Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La
forma constante de pelearnos en la política española nos lleva a usar cualquier
cosa como arma contra el otro. La cuestión migratoria no se merece este trato,
esta forma deshumanizada de enfocarla, especialmente cuando se están
favoreciendo las líneas racistas y xenófobas.
Los
inmigrantes están aquí por muchos motivos y cumplen una función en nuestro
país, solventan una carencia de población y muchos son explotados de manera
infame cada día, sirviendo al enriquecimiento de muchos que se rasgan las
vestiduras en público para pasar a ser impresentables esclavistas, como ha ocurrido en un caso reciente en nuestro país, en
el que la Policía liberó a las personas que estaban en estado de semi
esclavitud, según el propio informe policial. Otro tanto ocurre con muchas
mujeres que están sometidas a situaciones de trata. Los migrantes son acusados
de todo tipo de acciones cuando la principal tarea es sobrevivir y sacar
adelante a sus familias.
Tratar
de regularizar las situaciones para evitar estas situaciones infames no es algo
contra España, palabra que no se les
cae de la boca a algunos; más bien al contrario, es una indignidad explotar a
la gente, negarles el acceso a la educación y sanidad a ellos y a sus hijos.
Eso es indigno y nos compromete como país.
Conozco
a personas de diferentes países que trabajan de sol a sol, que ayudan
solidariamente a otros, que esperan pacientemente poder ser regularizados y
algunos aspiran a la nacionalidad española. Me gustan porque son personas
valiosas para este país y muchas de ellas mejores que algunos de los que tenemos
por aquí.
Muchos
discursos xenófobos tratan de identificar "migración" con "delincuencia"
como un vínculo natural. Deberíamos leer la prensa de cada día de forma menos
interesada y darnos cuenta quiénes son nuestros delincuentes.
Imitando
lo peor de los Estados Unidos, estamos creando un "neo catolicismo"
nacional que ve en las religiones de otros una amenaza a una "identidad
nacional". Deberían leer mejor (si es que los leen) los Evangelios y
aceptar una "hermandad" que la propia religión proclama como una vocación
universal. Sin embargo, se usan los símbolos religiosos con una vocación de
distanciamiento y reivindicando ideas contrarias a la básica de hermandad
humana.
La
lucha política tiene por toda Europa una línea anti migratoria. Sus raíces
nacionalistas son primero anti europeístas y después anti migratorias. Es el
gancho de los movimientos extremistas más retrógrados. Lo que ha ocurrido y
sigue ocurriendo en los Estados Unidos se repite entre nosotros enfrentando
países y, dentro de los países, a la propia población a la que se dirige contra
el migrante convirtiéndolo falsamente en la fuente de nuestros problemas. Da
igual que los informes de los economistas señalen los problemas que plantean su
ausencia o lo que supone de inhumanidad rechazar a personas que vienen muchos
de ellos de dictaduras, de genocidios, de condiciones económicas de enorme
pobreza. Son el "otro", los "distintos"; podemos
explotarlos, abusar de su condición y, finalmente, despreciarlos y expulsarlos.
Nos gustan los extranjeros cuando vienen con dinero para gastar; pero si vienen
a trabajar, entonces los despreciamos.
La
regularización de los emigrantes en situación irregular es una necesidad
social, humanitaria. No se trata de regularizar "delincuentes" como
aseguran los alarmistas interesados, sino de permitir que personas puedan
seguir una vida normal o lo más normal posible.
Fruto de
estos discursos xenófobos disfrazados de "patriotismo" se ha
producido un aumento de los discursos de odio contra ellos y contra otros
grupos vulnerables. De los discurso de odio se pasa a los actos de odio, a
agresiones, insultos. Esto es especialmente grave porque supone el caldo de
cultivo para el desarrollo de una juventud cada vez más violenta y radical en
sus planteamientos. Hacia ellos, como futuros votantes, se dirigen muchos de estos
discursos. Hoy las calle; mañana las urnas.
Hacen
falta más voces que expliquen problemas y consecuencias. Como sociedad, nos teatralizamos
y tratamos de mostrarnos falsamente patriotas.
El sentido del patriotismo no puede ser el odio a los de fuera, sino el deseo
de mejorar y ser un país más justo para todos. Lo demás es odio y palabrería.






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