miércoles, 30 de abril de 2025

Tras el gran apagón

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El espectáculo de nuestros políticos discutiendo sobre lo que no saben ya no es noticia, sino un capítulo más al que arrastran a los que pueden. En primer lugar a los medios, a los que necesitan para expandirse y llamar la atención.

La escala del delirio va desde la insinuación a la afirmación, todo ello aprovechando el margen que el desconocimiento permite. Lo ocurrido es muy grave, pero mientras no se entiendan las causas, la producción de titulares depende de la osadía y el desparpajo, de la seriedad impostada, de la imaginación recurrente. Para algunos es lo imposible; para otros es la confirmación de todo tipo de avisos apocalípticos lanzados desde sus púlpitos y micrófonos. En este sentido, el gran apagón, como ya se le conoce, es una especie de test de confirmación de las ideas (por llamarlo así) previas. La "realidad" encaja a martillazos en el programa de cada uno.

Y esto se produce, en gran medida, debido a dos factores, el primero, lógicamente, la falta de respuestas a las preguntas, que genera nuevas preguntas sobre la falta de respuestas (como ¿qué ocultan?). El camino queda expedito a la imaginación insinuante y al dedo acusador. Mientras no se sepa nada, todos son culpables a los ojos de sus rivales.

Los políticos no quieren abandonar el centro del escenario y recuperan su protagonismo con cualquier cosa que puedan lanzar a la cabeza de sus contrarios. Esta es la fase en la que nos encontramos. De nuevo, el objeto de los discursos son los otros, ya sea porque no responden como deben, porque no están a la altura, mienten, etc. etc.

El segundo factor es el divorcio comprensivo entre los técnicos y expertos y el gran público, con los medios en su función intermediaria. Las cosas no son sencillas y no es fácil entenderlas. En este tipo de situaciones tecnológicas, los expertos no suelen serlo en la divulgación asequible. 

Tras los infructuosos intentos de hacer comprender qué pasó en esos cinco segundos fatídicos, los medios se redirigen hacia algo más fácil de entender: las indemnizaciones por los daños causados. Las imágenes de los helados derretidos o las palabras de la señora que dice haber tenido que tirar un kilo de filetes son ya perfectamente cotidianas y por ello comprensibles. La ausencia de motivos del apagón nos redirige a lo que han titulado ya como "el día después del apagón" en donde lo cotidiano desplaza a los incomprensibles expertos que piensan que se van a ocupar de ellos sin que les ofrezcan causas fáciles de entender.

En estos días, en un programa televisivo de un canal extranjero, los presentadores trataban de explicar el "espacio-tiempo" y cómo el universo surgió de la "nada". No sé porqué me acabo de acordar de esto, pero me recuerda a los problemas de explicar algo sin duda más sencillo, nuestro apagón. ¿Entrará nuestro apagón en este tipo de programas en los que te surgen más preguntas que respuestas, siempre insatisfactorias?

Algunos lo sitúan ya en el camino de las penalidades, estableciendo una sucesión que incluye danas, volcanes, incendios y ahora apagones. Es el camino de la fatalidad; algo habremos hecho, piensan.

Nuestro apagón ha logrado eclipsar al cónclave papal, a los aranceles de Trump, a las elecciones en Canadá y casi a cualquier cosa, con la lógica excepción del deporte. Las preguntas de hoy son ya sobre el "largo puente" y sus millones de desplazamientos. Los medios se preguntan si el apagón afectará a los trenes y a sus viajeros del largo fin de semana. El problema se refine y pasa de las causas a los efectos.

Abascal, siempre didáctico, señala que el apagón fue para distraer del asunto del hermano de Pedro Sánchez; otros siguen apuntando a un ciberataque. Curiosamente nadie ha mencionado a los extraterrestres, algo que en Estados Unidos se daría casi por seguro. Trump le habría echado la culpa a los inmigrantes y a la administración demócrata anterior.

Necesitamos saber qué ha pasado para que no ocurra de nuevo, al menos, esto. Necesitamos también que nos lo expliquen con claridad, aunque eso se irá diluyendo. Las instrucciones como "quédense donde estén" o "no usen el teléfono", por ejemplo, se respondieron con grandes atascos y con estar usando el teléfono de forma constante aunque improductiva. Muchos son los perjudicados y también unos cuantos los favorecidos, como nos dicen de las ferreterías o de los vendedores de radios a pilas, que agotaron las existencias en cosa de minutos; los que vendían bocadillos agotaron el pan y estiraron el jamón.

¿Lo entenderemos algún día? ¿Nos aburriremos de escuchar explicaciones que no entendemos? Quizá tengamos que repensar el "kit" y ajustarlo a lo imposible que ocurra.

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