sábado, 24 de septiembre de 2022

La crisis del modelo autoritario

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los países controlados por regímenes autoritarios parecen haber llegado a algún tipo de crisis, haber llegado a un pico en el que el descontento aflora. No es fácil dar salida al descontento, pero cuando esto ocurre se producen unos efectos peligrosos de retroalimentación: la represión del descontento produce más descontento.

Ayer hablábamos aquí de lo que ocurre en Rusia, portada de todos los medios mundiales. El orden de Putin parece entrar en crisis una vez que ha movilizado a la población. El rechazo a la medida se va incrementando hasta llegar a un punto que no somos todavía capaces de ver.

El caso ruso recuerda a las protestas juveniles norteamericanas contra la guerra de Vietnam. También entonces dijeron no a la guerra lejana. El caso ruso es de una guerra de proximidad, de vecindad y con anexiones contra el orden internacional. Hemos insistido mucho en ese aspecto porque me parece determinante del modelo de guerra, un modelo decimonónico de expansión de fronteras, en un mundo del siglo XXI. No hay país democrático que respalde a Rusia. Putin solo tiene a su lado dictadores y gobiernos autoritarios que ven en él el espejo paternalista en el que mirarse. Eso es para bien, pero también para mal. Ya se observan críticas de algunos que ven que su destino pueda estar demasiado vinculado al de su Big Brother Putin.

Putin es algo más que el zar de la Rusia del XXI; es un modelo de gobierno autoritario que se ha ido construyendo sobre diversas bases teóricas y que parte de la debilidad de la democracia como sistema de gobierno. Es un modelo, podríamos decir, napoleónico de gobierno. El siglo XIX tuvo a Napoleón como centro de reflexiones, en donde la figura del que es capaz de poner a sus pies a Francia y a toda Europa después tuvo muchos rendidos admiradores. El individuo excepcional está por encima de la masa obediente. Pero la excepcionalidad de Napoleón —admirada por personajes como el Julian Sorel de Stendhal o el Raskolnikov de Dostoievski— tiene poco que ver con la vulgaridad de Putin, surgido de las oscuridades burocráticas de la Unión Soviética, oficial de la KGB durante 16 años antes de dar el salto a la política. Putin es un anacronismo con suerte, una imagen proyectada y llevada con absurdos flashes de energía deportiva y combativa. Putin se ha hecho con el control del país a golpe de prebenda, de aliados dentro y fuera. Su fuerza es la de la corrupción, no otra. Es la las capas de oligarcas, de beneficiados en los negocios, de los políticos exteriores a los que se les asegura el futuro.

La teatralidad de Putin es la del que quiere impresionar y convencer para ser obedecido. Pero los tiempos son otros. Los rusos han aplaudido hace unos días en los desfiles militares en la Plaza frente al Kremlin, en el centro de Moscú. Pero una cosa es aplaudir a los que van de uniforme y desfilan y otra desfilar tú, con el uniforme puesto, camino de Ucrania. El panorama es otro, algo muy diferente. Putin tiene su "Vietnam" con sus protestas.

Los dictadores que le ayudan y animan, como Bielorrusia y Chechenia se pueden poner nerviosos ante lo que ven en Rusia. Si allí se produce un cambio, lo que puede ocurrir es difícil de calcular.

No es el ruso el único caso estos. Lo que está ocurriendo en Irán también supone un desafío al férreo régimen de los ayatolás. Si Putin es decimonónico, el modelo de Irán es de las cavernas. Los casos de brutalidad han creado indignación y esta se manifiesta en las calles con miles de personas, especialmente jóvenes. Los muertos, como decíamos antes, retroalimentan las protestas y el régimen puede verse comprometido seriamente. Ya ha sacado a sus fieles a la calle.

La respuesta del gobierno iraní es —como siempre ocurre en estos casos— decir que los movimientos son producidos por extranjeros, por gente que quiere debilitar su perfecta forma de gobierno. En Irán no hay problemas; solo intromisiones desde el exterior. Extranjeros, ateos, apóstatas, herejes... son el enemigo.

De nuevo hay que observar si estamos en un punto crítico, un momento en que las respuestas no acallan sino que obtienen más contestación, más indignación. El régimen de los ayatolás es de enorme dureza y control, de vigilancia policial a los que están dentro o a los que están fuera.

El origen del género en el conflicto iraní es importante y puede tener su propia deriva. Pero es más fácil que inicie una respuesta enérgica, como muestran los muertos que han causado las protestas. También es más fácil que tenga, como está teniendo, apoyos internacionales a través de la solidaridad de las mujeres de todo el mundo, lo que pone más nerviosos a los ayatolás y seguir con su campaña de que son los extranjeros los que quieren derribar al régimen.

El autoritarismo se muestra de muchas formas, con variantes locales. Putin también se ha colocado un cirio en las manos para recibir las bendiciones nacionalistas del patriarca de Moscú, que aplaude que vayan a acabar con los gais ucranianos y así salvar almas y familias. La lucha interna de Putin con los gais ha sido intensa, pero logró acallarla con el miedo y la represión. Ahora la amenaza es otra y todos los rusos temen por sus destinos, enviados a una guerra a la que no quieres ir. Puede que Putin no contara con la resistencia ucraniana; tampoco los rusos que le aplaudían contaban con que los esperaran a la salida de facultades, metros y aparcamientos para entregarles una orden de movilización y mandarlos a la guerra que ahora, definitivamente, no entienden.

Los rusos se van, en lo que ayer llamábamos una "desbandada"; los iraníes buscan las rutas del exilio, como lo han hecho los afganos saliendo en masa, muriendo por intentar subirse a un avión en pleno despegue o cayendo en las fronteras cuando quieren salir del país.

El autoritarismo ha tenido su momento, pero es cierto que las contestaciones aumentan en esos espacios en los que quieren que reine el silencio. El mundo es hoy de otra manera; podemos ver lo que antes no se veía gracias a millones de teléfonos con sus cámaras. Nos muestran la represión en Rusia, a la niña llorando porque se llevan a su padre; la paliza dada a una mujer iraní que se arranca el velo; los golpes a las que se manifiestan en Afganistán... Y eso llega cerca y lejos, dentro y fuera de las fronteras. Se anula la propaganda, los discursos falsos en los medios oficiales y alguien aparece con un cartel diciendo "¡todo es mentira!".

La idea de que la democracia es débil y los dictadores son fuertes es simple, pero choca con el problema de la paciencia del pueblo. Es fácil favorecer a unos y sembrar la discordia, pero la represión siempre obliga a más represión y acumula ira que acaba estallando. Lo hemos visto anteriormente.

Ya no es tan sencillo aislar pueblos enteros para contarles un cuento de buenas noches antes de mandarlos a dormir. El modelo autoritario, por muy paternalista que sea, choca con los deseos de paz y tener una mejor vida. Es difícil convencer a la gente que la guerra es una vida mejor o que la colocación del velo te pueda costar la vida.  Da igual que les vendas la felicidad en la Tierra o en el Paraíso. La fea realidad asoma tras la máscara.


viernes, 23 de septiembre de 2022

La desbandada

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Hacer una guerra no es sencillo. La gente ya no es como antes, a la que calentabas y enseguida salía con la espada. Vladimir Putin lo está descubriendo. El carismático cazador de osos, montador de caballos, aguerrido yudoca, etc. descubre que el pueblo no le responde como pensaba, que él está con un pie en el siglo XIX y otro en el XX, mientras que la mayoría de la gente tiene uno en XX y otro en el XXI. Es un problema eso de nacer dos siglos tarde.

Putin se revela cada vez más como una anacronismo ruso y, simultáneamente, mundial. Quiere una Rusia imperial en la que él es el emperador, pero se le ha olvidado preguntar a los demás. Y eso es algo importante cuando los mandas a una guerra en el que no tienen el más mínimo interés. Es cierto que las superpotencias venden "miedo", "peligros", "agresiones", "amenazas"..., pero convencer de ello a los que mandas a la guerra es otra cosa.

Cuando los rusos salen a hacer turismo, ven que el mundo no es como les han contado. ¿Recuerdan la película "El último bailarín de Mao"? Es la historia real de un joven que fue educado en la idea que el mundo exterior era un infierno de maldad, un peligro constante, etc. En la primera gira que salió al exterior y actuó en un teatro que le aplaudía se pudo dar cuenta de que el mundo que le rodeaba no tenía nada que ver con el que le habían estado inculcando desde su infancia, en la escuela, en su día a día. Tomo la decisión de desertar y quedarse a vivir en un mundo que no se parecía en nada ni al que le habían contado ni al que le había tocado vivir. Fin de la historia.

Putin ha tenido que contar a los rusos las amenazas de un país vecino; les pide que se horroricen ante los países con los que sueñan irse de vacaciones, de compras, a tumbarse en las playas o recorrer monumentos y hacerse fotos, con degustar comidas locales, etc.

Y la magia de Putin no llega tan lejos, no da para tanto.

Lo comenzamos a ver con claridad cuando los jovencísimos soldados rusos se encontraban con los ucranianos que defendían su suelo. Ellos pensaban que iba a ser un desfile militar, como les habían vendido, pero no era así. ¡Para nada!

Ahora Putin tiene un grave problema.  Nos dicen —y suponemos que es cierto— que ha tenido que ir a las cárceles a buscar "voluntarios" que canjean penas de prisión por servicios en el frente. Está teniendo que cerrar fronteras porque la gente se le escapa por las rendijas.

Los tiempos de ir cantando a la guerra han pasado. La gente prefiere el turismo, aunque sea de fin de semana. El colonialismo imperial ruso es algo pasado, excepto para Putin que lo ve como el futuro, como una recuperación de la "grandeur" que nadie ha pedido.

A Erdogan, por ejemplo, le encanta jugar con toda la parafernalia imperial otomana, se ha hecho una guardia de cartón piedra y la saca a posar en escalinatas ya  desfilar en cuanto que hay ocasión para regocijo visual y sentimental de los soñadores turcos. Les llegó a decir que lo primero que vieron los españoles cuando avistaron las costas americanas fueron minaretes de mezquitas. ¡Y se quedó tan ancho! Tiene sus guerras con los kurdos, pero sabe cuándo debe jugar sus bazas, normalmente cuando se sabe necesitado. Aprovecha para dar sus zarpazos e imponer sus condiciones, como hizo para que los países que querían entrar ahora en la OTAN como protección frente a Putin rechazaran a los kurdos refugiados en ellos.


Pero Putin se ha creído sus propias fantasías. Ahora se encuentra ante un gravísimo problema: ¿cómo terminar una guerra no declarada, motivada por una farsa, como es la de la agresión ucraniana y el peligro de Rusia? ¿Cómo hacer una guerra que los propios rusos rechazan considerándola, como decían hoy, una "guerra de Putin"?

Si Putin sigue hacía adelante (¿hay otra opción?), queda absolutamente en evidencia. Las protestas siguen en las calles, el movimiento de los concejales que le declaran "traidor" y piden su dimisión, los radicales que le piden que fusile a los generales que no ganan esa "guerra", etc. El embrollo crece y las posibilidades se reducen: si Vladimir sigue adelante y la gente no le sigue y, peor, va en dirección contraria, llegará un momento en que Putin haga movimientos críticos que acelerarán su caída.

Con su planteamiento inicial solo es posible la victoria, pero hemos insistido que esa victoria no es posible más que mandando a todos los ucranianos a Siberia, fórmula imperial rusa en cualquiera de sus modalidades históricas. Ya no le será sencillo "repoblar", porque está claro que nadie se va a instalar en la Ucrania invadida, que no sería un paraíso, sino un verdadero infierno.

Sea cual sea el escenario, Putin pierde. La cuestión está ahora en quién pierde si él o Rusia. La invasión de Ucrania, el intento de dominación con tropas de criminales sacados de sus prisiones y de fanáticos mercenarios chechenos (otro loco peligroso) es una derrota de Rusia y sobre todo del propio Putin, que tiene unos límites para mantener la autoridad, los de sus propios instrumentos de poder.

Hay que fijarse en el lenguaje corporal de los generales rusos, en sus miradas y posturas, en los pequeños gestos. Hay muchos que viven un auténtico drama terrorífico. Saben que su destino es fatídico, volverse contra su propio pueblo que es el que está rechazando es falsa operación de salvamento de Ucrania. Ni los referéndums que hoy se realizan en las zonas prorrusas le van a servir de mucho porque no hay reconocimiento internacional (los sirios, los chavistas y poco más). Saben que tendrán que acabar reprimiendo al pueblo ruso y eso no les hace gracia porque, al final, el pueblo siempre tiene razón. La desbandada hacia el exterior se pagará con creces.

El augurio de que la guerra contra Ucrania se acabará convirtiendo en guerra civil, golpe de estado o cualquier otra variante del mismo resultado parece claro. De todos los escenarios posibles es el que podría producirse. Si la victoria no es posible, las tablas son imposibles porque Ucrania ha dicho que no hay más salida que la retirada de Rusia a sus fronteras, solo queda la confrontación en diversos niveles posibles, del poder a la calle. No hay mucho más.

Hemos señalado en días anteriores que las guerras con vecinos tienen difícil arreglo porque se produce lo que alguien llamó "la maldición de la geografía". Rusia está donde está y Ucrania igual. La opción es tragarse Ucrania, pero los tiempos ya no están para eso y, sobre todo, tiene un coste que Rusia no puede permitirse.

Los rusos huyen en desbandada hacia las fronteras tratando de evitar los que eran las antiguas "levas", el reclutamiento forzoso, que te pongan un fusil en las manos , te metan en un camión y te lleven a una guerra en la que no tienes la más mínima intención de participar. Los titulares coincidentes de ABCEl Mundo hablan de que Putin caza a la salida del Metro a los que mandará al frente. Cárceles, metros... cualquier lugar es bueno para atrapar a los que no quieren saber nada. Eso es ya una derrota de enorme alcance, una fractura en la sociedad rusa.

De nuevo, a Putin le ha salido muy mal el cálculo. Los rusos están empezando a comprender quién Vladimir Putin y lo que significa para ellos. Fin del sueño.




jueves, 22 de septiembre de 2022

El coche, de héroe a villano

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Es fácil pasar de héroe a villano. Un gran titular en El Periódico cruza de lado a lado mi pantalla: "Barcelona registra la cifra más baja de coches matriculados desde 1975" y, un poco más abajo, "Hacia el fin de la era del coche: clima, subida gasolina e inflación aceleran su ocaso (pero no lo matan)". La cifra más baja desde 1975 no es cualquier cosa, son muchos años y un enorme cambio social, de desarrollo económico, de mentalidad. Que cualquier cifra vuelva a 1975 quiere decir mucho. Una tercera línea del diario nos habla de "la lucha contra en coche" en las grandes ciudades del mundo, en Nueva York, Berlín, Londres y París.

Algunos recordarán aquellos concursos televisivos en los que los participantes tenían dos premios gordos, el apartamento en Torrevieja y el coche. Cuanto más jóvenes eran más celebraban el coche. El premio gordo era, sin duda, el coche. Todavía hoy el gran premio en concursos como Pasapalabra sigue siendo ese esquivo coche.

El coche era entonces la movilidad, pero moverse entonces tenía unos aires que no tiene ahora que somos ubicuos gracias a las redes, virtuales gracias a los teléfonos y ordenadores. Ayer celebrábamos nuestro seminario con unos cuantos en la sala y otros repartidos por Colombia, Holanda, China y Salamanca. ¿Qué significa el automóvil en un mundo así?

Los jóvenes valoraban el coche como independencia, como distancia generacional, distancia de unos padres que nos montaban a todos en el coche lleno de maletas y nos pasábamos, nos gustara o no, aquellos tres meses (hoy imposibles) de vacaciones juveniles en el chalecito en la playa o en la casa del pueblo. ¡Qué tiempos!

Hoy, en cambio, cada vez hay menos que miran al cruzar la calle. Es más peligroso "cruzar la acera" porque es ahí donde te la juegas con el paso de patinetes eléctricos y de skates. Pronto serán los peatones los que tendrán que ir con caso y llevar chalecos reflectantes o caminar por el centro mismo de la calle.

La noticia barcelonesa de El Periódico tiene aspecto local donde una entradilla nos indica una serie de matices importantes más allá del número: "El censo total es el menor desde 1986, pero el tráfico se mantiene congestionado, en buena parte, por el más de medio millón de autos de no residentes que entran a diario en la ciudad". Lo de "autos no residentes" es un concepto que tiene interés, porque los residentes antes eran los ciudadanos. Sin embargo, ese medio millón al que se acusa de los colapsos y desajustes respecto a lo que la cifras dicen nos muestra el que no solo es el coche el que ha cambiado, sino las ciudades mismas, que han desplazado a sus habitantes hacia periferias cada vez más lejanas, lo que lleva a tres posibilidades futuras: a) vamos en coche, lo de casi siempre; b) vamos en transporte público, para lo que hay que crear redes eficaces, que no te roben los cables del tren y que haya muchas más estaciones o combinaciones; y c) que no vayas a la ciudad, es decir, el teletrabajo o que te toque la lotería.

Las tres opciones son tres modos de vida o, si se prefiere, tres modos de vivir en función de tu entorno. Creo que a todos nos sorprenden esas imágenes de principios del siglo XX en los que las ciudades son un increíble caos en el que conviven sonrientes peatones, los primeros coches y los caballos que tiran de sus carros. Luego se añadieron los tranvías con sus rieles y sus cableado eléctricos aéreos. Los trolebuses prescindieron de los rieles, pero mantuvieron los cables. Las ciudades con metro completaron los medios de transporte.

Son diversas las fuerzas que han dado forma a nuestras ciudades y vidas. La distancia a los puestos de trabajo viene determinada por la elevación de los precios del suelo, los medios de transporte disponibles, su velocidad y combinación, etc.

La pandemia nos ha dado muchas lecciones sobre lo que supone un cambio radical. Grandes aparcamientos vacíos en el centro de las ciudades, medios vacios, cafeterías y restaurantes en los que la gente almuerza en sus paréntesis en el trabajo, etc. Las ciudades se han hecho para los coches o, mejor, los coches han modificado nuestras ciudades convirtiéndolas en redes de comunicaciones, circunvalaciones, pasos elevados, carreteras para evitar los atascos en los centros, que han llevado por ejemplo a la creación de aparcamiento disuasorios en las entradas a las ciudades.

Por mi pueblo, muy moderno, ya no son solo los niños y adolescentes los que van en patinete eléctrico. Ayer pasó ante mí un grupo de personas maduritas luciendo sus patinetes. Una noticia de hace unos días nos hablaba ya de los excesos de velocidad y hace tiempo que se impuso la regulación clara ante la disputa de calles y aceras.

La subida de casi todo está haciendo que el coche se quede más tiempo aparcado. La posibilidad del teletrabajo es una auténtica revolución urbana, laboral y de movilidad. Las ciudades pueden verse transformadas porque sus centros económicos y laborales, esos enormes y caros edificios de oficinas que se han ido haciendo con los centros urbanos y han dirigido la evolución de sus terrenos colindantes generando restaurantes, tiendas, aparcamientos, bancos, etc. Si se disuelven las empresas espacialmente y se convierten en redes de trabajo, algo que ya está ocurriendo gracias a las tecnologías, no es difícil ver que se anuncia una importante transformación espacial y una inversión de valores, es decir, lo que antes era central y caro se invertirá en "beneficio" de las periferias. Pongo las comillas porque los que se fueron lejos verán que su tranquilidad disminuye y que aumentará el precio de vivir fuera, como ya está ocurriendo.

Quizá la España vacía empiece a ser motivo de especulación. Para ello se necesitará crear condiciones mejores para las comunicaciones (redes eficaces y de alta velocidad) y buenos transportes y servicios básicos (bancos, centros de salud, educación, de ocio).

Mientras esto no sea así, seguirá ocurriendo lo que nos dice el titular de El Periódico: hay menos vehículos matriculados en la ciudad, pero sigue habiendo atascos por los desplazamientos desde la periferia. Barcelona, nos dicen otros medios, fue la ciudad con más atascos en el 2020.

Son las crisis —la económicas, las sanitarias, ambas conjuntamente— las que nos obligan a cambios radicales para ofrecer situaciones a los conflictos que se crean. Los que piden vueltas a la normalidad son ingenuos porque esas vueltas no se producen, sino que nos debemos adaptar a las nuevas situaciones. La normalidad es una ilusión, algo que elegimos entre diferentes posibilidades, y si no lo entendemos estamos perdidos. Siempre habrá que elegir y si no lo hacemos, otros lo harán por nosotros.

Ya muchos buscan sus "oportunidades" especulativas adelantándose a la llega inevitable de los cambios que crearán nuevas formas de vida. Los precios de la energía, como vemos, serán determinantes del futuro. Las nuevas construcciones deben tenerlo en cuenta; también los nuevos espacios, que han de ser construidos de otra forma para unas nuevas utilizaciones. Coche y energía son capitales en la configuración de las ciudades. Y es en ellas donde vivimos, trabajamos, descansamos, etc. El cambio climático es el factor que va a englobarlas a todas con sus condicionamientos rematando el conjunto con la idea de sostenibilidad, que se va imponiendo en todos los ámbitos.

Hemos probado unos meses un mundo sin coches. Lo hemos hecho forzados por la pandemia, pero nos ha mostrado aspectos que desconocíamos de nosotros mismos y de nuestras ciudades, ventajas e inconvenientes. Algunos han hablado de "descubrimiento del espacio". Y así ha sido. Desde el vacío hasta la presencia de la naturaleza en nuestras calles, ha sido una experiencia que nos enseña muchas cosas, más allá de los inconvenientes.

Aquel canto irónico compuesto por Moncho Alpuente que en los 70 pregonaba "¡Adelante hombre del 600 / la carretera nacional es tuya!" se podría hacer hoy para el patinete, la bici o las zapatillas deportivas y el chándal. El coche, de héroe a villano, de libertador a opresor.

miércoles, 21 de septiembre de 2022

Putin y el juego de la desunión

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

A lo largo de estos pasados años hemos tenido ocasión de seguir las andanzas de Putin. Hemos podido ver cómo se pasó de aquellos relevos "presidente-primer ministro" con Medvedev a esa figura construida a golpe de cincel que Putin ha hecho de sí mismo.

Pero más allá del narcisismo del personaje, de sus fantasías de súper héroe ruso a través de cacerías, natación, hípica y todo aquello que le ha servido para construir su imagen hay un elemento esencial para poder entender la situación actual en Europa. Las relaciones de Putin con los marginales europeos, ya sean de ultraderecha o de ultraizquierda.

La política ha cambiado y se ha hecho más emocional, más de búsqueda de raíces, de objetivos que se convierten en centrales llegando desde la periferia. Putin ha gobernado Rusia, pero también ha sembrado por toda Europa, África y América. En Asia, China ha sabido crear un muro de contención a través de la sintonía con Xi Jinping, que comprendió que era mejor hacerle ver que su espacio era intocable, pero que no necesitaría de sus manejos extraños para estar tranquilo.

28/072021

Y esto debido a una causa muy sencilla: en China Putin no encuentra una oposición a la que respaldar en su ascenso inquietante del poder. En Europa, en cambio, ha podido atender solícitos a los que le llegaban de diferentes partes y que buscaban un empujoncito para rivalizar, inquietar, molestar al poder existente en los diferentes países.

Putin, que es astuto, sabe que el mejor sistema para debilitar a su enemigo es favorecer a sus opositores, prometer apoyos, darlos en ocasiones. Es la mejor inversión cuando se trata de ascender, debilitar a los otros.

En El Confidencial del 10 de abril de 2022, Javier Brandoli -desde Roma- se hacía algunas preguntas en el inicio de su lúcido artículo titulado "Un popurrí ideológico extremista de derecha e izquierda europea apoya a Putin y Rusia":

¿Cómo ha conseguido la Rusia de Vladímir Putin que un miliciano italiano, Edy Ongaro, de ideología comunista, haya muerto luchando contra los ucranianos en el Donbás y, a la vez, los principales líderes conservadores y populistas de Italia hayan sido estos años declarados fans del presidente ruso? Extrema derecha y extrema izquierda, por razones distintas, han apoyado en Occidente al presidente o al país rusos. Un respaldo que tiene razones diversas. Una parte de la ultraizquierda apoya a Rusia por nostalgia de la URSS y rechazo a EEUU y una parte de la ultraderecha apoya a Putin por similitud ideológica.* 

El artículo va ilustrado con la fotografía de un muro propagandístico venezolano en el que los rostros de Hugo Chávez y Putin proclaman juntos "¡Venceremos!".

Por simples que puedan parecer los motivos, no dejan de ser verdaderos. Habría que añadir otros factores con los que Putin ha jugado en estos años. La mente de Putin es astuta, pero no inescrutable. En la medida en que sus objetivos están claros, sus manejos se hacen más evidentes. El hecho mismo de que apoye a unos y a otros nos debe hacer ver qué consigue con ello.

La guerra en Ucrania nos lo ha mostrado con claridad: romper la unidad europea, algo en lo que coincide con los diversos tipos de ultras. La Unión Europea, su unidad, molesta a la idea de una Rusia fuerte frente a la debilidad democrática que Putin le presupone.

Hay que entender este elemento esencial porque se conecta con muchos otros. Putin es la encarnación del principio del poder en una sola mano, el desprecio profundo por todo aquello que le parece "débil". En esto sintonizaba muy bien con Trump: el poder está para usarlo. Es algo que no reside en el "pueblo", sino que es propio de los audaces, de los que son capaces de tomarlo sin restricciones... y usarlo. Putin, como Trump, cree que el liderazgo es fuerza y que esa fuerza es necesario demostrarla.

Putin lo hace de muchas maneras. Unas son personales, como su exhibicionismo narcisista o su valoración del silencio y la acción frente a un posible diálogo. La negociación -como en Trump- se hace desde la fuerza. Otras provienen del juego con la historia: la nostalgia del poder de los pueblos, que anhelan sentirse poderosos sobre otros.

El desprecio a los valores del diálogo, la convivencia, la democracia, etc. se traducen en una concepción brutal de la política, cuya prueba más evidente es la desaparición de los opositores, de cualquiera que discrepe o manifieste crítica. Desaparece o aparece muerto arrojado por una ventana. Putin controlaba el aparato de inteligencia heredado de la Rusia soviética y ese era un excelente campo de entrenamiento.

Desde hace tiempo, desde comienzo del año con más intensidad, los medios se han llenado de noticias sobre las conexiones, denunciadas en el mismísimo Parlamento Europeo, con los grupos extremistas, populistas, independentistas, etc. Toda una serie de grupos cuyo objetivo ha sido la desestabilización, por lo que han conseguido el apoyo de Putin, ya sea de palabra o mediante financiación, promesas de futuros reconocimientos. En España son varios los grupos señalados. La aparición de las "Z" prorrusas en Barcelona, noticia de hace un par de días, no es una casualidad, sino algo previsto.

Putin apoyó directamente a los que iniciaron el movimiento del Brexit, con Nigel Farage al frente. Crear una enemistad entre Reino Unido y el resto de Europa le salió bien porque los estrategas siempre trabajan sobre debilidades, fomentando las divisiones y responsabilizando de los errores a los contrarios, en este caso, a los europeos continentales. Carlos III se tendrá que enfrentarse de nuevo a los intentos escoceses de salir de Reino Unido e integrarse en la Unión Europea.

Pero no es solo Reino Unido, Putin ha mantenido lazos con la ultraderechista Marine LePen, como lo ha hecho con todos los movimientos que sembraban conflictos en las instituciones europeas. El cambio de estrategia llevó a trasladar el frente a las propias instituciones, entrar en ellas y dinamitarlas con su obstruccionismo y parálisis.

El caso de Hungría está al borde la ruptura con la Unión. Víktor Orbán es un claro ejemplo de putinismo en el poder. La reducción de las libertades, el control de las instituciones para que no hay cambio posible, etc. son la realidad de lo que esta mezcla de nacionalismo romántico y conservadurismo retrógrado busca. 

A muchos sorprende que sea capaz de reunir grupos tan diferentes. No lo son desde su perspectiva, pues el fondo sobre el que trabajan es precisamente la ruptura del orden internacional y la vuelta a momentos previos a la globalización. La vuelta a los nacionalismos sentimentales y radicales responsabilizando a las unidades de mayor tamaño (como la propia Unión) permite que se hayan generado híbridos de clase y de nación, otros van por la familia y la religión, frente a los feminismos o la "ideología de género" o los movimientos de derechos LGTBI, por poner aquellos elementos que le sirven para articular las contestaciones sociales.

26/02/2022

Que un responsable de crímenes como Putin pueda seducir a través de su "cristianismo" no deja de ser una burla para los cristianos; que un imperialista seduzca a los nacionalistas que ven en él una referencia es absurdo porque se acabará tragando los orgullosos fragmentos europeos.

No, Putin no sorprende. Es el punto en el que las contradicciones se resuelven para hacer ganar sus intereses.  Por ello, la denuncia de los grupos y sus conexiones rusas es muy necesaria ahora. El momento en que las tensiones por Ucrania alcanzan la máxima resistencia, Putin se pone nervioso y ve que se producen fenómenos con los que no contaba, por eso intensifica el apoyo a los movimientos desestabilizadores en distintos lugares. Necesita apostarlo todo a esa estrategia porque ya no está tan claro que manipular en Europa le sirva para evitar la creciente contestación interior. Los mensajes son alarmantes y hablan ya de una ley marcial, que sería la forma de contener cualquier disidencia o protesta.

Hay que estar vigilantes en estos momentos porque la guerra no solo se da en Ucrania, sino bajo nuestros mismos pies. No va como Putin quiere y eso aumenta el riesgo para todos.

* Javier Brandoli "Un popurrí ideológico extremista de derecha e izquierda europea apoya a Putin y Rusia" El Confidencial 10/04/2022 https://www.elconfidencial.com/mundo/2022-04-10/popurri-ideologico-extremista-europa-apoya-putin_3406194/

martes, 20 de septiembre de 2022

Los tiempos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El siglo XX fue el de la especulación sobre el tiempo en la narrativa, al igual que el espacio lo fue del XIX. Al XXI le queda la ausencia de lo virtual. Las cosas ya no son o, peor, son mensajes que circulan en un no espacio global. El XXI es el siglo de la promesa, del tiempo enunciado pero diferido. Es el tiempo prometido, diferente del tiempo cumplido.

Ya no hay un tiempo común, sino un tiempo estirado para cada acción. Hay un tiempo judicial, eterno en su tardanza, pero estirado cada día en los medios, interminable, aburrido, en el que las causas aparecen y reaparecen para deleite de medios y, según toque, aprovechamiento o desesperación política.

La política tiene su propio tiempo, el marcado por las agendas electorales. Es el tic-tac electoral, relleno de promesas que tienen su propio tiempo, que llegan o no, según interese. El tiempo electoral reorganiza las otras temporalidades para ajustarlas al efectismo de la eficacia. Las cosas se retrasan o adelantan según interese para llegar a un momento pleno de inauguraciones o de cualquier otro evento —real o simulado— que ayuden a inclinar la voluntad en las urnas. Es el tiempo de la virtualidad, donde se puede inaugurar un hospital sin camas o una carretera que lleva a ninguna parte. Es el tiempo de la foto, de la noticia desrealizada. Es el tiempo momento, el del adecuado a los intereses.

Hay un tiempo que diferencia el trabajo y el fin de semana. Es el tiempo de ciudadano gasto. Es el que diferencia entre trabajo y ocio de forma regular. Es la diferencia que el tiempo atmosférico nos indica cuando se diferencia entre los cinco días de trabajo y los dos en los que el "buen tiempo" es esencial para realizar festejos, viajes, etc. que ponen en marcha nuestra economía. El español se pregunta el lunes qué va a hacer el siguiente "finde", el 1 de septiembre qué va a hacer en navidades y el 7 de enero dónde va a viajar en Semana Santa. Son las paradas fijas en su calendario. Se pregunta por fiestas y puentes, como una compañera que hace muchos años el primero de septiembre desplegaba el plano del calendario para ver cómo caían ese curso los puentes. Es el tiempo del vaso medio vacío (el trabajo) o el vaso medio lleno (las vacaciones), una forma distinta de ver la vida, el del okupa del paraíso, el del fugado del infierno de la esclavitud.

Hay un tiempo administrativo, finalmente, que lleva su propio tiempo, el reverso del político, que promete. Al tiempo administrativo le compete cumplir o incumplir lo prometido. Mientras el político se acelera para prometer ayudas —pongamos que para los damnificados por la erupción de un volcán— al tiempo administrativo le compete llevarle la contraria, dejarle en evidencia, hacerle quedar mal. Es cuando la "administración" se transforma en "burocracia", palabra dicha siempre con desprecio, algo que implica el tiempo "no tiempo", la duración sin plazo, una eternidad para algunos.

Nos dicen que, pasado un año —el tiempo cíclico de las efemérides—, lo que iba a llegar de forma inmediata no ha llegado sigue perdido en los recovecos oscuros de ventanillas, despachos y plantas, el mundo de los teléfonos que no contestan porque los que tienen que cogerlos están ocupados, hartos porque son pocos y se les pide mucho.

¿Cómo ha sido el tiempo del ahora rey Carlos III, eterna espera? ¿Ha sido igual que el de su madre, llegada al trono muy joven, reinando setenta años? ¿Cómo es el tiempo del nuevo sucesor? Acaba de llegar y ya muchos hablan de tiempos de abdicación, de transición hacia otro reinado. Las monarquías tienen otros tiempos que las repúblicas. No son los pueblos los que marcan el ritmo sino el tiempo de sus relevos. Hubo un tiempo largo de Isabel; ahora hay otro.

Es cierto. El tiempo es una especie de ficción, una construcción que el reloj y el calendario pretenden fijar, controlar. No hay uno, hay muchos. Se ajustan a sus ritmos marcados unos por la naturaleza y otros mentales, generados por la ilusión. 

¿Cuánto tiempo deben esperar las víctimas de la erupción de La Palma las ayudas prometidas? Dicen que unos tienen casas y otros promesas. ¿Pasa igual el tiempo para ellos que para otros? Probablemente no. Ellos viven en el tiempo catastrófico, el que se aleja en un pasado tachado, en un comienzo que se dilata por la espera. Lo que fue, las referencias se han cambiado. Los medios nos hablan de una "nueva geografía", de una isla distinta a lo que era. El drama, señalaban los palmeros, no era perder las casas, era perder los recuerdos, la vida anterior volatilizada, reducida a lava, a humo.

Cuando les lleguen las ayudas, esas que el tiempo político promete y  el tiempo administrativo dilata, tendrán que fingir que el tiempo continúa, ignorar la fractura del tiempo, el paréntesis que no cesa.

Sí, hay muchos tiempos, muchas formas de vivirlos. La del que espera una ayuda para reconstruir su vida, la del que espera la llegada de un puente para salir de la rutina laboral y entrar en la festiva, la del que espera la llegada de un trono...