Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El
espectáculo de nuestros políticos discutiendo sobre lo que no saben ya no es
noticia, sino un capítulo más al que arrastran a los que pueden. En primer
lugar a los medios, a los que necesitan para expandirse y llamar la atención.
La
escala del delirio va desde la insinuación a la afirmación, todo ello aprovechando
el margen que el desconocimiento permite. Lo ocurrido es muy grave, pero
mientras no se entiendan las causas, la producción de titulares depende de la
osadía y el desparpajo, de la seriedad impostada, de la imaginación recurrente.
Para algunos es lo imposible; para otros es la confirmación de todo tipo de
avisos apocalípticos lanzados desde sus púlpitos y micrófonos. En este sentido,
el gran apagón, como ya se le conoce, es una especie de test de confirmación de
las ideas (por llamarlo así) previas. La "realidad" encaja a
martillazos en el programa de cada uno.
Y esto
se produce, en gran medida, debido a dos factores, el primero, lógicamente, la
falta de respuestas a las preguntas, que genera nuevas preguntas sobre la falta
de respuestas (como ¿qué ocultan?). El camino queda expedito a la imaginación insinuante y al dedo
acusador. Mientras no se sepa nada, todos son culpables a los ojos de sus
rivales.
Los
políticos no quieren abandonar el centro del escenario y recuperan su
protagonismo con cualquier cosa que puedan lanzar a la cabeza de sus contrarios.
Esta es la fase en la que nos encontramos. De nuevo, el objeto de los discursos
son los otros, ya sea porque no responden como deben, porque no están a la altura,
mienten, etc. etc.
El segundo factor es el divorcio comprensivo entre los técnicos y expertos y el gran público, con los medios en su función intermediaria. Las cosas no son sencillas y no es fácil entenderlas. En este tipo de situaciones tecnológicas, los expertos no suelen serlo en la divulgación asequible.
En
estos días, en un programa televisivo de un canal extranjero, los presentadores
trataban de explicar el "espacio-tiempo" y cómo el universo surgió de
la "nada". No sé porqué me acabo de acordar de esto, pero me recuerda
a los problemas de explicar algo sin duda más sencillo, nuestro apagón.
¿Entrará nuestro apagón en este tipo de programas en los que te surgen más
preguntas que respuestas, siempre insatisfactorias?
Algunos lo sitúan ya en el camino de las penalidades, estableciendo una sucesión que incluye danas, volcanes, incendios y ahora apagones. Es el camino de la fatalidad; algo habremos hecho, piensan.
Nuestro
apagón ha logrado eclipsar al cónclave papal, a los aranceles de Trump, a las
elecciones en Canadá y casi a cualquier cosa, con la lógica excepción del
deporte. Las preguntas de hoy son ya sobre el "largo puente" y sus
millones de desplazamientos. Los medios se preguntan si el apagón afectará a los
trenes y a sus viajeros del largo fin de semana. El problema se refine y pasa de las causas a los efectos.
Abascal,
siempre didáctico, señala que el apagón fue para distraer del asunto del
hermano de Pedro Sánchez; otros siguen apuntando a un ciberataque. Curiosamente
nadie ha mencionado a los extraterrestres, algo que en Estados Unidos se daría
casi por seguro. Trump le habría echado la culpa a los inmigrantes y a la administración
demócrata anterior.
Necesitamos
saber qué ha pasado para que no ocurra de nuevo, al menos, esto. Necesitamos
también que nos lo expliquen con claridad, aunque eso se irá diluyendo. Las instrucciones como
"quédense donde estén" o "no usen el teléfono", por
ejemplo, se respondieron con grandes atascos y con estar usando el teléfono de
forma constante aunque improductiva. Muchos son los perjudicados y también unos
cuantos los favorecidos, como nos dicen de las ferreterías o de los vendedores
de radios a pilas, que agotaron las existencias en cosa de minutos; los que
vendían bocadillos agotaron el pan y estiraron el jamón.
¿Lo entenderemos algún día? ¿Nos aburriremos de escuchar explicaciones que no entendemos? Quizá tengamos que repensar el "kit" y ajustarlo a lo imposible que ocurra.






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