Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La
política española se condena a sí misma por la inexistencia de un centro
moderado que se favorezca una mejor aplicación de los votos. La realidad de
este momento es que los partidos que consiguen pocos votos logran sus objetivos
políticos en el momento en que se producen pactos. Tienen lo que habitualmente
se llama en los medios "la clave de la gobernabilidad". De esta
forma, lo que no les dan las urnas, se lo dan los pactos.
Los
partidos que son quienes controlan nuestra democracia al controlar los puestos
en las listas de las candidaturas, vuelven a conseguir poder en los despachos, otra expresión popular para describir las
maniobras al margen de las urnas. Esto se debatió con intensidad al poner sobre
la mesa las mejores opciones para nuestra democracia. Ahora, con los políticos
salidos de este sistema, nadie cuestiona que quién controla el partido controla las listas y con ello los accesos al
poder exterior, el de ayuntamientos, autonomías y ministerios.
Las
consecuencias son claras, el mundo político acaba controlado por
"montoros" y "ávalos", es decir, con las puertas abiertas a
la corrupción jerarquizada. Ya no es una corrupción marginal, la de toda la vida, inesperada e incontrolable de los
pequeños cargos, sino la de las grandes alturas, las de quienes controla
listas, recursos, contactos, grandes contratos y elaboración de leyes ad hoc
para favorecer los contratos y adquisiciones. Los nombres de grandes empresas,
de grupos empresariales, de contactos corruptos internacionales, etc. son cada
vez más frecuentes.
La
calidad democrática se deteriora y se debilita con este sistema. Los pequeños
mandan si tienen el control sobre los parlamentos en los que no se consigue la
mayoría absoluta, el sueño de los partidos mayoritarios. Con ir fabricando
pequeñas marcas políticas, se debilita a unos, los que ven escaparse sus
concejales, diputados, etc. y se les da poder en el momento que tienen una
mínima representación que les permita negociar.
Es lo
que ha ocurrido en Extremadura con la necesidad de pactos entre el PP y Vox
para no tener que repetir elecciones, lo que más espanta a nuestros políticos:
¿sacaremos menos, habrá más abstención...?
El
hecho de que las primeras víctimas sean los partidos "de centro", los
moderados y la obligación de aliarse con los más extremistas nos crea un enorme
dilema a los votantes: ¿para qué sirve mi voto moderado si luego el resultado
es meter en el poder a los extremistas? ¿De qué sirve votar al PP si luego mi
voto sirve para aprobar las políticas que rechazo de Vox, por ejemplo, al ponerlo
al frente de "Inmigración", como ha sido el caso?
Ya no se
trata de lo que se ha normalizado, el
reparto descarado de consejerías autonómicas o concejalías, sino de las
políticas reales. Controlando una consejería de inmigración, Vox logra lo que
realmente le importa, imponer su visión xenófoba y expandir su mensaje.
Los
efectos de esto es polarización, conflicto y, especialmente, una manipulación
de los resultados electorales. La desaparición de los "centros"
(centro-derecha y centro-izquierda) conlleva el ascenso cada vez más rápido e
intenso de los radicalismos, la falsa unidad de las partes con alianzas
extremas e interesadas.
La
creación de un ambiente social crispado tiene muchos efectos secundarios. La
necesidad política de una presencia constante en los medios cargando unos
contra otros se acaba notando y contribuye al aumento constante de la violencia
y los delitos de odio, que tienen unas fuerte vinculación con esos programas
radicalizados contra la diversidad, especialmente contra los inmigrantes, los
delitos contra la comunidad LGTBI+ y contra otras religiones. El radicalismo
los usa para expandirse y convencer que los males que ellos mismo provocan
provienen de lo diverso.
Esto es
posible porque han desaparecido las voces de la sensatez, de la moderación, del
diálogo. Lo que prima es lo contrario: fobias y odios declarados, palizas en
las calles o en los colegios.
Si
votar a un partido supone que este cede en los principios por lo que no has
votado a otros, se puede hablar de fraude, de desencanto, etc.. Ya no hay líneas rojas, pues se
trata de mantenerse en el poder. Se finge que existen, que se han defendido con
fuerza y convencimiento. Pero si se nombra para una Consejería de inmigración a
un xenófobo o racista, para Cultura a un censor que cree que Barbie es
peligrosa y saca los libros "pecaminosos" de los estantes municipales, si censura
las lecturas escolares, etc. no hay mucho que defender.
Las estrategias ultras van por caminos diferentes. Buscan la transformación "moral" de la sociedad; les ofrecen chivos expiatorios desde grandes principios. Su dedo acusador no cesa de señalar en las mismas direcciones. Saben que es cuestión de tiempo que se acepte su mensaje y explicación, especialmente cuando se les da el micro y el altavoz en un gobierno.
En algún momento debería aparecer un partido de centro, con principios claros, moderados, con la convivencia como meta. Algunos pensarán que se debilitará más a los teóricamente moderados; puede que sea así, pero de qué sirven si ceden ante los radicales. Es como votar en la papelera.





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