Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Antes
de ponerme a escribir hoy me detengo en un documental sobre Matrix que me
ofrecen en TV. Se cierra el documental con Keanu Reeves y Carrie Ann-Moss
cuando este le refiere una anécdota al tratar de explicar a unos niños el
sentido de las películas de la serie, el problema de la incapacidad de distinguir
entre una vida real y otra ficticia. Dice Reeves que le contestaron qué para
qué querían saberlo, qué importancia tenía saberlo y no simplemente vivir
cualquiera de ellas. Las miradas de los dos actores se cruzan con las de un
imaginario espectador que, como ellos, no acaba de entenderlo.
El
documental nos deja este final, no con preguntas, sino con la inutilidad de preguntarse. La película ha sido interpretada al contrario de su planteamiento. Es un Matrix satisfecho.
Cuando me acerco a mi ordenador veo el artículo que dejé abierto para comentarlo en el blog de hoy. Se trata de un texto recogido en la sección "Una mirada europea" de RTVE.es, en la que se encuentran artículos aparecidos en medios europeos. Esta vez se trata de uno aparecido en Suiza, en la página de EBU.ch este pasado 20 de enero con el titular "Yang Mun: el personaje generado por la IA de Google con millones de seguidores en el mercado del bienestar". Podemos leer en su inicio:
Un sanador de estilo oriental que ofrece consejos de vida basados en la "antigua filosofía china" a sus millones de seguidores fue creado con la IA de Google
Con millones de seguidores, Yang Mun y sus vídeos sobre "sabiduría antigua para la vida moderna" han calado hondo entre los usuarios de las redes sociales que buscan un significado más profundo.
Los vídeos son serenos: un monje anciano de Asia Oriental, a menudo con una túnica naranja, sentado con las piernas cruzadas en un jardín perfectamente cuidado o en el interior de un templo. A veces tiene un libro delante, y en todos los vídeos da un consejo o sirve de inspiración.
"Cuanto antes aprendas esto, más ligera sentirás tu vida. La mayor parte de tu sufrimiento no proviene de lo que está sucediendo. Viene de la resistencia a lo que es. Luchas contra el momento", dice en uno de sus últimos vídeos.
En otra: "Veo lo cansado que estás. No sólo en el cuerpo, sino en el lugar donde el corazón lo mantiene todo unido. Has estado cargando más de lo que muestras". A veces, se refiere a los espectadores como "mi niño".
Los sentimientos son positivos y generalizados, pero se inspiran en tradiciones orientales, en particular el budismo, a juzgar por la ropa y las estatuas que se ven de fondo en algunos de los vídeos.
Hasta ahora, nada parece ir mal, excepto que Yang Mun no es real.*
Creo
que la pregunta que le hicieron a Keanu Reeves —¿qué importa qué sea real y qué
ficción?— se contesta con la falta de importancia de que "Yang Mun"
lo sea. Las máquinas han ganado o quizá sea mejor decir "los que están
detrás de ellas" en esa fusión de un nuevo capitalismo tecnológico. Ya no
es problema inicial del desarrollo del maquinismo, de las máquinas que realizan
el trabajo humano y lo sustituyen; tampoco es el momento en el que el mundo se
convierte en mercado de esas mercancías y producen el consumismo.
Ahora ya no somos capaces —tampoco nos importa— de distinguir dónde empieza lo real y dónde lo ficticio. Lo ficticio, además, puede ser "verdadero" o "fake" y esto no es marginal, sino parte del consumo de información. En el documental sobre Matrix se nos habla directamente del presidente de los Estados Unidos y su manejo de lo "fake".

Hoy no
se trata, como los luditas de antaño, de enfrentarse
a las máquinas. Las máquinas se parecen a nosotros y nosotros a las máquinas.
Compartimos nuestra soledad con los asistentes de IA, que nos aconsejan bien o nos incitan al suicidio. Nos
diagnostican charlando con nosotros o analizando el iris de nuestros ojos.
Muchos evitan los problemas de pareja haciendo un sitio en su corazón a la IA.
Creemos vencer a la muerte creando un avatar de nuestros seres queridos al que
hemos entrenado con información sobre ellos. No nos importa que nada de esto sea
"real".
¿Qué significa "real"? ¿No es mejor vivir en una fantasía satisfactoria que en la dura realidad? ¿Qué significa, por cierto, "vivir"?
¿Qué
significa que un cuadro haya sido pintado por un humano o por una computadora?
¿Qué significa que la literatura que nos guste no haya sido elaborada por una
máquina tras conocer nuestros deseos en vez de por un humano atribulado que nos
traslada sus frustraciones? ¿Por qué poner nuestra salud en manos de un humano
mortal? ¿Qué significan tantas otras cosas?
Los humanos vamos degenerando con el tiempo, envejecemos; las máquinas mejoran cada día en sus versiones, siempre a la última, siempre en su mejor momento. Las máquinas inteligentes derivadas de la IA no solo nos informan, solucionan nuestros problemas. Nos hacen depender de ellas, nos incapacitan para afrontar algo que no acabamos de asumir: nuestra imperfección. Ser humano era hasta este momento una tarea centrada en asumir nuestro carácter de mortales. Esa era la base de la filosofía, de las religiones, del arte... hacernos conscientes de nuestra mortandad. Pero la base de la IA, pese a lo que diga el perfecto maestro oriental Yang Mun, es hacernos felices en la inconsciencia. Es una mezcla del producto perfecto del mercado y nuestra capacidad de autoengaño. El consumo ha avanzado hasta el siguiente nivel: consumirnos a nosotros mismo envueltos en los ropajes de la satisfacción ficticia.
Hace tiempo que muchos viven de aumentar nuestras necesidades físicas o mentales. Los problemas son rentables y muchos viven de ellos. Baratos, pueden ser muy rentables. Las IAs crecen por eso. No hay ni altruismo ni sabiduría tras el maestro zen artificial, solo una cuidadosa forma de contentarnos con lo que queremos escuchar.
El artículo de la publicación suiza habla del "mercado del bienestar", una fórmula más ajustada de lo que parece. El "bienestar" no es la "felicidad"; es otra cosa, algo intermedio entre cuerpo y mente, ligado a ambos en un punto oscuro que puede ser interpretado de muchas maneras y, por tanto, satisfecho de formas diferentes.
En vez de enfrentarnos a ello, buscamos respuestas que se nos dan porque aparentemente eliminan conflictos. ¿Por qué intentar dilucidar qué es real y qué ficticio? Cansados ya de preguntarnos sobre cosas sin solución, avanzamos hacia el engaño gratificante, hacia un "mundo feliz" en el que se nos estudia para conocer nuestros miedos y carencias para darnos una repuesta-producto. Siempre habrá otra cuando esta no nos satisfaga.
* Una
mirada europea: "Yang Mun: el personaje generado por la IA de Google con
millones de seguidores en el mercado del bienestar" RTVE.es /EBU.ch 20/01/2026





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