viernes, 4 de octubre de 2013

Identidades o la suspensión de la definición

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La cuestión de la "identidad" se ha situado en el centro de muchos debates y situaciones públicas y privadas, personales e institucionales. Saber o intentar saber "quién" o "qué" se es ha pasado a configurar un eje "esencial" necesitado de respuestas. La creencia en las "esencias" desencadena un afán inquisidor sobre nuestro propio ser que necesita ser definido ante nosotros mismo y ante la mirada exterior que nos reconoce. La radicalidad maniquea del "ser o no ser" ha quedado atrás en un mundo que ha descompuesto esos dos estados en una larga ristra de preguntas que deben ser contestadas, como si de un cuestionario se tratara, para alcanzar ese "espesor" esencial que nos garantice la existencia.
Al hilo de la actual reescritura de la Constitución, aprobada por los egipcios a propuesta de los islamistas, posteriormente desalojados del poder, se han vuelto a abrir las cajas de las preguntas que tratan de establecer las cuestiones principales, el escritor y académico Samir Morcos vuelve a reformularse la cuestión de la identidad y estas son sus reflexiones finales:

We should seek to answer the question, ‘who are we?'  independently of politics and religion. We must understand that identity is a composite of multiple elements, and not deal with the issue as if it were static throughout the ages.
Identity is a variable concept; it influences and is influenced, and it is formed, shaped and refined by time. It is a dynamic process.
Linking identity to a single element, such as religion or ethnicity, is known as singular affiliation, which assumes – through extreme reduction and perhaps intentional deception – an affiliation to one element only.
In reality, identity incorporates many elements, such as religion, culture, language and class.**

No es la primera vez que Morcos —un copto— se hace estas preguntas. Si nos atenemos a sus respuestas, habrá pasado toda su vida preguntándoselo. Definir la "identidad" como un "concepto variable" es simultáneamente responder y no hacerlo a la cuestión. La variabilidad de la identidad es una paradoja pues la pregunta busca una estabilidad concluyente del ser, que es idéntico a sí mismo. Si cambiamos, difícilmente podemos tener una identidad esencial. ¿Cómo puedo definirme si no dejo de cambiar?, puede ser el planteamiento de la pregunta.
Definir al ser humano como un ser cambiante ha costado muchos siglos de especulaciones y malentendidos. Por un lado, la "identidad" nos encierra y no deseamos ser "encerrados en conceptos" que nos resten libertad; pero, por otro, existe una presión identitaria que nos obliga y exige mantenernos estables personal y socialmente, incluso históricamente.


Cuando Morcos concluye finalmente que la "identidad" incorpora muchos elementos, como la "religión", la "cultura", el "lenguaje" y la "clase" coloca un punto final allí donde debería haber suspensivos. Todos esos elementos que podrían fijar nuestra identidad componiendo un complejo puzle son, a su vez, cambiantes, evolutivos, y además definidos por los propios sujetos. En la pregunta "quién soy" están incluidas "qué son todas y cada una de las cosas que utilizo para definirme". La pregunta "quién soy" solo puede ser contestada si se resuelve antes "dónde estoy", es decir, la que afecta a nuestra posición histórica, definida por las variaciones que todos esos conceptos experimentan en la Historia. No solo yo evoluciono, evoluciona toda mi visión del mundo —el mundo mismo—, que se desplaza conmigo y con los otros. Como animales hermenéuticos estamos condenados a hacernos preguntas que nos desbordan, preguntas que encierran preguntas cuyas respuestas se construyen con otras respuestas.
Si decido definirme a través del elemento religioso —Morcos es copto— doy por supuesto algo que no es real: que todos lo son de la misma manera, que la religión que uso para identificarme es estable. Y sin embargo —las declaraciones del Papa Francisco, por ejemplo, lo demuestran— no es así. La estabilidad —el inmovilismo— solo se alcanza mediante una presión para mantener la ortodoxia.


La constitución islamista egipcia daba por descontado que la identidad depende de un elemento privilegiado que anula o relativiza todos los demás: la religión. No es casual entonces que Morcos afirme, al hilo del debate político-constitucional, que la pregunta "quiénes somos" se conteste al margen de lo político o religioso, ya que esto implica una reducción de lo diverso a lo monolítico y excluyente. Tenemos que definirnos por algo que nos una y no que nos separe. El problema se traslada entonces a la voluntad, al deseo de encontrar lo que une o de buscar lo que separa en los discurso identitarios.
Los discursos identitarios en el "mundo árabe y musulmán" —que es la fórmula que más gusta a los islamistas usar, como doble vínculo— la cuestión identitaria se resuelve sobre una serie de tensiones sobre los que significa "ser árabe" y, especialmente, "ser  musulmán". Nótese, aunque sea una sutileza, que he incluido entre las comillas el verbo "ser" y no solo el sustantivo. No se trata solo de saber qué es un "musulmán", sino de saber qué significa "ser musulmán", por ejemplo.


Egipto es un país especialmente sensible a las preguntas sobre el ser de las cosas y por eso es un país en crisis identitaria que se resuelve las más de las veces en la intransigencia y el sectaris frente a la voluntad de los que desean la integración a través de otros rasgos identitarios. Al contrario de los que piensan que las crisis identitarias se deben tapar con forzados y forzosos discursos unificadores a través de unas formas ortodoxas que se elevan al rango de únicas y excluyentes —todos los que no sean tal como se ha establecido, no son—, creo que existen formas múltiples de ser y poder ser. Entre el ser y el no ser, está el poder ser: un abanico de posibilidades que permitan una mejor adscripción de los sujetos a las fórmulas que se abren ante él. Frente a la identidad rígida, la flexibilidad, la posibilidad de un irse enunciando de forma vital y secuencial.
En el fondo, la cuestión identitaria forma parte de nuestra comodidad en los discursos que se nos ofrecen para definirnos. Hay unos más cómodos que otros y los hay que entran en contradicción con otras dimensiones o aspectos de los que no podemos abstraernos. Las sociedades pueden ser  más o menos abiertas con los discursos que se nos ofrecen, permitiendo una mayor comodidad de los sujetos entre las posibilidades que se nos ofrecen.


La lucha por configurar nuestra identidad es grande. Comienza con la selección de las posibilidades que la vida nos va ofreciendo en función de la mayor o menor apertura del mundo en el que nos desarrollamos. En general, son más los casos en que nos vemos envueltos en discursos autoritarios y excluyentes, que los contrarios. Muchas veces descubrimos en la vida lo endebles de nuestras situaciones, apuntaladas con las vigas identitarias que se nos ofrecen como refugios, como promesas de una estabilidad engañosa que limita nuestra vida canalizándola.
Vivir es una gigantesca aventura, un colosal trayecto existencial durante el cual nos vamos perfilando. Cargamos con demasiadas cosas, etiquetas, rasgos de identidad, desde el inicio. Todo ello forma parte de los mecanismos habituales de la cultura, que tiende a configurarnos rígidamente a través de la elevación de elementos circunstanciales a sustanciales.

Una sociedad más abierta y democrática debe rebajar sus pretensiones de exclusividad identitaria. Si se nos impone una identidad reducida a solo un rasgo, eso puede llegar a crear situaciones insostenibles, dolorosas para muchos cuya tendencia es a la integración de elementos y no a su confrontación.
Samir Morcos es copto, pero ve que su individualidad queda reducida a muy poco si solo se valora ese elemento diferencial. Eso no reduce la importancia que para él pueda tener ese hecho, pero sí permite que pueda convivir con otras personas que no comparten ese rasgo identitario. La búsqueda real es la del equilibrio entre lo que es importante para mí pero no es importante para los demás que no lo comparten. Si yo exijo a todos los demás lo que me exijo a mí, nadie querría estar conmigo. Y hay gente así, a la que solo le gusta un mundo idéntico, más que de riqueza identitaria.
Hay sociedades en las que se puede vivir y hay otras en las que solo se puede vivir de una manera. Lo que se genera es la pérdida de vitalidad. Cuanto más rica es una cultura o sociedad en rasgos diferenciados, más posibilidades tiene de crecer, de evolucionar hacia entornos más armoniosos en su diversidad. Las diferencias son enriquecedoras mientras en ellas se mantengan los elementos de unión que permitan aprovecharlas. Si por el contrario se elevan constantes barreras para evitar la contaminación, lo único que se consigue es la creación de guetos.


La cuestión identitaria consiste muchas veces en la exigencia de definición a los sujetos. Se nos pide o exige permanentemente que marquemos las casillas de un imaginario cuestionario que ponen ante nosotros. Una sociedad sana es aquella en la que se equilibran los "síes" y los "noes" y especialmente aumentan los "ni sé, ni contesto, ni te importa", una categoría que, lejos de representar la indiferencia, refleja un sano estado de suspensión de la definición.
Eso es lo que hizo una periodista egipcia no hace mucho tiempo y comentamos aquí: ocultó en su carnet de identidad aquellos aspectos —religión, estado civil— que consideraba que contribuían a encerrarla en esos rasgos y según los cuales sería tratada. Bien visto.


* "Legislating identity in Egypt: Between monopoly and reduction" Al-Ahram 3/10/2013 http://english.ahram.org.eg/NewsContentP/4/82802/Opinion/-Legislating-identity-in-Egypt-Between-monopoly-an.aspx



jueves, 3 de octubre de 2013

Rajoy, Japón y la pura significatividad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Después de haber asistido el viernes a una preciosa representación de teatro de marionetas japonesas, de Bunraku —los que hayan visto la película de Takeshi Kitano, Dolls, lo recordarán— y enterarme que estamos en algo que llaman el "año dual" —que a mí me suena a cosa de los discos antiguos—  me quedé muy contento. ¡Hace cuatro siglos que tuvimos el primer contacto con Japón y ellos con nosotros!
Pero, cuando pensaba que la emoción común iba a ser verdaderamente común, me encuentro con que Mariano Rajoy va a Japón y lo chafa. Los titulares de los periódicos poseen una extraña concordancia: no se inclinó lo suficiente. ¡Vaya por Dios!
Parece ser que el presidente es inflexible hasta en Japón, país que ha hecho de la flexibilidad un rasgo nacional. Para ser exactos: en España nuestros dirigentes son inflexibles con la flexibilidad, es decir, no perdonan un despido ni un recorte. Eso explica en cierta forma la interpretación que el diario El Mundo hace del apretón de manos —impropio para las delicadas manos imperiales— y de su estiramiento. Dice el diario:

Eso de que Rajoy haya dado la mano al emperador nipón como si estuviera saludando al portero, está no sólo fuera de lugar, sino que puede llevar a los japoneses a considerarlo como una falta absoluta de respeto hacia su jefe de Estado.
Akhito recibe cada año a decenas de mandatarios extranjeros. Y si Rajoy ha llevado los recortes hasta el departamento de Protocolo de Moncloa, le hubiera bastado con mirar en Google las fotos de presidentes y primeros ministros del mundo entero que le han precedido de visita oficial en Japón, para saber cómo tenía que saludar al emperador.*


Hay que reconocer que esto más que una explicación. Como imagen surrealista, en cambio, funciona bien porque nos hace imaginarnos a Mariano Rajoy buscando en Google. Y creo que sí, efectivamente, que el presidente le ha estado dando al buscador porque ¿de qué hablas con un emperador japonés cuando no hablas japonés? Explica el diario tras señalar que el emperador de Japón es la cabeza visible de la dinastía más antigua del mundo que Rajoy "le ha saludado más tieso que el palo de una escoba". De nuevo el juego del contrapunto: la escoba y el emperador. Es el feo más feo desde que Rodríguez Zapatero, que sí se inclinó lo justo ante el emperador —según demuestra la foto recordatoria que El Mundo adjunta— no se levantó ante el paso de la bandera norteamericana. Aquel era un feo ideológico y esto no se sabe si es un lumbago. Aprovecha el diario para hacer un recorrido gráfico para mostrar el grado de inclinación de los distintos mandatarios que han visitado al emperador, en algo que parece un homenaje, más que al emperador, a la Torre de Pisa. ¿El que más se inclina? Pues Barack Obama, el más atlético, el más en forma.


El Mundo insiste en el surrealismo de la situación al titular la noticia "Rajoy no se inclina, se columpia ante el emperador Akihito de Japón", con lo que logra dotar de un sentido juvenil y retozón a la imagen del presidente. Más que un reencuentro de cuatro siglos parece querer reflejar el de unos compañeros de guardería para recordar viejos tiempos.
En cambio, el titular de El País nos desplaza a un nuevo escenario y reza así: "Rajoy presume ante inversores japoneses de las bajadas de sueldos en España".

El presidente explicó al emperador que en España no hay ningún temor a la situación en Fukushima, como prueba que él vaya a ser el primer dirigente occidental que visite la ciudad. Rajoy, amante del fútbol, trasladó al emperador la anécdota de que un conocido árbitro de primera división, Japón Sevilla, lleva ese apellido como descendiente de la primera colonia de japoneses que se instaló en España en 1614 después del primer contacto diplomático entre ambos países, que precisamente se conmemora ahora.**


Esto echa un tufillo a Wikipedia que tira para atrás. Yo no me imagino a Tom Cruise —El último samurái— hablándole al emperador de Japón de un árbitro de fútbol, descendiente de algún enviado de sus ancestros. A mí, si me preguntan por "Japón Sevilla", digo que sería una línea de Iberia para la Expo, o algo así. Sabemos por qué su padre se llama "Japón", pero nos quedamos con las dudas de por qué se llama también "Sevilla". ¿Quién le iba a decir al árbitro que, además de las cosas que habrá tenido que aguantar por esos campos de Dios por el simple hecho de vestir de negro sobre un césped verde, el presidente Rajoy iba a soltarle su historia al emperador de Japón? Me imagino que gracia-gracia le habrá hecho poca.

Sin embargo, siguiendo la senda de Fraga en Palomares, el presidente resaltó nuestra tradicional falta de temor a las radiaciones. El emperador, que es un hombre sencillo nacido en un mundo complicado, habrá valorado que lo del protocolo no lo entiende todo el mundo, pero que lo de la radiación sí. Y habrá pensado que los españoles somos así, parcos con el protocolo pero generosos con la contaminación. Lo uno por lo otro. La verdad es que yo en las fotos veo a ambos relajados. A quien sí veo muy preocupado, en cambio, es al traductor, pero me imagino que estaba pensando en lo del árbitro "Japón Sevilla" y las consecuencia que ello tendría en su carrera como traductor imperial. Ahí estaba el centro de la noticia, el foco informativo, el documental de la BBC, el reportaje de Telemadrid, etc. Pero nadie se ocupa ya de la gente sencilla.
El titular sobre presumir de bajadas de sueldo que El País ha resaltado lleva añadido la reacción del líder de la oposición socialista quien, abandonado en suelo patrio, avisa del regreso: «Rubalcaba: "Que venga y cuente lo mismo"», ha dicho desafiante. Está fatal de eso de presumir de bajar el sueldo, especialmente por el extranjero. Pero sí no se ve inconveniente en hablar de fútbol con un emperador, los protocolos de los inversores —que son de otro tipo— impiden hablar de "buenos sueldos". De la delicadez imperial a la brutalidad económica, que no admite muchas florituras. Por el camino que llevamos, habrá que presumir de buen sol y sueldos bajos, que es lo que el mundo espera de nosotros. Triste pero cierto. Por eso los políticos han desarrollado muchos eufemismos —ajustes, recortes, techos...— para encubrir esta fea realidad de un mundo carroñero en donde despedir a media plantilla es "saludado" por los inversores y bajar los sueldos recibe homenajes y aplausos. Son los gestos protocolarios de la jungla, el ritual de los tiburones, el caníbal mirando las calorías.


El Economista —que debería entender estas cosas porque las practica todos los días—, sin embargo se suma al surrealismo informativo y va más lejos y, arremetiendo contra todas las normas periodísticas, comienza su texto con una definición del Diccionario de la Real Academia:

'Reverencia': 1. Respeto o veneración que tiene alguien a otra persona. // 2. Inclinación del cuerpo en señal de respeto o veneración. // 3. Tratamiento que se da a los religiosos condecorados o de cierta dignidad. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha olvidado que hoy era día de reverenciar y se ha saltado la norma que marca la necesidad de inclinarse ante el emperador Akihito de Japón.
Ha ocurrido durante la recepción en el Palacio Imperial de Tokio. Rajoy no se ha humillado ante Akihito como manda el protocolo y ha saludado al nipón con un 'occidental' apretón de manos.***


Como no entiendo japonés, no entro a ver las reacciones de los medios de allí por si hay noticias sobre la movilización del Ejército japonés, del despertar del nacionalismo belicista o una oleada de suicidios rituales frente al palacio imperial para lavar la ofensa. Pero, no, no me encuentro nada así. No hay señales de Mariano Rajoy. Nadie grita ¡banzái! ni cosas por el estilo. Repaso The Japan Times y no encuentro nada. Corrijo: hay un enlace que habla de la visita pero no lleva a ninguna parte. ¿Han borrado al presidente del mapa? Hay 22 noticias sobre Mariano Rajoy, pero antiguas, hablando de Bárcenas y sus papeles la última. Paso al Japan Today y, no, tampoco encuentro rastro de la visita.


Sigo repasando la prensa internacional que despacha, como Reuters, la visita con una simple foto. Nadie dice nada del saludo, aquí cuestión nacional. A nadie le importa si Mariano Rajoy se inclina o hace el pino. ¿Es esto posible? Repaso y repaso y repaso... Lo más que encuentro es una noticia en Japan Today que habla de los malos modos de los que van a hacer jogging en la proximidades del Palacio imperial, que se llevan por delante a la gente mayor que pasea y no se disculpan... ¿Serán Rajoy y su séquito?, me pregunto ante tanto ignorar. Algunos dan la visita de Mariano Rajoy solo con la foto del Emperador, que es quien realmente preocupa a los japoneses.


¿Será posible —me vuelvo a preguntar perplejo— que a los japoneses les traiga el asunto al pairo y que seamos solo nosotros, los medios españoles —los del país del tuteo, del "¿qué pasa, tío?" y del "¡hola!, ¿qué tal?"—, los que vayamos con las normas de protocolo imperial por delante, que no pasemos una? ¿Son tan educaditos los japoneses como para mirar para otro lado y seguir con una sonrisa impertérrita un error de protocolo —hoy por ti, mañana por mí— elevado al rango de tsunami, frente a nuestro rasgado de vestiduras y que, con tanto republicano suelto, nos hayamos vuelto imperiales? ¿Por fin respetamos algo? Pues no lo tengo yo muy claro... ¿Hemos pasado de la iconoclastia maleducada al protocolo imperial, que ya es rizar el rizo?


Hay varias explicaciones. la más sencilla dice que se recurre a lo que sea para meter el dedo en el ojo. Es sencilla y funcional. ¡Presidente, te pillamos! Y mientras nosotros elevamos el incidente protocolario al rango de Pearl Harbour, los japoneses pasan olímpicamente, sobre todo ahora que tienen ya los Juegos en Tokyo. Es una especie de tú no te libras ni en Japón. 
El titular del diario El Mundo —"Rajoy no se inclina, se columpia ante el emperador Akihito de Japón"—, hay que reconocerlo, es muy extraño. ¡Extrañísimo! Y mucho me temo que hará pasar a nuestro presidente de forma muy negativa a la Historia de los visitantes del imperio. El Emperador habrá dejado instrucciones en su testamento para que no se celebren los próximos cuatro siglos "duales", y que si se hace algo se haga por videoconferencia y con retardo por si hay que cortar algo. Aquí unas muñeiras, allí algo de judo y ya está.


La otra explicación que he encontrado para estas extrañas formas de titular es que alguien, para animarle, le dijo a Mariano Rajoy: "¡Presidente, tú inflexible!" y, ante la duda de si se refería al saludo o a los recortes y bajadas de los sueldos, decidió tirar por la calle de en medio y quedarse tieso como un palo en la recepción y presumir después de minisueldos con los "inversores", incluso de "sueldos virtuales", que son las "nuevas tecnologías" de la remuneración. No tengo yo muy claro si la reunión ha sido para que los japoneses inviertan en España o para que las empresas españolas intente trabajar en Tokyo con lo que necesiten para esa Olimpiada que se nos escapó —otra hipótesis seriamente fundamentada, casi de rigor científico— por el inglés de nuestros representantes.
No digo esto último por simple anécdota o ironía. La traicionera barra de direcciones de mi navegador me revela que el titular de la noticia de El Economista originariamente fue este: "Rajoy-se-estrena-en-japones-Domo-arigato-gozaimachita-Muchas-gracias.html". Muy ilustrativo. Estamos haciendo un periodismo extraño, casi de crucifixión —unos días con unos, otros con otros— y chascarrillo —todos los días—. Alguien sensatamente lo cambió por un relativamente más comedido: "Rajoy, descortés ante el emperador de Japón al no saludarle con una reverencia". Si ser presidente del gobierno es duro en España, no lo es menos ser lector de periódicos.
Luego nos quejamos del "collar de Merkel" o del "bolso de Bruni". Con la que tienen allí con Fukushima y con la que tenemos aquí (escoja lo que más le interese o enfade), la cuestión de la inclinación protocolaria —o del tamaño de la flor en la solapa, que esa es otra— no deja de ser la cagadita de una efímera mariposa sobre la piedra más pequeña del monte Fuji en el día más corto del invierno. Sin embargo, aquí se ha convertido en un "efecto mariposa": un pequeño aleteo allí, una conmoción nacional en España, país protocolario por excelencia. El país de la quema de banderas, de las pitados al himno, el país de las mil banderas, de los insultos a ministros y zarandeos a diputados, del hoy me he levantado republicano, mira por dónde, se escandaliza por unos pocos grados de inclinación de la columna vertebral.
El emperador será bajito, pero es grande en otro sentido. Nosotros, en cambio, somos pequeños pero gritones. Aquí no le decimos al emperador —al del cuento— que va desnudo, sino que especulamos directamente sobre el tamaño de sus atributos.


Me gustaría terminar este ensayo perplejo en el que hemos pasado revista al protocolo de los emperadores, al diccionario de la Real Academia, a los árbitros de fútbol, a los corredores de los jardines del Palacio, a los titulares españoles y japoneses, etc. con las palabras de un señor que se enamoró de Japón, Roland Barthes, porque veía en él la concreción material de sus teorías semiológicas. Escribió un precioso librito que llamó El imperio de los signos, donde establecía que en Japón todo se convierte en ritual y que el ritual no es más que otra forma de escritura.

Contaba así su experiencia de sumergirse en un espacio del cual se desconoce absolutamente la lengua que te envuelve:

La masa susurrante de una lengua desconocida constituye una protección deliciosa, envuelve al extranjero (por poco que el país no les sea hostil) con una película sonora que detiene en sus oídos todas las alienaciones de la lengua materna; el origen, regional y social de quien la habla, su grado de cultura, de inteligencia, de gusto,, la imagen mediante la cual él se constituye como persona y pide reconocimiento. Por esto, ¡que descanso en el extranjero! Allí estoy protegido contra la estupidez, la vulgaridad, la vanidad, la mundanidad, la normalidad. la lengua desconocida, de la que no obstante aprehendo la respiración, la corriente aérea emotiva, en una palabra, la pura significatividad, conforma en torno mío, a medida que me desplazo, un ligero vértigo, me arrastra en su vacío artificial, que solo se cumple para mí: me mantengo en el intersticio, desembarazado de todo sentido pleno. (p. 17)

Bonita forma de expresar que no entender es un placer que nos priva de sufrir la estupidez de lo que comprendemos. Si te gusta un país, no aprendas su idioma, porque acabarás descubriendo que hay tantos tontos como en el tuyo. ¡Quién pudiera quedarse en el intersticio, en ese limbo en el que las palabras son solo sonido, música celestial!



* "Rajoy no se inclina, se columpia ante el emperador Akihito de Japón" El Mundo 02/10/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/02/espana/1380722878.html
** "Rajoy presume ante inversores japoneses de las bajadas de sueldos en España" El País 02/10/2013 http://politica.elpais.com/politica/2013/10/02/actualidad/1380735100_491428.html
*** "Rajoy, descortés ante el emperador de Japón al no saludarle con una reverencia" El Economista 02/10/2013 http://ecodiario.eleconomista.es/politica/noticias/5191689/10/13/Rajoy-se-estrena-en-japones-Domo-arigato-gozaimachita-Muchas-gracias.html

**** Barthes, Roland (1991). El imperio de los signos. Mondadori, Barcelona.






miércoles, 2 de octubre de 2013

El reality político

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los ejemplos —los malos ejemplos— de las situaciones políticas en Estados Unidos y en Italia, además de las detenciones de los líderes de la ultra derecha griega están mostrando, cada uno a su manera, que la política es un arte enrarecido. Por si lo que por aquí padecemos no fuera suficiente —la mala política debería tener su propio canal temático—, nos llegan también los malos ejemplos de fuera. ¿Consuelo? ¡Ninguno! Al contrario, pesimismo global ante lo que parece un deterioro de la única forma a la que debemos aspirar y que todas estas prácticas contribuyen a pisotear. Los dictadores son malos porque son dictadores, hagan lo que hagan; los electos son malos por lo que lo hacen mal y porque pervierten el mecanismo selectivo, que nos muestra sus fallos e imperfecciones, sus fisuras, perjudicando al sistema en su conjunto. La democracia es imperfecta porque es humana, pero hay una gran diferencia entre el que no es perfecto y al que no le gustaría ser mejor. Que, pudiendo elegir, elijamos a algunos que elegimos no deja de ser triste, una buena ocasión para ejercer la melancolía otoñal.


El espectáculo dado por los republicanos, con el cierre de la administración federal y el envío a casa de decenas de miles de funcionarios, demuestra un mal estilo profundo y su falta de sentido cívico. Entiendo que ya no saben qué hacer para hundir a Barack Obama, pero sigue siendo igual de impresentable. Estuvieron a punto de hacerlo no hace mucho tiempo, lo han hecho ahora y parece que tendrán varias ocasiones de practicar el bloqueo institucional como arma de hacer política, mala, pero política. 

Las tácticas de Berlusconi en Italia, el tratar de hacer saltar el precario gobierno por los aires, se ha saldado con un duro revés para el líder mejor peinado de la política europea: el desmembramiento de su partido. Me imagino que todos aquellos que tienen la mitad de años que Berlusconi y una milésima parte de su fortuna estarán pensando en un mundo futuro, una cercana Italia sin él. Berlusconi, por su parte, es incapaz de ver una Italia sin él. Su ego se debe sentir, como el de los republicanos, fortalecido ante la simple constatación de que un estornudo por su parte hace bajar o subir los mercados, arrastra la prima de riesgo. ¡Eso es erótica del poder! 
Además de extraña es vil la política en Grecia que hace, a la vez, manifestarse en las calles contra Alemania y almacenar retratos de Adolf Hitler en casas y sedes de eso señores, los cachas de la política griega, que se llaman una cosa tan tonta como Amanecer Dorado, probablemente pensando en aquello de a quien madruga, Dios le ayuda, aunque en este caso, por muchas cruces que se tatúen por todo su cuerpo, no es otro que el demonio del racismo y el odio al que invocan. Insulto a la política, insulto a Europa e insulto a la Historia es lo que representan estos señores asentados en la cuna de la democracia y la lógica, negación del pensamiento. 


Con su peculiar "europeísmo", estos testosterónicos políticos han reunido en sus sedes, según muestra El País gráficamente, lo peor de la bazofia racista del continente, en su caso, "incontinente" europeo. La policía griega les responsabiliza hasta de diez asesinatos. Ya es triste tener a estos ocupando escaños en un parlamento.
La oposición brutal al "Obamacare", ya sea por motivos ideológicos o intereses económicos, ha traspasado el límite de lo aceptable —los norteamericanos solo le aplican las "líneas rojas" a los demás— para cualquiera que trate de pensar en cuál es el sentido de la política. Algo falla en el sistema político norteamericano cuando se llega al extremo de paralizar las instituciones de esta forma, dejando a cerca de un millón de funcionarios en su casa, sin cobrar, a la espera de que el gobierno federal salga de la tumba presupuestaria.


Los republicanos han aumentado su odio contra Obama y atacan su futura memoria en el único proyecto estrella que le ha quedado de su ristra de promesas —ni cerró Guantánamo, ni encarceló medio Wall-Street"—. Decía un representante de los republicanos, en palabras llenas de odio contra su Comandante en Jefe, que tenían "un presidente que negocia con autócratas y terroristas y que se niega a negociar con ellos", evidenciando por dónde van los tiros de la política norteamericana.
Berlusconi da una vuelta de tuerca más en su confiscación de la política italiana y obliga a su delfín, mano derecha o lo que se pueda ser de Berlusconi, a la rebelión interna para evitar la anarquía externa. Habrá muchos italianos que vayan los domingos a la Plaza de San Pedro a rogar devotamente que al líder le dé un yu-yu en algún exceso bunga-bunga, que para él sería una manera digna de caer en el campo de batalla. Yo lo haría.

¿Qué nos queda de la "política" cuando es practicada de estas formas: como obstrucción, como chantaje o como agresión? La verdad es que muy poco. No creo que eso deba ser llamado "política", ni —como le gusta a algunos ludópatas intelectuales— "juego político". Es demasiado amplio el concepto de juego, de las olimpiadas a la ruleta, como para medir la política con ese rasero. Es sencillamente perversión.
No sé si la política ha sido alguna vez limpia, pero me parece que nunca ha sido tan visiblemente sucia como estamos viendo en los últimos tiempos. Pongo el acento en los dos elementos, en la visibilidad y en la suciedad. Hemos pasado de la política al reality político, al destape más vergonzoso.
Esperemos que los ciudadanos —no nos engañemos: la política solo la regeneran los ciudadanos, no el Espíritu Santo— tomen nota de estas acciones en cada rincón del planeta. Quizá sea esperar demasiado.





martes, 1 de octubre de 2013

Una historia que contar

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En unos días el Parlamento Europeo tendrá que decidir dónde va el Premio Sajárov, si a las manos de la joven pakistaní Malala Yousafzai o al filtrador norteamericano Edward Snowden. Malala parece tener más amplios apoyos en la valoración de sus méritos; los de Snowden, en cambio —según la noticia de Reuters—, se concentran en los Verdes y en la Izquierda Unitaria Europea. No es fácil juzgar dos cosas tan distintas. Hay otros candidatos con muchos méritos, desde luego, pero los bielorrusos no pueden "competir" con estas dos superestrellas cuyas causas y acciones han tenido repercusión mundial.
Vaya por delante mi admiración —ya manifestada en otros momentos— por Malala y su valor. Recaiga en quien recaiga el Premio a la Libertad de Conciencia lo hará en buenas manos.
Snowden es un personaje oscuro, como buen espía. Malala es, en cambio, una comunicadora nata, un líder con futuro; posee un dominio inusual del arte de la palabra, asentado en una pasmosa seguridad en sí misma. Quizá sea la seguridad de quien ha sobrevivido a un atentado, puede que sea el aplomo de quien ha mirado a la muerte de frente.


Malala ha conseguido grabar su nombre en el corazón de muchas personas; incluso Madonna se lo tatuó en la espalda, una de las vallas publicitarias más selectas del planeta.
Malala fue valiosa antes de su martirio, cuando se enfrentó a los talibanes desafiando sus prohibiciones. Lo fue en el momento de su ataque y ha continuado siéndolo tras el atentado. Si Snowden es la denuncia, Malala es la causa. La causa de Malala era anterior a su disparo. El atentado no fue más que la constatación de la importancia de sus razones y la eficacia de su ejemplo. Malala era un peligro para los talibanes, un desafío a su poder infame. Los disparos le dieron notoriedad, sí, pero fue la notoriedad de Malala la que provocó los disparos.


Si el Premio Sajárov a la Libertad de Conciencia busca —como todos los premios de este tipo— la ejemplaridad, Malala es el ejemplo total. No dudo de la conciencia de Snowden ni del valor de su acto, pero Malala ha conseguido esa universalidad del signo aceptado por todos. Podemos reconocer el valor de lo hecho por Snowden, pero nos identificamos con la niña que es tiroteada por defender el derecho a la educación de las mujeres a cualquier edad y en cualquier lugar del mundo.
Edward Snowden se ve en la situación actual acogido por unos y perseguido por otros, compartiendo el papel doble de héroe y traidor. Mientras la niña es esencial para el futuro de muchas otras en todo el mundo, el analista de la CIA sigue embrollado en un asunto rocambolesco, con terminales de aeropuerto, asilos políticos, jugarretas de Putin y frustraciones de Maduro y Correa rivalizando por el asilo mediático. Snowden tiene en contra la instrumentalización de su acción por algunos, su aprovechamiento.


Probablemente Snowden nos ha hecho un gran favor a todos. Sus filtraciones de datos sobre la forma de actuar de los Estados Unidos en el espionaje masivo y en el más selecto tienen grandes consecuencias en la escena internacional. Julian Assange criticó a la presidenta de Brasil por la ingratitud de haber negado el asilo político a Snowden después de que este hubiera dejado al descubierto el espionaje al que la mandataria estaba sometida. La negativa de Rousseff a ir a Estados Unidos hasta que le sean dadas explicaciones por este hecho se debe a las revelaciones del ex analista de la CIA.

Ambos han actuado desde sus conciencias. No sé si la vocación inicial de Snowden era el espionaje por patriotismo y tuvo su camino de Damasco al revelársele que lo que hacía no era un acto patriótico sino una vulneración de los derechos humanos de media humanidad. Sí sé, en cambio, que el compromiso inicial de Malala ha sido hacer llegar el derecho a la educación a todas la niñas que se ven obstaculizadas para ejercerlo. No creo que Snowden sea un traidor, pero sí que era un espía; con conciencia, pero espía; pudo acceder a lo que reveló precisamente porque lo era. Snowden descubrió que no tenía estómago para ser espía.
Quizá la grandeza de Snowden sea la del sacrificio de su vida futura, condenado a permanecer escondido, a ser vilipendiado oficialmente por su país que le considera un traidor que puso en peligro eso que se suele llamar a "seguridad nacional" y que es un flagrante abuso de la de los demás, condenados a la sospecha.
Cada vez que Malala recoge uno de los numerosos premios que le han sido concedidos, su presencia es un acto de reivindicación positiva de los Derechos de la niñas del mundo, menospreciados por la barbarie retrógrada que las condena a la oscuridad como vía a la sumisión. Cuantas más Malala haya, mejor.


El mundo, en cambio, sabe que no se puede permitir demasiados Snowden por la propia naturaleza hipócrita de las relaciones internacionales. Lo que el analista reveló no es el escándalo del espionaje en sí mismo, sino el escándalo más fino a los amigos y aliados, darnos a conocer que tras los apretones de manos y los abrazos cordiales, tras las visitas de cortesía, todos somos potenciales enemigos.
Todo premio concedido esconde una gran injusticia para alguien. Pero en este caso creo que si es Malala la agraciada, saldremos ganando "futuro". Esa niña, que acapara premios y honores internacionales, hace más con su sonrisa y sus palabras firmes reclamando libros y lápices como armas que muchos otros con grandes discursos.


En la misma noticia en que se nos hablaba del tatuaje de Madonna, Angelina Jolie, en su calidad de Enviada Especial del Comité de Naciones Unidas para los Refugiados, señaló que "todos somos Malala":

[...] la polifacética Jolie declaró que se sintió obligada a contar la historia de la joven paquistaní a sus hijos. “Tomemos esto como una lección de que la educación es un derecho humanos básico”, dijo. “Un derecho que no debe de ser negado a las hijas de Pakistán”.*

Sí, quizá la clave está ahí, en esa historia que obligadamente debemos contar. Esa es la esencia de la ejemplaridad, la necesidad que todos sentimos de contarlo. El segundo de los objetivos de la Fundación Malala es precisamente "Amplifying Voices of Educational Advocates to tell the stories of those who are fighting for their right to education". Es el poder de la historias que deben ser contadas, el valor del ejemplo.
"Todos somos Malala", como bien señaló Jolie, solo algunos pueden (o quieren) ser Snowden.




* "Madonna se desnuda por Malala" El País 17/10/2012  http://elpais.com/elpais/2012/10/17/gente/1350485914_567056.html