sábado, 18 de abril de 2026

Los límites de los pactos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La política española se condena a sí misma por la inexistencia de un centro moderado que se favorezca una mejor aplicación de los votos. La realidad de este momento es que los partidos que consiguen pocos votos logran sus objetivos políticos en el momento en que se producen pactos. Tienen lo que habitualmente se llama en los medios "la clave de la gobernabilidad". De esta forma, lo que no les dan las urnas, se lo dan los pactos.

Los partidos que son quienes controlan nuestra democracia al controlar los puestos en las listas de las candidaturas, vuelven a conseguir poder en los despachos, otra expresión popular para describir las maniobras al margen de las urnas. Esto se debatió con intensidad al poner sobre la mesa las mejores opciones para nuestra democracia. Ahora, con los políticos salidos de este sistema, nadie cuestiona que quién controla el partido controla las listas y con ello los accesos al poder exterior, el de ayuntamientos, autonomías y ministerios.

Las consecuencias son claras, el mundo político acaba controlado por "montoros" y "ávalos", es decir, con las puertas abiertas a la corrupción jerarquizada. Ya no es una corrupción marginal, la de toda la vida, inesperada e incontrolable de los pequeños cargos, sino la de las grandes alturas, las de quienes controla listas, recursos, contactos, grandes contratos y elaboración de leyes ad hoc para favorecer los contratos y adquisiciones. Los nombres de grandes empresas, de grupos empresariales, de contactos corruptos internacionales, etc. son cada vez más frecuentes.

La calidad democrática se deteriora y se debilita con este sistema. Los pequeños mandan si tienen el control sobre los parlamentos en los que no se consigue la mayoría absoluta, el sueño de los partidos mayoritarios. Con ir fabricando pequeñas marcas políticas, se debilita a unos, los que ven escaparse sus concejales, diputados, etc. y se les da poder en el momento que tienen una mínima representación que les permita negociar.

Es lo que ha ocurrido en Extremadura con la necesidad de pactos entre el PP y Vox para no tener que repetir elecciones, lo que más espanta a nuestros políticos: ¿sacaremos menos, habrá más abstención...?

El hecho de que las primeras víctimas sean los partidos "de centro", los moderados y la obligación de aliarse con los más extremistas nos crea un enorme dilema a los votantes: ¿para qué sirve mi voto moderado si luego el resultado es meter en el poder a los extremistas? ¿De qué sirve votar al PP si luego mi voto sirve para aprobar las políticas que rechazo de Vox, por ejemplo, al ponerlo al frente de "Inmigración", como ha sido el caso?

Ya no se trata de lo que se ha normalizado, el reparto descarado de consejerías autonómicas o concejalías, sino de las políticas reales. Controlando una consejería de inmigración, Vox logra lo que realmente le importa, imponer su visión xenófoba y expandir su mensaje.


Todo esto nos lleva a un serio problema ya que se han mostrado sus actitudes al acceder a cargos en otras ocasiones: desde la eliminación de libros "feministas" de bibliotecas municipales a la aprobación de actos que se resuelven en propaganda y la desaparición de actuaciones, adquisiciones, etc. que no consideran "apropiadas".

Los efectos de esto es polarización, conflicto y, especialmente, una manipulación de los resultados electorales. La desaparición de los "centros" (centro-derecha y centro-izquierda) conlleva el ascenso cada vez más rápido e intenso de los radicalismos, la falsa unidad de las partes con alianzas extremas e interesadas.

La creación de un ambiente social crispado tiene muchos efectos secundarios. La necesidad política de una presencia constante en los medios cargando unos contra otros se acaba notando y contribuye al aumento constante de la violencia y los delitos de odio, que tienen unas fuerte vinculación con esos programas radicalizados contra la diversidad, especialmente contra los inmigrantes, los delitos contra la comunidad LGTBI+ y contra otras religiones. El radicalismo los usa para expandirse y convencer que los males que ellos mismo provocan provienen de lo diverso.

Esto es posible porque han desaparecido las voces de la sensatez, de la moderación, del diálogo. Lo que prima es lo contrario: fobias y odios declarados, palizas en las calles o en los colegios.

Si votar a un partido supone que este cede en los principios por lo que no has votado a otros, se puede hablar de fraude, de desencanto, etc.. Ya no hay líneas rojas, pues se trata de mantenerse en el poder. Se finge que existen, que se han defendido con fuerza y convencimiento. Pero si se nombra para una Consejería de inmigración a un xenófobo o racista, para Cultura a un censor que cree que Barbie es peligrosa y saca los libros "pecaminosos" de los estantes municipales, si censura las lecturas escolares, etc. no hay mucho que defender.

Las estrategias ultras van por caminos diferentes. Buscan la transformación "moral" de la sociedad; les ofrecen chivos expiatorios desde grandes principios. Su dedo acusador no cesa de señalar en las mismas direcciones. Saben que es cuestión de tiempo que se acepte su mensaje y explicación, especialmente cuando se les da el micro y el altavoz en un gobierno.

En algún momento debería aparecer un partido de centro, con principios claros, moderados, con la convivencia como meta. Algunos pensarán que se debilitará más a los teóricamente moderados; puede que sea así, pero de qué sirven si ceden ante los radicales. Es como votar en la papelera.



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