un compromiso. Ha escuchado una risa sin identificar que ha surgido desde el fondo de la sala. ¡Algún desinhibido! Sale de la sala como el que no quiere la cosa y se dirige hasta un lugar seguro. Lo más probable es que no se atreva a entrar directamente en el tema con provocaciones como “¿qué te ha parecido?” o “¿te ha gustado?”. Dejará trascurrir primero una o dos copas para ir perdiendo el miedo. Quizá suelte usted algún comentario indirecto que el cerebro de su acompañante capte y se enfrenten ambos a ese momento de sinceridad, de entrega mutua, de confianza extrema, en el que se confiesan que la película es una auténtica porquería.

En cualquier caso, si usted no es crítico profesional, tiene suerte. Hace unos años con motivo de la resolución de un premio sobre crítica de cine, los miembros del jurado nos reunimos en un restaurante. Se trataba de seleccionar la “mejor crítica” de entre los finalistas. Un crítico profesional, de esos de reconocido prestigio o, al menos, de mucho tiempo en la profesión, fue sometido —ya a los postres— a preguntas sobre su libertad de expresar realmente lo que pensaba. Después de darle varias vueltas a su puro, el crítico nos dijo: «Me dejan decir tres veces al año lo que pienso; tengo tres oportunidades de decir que una película es mala.» La respuesta era una incitación a preguntar sobre qué ocurría tras la cuarta. Y nos explicó: «No me parten las piernas, no. Pero sé que desde ese momento la habitación de hotel que me asignarán en el festival ya no dará a la playa, sino a una salida de humos; que la butaca que me tocará en la sala tendrá una columna delante; que nadie irá a buscarme a la estación cuando llegue y que las invitaciones a los preestrenos me llegarán un día después.» Es comprensible que un crítico tan conocido no se arriesgara, ante este panorama, a decir lo que piensa. Total, ¿a quién le importa? ¿Es que alguien espera de un crítico que sea sincero?
Todos recordamos cómo un diario de reconocido prestigio puso de patitas en la calle a un crítico literario porque se permitió el lujo posmoderno de decir que una obra editada por una de las empresas de la casa era mala. No fue nada personal, es cierto. Una simple decisión empresarial para que entiendan que no se atenta contra los intereses económicos de la empresa que te da de comer. Se montó un escándalo y lo readmitieron. ¡Qué tiempos!

En muchos países, especialmente tras la caída del Telón de Acero, se puede decir que una película es mala. A lo mejor no te dejan hablar mal del dictador y de sus familiares hasta un tercer grado de parentesco, pero como las dictaduras no suelen apostar demasiado por esto del arte y la cultura, no les importa mucho. Prefieren tener buenos censores a buenos críticos.
Por eso choca tanto que en España se haya llegado a la figura del “crítico-censor”. Su función es evitar que se diga que una película es mala. Es la “censura positiva”. Cuando la película es una porquería, el crítico “positivo” te habla de la recaudación, aunque en todas sus críticas anteriores haya dicho que la recaudación suele ser un indicador del mal gusto y la chabacanería. Cuando la película es muy mala, el crítico positivo te recuerda la trayectoria anterior del genio. Y si es malísima, cómo fue un luchador contra el franquismo o que en el extranjero le adoran.
Y luego está el público. Ese público que idolatra al director, un público que es de los de “¡viva mi Curro, aunque salga corriendo!” o del “¡viva el Betis manque pierda!”. Educado entre lo taurino y futbolero, el público español tiene tendencia a la estabilidad. Se corta una mano antes de reconocer que su director favorito, ese que hizo su última buena película hace más de diez años, es un genio. Porque el español no rectifica.
Y entre críticos que no quieren complicarse la vida con sus jefes, ni con los jefes de sus jefes, ni con los amigos de sus jefes o con sus propios amigos, y un público que no quiere traicionar sus impresiones juveniles, tenemos un panorama artístico cuya culminación es ese monumento que es el chiqui-chiqui, producto genuino de una intelectualidad chistosa que abandonó a Machado por un plato de lentejuelas y glamour, y de una crítica que les ríe las gracias, aplaudidas masivamente por un público que con sus sms demostró al mundo, sin género de dudas, que tenía La educación estética del hombre como libro de cabecera.
Todos los grandes directores tienen alguna película mala, un error de cálculo, un mal asesoramiento, una elección torcida, una resaca vital. En España no. No, no…, aquí eso no pasa. Aquí, como tengas los vientos a favor, se te aplica de por vida eso de “cría fama y échate a dormir”. Si tienes la suerte de estar entre ese grupo selecto de mentes preclaras, de divos de la creación, de personajes admirados, que da igual lo que hagan siempre tendrán no ya el beneficio de la duda, sino el beneficio de la ausencia de dudas, puedes crear tranquilo. Tu público y tu crítica estarán contigo, protectores, paternales, diciéndote lo grande que eres, lo mucho que vales, que a mi churri artista no me lo toca nadie, denunciando lo envidiosa que es la gente.
¿Resultado de esto? Malas obras, crítica pésima y un montón de amigos que te rodean, como a Leónidas en las Termópilas, espalda contra espalda, defendiéndote como leones de Esparta.
¿Y la película? Un horror…



martes, 20 de septiembre de 2011

El olvido de la palabra

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La cuestión es la siguiente: ¿se puede aprender algo que no se entiende? Es lo que nos plantea E. D. Hirsch Jr. desde las páginas de opinión de The New York Times. Hirsch comienza señalando: «The language competence of our high schoolers fell steeply in the 1970s and has never recovered.»* Es la constatación que año tras año se produce al comprobar los resultados de las SAT, las pruebas de admisión para los Colleges. El descenso de la competencia lingüística ha ido disminuyendo desde que se produjo lo que se ha dado en llamar “the Great Verbal Decline” en los 70. Y esto no ha sido privativo de los Estados Unidos. Se ha especulado sobre las causas, pero los hechos son los hechos.
Hirsch Jr. señala respecto a las posibles causas:

The most credible analyses have shown that the chief causes were not demographics or TV watching, but vast curricular changes, especially in the critical early grades. In the decades before the Great Verbal Decline, a content-rich elementary school experience evolved into a content-light, skills-based, test-centered approach.

E.D. Hirsch Jr.
Los efectos no son producidos —nos viene a decir—  por elementos externos al sistema, sino que es el propio sistema el que produce estos desajustes. En resumen: el sistema falla, pero no lo reconoce. Sigue adelante con esos efectos negativos, como la máquina que hace ruido pero corta bien el césped. El ruido es molesto, pero la máquina hace lo suyo. Aquí la máquina hace ruido y, según parece, el corte no es bueno.
Hace unos años, los docentes nos buscábamos perplejos por los pasillos de la Facultad preguntándonos si era una ilusión personal o si se había producido un empeoramiento espectacular en la condiciones de la comprensión de nuestros alumnos. Muchos coincidíamos en la misma observación. Cuando algo así ocurre, cuando la nueva remesa de estudiantes llega y, para bien o para mal, notas un cambio significativo, eso quiere decir que un cambio brusco se ha producido en algún nivel anterior de sistema educativo.
Empeñados en considerar técnicamente los problemas, es cada vez más frecuente que olvidemos su realidad primera. Creo que la enseñanza adolece de este problema: demasiado empeñada en afinar el violín, ha olvidado para qué sirve el instrumento. Hemos convertido el sistema educativo en una especie de preparación moldeadora de las personas para objetivos que no son los de la persona, sino los del sistema. Se intenta, mediante la ingeniería educativa reorientar al ser humano hacia metas productivas, presididas por objetivos de eficacia, rentabilidad, especialización, etc. Algo que nos es ajeno como seres naturales  y cada vez más incómodo como personas.

El gran salto de la educación se produjo cuando se quiso formar ciudadanos. Hoy no tengo demasiado claro lo que queremos formar, pero sí tengo claro que se olvidan demasiado a menudo los objetivos personales de formación. Los individuos están empezando a considerar que la educación es algo que se practica contra ellos, que cercena sus posibilidades de desarrollo en beneficio de modelos e intereses ajenos.
La idea de Hirsch es que la desatención del aprendizaje de la palabra y de la comprensión, sustituida por diversas formas de aprendizaje centradas en otro tipo de “habilidades”, produce un retroceso que no es solo el del lenguaje. Esta merma lingüística repercute en todo el proceso de aprendizaje, ya que el lenguaje es el elemento de mediación de cualquier otro proceso. El olvido de la palabra tiene sus consecuencias.
El lenguaje verbal y su aparataje cerebral es una de las grandes maravillas de la evolución de la vida, su elemento más refinado. Quizá por utilizarlo como una herramienta natural no somos conscientes de lo que supone realmente, su papel doble comunicativo y organizativo del mundo y la experiencia. Empeñados en la adquisición de “destrezas” de otros órdenes, hemos separado algo que está profundamente unido: nuestro procesamiento de la realidad y la comprensión del mundo a través del lenguaje.


No se trata solo de un aspecto cuantitativo de la palabra, la merma del léxico, planteamiento simplista. El problema va más allá, hasta el razonamiento y la comprensión, que tienen en la palabra su asentamiento. No es casual que la filosofía del siglo XX se haya centrado en la palabra, desde la “casa del ser” heideggeriana hasta la abstracción de la Lógica, que es un intento de lograr una lengua carente de ambigüedad y uso preciso. Ya sea indagando en los recovecos etimológicos de su origen, ya sea reduciéndola a la máxima síntesis del proceso desnudo del razonamiento, la Palabra es el centro de nuestra dimensión humana, filosóficamente hablando, pero también desde la perspectiva evolutiva.
Ya sea como comunicación o como comprensión interiorizada de lo exterior e interior a nosotros, la palabra nos es necesaria y la estamos perdiendo entre técnicas y teorías cuyo resultado es empobrecedor, tanto comunicativa como cognitivamente. Preocupados exclusivamente por formar para el sistema productivo, hemos perdido de vista las necesidades personales anulándolas en su raíz.

* E. D. Hirsch Jr.: “How to Stop the Drop in Verbal Scores”, The New York Times 19/09/2011 http://www.nytimes.com/2011/09/19/opinion/how-to-stop-the-drop-in-verbal-scores.html?src=me&ref=general